24 de mayo de 2018

Quim Torra y los cínicos

Artículo publicado originalmente en El semanal digital



“Vaya por dios”, dicen algunos, echándose teatralmente las manos a la cabeza —“pero cómo es posible, mecachis en la mar, que se haya colado un xenófobo en la Generalitat”. En la moderna y muy progresista Cataluña, pensarán. “Cómo no lo vimos venir”, se lamentan, muy compungidos, los que parecen descubrir ahora las esencias del nacionalismo. Sorpresón.
“Debe pedir perdón por su racismo”, escribe la inefable Ada Colau, la que llama facha a los militares decimonónicos, la que tiene de faldero a Pisarello, que se afanó en tratar que la bandera de España no colgara del balcón durante las fiestas, y la misma, la de las políticas municipales delirantes, inepta y demagoga hasta la nausea, que camela sin tapujos al separatismo.
“Es una vergüenza lo de este señor que vende odio”, se hace cruces Echenique, mientras su partido va de la mano en Navarra de los palurdos homicidas de Bildu. Podemos, nada menos, la muleta de todos los nacionalismos provincianos habidos y por haber a lo largo del territorio; riéndoles las gracias a Rufián en el Congreso, compadreando con las CUP, reuniéndose con los familiares de los abertzales violentos de Alsasua y simpatizando abiertamente con el etnicismo euskaldún. Ahora se sorprenden. Los que han alimentado el conflicto para poder recoger los restos de la leña que estaban echando al fuego.
¿De dónde habrá salido Quim Torra?, parecen preguntarse. Como si fuera un espécimen llegado del espacio exterior. No, no se trata de ningún viejo reaccionario vestigio de otra época, así, con esa xenofobia, con ese supremacismo identitario, piensan los jóvenes adoctrinados en el veneno nacionalista, los chicos y chicas de las CUP, de los CDR y de ERC. La sociedad del pensamiento totalitario que insulta a Boadella, a Marsé o a Serrat, la que acosa al juez Llarena, ha sido ha macerado a fuego lento durante décadas, por omisión o complicidad, de toda la casta política española, tanto partidarios como necesitados de los votos catalanes para gobernar.
Los que negaron y niegan que exista adoctrinamiento en las escuelas, y los que ven normal que se señale a niños por ser hijos de guardias civiles. Azuzando la inquina al diferente o al discrepante. Los de las políticas lingüísticas aniquiladoras del castellano. Los ciudadanos anónimos o con puestín que hablaban de  “presos políticos” y de “choque de trenes” como si el golpe al Estado de Derecho fuera equivalente a la defensa de la Constitución y las libertades civiles; los tontos de carrito que daban credibilidad a la iletrada de todos los dedos rotos o los que denunciaban sin rubor cientos de heridos el 1-O. Ahora se muestran muy alarmados porque no se explican cómo pasó, de dónde proceden los desvaríos del radical Torra. Váyanse un poquito a la mierda.

El desafío totalitario

Artículo publicado originalmente en La Nueva España





Debido al inapelable triunfo de la modernidad en el cine, es muy probable que los espectadores de nuevas generaciones no sepan quién fue un señor brillante e irrepetible llamado Billy Wilder, a pesar de tener hoy todos los medios al alcance para disfrutar de las obras maestras imperecederas y, sin embargo, los contemporáneos del director en España tampoco lo tuvieron tan fácil para llegar a sus cintas.
Una película que hoy se disfruta con gracia y que supone un satisfactorio entretenimiento es Con faldas y a lo loco, pero es conocida la censura total que pesó sobre ella en la España franquista,
"Prohibida la película mientras subsista la veda de maricones".
Semejante situación, que hoy nos parece rocambolesca en su anacronismo y perteneciente a un pasado superado, vuelve a aflorar por otro de los descosidos de nuestra libertad cultural. Fantasmas de otros tiempos que planean de nuevo como sombras inmortales, otra vez, sobre nuestros derechos más básicos.
Piden, desde una revista asociada a las feministas de CCOO, erradicar de la enseñanza cualquier referencia a los libros y la obra de Neruda, de Pérez-Reverte y Javier Marías, supongo que por nocivos y ‘machirulos’. Que Reverte y Marías se han convertido en anatemas es evidente, aunque tampoco se encuentra mucha más explicación que el hecho de que quien exige eso probablemente no haya leído absolutamente nada de ninguno de los dos autores, pero es aún más gravosa cuando viene con las vitolas de una causa necesaria. Con ínfulas de modernidad. Como si los estudiantes necesitaran de las salvadoras purgas de CCOO para mantener inmaculada su inocencia, lejos del pernicioso machismo.
Que un premio Nobel de Literatura pueda ser borrado de los planes de estudios llama tanto la atención que resulta imposible tomarse estas medidas como provenientes de alguien con un mínimo de formación académica. Es bastante singular además que se trate de un poeta que estuvo plenamente comprometido con la causa republicana y permaneció exiliado de su propio país (Chile), pero el delirio ha traspasado la frontera del tiempo y de la razón, y lo mismo censuran a Nabokov que marcan como proscrito al Tenorio de José Zorrilla.

