17 de marzo de 2023

ETA nunca exisitó




Artículo publicado originalmente en La Nueva España

Fue inolvidable para todo el que lo viera: ceño fruncido, solemnidad de las grandes ocasiones, manitas en triángulo que algún asesor de comunicación le dijo que tenía que poner así, ojos centelleantes que albergan mucha tormenta psicológica, discurso retenido. Y lo suelta: “Hijo, hijas e hijes”. Irene Montero, la ministra zodiacal, dejando la lengua española por los suelos, apaleada en la sede de la soberanía nacional. Y le dio exactamente igual. De hecho se defendió, enojada, ante los murmullos incesantes. 

Considera la líder de Igualdad que el idioma y su sintaxis son algo que se puede destrozar a capricho de los delirios ideológicos del momento. Una lengua permeable y desechable, un juguete político que sirva para señalar: “Usted no usa el lenguaje inclusivo porque es fascista”. Algo así llegará.
Montero no sólo machaca con el martillo pilón del absurdo y ridículo desdoblamiento de género, que únicamente utilizan de manera impostada los políticos demagogos y algún comunicador cantamañanas, es que además directamente se inventa palabras porque considera que su causa, la que sea, está por encima del idioma español, que tiene que ser supeditado al dogma.
Un idioma que pueda entrar en un programa electoral. No existen más reglas ortográficas que las de la tribu, la posmodernidad galopante se nutre de todo un conglomerado de sectarios descerebrados y analfabetos funcionales, orgullosos de una ignorancia que esclaviza. 

Edu Galán, un autor y supuesto cómico, llamó gañanes en Twitter a los que usan la frase “Que te vote Txapote” como forma de protesta, y los acusó de faltar al respeto. “ETA ya no existe”, añadió. Tiene razón en que la banda y su entorno son inexistentes para los que blanquean la gestión de Pedro Sánchez y su amancebamiento con los legatarios de ETA, y así vender a la opinión pública que se trata de pactos tolerables, naturales.
Para los Galán que en el panorama hay, la falta de respeto es decir “Que te vote Txapote” (más una posibilidad que un lema) y no que los presupuestos dependan del partido de Otegi o la excarcelación de asesinos múltiples, que luego son recibidos como héroes de la patria en los Ongi Etorri, ante la pasividad de Fiscalía y Ministerio de Interior. 

Con Bildu como andamiaje del autodenominado gobierno más progresista de la historia no interesa un ejercicio real de memoria reciente, pues la depuración analítica de la historia del terrorismo señalaría a fanáticos criminales que se dejaron llevar por delirios reaccionarios, teorías etnonacionalistas que van desde lo genético, la xenofobia y los desmadres tribales. Un nacionalismo jesuítico que engendró catetos y racistas con pistola, y que han conseguido domar sus instintos homicidas a cambio de ganancias políticas y peso en la toma de decisiones.
ETA
era una ideología armada. Han callado las armas, pero permanece la ideología. Eso es lo que conviene explicar y que los izquierdistas del todo a cien logren entender.

Para ellos, les viene mejor olvidar lo que fueron, obviar lo que son. Que pasemos página y dejemos correr los más de 300 asesinatos sin resolver, para no destacar que existe nula colaboración con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad porque quienes podrían hacerlo están legitimados en las instituciones.
“¡Que te vote Txapote!”, es un grito de indignación, la rabia canalizada de cualquier ciudadano, algo que endosar a la cara de Sánchez o de sus secuaces, una exclamación que tiene carácter simbólico de esputo. 

Con una falsa progresía que ha adoptado las consignas del populismo identitario, es normal traten de cerrar filas contra cualquier movimiento ciudadano contestatario. Buscan el pragmatismo y asegurar las lentejas, pues contra la ultraderecha viven mejor. Si la nueva izquierda se dedica a limpiar los zapatos a la nueva versión de Batasuna, para tal menester no hace falta ir de modernos, de feministas o de graciosos.
La izquierda histérica y acientífica que representa Montero y su cuadrilla, y que acepta como compañeros de viaje a golpistas de ensoñaciones esteladas, es una izquierda tan alejada de los valores del humanismo liberal que provoca tanto rechazo como vergüenza ajena.

