24 de agosto de 2021

La ley del silencio


 

Artículo publicado originalmente en La Nueva España

Lo de Sherpa, ex de Barón Rojo, sólo es un caso más en el arraigado arte patrio de índice, censura y linchamiento, pero sirve para ejemplificar unos tiempos que estamos viviendo, no sin estupor e interés. Sherpa nos vale para ponerle nombre y rostro a una época extraña e incluso, para los que somos curiosos y queremos ver cómo terminará todo esto, atractiva en su inevitable decadencia.

Al rockero en cuestión, memoria viva de tiempos mejores en eso de la música y el desparrame español, le dio por empezar a ser crítico con este pérfido Gobierno y sus secuaces podemitas. Y claro, eso sí que no.
Hay un acuerdo tácito, un consenso no escrito, en el que si perteneces a eso que llaman “mundo de la cultura” (aunque algunos tengan la misma cultura que un búho de madera) tienes que pasar por el aro del oficialismo progre. Mostrarte siempre a la vanguardia de las opiniones políticamente aceptadas por la tribu, declararte a favor de la última reivindicación del colectivo que han inventado anteayer o firmar el novedoso manifiesto de la memez posmoderna de turno. Tales son las reglas. Hay quienes las aceptan de buena gana, completamente convencidos en su fe; los que se suben a ese carro por oportunismo y el don de la ubicuidad y los que se ponen de perfil y dan la callada por afirmación, tratando de no pisar demasiados charcos, no sea que acaben descalzos.

En esta España de por mí y por todos mis compañeros pero tonto el último, las “personalidades” se observan de reojo, esperando el momento de saltar sobre el díscolo. Y vaya si lo hacen. La turba ataca como en Fuente Ovejuna pero sin el honor lopevegiano; primero con el señalamiento (“este tío no es de los nuestros”), después con la audaz tarea de ejercer toda clase de presión y finalmente con la censura y la muerte civil. Y además, claro, tiene que servir. Servir como ejemplo y escarmiento para cualquiera que se lo esté pensando.
Muchos son profesionales veteranos y saben de qué va el asunto, pues llevan largo tiempo generando viruta vendiendo, además de esa supuesta cultura, ideología de barraca de feria.
Y de esta manera, tejiendo una perversa red de chantajes, presiones y temores, sobrevolando la amenaza de la campaña de odio, demasiados se niegan a manifestar opiniones de cualquier tipo por eso de no buscarse la ruina. Calladitos y dejando hacer, mientras la apisonadora del marxismo cultural y sus fanáticos defensores imponen sobre el resto su ley del silencio.
Ante la enormidad del castigo que se puede infligir sobre el señalado (desde persecución en redes sociales, oprobio social, hasta poner en riesgo trabajos y contratos) ya en algunas familias se dice esa terrible frase, producto de la desconfianza y el miedo, que se oía en los tiempos más oscuros de nuestro pasado dictatorial: “Hijo, no hables de política”. No te marques. No te señales. No te arriesgues.

Y es que el pensamiento único ofrece todo un catálogo del buen censor y aprendiz de tirano. La intolerancia de los que tienen siempre esa palabra en la boca hace pensar en una disonancia cognitiva y en una salvaje y ruin hipocresía. Por no mencionar que la ambigüedad moral de esta izquierda patinete sólo evidencia una triste orfandad intelectual. A pesar de ello, hay que sufrirlos, mantenerlos, subvencionarlos y temerlos. El labriego cargando al asno, que pintó Goya.

No permiten en otros los pensamientos divergentes, no sea que alguien pueda comenzar a dudar y a plantearse según qué preguntas. No está bien visto ir por libre cuando se esta invirtiendo tanto en la ingeniería social. Con una vocación de Torquemada adaptada al siglo XXI, los matones del dogma recelan de una sociedad plural y diversa en sus opiniones, que cuestione ciertas verdades oficiales.
Y piden abiertamente, sin vergüenza torera y sin darse cuenta de lo bestias totalitarias que son, que se ilegalicen partidos constitucionales, que se cancelen conciertos del que no les gusta, que te echen del trabajo, que te bloqueen las redes sociales, que te dejen de publicar, que cierres la boca. Por la cuenta que te trae.

