9 de julio de 2023

Es mejor justificar



Artículo publicado originalmente en La Nueva España.

El espectáculo fascinante de Pedro Sánchez en su esprint televisivo de cara a lavar su vapuleada imagen es tan atrayente para los periodistas como para los sociólogos y los estudiosos de las ciencias de la conducta. A la certeza de que estamos ante un actor formidable, un fajador que sabe apoyarse en las cuerdas y salir contragolpeando, se le suma también el habilidoso táctico, un maestro de ese cinismo que es capaz de engatusar a señoras propicias y a palmeros habituales, pero también a ciudadanos crédulos.

Es Sánchez alguien que se crece bajo los focos, con la firme determinación de colar los más impresionantes embustes sin que se le note en el rictus, aunque a veces, levemente, los ojos le delaten. Porque su esencia vive detrás de sus ojos y le sale por los poros, es algo que se percibe apenas un instante: mucha gente no lo ve porque confunde la imagen pública con la real, y esa inmanencia con el mal tiene que ser captada en sus breves destellos, pero está ahí.

Sánchez se mueve en uno de esos periodos donde sustituyes la verdad sobre ti por la historia que explicas de ti. La verdad que sabemos sobre él y la narrativa que se está construyendo sobre él mismo y lo que ha pasado. Que es algo bien diferenciado. Porque en la narrativa, las mentiras son cambios de opinión, y la crónica de los infames cinco últimos años puede ser borrada si se niegan todas las evidencias con la seguridad y el aplomo de un timador de la estampita.

Yo puedo criticar los pactos con Bildu opinando que la izquierda abertzale es una colección de idiotas fruto del incesto, que justifican los crímenes perpetrados por gente de escaso cerebro e inmensa crueldad, y no pasa nada, más allá de algún nacionalista asturiano que se cabree, por eso de la hermandad con los patriotas de la ikurriña.
Pero que el todavía presidente del Gobierno embauque a tantos espectadores queriendo vender lo blanco negro debería tener alguna consecuencia, aunque sea en forma de bofetón electoral. Pero deslumbra su capacidad interpretativa y su entereza, la forma en que justifica de los pactos con los herederos de ETA, los indultos a los golpistas y la eliminación de los delitos de sedición y el perdón al latrocinio andaluz, tabula rasa tras su perfecto bronceado, y nos pone bastante más fácil justificar a Pedro.

Pablo Iglesias, por ejemplo, es mucho más diáfano, y pocas veces trata de ocultar su naturaleza retorcida. Como sus ambiciones de propagandista y de gurú de los medios las canaliza a través de PRISA y de Roures, vemos que en sus pulsiones violentas ha hecho un viaje desde emocionarse mientras pateaban en el suelo a un policía en España a hacerlo con los saqueos, el salvajismo y las propiedades incendiadas en Francia, otro de los fetiches de la izquierda hibristofílica, que busca siempre los factores socioeconómicos que empujan a la alegre muchachada al pillaje y la devastación de las ciudades, víctimas como son de un sistema que les oprime y les fuerza a rapiñar televisores y vehículos.
Recuerdo a un simpático y orondo europarlamentario de Podemos declarando consternado que si los yihadistas asesinaban por decenas en Europa eran porque no tenían otra salida.

En los suburbios capitulados de Francia vemos a hordas actuando en grupos, organizados y con determinadas conductas que apelan a algún vestigio tribal. Ante el sombrío panorama de Occidente, la izquierda de la pasión por el delincuente siempre encuentra la manera de ser permisiva con los chavales de la gasolina o con los chavales de Alsasua, lo mismo da, porque la cabra tira al monte y el comunismo nació del crimen.

Si bien podemos hablar de causas multifactoriales donde entran en juego la marginalidad, las dramáticas carencias educativas, la religión o las crisis de identidad, resulta arduo complicado establecer un debate razonado y razonable cuando cualquier mínima crítica al modelo de inmigración masiva y transnacional acarrea el consiguiente epíteto de racista, ultradrechista y te asignan todas las insidiosas maldades del mundo. 

