9 de junio de 2023
La excepcionalidad asturiana
24 de mayo de 2023
Liberal yo, tú no
Aunque lo hiciera a gritos y de la forma chabacana que es habitual en un personaje tan bajuno, no ha pasado desapercibida la defensa inequívoca que Irene Montero enarboló de algunos de los pilares básicos de la democracia liberal: esfuerzo para dejar una herencia legítima, acumulación de capital, libertad individual (“la casa que me dio la gana”) y propiedad privada.
Es verdad que para sus seguidores, reducidos ya al más absoluto envilecimiento intelectual, Montero y sus “compas” de farsa recetan exactamente lo contrario. El comunismo como fortalecimiento de las élites del politburó siempre ha prosperado gracias a la miseria de los otros, a los que hace dependientes de un Estado que controla todos los ámbitos de su existencia, desde la economía hasta la sexualidad, y que ejerce una férrea censura sobre el discrepante y sobre las libertades.
Muchos creímos que ese trampantojo ideológico no pasaría de la retórica populista, pero la aprobación de las últimas leyes nos da una idea de que la diarrea legislativa es tan escatológica como real, y la Ley Trans es todo lo que no querría usted para sus hijos, de la misma manera que la Ley de Vivienda es todo lo que el marquesado de Galapagar no querría para su chalet.
Montero se torna airada si alguna señora pone en duda sus capacidades y méritos para tan repentino enriquecimiento y su boyante tren de vida, y en este caso la ministra tiene razón: nuestro enclenque sistema es tan generoso que permite que alguien como ella se haga rica en el ejercicio de la política, aunque su pareja tenga ciertas actividades ligeramente sospechosas, y ella misma pertenezca al Grupo de Puebla, reunión de todos los gánsgteres de izquierda de la Hispanoamérica bananera.
El Ministerio de Igualdad es un chiringuito reducido a una mafia choricera y delincuentoide, que nos ha regalado la asombrosa (y seguramente irrepetible) imagen de Ángela Rodríguez 'Pam' como Secretaria de Estado, Ione Belarra como ministra e Isa Serra como...como algo, pero adherida a los presupuestos. Sin duda, todas ellas, aunque conciben la política como una guía espiritual dirigida a menores de edad, defenderán que con el dinero de sus abultados emolumentos puedan comprarse lo que les da la gana, incluso irse de viaje de fiesta de pijama a Nueva York, México o Argentina con su dinero y con el nuestro.
Asesores, gabinetes, inmuebles, campañas de publicidad, palanganeros, viajes, mordidas...toda la maquinaria al servicio de que treinteañeras ociosas sin cultura y sin experiencia laboral puedan comprarse las propiedades que les salgan del higo, heredar y ahorrar lo suficiente para no preocuparse nunca más de los precios de la cesta de la compra y esas cositas prosaicas que agobian al infortunado ciudadano medio.
No conozco a muchos defensores ya de todo lo que representan Irene Montero y la ideología de género, y los que quedan son pobres diablos sectarios con menos luces que el traje de un cura, que se aferran a los restos de ese producto de laboratorio chavista porque no hay nada que dé más vértigo que la pérdida de una fe, las ilusiones traicionadas.
Y antes de que pasen las elecciones y el votante vuelva al aprisco, la extrema izquierda podemita y yolandista nos ha regalado también una escalofriante arenga en defensa de los miembros más viles del nacionalismo ultramontano vasco, con sus odios labriegos, sus creencias místicas sobre los pueblos y las razas en el sentido euskaldún, o sea, bárbaro, criminal y tonto; cuyos gudaris, cuando van en manada, se agreden como mandriles, prendidos aún de los mitos etnolingüísticos de origen germano.
Montero no sabe nada de la
violencia que persiste en el País Vasco y el odio al discrepante,
pese a que ya no resuenen las bombas ni el cobarde tiro en la nuca,
porque es una ignorante en todos los ámbitos, en todas las materias
y a todas horas, pero le han dicho que Bildu es de izquierdas y que
Mertxe Aizpurúa es algo así como la Cocoliso vascongada, y que es
bueno defender a los etarras en las listas, tanto cuando entran como
cuando salen.
