8 de noviembre de 2021

El español y los cretinos


 

Artículo publicado originalmente en Esdiario

EL nacionalismo siempre me pareció una grotesca aberración identitaria, un sentimiento localista mal canalizado, profundamente reaccionario y, en su vertiente extrema, violentamente estúpido.

La exaltación de la tribu y la cortedad de miras en detrimento de la ciudadanía política, con todas las desgracias involutivas que ello implica. Del deseo de todos los españoles libres e iguales apenas queda ya nada, con los privilegios entregados a los que se empeñan en habitar un territorio con supuestas impolutas raíces milenarias y otras legendarias chorradas de manipuladores poco pedagógicos, oportunistas del pesebre, subvencionados cainitas e insolidarios y muy amaestrados para divulgar una santoral y lúbrica fantasía anhelada, una mentira cien veces repetida.

En Asturias, por ejemplo, aún no se ha filtrado por los tapices de la tierra el veneno del nacionalismo, pero ya se empiezan a alzar de forma contundente las voces de los ceporros convencidos y los menesterosos intelectuales que quieren separar, según su fanático criterio, a los buenos y a los malos asturianos, lo auténtico de lo corrompido, en función del apoyo o no a la imposición del bable como lengua cooficial.

Por la lengua se cuelan muchos atavismos dañinos. Ahí está el origen de demasiadas disputas que acaban expulsando del sistema y de la vida civil a todo el que se resista a ser sujeto de prueba en prácticas como asfixiantes inmersiones o ingenierías sociales. Poco a poco, sin prisa pero sin pausa.
Porque los comisarios políticos que espían en los patios de las escuelas catalanas lo que hablan los niños en sus juegos no empezaron siendo unos totalitarios del lenguaje, ni el proceso de nazificación se implantó de la noche a la mañana.

Y es que lo intolerable no es el nacionalismo (con su atraso pergeñado por lecciones de mala historia), sino su poder político. El ganar concesiones a gobiernos cobardes y claudicantes.

Si derechos y deberes contribuyen a igualarnos, siempre se justifican las violaciones de los derechos individuales en nombre de los derechos colectivos, y por eso el intento de supremacia de determinados farfullos locales busca la separación, lo que en un mundo cada vez más globalizado e interconectado es un suicidio cultural y laboral.

De lengua cooficial (pero no común) a deber patriótico. De sugerencia de conservación folclórica a obligación. Aunque si esa legua fuera tan aceptada, tan normalizada, resulta evidente que no haría falta imponerla con inmersiones abrumadoras y coercitivas, sino que bastaría con ofrecerla como derecho. Sólo hay que obligar aquello que no sale de forma natural. Retorcer el brazo del ciudadano, a base de implantación en las aulas, cambios de toponimías, vandalización de carteles, abrasiva propaganda en las teles autonómicas con cargo al erario público.

A su vez desdeñan, con asombrosa estulticia, un lenguaje que desconocen poque no padecen el feo vicio de leer, y no valoran ni disfrutan de una lengua y una literatura forjada a lo largo de los siglos, sus complejas razones históricas, referencia de una hispanoesfera fascinante que recorre la península, cruza el océano y va desde Florida hasta Tierra de Fuego, y en la que son capaces de comunicarse 500 millones de personas. Para defender lo propio, el hecho diferencial, desprecian lo común, que también es suyo. Allá ellos. Negarse el español es cerrar las puertas a una aventura humanística que te puede llevar a leer, en su creación original y sin cambiar ni un ápice en traducciones, desde El Quijote de Cervantes, pasando por los versos de Quevedo, las Leyendas de Bécquer hasta las novelas de Juan Marsé, que además era catalán y despreciaba a los dictadorzuelos de toda índole, desde el franquismo hasta el catalanismo nazificado.

