9 de abril de 2022

La película que nunca veremos


 

Artículo publicado originalmente en La Nueva España.

Han transcurrido dos meses, pero en temas de rauda actualidad es muchísimo, sobre todo cuando durante este tiempo ha estallado una guerra en el corazón de Europa, pero no me gustaría dejar pasar el asunto sin comentarlo. Por mí, que no sea.

Cuando subió a recoger su Goya, Blanca Portillo, muy pizpireta con un voluptuoso vestido negro, dedicó su premio a Juan María Jaúregui “y a todos los que se fueron de forma injusta”. Son curiosas las palabras medidas y las palabras utilizadas, irse de forma injusta, como el que encaja un despido improcedente y rumia su mala suerte y la felonía sufrida. Más que eufemismo, se trata de una considerable aberración semántica. Ignora de forma deliberada la responsabilidad del nacionalismo vasco, cuya ideología amparaba la violencia terrorista de ETA, y que esas personas “que se fueron”, fueron asesinadas para imponer un proyecto político, el mismo proyecto que ahora encabezan y defienden los socios de Sánchez, que estaba presente en la gala. Claro, ojo con criticar al jefe del tinglado, que puede cortar el grifo.

Dentro del “mundo de la cultura”, donde abunda tanto trepa sin talento, sectario vividor, moderno fugaz, plúmbeo endófobo y figurín de lentejuelas, el etnicismo vasco sigue teniendo buena prensa, o al menos se ve como una historia sin buenos ni malos a la que sacar partido fílmico con simpática (y cobarde) equidistancia.
Hace dos años, en el Palacio de Deportes Martín Carpena, nombrado así por el político asesinado en el año 2000, no hubo una sola mención durante la gala al particular nombre del recinto, o aprovechar el lugar donde estaban reunidos y celebrando para un breve recordatorio; ni una sola persona que se acordara de por qué ese pabellón se llama como se llama, pero tuvieron el cuajo de, en el polideportivo con nombre a un asesinado de ETA, otorgar el goya honorífico a una actriz que en los años de plomo hizo campaña activa por Herri Batasuna, lo que, a mi modo de ver, supuso un insulto y también una perversión.
Si las pistolas han callado su fúnebre cadencia, no así se ha evaporado la corrupción moral y política de una sociedad donde la insania ideológica del nacionalismo ha impuesto su hegemonía.

Vamos con unas historias que podrían dar para película (trágica).
Dolores González Catarin pasea por la plaza de su pueblo, Ordizia, con su hijo de tres años. Un hombre se le acerca y le dice: “Soy de ETA y vengo a ejecutarte”. Después le dispara dos veces y la remata en el suelo.
Ese mismo hombre, tiempo después, lleva a una cantera a Juan Sánchez, un electricista que estaba paseando a su perro, para descerrajarle tres tiros. Deja bajo su cuerpo una bomba para que se accione cuando la Guardia Civil se acerque a levantar el cadáver.
Cabo Primero de la Guardia Civil es Antonio Mateo, vejeriego con una hija de 7 años, cuando le disparan por la espalda y es rematado en la cabeza, ya abatido.
Mohamed Ahmed Abderramán fue camarero y regente de una churrería antes que policía, y pidió el traslado al País Vasco para poder pagar las facturas médicas de su hija con parálisis cerebral. Pero una granada le sesga la vida, dejando tres niños huérfanos y uno que estaba de camino.
Así hasta sumar 13 asesinatos. ¿Qué une estas historias? Todos los asesinatos fueron cometidos por la perseverancia criminal de José Antonio López, alias 'Kubati'.

Ahora sabemos que desde hace al menos tres años, el Gobierno mantiene una vía directa de comunicación con los colectivos de presos, donde negocian y planifican beneficios penitenciarios para los no arrepentidos. El hombre del Gobierno, de confianza de Marlaska, acuerda personalmente esos beneficios con miembros de Sortu y de Bildu. Uno de esos miembros responde al alias de Kubati, un terrorista de ya 65 años y en libertad, pero igualmente brutalizado, fanático y cruel.
Gracias a la intervención de Kubati y a la inmensa inmoralidad de Marlaska y de Sánchez, empeñados en denigrar a las víctimas, muchos presos no arrepentidos han sido acercados a cárceles del País Vasco y otros han logrado anticipar su salida de prisión.
A lo mejor al combativo cine español le interesa hacer una película de eso. Pero ojo, porque, cada uno a su manera, los de Kubati y lo de Sánchez son crímenes que no habrían de prescribir jamás.


