8 de julio de 2022

El avión y el patinete

 


Artículo publicado originalmente en La Nueva España


El viaje de quinceañeras para hacerse
selfies en la meca del capitalismo, orgullosas de que el presidente les haya prestado el avión oficial propiedad del Ejército del Aire (un cacharro muy poco ecologista), para mantener alejadas a las piradas de género en los días clave de la cumbre de la OTAN es otra jugada maestra de don Pedro Sánchez, nuestro Maquiavelo sin lecturas.
Sabiendo que la pandi se iba a comportar como de hecho hizo, consiguió Sánchez un doble objetivo: que no participaran con sus berridos de hoz y martillo en las protestas organizadas por su amigo Enrique Santiago y el PCE, y que se dejaran ellas mismas en evidencia, presumiendo de fiesta de pijamas pagada con dinero público; pijas horteras por los lugares emblemáticos de la Costa Este, y así desgastar lo que queda de la honorabilidad de su socio de coalición. Sánchez es cada vez menos sutil en su perversidad.

Montero y su troupe forman parte de esa generación con vida intrínsecamente ligada a las redes sociales, que sienten que el garbeo no es disfrutable al completo si no lo comparten con sus seguidores (ellos dicen followers) porque ahora no es tan importante viajar como que sepan que viajas. El catetismo siglo XXI se ha transformado en paletos en red, donde las personas más superficiales muestras sus distintas facetas y fases de la felicidad, aunque por dentro anide una devastación emocional o vital.
Es el nuevo postureo de jóvenes prosaicos y frívolos, el juego de las apariencias con aires de divos, pensando que su vida ficticia expuesta es de interés real para alguien, dejando muchas veces atrás el sentido de la privacidad y el sentido del ridículo, usando las redes sociales y el artificial calor de seguidores de postín como una forma de suplir soledades o carencias, con el efímero reconocimiento y el leve subidón de autoestima.

La supuesta agenda diplomática para el viaje no se sustenta por ningún lado, ya que la reunión con feministas estadounidenses con cargos de tercera para apuntalar ideologías nocivas es ante todo perjudicial y no ofrece ningún
avance o ningún beneficio (no digamos ya inversión) para España, más allá de ahondar en la ideología de género y sus siniestras consecuencias (no sabemos si están planeando la ministra y sus secuaces un nuevo indulto a una secuestradora, métodos para esconder manadas de violadores que no puedan ser usadas políticamente o formas nuevas de voltear la presunción de inocencia).

Irene lucía en los primeros mítines podemitas pañuelo palestino al cuello y una camiseta con el lema del Che Guevara, ¡¡Hasta la Victoria!!, cuando en realidad tenía fantasías de sueño americano. Chalet con piscina, servicio para calentar el coche, recepción en la Casa Blanca, foto en Times Square.
Asaltar los cielos siempre es a costa del pueblo al que necesitas esquilmar para tú pegarte la gran vida. El modus operandi del comunismo es tan viejo y tan conocido que resulta sorprendente que generaciones nuevas de ingenuos bobalicones sigan cayendo una y otra vez en la misma trampa de comprar la moto a los apóstoles de la revolución.

El problema de la ministra puesta a dedo y de su séquito es que han llevado la hipocresía hasta el paroxismo. Lo malo no es ir a Nueva York o a Washington, lo mezquino no es visitar los centros de poder, lo criticable no son los selfies que toda adolescente (biológica o mentalmente) disfruta.
Seamos serios. Lo inaceptable es vender la matraca ecológica, el discurso hippie de transporte público o usted vaya en patinete, la monserga anticapitalista, lo de “me ofenden sus sueldos y sus áticos” y luego actuar como actúan. No verlo, o querer justificar el viaje Erasmus de la banda de la tarta ya entra en el terreno de los fundamentalismos políticos y de gente sin una pizca de capacidad crítica. Abducidos por la sinrazón.

