18 de mayo de 2018

Arana y Alsasua

Artículo publicado originalmente en El Semanal Digital






En uno de esos ejercicios tan higiénicos y esclarecedores de leer a los padres de los pensamientos que han marcado el destino de la sociedad española, con Sabino Arana, fundador (e inventor) del nacionalismo vasco, uno siempre mantiene esa capacidad de asombro constante, mientras descubre delirio tras delirio, ideas abiertamente supremacistas, pensamientos xenófobos hasta lo caricaturesco, bilis que destila un odio hacia lo español (él lo llama maketo) y otra serie de ocurrencias cada cual más impactante que hacen comprender el enfermizo final que tuvo.
Sus ideas fueron la semilla de la que luego creció el árbol del totalitarismo gansteril y homicida del que Xabier Arzalluz recogía las nueces, previamente agitadas las ramas con bombas lapa y tiros en la nuca. Regueros de sangre y muerte por la infame aplicación ejecutoria del fanatismo.
Sus textos los encontré hace años haciendo una búsqueda bibliográfica, algunos han sido convenientemente ocultados, otros se pueden ver en internet, aunque es una recopilación bastante resumida.
Viene al caso la recomendación de estas lecturas porque, en un debate sobre “la idea de España” en el que hace unos días participé en Mieres, en un momento de mi intervención, cuando estábamos con el asunto de los conflictos territoriales, dije: “Estamos en un país en el que todavía existen organizaciones cuyo objetivo es echar a la Guardia Civil de una parte del territorio, como hemos visto a raíz de los incidentes de Alsasua, o donde te pueden agredir por llevar la camiseta de la Selección nacional, como a las chicas del stand en Barcelona. Es una situación realmente insólita”. El debate continuó por otros interesantes derroteros, pero en la parte final del mismo, en el turno de ruegos y preguntas, algunos ya se habían quedado con esas palabras que intuía podían ser polémicas.
Un chico del público me preguntó por la cantidad de días que llevaban en la cárcel “los chavales de Alsasua” mientras Undargarín estaba libre en Suiza, y aunque no vi relación alguna entre un caso y otro (más allá de demagogias de preescolar) le respondí que ambos casos son llevados por equipos judiciales distintos y que, en el caso de Alsasua, la presión preventiva estipulada a la espera de juicio puede ser de hasta dos años. Otro hombre nombró al manido término “pelea de bar” y entonces una parte del público se volvió a negar que se tratase de eso, con los ánimos ya algo caldeados. El moderador tuvo que mediar para calmar el intercambio verbal y tratar de seguir con el debate, mientras yo, para evitar enardecer más el ambiente, cambié de tema y respondí a otra de las preguntas de un hombre del público, que comentaba sobre la UE.
Pero me quedé con las ganas de explicar porqué es rotundamente falso que se trate de una simple pelea de bar, como quieren vender los cercanos al radicalismo vasco y la postura en la que se enroca el mundo abertzale. Lo intentaré en estas líneas.