1 de marzo de 2022

Política ficción

 


Artículo publicado originalmente en El Semanal Digital

Un empacho de cultura popular audiovisual nos lleva a la asignación de roles equivocados y referentes que sólo funcionan como guión ficcionado. El error es que demasiados periodistas se creen que la política es como El ala oeste de la Casa Blanca y muchos políticos se han convencido que lo suyo es House of cards. Lejos de la incontinencia verbal que tienen los personajes de Aaron Sorkin, tan permanentemente brillantes como irreales, y de la atracción que puede despertar el maquiavélico, inteligente y retorcido Frank Underwood, la política real, al menos en España, está lejos de ese glamour que puede llevar a la fascinación por los entresijos del poder y de la corrupción, de las intrigas familiares y mafiosas que Coppola elevó a la categoría de obra maestra en El Padrino, y de los discursos shakesperianos de Brando en su Julio César. Ojalá hubiera un Mankiewicz patrio, con talento para revestir de virtud una época tan grotesca como necia. A Pablo Iglesias le gustaba Juego de Tronos (le regaló la serie a Felipe VI, puede que en una amenaza velada) aunque fue él quien acabaría carbonizado por la Khaleesi madrileña.

Los entresijos de envidias, chantajes, lealtades, venganzas, egos y ambiciones en los partidos son algo que provoca perplejidad momentánea y vergüenza ajena permanente. Casi todo lo impregna la mediocridad. Y al que despunta le espera, tarde o temprano, el previsible martillazo. A dónde se ha creído usted que va.
Pero, puestos a reivindicar lo clásico, uno prefiere cuando se cruzaba el Rubicón dispuesto a jugárselo todo a una carta contra sus enemigos, y las puñaladas eran reales y definitivas, no había metáfora alguna cuando tus opositores y antes amigos te la clavaban por detrás.
La adhesión a uno u otro bando podía costarte la vida, no sólo temían por el sillón los pelotas de Twitter, raudos en declarar su apoyo incondicional e incomparable amor por el contendiente del que depende su sustento. Antes, al menos, la movida tenía su puntito, ya que los celos llenaban de cabezas los cestos, a la manera de Enrique VIII.

Y ya nada huele a podrido en Dinamarca porque la juventud no lee y no entiende, se la suda
Tío Vania y prefiere Netflix a Chéjov. Que no sin incompatibles, pero es necesaria una mínima base literaria además de la suscripción a la plataforma de contenidos. Al menos para interpretar el mundo que nos rodea e identificar sus carencias, a través de lo que tienes en la mochila y en la memoria. Los políticos, por lo general, también leen poco, o leen mal, y no existe hoy una élite digna de protagonizar crónica social radiografiada por la pluma de un Tom Wolfe, verbigracia.
El hastiado ciudadano comprueba con pavor que el esperpento sociata y podemita no tiene el contrapunto en una oposición con altura de miras.
La zafiedad y la bajeza, la estulticia con corbata, las declaraciones con aplomo frívolo y desvergonzado, carentes de ritmo y gracia, y uno piensa, en melancólica retrospectiva, en lo que podía haber sido España con una clase política eficaz e ilustrada, o al menos digna, en un país llevado una y otra vez a despeñarse por el desfiladero de la historia, en nuestras propias carencias y las ganas de reventar al prójimo (cuatro guerras civiles entre el XIX y el XX) y que minan los cimientos donde se sustenta lo mejor de nosotros mismos, a veces tan acertados, tan luminosos, tan ejemplares cuando peleamos nuestras propias batallas (literarias, científicas, deportivas, transformadoras) en solitario u organizados, y lastrados por cantamañanas sin escrúpulos, saqueadores, rufianes, vendepatrias y mezquinos, hasta llegar al sindiós que ahora contemplamos, un mal entremés del Siglo de Oro pasado por el filtro sensacionalista de un programa de telebasura.

11 de febrero de 2022

Infierno de cobardes

 


Artículo publicado originalmente en La Nueva España.