Es un debate trampeado, claro, porque juegan la carta del racismo para inutilizar al oponente. Nadie quiere verse como un xenófobo o como un fascista, y entonces cuando contemplan edificios ardiendo, la tendencia es callarse, por el qué dirán, y porque señalar el elefante en la habitación te hace sospechosos de las ideologías más devastadoras. 

Así que lo mejor es cerrar el hocico y que cada uno se saque las castañas del fuego, nunca mejor dicho. Cuando ardan barrios de España, pues que ardan. Justificamos a Pedro como justificamos a la turbamulta. Porque convencer a los demás de lo contrario es un fatigoso esfuerzo y al final, oye, pues que recojan lo sembrado y que se jodan.

9 de junio de 2023

La excepcionalidad asturiana



Artículo publicado originalmente en La Nueva España

Cada vez que se celebran elecciones, la parte más infame de la izquierda desnortada, esa que se licua con el nacionalismo ultramontano, tribal y reaccionario, saca pecho ante el repliegue de las fuerzas constitucionalistas en el País Vasco y se ufanan, orgullosos, de que esa tierra de raza y sangre proverbial y ancestrales costumbres vive incontaminada del españolismo corrupto, casposo, trabucoide, con tendencias al baile pecaminoso. 

Contentos de que gracias al paraíso criminal que impuso semejante piara ya no hace falta matar porque los que han podido se han exiliado (hasta los muertos se han ido, pues el cuerpo de Miguel Ángel Blanco no puede reposar en su tierra debido a los simpáticos socios de Sánchez) y así, alterando el censo, se llevan siempre los sufragios los hijos más obedientes de Sabino Arana y aquella lúgubre sociedad teocrática y feudal, compartiendo éxito electoral con algunos díscolos que cimbrean entre el nacionalismo y el socialismo (unan esas dos palabras y observen el resultado) que eligieron ser abertzales antes que jeltzales, cambiando al dios carlista por el dios del marxismo.

Asturias ha sido tristemente notoria por ser una de las pocas comunidades donde la liquidación del sanchismo no se hizo efectiva ni el castigo al sociópata se reflejó en forma de vuelco, y Adrián Barbón, el bablista de las entidades, está contento con ser uno de los últimos barones del PSOE que queda en pie, totémico, y hasta se ha permitido rescatar a esa eminencia política y ejemplo de historial laboral que es Adriana Lastra, que junto con Barbón, representan el más claro arquetipo de cómo gracias a la democracia algunos individuos utilizan la incompetencia ajena en beneficio propio.

El presidente del Principado, con sus arreones asturianistas, vive anclado en la mitomanía, con fantasías identitarias en cuyas raíces astures parece esconder la concepción del mundo de nuestros antepasados. 
Al socialismo de la FSA, para mantener los sillones, le queda pactar con Podemos, que ya es la nada absoluta en el resto del país, un populismo sectario en retirada, un mal recuerdo de cuando España se balanceó sobre el abismo, aquellos trileros burlándose de la parte de la sociedad de intelecto más raquítico. 

Porque la izquierda siempre fue otra cosa, claro, al menos la originaria decimonónica que quiso romper cadenas y asomarse a la modernidad. La izquierda española de 1812 defendía la libertad frente a la tiranía y el absolutismo. Las Cortes de Cádiz significaron reformismo, progreso, ilustración, racionalismo, cultura; valores que enarbolaba sin complejos frente a los conservadores, y que adoptó también el término de liberal. 