Aunque gracias a un prolongado acorralamiento policial y judicial los pistoleros han tenido que dejar las armas (“fácil volverlas a comprar”, decía un simpatizante en ese bochornoso acto paripé de entrega en Bayona, donde Josu Zabarte alardeaba no arrepentirse de las 17 vidas que quitó, mientras se tomaba unas cañas con la presidenta del Parlamento de Navarra, de Podemos), las pistolas han callado pero el nacionalismo radical, violento, excluyente y aldeano sigue estando, por desgracia, demasiado presente aún. Ese racismo tarugo y cobarde que siempre ha envenenado una parte del País Vasco.
Que ese virus del aranismo sigue condicionando la convivencia quedó latente con el intento de linchamiento a dos guardias civiles y a sus novias en Alsasua, por el único motivo de ser identificados como agentes del cuerpo mientras estaban tomando algo en un local de tradición abertzale.
Es conocido que la turba siempre ataca en manada y sabiéndose en superioridad numérica (dicen testimonios fiables que los valientes gudaris se solían hacer de cuerpo encima en el momento de la detención, con las molestias de olor que eso provocaba) y así fue en Alsasua, enfervorecida la chusma ante la paliza colectiva hacia un teniente y un sargento a los que ya tenían en el punto de mira; se sabe que dos de los detenidos son los principales promotores de la campaña del Movimiento Ospa, bajo el lema ‘Alde Hemendik’ (‘Que se vayan’) y que tiene como objetivo expulsar a la Guardia Civil del País Vasco y Navarra. Una noble intención que en el pasado cercano se cobró la vida 230 miembros de la Benemérita.
Hay un grupúsculo de opinadores sin lecturas, ratillas de red y exaltados de medio pelo que juntan la idiotez con la vileza, para los que el ataque colectivo tiene la indecente categoría de “pelea de bar”, un eufemismo para blanquear los actos y restar importancia a un hecho que es consecuencia de un determinado ambiente social. Como si en algunas localidades (Alsasua entre ellas) no se viviera un hostigamiento continuo hacia los cuerpos de seguridad, un señalar y marcar que tiene algo del antiguo chivatazo, un miedo en el día a día y la situación para los agentes de vivir acuartelados con sus familias por desempeñar su trabajo ante una parte de ciudadanos que les son hostiles. Ciudadanos que no los quieren ahí, y que lo del bar Koxka sólo ha sido la penúltima demostración.
Allí también agredieron a las novias, pero es un daño colateral sin importancia, son mujeres, sí, pero el colectivo folclórico del feminismo histérico y subvencionado en este caso no tiene mucho que decir. Tampoco los miserables de lo de “pelea de bar”. Me pregunto cómo se manifestaría toda esta caterva de demagogos simplistas y voceros semianalfabetos si ante un nuevo caso en esa lacra de la violencia doméstica, cuando se dé la circunstancia de una mujer agredida en su domicilio por un hijo de la gran puta, sea calificado como “pelea de dormitorio”.
Paradójicamente, aquí la desviada merma suele hablar de "terrorismo machista". Uno puede vivir con esas incongruencias y esa hipocresía y ser perfectamente feliz, al parecer.
A veces no es tan irritante la violencia irracional del fanático desaforado como la justificación y simpatía que hacia éste muestra el típico idiota que se considera muy de izquierdas y trata de sonreírle a una de las ideologías más reaccionarias y cerriles. Ése es un estigma y una falta de la que cierta progresía española aún no ha podido desprenderse. Pero tampoco es momento de quedarse callados ni de dejar de llamar a las cosas por su nombre.