ETA ya no existe, repiten de manera oficiosa, pero lo que de verdad desearían implantar es el relato de que ETA nunca existió. Un invento del tardofranquismo, algo que provocó, como mucho, dolor “de un lado y de otro”.
A este tipo de interesados equidistantes, los que nunca resaltan que la banda no ha entregado las armas y sigue la presión social y las ideas totalitarias en el País Vasco, donde la presencia de los abertzales es mayor que nunca, Fernando Savater los calificó como “peste porcina moral”. Viendo las trazas y el discurso de los que simpatizan con las desaconsejables compañías de Bildu, parece una definición de lo más acertada, en lo ético y lo estético.

20 de enero de 2023

Cobardía e impunidad

 



Artículo publicado originalmente en La Nueva España

En las pasadas fiestas navideñas, los tan antisistemas como oportunistas miembros de Podemos Asturias, con Sofía Castañón haciendo las veces de portavoz en el campo semántico del ridículo, enviaron por redes sociales un mensaje por tan entrañables fechas, en una llingua que le reclamaba forzar el aparato fónico, brindando todos ellos por el albor de una tierra edénica llamada república asturiana.

Los derrapes sentimentales sobre el terruño pueden ser inocuos o peligrosos, según el nivel de avería mental y los abismos de la emocionalidad más primaria. Imaginar feudos norteños que combaten al Borbón como combatieron al emperador Augusto, con el bable oficial obligatorio (disculpen la redundancia) y encabezado por el tropel podemita parece una simpática majadería, una deformación infantil de la mirada, que nadie con la testa amueblada puede tomar en serio, salvo por el nada despreciable detalle de que parasitan los presupuestos y están en la vida política y en los cenáculos del poder porque son esas ocurrencias las que les garantizan el parné.
Todo deja de ser broma cuando las algaradas ideológicas más rocambolescas se financian con el dinero de los demás, una vez que entran en el sistema, la trituradora que todo lo mezcla y confunde.

Las utopías identitarias de república e independencia siempre delimitan con otros separatismos xenófobos. Por eso Pablo Iglesias se sentía en el Congreso tan cómodo con Rufián, y el simpático charnego Gabriel no tiene reparos en mostrarse en carantoñas con Otegi, ese hombre de paz.
El hecho diferencial de cada trozo de greda no encuentra impedimento cuando lo que les une a todos es la hispanofobia y un etnonacionalismo tan particular como común en su inquina biliosa.

El separatismo golpista catalán es compañero de viaje en la coalición que formó Sánchez con retales de las peores especies parlamentarias de lo que ellos llaman estado español. Están los históricamente sediciosos de ERC, los proetarras de Bildu y su versión light: un Podemos populista de un semoviente encabezado por esas dos monstruosas cumbres de la indigencia intelectual que son Belarra y Montero (una izquierda que se dice de progreso y luego es secesionista y astróloga, amén de tan deplorablemente limitada) permitirá que Puigdemont, que huyó en un maletero y volverá como Wellington de Waterloo, consiga la reparación y la inmunidad, ya como ciudadano exento del rigor de la ley penal, pero no libre de lo que es: altivo, cobarde, mezquino.

Aunque en las filas moradas, abolir el delito de sedición no altera en Irene y sus amigas la cósmica armonía, y a Sánchez le vale en tanto siga aferrado al poder que ostenta regocijado en su atrevimiento y su desvergüenza, la impunidad de los golpistas catalanes es algo que produce rechazo en cualquier sensibilidad ciudadana aún no podrida.

Porque absuelve también a los perseguidores, a los que vigilan la osadía lingüística de los patios escolares, dispuestos a señalar, amargar el presente de los que se niegan a ser excluidos, los que buscan una heterodoxia que desafíe el rodillo: el turbio dominio del supremacismo que impone y avasalla con toda la fuerza que tienen las causas irracionales. Ofrece indulto velado a la violencia promovida por las instituciones catalanas, las turbas asaltando edificios, al acoso a los policías y guardias civiles.