Antifascistas, se dicen. Y con la superioridad moral de estar luchando contra ese fascismo que sólo existe en sus cabezas devastadas que anteponen el sentimiento a la razón, impiden el debate democrático y tratan de que los ciudadanos se rindan ante su visión sectaria que coloniza todos los aspectos de la vida actual. Algunos increpan y se vuelven exaltados desde una atrevida imbecilidad que sólo genera bochorno, dado que de forma individual, en la fría soledad lejos del rebaño o del lobby, no serían capaces de censurar y atemorizar a absolutamente nadie.

10 de agosto de 2021

Busca tu refugio


 

Artículo publicado originalmente en Vozpópuli

Es una reacción natural verse invadido por el desasosiego y la mala uva cuando se constata la indigencia intelectual de la nueva hornada de políticos y ministros (y ministras) que apenas pueden enlazar dos frases inteligibles o escribir un tuit con una coherencia léxica medio normal, de Bachillerato raspadito.
Si uno oye, por ejemplo, uno de esos discursos vacíos, dogmáticos, de ínfima capacidad expresiva, llenos de sectarismo, demagogia y bajeza moral de Irene Montero o de su gregaria Ione Belarra, y después de echar un vistazo a sus sueldos en el Portal de la Transparencia, tendrá automáticamente tendencias de exilio, o de incendiar cualquier cosa que tenga por delante, escaparates incluidos, como esos vándalos entregados al saqueo y al pillaje que defendía el indescriptible Echenique.

El sosiego reparador de los días de asueto incita a construir una burbuja donde el tiempo va al ralentí y puedes desterrar esas ideas, donde te sorprendes repudiando a tu propio país por el hatajo de personajes perfectamente incompetentes que lo dirigen. Donde el asco vence a la determinación.
La época estival, con su largos periodos de tiempo libre, es propicia para soltar lastre y volver sobre esos proyectos literarios que tenías pendientes (“este verano me pongo con Guerra y Paz”; “este agosto termino El conde de Montecristo”...), aparcar las pantallas y los pantallazos y renovar el caudal de ideas que debería formar un intelecto sano.

Solamente siendo precavido y aislándose del fango político uno puede encontrar la paz en el estío.
Las herramientas contra la estupidez imperante son la literatura, la filosofía y el tiempo para la introspección. Las vacaciones nos pueden dar todo eso, es barato, es saludable y no deja resaca, pero sí un poso impagable en la memoria. Poco se necesita para ver el lado impreso de la vida.
Un refugio personal hecho de lecturas, de buen cine, de paseos al atardecer que serenen el alma y revitalicen el cuerpo. Olvidando el miedo al populismo, sin pensar en la última fechoría de Pedro Sánchez, sin darle vueltas a las causas abiertas que Podemos tiene con la justicia o en los sujetos nacionalistas enfermos de odio.
Así, con un libro entre las manos y el sol de frente o de través, en ese sencillo y formidable acto, uno estará combatiendo a esa nueva casta despreciable, ágrafa, cerril en sus certezas y culturalmente subnormal.
La lectura es también un magnífico antídoto contra el lenguaje inclusivo, esa astracanada vergonzante, esa barbarie propia de necios y cretinos, torciéndole el brazo al idioma, como si la lengua española tuviera que adaptarse a las modas ideológicas del político analfabeto de turno.

Verano, momento perfecto para olvidarse de los correos electrónicos, de las llamadas urgentes, de los mensajes que hay que contestar por imperativo legal. Momento para poder dejar de ver el mundo a través de una pantalla, como en la peor de las distopías. De paso, no pensar en otros amores de antaño, de las promesas que fueron olvidadas en el último septiembre, como arena lamida por el mar.