Una sombra se cierne sobre Asturias

Artículo publicado originalmente en La Nueva España.



El nacionalismo es un sentimiento primario. Como el amor. Como el humor. No te tienen que explicar los chistes porque entonces ya no tendrían gracia. Y cada uno es muy personal con su humor, no hay deber ni necesidad de justificar aquello que le hace reír de la misma manera que no tiene que justificar de quién se enamora. Buscar explicaciones racionales a algo que proviene de lo afectivo es un error habitual.
También se podría alegar que el vuelco al corazón del que se identifica hasta el paroxismo con la tierra y la bandera es una exaltación que bien podría ser convenientemente templada con el tiempo, los viajes o la cultura.
De todas formas, la experiencia a menudo demuestra que querer andar tocando por esas zonas puede conllevar reacciones airadas, intolerantes o agresivas. Pero la premisa más clara y que siempre hay que dejar diáfana es que con los sentimientos no se legisla. Ni en base a ellos. Usted siéntase muy orgulloso de la comunidad autónoma, de la ciudad o del barrio en el que nació, pero no crea que eso tiene que tener edicto oficial, ni que se concedan privilegios entorno a sus sentimientos. Con el auge (esperamos que efímero) de los populismos en España se ha puesto de moda abusar del término Pueblo. Es una manera de vender sociedades cerradas y homogéneas, fuertemente indentitarias, en vez de las comunidades plurales y diversas que a menudo son. Y por eso se debe hacer pedagogía e incidir una y otra vez en que identidades tienen las personas, no los territorios. En ciudadanía no hay un pueblo como ente con vida propia y uniforme, no es la aldea de Astérix, hay unos ciudadanos libres que tienen unos derechos (y unas obligaciones) y que son iguales tanto en Sabadell como en Langreo.
Sabemos que el primer peldaño de la deriva nacionalista es la pretensión de querer vertebrar a esos “pueblos” mediante el idioma. Resulta que las lenguas tienen dos enemigos implacables aunque opuestos: los que las prohíben y los que las imponen. Sólo el natural fluir de un idioma dentro de las sociedades que lo hablan (o que no) puede dar lugar a que las leyes lingüísticas se adecuen a esas demandas ciudadanas. Pero la ley nunca puede anteponerse al común desarrollo de una lengua a golpe de decreto. Poner el carro delante de los bueyes. Lenguas, que, por otra parte, necesitan de artificios e inmersiones para que sobresalgan, lo que indica que no se rigen por normas naturales del habla, sino por ordenamiento político.
En Asturias sobrevuela desde hace un tiempo la sombra de la cooficialidad de la Llingüa, y ahora parece hacerse la amenaza más umbría con la futura retirada de la política de Javier Fernández, actual Presidente del Principado, y la llegada de un líder de la FSA más proclive a escuchar los cantos de sirena en materia del bable que entonan los nacionalpopulistas de Podemos.
Aún está Asturias muy lejos de parecerse, ni por asomo, a Cataluña o el País Vasco, pero un orquestado conflicto lingüístico puede ser el primer paso, el caballo de Troya por donde entren los dogmas del nacionalismo, con el peligro de derivar en lo que ya conocemos: competencias educativas infames, adoctrinamiento, ondear la bandera de la confrontación territorial, enfrentando a familias, vecinos y compañeros, con el control de los medios de comunicación públicos puestos al servicio de la propaganda oficial.
Como digo, Asturias aún está felizmente a años luz de esa tesitura, pero en el caso de las imposiciones lingüísticas y con los personajes totalitarios que están detrás, conviene no bajar la guardia.

26 de diciembre de 2017

Grinch



El desprecio por lo propio es, en ocasiones, el cimiento para construir todo un discurso. Los traviesos chicos de IU Madrid, en el enésimo intento de llamar la atención mientras su barco va irremediablemente a pique, y tal vez porque la polémica pasajera es ya uno de los pocos recursos con los que cuentan (la eficacia política brilla por su ausencia), felicitaron la Navidad vía Twitter con una foto de un árbol incendiándose. Aunque casi refleja más la piromanía kamikaze del que se inmola que el placer iconoclasta con el aroma del chaval que siente el subidón de adrenalina cuando metía la mano en el cepillo de la misa, o el adolescente que adorna su lóbulo con un arete justo porque le han dicho en su casa que no lo puede hacer.
La política-infantilismo trató de llegar a las “masas populares” primero haciendo campaña en platós de debates chuscos para captar a una audiencia complaciente que consume basura en forma de productos televisivos, después con políticos (o políticas) apareciendo en el Sálvame para airear los secretos de su entrepierna, hasta desembocar en los tuits chorra para tratar de alcanzar esa máxima de que lo importante es que se hable de uno, aunque sea para mal.