Ella defiende lo que haga falta, criatura, mientras
nadie le toque la herencia de padre ni el buen sueldo que ha
conseguido su maromo.
14 de abril de 2023
La nada con tirabuzones
Artículo publicado originalmente en La Nueva España.
Hay
algo decididamente conmovedor en la pueril credulidad de la
mentalidad de los seguidores del populismo. Cada cierto tiempo, en
medio de espantosas refriegas cainitas, les cambian el candidato y
canjean las siglas, aunque el discurso sea literalmente el mismo,
pero con un toque más de almíbar en contraposición a los rostros
siempre avinagrados y torvos de Belarra y Montero, ya amortizado el
clan de Galapagar.
Yolanda Díaz es, como el hombre que la designó
sucesora, una rendida admiradora de Hugo Chávez (“el más digno
libertador”, decía sobre el sátrapa venezolano, cuando sus
ambiciones leninistas sólo arribaban por las costas ferrolanas) y
ahora le ha dado un toque como de peronismo arcoíris, que siempre es
más siniestro, porque te vende ideologías criminales con una
perpetua sonrisa. La miseria y la involución de los derechos, pero
con ternura.
El discurso es un celofán que envuelve la nada, hiperglucemia y propuestas adanistas que sólo pueden provocar sonrojo entre quienes no aspiran a vivir de ello. Porque los escuderos de Díaz en su puesta de largo eran una colección de agraviados por Iglesias, antiguos podemitas con cuentas que ajustar, vendiendo (otra vez) renovación y novedad a una audiencia más corta que la banqueta de ordeñar. No deja de ser interesante la forma en que reflexiona sobre el corazón, la humildad y los sentimientos hermosos, hablando para un público al que trata como si fueran niños inmunodeficientes.
Si Iglesias, en su momento de eclosión, funcionó como pastor de ovejas por su épica oratoria de política con cojones (sic), Díaz quiere que las nubes de algodón sean los suficientemente azucaradas para que esa densidad impida ver el bosque del paro y la vacuidad que se esconde detrás de tanto pensamiento Alicia.
Podemos se aprovechó en su momento del desconocimiento casi generalizado sobre esos activistas de facultad que venían de convertir la Universidad en letrinas ideológicas, y también de que el populismo siempre crece en terreno intelectualmente yermo (“Podemos me engañó”, dice todavía algún pobre diablo) así como de la fuerte presencia mediática de la que disfrutaron.
El mismo poder de agitprop que aupó
a los de Iglesias pone ahora todo su músculo catódico en blanquear
a la comunista pop, dándole bola y jabón porque los socialistas,
que son zorros viejos (y los mejores) en esto de la propagada,
necesitan eso que ahora llaman “el espacio a la izquierda del
PSOE”, para poder seguir gobernando el país con los enemigos del
mismo. Para que las clases medias en España sigan perdiendo ingresos
y dignidad, con Sánchez tiranizando cada institución y enfangándalo
todo con su lóbrega personalidad (Rosa Díez, en su nuevo libro,
habla de la triada oscura: narcisista, maquiavélico y psicópata, en
lo referente a la ausencia de empatía y remordimientos”)
'Sumar'
hace las cuenta a base de aunar odios, una vez le han llegado al ex
vicepresidente los idus de marzo, se unen a Yolanda, con gran sentido
de la oportunidad, los que en su día quisieron vivir de la chatarra
discursiva revolucionaria de los morados, asaltar el cielo de los
presupuestos públicos y en este momento, con el barco lleno de
socavones, brincan a la inaugural y acicalada nave gallega, sabiendo
que ahora la ley de protección animal también ampara al roedor que
huye de un buque a la deriva.