Montero vive su sueño mientras pueda, ya que todas las fantasías ociosas tienen finales crueles. La “nueva” política, cuando no alcanza la cima del poder, es de vida corta, sobre todo después de haber causado tanto dolor, y ella presiente que se acerca el final, y que su ministerio derrochador y delincuencial será clausurado, por el bien común, al final del sanchismo.
Así que aprovecha la criatura para viajar con todo pago, avión privado y chófer, mientras tenga la posibilidad, ya que muchos españoles no pueden irse de vacaciones y la inflación golpea fuerte. Ella se lo permite, con impune desfachatez, porque son “el gobierno de la gente”, evidenciando así, una vez más, que de todos los votantes ingenuos que hay, los de Podemos son probablemente los votantes más tontos que ha dado esa pintoresca aberración que es el populismo.

1 de julio de 2022

La coz y el martillo


 

Artículo publicado originalmente en El Semanal Digital.

Se estuvieron manifestando estos días en Madrid distintas facciones anti-OTAN, convocadas por IU, el PCE y (más disimuladamente) Podemos. Aunque no sea necesario repetirlo, conviene recordar que gran porcentaje de esos organizadores y algunos de los manifestantes forman parte de la piara gubernamental.
En una disonancia enfermiza, teníamos pues a medio Gobierno promocionando la cumbre y sus bondades y al otro medio justo lo contrario, berreando consignas en la calle, envueltos en banderas rojas, tricolores, arcoíris y lo que tocase. Que las banderas sólo son un trapo, pero sólo algunas.
Como me pillaba cerca de donde vivo, me acerqué con curiosidad más antropológica que periodística. El despliegue de símbolos y enseñas en desuso daban un aspecto anacrónico a la estampa, como de 'Doctor Zhivago', o esa otra de Bertolucci con De Niro y Depardieu, con aquel tramo final tan insoportable.

Una de las cosas que había que evitar preservar para ser un manifestante en esos días de cumbre era el sentido del ridículo. Había bastante gente ya talludita, lo que niega eso de que las canas acaban enderezando los desvíos de la juventud, pues muchos mantienen de adultos una serie de siniestras perversiones dogmáticas.
A tenor de lo que vi, se puede decir que el comunismo es un fracaso ético pero también estético. Además de intelectual, claro. Es un calamitoso error ir de modernos y de progres mientras vociferas para tumbar el sistema capitalista, implantar reformas necesarias en la realidad social que son un plagio del pensamiento de Friedrich Engels, que no está precisamente de actualidad.

El comunismo, culturalmente, sigue teniendo esa romántica connotación relacionada con la justicia proletaria, la bondad en completa armonía con el prójimo y la búsqueda de la felicidad humana y por lo tanto, la superioridad moral del bolchevique por encima del vacuo liberal y el resto de lo que para ellos es ultraderecha.
Toda esa ilusión y ese imaginario colectivo tan espurio es la sustancia que mantiene engrasada la maquinaria del totalitarismo, pues esos cambios siempre están diseñados no para los demás, sino contra los demás.
Si ser comunista (o alguna cosa parecida) es casi una prerrogativa del adolescente, tan impetuoso como descolocado y lleno de certezas que son incertidumbres, serlo de adulto te lleva directamente a los terrenos de la banalización del mal, donde la estupidez se ve gravemente exacerbada por la ideología.

Y para ejemplos, ahí tenemos las dramáticas carencias educativas de Alberto Garzón, el sectarismo fanático de Irene Montero, los siniestros contactos delincuenciales del no menos siniestro Enrique Santiago, la simpleza biliosa de Echenique, la vacuidad insustancial e insufrible de Yolanda Díaz, o el enriquecimiento desacomplejado del discursivo Iglesias, que tanto recuerda al cerdo Napoleón de 'Rebelión en la Granja', pues tenía el gorrino creado por Orwell capacidad para la oratoria y para incitar a la revolución a los animales proletarios, mientras se iba quedando con todo en pos del bien de los camaradas, a los que esquilmaba sin pudor.
A las sociedades hay que imponerles su particular visión del mundo, y cuando escribo imponer me refiero a hacerlo de las formas que sean necesarias, incluyendo los asesinatos en masa y la purga del disidente.