Ahora piensen en lo que hoy tenemos: la izquierda orgullosamente analfabeta, intrusiva, con leyes disparatadas de efectos tragicómicos y el control del pensamiento único; una izquierda de rodillo sustentada por ciertas minorías radicales y activistas fastidiosamente bobos; haciendo el caldo gordo a los secesionismos catalanes y vascongados, enemigos de la nación política, y a cualquier movimiento racista e iliberal disfrazado de progre. Aliados en Iberoamérica de todos los sátrapas que sólo han producido dictadura, terror y ruina económica. 

Ésa es, por desgracia, la excepcionalidad asturiana. Lo que prevalece. La tierra amarrada a una subvención, que enseña a sus nietos la puerta de salida, pues nada queda tras la ruina económica y demográfica: un geriátrico a cielo abierto, con la industria desmontada y el socialismo pardal que carcome su ser, con la charlatanería habitual queriendo forzar la inmersión del bable para que unos pocos vivan bien a costa de vender sentimentalismo hipócrita, emociones con factura al contribuyente, además de, a costa de reivindicar una entelequia, desdeñar el manantial lingüístico fascinante que es el español.

¿Y qué es el liberalismo ahora? Los doceañistas fueron una ventana que se abrió sobre otro mundo, un mundo que en algún momento fue posible, pero se malogró. De esa izquierda no quedan ni las raspas. Y el mundo, la España que pudo ser, se fue al garete entre felones, guerras civiles, nacionalcatolicismo y partitocracia. 

Nos queda, otra vez puestos frente al juicio de la Historia, el coraje para defender la libertad individual como un elemental resquicio de decencia, el rigor intelectual para sostener esa libertad con solidez incluso ante una audiencia hostil, y la esperanza de poder desafiar y vencer a los últimos tiranos.

24 de mayo de 2023

Liberal yo, tú no

 


Aunque lo hiciera a gritos y de la forma chabacana que es habitual en un personaje tan bajuno, no ha pasado desapercibida la defensa inequívoca que Irene Montero enarboló de algunos de los pilares básicos de la democracia liberal: esfuerzo para dejar una herencia legítima, acumulación de capital, libertad individual (“la casa que me dio la gana”) y propiedad privada.

Es verdad que para sus seguidores, reducidos ya al más absoluto envilecimiento intelectual, Montero y sus “compas” de farsa recetan exactamente lo contrario. El comunismo como fortalecimiento de las élites del politburó siempre ha prosperado gracias a la miseria de los otros, a los que hace dependientes de un Estado que controla todos los ámbitos de su existencia, desde la economía hasta la sexualidad, y que ejerce una férrea censura sobre el discrepante y sobre las libertades.

Muchos creímos que ese trampantojo ideológico no pasaría de la retórica populista, pero la aprobación de las últimas leyes nos da una idea de que la diarrea legislativa es tan escatológica como real, y la Ley Trans es todo lo que no querría usted para sus hijos, de la misma manera que la Ley de Vivienda es todo lo que el marquesado de Galapagar no querría para su chalet. 

Montero se torna airada si alguna señora pone en duda sus capacidades y méritos para tan repentino enriquecimiento y su boyante tren de vida, y en este caso la ministra tiene razón: nuestro enclenque sistema es tan generoso que permite que alguien como ella se haga rica en el ejercicio de la política, aunque su pareja tenga ciertas actividades ligeramente sospechosas, y ella misma pertenezca al Grupo de Puebla, reunión de todos los gánsgteres de izquierda de la Hispanoamérica bananera.

El Ministerio de Igualdad es un chiringuito reducido a una mafia choricera y delincuentoide, que nos ha regalado la asombrosa (y seguramente irrepetible) imagen de Ángela Rodríguez 'Pam' como Secretaria de Estado, Ione Belarra como ministra e Isa Serra como...como algo, pero adherida a los presupuestos. Sin duda, todas ellas, aunque conciben la política como una guía espiritual dirigida a menores de edad, defenderán que con el dinero de sus abultados emolumentos puedan comprarse lo que les da la gana, incluso irse de viaje de fiesta de pijama a Nueva York, México o Argentina con su dinero y con el nuestro.