Además del apoyo de la madre de sus hijos, a la que colocó en el puesto (perdamos el miedo a decir lo evidente) a Iglesias sólo le queda el hombro de Monedero y de Echenique, que son compañías muy poco recomendables. Díaz ve al macho alfa un lastre para sus aspiraciones gatopardistas, donde todo tiene que cambiar para que todo siga igual. La ministra de Trabajo que se ha dedicado a trabajar para sí misma en su proceso de escucha, sabe que la marca está amortizada y con pérdida absoluta de credibilidad, sobre todo tras las desastrosas leyes perpetradas por ese demencial ministerio de Igualdad del que de forma sagaz supo desmarcarse, aunque encabeza un proyecto igualmente enfrentado con las libertades y compinche de las políticas excluyentes del nacionalismo.
Ignoro por qué intrincado proceso mental han llegado los incombustibles fans de la extrema izquierda a la fantástica conclusión de que esta vez sí es ella, la elegida, que ahí donde Iglesias falló y se volvió casta (no se podía saber) Yolanda será la digna representante del nacionalpopulismo y de todos los regionalismos que actúan como rémora, y por fin dará voz a “la gente” y “al pueblo”, hallando los de abajo a la postre su esperada vendetta contra los de arriba.
“Nuestro país tiene sed de cambio”, dijo en su presentación en sociedad. Y lo decía desde la Vicepresidencia del Gobierno. Hay que valer.
17 de marzo de 2023
ETA nunca exisitó
Artículo publicado originalmente en La Nueva España
Fue inolvidable para todo el que lo viera: ceño fruncido, solemnidad de las grandes ocasiones, manitas en triángulo que algún asesor de comunicación le dijo que tenía que poner así, ojos centelleantes que albergan mucha tormenta psicológica, discurso retenido. Y lo suelta: “Hijo, hijas e hijes”. Irene Montero, la ministra zodiacal, dejando la lengua española por los suelos, apaleada en la sede de la soberanía nacional. Y le dio exactamente igual. De hecho se defendió, enojada, ante los murmullos incesantes.
Considera la líder de Igualdad que el idioma y su sintaxis son algo que se puede destrozar a capricho de los delirios ideológicos del momento. Una lengua permeable y desechable, un juguete político que sirva para señalar: “Usted no usa el lenguaje inclusivo porque es fascista”. Algo así llegará.
Montero no sólo machaca con el martillo pilón del absurdo y ridículo desdoblamiento de género, que únicamente utilizan de manera impostada los políticos demagogos y algún comunicador cantamañanas, es que además directamente se inventa palabras porque considera que su causa, la que sea, está por encima del idioma español, que tiene que ser supeditado al dogma.
Un idioma que pueda entrar en un programa electoral. No existen más reglas ortográficas que las de la tribu, la posmodernidad galopante se nutre de todo un conglomerado de sectarios descerebrados y analfabetos funcionales, orgullosos de una ignorancia que esclaviza.
Edu Galán, un autor y supuesto cómico, llamó gañanes en Twitter a los que usan la frase “Que te vote Txapote” como forma de protesta, y los acusó de faltar al respeto. “ETA ya no existe”, añadió. Tiene razón en que la banda y su entorno son inexistentes para los que blanquean la gestión de Pedro Sánchez y su amancebamiento con los legatarios de ETA, y así vender a la opinión pública que se trata de pactos tolerables, naturales.
Para los Galán que en el panorama hay, la falta de respeto es decir “Que te vote Txapote” (más una posibilidad que un lema) y no que los presupuestos dependan del partido de Otegi o la excarcelación de asesinos múltiples, que luego son recibidos como héroes de la patria en los Ongi Etorri, ante la pasividad de Fiscalía y Ministerio de Interior.
Con Bildu como andamiaje del autodenominado gobierno más progresista de la historia no interesa un ejercicio real de memoria reciente, pues la depuración analítica de la historia del terrorismo señalaría a fanáticos criminales que se dejaron llevar por delirios reaccionarios, teorías etnonacionalistas que van desde lo genético, la xenofobia y los desmadres tribales. Un nacionalismo jesuítico que engendró catetos y racistas con pistola, y que han conseguido domar sus instintos homicidas a cambio de ganancias políticas y peso en la toma de decisiones.
