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14 de febrero de 2026

¡No te metas con mi PSOE!



Artículo publicado originalmente en La Gaceta 

Si hay algo peor que la negligencia política y la corrupción que derivó en demasiados muertos (siempre son demasiados) durante la pandemia, las riadas en Valencia y los accidentes ferroviarios, fue el denominador común del cierre de filas entre las huestes afines.
Y no hablo de los medios de comunicación gubernamentales, a los que, de forma lastimosa, ya nos hemos acostumbrado y hasta hemos normalizado con grave resignación que sean burdas herramientas de la propaganda oficialista. Ellos ya no se cortan (tampoco tiene sentido, a estas alturas) y son cadenas donde uno ya no se asoma esperando encontrar rigor (a pesar de que están pagadas con el sudor de todos) sino por interés práctico de ver cuál es la más cerrada versión del PSOE. 

No. Quiero aludir al ciudadano de a pie (ir de otra forma se está tornando complicado), al españolito de andar por casa como yo que, por ciego fanatismo o por algún tipo de carencia inexplicable, su primera y mayor preocupación ante las tragedias que nos sacuden es ir raudo a defender a su PSOE. O al microcosmos que lo conforma. Que nadie del Gobierno se haga daño. Puede que haya víctimas mortales, sí, y es una lástima, pero lo más intolerable para ellos sería que un capitoste de su partido socialista sufriera algún percance, que viera su posición política comprometida de alguna manera. Eso sí que no. Aguante mi hombre y que rabien los fachas.

La corrupción política ha existido siempre, pero jamás tan arraigada, aceptada y justificada como ahora. La bobalona excusa del "y tú más", "el PP también", más allá de la infantilización del debate y la pequeñez mental, conforma una corrupción moral, una profunda turbiedad intelectual, porque no importa lo que hagan ahora los de tu cuerda, si el oponente en el pasado también actuó de forma reprochable. Y así es como un país se desliza por el sumidero.

Esos pensamientos ridículos son los que han cobijado, con una estupidez ilimitada, a tanto canalla que sabe que los argumentos peregrinos siempre tendrán acogida entre su público, y gracias a eso mantienen una posición de cierta impunidad y vil recochineo, tratando a los votantes como impedidos mentales. Tampoco merecen otra cosa, bien es cierto, pues son los que callan, los que comprenden, los que exculpan mientras se alimentan de simplezas. Los de "es que la derecha es peor". Lo peor, señoras y señores, es continuar soportando a tanto lerdo, sin señalar al necesario colaboracionista, y eso pasa por recordarle su condición de tonto fanático, cuya estulticia desacomplejada es un palo en las ruedas para que una sociedad progrese libre y aséptica.

Da igual que Sánchez recibiera once alertas de Seguridad Nacional antes de pandemia y minimizara el riesgo y retrasara tomar medidas para poder llegar al 8 de marzo; da igual que pospusiera la ayuda para Valencia por puro tacitismo político y acudieran antes bomberos de Francia que servicios de rescate españoles; y da igual que el mantenimiento de las vías de la red de trenes sea deplorable y con frecuentes avisos de degradación desde hace tiempo porque el ministro actual es un gañán incompetente, el ministro anterior un putero convicto, y las instituciones encargadas de velar por las infraestructuras un foco de corrupción.

Ellos siempre van a sacar los dientes para negar muy fuerte, para encontrar la manera de exonerar, reafirmarse en posturas inamovibles y culpar de todo a la ultraderecha. Es una forma de abordar el mundo que, por fuerza, tiene que acabar con las mentes desquiciadas. Visto desde fuera, impresiona.

Impresionan los que son capaces de priorizar el salvar a los suyos (sus políticos predilectos, o quienes les hacen babear) ante de centrarse en lo mollar. Únicamente acentúan el espanto que provocan tantos muertos evitables. El espanto ante una parte de la sociedad que prefiere que no se vea perjudicado su partido político (la pandemia fue el ejemplo más brutal) antes que pensar en que, tal vez, algo se ha podido hacer mal. 

Partidarios de la irreflexión, de una defensa desde las vísceras, utilizan las tragedias como exutorio emocional, y hay también un tufo de cobardía y complicidad. Cobardía por no reconocer lo que es evidente a la vista de todo el mundo: que el PSOE es una organización criminal y que sus gestiones cuestan vidas; y complicidad porque las masas de fanáticos partidarios del cierre de filas han sido desde siempre la coartada perfecta usada por los tiranos para mantenerse en el poder.

Recuerdo hace algunos años, que bajaba caminando por la madrileña calle de Génova, y había una pequeña concentración cerca de la sede del Partido Popular. Por circunstancias que no vienen al caso, iba de traje, y pasé por ahí intentando esquivar a los de las pancartas, los megáfonos y los berridos. Iba tranquilamente con mis auriculares escuchando a Van Morrison, y fue que me los guardé un momento para mirar aquello con interés profesional, cuando una señora de mediana edad, embutida en un abrigo y gorda como una cerda recién parida, me empujó y gritó no sé qué. Me debió de confundir con un pepero con cargo, pues algo decía del fascismo. 

Ante aquella arremetida verbal (el traje le tuvo que hacer creer algo que ignoro) miré a aquel ejemplar evaluando riesgos y alternativas, antes de poner pies en polvorosa, pues soy hombre cordial y pacífico, y las orondas de izquierda son criaturas tan violentas como impredecibles.

Ha pasado algún tiempo desde aquello y la realidad devastadora es que la situación ha ido a peor. De la violencia verbal se ha pasado a la violencia física, hay exvicepresidentes sin mucho más de tres cuartos de hostia que quieren hacer el numerito como que agreden a reporteros, con espectáculos de patio de colegio en plan sujétame que lo mato.

Y hay otros, las fuerzas de choque de la sinrazón, que le comerían a uno vivo por los pies o estarían dispuestos a sacrificar más vidas de españoles con tal de no ver caer a ninguno de los políticos con los que ejercen defensa y ataque. Los que velan porque venza siempre su relato. Los custodios de la pureza de la banda. Los escoltas del sanchismo. La guardia pretoriana formada por cretinos lamentables.

Reverte, la biblioteca y la ideología

 


Artículo publicado originalmente en La Gaceta

En lo del ciclo de 'Letras en Sevilla XI', al escritor Arturo Pérez-Reverte, por usar una expresión muy suya, le ha salido el gorrino mal capado.
Hay dos conceptos que a estas alturas ya tenemos bastante claros. Que Reverte no tiene ideología, tiene biblioteca, y que resulta que la Guerra Civil la perdimos todos (algo que no voy a discutir, porque para eso están los historiadores que no fueron invitados), pero 90 años después yo creo que seguimos perdiendo los de siempre.

Es verdad que el de Cartagena no tiene la culpa de que las hordas podemitas se comporten como son, porque, a fin de cuentas, es su naturaleza, y como decía Alan Ladd en Raíces Profundas: "Uno no puede dejar de ser lo que es"; pero sí tiene responsabilidad en la peña a la que convida, y eso es un poco como los cumpleaños o las fiestas en casa cuando se van los padres: que no resulte un auténtico desastre influye mucho a quién invitas. También podía haberle dado alguna pista lo del personaje que se ata el pantalón con un cordel de amarrar sacos de patatas. Los prejuicios, como escribió esta semana Savater, salvan de muchos disgustos.

Entre los invitados y seguidores, unos estaban dispuestos a dialogar y debatir con fresca naturalidad y otros celebran haber cancelado el acto tras amenazas y coacciones. Hasta un vino iban a descorchar. Ya ve, don Arturo, son todos iguales.
Intercambiar ideas y conceptos, y reflexionar sobre hechos históricos sin la mirada ensuciada por odios cainitas y revanchismo mal canalizado, debería ser algo aceptado en una democracia normal. Y estoy de acuerdo con Reverte en que el sesgo partidista influye sobre nuestra percepción de la realidad, incluso para interpretar el pasado, que cada uno acomoda a su manera, en base a agravios familiares o empacho de mala historia. 

Pero a estas alturas, creo que nadie piensa ya en España como una democracia normal, y lo de cancelar charlas, coloquios y personas en este país disfuncional no lo inventaron los podemitas sevillanos; ya hace tiempo Pablo Iglesias y sus secuaces no dejaron hablar a Rosa Díez en el feudo universitario donde correteaban los embriones de las futuras ratas moradas; y en España, por desgracia, han cancelado maneras de pensar a base de tiros en la nuca y coches bomba, y no sólo hace nueve décadas en Paracuellos o en Belchite.

Lo que no es de recibo es que con el país desmantelado (y más que lo va a estar) y sufriendo una corrupción desmadrada, lo de la biblioteca llena y la ideología vacía sirva para nadar y guardar la ropa con aqueos y troyanos, y dar celebrados pellizquitos de monja al Gobierno, pero entre pellizco y pellizco, organizar saraos literarios (Zenda) donde acuden complacidos Félix Bolaños y otro ministro antropomorfo, un tal Óscar Puente, a bendecir con su socialista liturgia la cultura española transversal, donde cabemos todos; aunque ahora ya hay 45 españoles menos que no cabrán en ningún sitio de esta España en la que Puente, en lugar de estar a los menesteres ministeriales y atender al estado de las putas vías, se dedicaba a insultar, a tuitear, a despotricar en redes sociales o a acudir a actos de Reverte. Sí, en esta guerra seguimos perdiendo los de siempre. Y nutrir un auditorio de gente de todo los perfiles pero incluir astutamente a miembros de la banda que no saquea y nos mata no es equidistancia, es complicidad.

Valoro la labor del escritor en haber recuperado para la contemporaneidad el interés en nuestro Siglo de Oro y también celebro que tenga éxito con sus entretenidas novelas, que se venden muy bien en las navidades y en los aeropuertos, pero veo con muy malos ojos algunas cosas lamentables, como los crueles comentarios, de una bajeza impropia, que dedicó a Alejo Vidal-Quadras. Hay que tener muy mala baba para dirigirse en esos términos a un octogenario, exvicepresidente del Parlamento Europeo, que además se llevó un tiro en la cara por los asesinos del mismo régimen iraní que pagaba a los socios del Gobierno, Gobierno que controla unos medios donde caracolean y medran profesionalmente los amigos de Reverte. Y no tiene al menos la decencia de cortarse un poco.

