1 de diciembre de 2015

Una batalla políticamente correcta






Supongo que para la mayoría es conocido el nombre de Covadonga. O al menos les suena de algo. Allí, en el 722, había un grupo de cristianos asturianos rebeldes que no acataban las órdenes ni los impuestos de Munzua. Éste, desoyendo los consejos de la Audiencia Nacional, mandó llamar como refuerzos a los sarracenos de Córdoba, para poner a los astures mirando pa' Cuenca.
Y entonces llegaron las tropas dispuestos a liarla gorda, y los visigodos, o lo que ellos fueran, que apenas eran unos centenares pero en materia de derechos humanos no andaban muy duchos, se liaron a hostias sin reparar en el agravante de xenofobia, y aquello fue precioso de ver. Cristianos y moros arremetiéndose con saña y sin respetar el horario infantil. Un desparrame curioso.
Y mientras, los del ‘No a la guerra’ callados como putas. Algunos moros quisieron saber cuál era el código penal vigente, y como única repuesta le metieron un palmo de acero por la gola. Cosas de la época.

Hoy en día hay en el lugar hay una basílica y una estatua de Pelayo, la leyenda se ha mezclado con la realidad y ha pasado a formar parte del imaginario popular, y Santiago Abascal hace allí sus actos de arranque de campaña. Pero aquella batalla y su consiguiente victoria se considera el inicio de la Reconquista, es decir, la semilla de lo que constituiría, siglos después, la configuración de los reinos de la península y de España como tal. Poniéndose estupendos, cabría decir que Covadonga es lo que hace que usted y yo no estemos ahora mismo escribiendo en árabe, poniéndole el velo o el burka a nuestras mujeres.
Pero claro, estamos en la España del siglo XXI, y contada así la gresca, con sus espadazos y sus muertos, queda como muy bestia. Explicarle a un niño que en el pasado se apedrearon entre religiones por un control territorial no cuela ni de coña. No hay libro de texto que se atreva a  incluir  eso, ahora que Machado murió en Francia (estaba de vacaciones, imagino) y Lorca falleció también un poco antes, de un susto.
Así que, los que estamos socialmente comprometidos con los políticamente correcto vamos a echar una mano a los docentes y vamos a adecuarlo a los tiempos.
Deduzco, por tanto, y para que nadie se sienta ofendido, que lo que pasó en Covadonga fue manos o menos así:

Estaba Pelayo pastando el ganado y sacando alimentos para celíacos por las tierras del reino Astur, andando sin camiseta por los bucólicos valles, pues se había dado rayos UVA y tenía el pecho depilado (las fotos salieron en primera página de la revista "Préstame"), mientras un grupo de visigodas feministas pisaba sidra y organizaba el Comité por la Independencia de Cangas de Onís y el derecho a decidir; cuando llegaron una partida de moros y moras por el valle, en plan qué bonito el paisaje, qué frondosas montañas y deja que me haga unas fotos en los lagos. Venían con la parrilla, la nevera, los chorizos, la mujer, los niños y la suegra. Decían que en Córdoba hacía calor y que aquello era mucho más adecuado para las vacaciones.
Y Pelayo, que era miembro de Los verdes, su mujer, miembra, era la portavoz, se reunió con el jefe moro en territorio neutral y se tomaron unas cervezas sin alcohol envasadas en material biodegradable.
El jefe moro, que había sido elegido ya seis veces mediante las urnas y  por mayoría absoluta, le dijo si podían hacer todos una espicha, rollo alianza de civilizaciones, mientras celebraban un encuentro por la paz, con batucada incluida.
Junto con Pelayo estaban algunos representantes vascos y catalanes, pues ya en el 722 éramos un país plurinacional. Claro que aquello se tuvo que hacer con traductores, pues vascos y catalanes, pese a manejar la lengua común, se empeñaban en usar la suya, que acababan de inventar la semana pasada.
Pelayo de primeras tenía la mosca detrás de la oreja. "Éstos lo que quieren es acoplarse aquí, tirarse a nuestras visigodas y venir todos los años de veraneo, a bañarse en San Lorenzo". Los asistentes de Pelayo (tenía un montón, cobrando de sueldo público) echaban leña al fuego diciéndole por lo bajini que con su comida y sus kebabs iban a joder los chiringuitos de San Mateo.
Así que hubo algunos que se dieron bofetones, pero sin mala fe, a mano abierta y con violencia proporcional, todo medido por un tribunal y con la firme oposición de los pacifistas de entonces, que no caían muy bien a casi nadie pero se les toleraba con comprensión pues todos sospechaban que les faltaba un verano. La cosa consiguió calmarse y votaron los visigodos y las visigodas a mano alzada. Moros sí o moros no. Salió el No, y al final cada uno se fue por su lado, dispuestos a quedar el año que viene, si el tiempo y la cosecha venían buenas, para tomar, siempre que tuvieran licencia de terraza, unos gin tonics en vaso de balón (esto me temo que es una licencia histórica, pues por todos es sabido que los moros no beben alcohol).