ETA era una ideología armada. Han callado las armas, pero permanece la ideología. Eso es lo que conviene explicar y que los izquierdistas del todo a cien logren entender.
Para ellos, les viene mejor olvidar lo que fueron, obviar lo que son. Que pasemos página y dejemos correr los más de 300 asesinatos sin resolver, para no destacar que existe nula colaboración con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad porque quienes podrían hacerlo están legitimados en las instituciones.
“¡Que te vote Txapote!”, es un grito de indignación, la rabia canalizada de cualquier ciudadano, algo que endosar a la cara de Sánchez o de sus secuaces, una exclamación que tiene carácter simbólico de esputo.
Con una falsa progresía que ha adoptado las consignas del populismo identitario, es normal traten de cerrar filas contra cualquier movimiento ciudadano contestatario. Buscan el pragmatismo y asegurar las lentejas, pues contra la ultraderecha viven mejor. Si la nueva izquierda se dedica a limpiar los zapatos a la nueva versión de Batasuna, para tal menester no hace falta ir de modernos, de feministas o de graciosos.
La izquierda histérica y acientífica que representa Montero y su cuadrilla, y que acepta como compañeros de viaje a golpistas de ensoñaciones esteladas, es una izquierda tan alejada de los valores del humanismo liberal que provoca tanto rechazo como vergüenza ajena.
ETA ya no existe, repiten de manera oficiosa, pero lo que de verdad desearían implantar es el relato de que ETA nunca existió. Un invento del tardofranquismo, algo que provocó, como mucho, dolor “de un lado y de otro”.
A este tipo de interesados equidistantes, los que nunca resaltan que la banda no ha entregado las armas y sigue la presión social y las ideas totalitarias en el País Vasco, donde la presencia de los abertzales es mayor que nunca, Fernando Savater los calificó como “peste porcina moral”. Viendo las trazas y el discurso de los que simpatizan con las desaconsejables compañías de Bildu, parece una definición de lo más acertada, en lo ético y lo estético.
20 de enero de 2023
Cobardía e impunidad
En las pasadas fiestas navideñas, los tan antisistemas como oportunistas miembros de Podemos Asturias, con Sofía Castañón haciendo las veces de portavoz en el campo semántico del ridículo, enviaron por redes sociales un mensaje por tan entrañables fechas, en una llingua que le reclamaba forzar el aparato fónico, brindando todos ellos por el albor de una tierra edénica llamada república asturiana.
Los derrapes
sentimentales sobre el terruño pueden ser inocuos o peligrosos,
según el nivel de avería mental y los abismos de la emocionalidad
más primaria. Imaginar feudos norteños que combaten al Borbón como
combatieron al emperador Augusto, con el bable oficial obligatorio
(disculpen la redundancia) y encabezado por el tropel podemita parece
una simpática majadería, una deformación infantil de la mirada,
que nadie con la testa amueblada puede tomar en serio, salvo por el
nada despreciable detalle de que parasitan los presupuestos y están
en la vida política y en los cenáculos del poder porque son esas
ocurrencias las que les garantizan el parné.
Todo deja de ser
broma cuando las algaradas ideológicas más rocambolescas se
financian con el dinero de los demás, una vez que entran en el
sistema, la trituradora que todo lo mezcla y confunde.
Las
utopías identitarias de república e independencia siempre delimitan
con otros separatismos xenófobos. Por eso Pablo Iglesias se sentía
en el Congreso tan cómodo con Rufián, y el simpático charnego
Gabriel no tiene reparos en mostrarse en carantoñas con Otegi, ese
hombre de paz.
El hecho diferencial de cada trozo de greda no
encuentra impedimento cuando lo que les une a todos es la
hispanofobia y un etnonacionalismo tan particular como común en su
inquina biliosa.