Porque, y no es ningún secreto, un amigo suyo fundó la revista Mongolia poco antes de que entrara como editor el exconvicto, abogado de narcos y siniestro secuestrador Gonzalo Boye; y otra amiga de pasado franquista se dedica a presentar en TVE junto a Gonzalo Miró (este tiene más ideología que biblioteca) un programa de un lacayismo mediático hacia la coalición gubernamental que provoca altos niveles de bochorno y mala hostia. Son voceros rotundos, paniaguados desmedidos. 

Eso a Reverte no le parece sectarismo: él también cabalga contradicciones. Ahí están ambos, mamando a dos carrillos del ente gubernamental y colaborando en el procaz agitprop socialista con singular desvergüenza. Sí, en lo tocante a pagar impuestos para mantener en la cadena pública a ese tropel de caraduras y vividores lameprepucios sanchistas, también es una guerra donde perdemos los de siempre.

Uno puede tener los amigos que crean conveniente y es sano que haya disparidad de opiniones, porque una mesa donde todos piensan lo mismo en realidad es un banco de misa, pero en momentos donde lo que hay es una organización criminal de este calibre, lo de los propaganditas ya no es periodismo, y de nuevo lo de don Arturo al defenderlos no es equidistancia, es complicidad.

No compremos cuentos chinos o de Flandes. Camilo José Cela tenía ideología. Rafael Chirbes, también. Mario Vargas Llosa tenía ideología, y Ernesto Sábato. José Saramago tenía ideología. Y todos eran bastante mejores escritores que Reverte.

Ahora mismo hay una clase política que ataca y una ciudadanía que se defiende. Que entierra a sus muertos de la pandemia, de las riadas, de los trenes. Una ciudadanía encajando una crisis tras otra, una asfixiante degradación de los servicios públicos, viendo cómo sus barrios se convierten en zocos de delincuencia y contemplando la superioridad moral del que no tiene ideología ni falta que le hace, porque los lectores también son transversales, y el truco, si no lo saben, de un escritor que sea de masas y no de nicho, está en criticar un poco a "hunos y otros" pero no enfadar verdaderamente a ninguno. Las gallinas que entran por las que salen.
El problema, me temo, es que una cosa es que siempre perdamos los de siempre y otra que crea que todos somos completamente gilipollas.

30 de enero de 2026

En las redes de las vanidades


Artículo publicado originalmente en La Gaceta

Cada vez en más ocasiones, asomarse al multipolar universo de las redes sociales es entrar en territorio lovecraftiano, donde criaturas monstruosas y actitudes bochornosas cobran forma en una ventana digital hacia el estupor. De lo más impactante es la exposición pública de menores, usados por sus propios padres como siniestro escaparate y a la vez lanzadera de likes, supliendo tal vez la ausencia de autoestima con la validación necesaria de centenares o miles de desconocidos, mientras ponen a sus hijos en la picota por una cuestión competitiva mal gestionada.

Lo dicen las estadísticas: el 72% del material incautado a pedófilos son imágenes no sexuales de menores subidas a internet por las familias. Porque un pedófilo no necesita que sea material explícito para usarlo con aviesos fines y enfermiza intenciones. Pero les da igual a los influenciadores y a los patéticos aspirantes a serlo, insensatos, temerarios e irresponsables, gozosos en su micromundo de corazones artificiales, muchos de esos adultos egomaníacos creen que merece la pena correr el riesgo, o simplemente desconocen lo que habita en lo más profundo de la web y sus recodos más despiadados.

Frivolidad de descerebrados, cabezas de chorlito digital, cegados por una fatuidad insulsa, quitando importancia a todo lo que tiene verdadero valor o peso emocional.
Se ha normalizado (aunque algunos nunca lo veamos normal) emitir tu mundo y tu cotidianeidad diaria tal cual uno viviera en un Gran Hermano constante; fotos a platos rebosantes de humeante comida, viajes captados hasta el último frívolo detalle, relaciones sentimentales como si hubieran desembolsado una enorme cuantía por la exclusiva de tu amorío. 

Vivencias que antes quedaban en el estricto ámbito de lo íntimo y ahora se comparten, sobrevalorando la importancia que se supone tienen para los demás, o el interés que despierta tu existencia, a menudo prosaica y ridícula. El quiero y no puedo de cualquier diva de medio pelo o pobre diablo con pretensiones, necesitados de un foco de usar y tirar, compitiendo contra nadie, lanzando mudos gritos de socorro, llamadas de atención enviadas a la nube y que ahí se quedan flotando, pegajosas. Sometidos de buena gana al escrutino del ojo ajeno, donde el infierno siempre son los otros.

Hay algo de obsceno en la exhibición pública de la vida privada. Incluso se saca partido a las pequeñas miserias cotidianas. He llegado a ver espectáculos necrófilos, a raíz de un fallecimiento. Del muerto se aprovecha todo, hasta el último like. Sobreabundancia de pornografía sentimental, basurero de las emociones, impudicia en el mercadeo de carne trémula, cuerpos de exposición como una cristalera en Ámsterdam. 

Deseos, ostentaciones, espejismos y apariencias que arden en la hoguera de las vanidades de las redes sociales, donde se calcinan tantas capacidades y se pierde tanto tiempo. Un tiempo que no volverá, mientras el día y la vida pasan y tú estás inclinado, jorobo, sobre la pantalla de un móvil, incapaz de alzar la vista a lo que tienes a tu alrededor, si no es para fotografiarlo. 

Se sabe que la dificultad de concentración impide focalizarse en actividades que no impliquen un estímulo constante, arreones de corta duración y sobredosis de información en alta cadencia. Ahí se cuece lo trágico: incapacidad para redactar y pensar con calma, pero también personas ya talluditas que siguen permeables a las modas, a la tendencia del momento por estúpida que sea; adoptando la máscara fugaz de lo que creen que es vanguardia, interacciones virtuales que les permitan recibir esa efímera descarga de dopamina de la aprobación del ciberespacio. 

La dependencia de esa sensación tan fugaz, unida a la falta de aficiones genuinas, lleva al inevitable enganche, móvil siempre a mano y en la mano, transeúntes caminando ciegos y que te embisten como vitorinos invidentes si no te apartas a tiempo. 

Montañas y atardeceres que ven morir su belleza en el zoom de una cámara del que mira sin apreciar, sin entender que la gente verdaderamente feliz no tiene ninguna necesidad de irlo promulgando. Que son los que tienen una vida personal más rica los más celosos de su privacidad, y los más interesados en mantener un perfil bajo y reservado, pues sus experiencias y momentos van más allá del cuelgue a lo que pase dentro de un aparato y a la vibración de las notificaciones.

Las redes sociales moldean una ficción con pretensiones de realidad, pero la realidad es otra cosa, y es la que está quedando en los márgenes.
Lo real es poder estar dos horas en silencio, con la única compañía de tus pensamientos o un libro en el regazo. La oscuridad, la soledad compartida de una sala de cine. La paz de las playas de invierno. 

El lujo de la desconexión. Es la placidez del sosiego, y la introspección pausada. Conservar un puñado de amigos fieles, principios y lealtades innegociables, rincones construidos a base de memoria, películas y canciones, que no necesitan ser compartidas con nadie más.

Una sociedad abotargada, dependiente de estímulos de minuto y medio, es más sencilla de permear y, por consiguiente, presa fácil de políticos gansterizados. Masa colectivizada dispuesta a cancelar, reflexiones de clickbait, tontadas de Galeano en una línea, memes al por mayor, campo de prueba de morritos, escotes, selfies y pijadas.

Sé que quizá sea nostalgia por el tiempo de los que aprendimos a leer y a escribir cuando el mundo aún se hacía a mano. Y que esto se publica en un medio digital y será leído también en móviles. Que podrán decir que Granda es un viejoven y un amargado, y que como creció con películas de John Ford, piensa que es Wayne subido a su caballo. 

Pero no abomino de los móviles, pues tengo uno, igual que todo el mundo, ni soy un ludita que no entienda los beneficios de la tecnología usada de forma responsable.
Lo que me toca las narices, sinceramente, es ir a un museo y topar con una cola enorme antes de llegar a un cuadro de Da Vinci, y que los diez de delante se hayan parado ante la pintura sólo los segundos necesarios para hacerle una foto, y los diez de detrás te meten prisa porque también quieren hacerle la foto e irse cagando leches a otro cuadro. Pues lo importante no es estar y verlo, sino poder contar que estuviste, y enseñarlo. Y como yo veo lo que hay y no me gusta, pues vengo aquí y lo cuento.

El volumen del horror


Artículo publicado originalmente en La Gaceta

Primo Levi, testigo y relator fundamental del Holocausto, quiso describir lo inimaginable con exactitud y frialdad, sin necesidad de excesivos artilugios narrativos. Afirmó: "No había necesidad de subrayar el horror. El horror estaba allí".

No recuerdo un silencio más áspero que el que invadió la sala de proyección después de ver los 47 minutos de material recopilado por Israel en los ataques del 7 de Octubre. La losa que había caído a plomo sobre los que ahí estábamos, testigos en ese pase privado, documental que los judíos sólo enseñan bajo invitación acreditada y con la premisa de contar lo que vimos.

Al igual que en el material gráfico que nos mostraron, no había mucho más que decir, porque el horror ya estaba ahí, en toda su escalofriante dimensión. Cualquier cosa que al terminar pudiéramos verbalizar era superfluo. No había cabida para algo así como una charla banal a la salida del cine, después de enmudecer con tanta sangre derramada.

El horror estaba en las cámaras y móviles de los terroristas que registraron matanzas a sangre fría en los kibutz, en guarderías, en el festival de jóvenes en Nova. Que filmaron decapitaciones, torturas, ejecuciones, violencia sexual, secuestros. También la felicidad de los gazatíes cuando llegaban las siniestras camionetas cargadas de cadáveres, el ensañamiento con los cuerpos, niños escupiendo sobre ellos, multitud zarandeando a los secuestrados aún vivos, heridos arrastrados por las negras fauces de la yihad. 