Algunos de los que no somos creyentes limitamos nuestras visitas a las iglesias a una curiosidad artística y arquitectónica, compatible con las ideas racionalistas y la ausencia de fervor religioso, de la misma manera que no es necesario creer en Zeus para disfrutar de una visita al Partenón o en el dios Ra para maravillarse ante las pirámides egipcias. Otros, los menos capacitados para el civismo, afirman que la iglesia que más ilumina es la que arde y estarían encantados de carbonizar la catedral de Oviedo, por ejemplo, hasta los cimientos. Ésa es la diferencia entre un racionalista y un energúmeno.
Uno de los errores clave, a mi manera de verlo, es que la endofobia suele tener muy baja aceptación. En la torpeza de los responsables de redes de los comunistas madrileños se incluye no darse cuenta que la mayoría de los españoles, creyentes o no, tienen adaptado el ritual de agruparse en reuniones sociales y familiares por estas fechas, y que adquiere un simbolismo y una tradición que va más allá de la religión o del claro componente cristiano de la natividad. Querer actuar de incendiario de una imagen como la del inocuo árbol les sitúa de forma asombrosa al margen de una mayoría social que ha adoptado esa escenografía navideña como algo normal y sin una fuerte carga devota.

Lo más desconcertante es que los mismos que desean adornos navideños en llamas se derriten en mensajes de apoyo y sensibilidad musulmana cuando las sagradas (para ellos) fechas del Ramadán. Aquí es cuando la falsa equidistancia con todas las religiones se desmorona, y causan un tremendo daño a los que deseamos que las religiones no tengan peso alguno en la vida pública ni en las agendas políticas, de la misma manera que el histerismo ultrafeminista de censura y subvención y compañeros y compañeras hace un incalculable perjuicio a la verdadera lucha de las mujeres por la igualdad.
Hay contradicciones muy difíciles de digerir, sólo con no ser un sectario o un tonto de babero. En los edulcorados mensajes que algunos miembros de IU lanzaba por el Ramadán, declaraban hacerlo “desde el espíritu laico”, lo que ya es rizar el rizo de la vergüenza ajena, pero a la vez también resultó esclarecedor, pues han enseñado una dura pero estupenda lección, que el ser laico no está reñido con ser gilipollas.

16 de diciembre de 2017

Fobias modernas y perritos en casa



En la película Interview, irresistible remake de la del asesinado Theo Van Gogh y dirigida por el siempre atrayente (lo de atractivo ya va por gustos) Steve Buscemi, el ladrido de un perrito en el móvil de una Sienna Miller en estado de gracia se convierte en un machacón tono de llamada que sirve para dibujar un personaje y también una circunstancia colectiva.
Suena por primera vez en un restaurante donde están vetados los teléfonos salvo para las celebrities y sirve como metáfora de la banalidad e infantilismo de la sociedad moderna. En un Occidente en el que de criar y matar a los animales en casa como un acto normal de la vida rural donde la vida y la muerte van siempre en función de las bocas a alimentar, se ha pasado, casi sin solución de continuidad, a abrir peluquerías para perros, ponerles cuentas de Instagram o preparar para ellos tartas de cumpleaños, el poner de entrada de la línea el ladrido de la mascota es un ¿exagerado? siguiente paso que lleva en la carga cómica también toda su coherencia.
Y la película es de hace una década, antes del boom definitivo de las redes sociales y chats de mensajería, de los grupos de Whatsapp y los móviles inteligentes. Lo de “sociales” es un peligroso eufemismo, ya que nada provoca más sensación de aislamiento que ver una mesa en un bar o restaurante con todos los comensales ensimismados en sus amados cacharros, con cada vez más dificultad para relacionarse con su entorno si no es a través de una pantalla. El teléfono se ha convertido para algunos en una extensión más de su brazo, como si le hubiera brotado de entre los dedos.