Asesores, gabinetes, inmuebles, campañas de publicidad, palanganeros, viajes, mordidas...toda la maquinaria al servicio de que treinteañeras ociosas sin cultura y sin experiencia laboral puedan comprarse las propiedades que les salgan del higo, heredar y ahorrar lo suficiente para no preocuparse nunca más de los precios de la cesta de la compra y esas cositas prosaicas que agobian al infortunado ciudadano medio.

No conozco a muchos defensores ya de todo lo que representan Irene Montero y la ideología de género, y los que quedan son pobres diablos sectarios con menos luces que el traje de un cura, que se aferran a los restos de ese producto de laboratorio chavista porque no hay nada que dé más vértigo que la pérdida de una fe, las ilusiones traicionadas.

Y antes de que pasen las elecciones y el votante vuelva al aprisco, la extrema izquierda podemita y yolandista nos ha regalado también una escalofriante arenga en defensa de los miembros más viles del nacionalismo ultramontano vasco, con sus odios labriegos, sus creencias místicas sobre los pueblos y las razas en el sentido euskaldún, o sea, bárbaro, criminal y tonto; cuyos gudaris, cuando van en manada, se agreden como mandriles, prendidos aún de los mitos etnolingüísticos de origen germano.

Montero no sabe nada de la violencia que persiste en el País Vasco y el odio al discrepante, pese a que ya no resuenen las bombas ni el cobarde tiro en la nuca, porque es una ignorante en todos los ámbitos, en todas las materias y a todas horas, pero le han dicho que Bildu es de izquierdas y que Mertxe Aizpurúa es algo así como la Cocoliso vascongada, y que es bueno defender a los etarras en las listas, tanto cuando entran como cuando salen.
Ella defiende lo que haga falta, criatura, mientras nadie le toque la herencia de padre ni el buen sueldo que ha conseguido su maromo.

14 de abril de 2023

La nada con tirabuzones


 

Artículo publicado originalmente en La Nueva España.

Hay algo decididamente conmovedor en la pueril credulidad de la mentalidad de los seguidores del populismo. Cada cierto tiempo, en medio de espantosas refriegas cainitas, les cambian el candidato y canjean las siglas, aunque el discurso sea literalmente el mismo, pero con un toque más de almíbar en contraposición a los rostros siempre avinagrados y torvos de Belarra y Montero, ya amortizado el clan de Galapagar.

Yolanda Díaz
es, como el hombre que la designó sucesora, una rendida admiradora de Hugo Chávez (“el más digno libertador”, decía sobre el sátrapa venezolano, cuando sus ambiciones leninistas sólo arribaban por las costas ferrolanas) y ahora le ha dado un toque como de peronismo arcoíris, que siempre es más siniestro, porque te vende ideologías criminales con una perpetua sonrisa. La miseria y la involución de los derechos, pero con ternura.

El discurso es un celofán que envuelve la nada, hiperglucemia y propuestas adanistas que sólo pueden provocar sonrojo entre quienes no aspiran a vivir de ello. Porque los escuderos de Díaz en su puesta de largo eran una colección de agraviados por Iglesias, antiguos podemitas con cuentas que ajustar, vendiendo (otra vez) renovación y novedad a una audiencia más corta que la banqueta de ordeñar. No deja de ser interesante la forma en que reflexiona sobre el corazón, la humildad y los sentimientos hermosos, hablando para un público al que trata como si fueran niños inmunodeficientes.

Si Iglesias, en su momento de eclosión, funcionó como pastor de ovejas por su épica oratoria de política con cojones (sic), Díaz quiere que las nubes de algodón sean los suficientemente azucaradas para que esa densidad impida ver el bosque del paro y la vacuidad que se esconde detrás de tanto pensamiento Alicia.