Lo que se encontraron los primeros equipos de respuesta, que también fue recopilado, sólo se puede definir como rescatadores buscando supervivientes en el corazón de las tinieblas. 
Impresiona pensar que mientras en Israel estaban ocurriendo los salvajes ataques aquel fatídico sábado de octubre, ya había gente aquí, compartiendo el mismo espacio geográfico que nosotros, buscando las palabras adecuadas para justificarlo, para condenar con adversativas, para ensayar sus aspavientos por la respuesta de Israel antes incluso de que se produjera. Preparando la propaganda del futuro donde todo iba a girar en torno a un ficticio y manufacturado genocidio.

Lo que hicieron los comandos de Hamas es inhumano, los cataloga al margen de nuestra misma especie, pero los que lo justifican o comprenden, los que lucen impúdicos la misma bandera que los yihadistas llevaban en el pecho mientras disparaban sobre niños, son también una caterva canallesca más emparentada con las bestias.

La felicidad de los palestinos por la carnicería que acababan de perpetrar contrastaba con el denso silencio que nos golpeaba a todos los testigos en ese auditorio de Madrid.
Un pase para periodistas y algunos políticos y con blindaje policial. Sospecho que no tanto por la posibilidad de un ataque integrista como por precaución con las hordas de exaltados antisemitas de extrema izquierda, como los que hicieron que el partido de baloncesto entre el Madrid y el Maccabi de Tel Aviv se tuviera que jugar a puerta cerrada. 

Hay viejas pulsiones que se resisten a desaparecer. El nazismo contemporáneo lo enarbolan con singular desvergüenza los llamados a sí mismos progresistas, formando grupos que persiguen a los judíos, ya sea en el baloncesto, en el ciclismo, en festivales de música, en una entrega de premios, o en sus comercios y locales. Con la sucia vieja técnica del señalamiento y el boicot. Con el mismo odio canino, la misma pulsión de querer coserles una estrella en el pecho y empujarles hasta una esquina de la Historia.

Estos escuadrones suelen acudir en manada, amedrentando a los judíos portando emblemas y banderas de sus verdugos, cánticos contra Israel, con el mismo afán exterminador sobre el país que el que puedan tener los ayatolás de Irán y su empecinamiento nuclear. 

Una "revolución" islámica (en el caso de las teocracias y las primaveras árabes, siempre es involución y siempre es una puerta hacia el invierno) que fue fomentada, entre otros y con más efusión, por la izquierda pedófila francesa de los años 70. Esos Michel Foucault, Jean-Paul Sartre o Simone de Beauvoir, escombros de Mayo del 68, que lo mismo firmaban manifiestos para normalizar las relaciones con menores de 15 años que esperaban ansiosos a Jomeini, por mucho que advirtiera la tan lúcida como valiente Oriana Fallaci.
Ella le entrevistó, se quitó el chador, al que llamó "estúpido trapo medieval", y a él lo definió implícitamente como tirano, algo que jamás han hecho (ni harán) con los islamistas y sus brazos armados nuestras más bobas progres feministas de cabecera, tan hipócritas, tan insoportables, tan incurablemente imbéciles.

Es sabido que los jerarcas nazis juzgados en Núremberg, todos tenían un cociente intelectual alto o muy alto. Eran unos inteligentes y fríos asesinos y unos perfectos monstruos. El progre antisemita actual sólo es un holgazán intelectual y un sectario con muchos aspavientos y que, en la mayoría de los casos, está por desasnar.

Los yihadistas y la extrema izquierda tienen en común el fanatismo, la ignorancia y el odio. Unos son extremistas religiosos y otros extremistas políticos. Unos matan y lo celebran y otros celebran que maten otros. Sira Rego y Ernest Urtasun, ministros de España, votaron en contra de una resolución de condena en el Parlamento Europeo, en lo que fue una forma de festejo a su manera. 

Los palestinos se pusieron eufóricos ese día y los propalestinos en Occidente se pusieron eufemísticos para hablar de resistencias, pólvora que salta, pueblos que se revuelven contra la opresión y otros mantras de malnacidos. Es desde las instituciones donde se permite la mayor de las indecencias, dejando a las alimañas antisemitas campar a sus anchas y sin consecuencias, dejando allanado el camino para poder sentirse cómodos cuando se produzca el siguiente espanto.

13 de enero de 2026

Chavista de Chamberí

 


Artículo publicado originalmente en La Gaceta

"En Europa necesitamos mucho de ese cálido viento latinoamericano. Les queremos, Chávez vive, la lucha sigue", exclamaba en el atril Íñigo Errejón, puño alzado al aire, congestionada de emoción la carita imberbe. Un héroe de la revolución llegado desde Pozuelo.

A Errejón le debió de dar un mal aire, porque desde que lo van a sentar en el banquillo por ir demasiado cálido por la vida ya habla menos del difunto comandante y más sobre la importancia de la presunción de inocencia. 

Pablo Iglesias decía en una tele venezolana que le daban envidia los españoles que estaban por allí, y que aquello era un ejemplo para Europa. Sí, eso es lo que necesita Europa, efectivamente, una buena dictadura bolivariana. Cinco millones de personas votaron a este elemento. Un país también acaba teniendo los vicepresidentes que se merece.

De Monedero, su inconsolable tristeza tras fenecer su "hermano" Chávez, y sus bailecitos por Caracas, prefiero no comentar más, porque ya es bastante prolongada la cuesta de enero como para hacerla más pronunciada mentando a todos los indeseables de aquella banda fundacional.

Sí recordar que todo eso ya era de dominio público cuando formaron Podemos, pero luego te decían, los propagandistas habituales (pasan los años y ahí siguen, cambian las caras pero en realidad son los mismos) que tranquilos, que en verdad Podemos no eran chavistas, que eran socialdemócratas nórdicos, que iban a luchar contra los de arriba (serían los vecinos del quinto), a cobrar tres salarios mínimos y acabar con la casta echando fuego por los ojos y también rayos por el culo (dramatización). Y se quedaban tan anchos.

Esas ansias de defender tiranos, necesitados de guardar las apariencias, la han estado reprimiendo los comunistas y separatistas de toda laya hasta que Maduro entró en el avión rumbo a una celda en Brooklyn. Entonces ya no pudieron más, y desde su piso en Chamberí, el mermado de infantería cogió el teléfono y empezó a dar una exhibición. Tap, tap, clic, clic, un tuit tras otro, un rebuzno tras otro. ¡Rediós, para lo que han quedado estos mataos! piensa uno ante semejante espectáculo.

El madurismo te lo defiende con igual vehemencia el tonto de baba que el fanático grillado. Los más indignados por la captura del usurpador y torturador fueron Ione Belarra, los cuatro amigos de IU, los marqueses de Galapagar, los etarras de Bildu y otros demócratas exquisitos. Lo mejor de cada casa, para entendernos. Bichos de la peor calaña que han cambiado la bandera de Palestina por la bandera del régimen caribeño, con menos pausa que vergüenza. Lo mismo les da Hamas que el Cártel de los Soles

La izquierda de ceño fruncido, cínica hasta la extenuación y experta en manipular el lenguaje, siempre te habla de democracia hasta que tocan a su dictador favorito. 
Todo tiene un inevitable componente paródico. Con Chávez había entre la población un movimiento iconólatra, pero Maduro sólo era un payaso puesto ahí por los que manejan realmente el entramado y el flujo de la droga, y no era respetado ni por los suyos, que no movieron un dedo para defenderlo (todas las bajas causadas por los Delta Force son del servicio cubano) y es probable que, además, le vendieran. 

De Chávez, como de Castro, hay murales, pintadas, elegías. Igual que del Che Guevara existe todo tipo de merchandising (y sirve para identificar a descarriados), nadie se imagina a Súper Bigote poniendo cara a las camisetas de los asistentes al Viña Rock, dándole color a ese olor a perro mojado.

Las acusaciones en Estados Unidos, donde Maduro se enfrenta a una larga pena, son incluso más leves que los crímenes por los que es investigado por la Corte Penal Internacional: ejecuciones extrajudiciales, torturas, violaciones sexuales, detenciones ilegales y desapariciones forzadas.
Para el chavista de Chamberí, de lo único que es culpable el conductor de autobuses es de bailar tremendos cumbiones.

La situación al otro lado del charco afecta a España por todos los venezolanos exiliados que hay aquí y por los mamertos exaltados que les quieren hacer frente, porque ya sabemos que estos majaderos tienen una cruzada contra el fascismo y la ultraderecha, aunque la mayor batalla la libran contra su propia estupidez.

Se han visto imágenes donde una panda de gañanes increpaban con arengas chillonas a un grupo de los de la diáspora que celebraba la detención del sátrapa.
Hay que ser de un cuajo especial para insultar con ese odio bárbaro a personas que han sufrido tanto; el complejo sistema anímico que impera en determinados fervores comunistas originan este tipo de excentricidades.

Venezuela está en la más absoluta indigencia, y ha aguantado más de dos décadas de socialismo siglo XXI gracias al terror y al miedo. No es solo, al igual que Cuba, un escenario dramático de una revolución fracasada, es el escaparate en el que los países libres del mundo deben mirarse para no caer en ese populismo demencial con políticas de colectivización que no han funcionado jamás en la historia, a pesar de haberlas intentado poner en práctica con sanguinaria insistencia. 

Maduro va camino del olvido tras las rejas pero el régimen interior sigue dando mortales coletazos, y el chavista de Chamberí te lo justifica desde el exterior con infantiles razonamientos derrumbados. No hay ni un mínimo de empatía con la miseria, padecimientos y angustia que sufre el pueblo venezolano y, además, evita cuidadosamente transitar todo razonamiento lógico.