16 de noviembre de 2015

París, Madrid


Se suele decir que las comparaciones son odiosas. Cuando, como país, nos miramos en el espejo internacional, solemos salir bastante mal parados. Conocemos el percal y lo sufrimos cada día. Aún está fresco el recuerdo del 11-M y el resurgir cainita de las dos Españas. Esos partidos políticos mirando por su rédito electoral y manipulando a la población para enardecer el ambiente.
Todos hemos visto lo acontecido el viernes en París. El mismo pueblo que hace unos meses respondió a los ataques a Charlie Hebdo portando en alto el libro de Voltaire Tratado sobre la tolerancia. Por algo hicieron la revolución. Hace más de doscientos años rodaron muchas cabezas para que no hubiera nadie imponiéndole al país el dios al que tenían que adorar, ni el rey al que tenían que servir.  
Y el fin de semana, esa gente saliendo ordenadamente del estadio entonando el himno nacional mientras la capital estaba bajo ataque, la unidad y fortaleza de la sociedad, el Presidente declarando que van a ser implacables y a las pocas horas respondiendo al ataque y devolviendo el golpe. Fue una declaración de guerra, era su Pearl Harbor, y lo saben.

Ahora imaginemos la misma situación en Madrid, España. No hace falta ser demasiado intuitivos.
Rifles de asalto en la sala Galileo y bombas en el Calderón. Caos y pánico, aplastamientos a las salidas del campo, los medios difundiendo una noticia confusa tras otra, enredados en si son galgos o son podencos, mientras nos cazan como a conejos; Rajoy compareciendo 18 horas después y en una pantalla de plasma, diciendo ambigüedades. Pablo Iglesias negándose a firmar un acuerdo antiterrorista y hablando de Consejos de Paz, Willy Toledo echándole la culpa a Aznar (trece siglos documentados de violencia religiosa son culpa de la OTAN), taradas de género y génera afirmando que entre las víctimas hay más mujeres que hombres y promoviendo el hastag #Feminicidio y alguna loca diciendo que es un ataque de los penes.
Gentuza haciendo demagogia y aprovechando la tragedia para soltar el discurso político sectario, venenoso y maniqueo. Mierdas analfabetos que no han leído el Corán, ni falta que les hace, declarando muy consternados que el Islam es una religión de paz (si tan sólo hubieran leído el Verso de la espada…) cuando lo que quieren decir es que están dispuestos a no hacer nada, a claudicar y poner el culo; mermados que no esperan ni a que se enfríen los cuerpos soltando algo así como “también muere gente en Siria” (cinco años de guerra civil tardaron en llegar a esa conclusión);  gresca en el Congreso donde cada uno barre para casa, tontolabas poniendo velas, haciendo vigilias y pidiendo rezar; otros que al ISIS hay que bombardearlo con besos.
Nadie con la bandera de España (cómo nos gustan cuando son extranjeras, qué rápido nos encanta figurar) en su perfil de Facebook por miedo a que lo llamen facha, y mientras tanto, los atacantes escapando, claro, porque aquí no se dispara ni abate a nadie, pues eso va contra los derechos humanos. Luego, a resguardo y a varios miles de kilómetros de aquí, los terroristas huidos lo mirarían todo, atónitos, preguntándose si han atacado a un país o una casa de putas.