El separatismo golpista catalán es compañero
de viaje en la coalición que formó Sánchez con retales de las
peores especies parlamentarias de lo que ellos llaman estado español.
Están los históricamente sediciosos de ERC, los proetarras de Bildu
y su versión light: un Podemos populista de un semoviente
encabezado por esas dos monstruosas cumbres de la indigencia
intelectual que son Belarra y Montero (una izquierda que se dice de
progreso y luego es secesionista y astróloga, amén de tan
deplorablemente limitada) permitirá que Puigdemont, que huyó en un
maletero y volverá como Wellington de Waterloo, consiga la
reparación y la inmunidad, ya como ciudadano exento del rigor de la
ley penal, pero no libre de lo que es: altivo, cobarde,
mezquino.
Aunque en las filas moradas, abolir el delito de
sedición no altera en Irene y sus amigas la cósmica armonía, y a
Sánchez le vale en tanto siga aferrado al poder que ostenta
regocijado en su atrevimiento y su desvergüenza, la impunidad de los
golpistas catalanes es algo que produce rechazo en cualquier
sensibilidad ciudadana aún no podrida.
Porque absuelve también a
los perseguidores, a los que vigilan la osadía lingüística de los
patios escolares, dispuestos a señalar, amargar el presente de los
que se niegan a ser excluidos, los que buscan una heterodoxia que
desafíe el rodillo: el turbio dominio del supremacismo que impone y
avasalla con toda la fuerza que tienen las causas irracionales.
Ofrece indulto velado a la violencia promovida por las instituciones
catalanas, las turbas asaltando edificios, al acoso a los policías y
guardias civiles.
Traiciona también a los catalanes que
asumen el coste de enfrentarse a esa debacle moral, a la chifladura
de los exaltados de los que hablaba Unamuno, los que enarbolan
agravios inventados y perturban la convivencia, haciéndosela
imposible a quienes se niegan simplemente a callar y agachar la
cabeza, y a todos los españoles que ven de forma constante su
integridad territorial atacada, la herida ancestral. Que observan a
parte de la supuesta sociedad más avanzada de Europa convertida en
una horda.
Pero, por encima de cualquier cosa, no podemos
claudicar ante el relato gubernamental y sus indeseables socios;
dejar que siempre ganen los malos, que todo se difumine en un
relativismo como hacen en el País Vasco, donde ya parece que el
asesinato de tantos inocentes fuera una cosa de culpas repartidas.
Puede que nos quede la pataleta, alzar la voz. No renunciar a
escribir. No dejarles a estos payasos la exclusiva de la narración
del tiempo que hemos vivido.
9 de diciembre de 2022
Manual de señalamiento
Artículo publicado originalmente en La Nueva España
Las acciones emprendidas
estas semanas atrás para vilipendiar a Joaquín Sabina o a Pablo
Motos tienen varios elementos en común. El cantautor tuvo la osada
ocurrencia de admitir que una lúcida y provecta edad acompañada de
oídos limpios y ojos despiertos le habían llevado a ser menos de
izquierdas, aunque fuera por un tardío encuentro con el sentido
común.
El presentador Motos quiso defenderse, situándose en el
contexto adecuado, de un anuncio inspirado en personajes más o menos
conocidos donde se hacía eco de su incipiente machismo y sus
reprobables actitudes, un 'spot' gubernamental pagado con nuestro
dinero (y también con el suyo) en esos disparates entre ideológicos
y obsesivamente dogmáticos del inefable ministerio de Igualdad.
La
maquinaria de la cancelación y la propaganda usa al célebre artista
y al conocido televisivo como un aviso a navegantes: si se te ocurre
responder, esto es lo que te va a pasar. Seas quien seas.
Intentan
que nadie más ose alzar la cabeza, a riesgo de que se la corten y
sea expuesta como escarmiento y con efecto disuasorio.