Atrás quedó cuando el feminismo radical sólo era un movimiento marginal de un grupúsculo de exaltadas, y conviene tener en cuenta las intentonas de poner en jaque no sólo la libertad educativa, también la libertad individual de una sociedad aprehendida cada vez más entre los rigores de lo políticamente correcto hasta el extremo de tornarse una vertiente tiránica, con sus listas negras, sus señalamientos públicos y una serie de normas a realizar para ser un “buen ciudadano” lejos del machismo imperante.
Como la infancia es la edad más vulnerable y también la más crucial, es a su línea de flotación donde apuntan las nuevas organizaciones inquisitoriales, tratando de moldear el pensamiento desde una temprana edad, no vaya a ser que salgan díscolos librepensadores que no se ajusten al ideario oficial, condenando también a los padres a ese cuello de botella en que la única educación con garantías será la que se puedan pagar.
Al estar en contra de todo lo que sea emancipación de la inteligencia como libre raciocinio, desconocen que una buena formación debe ser ecuánime, con todos los primas y puntos de vista, con autores diversos y un aprendizaje rico en sus matices, donde los niños puedan separar por ellos mismos el grano de la paja, lo fundamental de lo prescindible, lo necesario de lo superfluo; sin imposiciones bobas, sin policía del pensamiento, sin censura sectaria impregnada de prejuicios e ignorancia. Si permitimos que sean las ideologías las que marquen el rumbo de la educación, no habrá diferencia entre cualquier dogma religioso impuesto desde las escuelas, por lo tanto, es la sociedad civil, en plena consciencia de la defensa de sus derechos, la que debe movilizarse para evitar el triunfo de los mediocres y de los necios, no permitiendo imposiciones que vulneren principios básicos, además de mostrar un músculo muy poco democrático.
Entre las propuestas, y escribo esto tratando de no reírme, incluyen además la prohibición de jugar al fútbol en los patios de los colegios (espero, al menos, que lo sustituyan por el cascayu) y que los baños sean mixtos. Desconocen los guardianes de la moral que, en alumnos pubescentes con las hormonas en pie de guerra, esa medida podría dar lugar también, criaturas, a una indeseada ociosidad.