No sé si en los programas educativos actuales se enseña, si es que se enseña algo, los delirios criminales de Lenin, los métodos de la KGB, las pulsiones genocidas de Stalin, el exterminio cultural maoísta, las ametralladoras apostadas en el muro berlinés y los países subyugados bajo la bota del Pacto de Varsovia. Que todas esas ensoñaciones de utopías revolucionarias acabaron en el sótano de la Lubianka con un tiro en la nuca, en las checas de Madrid, fusiladas contra un árbol de la sierra cubana o aplastadas en la plaza de Tiananmén. El ideal de la fe en el hombre nuevo se enfrentó a la cruda realidad de los tanques en Praga y en Budapest, de la misma manera que el ultranacionalismo ruso, ese que tantas simpatías genera entre nuestro putinejos de las manifestaciones, masacra al pueblo ucraniano.

Y si las críticas a la Alianza Atlántica pueden ser legítimas y hay que señalar sus errores o excesos, desde debates razonados y posturas razonables, no es posible hacer algo así con los de las insignias soviéticas que pululaban por las calles de Madrid, dada su incapacidad de aceptar la complejidad de las cosas.
Sin reparar en la dimensión histórica de lo que las banderas rojas significan, con la hoz y el martillo enarbolado tanto como reivindicación como amenaza, el grupúsculo anti-OTAN se dispersa imaginando mundos mejores, allí donde ninguna organización atlántica de defensa pone trabas a las ilusiones imperialistas de los gerifaltes de acero.
El problema es que, después de las calles, algunos ilustres cameos que allí estaban van a cocear al Congreso.

17 de junio de 2022

Andalucía y Asturias, similitudes



Artículo publicado originalmente en La Nueva España.

No fue un trago fácil de digerir para los que habían mandado en Andalucía durante casi cuatro décadas. Diciembre de 2018, el régimen tan longevo como corrupto, edificado con entramado mafioso, especulación y barbarie urbanística, veía acercarse su final y Pablo Iglesias, entonces todavía chico de moda en los estercoleros políticos del nacionalpopulismo de extrema izquierda (donde tantos se postraron), lanzaba con su habitual pose teatral su “alerta antifascista”. El resto es conocido: autobuses fletados rumbo a Sevilla, manifestantes rodeando el Palacio de San Telmo en la toma de posesión del nuevo Gobierno, grupos del ultrafeminismo más demencial y sectario desgañitándose por el advenimiento del nazismo y porque les iban a cancelar los talleres de género, los cursos de nuevas masculinidades y las charlas escolares de “Mi amiga la vagina”. O porque veían peligrar un negocio tan lucrativo como infame, que todo puede ser.

Entre los que compartieron eso de la “alerta antifascista” nunca tuve claro si eran desnortados de fanática determinación adocenados por la izquierda ovejuna o eran bobos sin mayor misterio. Protestar porque se descabalga del poder a los perpetradores del mayor latrocinio político de la historia de la democracia tiene que implicar algún lugar de honor en el salón de la fama de las mezquindades. Es tener la brújula moral tan estropeada que no te sabes situar bajo ningún contexto, y ante los de los berridos callejeros por unos resultados electorales, el espectador perplejo nunca sabe si son gente de mala baba o tontos de babero.
Lo cierto es que la vida siguió y la economía regional floreció a duras penas bajo el mandato de Moreno Bonilla, el hombre tranquilo, y los doce escaños de Vox no supusieron un brote de misoginia desbocada, de homofobia por las calles (para eso ya está Madrid, bien lo saben en La Sexta) ni las mujeres tuvieron que volver a recluirse en la cocina y en sus labores de costura. Lo que demuestra que si el tremendismo es marca habitual de la nueva política, también lo es la estupidez.

En Asturias sabemos de socialismo empobrecedor primo hermano del sindicalismo trincón (¡ay, Villa!) y si el andalucismo en su vertiente regionalista no deja de ser un penoso intento de reivindicar algo tan inverosímil como un al-Ándalus de convivencia exquisita entre tres religiones (cosa ya negada por cualquier historiador serio), el asturianismo y sus folclóricos representantes se dejan querer por Adrián Barbón (y el sentimiento es mutuo) y por ese PSOE que si te despistas te hace cooficial el bable. Lo del bable como forma de subirse a un carro pecuniario lo apoyan mercachifles de cierto submundo cultural, admiradores de Bildu, algún cateto despistado, grupos de música que venden independencia astur ya peinando canas, algún cómico sin gracia y poco más. Pero a Barbón le gusta eso de las identidades como a los andaluces les gusta mentar a Blas Infante, otra figura a desmitificar.