Traiciona también a los catalanes que asumen el coste de enfrentarse a esa debacle moral, a la chifladura de los exaltados de los que hablaba Unamuno, los que enarbolan agravios inventados y perturban la convivencia, haciéndosela imposible a quienes se niegan simplemente a callar y agachar la cabeza, y a todos los españoles que ven de forma constante su integridad territorial atacada, la herida ancestral. Que observan a parte de la supuesta sociedad más avanzada de Europa convertida en una horda.

Pero, por encima de cualquier cosa, no podemos claudicar ante el relato gubernamental y sus indeseables socios; dejar que siempre ganen los malos, que todo se difumine en un relativismo como hacen en el País Vasco, donde ya parece que el asesinato de tantos inocentes fuera una cosa de culpas repartidas.
Puede que nos quede la pataleta, alzar la voz. No renunciar a escribir. No dejarles a estos payasos la exclusiva de la narración del tiempo que hemos vivido.


9 de diciembre de 2022

Manual de señalamiento



Artículo publicado originalmente en La Nueva España

Las acciones emprendidas estas semanas atrás para vilipendiar a Joaquín Sabina o a Pablo Motos tienen varios elementos en común. El cantautor tuvo la osada ocurrencia de admitir que una lúcida y provecta edad acompañada de oídos limpios y ojos despiertos le habían llevado a ser menos de izquierdas, aunque fuera por un tardío encuentro con el sentido común.
El presentador Motos quiso defenderse, situándose en el contexto adecuado, de un anuncio inspirado en personajes más o menos conocidos donde se hacía eco de su incipiente machismo y sus reprobables actitudes, un 'spot' gubernamental pagado con nuestro dinero (y también con el suyo) en esos disparates entre ideológicos y obsesivamente dogmáticos del inefable ministerio de Igualdad.

La maquinaria de la cancelación y la propaganda usa al célebre artista y al conocido televisivo como un aviso a navegantes: si se te ocurre responder, esto es lo que te va a pasar. Seas quien seas.
Intentan que nadie más ose alzar la cabeza, a riesgo de que se la corten y sea expuesta como escarmiento y con efecto disuasorio.

Porque ahora la cacería ya no es sólo desde las redes en anónimos perfiles que destilan a su vez cobardía y bilis tras un seudónimo y una foto de cualquier cosa, es -y aquí está la terrible novedad- desde los medios afines al Gobierno (o directamente sufragados por él) que a toque de corneta siguen todos a una la misma directriz. Nuevos objetivos sobre los que verter todas las excrecencias del oficio. Fuego a discreción.
Así, a uno y a otro se le sacaban a la palestra sus empresas, su antiguos vicios, sus deslices según la Policía de la Moral que acarrea la reprobación del neopuritanismo capillita. Justo después de sus afirmaciones y sus quejas. Lo que ya es casualidad.

Claro que también hay otros, entusiastas activistas, que inician esos linchamientos por su cuenta, por afán persecutorio, de señalamiento o de congraciarse con el poder demostrando su inquina con el particular díscolo. O por simple falta de escrúpulos: a su estulticia añaden el poco sentido del ridículo de mostrarla a la menor ocasión.
Es la sociedad civil la que debe avanzar, perdiendo el miedo, para aumentar esos pequeños núcleos de resistencia al nacionalpopulismo; un engranaje que ejerce de forma implacable su hegemonía social, cubierto de una radicalismo pegajoso, contumaz, que arrastra desde los de las parafilias ideológicas tribales más aberrantes hasta la izquierda iliberal.

Sánchez, incapaz de desoír su naturaleza de mentiroso compulsivo y epigenético, ya inmune a las hemerotecas que lo retratan como un cínico pertinaz, se entrega sin pudor a la caza no sólo del enemigo político, también del objetor. Mientras va ganando control sobre las instituciones del Estado, encastillado su poder.
Un poder que hasta ahora se ha demostrado incapaz de detenerse ante nada.