18 de mayo de 2018

Declárse culpable

Artículo publicado originalmente en La Nueva España






Debieron haber saltado algunas alarmas cuando apareció una inquietante figura autodefinida como “musicóloga de género”, cuyo cometido es analizar y señalar qué canciones son consideradas machistas o sexistas, con el consiguiente, por supuesto, oprobio (sin castigo o mácula pública no hay rehabilitación). De eso a la elaboración de listas negras (o moradas) con libros, películas y discos a repudiar, sólo hay un paso, y no bajo criterios de interés cultural, sino al servicio de la ideología de género.
El asunto se vuelve más peliagudo cuando esta ideología empieza a inmiscuirse en cuestiones de legalidad, estando en juego algo más que un tema musical defenestrado de las verbenas del verano. Porque en el fondo de la condición humana, por mucho que creamos que hemos avanzado en materias como justicia o Estado de derecho, sigue latiendo esa parte irracional y salvaje que, si tiene le oportunidad, se salta todos los trámites legales y democráticos y acomete movida por sus propios instintos, la que siente la llamada de la turba, la que se adscribe fácilmente a la masa enfurecida dispuesta a escarmentar a quien se haya salido del camino. Nuevos tiempos, idénticas actuaciones.
Lo hemos visto con las demandas que exigían la retirada de la estatua de Woody Allen en Oviedo, debido a las acusaciones, orquestadas por su ex mujer, de una hija adoptiva, sobre unos supuestos abusos sexuales.
Ese caso no fue tramitado por ningún tribunal, y tras ser analizado por varios expertos ya en el año 93 (no se andan con tonterías en esos asuntos en los Estados Unidos) no tuvo mayor recorrido. Es decir, no es que exista ya una ausencia de condena, es que el director neoyorquino no fue siquiera procesado, ni está imputado por delito alguno.
Estas menudencias, como después comprobamos, importan poco para los amantes de lo irracional. El asunto siguió haciendo ruido, y la prensa contemplaba la noticia en sus páginas, dándole seriedad a la petición y recogiendo las declaraciones de diversas asociaciones, que, sin ningún tipo de rubor, calificaban a Allen de “monstruo” y “pederasta”. Una portavoz(a) de la Plataforma Feministas de Asturias, mujer madura de pelo rosa, afirmó en unas esperpénticas declaraciones en este periódico, no sólo desconocer el sistema legal estadounidense ni la relación que le une con su actual esposa, sino además, no haber visto una sola película de Woody Allen. No era esperable otra cosa.
Resulta llamativo (o no tanto, teniendo en cuenta que suelen llevar la hipocresía por bandera) que los mismos colectivos que reclaman un derecho fundamental como la igualdad, niegan sistemáticamente a su vez otro como es la presunción de inocencia. Finalmente, después de llevar el asunto al Consejo de Igualdad municipal, la retirada de la estatua fue descartada, de momento.
Tremendos tiempos estos donde para ser culpable no es necesario que lo diga un tribunal, basta con que así lo crea una parte de la opinión pública; aunque, como en este caso, sea la más desquiciada, mezquina y subvencionada.
Hubo cierto revuelo por una columna del a menudo interesante y certero Javier Marías, que parece tener una habilidad especial para despertar a los colectivos de desaforados indignados, en la que pedía algo tan descabellado como evitar los ajustes de cuentas, las venganzas y las calumnias, y alertaba ante la posible desaparición del derecho a la presunción de inocencia. Estos detalles de su texto despertaron la furia de las huestes, especialmente en red, que es donde se mueve, con su habitual virulencia, la jauría humana contemporánea. Masas ágrafas con nula comprensión lector y capacidad expresiva que lo entienden todo al revés.
Lo que Marías denunciaba en su artículo, es que si se amparan los juicios populares con veredicto perentorio sin siquiera haber pasado la primera criba legal, el sistema judicial como tal se desprende de su valor, y cualquiera podría ser linchado mediáticamente y condenado al ostracismo con agravios por una acusación particular, tenga o no fundamento. Usted mismo mañana puede ser acusado por alguien que le profese un desencanto especial, y aunque las autoridades digan que no ha lugar, verá hundida su carrera profesional y su vida personal, y ser señalado para los restos, sin la necesidad de que se presente una sola prueba en su contra.
Vienen tiempos oscuros para la razón.