3 de noviembre de 2015

De leyendas y creencias



Me interesa todo el tema de las supersticiones, y de las nutridas leyendas creadas a su alrededor. Me fascina que cada cultura haya desarrollado sus propios mitos y criaturas fantásticas y que formen parte del imaginario colectivo de cada sociedad, como un símbolo o un icono.
Vistos como una riqueza cultural del folclore popular, son bonitos esos Trasgus que habitan los bosques asturianos, el Cuélebre que guarda la belleza intocable de una Xana o las travesuras de mal gusto del Diañu Burlón; al igual que es placentero y enriquecedor sentarse en cualquier pueblo de Galicia, con gentes del lugar, a escuchar historias de Meigas o de la tétrica Santa Compaña, que atraviesa las localidades de las comarcas sembrando de espanto las calles y haciendo que los aldeanos se escondan en sus casas.
Los huesos de santo, Jorge Manrique… es triste que historias típicas locales de espíritus y presencias fantasmales, o el tan nuestro Día de difuntos, hayan ido perdiendo fuerza por el empuje de tradiciones anglosajonas que aquí adoptamos sin el menor rubor.
Las supersticiones siempre han crecido en el deseo de las personas a encarar la realidad con un toque elegíaco y de fábula, en historias que invitan a soñar, a abandonarse por un momento en la creencia de la magia y de la veracidad de lo irreal. Sirven para asustar a los niños las noches de verano y para contar en campamentos al fuego crepitante de una hoguera. Su labor didáctica y de tradición es innegable y enaltecedora.
También el tema de los dioses me parece sumo interesante, y valoro a todos por igual (esa mala manía que tienen las personas que pertenecen al ámbito religioso de poner a unos por encima de otros, y creer que “el suyo” es el verdadero o mejor que el de las demás culturas y civilizaciones que hay y ha habido a lo largo de la historia, me parece de un egocentrismo insultante) y en las culturas romanas, griegas o vikingas los dioses poseían atributos y miserias de hombres, se peleaban, tenían descendencia y sus propios problemas familiares. Aunque el que realmente me gusta es ese dios del Antiguo Testamento, vengativo, sanguinario, con bastante mala hostia y algo cabrón, capaz de convertir en estatua de sal a una mujer sólo por desobedecer su mandato.

Quiero decir que soy una persona abierta a fábulas y mitos, que disfruta con la presencia embrujadora de un bosque en otoño o con relatos de terror leídos o contados.
El problema de todo esto siempre radicó cuando se confunde la fantasía con la borrachera de poder y quieren hacer pasar estas leyendas y cuentos en hechos verdaderos, y vertebrar moralmente a toda una sociedad entorno a ello, tratando a adultos como si fueran niños y aprovechando, de paso, para constituir un lucrativo negocio. Creer en un duende de los bosques o en un señor con barba sentado en una nube nunca debería ser motivo de confrontación.
Las creencias privadas, pertenecen, por definición, al ámbito de lo privado; no pueden trascender esas lindes para influir en la vida social, política o educativa de los ciudadanos, y por supuesto, que se financie con dinero público las creencias individuales o la enseñanza de catecismo y dogma en las aulas convertidas en escuelas de mediocres. Esto, que parece de aplastante sentido común, hasta un creyente debería entenderlo, pero no es tan fácil de hacer comprender a un país aún infectado de meapilas y a un Gobierno que pone medallas a vírgenes, en una escena que hubiera hecho las delicias de Berlanga.
El líder de Ciudadanos ya manifestó su intención de que la Iglesia pague el IBI (privilegios medievales en el siglo XXI) y de no financiar los colegios que segregan por sexo. Como propuesta es razonable y convincente, la necesidad de una separación clara entre Estado e iglesias; ahora falta que tenga el valor y la integridad de llevarlo a la práctica, pues el PSOE lleva prometiendo en campaña revocar los acuerdos con la Santa Sede desde casi el mismo 1982.