Sobre lo que hemos ganado, si es que hay algo, es necesario contraponer lo que hemos perdido. O los puntos en contra. La sensación de hiperconectividad que puede generar estados de ansiedad en caso de la privación temporal de la misma (algo que se conoce como nomofobia), pérdida de privacidad o impúdica exhibición voluntaria de esa vida privada, grosera exposición de menores en la nube, tráfico de noticias falsas y bulos, información contaminada, egos inflados por la frivolidad de un like y, sobre todo, se deja de hacer cosas necesarias, para perder el tiempo en lo que, en la mayoría de las veces, no pasa de puras bagatelas.
Si se hace un recuento al final del día, ¿cuánto tiempo se invierte en el móvil en comparación con, por ejemplo, el dedicado a la lectura? Hagan cuentas y pónganlo en una balanza. En un entorno sano, los minutos dedicados al sosiego y el disfrute de una novela deberían ser, al menos, el doble que los que roban los celulares, pero la realidad es que en muchísimos casos es justo al revés. Y no sólo en la lectura, actividad con mala fama en España; es posible que también se haya reducido el espacio a contemplar el paisaje, relacionarse con los semejantes, escuchar música, ver una película (¡entera!) sin el encendido intermitente de la luz auxiliar, hacer el amor o pasear por el parque echando pan a las palomas.
Hay quienes van a un concierto para grabarlo con sus chismes, todo el rato con el brazo en alto como si estuvieran sosteniendo la llama olímpica. Además, se han metido los aparatos en los dormitorios y, como amantes permanentes, es lo último que se observa antes de dormir y lo primero a lo que se echa mano al despertarse.

El otro día estaba sentado a mi escritorio trabajando en el libro que estoy preparando a medias, cuando el móvil vibró primero con un mensaje de publicidad y después con una llamada de una compañía telefónica, perturbando mi paz necesaria y mi frágil inspiración, por lo que me dieron ganas de abrir la ventana y lanzar el aparato bien lejos, para comprobar si, además de inteligente, también sabía volar.
Ya de noche oí en el piso el sonido de lo que parecía una fierecilla, y pensé que sería el perro haciendo ruido en el salón, antes de seguir a lo mío. No había tecleado dos líneas cuando me percaté de que yo ni tengo ni he tenido nunca perro, y mi amigo Willy es lo más parecido a un animal que ha estado en casa, por lo que me asusté pensando que podría ser el tono de llamada del móvil, tal vez cambiado inconscientemente, debido a somatizar, pues a mí a veces el cine me influye demasiado.
Tardé en concienciarme de que era el Yorkshire del vecino de abajo, que muchas veces está desatendido y abandonado por unos dueños negligentes, que pasan demasiado tiempo en Internet y leyendo estúpidos blogs.

3 de diciembre de 2017

El gallego impasible



En la ceremonia de los Oscar del año 70, John Wayne, tras escuchar de boca de Barbra Streisand su nombre como ganador de la estatuilla a Mejor actor por su icónico papel de
Rooster Cogburn en Valor de ley, caminó con sus inconfundibles andares hacia el escenario, con movimientos sobrios y tranquilos, y apenas hizo un leve gesto, con su mano hacia la mejilla, de lo que pareció estar limpiando alguna lagrimilla furtiva. Fue un fugaz espejismo, una limitada concesión a los sentimientos frente a un público puesto en pie, pues su porte serena y su breve discurso tuvieron el sello que le caracterizaba. Todo en él era auténtico, y no perdió ni el semblante ni las formas en el momento más importante de su carrera. Recogió el premio como un señor, con un aplomo abrumador. Así era el Duke.

Mariano Rajoy es el hombre tranquilo de la política española. No se enfanga en los tiroteos más allá de Río Bravo ni tiene la talla, la dignidad o el carisma de Wayne (faltaría más) pero sin duda es un superviviente nato. Su manejo de los tiempos y su destreza con el revólver parlamentario le han permitido ver ya pasar el cadáver político de varios adversarios, tanto fuera como dentro de su partido. No se inmuta aunque vengan mal dadas, sabiendo como sabe, que saldrá limpio y vivo una vez más. Vence el que resiste.
Recibe lo de aparecer como ‘M.Rajoy’ en los papeles de Bárcenas sin que eso le quite ni un minuto de sueño, encaja la polémica con la misma impasibilidad con la que vacía las huchas de las pensiones o manda a la Guardia Civil contra el avispero de las turbas secesionistas a que arregle lo que él no supo en tiempo y forma.
Cuando el juez requirió los ordenadores de Génova y la Policía entró a por ellos, los habían destripado a martillazos (sin prueba no hay delito, señoría) y sin embargo eso no impide que Mariano se siga alzando como el baluarte de la legalidad en España. Con la misma entereza y flema con la que Wayne disparaba el rifle desde el carruaje en marcha en
La diligencia.
Que en el PP hablen del respeto a la ley es como si Jeffrey Dahmer diera clases de gastronomía. Pero hay cosas sin duda a alabar. Cuando el pasado julio el tal ‘M.Rajoy’ compareció en la Audiencia Nacional por el caso Gürtel, y por ser el líder de una organización criminal imputada como tal, sus respuestas fueron evasivas pero tranquilas, con la desfachatez desconcertante e impertérrita que poseen los grandes cínicos.