Arana y Alsasua

Artículo publicado originalmente en El Semanal Digital






En uno de esos ejercicios tan higiénicos y esclarecedores de leer a los padres de los pensamientos que han marcado el destino de la sociedad española, con Sabino Arana, fundador (e inventor) del nacionalismo vasco, uno siempre mantiene esa capacidad de asombro constante, mientras descubre delirio tras delirio, ideas abiertamente supremacistas, pensamientos xenófobos hasta lo caricaturesco, bilis que destila un odio hacia lo español (él lo llama maketo) y otra serie de ocurrencias cada cual más impactante que hacen comprender el enfermizo final que tuvo.
Sus ideas fueron la semilla de la que luego creció el árbol del totalitarismo gansteril y homicida del que Xabier Arzalluz recogía las nueces, previamente agitadas las ramas con bombas lapa y tiros en la nuca. Regueros de sangre y muerte por la infame aplicación ejecutoria del fanatismo.
Sus textos los encontré hace años haciendo una búsqueda bibliográfica, algunos han sido convenientemente ocultados, otros se pueden ver en internet, aunque es una recopilación bastante resumida.
Viene al caso la recomendación de estas lecturas porque, en un debate sobre “la idea de España” en el que hace unos días participé en Mieres, en un momento de mi intervención, cuando estábamos con el asunto de los conflictos territoriales, dije: “Estamos en un país en el que todavía existen organizaciones cuyo objetivo es echar a la Guardia Civil de una parte del territorio, como hemos visto a raíz de los incidentes de Alsasua, o donde te pueden agredir por llevar la camiseta de la Selección nacional, como a las chicas del stand en Barcelona. Es una situación realmente insólita”. El debate continuó por otros interesantes derroteros, pero en la parte final del mismo, en el turno de ruegos y preguntas, algunos ya se habían quedado con esas palabras que intuía podían ser polémicas.
Un chico del público me preguntó por la cantidad de días que llevaban en la cárcel “los chavales de Alsasua” mientras Undargarín estaba libre en Suiza, y aunque no vi relación alguna entre un caso y otro (más allá de demagogias de preescolar) le respondí que ambos casos son llevados por equipos judiciales distintos y que, en el caso de Alsasua, la presión preventiva estipulada a la espera de juicio puede ser de hasta dos años. Otro hombre nombró al manido término “pelea de bar” y entonces una parte del público se volvió a negar que se tratase de eso, con los ánimos ya algo caldeados. El moderador tuvo que mediar para calmar el intercambio verbal y tratar de seguir con el debate, mientras yo, para evitar enardecer más el ambiente, cambié de tema y respondí a otra de las preguntas de un hombre del público, que comentaba sobre la UE.
Pero me quedé con las ganas de explicar porqué es rotundamente falso que se trate de una simple pelea de bar, como quieren vender los cercanos al radicalismo vasco y la postura en la que se enroca el mundo abertzale. Lo intentaré en estas líneas.
Aunque gracias a un prolongado acorralamiento policial y judicial los pistoleros han tenido que dejar las armas (“fácil volverlas a comprar”, decía un simpatizante en ese bochornoso acto paripé de entrega en Bayona, donde Josu Zabarte alardeaba no arrepentirse de las 17 vidas que quitó, mientras se tomaba unas cañas con la presidenta del Parlamento de Navarra, de Podemos), las pistolas han callado pero el nacionalismo radical, violento, excluyente y aldeano sigue estando, por desgracia, demasiado presente aún. Ese racismo tarugo y cobarde que siempre ha envenenado una parte del País Vasco.
Que ese virus del aranismo sigue condicionando la convivencia quedó latente con el intento de linchamiento a dos guardias civiles y a sus novias en Alsasua, por el único motivo de ser identificados como agentes del cuerpo mientras estaban tomando algo en un local de tradición abertzale.
Es conocido que la turba siempre ataca en manada y sabiéndose en superioridad numérica (dicen testimonios fiables que los valientes gudaris se solían hacer de cuerpo encima en el momento de la detención, con las molestias de olor que eso provocaba) y así fue en Alsasua, enfervorecida la chusma ante la paliza colectiva hacia un teniente y un sargento a los que ya tenían en el punto de mira; se sabe que dos de los detenidos son los principales promotores de la campaña del Movimiento Ospa, bajo el lema ‘Alde Hemendik’ (‘Que se vayan’) y que tiene como objetivo expulsar a la Guardia Civil del País Vasco y Navarra. Una noble intención que en el pasado cercano se cobró la vida 230 miembros de la Benemérita.
Hay un grupúsculo de opinadores sin lecturas, ratillas de red y exaltados de medio pelo que juntan la idiotez con la vileza, para los que el ataque colectivo tiene la indecente categoría de “pelea de bar”, un eufemismo para blanquear los actos y restar importancia a un hecho que es consecuencia de un determinado ambiente social. Como si en algunas localidades (Alsasua entre ellas) no se viviera un hostigamiento continuo hacia los cuerpos de seguridad, un señalar y marcar que tiene algo del antiguo chivatazo, un miedo en el día a día y la situación para los agentes de vivir acuartelados con sus familias por desempeñar su trabajo ante una parte de ciudadanos que les son hostiles. Ciudadanos que no los quieren ahí, y que lo del bar Koxka sólo ha sido la penúltima demostración.
Allí también agredieron a las novias, pero es un daño colateral sin importancia, son mujeres, sí, pero el colectivo folclórico del feminismo histérico y subvencionado en este caso no tiene mucho que decir. Tampoco los miserables de lo de “pelea de bar”. Me pregunto cómo se manifestaría toda esta caterva de demagogos simplistas y voceros semianalfabetos si ante un nuevo caso en esa lacra de la violencia doméstica, cuando se dé la circunstancia de una mujer agredida en su domicilio por un hijo de la gran puta, sea calificado como “pelea de dormitorio”.
Paradójicamente, aquí la desviada merma suele hablar de "terrorismo machista". Uno puede vivir con esas incongruencias y esa hipocresía y ser perfectamente feliz, al parecer.
A veces no es tan irritante la violencia irracional del fanático desaforado como la justificación y simpatía que hacia éste muestra el típico idiota que se considera muy de izquierdas y trata de sonreírle a una de las ideologías más reaccionarias y cerriles. Ése es un estigma y una falta de la que cierta progresía española aún no ha podido desprenderse. Pero tampoco es momento de quedarse callados ni de dejar de llamar a las cosas por su nombre.