Podemos se aprovechó en su momento del desconocimiento casi generalizado sobre esos activistas de facultad que venían de convertir la Universidad en letrinas ideológicas, y también de que el populismo siempre crece en terreno intelectualmente yermo (“Podemos me engañó”, dice todavía algún pobre diablo) así como de la fuerte presencia mediática de la que disfrutaron. 

El mismo poder de agitprop que aupó a los de Iglesias pone ahora todo su músculo catódico en blanquear a la comunista pop, dándole bola y jabón porque los socialistas, que son zorros viejos (y los mejores) en esto de la propagada, necesitan eso que ahora llaman “el espacio a la izquierda del PSOE”, para poder seguir gobernando el país con los enemigos del mismo. Para que las clases medias en España sigan perdiendo ingresos y dignidad, con Sánchez tiranizando cada institución y enfangándalo todo con su lóbrega personalidad (Rosa Díez, en su nuevo libro, habla de la triada oscura: narcisista, maquiavélico y psicópata, en lo referente a la ausencia de empatía y remordimientos”)

'Sumar' hace las cuenta a base de aunar odios, una vez le han llegado al ex vicepresidente los idus de marzo, se unen a Yolanda, con gran sentido de la oportunidad, los que en su día quisieron vivir de la chatarra discursiva revolucionaria de los morados, asaltar el cielo de los presupuestos públicos y en este momento, con el barco lleno de socavones, brincan a la inaugural y acicalada nave gallega, sabiendo que ahora la ley de protección animal también ampara al roedor que huye de un buque a la deriva.

Además del apoyo de la madre de sus hijos, a la que colocó en el puesto (perdamos el miedo a decir lo evidente) a Iglesias sólo le queda el hombro de Monedero y de Echenique, que son compañías muy poco recomendables. Díaz ve al macho alfa un lastre para sus aspiraciones gatopardistas, donde todo tiene que cambiar para que todo siga igual. La ministra de Trabajo que se ha dedicado a trabajar para sí misma en su proceso de escucha, sabe que la marca está amortizada y con pérdida absoluta de credibilidad, sobre todo tras las desastrosas leyes perpetradas por ese demencial ministerio de Igualdad del que de forma sagaz supo desmarcarse, aunque encabeza un proyecto igualmente enfrentado con las libertades y compinche de las políticas excluyentes del nacionalismo.

Ignoro por qué intrincado proceso mental han llegado los incombustibles fans de la extrema izquierda a la fantástica conclusión de que esta vez sí es ella, la elegida, que ahí donde Iglesias falló y se volvió casta (no se podía saber) Yolanda será la digna representante del nacionalpopulismo y de todos los regionalismos que actúan como rémora, y por fin dará voz a “la gente” y “al pueblo”, hallando los de abajo a la postre su esperada vendetta contra los de arriba.

“Nuestro país tiene sed de cambio”, dijo en su presentación en sociedad. Y lo decía desde la Vicepresidencia del Gobierno. Hay que valer.


17 de marzo de 2023

ETA nunca exisitó




Artículo publicado originalmente en La Nueva España

Fue inolvidable para todo el que lo viera: ceño fruncido, solemnidad de las grandes ocasiones, manitas en triángulo que algún asesor de comunicación le dijo que tenía que poner así, ojos centelleantes que albergan mucha tormenta psicológica, discurso retenido. Y lo suelta: “Hijo, hijas e hijes”. Irene Montero, la ministra zodiacal, dejando la lengua española por los suelos, apaleada en la sede de la soberanía nacional. Y le dio exactamente igual. De hecho se defendió, enojada, ante los murmullos incesantes. 