Dicen los informes más agoreros que hay un mañana muy cercano donde los niños apenas sabrán usar la gramática, ni conocer el léxico, ni dominar la ortografía. Los estudios incluso hablan de la generación más tonta de la historia, debido a “la fábrica de cretinos digitales” con un coeficiente intelectual más bajo que el de sus padres. Serán formados sin criterio, capacidad de decisión, herramientas culturales que les ayuden a entender un mundo complejo que hunde sus raíces en la tradición escrita.

Idiotizado por las redes, notablemente salvaje, renegando del español, al niño que además de con un iPad bajo el brazo nace en una región nacionalista, le augura un negro futuro, ágrafo y chauvinista.


22 de octubre de 2021

El orgullo de Barbón

 




Artículo publicado originalmente en La Nueva España

El presidente del Principado, Adrián Barbón, interpeló hace poco en el Parlamento a Ignacio Blanco, portavoz de Vox, hablando sobre la identidad asturiana e interrogando, gravemente ofendido, si acaso él no se sentía orgulloso de serlo.
Y eso me dio para pensar. Lo del orgullo. Y lo de la identidad.

El presidente parecía enseñorear la ilusión melancólica, únicamente individual, de un pasado idílico, o tal vez buscando algún paraíso perdido. Asturias como la arcadia de nuestra infancia, o como aglutinadora de todas las virtudes de las que carecemos. También sirve como mecanismo de identificación e himno de bar a pálidas horas de la madrugada, tengo que subir al árbol, tengo que coger la flor.
No me voy a inmiscuir en los sentimientos personales del señor Barbón. Cada cual hace con sus orgullos lo que puede o lo que quiere. Por las emociones ajenas hay que pasar de puntillas, hay muchas y complejas razones que suscitan a uno sentirse henchido, y conozco gente que exhibe con satisfacción algunos títulos colgados en la pared que sirven para eso, para vestir paredes o para que se sienta colmada la abuela que sufragó la carrera universitaria; y otras personas cuyo máximo motivo de vanidad es el último aparato que ha comprado en su culto al motor, aunque para el resto sea una evidente crisis de la mediana edad sobre ruedas.

El problema, a mi entender, es cuando esos orgullos se ostentan no como trofeo sino como arma con la que agredir al otro. Se empuñan identidades como otros encargan una alarma. Sirve como amenaza, como forma de disuadir o como advertencia. O se imponen por decreto. Orgullo por obligación, para demostrar que uno es buen asturiano, o vasco, o almonteño, u oriundo de Peñaranda de Bracamonte, hay que mostrar pureza identitaria para no ser víctima de la incompetencia moral de la policía del pensamiento, tan atestada últimamente.
Existen orgullos entusiastas que mal canalizados, además de peligrosos y patéticos, sólo llevan a la erosión de la convivencia. He visto a personas, muy apasionadas de ser de un sitio, liarse a hostias con otras porque ellas también habían nacido en algún lugar, sólo que no en el mismo.
Lo de las tribus enfrentadas es un atavismo más propio de la antropología documental que de un Estado de derecho moderno. También sé que algunos orgullos locales se atenúan viajando, sosegando honras regionales inflamadas a base de vivir largas temporadas fuera de esa tierra amada, con individuos que también tienen hacia su propia comunidad sus filias y sus fobias.

Las pulsiones identitarias, cuando se desbocan, dan lugar a esa grieta de la democracia que es el nacionalismo, y si el nacionalismo moderado parece un oxímoron, el vehemente siempre implica derramamiento de sangre, una vez llevada al extremo la sinrazón dogmática. Cuídese de sus orgullos, que yo me encargo de los míos.
Pero en vez de la defensa de la ciudadanía al margen de los territorios, el PSOE de Barbón y los siniestros podemitas se afanan en la defensa del territorio al margen de los ciudadanos. La tierra como un todo donde no caben todos. Unanimidad de pensamientos y sentires, y el que no, que se las apañe. La identidad como estandarte, donde, con el mero hecho de apelar a ella, no son necesarias más explicaciones.
Este marco mental, profundamente reaccionario, suele tener prosélitos en todos los orgullosos de tener una identidad otorgada por mérito, azar o desgracia de nacimiento.