La postura del chavista de Chamberí, de mollera densa como el hormigón recién vertido, es cerril y acrítica, para él puede que Maduro y Chávez hayan hecho alguna cosa mal, alguna cosita por ahí en la que hayan patinado, pero nada en comparación con los pecados del imperio. Vale, bueno, puede que sea un narcoterrorista, pero es nuestro narcoterrorista. Igual que una vez Feijóo se hizo una foto con Marcial Dorado.

El chavista de Chamberí, disonancia cognitiva en su máximo esplendor, celebra la mediación de Zapatero para la liberación de unos presos políticos que no existían. Son los presos políticos de Schrödinger, estaban pero no estaban a la vez en las mazmorras del régimen. Existen o no según en qué plano de la realidad quieras instalarte.

Y mientras Sánchez se limita a gestionar su propia supervivencia, se aferra al antiamericanismo y habla de derecho internacional a la vez que en España se cisca en el estado de Derecho para amnistiar sediciosos y malversadores, y mientras el chavista de Chamberí sueña con la caída del imperio americano, el resto de los españoles lo hace con ver a Zapatero con un chándal gris de Nike y unos enormes auriculares.

Sobre héroes y ratas


Artículo publicado originalmente en La Gaceta

Le tengo un sincero aprecio a don Joaquín Echeverría Alonso, el padre del llamado "héroe del monopatín", al que entrevisté en un par de ocasiones y con el que hablo asiduamente. Es un hombre bueno a quien la tragedia implacable golpeó de la forma más brutal. Me parece una persona noble y con una admirable entereza, y le deseo muchos años de vida superada.

Su hijo, Ignacio Echeverría, en 2017 y en Londres fue asesinado por la espalda durante unos atentados, cuando intercedió para defender a una mujer que estaba siendo apuñalada (y que sobrevivió gracias a Ignacio) por unos de esos chicos inadaptados, que en palabras del podemita Miguel Urbán, lo hacen porque no ven otra salida. Todo el mundo recordará el caso, así que no voy a extenderme en los pormenores.

Hace poco, don Joaquín escribió en una red social: "De todos los periodistas con los que traté a raíz de la muerte de Ignacio y traté a muchos, Javier Ruiz es el único al que tuve que colgar el teléfono por su impertinencia. La cadena borró la entrevista, supongo que avergonzada por la actuación de Ruiz".

Me pareció algo que por no bochornoso deja de ser bastante lógico, a tenor de la calaña del personaje: Javier Ruiz es un sujeto miserable y siniestro, no por ideología (hay buenas y malas personas a lo largo todo el espectro político, salvo quizá Bildu) sino por la forma rastrera, manipuladora y aborrecible de manejar la información y los datos, de dirigirse a los entrevistados con desprecio y tratando de ser intimidante, causando una grima visceral en cualquiera que no tenga la sesera hecha papilla por alto consumo de la más burda propaganda.

Hablé con don Joaquín Echeverría para conocer más detalles sobre la cuestión (y también para pedirle permiso para escribir este artículo) y me pudo comentar que aquello sucedió en esas angustiosas horas en las que todavía no se sabía la suerte de su hijo, las autoridades británicas habían decretado cerrojazo informativo y todo eran dudas, incertidumbre y especulaciones. 

El padre estaba dando entrevistas para hacer algo de presión mediática y "que los ingleses se movieran y apareciera, vivo o muerto". Me dijo que, en el entonces programa matinal en Cuatro, a Javier Ruiz le tuvo que cortar la llamada, pues fue además el único periodista que se permitió una actuación poco respetuosa. Lo que ya tiene mérito. Loable galardón se lleva el individuo. Enhorabuena, mequetrefe.

Don Joaquín es un hombre educado y discreto, y por eso en nuestra charla supo explicarme lo acontecido y a la vez sortear con elegancia los escollos semánticos para criticar la conversación con Ruiz sin decir que se trató de la interacción con un auténtico pedazo de mierda. Porque ya lo digo yo.

En Cuatro, Javier Ruiz ya practicaba lo que se llevó a TVE cuando fue  llamado a filas por Sánchez: una forma de comunicar basada en la inmoralidad, el populismo, el tratar a los espectadores como estúpidos congénitos e infantilizados, listos para el pastoreo. Todo lo que está mal en el periodismo y en la vida. 

Curiosa trayectoria la del mamporrero. Abandonando la cabeza, el torrente sanguíneo le empujó hacia un desenlace previsible: juntarse con alguien como él o peor, del sexo opuesto. Una choni vocinglera, excesiva, irritante en sus formas bajunas, en su altivo sectarismo ignorante. Una pobre desvalida intelectual, una chabacana definida por la vulgaridad y la intolerancia a la mesura; cafre sin matices, capaz de despertar de forma espontánea esa sensación tan desagradable de la vergüenza ajena. En definitiva, un complemento perfecto para un tipejo como Javier Ruiz.

El "héroe del monopatín" nos llama tanto la atención porque en una sociedad con unos principios en declive y una cultura popular cada vez más banal, él supo escenificar aquello que todavía merece la pena rescatar del ser humano: la valentía, el coraje, el sacrificio, actuar con riesgo a la propia integridad pero de forma automática, porque lo llevaba en la educación, en el instinto, en su forma de ser. Por eso hizo lo que hizo, en lugar de salir corriendo o desentenderse del asunto, que es la opción mayoritaria cuando ocurre algo similar.

La gente opta por inhibirse cuando sobreviene el peligro, y así nos va; dejando que maltraten a mujeres a la vista de todos, que hordas de salvajes vandalicen las calles y el transporte público sin que nadie rechiste, haciendo de Europa un lugar peor, irreconocible, decadente. Con la cobardía de los que tuercen la mirada y luego se permiten poner en tela de juicio la actuación de los que sí se aventuran a intervenir. Eso fue lo que hizo Ruiz, interpelar al padre sobre la actuación del hijo.

El progre odia al hombre con valores porque siente un insuperable complejo de inferioridad ante él. Ve en la persona honrada los atributos de los que él carece, pues sólo es una alimaña interesada, oportunista y codiciosa, con fidelidades espurias. Abundan en los medios de comunicación del oficialismo. Feroces periodistas siempre en contra de los mismos, nunca equivocándose sobre qué cimbrel tienen que lamer.
Han sido recolocados y agrupados en RTVE, para hacer frente común en defensa de la PSOE y sus sistémicas corruptelas. Javier Ruiz ni siquiera es el peor en un ente público que a diario da motivos para lamentar que nuestros bolsillos costeen a esa panda de sacamantecas.

Los impulsos primarios nos animan a que, al segundo después de que el sanchismo caiga, llevar felizmente a RTVE una grúa con bola de demolición y dejar libres los instintos para que los chavales irrumpan a golpe de maza y bidón de gasolina, y así saciar la sed de resarcimiento con una satisfacción salvaje. 

Pero somos personas racionales y por eso se hará todo con una envidiable organización. El famoso pendulazo y la tan citada motosierra tienen que empezar en Prado del Rey. Y de ahí hacia lo demás. Sin perder los papeles ni la compostura, no somos animales ni islamistas. Pero con fría determinación. Como Ignacio Echevarría yendo decidido hacia los terroristas, armado con un simple monopatín.


31 de diciembre de 2025

No digas que fue un sueño

 


Con los años y las despedidas ataca con más fuerza algo que nunca creíste para los jóvenes, esa emoción difícil de controlar llamada melancolía, sensaciones asociadas y sentimientos crepusculares, la nostalgia de tiempo pasado que fue indiscutiblemente mejor. No ayuda no haber hecho las paces con la memoria, o ésta se presenta edulcorada o lacerante en exceso. 

No sabemos si todo lo intrascendente empieza a desdibujarse en el recuerdo, pero creo que tengo una privilegiada retentiva para las cosas que amo.
Yo he sido a lo largo de mi vida notablemente feliz con la imagen, el sonido y la letra impresa protagonizada por personas que ya habían palmado cuando nací. O que lo hicieron mientras era muy pequeño. Y eso no me impidió descubrir con devoción todo lo que crearon, con ese interés de quien consigue un mundo nuevo e hipnótico.

Crecí con la certidumbre de que el cine es una de las más grandes artes y una de las pequeñas salvaciones cotidianas, y también que existía un cine clásico, congelado en el tiempo, patrimonio del buen gusto y atemporal, y otro cine contemporáneo, donde podías ver a estrellas en la gran pantalla y luego salían en las revistas o se paseaban por los festivales. Actores y actrices que vivían ya en el mito, y actores y actrices de la actualidad. Había un pasado y un presente, perfectamente delimitados pero ambos disfrutables.

También sabía que no existen películas antiguas ni películas nuevas: existen películas que se han visto y películas que no, y ésas siempre son nuevas. Cine vivido, amado y compartido. Una afición delegada de mi padre, como principio vital transmitido con los suyos. Una afición que procede del minuto posterior al primer recuerdo y se sabe acoplada y decidida hasta el último momento.

Fui niño, adolescente, joven, mientras aún estaban vivos Paul Newman, Kirk Douglas, Ernest Borgnine, Sean Connery, James Caan, Olivia de Havilland, Alain Delon, Gene Hackman, James Gandolfini

Y Robert Redford, Claudia Cardinale, Diane Keaton. Estos tres han sido los últimos en largarse, en este 2025 que declina ya irremediable. También Brigidtte Bartdot, que llevaba retirada del cine desde 1973.

Claudia Cardinale siempre será un amor a perpetuidad, representando la carnalidad, la belleza, el erotismo, el misterio, la elegancia. No entiende este arte quien no comprenda que uno pueda enamorarse de los ojos de una siciliana (en realidad nació en Túnez) de formas pletóricas y curvilíneas.
Ella pertenecía a esa estirpe de las elegidas, donde se asentaban en algo más que una cara bonita. La cámara las amaba, los productores conocían el impulso que dirige las preferencias de un hombre hacia una mujer determinada entre miles.