Serenidad y literatura. Es la mejor terapia sin manual de autoayuda. Pensamiento ilustrado frente al juicio bloqueado de las ideologías del rodillo, donde ninguna idea libre puede prosperar. Humanismo bien entendido, sin falsos alardes, frente al totalitarismo que avanza imparable de la mano de la izquierda reaccionaria.

Devorar libros como dieta, como fórmula para sentirse menos idiota aunque estemos gobernados por ellos. Idiotas vocacionales sin un gramo de empatía y sin ser conscientes de su propia estulticia y falta de escrúpulos, parasitando el dinero público, el dinero que sale de una ciudadanía que apenas puede contener ya la arcada y cuyos sacrificios en tiempos de pandemia mezclan la heroicidad con el martirio.
Si la actividad parlamentaria se detiene y los inquilinos del Congreso no regresan hasta dentro de unas semanas, nosotros también tenemos derecho a descansar de ellos. Y la ficción nos ayuda en inmumerables ocasiones a olvidar el lado más amargo de la realidad. A crear y creer en otros mundos y otras vidas, aunque sean sueños de tapa blanda.
Este agosto, busca tu rincón luminoso entre rocas o entre árboles, y construye allí tu trinchera entre alambradas de papel.


19 de julio de 2021

En las fronteras de lo irracional




 

Artículo publicado originalmente en La Nueva España

Fue en la cadena radiofónica más escuchada de España, aún con cierto prestigio, y en un programa de esos que dicen de moda, transmitido por las ondas a la vez que por imágenes vía Internet. Una chica joven, vivaracha, alegre, de vocación transgresora, celebraba con gran alborozo que una mujer le cortase el pene en el bar a su jefe y supuesto agresor, que la había intentado violar, y se deshacía en elogios ante la sujeta mutiladora, entre bromas y chascarrillos, para jolgorio y aprobación de los otros presentadores y, supongo, de su público.
Poco importaba que las investigaciones estuvieran lejos de su conclusión, que nadie había declarado culpable al hombre sin atributos, que ningún tribunal hubiera dictado la sentencia necesaria que justificase la mofa y el escarnio.
Al poco, la camarera fue detenida y los Mossos concluyeron que el intento de violación había sido un mero embuste, una sucia treta para encubrir su delito. Qué más daba ya. Nunca dejes que los hechos en frío, con su cruel certeza, estropeen un bonito ejercicio de sectarismo en
prime time.

Cercana la fecha, en Granada, una mujer fallecía en su casa. El ultrafeminismo militante consideró que no había tiempo para autopsias ni otros engorros modernos, la sentencia ya debía ser dictada en Twitter, y recaía inmisericorde sobre el marido: culpable de crimen machista. Y a por el rédito que esperaba sacar ese infame ministerio de Igualdad que se sigue negando de forma sistemática a investigar los abusos sexuales a menores en Baleares. Alguna famosa presentadora también se lució queriendo ser juez y parte, con el desprestigio que eso conlleva, transmitiendo la imagen de que incluso los que deberían ser ejemplo de rigor sólo pueden ofrecer demagogia y prisas por etiquetar el drama con la versión que mejor se adapte a sus filias y sus fobias.
Se concluyó que el deceso se produjo de muerte natural, pero la jauría enfurecida ya había sido alimentada con el carburante que da el apuntalamiento del relato. Un relato que sirve para que continúe en marcha la maquinaria de un negocio tan rentable como lúgubre. Tétrico chiringuito aquél que depende de que las muertes violentas, reales o figuradas, tengan la delicadeza de adecuarse a su realidad.