También hay orgullos por delegación. Intercambio de orgullosos solidarios. Aunque implique complicidad con los movimientos etnicistas, pues van todos en el mismo lote. Cuando los muy satisfechos de imponer a otros asturianos la oficialidad de un dialecto artificial, y en un alarde insensato de estulticia, solicitaron el apoyo de Bildu, los legatarios de ETA respondieron encantados. “Claro que sí, unidad cuando se trate de desunir, solidaridad con la república plurinacional. Ahí va nuestro apoyo”. Algo así. Oskar Matute sonreía desde Twitter con un mensaje fraternal para los manifestantes. Y al resto se nos helaba la sangre.

11 de octubre de 2021

El individuo frente a sus desafíos

 



Artículo publicado originalmente en La Nueva España

Trágica víctima directa de la llamada guerra cultural: el individuo. Con su reciente conquistada libertad, tras mucha sangre derramada contra los movimientos totalitarios, el individuo va cediendo terreno frente al empuje de los colectivismos que han viajado desde los extremos del espectro ideológico con un ímpetu avasallador que ya no respeta universidades, medios de comunicación de masas ni tiernas infancias con el cerebro en formación. La rueda que no deja de girar, la apisonadora que no frena.

Ahí está, en cualquier tertulia o red social, el enésimo memo pretencioso explicando cómo vivir y cómo pensar correctamente. Desde sus púlpitos laicos de charlatanes de teletienda. Ahí está el Gobierno con su deriva reaccionaria y liberticida. Calando poco a poco, con el goteo constante, en generaciones donde la referencia nunca es a los hechos sino la emoción, con internet como dispensador de odio a la carta. Las religiones de sustitución buscan nuevos fieles a la causa colectivista. Porque el miembro de una corporación o un lobby se vuelve sordo a las razones, y de esta manera el individuo como ser autónomo nunca podrá desarrollar una libertad crítica que le permita esquivar el fanatismo.

Y la mayoría de los contenidos que ofrecen los políticos y sus voceros mediáticos de fervorosa militancia son tan predecibles como insoportables, con tendencia al esperpento y tiernamente ridículos.

Aunque el desolador panorama invita con frecuencia al pesimismo: chavales y no tan chavales, con la mente puesta en las modas de Instagram y las corrientes del grupo, abanderados por cantamañanas multicolores o pijoecológicos, nacionalistas con síndrome criminal, políticos de pocas luces y cierto pintoresco progresismo, empeñados en imponer una lógica enfermiza de odios a la carta, las políticas identitarias de reflexiones estanco donde prima la genealogía, el sexo, la orientación, el color de piel, las fobias compartidas que arrastran disonancias cognitivas, los traumas que encuentran cauce y salida en el calor dogmático de la manada. Del colectivo. Una turbia maraña ideológica con todos creyendo pensar lo adecuado, pero todos igual de insustanciales, en esa perversa deriva en la que unos y otros, jóvenes y adultos, van entrando y van asumiendo, sin rechistar, su silencioso lugar en el pelotón de la mediocridad, entre la desidia educativa y ministerial.

Ocurrió con el montaje en la falsa agresión homófoba en Malasaña, Madrid, cuando, una vez descubierto el embuste, la manifestación de repulsa se celebró igualmente: porque sí que ocurrió, ocurrió en sus cabezas, y la realidad, que es caprichosa y va por libre, les da exactamente igual. Basta con “creer” algo y convencerse de una idea, para que se más nítida aún que si hubiera pasado, pues proyectan al exterior, en busca de chivos expiatorios, sus intoxicaciones íntimas o inestabilidades psíquicas.