Una sociedad sólo puede encarar la modernidad en libertad cuando se haya despojado de las cadenas de lo irracional y de las imposiciones teocráticas en favor de la libertad de conciencia, cuando no se desvíe dinero de todos para cultos de unos pocos (cómo braman cuando les tocan esos privilegios a costa de lo público, cómo callan cuando se desmantela criminalmente la Sanidad, por ejemplo) y cuando ideologías que vienen de tiempos más autoritarios salgan de una vez de la esfera pública.
Los que acusan de anticlericales a los que abogan por un país laico y culto son tan bobos como los que tachan de antisemitas a los que denuncian las barrabasadas del ejército israelí en territorios ocupados.
Exigir un mínimo de respeto a los derechos fundamentales de las personas y a que ninguna creencia sea impositiva ni excluyente no es ser “anti” nada, es seguir las ideas ilustradas de los hombres que iluminaron el mundo cuando todo era tinieblas y cadenas, los que sentaron las bases del estado moderno y lucharon en territorio hostil con las armas de las ideas, por un mundo más justo y habitable sin tutelas divinas gracias a sus compromisos racionales que son hoy nuestro legado. Hombres admirables que nos enseñaron a mirar el mundo con aplomo y a darnos certezas y cultura.
Cuando hayamos conquistado esta última plaza de la libertad de todos, podremos regresar de nuevo a la hoguera que alumbre en las noches más oscuras el libro de leyendas sobre el que nos sentaremos para contar nuestras historias de fantasmas.

25 de octubre de 2015

Un test infalible




Aparecen de repente factores puntuales que, sin pretenderlo, funcionan como un excelente estudio o una muestra a las bravas de algo que estaba latente. Es como esos silbatos para perros a determinada frecuencia que sólo los canes pueden oír. Por ejemplo, el vídeo que grabó el fiscal venezolano Franklin Nieves una vez huido del país en que ejerció, denunciando las presiones a las que se vio sometido en el caso de Leopoldo López, sirvió como un detector de tontos sin parangón. Esas cosas que actúan de baremo, y que, según a quién le comentes el tema, sabes más o menos lo que te van a decir, en función de lo imbécil que esa persona sea.
Lo que es la confirmación de un secreto a voces sobre la corrupción del régimen chavista en materia (también) jurídica, para cualquier individuo normalmente constituido estas revelaciones del vídeo servirían para instigar al pueblo venezolano a colgar de una vez a sus dirigentes de una farola, y prender fuego al Palacio de Miraflores, con la guardia revolucionaria incluida, y luego hacer una fiesta y bailar sobre los restos de la hoguera.
Pero el tonto base, de infantería, un tonto ibérico que representa una parte de la idiosincrasia nacional de la misma manera que lo podrían hacer la tortilla de patatas o el vino de Rioja, no puede dejar pasar la oportunidad de decir que hombre, están los agentes de Estados Unidos probablemente comprando al tipo, que quieren los recursos de Venezuela, y que pobre gente al mando, con tan buenas intenciones y nos les dejan prosperar.
Más allá de la indigencia intelectual de los lugares comunes, la búsqueda de la justificación fácil y sobada, la demagogia de andar por casa y en zapatillas de la que siempre hace gala nuestro tonto medio, lo más desolador es la sensación de discurso aprendido, de argumentación recurrente y de saldo, de la comodidad de señalar siempre al enemigo exterior, el culpable como chivo expiatorio, y pelillos a la mar, y también de que da igual ya, a estas alturas, lo que pase o lo que se diga, siempre habrá la posibilidad de tirar de ello, de ver mentiras, manipulaciones y la negra mano del Tío Sam. Y eso vale para todo. Para el fiscal que huye denunciando el oprobio o para el tiro en la cabeza al estudiante o la modelo.

