18 de noviembre de 2024

Ese naufragio moral



Hay veces que la justicia tarda y otras que no llega nunca, y no siempre las cuentas se ajustan como deberían. Costó 15 años localizar a Adolf Eichmann, y fue de casualidad. Estaba en Argentina, donde la leyenda asegura que también se escondía el otro Adolf, Hitler, y tras ser reconocido y avisado el Mossad, previo secuestro, fue llevado Israel donde acabó ahorcado. Sin muchos aspavientos, sin muchas protestas de organizaciones pro amnistía y cosas así. Todo estaba muy reciente y no estaba el patio como para andarle tocando los cojones a los judíos. No como ahora, que hasta una analfabeta funcional como Yolanda Díaz pide que sean barridos 'desde el río hasta el mar'. 

Eichmann, uno de los artífices del Holocausto, tenía pinta de vendedor de seguros, nadie hubiera apostado a que era el monstruo que su biografía y numerosos testigos acreditaban.
Como soy persona poco tolerante pero dada a la fantasía y la ficción, siempre imaginé un comando que cazara antiguos carniceros de ETA y líderes en el retiro, de esos que ponen cristalerías debajo del domicilio de sus víctimas. Para algunas cosas, España tiene un sentido de la justicia mucho más incomprensible. A Mertxe Aizpurúa o Arnaldo Otegi el karma sí les regalo un rostro acorde a su maldad interior, y uno ve a la ahora diputada de Bildu y no se la puede imaginar de otra cosa que señalando a ETA objetivos desde el Gara, como efectivamente hacía. Siendo el dedo que indica el camino al verdugo.

No existe un movimiento de desnazificación del País Vasco, para acabar con sus delirios de raza superior, con las chorradas psicopáticas de la etnia, con la inquina a lo español que se enseña desde la más tierna infancia en las escuelas de odio.

El Gobierno pacta con la ETA política la reforma de la Ley de Seguridad Ciudadana, y Otegi quiere seguir sacando a los presos que tienen en las cárceles. Lo bueno de Arnaldo y su infinita maldad es que nunca le quiso dar un barniz de partido de Estado a su banda de pistoleros reconvertidos, y a diferencia de los diputados en Madrid, en el País Vasco jamás se comporta de manera distinta a lo que son. A lo que siempre fueron. 

Los asesinos de Fernando Buesa y Luis Portero ni se arrepintieron, ni colaboraron con la Justicia ni pidieron perdón, pero están en la calle porque el Gobierno debe su permanencia a ese tipo de concesiones a los terroristas, entre el estupor de los familiares y de la parte de la sociedad que no está enferma. Si la gente se echa las manos a la cabeza por el grotesco error de PP y VOX, es porque saben que el PSOE ya sólo cuenta para incluirlo en las filas de los bilduetarras. Lo que para los otros dos partidos es un error garrafal (facilitar la salida de la cárcel de Txapote) para el PSOE es ya la normalidad.

Ahí es donde se sucede la tragedia del votante socialista y sus tristes circunstancias. En algún lugar en su interior, el pedrista sabe que todo esto es un despropósito, pero se autoengaña, se trata de convencer, repite los mantras de los medios de comunicación bien pagados, patalea contra lo que su mente en el fondo sabe y dice esa farsa de mal gusto de que todo es necesario para frenar a la ultraderecha. Afirma que Bildu no tiene nada que ver con ETA, que se trata de la coalición de progreso.

Otros no quieren hablar de política, temen enfrentarse a sus propios demonios internos, que la gente se dé cuenta del tipo de persona que son, la calaña a la que apoyan, y tratan de desligarse del naufragio moral de su partido.

El votante socialista puede ser su vecino, su amigo, su familiar. Personas en apariencia normales pero que justifican la puesta en la calle de asesinos no arrepentidos solo por la ambición de poder de un individuo. O no lo hacen, pero a es demasiado tarde para admitir que se avergüenzan de su voto. Mientras a su alrededor empiezan a sospechar que alguien que sigue posicionado de esa manera sólo puede ser un descerebrado o un ser abyecto.

Como Eichmann, vive una vida pendiente del exterior, mirando por encima del hombro, temiendo ser descubierto. Se les están agotando las excusas.


17 de noviembre de 2024

Gladiator II


Si uno revisa trabajos de Ridley Scott como Thelma & Louise o Black Hawk Derribado descubre que siempre tuvo buenas mañas para mantener el pulso narrativo, para contar con la cámara una historia que mantenga el interés del espectador y además se adecúe a los gustos y las recetas del gran público.

Pero acostumbra Ridley Scott a creerse más virtuoso de lo que demuestra, y el hombre que comenzó su carrera con tres obras maestras como Los Duelistas, Alien y Blade Runner ha sido víctima de sus propias pretensiones, y entre hacer un Metoo medieval en El último duelo de sonrojante turra ideológica y la incursión de historia-ficción en Napoleón, lleva sin firmar una película notable desde American Gangster, ya en el 2007.

La concepción de Gladiator II puede responder a la preocupante falta de ideas de la industria de los grandes estudios, siempre buscando segundas partes, precuelas, remakes o superhéroes que salven la taquilla y mantengan robustas las finanzas.
El Gladiator del año 2000 forma parte de la cultura popular, y su mezcla de violencia, historia (a su manera) e intrigas políticas demostró ser una fórmula llamada al éxito. 

La cinta ahora estrenada sigue la misma estructura que su original, a la que hace referencia continuamente para que nadie se pierda, como si más que una secuela, se tratara de un homenaje. También empieza con una vibrante batalla fuera de las arenas de gladiadores, y el protagonista es hecho prisionero tras ser asesinada su esposa. Y, en efecto, también se curte primero en plazas de provincias (con monos inverosímiles hasta arriba de esteroides) antes de pasar al coliseo romano, el Santiago Bernabéu de la época.

El guión está cogido por los pelos y emulando la película previa, con Pedro Pascal y Denzel Washington ganándose el jornal ante una desdibujada Connie Nielsen, pero lo que cuentan son las escenas de acción, visualmente espectaculares, con más sangre y más fauna, aunque sobrecargadas de efectos digitales.

El director se recrea en ser vislumbrante, echando toda la carne en el asador, pero lo que más adolece la película, más del continuado paso a paso de su receta triunfal en el texto o los anacronismos, más allá de esos dos emperadores infumables y caricaturizados, es la falta de carisma genuino de su protagonista, un Paul Mescal que se parece en atractivo carácter y magnetismo al Máximo Décimo Meridio de Russell Crowe como un huevo a una castaña. 

Hay más arena entre los dedos, más trigo, más paseos al más allá, más sueños oníricos. Pero mientras Gladiator dejó escenas y diálogos para la posterioridad y el imaginario colectivo, esta secuela es tan entretenida como olvidable.