Lo único realmente importante para estos trileros de la desinformación es colocar cuanto antes el punto de vista de su siniestra ideología, agitar las redes sociales y las efervescentes mentes de los más limitados en conceptos. Conceptos siempre cogidos por los pelos, tan prosaicos y simplistas que pueden ser vendidos al rebaño para rápida consumición. Como ocurrió con la muerte de Samuel Luiz en La Coruña, que aún estaba caliente el cuerpo cuando ya lo estaban exprimiendo sin tapujos ni decoro, haciendo impresentable uso político de la tragedia con una bajeza que no por conocida (Juan Carlos Monedero es un avezado sondeador de abyecciones) dejaba de ser indignante.

El drama que se extiende es que estos cabestros, indignos de un Estado de derecho, mezclan de manea natural la estupidez con una ostentación de la ignorancia. Satisfechos de no conocer absolutamente nada de los procedimientos judiciales, actúan en función del sectarismo más rudimentario, ya sabemos que no hay nada que se le ponga por delante a un tonto con una causa. Masas movidas por estímulos primarios y no por raciocinio, personas sin las herramientas necesarias para sopesar, valorar y pensar antes de bramar sentencias y juicios como el que berrea en la barra del bar.

Sobre la sociedad se va creando un perverso cuello de botella por el que lo políticamente correcto te obligará a pasar, tarde o temprano, para no ser tachado de machista, de fascista y de otras vacuidades desprovistas ya de sentido, por ser usadas machaconamente por personajes con una ínfima capacidad expresiva y más nimia cultura.

Con un par de leyes distópicas a la vuelta de la esquina, leyes que se ciscan en la presunción de inocencia e invierten la carga de la prueba, los exaltados en los medios seguirán difundiendo su odio irracional para preservar la ingeniería social que ya avanza desbocada, con alguna voz que pide prudencia y calma y que es consecuentemente avasallada. Extraños y penosos tiempos donde enarbolar la bandera constitucional que sustente el Estado de derecho se convierte en un inflamable acto revolucionario.


9 de junio de 2021

Profundo desprecio


 

Artículo publicado originalmente en La Nueva España

Cuando la escisión violenta del PNV tomó las armas, la sociedad española respondió casi unánime, cerrando filas para permanecer sólida en contra del totalitarismo criminal y sus ramificaciones, y ETA sólo encontraba afines en los grupos radicales de su tierra oriunda, en algunos franceses despistados y en el campus de Somosaguas.
Como el nacionalismo no trabaja con realidades, sino con mitos, se ha esforzado en vindicar un relato donde hacer creer a los devotos tribales de pureza sanguínea y a los bobalicones progres que las leyendas, los ritos folclóricos, las arcadias prometidas, las fabulaciones y los delirios etnicistas, cuando llevan a descerebrados a dar el paso a la violencia, pueden de todas formas ser revestidos de un aura de romanticismo, hermosos pueblos milenarios que luchan indómitos contra las distintas opresiones en forma de imperio o estado, y otras teorías que serían risibles si no fueran acompañadas de tanto sufrimiento inútil.
En la cuesta abajo de la decadencia intelectual, demasiados memos biempensantes esgrimen razones para darle sentido a la sinrazón del nacionalismo, que siempre usa las tripas del sentimiento primario, y no el cerebro del pensamiento ilustrado.

Esta narrativa aviesa y falaz ha vuelto irreconocible a la izquierda española, cuyo sentimiento abertzale ya no se concentra es una banda de malos bichos en una Universidad dominada por el germen de donde luego brotaría Podemos, sino que una parte importante del electorado pedrista (el PSOE como tal ya no existe si no es entendido como adhesión a Sánchez) ha degenerado, dentro de su indigencia moral, y así el que comienza simpatizando con el endémico supremacismo provinciano luego llega a justificar el acercamiento de verdugos de niños, matarifes no arrepentidos, en el infame proceso de Sánchez por contentar a sus tétricos socios.
Los más cínicos, falsamente equidistantes que no aluden el beneplácito de los crímenes bajo coartada para justificarse, se dedican a arrojar capas de olvido sobre la sangre derramada. Queriendo vacunar a toda la sociedad con el analgésico de la desmemoria.
Pero también, la política gubernamental de darles todo lo que piden a los que aún podrían reconocer en el aire el olor a pólvora ha generado, de forma lógica, numerosos rechazos, entre el espanto y la perplejidad.
Algunos se retiraron maldiciendo y rompiendo su carnet de partido para buscar nuevas fórmulas políticas que les permitieran dormir por las noches.
Otros muestran el desacuerdo desde dentro, comunicando malestar pero sin aventurarse a soltar el puesto que garantiza sus emolumentos.