No sabemos cómo será el final de la carrera política de Mariano, aupado en su momento por estos tiempos turbulentos, por el estrepitoso fracaso del zapaterismo y sobreviviendo gracias a cierta izquierda a la deriva haciendo de mamporrera del nacionalismo, pero sí que merecería verse solo al final del camino, a la intemperie abrasante del sol una vez terminada la búsqueda, como Wayne en el epílogo de Centauros del desierto, cuando ya las puertas se cierran pero con él afuera. No será así, me temo, y aunque aconteciera, nunca tendría la grandeza trágica del inolvidable Ethan Edwards. Tampoco la merece.

18 de noviembre de 2017

La manada y la jauría




No hace falta tener una intuición excesiva para darse cuenta a las primeras de cambio que los de “La Manada” son gentuza. Su forma de moverse y actuar en grupo, sus maneras bajunas, las caras de mostrencos beodos y el despreciable desdén con el que hablan de las mujeres con sus amistades. Pastoreados ellos por un líder orondo con trazas de hooligan y aspecto de ceporro.
Todo eso es evidente para la opinión pública y para cualquiera, como digo, que capte enseguida la esencia de estos individuos, bien porque es una fauna que no nos es del todo ajena. Sabemos de qué van. Y el deseo más inmediato es que nos dieran la oportunidad de un ratito de charla a solas con alguno de ellos.
Parece existir unanimidad en la afirmación de que estos cinco tíos sevillanos son morralla (aunque no por hombres ni por sevillanos), pero que además sean violadores es lo que se trata de dilucidar en el juicio que está teniendo lugar. Casi todo apunta a que sí, pero en un tema tan delicado e implicando una acusación de cargos tan gravísima, un país medianamente desarrollado con un sistema judicial que (se supone) con garantías, suele dejar estos asuntos en manos de los profesionales juristas: es decir, abogados, fiscales y jueces.

Lo que chirría un poco es cuando, en lugar de actuar como un Estado de Derecho donde alguien es procesado en base a la ley, el caso sirve para cebar los programas especuladores del amarillismo y también la furia de las masas. Es cuando se deja de actuar como un país maduro y se da rienda suelta a los bajos instintos, los de los tribunales populares y linchamientos colectivos. Los de las marujas y los aldeanos que van a tirar frutas y hortalizas a los acusados camino del patíbulo medieval. 
Se nota la sed de sangre en el colmillo, casi se puede sentir a las turbas con antorchas y palas de pinchos en las manos. ¿Para qué hay leyes (incluso gente que dedica muchos años de su vida a estudiarlas) se preguntará alguien si ya tenemos el inequívoco y soberano juicio del pueblo?
Si hubo violación y cuántos años les van a caer no me toca demostrarlo ni esclarecerlo a mí, ni a usted, ni a la ameba de red social indignadita con un móvil en la mano ni a los que se lanzan a la calle con el azadón al aire. Lo hará el juez, que es además el que ha visto y valorará las pruebas y reflexionará sobre sus contradicciones.
Tan obvio, tan elemental.