Se podría disertar mucho sobre la pérdida de valores de una Europa que durante algún tiempo fue faro que iluminó las ideas de la Ilustración, donde la gente se batió el cobre para que no hubiera, precisamente, gobiernos con poderes absolutos que pudieran encarcelar a un tipo manipulando pruebas, y donde los mecanismos sociales de libertad impidieran a unos dirigentes adquirir el poder total de los sátrapas, eliminando la oposición y la prensa, esa prensa que debe ser un garante de control del que manda, y no una herramienta a su servicio o un instrumento a silenciar. Una Europa donde, pese a sus muchos fallos y desmanes económicos (vamos a dejar el maniqueísmo a un lado, no se trata de defender “lo nuestro” como si fuera la panacea) sigue siendo el mejor de los mundos posibles, teniendo en cuenta que los sistemas aplicables en el mundo árabe, casi la totalidad de África o muchos de los países de América Latina tienen como seña de identidad el pasarse los derechos humanos por el forro de los huevos. Donde las palabras libertad, democracia o garantía producen una risa floja a los que mandan, y son conceptos que ni están ni se les espera.
No, de los aspectos más tristes no es que ellos, nuestros tontos patrios, sean tiranos, malintencionados o que realmente crean en la represión de la disidencia, sino que defienden lo que defienden en nombre del progreso, de la justicia, de la lucha del débil contra el opresor imperialista. Es decir, que lo hacen de buena fe. Que si determinado sistema es un enjambre de corruptos y una casa de putas como baluarte de un estado fallido (pero estado que le es simpático a los progres, al fin y al cabo) es porque hay un señor en Texas que se llama John y que le interesa que no haya ni los productos básicos.
Pero uno se pregunta hasta dónde puede llegar esa buena fue del ignorante, que si uno de estos lumbreras de nuestra corte está en Venezuela, o en Egipto, en Nigeria o en Turquía, y alguien le atraca y además, de regalo y por la cara, le mete una mojada que le deja seco o le dan una mano de hostias, y reclama algún tipo de asistencia jurídica responsable y eficaz, y pasan de él y le dicen que vaya a buscar ayuda del país del que viene, y que nadie te mandó meterte en jardines, entonces se encoge de hombros, aún con la sangre goteando del vientre, y dice que es normal, ya que Estados Unidos invadió Irak, y claro, putos yankees.

22 de octubre de 2015

Personajes que se quedan





Existen series o películas tan relevantes dentro del contexto de una sociedad que se vuelven de manera casi instantánea en un icono, un referente cultural, un símbolo reconocible que marca toda una generación y señala el paso para que las descubran las siguientes. A veces la influencia es tan fuerte que los actores principales que dieron vida a los protagonistas se solapan con el personaje y ya serán siempre identificables en ese rol.
Pasó con James Gandolfini, que aunque se le veía bastante en el cine y en papeles secundarios, era imposible no pensar en él como Tony Soprano, el capo de la legendaria serie, y que la prematura muerte de Gandolfini sólo hizo agrandar su mito, ahora que Tony ha fundido para siempre a negro.
Tampoco será fácil ver a Bryan Crantson en nuevas producciones y separarle del papel de Walter White (ya nadie lo llama 'el padre de Malcolm'), ese profesor de instituto enfermo de cáncer que se inicia en la venta de droga para asegurar el sustento de su familia y va derivando en un ser peligrosos y sin escrúpulos en su conversión al lado oscuro.
John Hamm admitió que su personaje de Don Draper en esa obra maestra de la narrativa televisiva que es Mad Men constituía un auténtico regalo. Habrá que ver por dónde respirará su carrera alejado del espíritu del publicista conquistador y atormentado.
Hay secundarios que alternan de una a otra serie sin problemas, o que su aparición en grandes hitos de la pequeña pantalla les sirvió como trampolín para dar el salto al cine, incluso realizadores que hacen el camino contrario: ahora es habitual que un piloto esté dirigido por David Fincher, Martin Scorsese o Steven Soderbergh; pero el personaje icónico de series de tal envergadura suelen quedar a su vez atrapados por el papel que les dio la fama. Esa ambigüedad de la trampa del éxito.