Esa criatura difícil de catalogar (más allá de bajuna y fajadora) que es Teresa Rodríguez le dijo a Macarena Olona (nacida en Alicante, de abuela andaluza) que no tenía todo en orden para presentarse por esa Comunidad porque “no había respirado el mismo aire”. Al Rh negativo abertzale se le une el N2 y O2 del aire más allá de Despeñaperros.
Con la resignación adecuada, uno puede conseguir no tomarse demasiado en serio los rebuznos de estos cerriles que no saben qué viento les ha dado. Cada nacionalista, sea euskaldún o andalusí, quiere reivindicar sus particularidades identitarias, cuando la única característica que les une a todos es la idiotez supina.

Regresan las urnas a Andalucía y parece que ha pasado una eternidad. En la última ocasión aún no se había producido el abrazo entre Sánchez e Iglesias, la catastrófica y negligente gestión de la pandemia, el indulto a los golpistas catalanes y el obsceno blanqueo de los legatarios de ETA. Y no había avanzado con tanta virulencia censora la marea 'woke', con los impulsos inquisitoriales, el feminismo puritano y la ideología de género movilizándose sólo por los crímenes de los que pueda sacar rédito político.

Adriana Lastra, ese otro prodigio de la política socialista y asturiana, ya ha amenazado con salir el lunes a la calle (otra vez) si las urnas no les bendicen con el milagro de los votos, para que así puedan multiplicar los panes y los peces entre los suyos quitándole el sustento a los parados, lo que, bueno es admitirlo, fue llevar la corrupción institucional a otro nivel.
Esta vez la alerta antifascista nos pillará a (casi) todos con algunas inocencias perdidas.


3 de junio de 2022

Abriendo regalos


 

Artículo publicado originalmente en El Semanal Digital

Se han echado las manos a la cabeza, indignados. Cómo nos pueden estar haciendo esto a nosotros, por dios, que somos de izquierdas. Los descerebrados, en una librería. Me cachis en la mar, no lo pudimos ver venir.
Otra de esas cosas que no se podían saber. Lo de la alegre algarabía de muchachada obligando con actos vandálicos, entre dicterios y berridos, a cerrar una librería en la Rambla de Catalunya, donde se presentaba un libro que, por lo visto, les fundía los plomos del sectarismo absurdo.
Un libro (
Nadie nace en un cuerpo equivocado) por cierto, que es didáctico, profesional, riguroso y de muy recomendable lectura, que intenta arrojar algo de luz en el oscuro lodazal de las ramificaciones de la ideología de género y la ideología queer, esas moderneces para gilipollas donde tantos han encontrado su filón con ánimo de lucro, a base de llenar la cabeza y desguazar el cerebro con propaganda a los más vulnerables.

Lo de los lamentos de los que sacan pedigrí de izquierdas (“algunos lo somos desde hace 40 años”, clamaba una desconsolada) sería gracioso si no fuera tan trágico. Piensan que es un fenómeno espontáneo, que esos jóvenes desquiciados con grandes dosis de insana ideología han brotado de la nada, y se dedican a reventar presentaciones de libros porque lo decidieron de manera casual cinco minutos antes.

Pero ahí estuvo siempre esa izquierda, al menos la catalana, de compadreo con los de la identidad nacional y las banderas esteladas, o callando como meretrices cuando arremetían con aquel “que vienen los fachas”, y resultaba que los fachas eran Albert Boadella, Juan Marsé o Fernando Savater. Nunca una palabra más alta que otra, no fueran a molestar a los jefes del tinglado; o sus amistades, esos progres biempensantes, los fueran a confundir con la carcunda rojigualda.
Así ocurrió por esas tierras, con tanto fantasma que llega de otras partes de España y a los dos meses ya se sube al carro de la lucha por el poble català, sin percatarse que está haciendo el juego sucio a las élites locales de extrema derecha, pero todo les importa un comino, claro, pues no ven incongruencia alguna en que compartan trinchera Puigdemont y Valtonyc, Artur Mas y Alejandro Fernández, el de la chancleta.