El natural y atávico deseo de venganza, la catarsis del escarnio público nunca puede imponerse a la legalidad de las cortes, que es lo que nos civiliza y lo que nos hace iguales. Cuando una población dejada de la mano de dios queda desamparada de leyes, es cuando la jauría humana coge la soga y la pasa alrededor del cuello de un ladrón de ganado. Puede que algunos añoren los tiempos del juez de la horca y también excelentes westerns como Incidente en Ox-Bow. Lo que parece evidente es que para combatir a una manada no es necesario que nos convirtamos en otra.

3 de noviembre de 2017

Tu pueblo y el mío



Si es cierto, como afirman, que la verdadera patria de cada cual es su infancia, yo la primera vez que oí el término pueblo en boca de sus desternillantes (muy a su pesar) próceres, pensé en la mía propia, en los años de niñez pasados, en aquellos interminables veranos, en un pueblo de la costa asturiana, donde el cielo y la montaña se unen con el mar y la vida mantiene todavía otra velocidad. Aldea de idas y venidas, con el sabor del salitre, el prado, el sol en la piel y la libertad. Hay muchos otros y muy bonitos, pero ése es el único pueblo que conozco realmente. Con sus ensoñaciones infantiles y el recuerdo idílico en la distorsión de la memoria.
Lo demás me suena a populismo barato, a propaganda de asamblea o perorata desde el atril de algún tiranorzuelo latinoamericano, como ese garrulo del bigote con pinta de cacique de villorrio.


Siempre me pareció Cataluña una comunidad maravillosamente plural y diversa, por eso es crucial que se mantenga así, rica en su variedad, frente a la pretensión impuesta de una sociedad cerrada y homogénea, fuertemente identitaria (ignoran que identidades tienen las personas, no los territorios) con una historia falseada que, en realidad, comparte casi en su totalidad con el resto del país. No hay un pueblo, no es la aldea de Astérix, hay unos ciudadanos libres que tienen unos derechos (y unas obligaciones) y que son iguales tanto en Sabadell como en Soria. El resto son monsergas autócratas para adoctrinar a ganado espongiforme, música celestial de liberación de las patrias que el nacionalismo más corrupto de la Europa Occidental ha puesto a todo volumen para que el rebaño baile.
Requerir al “pueblo catalán” como si fuera un ente con vida propia y uniforme, lo único que hace es azuzar los bajos instintos de los que prefieren formar parte de un todo genérico en lugar de encumbrar su yo individual; la famosa pertenencia al grupo, donde los símbolos y emblemas adquieren el carácter de trascendencia y rito.
A pesar de la supuesta épica que desprende el irresistible aroma de las heroicas gentes librándose del yugo del Estado opresor, la realidad, fría, precisa y gris, es que sólo se ha visto a unos dirigentes embaucadores, cobardes e incompetentes, mandando a una masa de infelices victimizados, bandera en ristre, a saltarse las leyes y jugarse el tipo frente a las fuerzas de seguridad con orden de contenerse. Falsificando y engordando heridos y haciendo el ridículo frente al mundo que observaba perplejo.
Y después los responsables huyendo como conejos. Degradante vodevil.
No menos bochornoso que el papelón que está interpretando cierta izquierda española, empeñada en prolongar ese tremendo error histórico, no asumido por casi nadie, de aliarse con el nacionalismo más retrógrado en siniestro concubinato.
No, apelar al pueblo como guardián de las esencias supremas, lanzarse a la secesión, imponer una dogma plagado de alegorías históricas tergiversadas y quebrar la sociedad polarizando de forma maniquea entre patriotas y traidores no es progresista, no es solidario, ni siquiera liberal. Es justamente todo lo contrario.

Hay que viajar y luego volver, aunque sea mentalmente, a la infancia, a las villas bucólicas y tranquilas que plagan las costas bañadas por el Atlántico y el Mediterráneo, pero nunca caer en las trampas de la tribu y de la raza, de los hechos diferenciales, del cortijo privado y el negocio del sentimentalismo. Es un pensamiento primario, preciudadano y cateto hasta el sonrojo.