Una sombra se cierne sobre Asturias

Artículo publicado originalmente en La Nueva España.



El nacionalismo es un sentimiento primario. Como el amor. Como el humor. No te tienen que explicar los chistes porque entonces ya no tendrían gracia. Y cada uno es muy personal con su humor, no hay deber ni necesidad de justificar aquello que le hace reír de la misma manera que no tiene que justificar de quién se enamora. Buscar explicaciones racionales a algo que proviene de lo afectivo es un error habitual.
También se podría alegar que el vuelco al corazón del que se identifica hasta el paroxismo con la tierra y la bandera es una exaltación que bien podría ser convenientemente templada con el tiempo, los viajes o la cultura.
De todas formas, la experiencia a menudo demuestra que querer andar tocando por esas zonas puede conllevar reacciones airadas, intolerantes o agresivas. Pero la premisa más clara y que siempre hay que dejar diáfana es que con los sentimientos no se legisla. Ni en base a ellos. Usted siéntase muy orgulloso de la comunidad autónoma, de la ciudad o del barrio en el que nació, pero no crea que eso tiene que tener edicto oficial, ni que se concedan privilegios entorno a sus sentimientos. Con el auge (esperamos que efímero) de los populismos en España se ha puesto de moda abusar del término Pueblo. Es una manera de vender sociedades cerradas y homogéneas, fuertemente indentitarias, en vez de las comunidades plurales y diversas que a menudo son. Y por eso se debe hacer pedagogía e incidir una y otra vez en que identidades tienen las personas, no los territorios. En ciudadanía no hay un pueblo como ente con vida propia y uniforme, no es la aldea de Astérix, hay unos ciudadanos libres que tienen unos derechos (y unas obligaciones) y que son iguales tanto en Sabadell como en Langreo.
Sabemos que el primer peldaño de la deriva nacionalista es la pretensión de querer vertebrar a esos “pueblos” mediante el idioma. Resulta que las lenguas tienen dos enemigos implacables aunque opuestos: los que las prohíben y los que las imponen. Sólo el natural fluir de un idioma dentro de las sociedades que lo hablan (o que no) puede dar lugar a que las leyes lingüísticas se adecuen a esas demandas ciudadanas. Pero la ley nunca puede anteponerse al común desarrollo de una lengua a golpe de decreto. Poner el carro delante de los bueyes. Lenguas, que, por otra parte, necesitan de artificios e inmersiones para que sobresalgan, lo que indica que no se rigen por normas naturales del habla, sino por ordenamiento político.
En Asturias sobrevuela desde hace un tiempo la sombra de la cooficialidad de la Llingüa, y ahora parece hacerse la amenaza más umbría con la futura retirada de la política de Javier Fernández, actual Presidente del Principado, y la llegada de un líder de la FSA más proclive a escuchar los cantos de sirena en materia del bable que entonan los nacionalpopulistas de Podemos.
Aún está Asturias muy lejos de parecerse, ni por asomo, a Cataluña o el País Vasco, pero un orquestado conflicto lingüístico puede ser el primer paso, el caballo de Troya por donde entren los dogmas del nacionalismo, con el peligro de derivar en lo que ya conocemos: competencias educativas infames, adoctrinamiento, ondear la bandera de la confrontación territorial, enfrentando a familias, vecinos y compañeros, con el control de los medios de comunicación públicos puestos al servicio de la propaganda oficial.
Como digo, Asturias aún está felizmente a años luz de esa tesitura, pero en el caso de las imposiciones lingüísticas y con los personajes totalitarios que están detrás, conviene no bajar la guardia.