Tuvo la fortuna de contar con los mejores mentores. A mediados de los años 60, su alegre desenfado ya había estado a las órdenes de algunos de los mayores creadores del cine italiano: Luchino Visconti, Fellini, Zurlini, Monicelli, Luigi Zampa...con Rocco y sus hermanos entraría en el olimpo de musas de Visconti, junto a Silvana Magano y Romy Schneider

Interpretó a la impresionante Angelica Sedara de El Gatopardo. La escena del baile con el príncipe de Salina (colosal Burt Lancaster, ambos repetirían con Visconti en Confidencias) es una de las más icónicas y simbólicas de la historia del cine. Y la película que le abriría las puertas del mercado internacional con lanzamiento norteamericano. Nada menos que al lado de John Wayne y Rita Hayworth, en la poco afortunada obra circense de Henry Hathaway El fabuloso mundo del circo.
Fue el lujo y la sofisticación en La pantera rosa, y la belleza salvaje del excelente wéstern Los profesionales, una obra maestra de un nihilismo, una épica y un romanticismo corrosivos.
Fernando Trueba, alguien con sentido del gusto y de la estética y de cinefilia militante, tuvo el privilegio de contar con ella en la notable El artista y la modelo. Fue la última vez que la vi actuando.

Robert Redford contaba con ese magnetismo propio de las estrellas, capaz de hacer de galán romántico o entrañable pícaro pero también interpretar a personajes complejos, perdedores con alma, solitarios acorralados por la vida, gente en posesión de talento pero también de turbiedad, además de ser un director con una sensibilidad contrastada. 

Tuvo la suerte de vivir alejado de las fórmulas, trabajando con artesanos del oficio, en una época donde productores muy inteligentes ofrecían personajes memorables a buenos actores en estado de gracia y continua complicidad con el público; por eso funcionan juntos él y Paul Newman, en Dos hombres y un destino y El Golpe, dos películas que van más allá de modas estrictamente comerciales pero también de cine experimenta, de autor o lo que sea el indie. Es cine para todos los espectadores, pero de calidad. Divierte, hace reír, fascina, y la pareja está rodeada de grandes secundarios como Robert Shaw o Katharine Ross, esa belleza de fama efímera. Dos películas donde se habla de la devolución exacta y medida de la justa lealtad.

Otra colaboración fructífera, que es ya catálogo de lo mejor del cine, es la de Redford con Sydney Pollack, director y actor con un oficio que ha influido en los más aventajados jóvenes realizadores, y al que tanto se le echa de menos. 

Los años 70 y el trabajo de ambos nos regalaron Las aventuras de Jeremiah Johnson (que ha tenido una digna sucesora en la hermosa y triste Sueños de trenes), Tal como éramos, las vicisitudes y complicaciones de pareja junto a Barbra Streisand; un thriller bien labrado como Los tres días del Cóndor, y ese trotamundos conmovedor de El jinete eléctrico (junto a su amiga de toda la vida Jane Fonda, también estuvieron ambos en La jauría humana, Descalzos por el parque y, ya en 20217, Nosotros en la noche, que se aleja demasiado en calidad al gran libro de Kent Haruf).
Redford y Pollack volverían a juntarse para esa obra lírica de imágenes memorables entre leones, elefantes y Meryl Streep. Sí, Memorias de África

Redford fue el tenaz periodista Bob Woodward en Todos los hombres del presidente y también el director de una película tan conmovedora como Gente corriente y de la alegórica El hombre que susurraba a los caballos, que aunque con alguna concesión a la vía cómoda, descubrió para el cine a una niña hermosa llamada Scarlett Johansson.

Siempre fue un hombre coherente, comprometido, activista sin fanatismos, promotor de festivales para dar cabida a todo tipo de películas alejadas de otros circuitos más prestigiosos, y se permitió el lujo de, con 65 años, lucir torso desnudo en La última fortaleza, un duelo demasiado forzado con James Gandolfini, aunque es una cinta que se deja ver. 

Se retocó la cara con desastrosos resultados, participó en algunas películas que se podía haber ahorrado y fue congruente hasta el final. Representaba una forma de ser y de estar y también una manera de entender Estados Unidos.
Robert Redford puede que fuera la última gran estrella viva.

Brigitte Bardot llegó para conmocionar la rígida moral dominante en la industria, hubo quien se deleitó y hubo quien se escandalizó, con alguien que podía hacer milagros jugando con una toalla, revolcada en la cama con una sábana ceñida al cuerpo, siendo otros escenarios predilectos las bañeras y las duchas, que daban cabida a su glorioso cuerpo.

Pionera del desnudo expresivo, antes de que el mal gusto y la vulgaridad, y la proliferación de mujeres sin ropa para tapar agujeros de guión, arruinaran todo lo erótico y novedoso que aquello tenía. Bardot es tan importante porque su físico implantó modas. Toda una generación de mujeres sexualmente liberadas imitó sus peinados (y despeinados), su forma de moverse y su particular expresividad de los labios, con una calculada mezcla de insolencia e ingenuidad. 

Fue más personaje que actriz, pero el mundo nuevo de los años 50 acogió la mercancía con ilusión y la consumió sin reservas. 
Fue una mujer singular y acaso amada. Su rostro era un hermoso refugio del alma francesa, e hizo defensa a favor de los animales y activismo contra los animales bípedos que sabía estaban (y están) destrozando su país.

Y, como escribió el gran Terence Moix: "El erotismo cinematográfico ya no sería el mismo desde el día en que la traviesa B.B regaló al folclore del siglo su culito retozón".

Diane Keaton en estética y estilismo fue lo más parecido a una heredera de Katherine Hepburn, pero con esa mirada de ojos caídos y sonrisa perpetua que enamoró a un Woody Allen en estado de gracia cuando sacó lo mejor de ella en Annie Hall y Manhattan, colaborando juntos en cinco cintas más, siendo el reencuentro profesional en Misterioso asesinato en Manhattan, una película menor el neoyorquino, que siendo menor sigue siendo cine muy destacable, como ocurre con las obras de Allen.

Keaton fue habitual en comedias románticas y dramas familiares, estuvo estupenda (cuarta nominación al Oscar) junto a Jack Nicholson en Cuando menos te lo esperas
Pero creo que para todos los cinéfilos con gusto, además de la musa de Woody Allen, siempre será Kay Adams de El Padrino

Aunque participó en la trilogía, la más memorable escena ocurre en el final de la primera cumbre de Coppola, cuando su marido recién ascendido al trono del poder le cierra la puerta para dejarla fuera de las estancias donde se deciden la vida y la muerte. 

Hubo tiempos peores y hombres mejores



Artículo publicado originalmente en La Gaceta.

Para los marcados, los que estamos de forma irremediable al otro lado del muro que Sánchez construyó, donde hay mucha fuerza de voluntad, elogioso trabajo, capacidad de resistencia y la firme determinación de oponerse al autócrata. 

Entre talentos y egos hay que decir que no nos demos demasiada importancia si un vídeo tiene una excelente recepción, si ponemos a rabiar a los mermados en alguna intervención (siempre rabian, son como ovejas bípedas), si nos amenazan infraseres ágrafos por redes en el ruin parapeto del anonimato, si alguien nos felicita de forma entusiasta por un artículo, o si por la calle una señora nos para y nos dice que le gustamos mucho para su nieta. 

Es verdad que llevamos años dando la cara, a riesgo de que nos la partan, en la oposición cívica pero activa, al Gobierno más abyecto y miserable que ha conocido nuestra democracia. Es verdad que en frente se amontona una peligrosa mezcla de maldad y estupidez, crimen e inmundicia, causas demenciales dispuestas a ser defendidas por cualquier energúmeno con la misma capacidad de diálogo que un pobre jumento, adueñándose de la voluntad de los débiles. 

Es verdad que estamos en minoría absoluta frente a la parasitación de todas las instituciones del Estado, los medios de comunicación y su obsceno rodillo mediático, y el chantaje continuo de los identitarismos de aldea, la antiEspaña cabestra de toda la vida pero con un barniz de progresismo.

Pero hombres y mujeres mejores que nosotros pelearon y defendieron sus ideas en épocas más peligrosas, con más coraje, más vehemencia y más riesgo, perdiendo incluso la vida, como les ocurrió a los héroes que sabían que los podían matar los enajenados pistoleros de la ETA, y nunca quisieron ponerle un silenciador a su voz ni renunciar a denunciar esa asquerosa necedad que es el nacionalismo vasco. 

Supieron mirarle a la cara al miedo incluso en los años de plomo; vimos riadas de gente echada a la calle con el corazón roto y manos esperanzadas que pintadas de blanco se alzaban al cielo; de lágrimas derramadas interminables y ojos de tristeza infinita que laceraron las mejillas de Miguel Ángel Blanco cuando encontraron su cuerpo tiroteado. 

Militares de honor intachable como el general de Brigada de la Guardia Civil Juan Atarés Peña, asesinado por la espalda una víspera de Nochebuena de 1985, que se negaba a llevar escolta para que nadie más resultara herido si decidían ir a por él. Y cientos de ejemplos más. 

Los que murieron por no querer entregar una parte de su tierra a los fanáticos analfabetos de la pistolas y las teorías raciales, a los hijos de perra que engendró Sabino Arana y que hoy campan a sus anchas fuera de la cárcel y en los ayuntamientos.

Y aunque hoy creamos que todo ese horror y ese padecimiento no sirvieron para nada, que ETA logró una victoria política casi completa y con sus secuaces en las instituciones, gracias a aquellos valientes y a una sociedad civil que se enfrentó y enseñó la verdadera cara de los gudaris, cualquier persona decente en España sabe que Otegi y los suyos son escoria. No hay PSOE cómplice que pueda blanquear tanta sangre derramada. Porque en "los suyos" se incluyen, por supuesto, los tipos del Partido Socialista y la chusma podemita que los masajean y los abrazan. 

El periodismo admirable, la Guardia Civil y la Justicia no colonizada han ido cercando a la banda de Sánchez. Una banda de canallas sin escrúpulos que lo mismo pacta con el golpismo catalán que hace negocio con defectuoso material sanitario en pandemia. 

Ante nosotros se consuma el desmoronamiento de una organización criminal. Testigos privilegiados de una historia que marcará el devenir de nuestro país. La mayoría sociológica va a barrer este periodo y a sus perpetradores. Irán todos ellos directos al vertedero de la memoria, sólo serán recordados para vagamente maldecir sus fechorías, mientras tratamos de reconstruir una España mejor.