Suele haber algo impúdico en la exhibición pública de la vida privada. Un baile de apariencias de cara a la galería que inflama egos o eleva autoestimas en horas bajas. Caso flagrante, esos menores expuestos por sus irresponsables adultos de forma temeraria, como monos de feria en el gran escaparate siniestro de las redes. O metiéndose de lleno en los peligros del doble filo de la ostentación, ante un público virtual que no está al margen a los peligros del mundo real. Esa fina línea.
Incurriendo en el estudiado despliegue de máscaras, sonrisas con demasiada pena en su interior, el recreo de las apariencias en seres apesadumbrados que entran al juego azaroso de moverse siempre al ritmo de las tendencias del momento. Pero con un miedo atroz a lo que se encuentra más allá de las pantallas, y a las certezas que susurran cuando los móviles se silencian y el espejo sólo devuelve la cruda realidad de miserias y carencias.

Algo parecido, en cuanto a crearse un universo de burbuja pero que marca las pautas, ocurre con un grupo de opinadores, periodistas, artistas...a los que uno observa en su falso desacato al sistema, cuando en realidad viven resignados o complacientes en la sumisión servil a las consignas ideológicas del Gobierno que les proporciona el sustento. Un gregarismo desinhibido que les permite mantener una fachada de buena reputación mientras sigan las directrices marcadas o las que su olfato les hace intuir. Continuando, como si no tuviéramos ya suficiente, con la asfixiante omnipresencia del discurso único. Tratando de llegar a lo que se conoce como gran público, evitan enemistarse con quien no les conviene, y para eso saben rendir las pleitesías adecuadas. No hay una pizca de honorabilidad en lo que hacen, ni en lo que promueven, porque no hay transgresión verdadera, juegan sobre seguro.

¿Podemos dar nombres? Claro que podemos. Un ráfaga de ejemplos para situar al lector: ese Buenafuente metiendo a Sánchez en su último show después de que la maquinaria de engrase socialista untara de millones su programa y su cadena, y por lo tanto, ferviente lavado de bajos clase primera al inquilino de la Moncloa; Broncano haciendo humor A FAVOR de Hacienda. “¡Coronavirus, oé!”. Jordi Évole siendo follonero en la oposición y luego correa de transmisión del Gobierno, abrazo con Otegi incluido (Arnaldo, Uno de los nuestros); en Asturias, Joaquín Pajarón, con progenitor gaditano, a favor de la cooficialidad del bable mientras trata de posicionarse en el exterior pero deseando el cerrilismo improductivo para el interior, es decir, nadar a favor de la corriente mientras apoyas implantar un suicidio económico y social en una región en ruinas de por sí, mediante la imposición de un dialecto inventado que ningún niño va a poder usar.

Ya se van haciendo una idea. Son ésos, pero hay muchos más. Y ahí están, todos ellos y ellas, únicamente humor o periodismo en pro de la parte activa de un relato. Nunca se mojan, nunca se arriesgan, siempre del lado de la palangana gubernamental, apuntalando los resortes del poder socialista, jamás algo políticamente incorrecto que les pueda crear problemas con los que mandan y deciden. Ande yo caliente. El verdadero sistema los cuida y los protege, y así, representan el triunfo de la mediocridad y de la connivencia con los discursos hegemónicos, la rebeldía unidireccional, tramposa; contestatarios de plató de La Sexta, dando equívoca imagen de irreverentes mientras esperan la caricia en el lomo del de arriba, falsos gurús juveniles, referentes de la nada con colores, el vacío intelectual en un bonito envoltorio.

No hay nada heterodoxo en seguir los postulados de la posmodernidad, muchos de ellos irracionales, para seguir cimentando ideologías que tras la sonrisa esconden la bota, y que apenas consienten nada que se salga de esos cánones, eludiendo temas complejos con una desvergüenza estremecedora, la sátira que camufla el conformismo, moviéndose únicamente en las retóricas huecas del autodenominado progresismo. Justifican al régimen para mantener sus privilegios, sabiendo que hoy se vigila cada canción, cada discurso, cada pensamiento. A toda esa patulea, aunque lleguen a tener dinero o reconocimiento, nunca se les dará acceso al exclusivo panteón de los hombres libres. Tienen que cumplir su pena de cobardía.