Han colaborado, por complicidad u omisión, en generar una comunidad irrespirable, mientras el nacionalismo tenía las simpatías de la progresía autonómica, tan sofisticada como lerda. Una región tensada innecesariamente por la cobardía y los complejos, donde algunos bobos insignes se preocupaban más de boxear contra espectros de la malvada España centralista que de darse cuenta lo que estaba creciendo bajo el cogote y amparo del clan criminal Pujol.




Y ahora, esos mismos pijoprogres de la Cataluña bien se extrañan de que los nuevos “antifascistas” sean jóvenes educados en el odio y la violencia, extremadamente fanatizados, con poco bagaje cultural y menos intelecto, analfabetos y dogmáticos. Una horda que desprecia todo lo que ignora, y como es enorme su ignorancia, pues el desprecio se transmite en contenedores ardiendo, sillas volando, pedrada a mala idea y a enganchar al que pillen, transeúnte o librero, siempre sintiéndose impunes para abrirle la crisma a algún infeliz, ya que, amparados en la masa, casi nunca rinden cuentas antes las autoridades competentes (je,je).
Por eso los izquierdistas de la librería se han preocupado siempre de no meterse en jardines, y llegar en razonable estado de salud (una pedrada en la frente estropea mucho el físico) a las reuniones del PSC.

Pero crearon el ambiente político adecuado para que esos cabestros de la puerta no comprendan lo que significa el pluralismo de ideas o la libertad de expresión, y que todo lo que se salga de su estrecho marco de creencias y férreos postulados debe ser erradicado, de forma salvaje si es preciso.
Han dejado medrar a una izquierda secuaz del nacionalismo porque les interesaba la suavidad y las buenas maneras con quienes compartían enemigo común: eso que llaman derecha neoliberal y, claro, el fascismo, omnipresente y amenazador.
Mientras perseguían espantajos que sólo estaban en las consignas del agitprop, iba evolucionando ese otro totalitarismo, real, palmario, que les iba a estallar en la cara, o en la entrada de una librería.

Y ahora, claro, resulta que la semilla del odio ha brotado, y en Cataluña, paraíso terrenal y arcadia feliz de la futura república, empieza a surgir una juventud que cree que el libro que más ilumina es el que arde. Y se quedan estupefactos. Pero eso es lo que han estado pidiendo, señores y señoras, ese ojo que tiene el pájaro en el pico es suyo, pero el cuervo también. Lo han alimentado con su estupidez y su demagogia. Han comprado “alertas antifascistas” y despreciado a aquellos que intentaron poner pie en pared frente a las ideas supremacistas. Rivera era esto, Arrimadas era lo de más allá. Risas con infame choteo, revistas satíricas, conciencia social, tertulias en cafés, centro centrado: ni Stalin ni Casado.

Y entonces les viene esto. Cómo nos ha podido pasar, se preguntan, pasmados. Los buenos muchachos de la Cataluña próspera convertidos en animales de bellota que nos quieren moler a palos por estar en la presentación de una publicación. Y yo digo que llevan pidiéndolo toda la vida. Y cuando se piden cositas y al final llegan, los regalos hay que abrirlos. Y a disfrutar.

13 de mayo de 2022

En la frontera


 

Artículo publicado originalmente en La Nueva España.

A la hora espantosa del alba y bajo un frío inclemente, un matrimonio y un bebé se separan en una línea tan marcada que prácticamente divide dos mundos, a un lado la puerta de salida del infierno, el salvavidas, la esperanza que se abre paso frente al desconsuelo; y al otro, la guerra con tintes genocidas que retumba sobre los pasos que el hombre ha de volver. Agarra el fusil con una hosquedad que no está exenta de dulzura. Ahora ese arma es su mundo, en ese deseo de reducir lo complejo a una sola explicación.