26 de diciembre de 2017

Grinch



El desprecio por lo propio es, en ocasiones, el cimiento para construir todo un discurso. Los traviesos chicos de IU Madrid, en el enésimo intento de llamar la atención mientras su barco va irremediablemente a pique, y tal vez porque la polémica pasajera es ya uno de los pocos recursos con los que cuentan (la eficacia política brilla por su ausencia), felicitaron la Navidad vía Twitter con una foto de un árbol incendiándose. Aunque casi refleja más la piromanía kamikaze del que se inmola que el placer iconoclasta con el aroma del chaval que siente el subidón de adrenalina cuando metía la mano en el cepillo de la misa, o el adolescente que adorna su lóbulo con un arete justo porque le han dicho en su casa que no lo puede hacer.
La política-infantilismo trató de llegar a las “masas populares” primero haciendo campaña en platós de debates chuscos para captar a una audiencia complaciente que consume basura en forma de productos televisivos, después con políticos (o políticas) apareciendo en el Sálvame para airear los secretos de su entrepierna, hasta desembocar en los tuits chorra para tratar de alcanzar esa máxima de que lo importante es que se hable de uno, aunque sea para mal.

Algunos de los que no somos creyentes limitamos nuestras visitas a las iglesias a una curiosidad artística y arquitectónica, compatible con las ideas racionalistas y la ausencia de fervor religioso, de la misma manera que no es necesario creer en Zeus para disfrutar de una visita al Partenón o en el dios Ra para maravillarse ante las pirámides egipcias. Otros, los menos capacitados para el civismo, afirman que la iglesia que más ilumina es la que arde y estarían encantados de carbonizar la catedral de Oviedo, por ejemplo, hasta los cimientos. Ésa es la diferencia entre un racionalista y un energúmeno.
Uno de los errores clave, a mi manera de verlo, es que la endofobia suele tener muy baja aceptación. En la torpeza de los responsables de redes de los comunistas madrileños se incluye no darse cuenta que la mayoría de los españoles, creyentes o no, tienen adaptado el ritual de agruparse en reuniones sociales y familiares por estas fechas, y que adquiere un simbolismo y una tradición que va más allá de la religión o del claro componente cristiano de la natividad. Querer actuar de incendiario de una imagen como la del inocuo árbol les sitúa de forma asombrosa al margen de una mayoría social que ha adoptado esa escenografía navideña como algo normal y sin una fuerte carga devota.

Lo más desconcertante es que los mismos que desean adornos navideños en llamas se derriten en mensajes de apoyo y sensibilidad musulmana cuando las sagradas (para ellos) fechas del Ramadán. Aquí es cuando la falsa equidistancia con todas las religiones se desmorona, y causan un tremendo daño a los que deseamos que las religiones no tengan peso alguno en la vida pública ni en las agendas políticas, de la misma manera que el histerismo ultrafeminista de censura y subvención y compañeros y compañeras hace un incalculable perjuicio a la verdadera lucha de las mujeres por la igualdad.
Hay contradicciones muy difíciles de digerir, sólo con no ser un sectario o un tonto de babero. En los edulcorados mensajes que algunos miembros de IU lanzaba por el Ramadán, declaraban hacerlo “desde el espíritu laico”, lo que ya es rizar el rizo de la vergüenza ajena, pero a la vez también resultó esclarecedor, pues han enseñado una dura pero estupenda lección, que el ser laico no está reñido con ser gilipollas.