Como digo, muchos concienzudos profesionales han puesto empeño en denunciar y tratar de dar fin a este inmenso desatino. Con tantísimo en contra. Sé que ha planeado la sombra de la cancelación, la amenaza de la censura, que activistas contra la coalición que subían su contenido a redes vieron cerrado su canal, y que todos hemos perdido algo en el largo camino, además de sufrir los quebraderos de cabeza, la ingratitud del incrédulo, la locura rabiosa del ultrafeminismo, el desprecio del creyente en la fe del sanchismo; que se tildó de fango, bulos, ultraderecha... cualquier información verídica publicada que iba contra la línea de flotación de la banda. Sé de todas las piedras a lo largo del sendero. Y que fue y está siendo jodido.

Pero hombres y mujeres mejores que nosotros pelearon y vieron sus sueños de libertad rotos en los levantamientos de Hungría, en la Praga aplastada bajo los tanques del ejército soviético, iluminada la resistencia por las llamas de Jan Palach en su último sacrificio. 

Civiles sin nada de esperanza y agotados de luchar murieron de un tiro en la nuca en sórdidos sótanos de la Lubianka, puestos contra un paredón o liquidados en algún sucio callejón tras el telón de acero, o los oficiales polacos cebando las fosas comunes de Katyn por orden de Stalin.

Tipos más valientes se batieron el cobre unas navidades en las calles de Bucarest a tiro pelao para poder derribar al último gran monarca comunista de Europa y llevar al matrimonio Ceaușescu hacia su justo y necesario final, tan evocativo.

Disidentes de la narcodictadura venezolana son sacados de sus casas en mitad de la noche y llevados al centro de tortura del Helicoide, en esas terroríficas celdas que esperan un día la llegada de Zapatero y de Juan Carlos Monedero. Los que pelean y mueren en Venezuela y Cuba, y los que se han visto obligados a nutrir las filas de la diáspora caribeña han sido justamente reconocidos con el Nobel a María Corina Machado, cuyos rebuznos que provocó en la izquierda simplona facilitaron rápidamente poder colocarte al otro lado de ese estercolero ético que es hoy el progresismo internacional, concubinas de sátrapas y terroristas.
Nunca fue tan fácil saber de qué lado estar. Basta con no posicionarse en el lugar donde estén ellos, herederos de toda la fealdad que ensombrece el mundo.

A los supervivientes de las atrocidades nacionalistas y comunistas y a los que no lo lograron. Los que no pudieron ver el fin de las bombas en Vascongadas, el desmoronamiento de la Unión Soviética, ni verán caer a Maduro y a Raúl.
A ellos les debemos, con su memoria y su ejemplo siempre presentes, seguir inquebrantables en contra de las bestias mezquinas y cínicas, gañanes corruptos que hoy destrozan España. Pero sabiendo que ellos fueron ellos, y nosotros somos nosotros. 

La mesa en paz


Artículo publicado originalmente en La Gaceta.

Una reciente encuesta afirma que un 14% de los españoles ha roto en el último año con amigos o familiares por discusiones políticas, siendo los votantes de Podemos los que más se cargaron amistades, hasta un 34% de los votantes de ese partido, o lo que sea, aunque es verdad que tampoco les quedan muchos. 

Que es la gente más intolerante, dogmática y reaccionaria que uno se puede echar a la cara no creo que sea ninguna novedad a estas alturas del asunto. Los conocemos de sobra y los hemos visto y sufrido. 

En lo que concierne al que arriba firma, algunos amigos me "borraron de sus redes" cuando les dije, respecto al partido morado que les entusiasmaba: "no es esto, no es esto"; y además tuve la desfachatez de empezar a publicar en prensa mis opiniones sobre el tema, porque conocía bien a los pájaros. Cancelado por facha. 

Pero bueno, han pasado los años, el sanchismo lo ha podrido todo con una virulencia inaudita, y algunos se han caído ya del guindo y otros por ahí siguen, de rama en rama. No hay que darle más importancia. 
Igual que no merece la pena acordarse demasiado del vil Zapatero y la voracidad criminal imparable y depredadora en sus negocios de la muerte, porque es tiempo de paz. Tampoco de los que rebuscan en los osarios para acabar de golpe y porrazo con la presunción de inocencia de un presidente ya fallecido, como han hecho esas malas bestias de Belarra y Montero.

Son fechas para la celebración y también para la melancolía, para leer a Dickens, ver El apartamento, Tres Padrinos y Plácido y escuchar música que nos lleve por los meandros de la vida y los recuerdos, el presente y los ausentes. Cada uno tendrá sus fantasmas y sus memorias. Las sillas vacías. Los inviernos y las hogueras que ya no volverán. Sombras de un tiempo pretérito. La patria de la infancia que siempre es una patria perdida.

Dejándose llevar sin prejuicios, pueden estos días de asueto escuchar a Extremoduro o a Ilegales, como homenaje póstumo y porque la música como trinchera sólo es para sectarios, y los eclécticos sabemos que podemos disfrutar, según el momento y el estado de ánimo, de Robe Iniesta o de Carlos Gardel. Aunque apetezca más un villancico con la voz de Sinatra o Nat King Cole. O un clásico nuestro imprescindible como Raphael. La oferta es infinita.

Ahora lo moderno y lo progre (es decir, lo evitable) es desear "felices fiestas", como si fueran las fiestas de la patrona de tu pueblo. Riau-riau. Pues vale. Antes se usaba indistintamente porque no estábamos inundados de perniciosa ideología y de ubicua tontería. 

Olviden las discusiones a la mesa, sobre todo si se aliñan con caldos espirituosos. Decía el gran Scott Fitzgerald: "bebo porque cuando bebo, pasan cosas". Pero con familiares y con política por el medio, muchas de ellas pueden ser cosas malas; y si son familiares políticos la escena puede alcanzar altas cotas de dramatismo.

Esto de la "coalición de progreso" se desmorona y no hay nadie con dos dedos de frente (incluso con uno y medio) que lo pueda defender sin ponerse aunque sea un poquito colorado. Por eso, con el podemita o el progubernamental no se confronta, se le compadece. Como con un niño con paperas. Nada de peleas. No hay que lastimarle, sino sentir lástima. Bastante tienen con lo suyo. Igual que a un vegano no se le recuerda constantemente lo buenísimo que está el cordero. Se puede enfadar y arrearle a uno en todo el parietal con la paletilla del lechal.

Si quieren desahogarse, prueben a murmurar algo entre dientes, con los polvorones en la boca. Siempre manteniendo presente que los sentimientos entrañables alegran el alma de los hombres y relajan su soledad. Tengan cerca a los suyos, y usen la bondad como el mayor atributo que se puede brindar.
Feliz Navidad.

15 de diciembre de 2025

De aquellas plazas y esos prostíbulos



Artículo publicado originalmente en La Gaceta

Nunca pude sentir excesivo entusiasmo por las revoluciones de megáfono y tambor, de esas que te plantan un huerto ecológico en la Puerta del Sol, icónica plaza capitalina que el fascismo ha privado de arboleda.
Claro que a toro pasado el conjunto se analiza mejor, con la perspectiva que a uno le dan el tiempo y las razones.
Supongo que estos días es habitual, entre numerosas personas que desde el primer momento se opusieron al indecente gobierno de Sánchez y sus secuaces podemitas, sentir ese ligero cosquilleo de placer cuando se tiene la certeza de que "yo tenía razón". Al final la tenía. O siempre la tuve. Qué más da. Hay que disfrutar de esas íntimas satisfacciones acogedoras, sobre todo después de tiempo a la intemperie, aguantando chaparrones y adjetivos indecibles de los habituales tontos del culo, que ni el tiempo ni las razones les han hecho entrar en razón.

Volvamos a Sol. Kilómetro cero. Pues sí. Casi todo lo malo se empezó a cocer ahí. Tras unos días de un juvenil empuje de improvisación, la plaza se llenó de una pestilente reivindicación de la vagancia, la gorronería y la mendicidad. Y aquello también suponía una ingente cantidad de personas a pastorear, pues todo movimiento popular necesita sus guías con ánimo de lucro. 

Era donde los cachondos de Podemos organizaban sus saraos, con la turra asamblearia cuando repetían todo el rato "la gente" (ellos) y "la casta" (los demás), ante una audiencia más corta que la banqueta de ordeñar. Allí, entre pancartas y tiendas Quechua, trazaron todas las líneas a seguir y las gran ingeniería social que marcaría casi 15 años demenciales: el feminismo de cuota para dar salida remunerada a psicopatologías personales y el lenguaje inclusivo de zopencos y zopencas. El blanqueo de la piara criminal de ETA y su brazo político. La idea de que traer el chavismo a España era buena idea.

Obviamente, también sirvió como plataforma para dar publicidad a los vigores masculinos de la "política con cojones" (sic). El calentuco de las gafas, el alfa de la coleta y el perverso con pinta de comisario político de la NKVD, buscando groupies bajo los adoquines sin arena de playa. Iban a conquistar el cielo por asalto, aunque para tan alto y azaroso destino pensaban más en vuelos en primera clase y restaurantes de cinco tenedores que no pudieran permitirse las masas lumperizadas. 

Como ratas hedonistas corriendo detrás de un billete o de una falda, vividores del lujo y el placer; el más espabilado de todos se despidió del panadero y del barrio y se largó al chalet en las afueras buscando la tranquilidad de espíritu y el reposo físico que anhela todo cristiano.

De aquella época, como una cloaca cuando desborda, salieron los más extravagantes sujetos que padecimos en la política. Recordarán ustedes a Pisarello (ahí sigue), el tucumano que zarandeaba con saña una bandera española para que sus colores no mancillaran el balcón del ayuntamiento de Barcelona. O Inmaculada Colau, que convirtió la ciudad condal en un albañal infecto (donde la gran atracción turística es que te pueden apuñalar en nombre del progreso multicultural), y luego se fue de crucero por el Mediterráneo, aquella flotilla de tan divertidos recuerdos. 