Porque
ahora la cacería ya no es sólo desde las redes en anónimos
perfiles que destilan a su vez cobardía y bilis tras un seudónimo y una foto de cualquier cosa, es -y aquí está la terrible novedad-
desde los medios afines al Gobierno (o directamente sufragados por
él) que a toque de corneta siguen todos a una la misma directriz.
Nuevos objetivos sobre los que verter todas las excrecencias del
oficio. Fuego a discreción.
Así, a uno y a otro se le
sacaban a la palestra sus empresas, su antiguos vicios, sus deslices
según la Policía de la Moral que acarrea la reprobación del
neopuritanismo capillita. Justo después de sus afirmaciones y sus
quejas. Lo que ya es casualidad.
Claro que también hay
otros, entusiastas activistas, que inician esos linchamientos por su
cuenta, por afán persecutorio, de señalamiento o de congraciarse
con el poder demostrando su inquina con el particular díscolo. O por
simple falta de escrúpulos: a su estulticia añaden el poco sentido
del ridículo de mostrarla a la menor ocasión.
Es la sociedad civil la
que debe avanzar, perdiendo el miedo, para aumentar esos pequeños
núcleos de resistencia al nacionalpopulismo; un engranaje que
ejerce de forma implacable su hegemonía social, cubierto de una
radicalismo pegajoso, contumaz, que arrastra desde los de las
parafilias ideológicas tribales más aberrantes hasta la izquierda
iliberal.
Sánchez, incapaz de desoír su naturaleza de mentiroso
compulsivo y epigenético, ya inmune a las hemerotecas que lo
retratan como un cínico pertinaz, se entrega sin pudor a la caza no
sólo del enemigo político, también del objetor. Mientras va
ganando control sobre las instituciones del Estado, encastillado su
poder.
Un poder que hasta ahora se ha demostrado incapaz de detenerse
ante nada.
Algunos creemos que, de alguna manera, Pablo Motos
se lo pudo haber buscado por esa actitud espúrea de jugar a la
equidistancia con los nuevos censores del totalitarismo, esperando
que nunca le tocara a él, riéndoles muchas veces las gracias,
curándose en salud; pero como el que cría una serpiente y piensa
que nunca le va a morder. O que el cuervo no le vaciará las cuencas.
Igual que Sabina, que supo siempre arrimarse a quien más le
interesaba en esa secta cerrada que es la autodenominada cultura
española, y posaba feliz con el dedito encima del ojo cuando lo que
tocaba era tocarse la ceja. Socialismo o te quedas sin comer.
De
esa manera, laminando a cualquiera que disienta mínimamente de la
línea marcada (aunque la marque alguien tan poco equilibrada como
Irene Montero) cada vez más se van poniendo de perfil por
pragmatismo o por cobardía, para no verse blanco de campañas de
desprestigio orquestadas por los mercenarios del poder.
Lo más
cómodo es sonreír, meterle caña al Gobierno cuando es del signo
equivocado, poner el cazo, aceptar los premios endogámicos de la
tribu de turno, buscarse la vida y afianzarla en las clínicas
privadas y luego ir muy ufano a cualquier manifestación política
donde se te pueda ver y fotografiar. En plan diva manchega. Tejiendo
buenas relaciones y contactos entre la mafia del progrerío. Que es
mejor ser inquisidor que usuario del cadalso. Y confiando en que
nunca la tomen contigo.
9 de septiembre de 2022
Odiar desde la ignorancia
Artículo publicado originalmente en La Nueva España
Hadi Matar, el joven de
Nueva Jersey de 24 años que apuñaló gravemente al escritor Salman
Rushdie, reconoció no saber mucho de él más allá de que había
“ofendido al Islam” y apenas haber leído un par de páginas de
su libro 'Los Versos Satánicos', obra que le valió una condena a
muerte de ayatolá Jomeini.