La pareja se abraza sin decir demasiado, sobran los susurros de despedida cuando una bala tiene siempre la última palabra. Más que ninguna otra relación humana, el amor es un sobreentendido. El hombre acaricia la cabeza de la criatura que su mujer tiene en el regazo, envuelta en unas mantas andrajosas, pero que mantienen y conservan el calor del cariño. Luego él se da la vuelta y se aleja lentamente, sin mirar atrás, con el fatalismo y también con la resignación de quien ha decidido no discutir jamás con su destino, como todos los hombres que partieron en todas las guerras que en la historia ha habido.
Uno imagina hasta qué punto sus vidas carecen ya de fundamento. Casa destrozada, éxodo forzoso, futuro en entredicho, y aún así sentirse conforme, incluso contento, con el simple hecho de sobrevivir. Comprender el fracaso y el dolor para hacerlos soportables, aunque echarán de menos lo más prosaico de su anterior vida. Siempre pasa, el sufrimiento te permite descubrir lo importantes que son las cosa que carecen de importancia.

Se combate cada palmo de terreno por puro instinto de supervivencia y de proteger lo propio, mientras en la Europa civilizada teorizamos sobre desinformación y propaganda de guerra, y nos asalta la foto del brazo inerte de una mujer, en las manos las uñas pintadas de un rojo que vaticinaban vida, cuidado, coquetería, todo ello sesgado por la detonación de un fusil o el estallido de un mortero. Nos llega la imagen de un edificio de viviendas abierto en canal, como una disección humana, y podemos ver las vísceras de intimidades ajenas, cocinas tiradas abajo con rastros de cenefas resquebrajadas, los cascotes polvorientos de lo que era un dormitorio.

Las ciudades liberadas sacan a la luz las tinieblas del hombre convertido en lobo para el hombre, cuando se descubren los cuerpos, cadáveres que tarde o temprano dejarán de revolvernos la sobremesa y serán arrastrados por el tiempo y por el olvido. Sólo números más, cifras que escribir en el extenso libro de la historia de la infamia.
Olvidaremos la inquietud que provocan esas víctimas tan parecidas a nosotros, la terrible similitud entre agresores y agredidos, los lazos culturales que unen a los que dispararon y a los que fueron ejecutados con las manos atadas a la espalda, los ancestrales y persistentes ritos del asesinato y la limpieza, de no dar cuartel al enemigo vencido.

Un dirigente que trata de someter de una manera retorcida, reduciendo a escombros aquello que no puede conquistar. Y en España, todo tarde y mal, sufriendo los bandazos de un presidente mezquino al frente de una coalición ignominiosa, un puñado de nulidades habitando el extrarradio moral, que demuestran, cuando firman inauditos manifiestos por la paz, que la equidistancia es un buen refugio para los canallas. La paz de los cementerios, es la única que buscan con la rendición ucraniana, pues los quintacolumnistas de Putin les invitan a que dejen de pelear. Cuando la pelea es lo único que queda una vez que se han derrumbado todas las certezas, pelear por respeto a uno mismo y a lo que representa, por la fidelidad bien entendida, la voluntad agónica de lucha hasta el final y en una batalla perdida o por una victoria inverosímil. Acorralados y en inferioridad, aún dispuestos al contraataque y a vender caro el pellejo, como personajes de Peckinpah. A veces, en eso del valor personal uno se lleva muchas sorpresas.

Nuestros abyectos ministros morados no quieren eso, ni tampoco lo entienden: desean los tanques de Putin rodando victoriosos sobre las praderas que rodean Kiev, y negociar sobre las ruinas de Ucrania el amanecer de una nueva Rusia imperial.
Por eso la paz es un camelo, una estafa emocional. El soldado que deja a su familia en la frontera y regresa al frente de batalla, a encararse con lo mejor y lo peor del ser humano, no ha escogido tener que ser un luchador anónimo ni un héroe caído más, sólo intenta conservar en la memoria la imagen del rostro de su mujer antes del último adiós, consciente que, como el verso del poeta, vendrá la muerte y tendrá sus ojos.

9 de abril de 2022

La película que nunca veremos


 

Artículo publicado originalmente en La Nueva España.