Ahora la comparsa de Sánchez a su izquierda es Yolanda Díaz, ese prodigio de la oratoria; ella y los de la PSOE hacen disparatados mítines ante un fervoroso público de setenta años de media, completamente desarraigados de la realidad.

Yolanda Díaz es, como el hombre que la designó sucesora, una rendida admiradora de Hugo Chávez (“el más digno libertador”, decía sobre el sátrapa venezolano) y ahora le ha dado un toque como de peronismo arcoíris, que siempre es más siniestro, porque te vende ideologías criminales con una perpetua sonrisa entre bobadas monolíticas. La miseria y la involución de los derechos, pero con ternura y tinte en el pelo.

Se aferra al gobierno de coalición progresista (jaja) porque cuando el sanchismo se derrumbe no va a tener revolución rosa a la que aferrarse, y no la votan ni en su pueblo (esto no es una forma de hablar). Lo mismo ocurre con toda la quincalla antiespañola, desde Junts a Bildu. Saben que cuando la cúpula del PSOE en pleno esté empurada, perderán mucha fuerza a la hora de seguir influyendo en el devenir de la nación que odian.

Mi reconocimiento a los periodistas, jueces y miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad que están haciendo esto posible. Decían los viejos mafiosos de Nueva York que Los Soprano, sus vecinos de Nueva Jersey, sólo eran una banda con pretensiones. Lo que Sánchez montó con Koldo, Ábalos y otros fantásticos chicos sólo era una cuadrilla de malhechores venida a más. El yerno de un proxeneta y el portero de un prostíbulo deseando dejar atrás el olor a moqueta barata. Querían tocar poder para seguir robando a gran escala y lo tocaron. Pero nos hundieron a todos, mientras la parte más maleable de la sociedad y los esbirros mediáticos decían que estaba mal señalar a la banda, que se respetase un poco al Uno y a su entorno, para no seguir crispando.

Ésa era la famosa polarización. Unos saqueaban el país y otros se quejaban de que lo saqueaban. Empate.
Pedro Sánchez soñaba con perpetuarse en el poder. Vean ahora su cara desencajada mientras todos los peones van cayendo, mientras la UCO y la UDEF alcanzan sus penúltimos objetivos policiales, irrumpiendo en las sedes de la organización.
Observen la sonrisa heladora del pérfido Zapatero cuando le preguntan por su inminente orden de detención por ser esbirro del narcoterrorismo madurista. Hay sueños que se tornan en pesadilla. 

7 de diciembre de 2025

Cancelando a lo Laudrup

 


Artículo publicado originalmente en La Gaceta

Fue muy curiosa y paradigmática, reflejo de la España valleinclanesca que vivimos, una escena televisiva en Espejo Público, donde Soto Ivars estaba rodeado de varias mujeres, todas feministas militantes, que le increpaban por haber escrito un libro que ellas no habían leído y que, además, no tenían ninguna intención de leer.

Uno podría pensar, con mucha ingenuidad, que antes de ponerte a berrear contra un ensayo periodístico al menos se requeriría el mínimo de haber tenido la decencia de leerlo, pero actualmente la izquierda, la lectura y la decencia no son cosas que casen demasiado bien, o un poquito siquiera.

El sectarismo nubla las mentes, se deja llevar por sus prejuicios, y sus reacciones responden siempre a estímulos primarios. Piensan (es un decir) de forma emocional, creen en una idea a ciegas, y embisten con ella por bandera sin ser capaces de desarrollar una mínima capacidad de razonamiento. Capote bajo y con la testuz por delante.

El impulso de su vena totalitaria es cancelar todo lo que en su estrecho margen de miras no pase la prueba del antifascismo, del antimachismo y de un montón de neologismos que terminan en -fobia. Y es que no les hace falta leer aquello que quieren censurar (los censores del franquismo al menos leían y veían lo que iban a prohibir) lo hacen sin mirar, torciendo la cabeza, como daba los pases Laudrup.
Dejándose llevar por patologías e ideas preconcebidas, con una extraña aversión a todo lo que sea reflexionar, intercambiar ideas con educación, escuchar al que tienes delante en vez de querer silenciar, prohibir, vetar, imponer o purgar. No debaten, señalan. No atienden a razones, vomitan consignas.

Recuerdo de hace unos años, una entrevista a una radical de la ideología de género que pedía, muy enfadada, retirar la estatua de Woody Allen que el genial cineasta tiene en el centro de Oviedo. Mia Farrow había acusado en su momento, nunca salió nada adelante, pero la ira de las justas ya estaba desatada, porque nada más hace falta para montar un buen cadalso metafórico (o real, si las dejan) y ponerse el atuendo de talibanes para echar abajo estatuas y lo que se pille. A Allen lo llamó "abusador y depravado". 

A la pregunta inevitable, respondía que no había visto ninguna película de Woody Allen (y no tenía ninguna intención de remediarlo) pero que era un pederasta y ya. El caso estaba claro y cerrado para ella aunque nunca existiera caso. Lo mismo da que no haya sido condenado por tribunal alguno, y que fuera por aquel entonces, en los 90, investigado de forma exhaustiva en dos ocasiones y descartada la imputación al no encontrar ninguna prueba en ambas investigaciones, que duraron meses. 

Lo que diga un tribunal o lo que sea verdad o mentira le traía al pairo. Esas menudencias de derechos y garantías le suenan más bien a estructura fascista. Y, en realidad, le da igual si es inocente o culpable, porque es hombre y con eso basta, pues ya se nace con el pecado original, como si hombres y derechos fueran dos palabras juntas que constituyen una antinomia.

Arremetiendo con furia destructiva contra todo lo que no comprenden pero quieren cancelar, tirar abajo, destruir o que la masa juzgue y linche, son la verdadera putrefacción de cualquier nación que se pretenda ilustrada. La parte menos civilizada de una sociedad que anhele prosperar, y por lo tanto tiene que dejar de darle visibilidad a vulgares integristas que envilecen todo a su paso.

Esa altiva y orgullosa ignorancia es la que recorre de parte a parte el país como un escalofrío, causando la perplejidad y la indignación de los mesurados y los comedidos, que son una mayoría silenciosa frente a la minoría vocinglera, tan desagradable. Esa minoría que estuvo bramando memeces en una presentación del libro de Ivars en Sevilla, convirtiendo el vestíbulo de una biblioteca en una lonja de charos y mastuerzos.

Hay nervios y se nota. Lo que hay en juego es el devenir de una industria de género que sólo en España mueve cientos de millones al año, alimenta muchas bocas y coloca en puestos de chiringuitos a demasiados sinvergüenzas vividores y vividoras que quieren seguir aferrados al negocio y dentro de las instituciones en las que se encuentran incardinadas.

Estos sujetos animalescos, aunque asilvestrados y de escaso raciocinio, sí pueden oler que un cambio flota en el aire. Perciben en el ambiente que poco a poco van perdiendo la supremacía ideológica que durante años impusieron con coacciones, amenazas y una apisonadora mediática.
Y, como todos los animales, tienen que mirar por el sustento. Y presienten que se quedan sin comer.

La Paqui en Princesa


Artículo publicado originalmente en La Gaceta.

La suya fue una vocación tardía. Originaria de Los Corrales, humilde pueblecito de la provincia de Sevilla, hizo su viaje al norte para emplearse en la cosecha del espárrago en la Comunidad Foral de Navarra, donde conoció a Santos Cerdán, alma gemela. 

Todo historia de amor tiene sus altibajos, pero Santos se había iniciado en las actividades mafiosas a nivel regional, que luego intensificó para conseguir y mantener el poder del PSOE, colocando a Bildu en Pamplona o aprobando la amnistía de Puigdemont; aunque su verdadero interés radicaba en aumentar sus beneficios mediante licitaciones con empresas.

'La Paqui', con esperanzas de altos vuelos y el signo del euro en la mirada, vivió su punto de inflexión al mudarse a Madrid hace 10 años. Para cualquier personas con aspiraciones, Madrid es el lugar donde se desarrollan o se estrellan los sueños de los españoles periféricos, un pozo de ambición que enriquece, engulle o vomita a siete millones de almas. Todo pasa por la capital.

Pero las cosas empezaron a ir relativamente bien (antes de ir francamente mal) y como todo defensor de lo público, lo primero que hizo fue inscribir a su hija en una universidad privada.
En la organización criminal PSOE su marido tenía un puesto destacado, era uno de los capos, mano derecha del número 1 y con acceso a reuniones con empresarios, así que el matrimonio pudo mudarse del pisito de 40 metros a un ático de 160, tres habitaciones amplias y dos baños, con terraza en la céntrica calle Hilarión Eslava, pagado por Servinabar. Y allí se rindieron a la vida a todo tren del gañán sociata, del tratante de ganado venido a más.

'La Paqui' se comportaba un poco a la manera de las acompañantes medio putas medio amantes de los hampones de un universo que parece salido del cine de Scorsese, como apuntaba por estos lares Hughes. En Uno de los nuestros, Jimmy Conway, el personaje que interpreta Roberto De Niro, llama la atención a los compañeros de banda por la excesiva ostentación después de un lucrativo golpe, reiterando en que había explicitado discreción, perfil bajo, nada de abrigos de pieles ni coches de alta gama por un tiempo. 

'La Paqui' fundía con espontánea desfachatez la pasta de la trama entre muebles en El Corte Inglés y restaurantes de lujo, donde se llegó a gastar, de una sentada, 7.470 euros, que son muchos solomillos, por muy pantagruélico festín que te pegues con dinero negro. Pero nada comparable al 1.801.914 que se llevó Santos por un día de trabajo, en el pelotazo en el puente del Centenario.

Algunos de la banda de Sánchez alzaron la voz, como hacía De Niro, sobre la falta de mesura de 'la Paqui', a la que ya conocían todos los empleados de El Corte Inglés, que es el elixir de la clase media con pretensiones. Como es gente bastante profesional, los trabajadores le atendían sin sospechar en su derroche motivos secretos y condenables.
Ella disfrutaba de la buena posición crematística gracias a la hegemonía sin sentido del sanchismo, en una España de gánsteres y periodistas rastreros convenciendo a la población de que la única alternativa al socialismo trincón era la ultraderecha con sus bulos y su fango. Sánchez o el fascismo. 