Ni siquiera era un odio razonado ni
macerado en una lectura de un libro que lo dañara gravemente en sus
retorcidas convicciones religiosas. A él le bastó con intuir que
había hecho algo contra la sacralidad de sus creencias, y que el
castigo ante eso era la muerte, como sabían los mandatarios de Irán,
a cuyos lomos aún cabalgan nuestros más aguerridos expertos en
contradicciones, cada vez con menos reparos en hacer patente su
islamofilia.
Rushdie es un hombre que siempre ha tomado partido,
la valentía como virtud y no como temeridad y el coraje como columna
vertebral a la hora de defender algo: la razón frente al
totalitarismo, la alegría de la vida frente a la barbarie, las luces
contra el oscurantismo fundamentalista.
Lo intentaron con él como
aquí mataron a José Luis López de Lacalle, a Ernest Llunch, a
Fernando Buesa o a Francisco Tomás y Valiente (fíjese el lector que
escojo todo víctimas de izquierdas): por no callar a pesar de la
amenaza que pendía sobre su vida, por ser consecuente hasta el final
de una manera de entender la libertad. Estos españoles citados,
atacados también por jóvenes que no sabían lo que hacían y que
desconocían prácticamente todo del motivo por el que eran empujados
a asesinar, más allá de una difusa idea de patria y raza, de
opresiones y agravios, previamente adoctrinados.
Ahora que se vislumbra
el principio del fin del sanchismo, y que su bruxismo presidencial
delata a una persona en tensión ante la pérdida del control y
pronto del poder, recuerdo aquellas últimas votaciones generales,
donde muchas mentes piadosas pero poco formadas, decían con firme
convencimiento que votarían a Sánchez para frenar a la
ultraderecha. Poner pie en pared ante aquella drástica situación
que asolaría el país. La extrema derecha, sí, aquel espantajo que
agitaban sin pudor los que antes permitieron, también con su voto,
que entrara en la política la mayor calaña bolivariana que vieron
los parlamentos europeos.
Como Hadi Matar, ese
votante de entonces tampoco tenía mucha idea de por qué, pero
Sánchez tenía que reinar sobre la alerta antifascista, y que todo
lo que no fuera él o la podemia era el fascismo, la destrucción.
Así, pulsiones más sensitivas que cerebrales, comprando eslóganes
del miedo porque tampoco estaban capacitados para ahondar más allá.
Y algunos, los más
impertérritos, aún mantienen la capacidad de justificación, unida
a la falta de vergüenza, para excusar, por ejemplo, las cesiones y
con ello la legitimación y el auge de los nacionalismos irracionales
y violentos, incluido el obsceno compadreo con los terroristas a
cambio de apoyo a sus medidas, entregando a las competencias de
prisiones en manos del PNV a los matarifes y los asesinos de niños.
O los indultos concedidos a los sediciosos que trataron de
imponer una Cataluña segregada, autoritaria y xenófoba. Esa
Cataluña que ha desterrado el español de los colegios, convirtiendo
la escuela catalana en un modelo monolingüe.
Sánchez ha
impuesto un apisonadora cultural, mediática y cívica que ha
destrozado lo más elemental de nuestro sistema de valores, con una
visión predatoria de la política y una falta de escrúpulos a
prueba de psicopatías. “Políticos reflejo de la sociedad”, se
suele decir siempre, “escaparate de lo que somos”, y otros
lugares comunes, pero lo cierto es que esos aventados de “vamos a
votar a Sánchez para frenar al fascismo” nos llevaron hacia el
apogeo de lo más brutal que hemos vivido en décadas, con la
expansión de la perversa ideología de género, sus encubridoras de
pederastas y secuestradoras y esa misandria que acaba con la
presunción de inocencia del hombre por el hecho de ser hombre. Nos
arrastraron al fundamentalismo climático y al negocio de los jetas
de lo sostenible y lo “eco”.
Mientras las familias españolas no dejan de empobrecerse, vemos el desastre causado por esas buenas intenciones de lo que querían librarnos de la ultradercha, cuando su irresponsabilidad idiota debería mirar hacia dentro y darse cuenta que en su caso ya es imposible amueblar un vacío.