Algunos creemos que, de alguna manera, Pablo Motos se lo pudo haber buscado por esa actitud espúrea de jugar a la equidistancia con los nuevos censores del totalitarismo, esperando que nunca le tocara a él, riéndoles muchas veces las gracias, curándose en salud; pero como el que cría una serpiente y piensa que nunca le va a morder. O que el cuervo no le vaciará las cuencas. Igual que Sabina, que supo siempre arrimarse a quien más le interesaba en esa secta cerrada que es la autodenominada cultura española, y posaba feliz con el dedito encima del ojo cuando lo que tocaba era tocarse la ceja. Socialismo o te quedas sin comer.



De esa manera, laminando a cualquiera que disienta mínimamente de la línea marcada (aunque la marque alguien tan poco equilibrada como Irene Montero) cada vez más se van poniendo de perfil por pragmatismo o por cobardía, para no verse blanco de campañas de desprestigio orquestadas por los mercenarios del poder.

Lo más cómodo es sonreír, meterle caña al Gobierno cuando es del signo equivocado, poner el cazo, aceptar los premios endogámicos de la tribu de turno, buscarse la vida y afianzarla en las clínicas privadas y luego ir muy ufano a cualquier manifestación política donde se te pueda ver y fotografiar. En plan diva manchega. Tejiendo buenas relaciones y contactos entre la mafia del progrerío. Que es mejor ser inquisidor que usuario del cadalso. Y confiando en que nunca la tomen contigo.

9 de septiembre de 2022

Odiar desde la ignorancia

    



Artículo publicado originalmente en La Nueva España

Hadi Matar, el joven de Nueva Jersey de 24 años que apuñaló gravemente al escritor Salman Rushdie, reconoció no saber mucho de él más allá de que había “ofendido al Islam” y apenas haber leído un par de páginas de su libro 'Los Versos Satánicos', obra que le valió una condena a muerte de ayatolá Jomeini.
Ni siquiera era un odio razonado ni macerado en una lectura de un libro que lo dañara gravemente en sus retorcidas convicciones religiosas. A él le bastó con intuir que había hecho algo contra la sacralidad de sus creencias, y que el castigo ante eso era la muerte, como sabían los mandatarios de Irán, a cuyos lomos aún cabalgan nuestros más aguerridos expertos en contradicciones, cada vez con menos reparos en hacer patente su islamofilia.
Rushdie es un hombre que siempre ha tomado partido, la valentía como virtud y no como temeridad y el coraje como columna vertebral a la hora de defender algo: la razón frente al totalitarismo, la alegría de la vida frente a la barbarie, las luces contra el oscurantismo fundamentalista.
Lo intentaron con él como aquí mataron a José Luis López de Lacalle, a Ernest Llunch, a Fernando Buesa o a Francisco Tomás y Valiente (fíjese el lector que escojo todo víctimas de izquierdas): por no callar a pesar de la amenaza que pendía sobre su vida, por ser consecuente hasta el final de una manera de entender la libertad. Estos españoles citados, atacados también por jóvenes que no sabían lo que hacían y que desconocían prácticamente todo del motivo por el que eran empujados a asesinar, más allá de una difusa idea de patria y raza, de opresiones y agravios, previamente adoctrinados.

Ahora que se vislumbra el principio del fin del sanchismo, y que su bruxismo presidencial delata a una persona en tensión ante la pérdida del control y pronto del poder, recuerdo aquellas últimas votaciones generales, donde muchas mentes piadosas pero poco formadas, decían con firme convencimiento que votarían a Sánchez para frenar a la ultraderecha. Poner pie en pared ante aquella drástica situación que asolaría el país. La extrema derecha, sí, aquel espantajo que agitaban sin pudor los que antes permitieron, también con su voto, que entrara en la política la mayor calaña bolivariana que vieron los parlamentos europeos.
Como Hadi Matar, ese votante de entonces tampoco tenía mucha idea de por qué, pero Sánchez tenía que reinar sobre la alerta antifascista, y que todo lo que no fuera él o la podemia era el fascismo, la destrucción. Así, pulsiones más sensitivas que cerebrales, comprando eslóganes del miedo porque tampoco estaban capacitados para ahondar más allá.