Y pa'lante. 'La Paqui' se dedicó a la vida del bon vivant hortera, pero mantenía aún dentro lo rural, y cuando se hicieron ver los primeros medios de comunicación por el ático, sacó lo peor de ella, como cuando se puso como una energúmena con la periodista Irene Tabera. Gruesas palabras dijo, impropias de la mujer que acompaña al número tres del partido del Gobierno:  "Estoy hasta los cojones de este puto país", vociferaba nuestra chabacana de Chamberí. Lo que, me tendrán que disculpar, no son formas de referirse al lugar que te lo dio todo (o se lo robaste, bueno) y te permitió temporalmente una vida de áticos, planta noble en centro comercial de abolengo y restaurantes con cuentas de más de tres cifras.

Con el marido saliendo de la cárcel, Ábalos y Koldo entrando y Begoña y el puto amo calentando la banda del Supremo, llegan a su fin los sueños de ambición de una muchacha de un pequeño pueblo sevillano, que sólo quería poder sacar y fundir la tarjeta de crédito y ser reconocida y admirada en El Corte Inglés de Princesa. Allá donde se cruzan los caminos. 

Activistas contra Newton


Artículo publicado originalmente en La Gaceta

Me asalta un titular de Público, uno de esos panfletos para gente intelectualmente vulnerable, que dice tal que así: "Colectivos antirracistas acusan al Gobierno vasco de ceder al discurso de la ultraderecha al informar sobre la procedencia de los detenidos por la Ertzaintza".

Lo primero que hago es verificar que no sea una cuenta parodia, de esas que tanto abundan y que, en clara intención de ridiculizar a nuestro gobernante bloque de progreso y a sus terminales mediáticas, a veces se vuelven indistinguibles de las oficiales, generando confusión y ruido.

Tras la pertinente comprobación, me veo fascinado una vez más por el espectáculo de una ideología reducida a la categoría de mera caricatura. Algo sorprendente pasa con los proclamados antirracistas. Si los datos no son los que ellos desearían, quieren imponer que se oculten. Enterrados en el silencio oficial para no estropear el relato del que chupan.

Oponerse tozudamente al conocimiento documentado no va a servir para que algo mejore o se dejen de cometer delitos, al igual que puedes estar en contra de la ley de la gravedad, pero la manzana va a seguir cayendo.

Exigen contar algo sin decir toda la verdad. Si la realidad no nos conviene, impugnamos la realidad. Porque, ya lo habrán adivinado, la información, desoladora y fríamente expuesta como titulares, datos y estadísticas, es racista.

Hay una emblemática escena en La vida de Brian en la que un personaje, un hombre con autodeterminación de género que exige ser llamado Loretta, quiere además dar a luz, y ante la incredulidad de sus correligionarios, que le explican que la ausencia de matriz al ser varón biológico le impide gestar al niño (salvo que lo haga en un baúl) la mujer del grupo trata de romper una lanza a su favor, y razona que aunque no pueda dar a luz, puede aceptarse su causa como un símbolo de la lucha contra la opresión, a lo que el más sensato de todos apostilla: "es un símbolo de su lucha contra la realidad".

Lo que piden estos mendrugos es que las informaciones se sigan dando pero sesgadas. Informar pero poquito. Con circunloquios y acrobacias verbales. Ya sabe. Un joven. Alguien hizo algo en alguna parte. Una persona venida de un sitio de cuya procedencia no podemos especificar. Con el consiguiente silencio, por supuesto, de los políticos y fauna adyacente cuyo sueldo y puesto dependen de venderle a la gente el esplendor en la hierba, y sigan caminando que aquí no hay nada que ver. 

Si la Ertzaintza se empeña en dar la información completa, estos colectivos invitan a la sociedad a actuar simplemente como si la información no existiera. U oponerse con firmeza y tesón a ella, aunque volvemos a Newton y la manzana. 

Una forma muy común de luchar contra el fascismo es aplicar de forma contundente la censura. Si usted, señor agente, sigue empecinado en dar todos los datos, no nos quedará otro remedio que invitarle a que cambie de actitud. Y tendrá que dejar de decir esas cosas, por las buenas o por las malas. No querrá que le señalemos como ultraderecha. Que aparezcan pintadas en la puerta de su casa. O que le pase algo a usted o a su familia.

Estos sórdidos activistas prefieren meter la sesera bajo tierra y que la gente siga viviendo en un mundo ignoto, sin proporcionar las herramientas suficientes para que puedan sumar dos y dos. Como si eso bastara para mantener al personal agilipollado, sin ser conscientes de la verdad de lo que les rodea y atañe. 

Son tan obtusos y fanáticos que en un radiante día de verano, a las cinco de la tarde y con un sol cegador, ellos pueden mirar al cielo, arrugar la nariz, y decirte que es de noche. Si tú observas la luz estival reflejada en el agua, y tratas de aseverar, incrédulo, que sigue siendo de día, serás de forma inmediata catalogado como facineroso.

Ejercen con maestría desvergonzada el vivir al margen de la realidad sin que ello suponga ningún obstáculo. La connivencia con el delito es su estado natural, y aunque tú puedas aludir que ante cualquier hecho noticioso, es obligación del comunicador informar si el implicado es de Bedelia o de Argelia, ellos nunca dirán que eso es estigmatizar a los orensanos, así que habrá que preguntarse quién es el racista.

Los colectivos acusan al gobierno vasco, lo que es irónico, ya que el PNV es de orígenes profundamente xenófobos, pero porque son herederos intelectuales (es un decir) de Sabino Arana, aquel pirado prenazi.
El País Vasco tiene un problema grave, con localidades en situación crítica en cuanto a inseguridad, y es algo que trasciende a otras zonas de España.
Querer que la autoridad se autocensure sólo retrasará más una situación insostenible, que tarde o temprano terminará desbordando todo desesperado intento de tapar el sol con un dedo. Y algo me dice que, cuando violan a tu hija o atracan a tu hermano, de poco sirve ese burdo chantaje de llamar a todo el mundo facha.

19 de noviembre de 2025

Para poner en los institutos


Artículo publicado originalmente en La Gaceta

Ha tenido bastante impacto la entrevista de Xabier Fortes, fiel comisario político-mediático del ente público manejado por el sanchismo, al historiador mexicano Fernando Zunzunegui. Tras el espectáculo brindado, al gallego le han llovido tantos palos por todos lados que parecía una piñata, y el pobre diablo contestaba de uñas en redes sociales, defendiéndose como gato panza arriba, sin querer aceptar el ridículo al que se vio abocado por su propia incapacidad y, para mayor oprobio, en su propio terreno, mojándole la oreja en la que de momento es su casa. 

Porque son bastantes los que ya han escrito en profundidad desmontando la versión labrada por nuestros enemigos históricos (Iván Vélez, María Elvira Roca Barea, Marcelo Gullo) pero ninguno había ido a TelePedro a darle con el libro en los morros a uno de los más notorios propagandistas. Zunzunegui llegó, vio y triunfó. Sin perder en ningún momento la compostura.

No soy de dar la lanzada al árbol caído (o algo así) pero esto había que saborearlo, porque en un contexto de apisonadora mediática de la izquierda y lucha por imponer su relato, siempre está bien que disfrutemos de pequeñas victorias intelectuales, aunque el rival sea de tan poca entidad.
Es noticia por lo novedoso, ver en TVE una defensa semejante de una visión hispanista rigurosa, allí donde normalmente imperan la demagogia, la desinformación y la carroña de trinchera.

Uno casi siente compasión por el lastimoso inútil de Fortes, sudando en frío cuando tenía delante a una persona preparada que sabe de lo que habla, y no a uno de los políticos zascandiles de discurso prefabricado, de los que le suelen mandar para que les pase un poco la mano por el lomo, acompañado a veces de otros periodistas igual de serviles al poder, que dejan la marca RTVE como una sucursal más del PSOE.

Fortes, con su indisimulable gesto de garrulo montaraz, intentaba contragolpear pero de manera torpe e ineficaz, ya que en frente no tenía a otro lacayo llamado a plató a esputar la versión gubernamental y repetir el catecismo oficial, sino a un historiador libre, independiente y formado, que de manera educada pero contundente iba desarmando los clichés y prejuicios que le servía el presentador, como balones toscamente entregados al rival.

Una entrevista que debería ser de visión obligatoria en los institutos, como ejemplo de desmontar con datos y eficacia una historiografía mendaz que ya chirría, y también para que los jóvenes vean a un lambiscón del Gobierno hacer el ridículo con todas las de la ley, pero sin otro culpable que él mismo. Alguien debería haber parado aquello a tiempo, porque cuando acabó, al supuesto periodista no le quedaba ni un ápice de dignidad, tras semejante soba.

Con los cambios que están experimentando nuestras formas de relacionarnos con el pasado, donde ya no se acepta con plácida mansedumbre versiones oficiales pergeñadas por sibilinos hispanófobos y acomplejados dogmáticos, con una visión parcial y torticera de una historia compleja y llena de claroscuros, cada vez más personas saben que lo que creían cierto no eran más que construcciones maniqueas realizadas por las potencias enemigas en el pasado, y por la izquierda endófoba en la actualidad. 

Contar el Descubrimiento y conquista o la Guerra Civil como una narración simplista de malvados e inocentes, de saqueadores y saqueados o fascistas y demócratas, supone un ataque directo a la más elemental inteligencia del receptor.
Desde el marxismo cultural sienten una malsana atracción por todo lo que implique demonizar España, y eso conlleva magreos con bilduetarras y discursos enajenados sobre plurinacionalidades disparatadas.

Frente a la izquierda cochambrosa que compra y difunde sin pudor la leyenda antiespañola, reivindiquemos y hagamos bandera de la humilde y noble entereza de un mexicano defendiendo en soledad la gran epopeya de la hispanidad.