15 de enero de 2022

Los torturadores de la inocencia


 

Artículo publicado originalmente en El Semanal Digital

Antes de la mayoría de edad se han hecho muchas cosas y sin embargo está todo por hacer. Una vida por delante y una etapa irrecuperable que dejamos por la popa.
Existe un momento, pasada esa línea de sombra, en que te da vértigo pensar que nunca más vas a tener 18 años. Habrá otras etapas, vendrán tiempos mejores y también más oscuros, pero ya jamás tus dieciocho, ese punto de quiebre. Esa frontera donde todo empieza. Cumplida la mayoría, te crees ya preparado para todo, maduro, confiado, adulto altivo, aunque estés bailando en el lomo mismo del precipicio.
Y que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender tarde o temprano, como vaticinaba Gil de Biedma. Sobre todo, tarde. Cuando la infancia ya no tiene remedio y la adolescencia boquea en la memoria con sus historial de turbulencias, cornadas y caricias. Hasta los 18 nos ha dado tiempo a enamorarnos y a bajar de golpe de los altares de la ensoñación, a experimentar el ruido y la furia, pasiones efímeras, a jugar a la rebeldía y ¡Viva el Che!, paladín de la libertad, y a sospechar que hay otro tipo de insumisión contra la barbarie. A tener certezas y a perderlas. Tinta tatuada a escondidas, amaneceres entrando a hurtadillas, pieles y noches etéreas, olor a verano y a sal marina.

Para los menores abusados sexualmente bajo la tutela de administraciones de distintas comunidades la llegada a esa frontera, más sentimental que legal, de los 18 no será como las de otros de su edad.
Habrá que calibrar las cantidad y la profundidad de las cicatrices. Conocer la magnitud del desastre.
Los torturadores de la inocencia son los mayores hijos de puta de este mundo. Y da igual que vengan de particulares, del clero o bajo el rodillo de la izquierda y el nacionalismo. Porque destrozan el presente y matan el futuro. Como decía William Munny en Sin Perdón, “Le quitas todo lo que tiene, y todo lo que podría llegar a tener”. Ojalá puedan alejarlo como un tiempo borroso, que a esas criaturas nunca les abandone el espíritu de supervivencia, aunque sospecho que lo van a tener muy crudo para volver a confiar en el género humano.

El llamado 'caso Oltra' convierte la dermis en piel de gallina, porque cuando se pone nombre y rostro al horror, es más fácil sentir cercano y real el espanto.
Teresa tenía 14 años cuando cayó en las garras de la ex pareja de la vicepresidenta valenciana, a la que acusa de no darle protección y ocultar la denuncia. Como hicieron otros en Baleares. Ocultar y evitar la intervención de la justicia.
Se dice que, como Teresa, hay 175 menores más, víctimas en régimen de acogimiento. Menores traicionados por quienes debían protegerlos. Pocas decepciones tan crueles, pocos actos tan viles.
Hay algo muy turbio en todo lo que rodea a la industria de la ideología de género. Cada vez es más palmario el hecho de que ese monstruoso negocio y dogma pasa por encima de mujeres y niños por igual, si así es necesario para sus mezquinos intereses, si tienen que proteger a delincuentes de su cuerda, si una brutal violación no se ajusta a los cánones para ser vendida en la ciénaga de su relato a los medios y a la sociedad.

Que la hipocresía ya produce un hedor insoportable, todo es delirio, ofensas a la inteligencia; con un chorreo de millones malgastados en inútiles y trepas ávidos de cargos con carga al dinero público, y su cometido es obsceno, cruel y criminal.
Si la ideología de género y el feminismo radical tienen una base de esperpento, tras la LIVG anticonstitucional y que voltea el estado de Derecho, el aquelarre del 8-M que propició el desastre vírico y los casos que vamos sabiendo, se ha tornado en algo puramente delictivo.
Espero que no haya paz para los malvados.