El colectivismo, de esta manera, aunque gratificante por la falsa sensación de ser parte de algo que trasciende lo personal (qué solos se quedan los solitarios), es una forma de pereza intelectual. Las opiniones que no coinciden con el relato establecido necesitan un poco más de espacio y un poco más de reflexión para resultar comprensibles, y por eso no gozan de entusiastas seguidores.
Los políticos y los correveidiles mediáticos a sueldo tienen todo el derecho a la propaganda y al proselitismo de la doctrina, incluso con repulsivas y falsas campañas de agitación mendaz, pero, gracias a los que denuncian y refutan esas falsedades y artimañas, se ha conquistado también el derecho a señalarlos y exponerlos, aunque el sonrojo y la vergüenza torera no sea algo a esperar en esos profesionales de la desfachatez.
Cabe preguntarse hasta qué punto el activismo colectivista y sus malas artes pueden alterar la función de la justicia y las más generales normas de convivencia. Porque de nada sirve defender el individualismo si puedes ser agredido por una veintena de zumbados que han leído en algún foro que eres un peligroso fascista, verbigracia. Ya que ellos se reservan el derecho a la intransigencia.

Cada uno de nosotros debe adoptar, por su cuenta y riesgo, el compromiso moral de ser libres, por el sentido del pudor y del deber, pues no hay nada más revolucionario que seguir conquistando cotas personales de libertad.
Eso sí, mojarse lo que se dice mojarse nos vamos a seguir mojando sólo los de siempre. Sin afán polémico, sólo por higiene mental y aprecio a nuestros derechos.
Y lo del resto, digan lo que digan, no será silencio sino complicidad.

23 de septiembre de 2021

Los renglones torcidos de ETA


 

Artículo publicado originalmente en Vozpópuli

El lema no dejaba lugar a dudas: “Egin apunta y ETA dispara”. Se decía, se sabía, en el entorno de la política y del periodismo vasco y nacional, dónde se publicaban las directrices a la banda terrorista. El referente de los pistoleros. Porque estaban el hacha y la serpiente, y al lado la tinta impresa. El canal de comunicación. También lo sabía Gregorio Ordóñez, que se hizo eco de esa frase, dos años antes de que lo mataran.
Luego Egin fue clausurado y ese espacio lo ocupó Gara (fundado por Mertxe Aizpurua, diputada de Bildu), a donde a ido a parar Pablo Iglesias, en lo que es un proceso natural de gran parte de su carrera política, definida por una denodada búsqueda del mal y contra las libertades democráticas.

Su fichaje por el periódico oficioso de ETA sólo puede extrañar a los que hayan vivido en una especie de inopia deliberada, contaminados por esa arcadia feliz que proyectan algunos medios de comunicación, afanados en lavar la imagen de los nacionalpopulismos, embridando la opinión pública vendiendo al espectador carroña totalitaria como si de tibios socialdemócratas se trataran, blanqueando sin pudor personas e ideologías socialmente indeseables.

Iñaki De Juana, preso por escribir” rezaba la pancarta que Contrapoder, germen de Podemos, colgó en el campus de Somosaguas, en apoyo al asesino múltiple. Los miembros de ese grupo universitario con prometedora carrera política nunca explicaron aquella ignominia moral.
En algunos antiguos fans de Iglesias hay desconcierto y cansancio, pero lo cierto es que el cascabelero glosador de terroristas, en su desesperada necesidad de ser aceptado por esos entornos, a duras penas ha ocultado sus propósitos: la voladura de la democracia liberal y romper el consenso constitucional.

Su lugar idóneo, qué duda cabe, es Gara y es Ara, cobrando tantos servicios prestados. Tanto enjuague bucal.
De CTXT no merece mención, porque llamar periódico, o revista, a ese bochornoso mejungue de los peores vicios del oficio, a ese contenedor de iletrados sectarios, sería una condescendencia excesiva.
Es verdad que los textos de Iglesias (lo escrito hasta ahora) son de una prosa torpe y llena de lugares comunes, pero con una palabrería que contentará a los editores ya que, con la demagogia hostil acostumbrada y esa impunidad y arrogancia habitual, ceba las ensoñaciones plurinacionales y demás obsesiones canónicas del marco mental periférico.
Mientras va saciando su apetito carnal, Iglesias ve colmados sus sueños de juventud de estar al servicio de la xenofobia más cateta, la que revestida de romanticismo decimonónico usa la libertad de prensa para atacar a los que defienden el resto de libertades, incluido el derecho de ciudadanía.