La huida de socialistas vascos horrorizados por la connivencia de su partido con el terror tuvo su punto álgido en la carta de José María Múgica dirigió a Sánchez, en el inicio de 2020.
Múgica había sido testigo del atentado contra su padre Fernando, asesinado en San Sebastián con un tiro en la nuca. Allí, en una carta llena de lucidez, de crítica y de dolor, mostraba su “profundo desprecio” hacia el presidente por su pactos de investidura con Batasuna (ahora se llama Bildu).
Ese desprecio de José María es el mismo que sentimos todos cada vez que Sánchez y Marlaska denigran la lucha de la sociedad civil, desprecio acrecentado cada semana, con cada nueva cesión, con cada nueva felonía.


22 de mayo de 2021

Pero, ¿esto qué es?

 


Si hay que confesar rarezas, diré que nunca me ha gustado la televisión. Lejos de parecer un esnob o un pedante, antes de saber qué significaba eso, mis primeros recuerdos están asociados indefectiblemente a tener un libro entre las manos. Pasar largas tardes devorando historias, infantiles primero, precoces por adultas después, y convertir el de leer en un acto tan natural como respirar o comer.
También encontraba un privado placer en irme al cine, solo la mayoría de las veces, cuando las pequeñas ciudades de provincia aún albergaban salas en su casco urbano (cuántas cosas perdidas, cuánta belleza se ha sacrificado en el altar de la modernidad) mientras mi paciente madre aguardaba afuera para recogerme al final de la película. Benditos recuerdos de infancia, tan edulcorados en nuestro imaginario, mitificando lo que algún día fue hermoso. Aunque creo que lo que criamos en esos años nos acompañará toda la vida, si uno consigue no desviarse demasiado de lo que realmente es. De lo que siempre ha sido.

Guardo agradecida memoria de las sesiones de cine en casa (me tocó el desaparecido VHS, aquellos ladrillos rebobinables) donde empezaba a familiarizarme con el mejor arte que ha parido el siglo XX, fuera en westerns o en películas de aventuras. John Wayne disparando a lo largo de mi comedor.
Creo que llegué a grabar alguna película encima del vídeo de mi Comunión. No me arrepiento.

Y alucino con que tanta gente de mi generación se comunique o centre sus conversaciones en base a lo que ve en la televisión. Que la tenga como banda sonora de su vida, de fondo de manera permanente, dando la matraca para cubrir silencios, carencias o ante la ausencia de otras aficiones. Alguna vez que me he topado, en contra de mi voluntad, con alguno de esos canales de la ponzoña catódica, pude constatar que todo es basura calculada, dramatismo vendible, marujeo abrasivo, bajeza cochambrosa; con platós llenos de cretinos, analfabetos vocingleros y oportunistas.

Supongo que los espabilados dueños del tinglado se escudan en que sólo dan al público lo que piden, y cada público suele tener lo que se merece. Es cuestión de audiencia. Y al parecer, les está yendo bien desde hace años.
Las moscas llevan toda la vida comiendo lo mismo.

19 de mayo de 2021

El invierno de nuestro desencanto

 Artículo publicado originalmente en La Nueva España




Son imágenes históricas las de la plaza llena de gente, Sol como baluarte, la variedad de pancartas en aquella primavera que parecía narrada por Jean-Paul Sartre. Y de pronto nos sentimos más viejos y más cansados, como si hubiera pasado un siglo de aquel movimiento de indignación colectiva, con las nieves del tiempo cubriendo los restos de tantos ilusiones y tantas derrotas.