Han transcurrido dos meses, pero en temas de rauda actualidad es muchísimo, sobre todo cuando durante este tiempo ha estallado una guerra en el corazón de Europa, pero no me gustaría dejar pasar el asunto sin comentarlo. Por mí, que no sea.

Cuando subió a recoger su Goya, Blanca Portillo, muy pizpireta con un voluptuoso vestido negro, dedicó su premio a Juan María Jaúregui “y a todos los que se fueron de forma injusta”. Son curiosas las palabras medidas y las palabras utilizadas, irse de forma injusta, como el que encaja un despido improcedente y rumia su mala suerte y la felonía sufrida. Más que eufemismo, se trata de una considerable aberración semántica. Ignora de forma deliberada la responsabilidad del nacionalismo vasco, cuya ideología amparaba la violencia terrorista de ETA, y que esas personas “que se fueron”, fueron asesinadas para imponer un proyecto político, el mismo proyecto que ahora encabezan y defienden los socios de Sánchez, que estaba presente en la gala. Claro, ojo con criticar al jefe del tinglado, que puede cortar el grifo.

Dentro del “mundo de la cultura”, donde abunda tanto trepa sin talento, sectario vividor, moderno fugaz, plúmbeo endófobo y figurín de lentejuelas, el etnicismo vasco sigue teniendo buena prensa, o al menos se ve como una historia sin buenos ni malos a la que sacar partido fílmico con simpática (y cobarde) equidistancia.
Hace dos años, en el Palacio de Deportes Martín Carpena, nombrado así por el político asesinado en el año 2000, no hubo una sola mención durante la gala al particular nombre del recinto, o aprovechar el lugar donde estaban reunidos y celebrando para un breve recordatorio; ni una sola persona que se acordara de por qué ese pabellón se llama como se llama, pero tuvieron el cuajo de, en el polideportivo con nombre a un asesinado de ETA, otorgar el goya honorífico a una actriz que en los años de plomo hizo campaña activa por Herri Batasuna, lo que, a mi modo de ver, supuso un insulto y también una perversión.
Si las pistolas han callado su fúnebre cadencia, no así se ha evaporado la corrupción moral y política de una sociedad donde la insania ideológica del nacionalismo ha impuesto su hegemonía.

Vamos con unas historias que podrían dar para película (trágica).
Dolores González Catarin pasea por la plaza de su pueblo, Ordizia, con su hijo de tres años. Un hombre se le acerca y le dice: “Soy de ETA y vengo a ejecutarte”. Después le dispara dos veces y la remata en el suelo.
Ese mismo hombre, tiempo después, lleva a una cantera a Juan Sánchez, un electricista que estaba paseando a su perro, para descerrajarle tres tiros. Deja bajo su cuerpo una bomba para que se accione cuando la Guardia Civil se acerque a levantar el cadáver.
Cabo Primero de la Guardia Civil es Antonio Mateo, vejeriego con una hija de 7 años, cuando le disparan por la espalda y es rematado en la cabeza, ya abatido.
Mohamed Ahmed Abderramán fue camarero y regente de una churrería antes que policía, y pidió el traslado al País Vasco para poder pagar las facturas médicas de su hija con parálisis cerebral. Pero una granada le sesga la vida, dejando tres niños huérfanos y uno que estaba de camino.
Así hasta sumar 13 asesinatos. ¿Qué une estas historias? Todos los asesinatos fueron cometidos por la perseverancia criminal de José Antonio López, alias 'Kubati'.

Ahora sabemos que desde hace al menos tres años, el Gobierno mantiene una vía directa de comunicación con los colectivos de presos, donde negocian y planifican beneficios penitenciarios para los no arrepentidos. El hombre del Gobierno, de confianza de Marlaska, acuerda personalmente esos beneficios con miembros de Sortu y de Bildu. Uno de esos miembros responde al alias de Kubati, un terrorista de ya 65 años y en libertad, pero igualmente brutalizado, fanático y cruel.
Gracias a la intervención de Kubati y a la inmensa inmoralidad de Marlaska y de Sánchez, empeñados en denigrar a las víctimas, muchos presos no arrepentidos han sido acercados a cárceles del País Vasco y otros han logrado anticipar su salida de prisión.
A lo mejor al combativo cine español le interesa hacer una película de eso. Pero ojo, porque, cada uno a su manera, los de Kubati y lo de Sánchez son crímenes que no habrían de prescribir jamás.