Porque estos periódicos propagandísticos, lejos de ser únicamente cabeceras para rancios aldeanismos exacerbados, han colaborado de forma activa en hacer de ciertas partes de España lugares inhabitables para miles de personas, las que no forman parte de esa Cataluña de las antorchas, enferma en sus delirios supremacistas que incendia comisarias, o de ese País Vasco donde se vota a palurdos homicidas y se homenajea a Parot, matarife en la casa cuartel de Zaragoza de hombres y niños a los que no conocía de nada, pero a los que ya odiaba.
Los honores a los asesinos, los acercamientos que aprueba el infame Marlaska y los fichajes de renombre en sus medios de referencia mantienen viva la llama del independentismo anhelado, mientras observo con cierta maledicencia la vergüenza ajena y propia que íntimamente pasan los votantes podemitas de primera hora. Los que se creyeron hasta las trancas el mensaje de esos 2014 y 2015 del albor del populismo morado, aunque apelen a un desconocimiento neófito, fruto de los convulsos tiempos políticos.

Ahora que está de moda, dentro de la descerebrada cultura woke, eso del victimismo identitario, qué gran ofensa supone a las verdaderas víctimas de este país, y de los asesinatos que aún están en el limbo de la justicia, el hecho de que un exvicepresidente del Gobierno (A Sánchez la Historia no le absolverá), en otro brusco quiebro macabro, sea columnista estrella en el periódico de la hegemonía del terror.


7 de septiembre de 2021

Yo no olvido


 Artículo publicado originalmente en Vozpópuli

No nos dejéis solos con los españoles”, fue la inquietante petición que un profesor universitario nacido en Madrid lanzaba al entorno proetarra desde una herriko taberna, cuartel general de las cloacas del etnicismo vasco. Se le veía cómodo con los legatarios de las esencias aranistas, en el nido de la serpiente.

Como tratando de predicar con el ejemplo, ahora se ha largado a Barcelona (la ciudad española más parecida a Caracas) donde tan buenos servicios ha prestado al movimiento nacionalista, pues siempre defendió sin reparos la causa golpista. Se ha ido sin mirar atrás, olvidando eso de las mujeres y los niños primero. Con la piscina a medio pagar.
Porque, tras breves pero intensos años de actividad política, de un día para otro dimitió de todos sus cargos, tras ser vapuleado por Ayuso I de Chamberí, y desapareció de la vida pública y de las redes. Pero que eso no nos lleve a la desmemoria y el olvido. Veamos:

Aupado por el poder mediático, con el rostro taciturno y el ceño fruncido de actor formidable del que vende chatarra ideológica para masas, su éxito fue llegar a través de los rayos catódicos a esa capa de la población que no vive de realidades, sino que se moviliza en función de esa trágica falla que es la superstición política. El populismo no necesita del pensamiento racional para expandirse, pues apunta directo a las emociones del receptor más incauto. Simplificando un mundo complejo al dividir entre buenos y malos con moralismo farisaico. La casta (los demás) y el pueblo (ellos, del que Iglesias era el legítimo representante y guía espiritual). 5 millones de ilusionados infelices llegaron a votarle, mostrando así su patética indigencia intelectual, ética y cultural, ante la perplejidad de unos y la pasividad de otros.

Ahora, mucho de ese votante de primera ola ha desertado, y el otro, el más leal en su admiración y vasallaje, transita amargamente en busca de otro mesías redentor que se quiera hacer rico mientras disimule la querencia por el capitalismo cinco estrellas.