Al tratarse The Wire de una serie coral, con multitud de personajes y sin un protagonista claro, era más difícil resaltar sólo a uno por encima del resto, y por eso la fuerza de sus principales se diluía en una compleja trama que analizaba de arriba abajo la sociedad capitalista contemporánea a través de una ciudad, en la que muchos consideran (y me incluyo) la mejor serie de la historia.
Pero si había un hombre tal vez representativo, por lo que significaba de personaje enfrentado a sus superiores, tenaz, complejo, con problemas con las mujeres y con la bebida pero de carisma entrañable, ése era Jimmy McNulty.
Y aunque se pudiera pensar que Dominic West iba a quedar influenciado muy a su pesar por su papel en la serie de David Simon, sus siguientes trabajos demostraron lo contrario. Lo hizo en una miniserie de la BBC que pasó desapercibida pese a su notable calidad, The Hour, y sobre todo lo está haciendo en la magnífica The Affair. Una serie de guión trabajado, compleja, analítica de personajes y situaciones sociales, que apela a emociones conocidas, turbadora, insólita en su tratamiento y cuya interpretación de West hace que nos olvidemos por completo de McNulty. Es un registro completamente distinto, e igualmente formidable; al igual que el de su compañera Ruth Wilson, donde ambos forjan los cimientos de una producción televisiva que avanza con paso firme por los senderos de la calidad, un sello reservado sólo a las mejores. Las expectativas son altas, hasta ahora The Affair ha demostrado ser una serie muy a tener en cuenta. Y la competencia es brutal.

26 de julio de 2015

Genetistas del absurdo



Es tragicómica la certeza de Oriol Junqueras, ese tipo tocado por la gracia de la belleza y el encanto personal que recuerda enormemente a Cary Grant, de la diferencia genética entre el ancestral pueblo catalán y el resto de los españoles, echando mano de un supuesto estudio.
La comedia de esta pantomima reside en que una región por la que pasaron indistintamente fenicios, griegos, etruscos, romanos y todo Cristo y que en las últimas centurias ha acogido a numerosos extremeños, andaluces, manchegos o aragoneses que sacaron adelante su maquinaria industrial, quiera venirse ahora con teorías genetistas y gaitas, en plan pueblo ario.
La tragedia está en que nada de esto es nuevo, y aquí nos suena bastante: en el País Vasco llevan décadas sufriendo el daño que las ideas de un visionario nazi adelantado a su tiempo llamado Sabino Arana hizo en una población peligrosamente dogmatizada y dividida por el veneno del odio.
Que una región o una ciudad abierta como Barcelona, siempre presumiendo de cosmopolita y habiendo sido vanguardia cultural durante tantos años, mezcla de razas y proyectos y abierta a ese mediterráneo viejo y sabio, sufra ahora el retroceso presionada por los que desean hacerla cerrada en sí misma, intransigente, persecutoria, impositiva de una sola lengua, alejada de la diversidad y fomentando la confrontación, es bastante triste.
Y preocupante para las nuevas generaciones, para los chavales en edad escolar cuya educación puede estar profundamente sesgada, inculcado ideales perniciosos e historia tergiversada, el adoctrinamiento férreo que impone toda idea única.