Historia de dos mujeres

 



Artículo publicado originalmente en La Nueva España

Sara Bravo tenía 28 años cuando falleció. Y toda vida que se apaga demasiado pronto es trágica e injusta, pero con 28 es una edad para empezar a vivir en serio, nunca para morir. Con una sonrisa bondadosa y entregada a la causa por los demás, es la médico más joven fallecida por coronavirus en España, una madrugada de marzo de 2020, cuando la primera ola golpeaba con furia un país sobrepasado, perplejo y noqueado.

Sara, cocinera inquieta, luchadora, lectora de Ruiz Zafón, de Antonio Gamoneda y de novela negra, que se quedó sin beca durante cinco años de carrera y justo iniciaba su andadura profesional cuando llegó la pandemia, deja un hermano mayor con parálisis cerebral y una madre desolada que recuerda una llamada telefónica desde la UCI: “Mamá, tengo miedo a morirme”. Después llegaron los intentos de reanimación, una última llamada de los médicos y luego el silencio.

Hasta que a Sara se la recordó en Oviedo en octubre de 2020 en la entrega de los Premios Princesa de Asturias. La madre conversó con los Reyes. Ella culpa al Gobierno por desatender a los sanitarios. Por comprar una y otra vez mascarillas defectuosas y dejarlos desprotegidos. Quiere que paguen su muerte. Y nadie la puede culpar a ella por ese rencor.
Y no sólo eso. No fue la desprotección. No fue únicamente el despropósito de las mascarillas o las insultantes comparecencias de Fernando Simón.

Fueron todos los avisos de Seguridad Nacional para advertir de lo que se avecinaba, desoídos por el Gobierno, enfrascado en una guerra entre sectores radicales del feminismo y empeñado en no tomar ninguna medida hasta que no se celebrara aquella infausta manifestación. La ideología sectaria había ido esta vez demasiado lejos, imponiéndose a la salud pública. “Superfuerte, tía. Con la mano no”. Una bestialidad al servicio de una ideologización que no cede ni un milímetro en su avance demencial, a pesar de contar con tantos muertos en su conciencia, aglutinan ignorancia y prepotencia para seguir consumiendo recursos públicos en nombre de un dogma irracional (disculpen el pleonasmo).

Sara Bravo falleció apenas dos semana después de decretado el estado de alarma, indefensa ante el virus pese a estar en servicio de Urgencias en un centro de salud de la provincia de Cuenca. Poco más de dos meses después de que Sara dejara un hueco enorme en quienes la conocieron y un shock presente por su sacrificio, Pedro Sánchez exclamaba en el Congreso: “Viva el 8-M”. Una reiteración alevosa; dicen que siempre se vuelve al lugar del crimen.

Juana Rivas fue diagnosticada con “funcionamiento mental patológico” por distintos informes psiquiátricos. El régimen socialista de Andalucía le dio cobijo, y ella secuestró a sus hijos para archivar una investigación sobre una agresión sexual al menor de ellos, cuando contaba con tres años, y así informan un juez renuente y un dictamen forense.

Con ese macabro sentido del oportunismo, las asociaciones misándricas quisieron convertirla en símbolo de la lucha contra eso que llaman patriarcado. Politizaron hasta la nausea un caso convertido en un show mediático que pudiera foguearse en la batalla del relato. Ministerio, asociaciones y chiringuitos que arrasan con absolutamente todo, poniendo en marcha la rueda de una ideología que no se detiene ante nada ni nada respeta, ni siquiera la integridad física de un niño.
Forma parte de la demoledora demagogia moderna tratar de convertir en icono de la causa (en cuyo altar se sacrifica lo que haga falta) a una majadera peligrosa para sus hijos menores de edad, y podría parecernos que se han cruzado todos los límites tolerables si no conociéramos el aquelarre de desalmados, de voluntad fanática, exaltados, inquisidores, envenenados de traumas, ágrafos, irreconciliables con la razón y presuntuosos memos y memas que conforman el ministerio de Igualdad, asesores también (4,1 millones de euros es su gasto en personal) y la cruzada iniciada contra la presunción de inocencia y contra el sentido común.

El gobierno concedió el indulto parcial a Juana Rivas, ocultando la dolorosa verdad. Su lugar natural es la cárcel.
Sobre Sara Bravo no se ha realizado, hasta el momento, pronunciamiento alguno, y estas dos historias de mujeres, con la tragedia y la miseria que ambos casos, a su manera, tienen, sirve para ejemplificar en manos de quienes estamos y todo lo que nos queda por delante, ya que el pasado lo están reescribiendo cada día.