Iglesias se va pero es difícil olvidar. Demasiada carne chamuscada en la batalla por las libertades. Cómo podemos hacerlo. No se limitó a purgar sin miramientos a otros fundadores del partido por no profesarle una obedienciega ciega, también hubo señalamiento a periodistas con la ambición siniestra del que quiere para él los telediarios y el control de la información. Los linchamientos no se nos escapan ni los perdonamos, el afán censor, la mirada inquisistorial. Ni el jaque a la Constitución de alguien que llegó con un chavismo desacomplejado para derrumbar un Estado de derecho aliándose con sus acérrimos enemigos. Enemigos declarados de las libertades ciudadanas.

No sería de recibo olvidar que durante las semanas en que la pandemia nos golpeó con toda su letal crudeza, intentó apuntalar su poder para hacerse fuerte dentro del Gobierno.
Olvidar la cizaña sembrada. Con un nepotismo difícil de justificar, puso como condición sine qua non que su pareja tuviera un puesto en el Consejo de Ministros, recrudeciendo de esa manera la confrontación de sexos (ellos dicen género) y el sectarismo militante, que hizo del 8-M de 2020 un aquelarre de contagio y muerte, porque importaba más una manifestación que las vidas humanas. Importa el chiringuito que tiene que justificar el chorreón de millones contando el número de perros y perras en los dibujos animados.

Ya nos hemos olvidado de Calvente, el abogado del partido sobre el que construyeron toda una acusación falsa de acoso sexual, porque sospechaban que ya sabía demasiado de los asuntos turbios de financiación ilegal. Inventarse unas acusaciones tan infames sólo puede salir de mentes perversas y sádicas, gentuza sin ningún tipo de escrúpulo. Pongamos que hablo de Ione Belarra.

Emponzoñó la vida púbica hasta el punto de crear una tensión social que hacía décadas que España no experimentaba. Puesta en marcha la maquinaria del odio, fue aprovechando el oportunismo político aupado por la bilis y el rencor. Su partido, Podemos, trató de enfrentar a los españoles, con la iquina por acicate, engatusando a pobres diablos que se partían la cara con la Policía en nombre de a saber qué revolución. Cómo olvidar el llamamiento a la violencia, las manifestaciones en Alsasua con las familias de los agresores, los energúmenos violentos de Vallecas, movilizados para atacar con piedras y patadas los mítines del rival político arengados por el perro de presa motorizado de Echenique, involuntariamente cómico.

No había acto vil que no fuera justificado por él o por su guardia personal, desde los escaparates reventados por Hasel hasta la ceja ensangrentada de Rocío de Meer.
Yo no olvido que si perdemos la memoria no podemos conservar un país donde el comunismo no sea aceptable.

Renegar de la literatura


 

Artículo publicado originalmente en Vozpópuli.

El trágico desmantelamiento de la Educación, con las consecuencias a medio y largo plazo que llegarán en las generaciones venideras, es aún más lacerante debido a que se ceba en una adolescencia y juventud ya de por sí tocadas por la idiosincrasia de su edad y de los tiempos. La generación más preparada para ser carne de cañón, nativos tecnológicos pero analfabetos funcionales. Incluso salidos de la Universidad.

Sepultadas las Humanidades, ahora quieren crear las cuotas y las perspectivas de género en las matemáticas. No hay límites para la imparable gilipollez. La ignorancia complaciente mezclada con el sectarismo ideológico seguro harán de las aulas terreno fértil para el adoctrinamiento, pero no para el aprendizaje. Castigando, además, a las clases menos pudientes, pues todos los padres que puedan costear una educación de pago a sus hijos sin duda harán el desembolso para que los retoños huyan de ese disparate devaluado. La famosa igualdad de la izquierda, la libertad, la fraternidad, ya saben.

Pese a todo, el tronco de toda educación debe nacer en los hogares. Tiene que salir de casa. Enseñar a los niños a pensar, a ver y entender, a analizar y a cuestionarse. También a disfrutar con el goce que otorgan cultura y conocimiento cuando todo es relativamente nuevo e intenso.