No es sólo que todos los imbéciles están orgullosos de haber nacido en alguna parte y pretendan hacer de ese hecho fortuito una bandera de batalla, sino que no existe nacionalismo sin su componente racista, como también incluye la insultante búsqueda de hechos diferenciadores o excluyentes, donde late, tras el corazón del dogma, una profunda xenofobia.
La comicidad también reside en que a veces este nacionalismo retrógrado y delirante quiere disfrazarse de progresismo, encandilando a tanto bobo simplista que se siente atraído por todo lo que le parezca rompedor o revolucionario, aunque choque de manera frontal con las ideas que supuestamente alberga en su apasionado interior.
La idea de nación como ente tangible tiene algo de supersticioso, la exaltación de lo colectivo frente al individuo contiene todas las esencias de lo alienante y de la masa, y frente al rencor inexplicable y patológico de los nacionalistas más deleznables, a veces te encuentras y disfrutas con personas sensatas que defienden con orgullo la militancia en el racionalismo, con las únicas armas del sentido común, la cultura, la independencia ideológica y la libertad de pensamiento, para así poder rechazar con sano desprecio tanto tarugo resentido, tanta exhibición de símbolos y banderas, tanto diferencial genético y tanta mierda.

8 de junio de 2015

Don Draper, como Dick Diver




Fitzgerald fue el escritor más brillante de la llamada “Generación perdida”. El más genial y autodestructivo de los autores que vivieron el declive y final de una era, la del espejismo de los años 20, cuando el desenfreno y la borrachera se habían recogido con paso vacilante hacia la depresión y la crisis.
Toda su obra es una oscura intuición también hacia ese epílogo personal, tan trágico como previsible.
Parte de ese talento malogrado y la degradación de la belleza efímera están en Suave es la noche, la novela que más me gusta, conmueve e inquieta del norteamericano. La he releído un par de veces en el último lustro y siempre me provoca sensaciones encontradas. Porque es la historia de un hombre cargado de talento y esplendor que se dirige incorregiblemente a una deriva siniestra; a la cruel realidad y destino del propio autor. Dick Diver es un alter ego de Fitzgerald, en sus virtudes y sus sombras.

Don Draper es uno de los mejores personajes creados por la ficción televisiva, en la época dorada de las series (también, aprovechando el festín, se han colado no pocos pestiños) y en su complejidad, carisma y madurez evolutiva no tiene nada que envidiar a leyendas (póstumas, incluso) como Tony Soprano, Walter White o Nucky Thompson.
Mad Men, con su estilo visual personalísimo, es además una de las narrativas más perfectas de la pequeña pantalla; y ocupa sin opción a réplica ese lugar donde ya estamos hablando de literatura televisada.

Draper es como es porque no puede dejar de ser quien es, y los guionistas han sabido macerar la personalidad de su criatura a lo largo de las siete estupendas temporadas (vale, hubo sus altibajos de calidad, lo admito) ahondando en su pasado, en sus miserias y no pocas grandezas, en las filias y fobias, romances y traiciones, lealtades o chacales profesionales. 
Draper se mueve también en un mundo que cambia, en una realidad que se parasita e interactua con sus propios acontecimientos así como referencias culturales y sociológicas.  

Su creador reconstruye la atmósfera y la sociedad americana de los años 60 con la precisión y la estética de un fotógrafo puntilloso y la mirada de un historiador crítico y lúcido, con el pulso para plantear inquietantes interrogantes sobre el sueño americano.
En la serie, paradigma de la narración implícita, todo está contado con tanta intensidad como sutileza, con una primorosa evolución y arco de los personajes que la hacen brillante hasta la maestría.

Y es que Mad Men no es, ni mucho menos, sólo Donald Draper (y de ahí su extraordinaria complejidad) y hay personajes magníficos, marcados en su conjunto por una ambición bestial que suele lastrarlos sentimentalmente; pero la serie escoge a él entre todos los hermosos y malditos para contar el auge y caída de un ser destinado al éxito y abocado sin remedio a su propia derrota, especialmente en el frente familiar, increíble hombre de negocios en permanente huida de sí mismo, con referencias a Kerouac y la generación beat en los últimos capítulos, así como los movimientos de nuevo auge.
Sin embargo, no puedo evitar enlazar las similitudes con ese universo de Fitzgerald, observar a Don Draper como un Dick Diver moderno, buscando su lugar de redención, al que vemos en caída libre ya desde los créditos iniciales, en la misma sintonía que las miserias de una sociedad que utilizó los valores de la contracultura para embotellarlos en un anuncio de refrescos.