Alguno vimos los albores de lo iniciado por 'Democracia Real Ya' con expectación y esperanza juvenil, otros, con más legañas de perro viejo en la mirada, como una explosión de irracionalidad masiva. Y la rapidez con que lo espontáneo y novedoso se transformó en esperpéntico dio la razón a los segundos.

Ha pasado una década de ese 15-M gatopardesco que cambió todo para que todo siguiera igual; diez años de utopía frustrada, aunque los impulsores reales de aquello hablen desencantados y los que pescaron en el propicio caladero de futuros votos hayan entrado felizmente en el club de los más ricos.
Como el ex vicepresidente Iglesias, que pocos años después del 15-M y a rebufo de él, animado por la reciente fama que la había dado el estrellato catódico gracias a bobalicones líderes de opinión que alimentaron su cenit, se lanzó a la conquista de los cielos fundando un partido hecho a su medida y rodeado de algunos de sus más fieles colaboradores, camaradas en las algaradas universitarias y en las exóticas aventuras latinoamericanas.

La inercia del 15-M fue aprovechada por esos avispados y grotescos vendedores de humo y elevadas ambiciones, que supieron colar su garrafón ideológico a esa parte de la sociedad falta de lecturas y más proclive a dejarse embaucar por los cantos de sirena populistas.
Aunque el 15-M era un babel multicultural con centro neurálgico en Sol, los líderes que se subieron en marcha retozaban en las letrinas étnicas de las herriko tabernas y pronto se unieron al golpismo del supremacismo catalán. Saltando de la batucadas inclusivas a las pocilgas del racismo. Del perroflautismo a Torra.

Y liderando Iglesias el partido con puño de hierro y nostalgia de piolet, se fraguó el viraje de la revolución de las sonrisas a ese moralismo coercitivo con el que amedrentan a todo el que no piense como ellos.
Así se cuenta la malversación de una esperanza renovadora que fue canalizándose en la afición por pisar moqueta y la obsesión pecuniaria. Aquellos sueños callejeros devenidos en quimeras antidemocráticas sirvieron para saciar las ansias de poder de quien fue purgando de forma metódica a todos sus antiguos compañeros de fechorías.



Con melancolía soviética y copiando el hacer de las peores maneras bolivarianas, arreció el hostigamiento a la prensa y la intención de anudar la mordaza a la libertad de expresión. En una podredumbre insoportable de las instituciones y la convivencia, todo aquello que algún día pudo tener valor o sentido se ha ido marchitando en la perversa trampa donde encallan todas las revoluciones.

Implantando, para desesperación de la mujer medianamente educada, la causa del feminismo explotada sin pudor por folclóricas analfabetas, ágrafas virulentas y cafres trepas ciscándose en el Estado de derecho mientras tratan de implantar en el sistema penal la presunción de culpabilidad.

Abrió Podemos sucursales en todas las provincias, manifestándose enseguida como un reservorio social de las peores pulsiones totalitarias.
Por supuesto, como en toda cosa política, también quisieron formar parte de la naciente criatura no pocos arrogantes descerebrados, trepas vocacionales, cantamañanas, sacamantecas y delincuentes comunes.
Una izquierda caraqueña formada por garrulos violentos que ven fascismo en todas partes menos en el totalitarismo catalán con el que compadrean serviles.
Los legatarios del 15-M han dejado una pareja obscenamente enriquecida, la degradación institucional y la crispación y el envilecimiento de España como marca de la casa. Y de la impostada estética de la revolución sólo queda la orfebrería capilar. Además de haber participado en un gobierno con una gestión criminal de la pandemia y una fiscalidad para las clases medias que apenas puede esconder su voracidad confiscatoria.

Hablaban de diferentes mareas, y lo que queda de aquella resaca acuática, una vez apaciguadas las olas, son tipos aferrados a lo crematístico de la política o de lo audiovisual para salvar sus piscinas.