Y algunos, los más impertérritos, aún mantienen la capacidad de justificación, unida a la falta de vergüenza, para excusar, por ejemplo, las cesiones y con ello la legitimación y el auge de los nacionalismos irracionales y violentos, incluido el obsceno compadreo con los terroristas a cambio de apoyo a sus medidas, entregando a las competencias de prisiones en manos del PNV a los matarifes y los asesinos de niños.
O los indultos concedidos a los sediciosos que trataron de imponer una Cataluña segregada, autoritaria y xenófoba. Esa Cataluña que ha desterrado el español de los colegios, convirtiendo la escuela catalana en un modelo monolingüe.

Sánchez ha impuesto un apisonadora cultural, mediática y cívica que ha destrozado lo más elemental de nuestro sistema de valores, con una visión predatoria de la política y una falta de escrúpulos a prueba de psicopatías. “Políticos reflejo de la sociedad”, se suele decir siempre, “escaparate de lo que somos”, y otros lugares comunes, pero lo cierto es que esos aventados de “vamos a votar a Sánchez para frenar al fascismo” nos llevaron hacia el apogeo de lo más brutal que hemos vivido en décadas, con la expansión de la perversa ideología de género, sus encubridoras de pederastas y secuestradoras y esa misandria que acaba con la presunción de inocencia del hombre por el hecho de ser hombre. Nos arrastraron al fundamentalismo climático y al negocio de los jetas de lo sostenible y lo “eco”.

Mientras las familias españolas no dejan de empobrecerse, vemos el desastre causado por esas buenas intenciones de lo que querían librarnos de la ultradercha, cuando su irresponsabilidad idiota debería mirar hacia dentro y darse cuenta que en su caso ya es imposible amueblar un vacío.

12 de agosto de 2022

Periodismo de ciénaga

 



Artículo publicado originalmente en La Nueva España

Hay ciertos acontecimientos, por pequeños que sean, que te hacen colocar en perspectiva determinadas realidades, forzándote a reflexionar sobre la naturaleza de algunas cosas que estaban ahí, pero nunca las había puesto negro sobre blanco, analizándolas con todo el énfasis necesario.
El pasado 18 de julio, El Club de los Viernes concedió a Isabel Díaz Ayuso el IV Premio Escuela de Salamanca, entregado a la mandataria de la Comunidad de Madrid por el arriba firmante.
A raíz del acto en la Real Casa de Correos, un combativo periódico digital de izquierdas usó el pintoresco subtitular: “El Club de los Viernes y la presidenta madrileña reivindican como liberal una escuela de pensamiento medieval que defiende el absolutismo y la intervención de los monarcas”.

Moviéndome al principio entre la hilaridad y la indignación, compartí con compañeros ese valioso hallazgo, fascinado por semejante manera de retorcer la naturaleza de un evento, hasta asemejarse la noticia más a una parodia de la que se podría, sin duda, hacer descoyuntada burla.
Ocurre cuando confluyen los factores necesarios. La maldad y la mala fe son aliadas habituales de la voluntariosa estupidez trufada de ignorancia. No se nos escapa que al escoger esas palabras y no otras, y esa asociación de ideas, el periodista (o lo que sea) que redactó trataba de forma poco sutil de envolver al premio, al Club y a la propia Díaz Ayuso en lo que él considera las neblinas tenebrosas del oscurantismo medieval. Y de sintonía y afinidad con los monarcas absolutos, que no es poca broma, la verdad. “El Estado soy yo”, y lo que te rondaré. Esos zumbados de los viernes, jugando a ser Luis XIV.

La Escuela de Salamanca, joya española del renacimiento europeo y del Siglo de Oro patrio, como precursora del liberalismo económico, que influyó en escuelas hoy totémicas como la de Austria y puso los pilares del pensamiento ilustrado, no necesita defenderse, obviamente, de juntaletras manipuladores y torpes, concienciados con teclado que se engalanan de activistas sociales a poco que te descuides.
Ellos tienen su nicho de lectores, y para ese caladero publican y perpetran esas noticias que son levemente inspiradas en hechos reales.