16 de diciembre de 2017

Fobias modernas y perritos en casa



En la película Interview, irresistible remake de la del asesinado Theo Van Gogh y dirigida por el siempre atrayente (lo de atractivo ya va por gustos) Steve Buscemi, el ladrido de un perrito en el móvil de una Sienna Miller en estado de gracia se convierte en un machacón tono de llamada que sirve para dibujar un personaje y también una circunstancia colectiva.
Suena por primera vez en un restaurante donde están vetados los teléfonos salvo para las celebrities y sirve como metáfora de la banalidad e infantilismo de la sociedad moderna. En un Occidente en el que de criar y matar a los animales en casa como un acto normal de la vida rural donde la vida y la muerte van siempre en función de las bocas a alimentar, se ha pasado, casi sin solución de continuidad, a abrir peluquerías para perros, ponerles cuentas de Instagram o preparar para ellos tartas de cumpleaños, el poner de entrada de la línea el ladrido de la mascota es un ¿exagerado? siguiente paso que lleva en la carga cómica también toda su coherencia.
Y la película es de hace una década, antes del boom definitivo de las redes sociales y chats de mensajería, de los grupos de Whatsapp y los móviles inteligentes. Lo de “sociales” es un peligroso eufemismo, ya que nada provoca más sensación de aislamiento que ver una mesa en un bar o restaurante con todos los comensales ensimismados en sus amados cacharros, con cada vez más dificultad para relacionarse con su entorno si no es a través de una pantalla. El teléfono se ha convertido para algunos en una extensión más de su brazo, como si le hubiera brotado de entre los dedos.

Sobre lo que hemos ganado, si es que hay algo, es necesario contraponer lo que hemos perdido. O los puntos en contra. La sensación de hiperconectividad que puede generar estados de ansiedad en caso de la privación temporal de la misma (algo que se conoce como nomofobia), pérdida de privacidad o impúdica exhibición voluntaria de esa vida privada, grosera exposición de menores en la nube, tráfico de noticias falsas y bulos, información contaminada, egos inflados por la frivolidad de un like y, sobre todo, se deja de hacer cosas necesarias, para perder el tiempo en lo que, en la mayoría de las veces, no pasa de puras bagatelas.
Si se hace un recuento al final del día, ¿cuánto tiempo se invierte en el móvil en comparación con, por ejemplo, el dedicado a la lectura? Hagan cuentas y pónganlo en una balanza. En un entorno sano, los minutos dedicados al sosiego y el disfrute de una novela deberían ser, al menos, el doble que los que roban los celulares, pero la realidad es que en muchísimos casos es justo al revés. Y no sólo en la lectura, actividad con mala fama en España; es posible que también se haya reducido el espacio a contemplar el paisaje, relacionarse con los semejantes, escuchar música, ver una película (¡entera!) sin el encendido intermitente de la luz auxiliar, hacer el amor o pasear por el parque echando pan a las palomas.
Hay quienes van a un concierto para grabarlo con sus chismes, todo el rato con el brazo en alto como si estuvieran sosteniendo la llama olímpica. Además, se han metido los aparatos en los dormitorios y, como amantes permanentes, es lo último que se observa antes de dormir y lo primero a lo que se echa mano al despertarse.

El otro día estaba sentado a mi escritorio trabajando en el libro que estoy preparando a medias, cuando el móvil vibró primero con un mensaje de publicidad y después con una llamada de una compañía telefónica, perturbando mi paz necesaria y mi frágil inspiración, por lo que me dieron ganas de abrir la ventana y lanzar el aparato bien lejos, para comprobar si, además de inteligente, también sabía volar.
Ya de noche oí en el piso el sonido de lo que parecía una fierecilla, y pensé que sería el perro haciendo ruido en el salón, antes de seguir a lo mío. No había tecleado dos líneas cuando me percaté de que yo ni tengo ni he tenido nunca perro, y mi amigo Willy es lo más parecido a un animal que ha estado en casa, por lo que me asusté pensando que podría ser el tono de llamada del móvil, tal vez cambiado inconscientemente, debido a somatizar, pues a mí a veces el cine me influye demasiado.
Tardé en concienciarme de que era el Yorkshire del vecino de abajo, que muchas veces está desatendido y abandonado por unos dueños negligentes, que pasan demasiado tiempo en Internet y leyendo estúpidos blogs.