1 de marzo de 2022

Política ficción

 


Artículo publicado originalmente en El Semanal Digital

Un empacho de cultura popular audiovisual nos lleva a la asignación de roles equivocados y referentes que sólo funcionan como guión ficcionado. El error es que demasiados periodistas se creen que la política es como El ala oeste de la Casa Blanca y muchos políticos se han convencido que lo suyo es House of cards. Lejos de la incontinencia verbal que tienen los personajes de Aaron Sorkin, tan permanentemente brillantes como irreales, y de la atracción que puede despertar el maquiavélico, inteligente y retorcido Frank Underwood, la política real, al menos en España, está lejos de ese glamour que puede llevar a la fascinación por los entresijos del poder y de la corrupción, de las intrigas familiares y mafiosas que Coppola elevó a la categoría de obra maestra en El Padrino, y de los discursos shakesperianos de Brando en su Julio César. Ojalá hubiera un Mankiewicz patrio, con talento para revestir de virtud una época tan grotesca como necia. A Pablo Iglesias le gustaba Juego de Tronos (le regaló la serie a Felipe VI, puede que en una amenaza velada) aunque fue él quien acabaría carbonizado por la Khaleesi madrileña.

Los entresijos de envidias, chantajes, lealtades, venganzas, egos y ambiciones en los partidos son algo que provoca perplejidad momentánea y vergüenza ajena permanente. Casi todo lo impregna la mediocridad. Y al que despunta le espera, tarde o temprano, el previsible martillazo. A dónde se ha creído usted que va.
Pero, puestos a reivindicar lo clásico, uno prefiere cuando se cruzaba el Rubicón dispuesto a jugárselo todo a una carta contra sus enemigos, y las puñaladas eran reales y definitivas, no había metáfora alguna cuando tus opositores y antes amigos te la clavaban por detrás.
La adhesión a uno u otro bando podía costarte la vida, no sólo temían por el sillón los pelotas de Twitter, raudos en declarar su apoyo incondicional e incomparable amor por el contendiente del que depende su sustento. Antes, al menos, la movida tenía su puntito, ya que los celos llenaban de cabezas los cestos, a la manera de Enrique VIII.

Y ya nada huele a podrido en Dinamarca porque la juventud no lee y no entiende, se la suda
Tío Vania y prefiere Netflix a Chéjov. Que no sin incompatibles, pero es necesaria una mínima base literaria además de la suscripción a la plataforma de contenidos. Al menos para interpretar el mundo que nos rodea e identificar sus carencias, a través de lo que tienes en la mochila y en la memoria. Los políticos, por lo general, también leen poco, o leen mal, y no existe hoy una élite digna de protagonizar crónica social radiografiada por la pluma de un Tom Wolfe, verbigracia.
El hastiado ciudadano comprueba con pavor que el esperpento sociata y podemita no tiene el contrapunto en una oposición con altura de miras.
La zafiedad y la bajeza, la estulticia con corbata, las declaraciones con aplomo frívolo y desvergonzado, carentes de ritmo y gracia, y uno piensa, en melancólica retrospectiva, en lo que podía haber sido España con una clase política eficaz e ilustrada, o al menos digna, en un país llevado una y otra vez a despeñarse por el desfiladero de la historia, en nuestras propias carencias y las ganas de reventar al prójimo (cuatro guerras civiles entre el XIX y el XX) y que minan los cimientos donde se sustenta lo mejor de nosotros mismos, a veces tan acertados, tan luminosos, tan ejemplares cuando peleamos nuestras propias batallas (literarias, científicas, deportivas, transformadoras) en solitario u organizados, y lastrados por cantamañanas sin escrúpulos, saqueadores, rufianes, vendepatrias y mezquinos, hasta llegar al sindiós que ahora contemplamos, un mal entremés del Siglo de Oro pasado por el filtro sensacionalista de un programa de telebasura.