Lo más destacable en el submundo del periodismo de cochambre es la existencia de una llamativa parte de usuarios que, como una cámara de eco, sólo se relacionan con los medios en función de que éstos les devuelvan masticados sus pensamientos, alicaten sus prejuicios y reafirmen sus dogmas. Fáciles de complacer, son ciudadanos que necesitan una dosis diaria de propaganda en red.
Los titulares tienen que ser llamativos e impactantes, pues muchos de ellos, poco acostumbrados al hábito de la lectura, no suelen ir más allá de las primeras líneas, mientras juguetean con el móvil. Son sujetos con los que cuesta encontrar una forma de debatir de un modo razonablemente constructivo. Los medios populistas se aferran de manera tenaz a esa parte de usuarios para los que hilvanar dos o tres conceptos con sentido implica un descomunal esfuerzo; un gasto de energía que su intelecto no excesivamente vigoroso a duras penas se puede permitir.

Otro mal que aflige a los medios polarizados es la guerra sucia de todo vale, el amarillismo, el maldito 'clickbait', el sensacionalismo manufacturado de asuntos que importan un pimiento, la pornografía de los sentimientos y las molestas noticias emergentes o de relleno que cada vez cogen más peso: con las últimas andanzas de tal o cual pedorra de un programa bazofia de la televisión, la nueva pareja joven del vividor de turno, los asuntos “virales” de las redes, quién le trabaja los bajos a esa presentadora en decadencia, etc. Con una calidad más ínfima tanto en la titulación de noticias como en la redacción de las mismas, se sustituye el razonamiento de antaño por las vísceras actuales, y el buen periodismo permanece, claro que sí; pero en un reducto cada vez más limitado, visto desde fuera casi como un simpático esnobismo de fetichistas del papel y raras avis lectoras.

Un pensamiento libre es un proceso complejo y azaroso. Requiere determinación, voluntad y algo de disciplina. Salirse de algunos paradigmas culturales establecidos. También ir poniendo en duda cada certeza que has adquirido en el camino. Volver la vista atrás y comprobar que tus pensamientos ahora son otros, porque tú también eres otro. Forma parte del crecimiento personal de todo individuo, y si piensas lo mismo con 15 años que con 35, en realidad nunca has pensado nada, ni antes ni ahora, o nada que merezca la pena.

Hacer pasar por nostálgicos del absolutismo al Club de los Viernes, que añoran el Antiguo Régimen y otras maldades es lo de menos. Lo que conlleva es la degradación ética, moral e intelectual de la información convertida en guerra de guerrillas con tal de desgastar al rival político o ideológico. Y luego tener que escribir para desmentir obviedades, convencido de que el periodismo riguroso y de calidad sigue siendo uno de los últimos baluartes que hacen más libres a las personas.


8 de julio de 2022

El avión y el patinete

 


Artículo publicado originalmente en La Nueva España


El viaje de quinceañeras para hacerse
selfies en la meca del capitalismo, orgullosas de que el presidente les haya prestado el avión oficial propiedad del Ejército del Aire (un cacharro muy poco ecologista), para mantener alejadas a las piradas de género en los días clave de la cumbre de la OTAN es otra jugada maestra de don Pedro Sánchez, nuestro Maquiavelo sin lecturas.
Sabiendo que la pandi se iba a comportar como de hecho hizo, consiguió Sánchez un doble objetivo: que no participaran con sus berridos de hoz y martillo en las protestas organizadas por su amigo Enrique Santiago y el PCE, y que se dejaran ellas mismas en evidencia, presumiendo de fiesta de pijamas pagada con dinero público; pijas horteras por los lugares emblemáticos de la Costa Este, y así desgastar lo que queda de la honorabilidad de su socio de coalición. Sánchez es cada vez menos sutil en su perversidad.

Montero y su troupe forman parte de esa generación con vida intrínsecamente ligada a las redes sociales, que sienten que el garbeo no es disfrutable al completo si no lo comparten con sus seguidores (ellos dicen followers) porque ahora no es tan importante viajar como que sepan que viajas. El catetismo siglo XXI se ha transformado en paletos en red, donde las personas más superficiales muestras sus distintas facetas y fases de la felicidad, aunque por dentro anide una devastación emocional o vital.
Es el nuevo postureo de jóvenes prosaicos y frívolos, el juego de las apariencias con aires de divos, pensando que su vida ficticia expuesta es de interés real para alguien, dejando muchas veces atrás el sentido de la privacidad y el sentido del ridículo, usando las redes sociales y el artificial calor de seguidores de postín como una forma de suplir soledades o carencias, con el efímero reconocimiento y el leve subidón de autoestima.