7 de abril de 2021

Radiografía del buen progre


 

Artículo publicado originalmente en La Nueva España.

Ungidos por la gracia divina de la superioridad moral, campan a sus anchas poseedores de la razón, despreciando al disidente y normalmente despreciando también todo lo que ignoran. Miméticos entre ellos, por sus opiniones los conocerás. Podría ser tu vecino, tu familiar o tu jefe. Mira bien, por si no los has reconocido. Son los buenos progres, un tipo muy concreto y muy especial de personas. Veamos.

Con ellos hay que asumir que cualquier pretensión de objetividad se va por el sumidero del sectarismo. Como una máquina de sinrazones, no están dispuestos a tolerar en su mente la entrada de ninguna información o pensamiento que pueda alterar un mínimo las ideas preconcebidas a base de muchos años de prejuicios y dogmatismo. Han echado el candado, y todo esfuerzo será en balde.

Su dignidad como ciudadanos pensantes la han sacrificado en el altar colectivista de esa mente colmena. Incapacitados para dar un paso que no haya sido aprobado previamente por el consenso progre, por el cónclave tribal de los que son como ellos.
Han sustituido las cabezas pensantes por las testas que embisten. Con su ignorancia desbocada arrasan a su paso cualquier intento de razonamiento, y tienen constantes amagos de caer en la tentación autoritaria.
Niegan hasta los hechos consumados, en una síntesis perfecta de cinismo y estupidez. Su estructura mental está construida para explicar a su modo la realidad y hacer creíble entre los suyos aquello que enarbolan como certeza. El corolario que forma su mundo.

El buen progre, con sus filias y fobias propias de un fanático, tiene esa cualidad de, cuando cometes la insensatez de bajar a esa arena, mancharte tú con su mismo barro, y vuelves de ahí siempre más sucio, más hastiado, y sin haber logrado ni ganado nada. Uno se siente impotente ante las arrancadas irracionales de un cabestro convencido.
Porque el que cree estar en posesión de la verdad, no duda nunca, jamás flaquea, no tiene incógnitas, sólo convicciones, y ha aprendido a identificar al que plantea otros puntos de vista como el claro enemigo.

Es el librepensador el villano a batir, su más encarnizado oponente; lo estigmatizan y etiquetan, pues de alguna manera el que va por su cuenta a veces le muestra un espejo al borde del camino, donde el buen progre observa su reflejo y tal vez, por un mínimo lapso de tiempo, descubra sus limitaciones. Su cerrilismo. El páramo cultural en el que corretea. La charca llena de ignorancia, recelos y miedo en la que se revuelca con los suyos, todos ellos de inteligencias neonatas.
Porque esa creencia de que fluctúan en alguna especie de limbo de excelencia moral los exime de cualquier razonamiento. Con la torva superstición, tan entrañable a veces, de que algún día la sociedad capitalista será redimida y se alcanzará por fin el paraíso perfecto del hombre nuevo.

El buen progre, el autodenominado progresista, se llena de gozo con todo lo que sea reaccionario o involutivo, y por eso simpatiza con los nacionalismos periférico, sin percatarse, el bobo feliz, de esas contradicciones ni de sus incongruencias, porque para eso debería tener en la sesera desmadejada de ideas, algo más que cuatro conceptos cogidos por los pelos, demagogia, prejuicios y una impactante y ostentosa incultura.

Es más necesaria que nunca la defensa del humanismo frente a la barbarie iliberal. En esta campaña contra las libertades que vamos a enfrentar, de absoluta anormalidad democrática, con el Presidente con la mayoría más exigua pero con las capacidades plenipotenciaria más grandes aglutinadas en una sola persona desde la dictadura, el buen progre será un soldado de la coalición, en la batalla contra los derechos individuales que ya estamos librando.

En tiempos donde más se necesita el coraje de la sociedad civil, el buen progre se convierte en la triste y estúpida herramienta del poder, el tonto útil de la maquinaria gubernamental.