Con unos niños ensimismados en las pantallas (y a veces también los padres), viviendo emociones prosaicas y sintiendo sonrisas de Instagram, corazones de red social, en una vida de puertas para afuera pero que se adentra en las intimidades, dejar que sea un aparato (móvil, tablet, televisión, ordenador) el que haga de docente y críe a la nueva generación es tan irresponsable como los dislates de la Ley Celaá. La degradación se puede observar en la comprensión lectora y en la reducida capacidad de atención. Y es triste, por dejación de funciones, malograr a un niño que pudiera llegar a ser un adulto con ingenio, capacidad de palabra y brillantez intelectual.

Tengo por costumbre leer siempre con un lápiz a mi vera, para subrayar, cuando sea necesario, aquello que por algún motivo quiero rescatar o dejar señalado. Una frase, un pensamiento, una expresión, un párrafo que marcó. Que dejó poso. Palabras y adjetivos que ofrecieron en su momento un espejo en el camino, que fueron consuelo, reflexión o motivo de admiración.

Una quinta de chavales que aborrezca de los libros, desconoce todo lo que se van a perder, pues nunca van a poder encontrarse, por ejemplo, ante lo que aparece en 'Viaje al fin de la noche': “Zurciendo retazos de memoria (…) los propios recuerdos tienen su juventud...Se convierten, con los dejas enmohecer, en fantasmas repulsivos, se puede leer en la monumental novela de Céline ; o poder descubrir a Salinger en ese ritual de juventud que es ser 'El Guardián entre el Centeno', u obsesionarse con Hermann Hesse cuando todo parece gris y depresivo a tu alrededor. “¿Cómo no había yo de ser un lobo estepario y un pobre anacoreta en medio de un mundo, ninguno de cuyos fines comparto, ninguno de cuyos placeres me llama la atención?”; deleitarse ante las descripciones de Chandler : “Vi las cosas que tenía en el escritorio. Se escribía cartas. Escribía sin parar. Borracho o sereno le daba a la máquina. Algunas cosas eran disparatadas, otras más bien divertidas y también las había tristes. Tenía algo en la cabeza. Escribía dando vueltas alrededor de eso, pero nunca llegaba a tocarlo. Un tipo así habría dejado una carta de dos páginas antes de quitarse de en medio”.

El añorado Rafael Chirbes, un analítico de la sociedad tan certero como cruel, que tiene dos obras maestras, 'Crematorio' y 'En la orilla': “El hombre, que ha sido capaz de levantar inmensos edificios, de hacer desaparecer montañas enteras, de abrir canales y de cruzar puentes sobre el mar, no ha conseguido que vuelva a levantar los párpados un niño que acaba de morir”.
Los hombres pegan por impotencia. Creen que pueden conseguir por la fuerza lo que son incapaces de conseguir con la ternura, con la inteligencia”.

Una persona que deje pasar por delante de su vida una existencia sin libros, nunca podrá descubrir a Scott Fitzgerald y su sensibilidad, su derrota, su retrato de una época tan similar a la nuestra, y jamás podrá llegar a ese final de 'El Gran Gatsby' donde aún creía en la luz verde al final del embarcadero: “Y así seguimos hacia adelante, botes contra la corriente, empujados sin descanso hacia el pasado”.

24 de agosto de 2021

La ley del silencio


 

Artículo publicado originalmente en La Nueva España

Lo de Sherpa, ex de Barón Rojo, sólo es un caso más en el arraigado arte patrio de índice, censura y linchamiento, pero sirve para ejemplificar unos tiempos que estamos viviendo, no sin estupor e interés. Sherpa nos vale para ponerle nombre y rostro a una época extraña e incluso, para los que somos curiosos y queremos ver cómo terminará todo esto, atractiva en su inevitable decadencia.