La supuesta agenda diplomática para el viaje no se sustenta por ningún lado, ya que la reunión con feministas estadounidenses con cargos de tercera para apuntalar ideologías nocivas es ante todo perjudicial y no ofrece ningún
avance o ningún beneficio (no digamos ya inversión) para España, más allá de ahondar en la ideología de género y sus siniestras consecuencias (no sabemos si están planeando la ministra y sus secuaces un nuevo indulto a una secuestradora, métodos para esconder manadas de violadores que no puedan ser usadas políticamente o formas nuevas de voltear la presunción de inocencia).

Irene lucía en los primeros mítines podemitas pañuelo palestino al cuello y una camiseta con el lema del Che Guevara, ¡¡Hasta la Victoria!!, cuando en realidad tenía fantasías de sueño americano. Chalet con piscina, servicio para calentar el coche, recepción en la Casa Blanca, foto en Times Square.
Asaltar los cielos siempre es a costa del pueblo al que necesitas esquilmar para tú pegarte la gran vida. El modus operandi del comunismo es tan viejo y tan conocido que resulta sorprendente que generaciones nuevas de ingenuos bobalicones sigan cayendo una y otra vez en la misma trampa de comprar la moto a los apóstoles de la revolución.

El problema de la ministra puesta a dedo y de su séquito es que han llevado la hipocresía hasta el paroxismo. Lo malo no es ir a Nueva York o a Washington, lo mezquino no es visitar los centros de poder, lo criticable no son los selfies que toda adolescente (biológica o mentalmente) disfruta.
Seamos serios. Lo inaceptable es vender la matraca ecológica, el discurso hippie de transporte público o usted vaya en patinete, la monserga anticapitalista, lo de “me ofenden sus sueldos y sus áticos” y luego actuar como actúan. No verlo, o querer justificar el viaje Erasmus de la banda de la tarta ya entra en el terreno de los fundamentalismos políticos y de gente sin una pizca de capacidad crítica. Abducidos por la sinrazón.

Montero vive su sueño mientras pueda, ya que todas las fantasías ociosas tienen finales crueles. La “nueva” política, cuando no alcanza la cima del poder, es de vida corta, sobre todo después de haber causado tanto dolor, y ella presiente que se acerca el final, y que su ministerio derrochador y delincuencial será clausurado, por el bien común, al final del sanchismo.
Así que aprovecha la criatura para viajar con todo pago, avión privado y chófer, mientras tenga la posibilidad, ya que muchos españoles no pueden irse de vacaciones y la inflación golpea fuerte. Ella se lo permite, con impune desfachatez, porque son “el gobierno de la gente”, evidenciando así, una vez más, que de todos los votantes ingenuos que hay, los de Podemos son probablemente los votantes más tontos que ha dado esa pintoresca aberración que es el populismo.

1 de julio de 2022

La coz y el martillo


 

Artículo publicado originalmente en El Semanal Digital.

Se estuvieron manifestando estos días en Madrid distintas facciones anti-OTAN, convocadas por IU, el PCE y (más disimuladamente) Podemos. Aunque no sea necesario repetirlo, conviene recordar que gran porcentaje de esos organizadores y algunos de los manifestantes forman parte de la piara gubernamental.
En una disonancia enfermiza, teníamos pues a medio Gobierno promocionando la cumbre y sus bondades y al otro medio justo lo contrario, berreando consignas en la calle, envueltos en banderas rojas, tricolores, arcoíris y lo que tocase. Que las banderas sólo son un trapo, pero sólo algunas.
Como me pillaba cerca de donde vivo, me acerqué con curiosidad más antropológica que periodística. El despliegue de símbolos y enseñas en desuso daban un aspecto anacrónico a la estampa, como de 'Doctor Zhivago', o esa otra de Bertolucci con De Niro y Depardieu, con aquel tramo final tan insoportable.