28 de diciembre de 2021

La nostalgia frente a un mundo derruido

 


Artículo publicado originalmente en El Semanal Digital

Los tiempos están cambiando”, le decía Pat Garrett a un descreído Billy en la maravillosa obra crepuscular de Sam Peckinpah, con música de Bob Dylan de fondo. Consecuentemente, él respondía: “Los tiempos tal vez, pero yo no”. Poco después, el primero mataría por la espalda al segundo. Al que había sido su amigo.
Garrett actuaba en nombre de la supervivencia y de la practicidad, pero sabía que a su vez, traicionaba todo lo que era, y por eso se aleja taciturno hacia un amanecer incierto, mientras un niño lanza piedras a la sombra de su caballo.

Existe un reducto de españoles anclados en otros tiempos que aún quieren reunirse y celebrar a la vieja usanza. Al calor de una charla entrañable, de una botella de vino, de un hilo musical, de risas tan estupendas, tan sin complejos. Juntos como siempre han querido estar. De la unión sale la fuerza. La tradición como acto contestatario. Ya saben, no digan feliz Navidad, que es de fachas.

Mi infancia son recuerdos de un patio... de vecinos de Oviedo. También las películas que veíamos en familia, con mi padre encargado de la selección. Moby Dick y la epopeya marina de quien persigue sin descanso sus demonios, Raíces Profundas con Alan Ladd sabiendo que uno no puede deja de ser lo que es, torcer su destino, y que hay determinadas biografías que llevan una marca imborrable; las aventuras arqueológicas a cargo del Spielberg ochentero que siguen haciendo las delicias de pequeños y mayores.
Uno añora aquellas navidades de la niñez impregnadas por el aroma ficticio de sal y pólvora, algún día oleréis tierra donde no la hay, de historias de Dickens y lechazo haciéndose al horno; Carlos Gardel diciendo que veinte años no es nada, cuando uno ni sabía lo que eran dos décadas en las muescas de la existencia; la lluvia que cae sobre el corazón de Sinatra y la Credence Clearwater Revival cantándole a chicas descalzas que bailan a la luz de la luna; porque la nostalgia es un catalizador de sentimientos y una trampa que nos juegan la memoria y la melancolía.
Cualquier tiempo pasado no fue mejor ni peor: es irrecuperable. Y algunos tendemos a sentir debilidad por las causas perdidas. O malheridas. Aferrados tozudamente a pasiones en desuso. A las lecturas pausadas y el cine de siempre. A sabiendas de que es peligroso volver a los lugares donde uno fue feliz, aunque sea al fondo de un vaso de sidra, al abismo de un recuerdo o al fotograma olvidado de una película.

Si me permiten un consejo, protejan a los niños de la posmodernidad. Y de sus trampas actuales. Que sigan pensando que de Oriente vienen los Reyes y no los virus. Hagan que sus hijos vean cine. Cine bueno, del que no se marchita ni flaquea. Compren y regalen libros. Libros de papel, sí, ese acto revolucionario. Ya tendrán tiempo, los retoños, para ingerir su ración diaria de basura digital (no les den un
smartphone cuando aún no se han desprendido los dientes de leche, no sean mastuerzos).
Y que puedan acumular vivencias afectuosas que algún día les servirán. La infancia es la época donde se registran afectos y traumas con la misma intensidad. Y donde se reciben las herramientas básicas que conforman un carácter.
Sin esas herramientas, sin el poso de la lucidez que dejan la letra impresa y las imágenes perennes, sólo serán adultos somnolientos y amodorrados, gente desconcertada boxeando sin guantes contra problemas creados en las bajas pasiones de la autoestima cibernética, la presión social y la necesidad constante de agradar a desconocidos entre
selfies y otras frivolidades.

Mantener intacto ese reducto de lo mejor de los niños es una responsabilidad tan grande que no se puede dejar en manos de gobiernos pazguatos y psicopáticos.
Díganles a los niños que aún es posible la hora del esplendor en la hierba, que a John Wayne el cáncer nunca lo bajó de su caballo, que la abuela va a estar ahí todas las navidades del futuro. Díganles que existe un futuro, donde siempre será día de Reyes.