Al rockero en cuestión, memoria viva de tiempos mejores en eso de la música y el desparrame español, le dio por empezar a ser crítico con este pérfido Gobierno y sus secuaces podemitas. Y claro, eso sí que no.
Hay un acuerdo tácito, un consenso no escrito, en el que si perteneces a eso que llaman “mundo de la cultura” (aunque algunos tengan la misma cultura que un búho de madera) tienes que pasar por el aro del oficialismo progre. Mostrarte siempre a la vanguardia de las opiniones políticamente aceptadas por la tribu, declararte a favor de la última reivindicación del colectivo que han inventado anteayer o firmar el novedoso manifiesto de la memez posmoderna de turno. Tales son las reglas. Hay quienes las aceptan de buena gana, completamente convencidos en su fe; los que se suben a ese carro por oportunismo y el don de la ubicuidad y los que se ponen de perfil y dan la callada por afirmación, tratando de no pisar demasiados charcos, no sea que acaben descalzos.

En esta España de por mí y por todos mis compañeros pero tonto el último, las “personalidades” se observan de reojo, esperando el momento de saltar sobre el díscolo. Y vaya si lo hacen. La turba ataca como en Fuente Ovejuna pero sin el honor lopevegiano; primero con el señalamiento (“este tío no es de los nuestros”), después con la audaz tarea de ejercer toda clase de presión y finalmente con la censura y la muerte civil. Y además, claro, tiene que servir. Servir como ejemplo y escarmiento para cualquiera que se lo esté pensando.
Muchos son profesionales veteranos y saben de qué va el asunto, pues llevan largo tiempo generando viruta vendiendo, además de esa supuesta cultura, ideología de barraca de feria.
Y de esta manera, tejiendo una perversa red de chantajes, presiones y temores, sobrevolando la amenaza de la campaña de odio, demasiados se niegan a manifestar opiniones de cualquier tipo por eso de no buscarse la ruina. Calladitos y dejando hacer, mientras la apisonadora del marxismo cultural y sus fanáticos defensores imponen sobre el resto su ley del silencio.
Ante la enormidad del castigo que se puede infligir sobre el señalado (desde persecución en redes sociales, oprobio social, hasta poner en riesgo trabajos y contratos) ya en algunas familias se dice esa terrible frase, producto de la desconfianza y el miedo, que se oía en los tiempos más oscuros de nuestro pasado dictatorial: “Hijo, no hables de política”. No te marques. No te señales. No te arriesgues.

Y es que el pensamiento único ofrece todo un catálogo del buen censor y aprendiz de tirano. La intolerancia de los que tienen siempre esa palabra en la boca hace pensar en una disonancia cognitiva y en una salvaje y ruin hipocresía. Por no mencionar que la ambigüedad moral de esta izquierda patinete sólo evidencia una triste orfandad intelectual. A pesar de ello, hay que sufrirlos, mantenerlos, subvencionarlos y temerlos. El labriego cargando al asno, que pintó Goya.

No permiten en otros los pensamientos divergentes, no sea que alguien pueda comenzar a dudar y a plantearse según qué preguntas. No está bien visto ir por libre cuando se esta invirtiendo tanto en la ingeniería social. Con una vocación de Torquemada adaptada al siglo XXI, los matones del dogma recelan de una sociedad plural y diversa en sus opiniones, que cuestione ciertas verdades oficiales.
Y piden abiertamente, sin vergüenza torera y sin darse cuenta de lo bestias totalitarias que son, que se ilegalicen partidos constitucionales, que se cancelen conciertos del que no les gusta, que te echen del trabajo, que te bloqueen las redes sociales, que te dejen de publicar, que cierres la boca. Por la cuenta que te trae.

Antifascistas, se dicen. Y con la superioridad moral de estar luchando contra ese fascismo que sólo existe en sus cabezas devastadas que anteponen el sentimiento a la razón, impiden el debate democrático y tratan de que los ciudadanos se rindan ante su visión sectaria que coloniza todos los aspectos de la vida actual. Algunos increpan y se vuelven exaltados desde una atrevida imbecilidad que sólo genera bochorno, dado que de forma individual, en la fría soledad lejos del rebaño o del lobby, no serían capaces de censurar y atemorizar a absolutamente nadie.