Una de las cosas que había que evitar preservar para ser un manifestante en esos días de cumbre era el sentido del ridículo. Había bastante gente ya talludita, lo que niega eso de que las canas acaban enderezando los desvíos de la juventud, pues muchos mantienen de adultos una serie de siniestras perversiones dogmáticas.
A tenor de lo que vi, se puede decir que el comunismo es un fracaso ético pero también estético. Además de intelectual, claro. Es un calamitoso error ir de modernos y de progres mientras vociferas para tumbar el sistema capitalista, implantar reformas necesarias en la realidad social que son un plagio del pensamiento de Friedrich Engels, que no está precisamente de actualidad.

El comunismo, culturalmente, sigue teniendo esa romántica connotación relacionada con la justicia proletaria, la bondad en completa armonía con el prójimo y la búsqueda de la felicidad humana y por lo tanto, la superioridad moral del bolchevique por encima del vacuo liberal y el resto de lo que para ellos es ultraderecha.
Toda esa ilusión y ese imaginario colectivo tan espurio es la sustancia que mantiene engrasada la maquinaria del totalitarismo, pues esos cambios siempre están diseñados no para los demás, sino contra los demás.
Si ser comunista (o alguna cosa parecida) es casi una prerrogativa del adolescente, tan impetuoso como descolocado y lleno de certezas que son incertidumbres, serlo de adulto te lleva directamente a los terrenos de la banalización del mal, donde la estupidez se ve gravemente exacerbada por la ideología.

Y para ejemplos, ahí tenemos las dramáticas carencias educativas de Alberto Garzón, el sectarismo fanático de Irene Montero, los siniestros contactos delincuenciales del no menos siniestro Enrique Santiago, la simpleza biliosa de Echenique, la vacuidad insustancial e insufrible de Yolanda Díaz, o el enriquecimiento desacomplejado del discursivo Iglesias, que tanto recuerda al cerdo Napoleón de 'Rebelión en la Granja', pues tenía el gorrino creado por Orwell capacidad para la oratoria y para incitar a la revolución a los animales proletarios, mientras se iba quedando con todo en pos del bien de los camaradas, a los que esquilmaba sin pudor.
A las sociedades hay que imponerles su particular visión del mundo, y cuando escribo imponer me refiero a hacerlo de las formas que sean necesarias, incluyendo los asesinatos en masa y la purga del disidente.

No sé si en los programas educativos actuales se enseña, si es que se enseña algo, los delirios criminales de Lenin, los métodos de la KGB, las pulsiones genocidas de Stalin, el exterminio cultural maoísta, las ametralladoras apostadas en el muro berlinés y los países subyugados bajo la bota del Pacto de Varsovia. Que todas esas ensoñaciones de utopías revolucionarias acabaron en el sótano de la Lubianka con un tiro en la nuca, en las checas de Madrid, fusiladas contra un árbol de la sierra cubana o aplastadas en la plaza de Tiananmén. El ideal de la fe en el hombre nuevo se enfrentó a la cruda realidad de los tanques en Praga y en Budapest, de la misma manera que el ultranacionalismo ruso, ese que tantas simpatías genera entre nuestro putinejos de las manifestaciones, masacra al pueblo ucraniano.

Y si las críticas a la Alianza Atlántica pueden ser legítimas y hay que señalar sus errores o excesos, desde debates razonados y posturas razonables, no es posible hacer algo así con los de las insignias soviéticas que pululaban por las calles de Madrid, dada su incapacidad de aceptar la complejidad de las cosas.
Sin reparar en la dimensión histórica de lo que las banderas rojas significan, con la hoz y el martillo enarbolado tanto como reivindicación como amenaza, el grupúsculo anti-OTAN se dispersa imaginando mundos mejores, allí donde ninguna organización atlántica de defensa pone trabas a las ilusiones imperialistas de los gerifaltes de acero.
El problema es que, después de las calles, algunos ilustres cameos que allí estaban van a cocear al Congreso.