Para perder inocencias y certezas ya se encarga la vida. Para conocer la cara amarga que aguarda tras la esquina de toda felicidad.

6 de diciembre de 2021

Disonancias cognitivas

 



Artículo publicado originalmente en El Semanal Digital

Un fallo en el sistema límbico, que gobierna la expresión de las emociones en el lóbulo prefrontal del cerebro, caracteriza la mente dañada de los psicópatas. A Pedro Sánchez se le ha tildado alguna vez así (“el psicópata de la Moncloa” es el epíteto que usa Federico), dada la ausencia total de sentimientos que parece procesar, obrando tan solo en formas que le consoliden en el poder, y esa capacidad asombrosa para la mentira y el cinismo al más alto nivel, sin que el sonrojo asome por ningún lado. La estructura cerebral de los mentirosos patológicos dispone de un 14% menos de sustancia gris (doctor Dan Ariely) y hay avances bastante esclarecedores sobre el asunto.

Pero lo más interesante de Pedro Sánchez no es su cerebro, son sus votantes. Devotos de causas firmes, como Sánchez no ha dicho nunca nada que no fuera, tarde o temprano, mentira, uno se puede hacer una idea bastante nítida de las tragaderas de sus seguidores. De la importancia que le dan a la objetividad de la existencia en los hechos cotidianos que conforman su vínculo con la política y la sociedad. Esos socialistas de piñón fijo y prietas las filas. Los de las neuronas desvencijadas. Establecen con la realidad una relación, cuanto menos, compleja.
Hipocresía, autoengaño o firme convicción, el votante socialista (o pedrista) sigue siendo para mí un misterio, a estas alturas de la legislatura y de la propia vida e historia del partido.
Se revuelven cuanto pueden, como gatos panza arriba, con obstinada ferocidad, antes que aceptar esa realidad que muchas veces les termina pasando por encima. Ellos a lo suyo, impertérritos. Pudiendo defender una cosa y la contraria, si así los dispone el presidente y sus secuaces mediáticos. Lo mismo te justifican una de las peores gestiones de la pandemia de todo Occidente como hacen escalofriante encaje de bolillos para darle legitimidad al pacto con los proetarras de Bildu, sin que la sangre de tantos asesinados les salpique la conciencia.
El pedrette tiene mucho del antiguo fanboy (o fangirl, seamos inclusivos) del Pablo Iglesias de primera ola, cuando le salían los entusiastas a millones (cinco, concretamente) y que muchos fueron reculando al ver las hechuras reales del tipo, porque, claro, no se podía saber.

La influencia de los medios de comunicación es notable, y allí la verdad o la mentira son conceptos líquidos que fluyen según el interés o el enfoque, y que tampoco garantizan el ejercicio de la libertad de expresión. Cuando una falsa denuncia en Malasaña que encaja perfectamente con el relato de la ideología imperante hace que el Gobierno convoque un gabinete de emergencia (y una manifestación en Sol), y la brutal agresión a una menor en Igualada apenas tiene repercusión, estamos ante algo peor que una mala praxis periodística; se trata de la creación de un relato y de una manera de influenciar en la sociedad para explicar qué es digno de uso y qué no, a qué casos se les puede sacar rastrero partido, cuál es la manera más rápida de llegar a la fibra de los más tontos de cada casa, que dejan su raciocinio a expensas del sometimiento ciego a un líder político, a un partido o a unos lemas.

La devastación perpetrada en esas mentes por parte del adoctrinamiento y el agitprop nos coloca a veces en situaciones incómodas, cuando, ante uno de estos sujetos dignos de estudios y evaluación, uno piensa en Chesterton, que anticipaba la llegada del día en que sería preciso desenvainar una espada por afirmar que el pasto es verde. Porque la mente asolada por maniqueísmos no sólo ha renegado de contemplar el mundo con una mirada propia, además tiene el arrojo que le dispensa la ignorancia satisfecha y complacida, y embiste como las nueve cabezas de Machado; interpela, ataca o contraataca, impotente en sus argumentos, le queda la fuerza que le otorgan la estupidez y el fanatismo.
Y los escépticos y librepensadores sólo contamos con la devaluada espada de la razón.