Considera la líder de Igualdad que el idioma y su sintaxis son algo que se puede destrozar a capricho de los delirios ideológicos del momento. Una lengua permeable y desechable, un juguete político que sirva para señalar: “Usted no usa el lenguaje inclusivo porque es fascista”. Algo así llegará.
Montero no sólo machaca con el martillo pilón del absurdo y ridículo desdoblamiento de género, que únicamente utilizan de manera impostada los políticos demagogos y algún comunicador cantamañanas, es que además directamente se inventa palabras porque considera que su causa, la que sea, está por encima del idioma español, que tiene que ser supeditado al dogma.
Un idioma que pueda entrar en un programa electoral. No existen más reglas ortográficas que las de la tribu, la posmodernidad galopante se nutre de todo un conglomerado de sectarios descerebrados y analfabetos funcionales, orgullosos de una ignorancia que esclaviza. 

Edu Galán, un autor y supuesto cómico, llamó gañanes en Twitter a los que usan la frase “Que te vote Txapote” como forma de protesta, y los acusó de faltar al respeto. “ETA ya no existe”, añadió. Tiene razón en que la banda y su entorno son inexistentes para los que blanquean la gestión de Pedro Sánchez y su amancebamiento con los legatarios de ETA, y así vender a la opinión pública que se trata de pactos tolerables, naturales.
Para los Galán que en el panorama hay, la falta de respeto es decir “Que te vote Txapote” (más una posibilidad que un lema) y no que los presupuestos dependan del partido de Otegi o la excarcelación de asesinos múltiples, que luego son recibidos como héroes de la patria en los Ongi Etorri, ante la pasividad de Fiscalía y Ministerio de Interior. 

Con Bildu como andamiaje del autodenominado gobierno más progresista de la historia no interesa un ejercicio real de memoria reciente, pues la depuración analítica de la historia del terrorismo señalaría a fanáticos criminales que se dejaron llevar por delirios reaccionarios, teorías etnonacionalistas que van desde lo genético, la xenofobia y los desmadres tribales. Un nacionalismo jesuítico que engendró catetos y racistas con pistola, y que han conseguido domar sus instintos homicidas a cambio de ganancias políticas y peso en la toma de decisiones.
ETA
era una ideología armada. Han callado las armas, pero permanece la ideología. Eso es lo que conviene explicar y que los izquierdistas del todo a cien logren entender.

Para ellos, les viene mejor olvidar lo que fueron, obviar lo que son. Que pasemos página y dejemos correr los más de 300 asesinatos sin resolver, para no destacar que existe nula colaboración con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad porque quienes podrían hacerlo están legitimados en las instituciones.
“¡Que te vote Txapote!”, es un grito de indignación, la rabia canalizada de cualquier ciudadano, algo que endosar a la cara de Sánchez o de sus secuaces, una exclamación que tiene carácter simbólico de esputo. 

Con una falsa progresía que ha adoptado las consignas del populismo identitario, es normal traten de cerrar filas contra cualquier movimiento ciudadano contestatario. Buscan el pragmatismo y asegurar las lentejas, pues contra la ultraderecha viven mejor. Si la nueva izquierda se dedica a limpiar los zapatos a la nueva versión de Batasuna, para tal menester no hace falta ir de modernos, de feministas o de graciosos.
La izquierda histérica y acientífica que representa Montero y su cuadrilla, y que acepta como compañeros de viaje a golpistas de ensoñaciones esteladas, es una izquierda tan alejada de los valores del humanismo liberal que provoca tanto rechazo como vergüenza ajena.

ETA ya no existe, repiten de manera oficiosa, pero lo que de verdad desearían implantar es el relato de que ETA nunca existió. Un invento del tardofranquismo, algo que provocó, como mucho, dolor “de un lado y de otro”.
A este tipo de interesados equidistantes, los que nunca resaltan que la banda no ha entregado las armas y sigue la presión social y las ideas totalitarias en el País Vasco, donde la presencia de los abertzales es mayor que nunca, Fernando Savater los calificó como “peste porcina moral”. Viendo las trazas y el discurso de los que simpatizan con las desaconsejables compañías de Bildu, parece una definición de lo más acertada, en lo ético y lo estético.

20 de enero de 2023

Cobardía e impunidad

 



Artículo publicado originalmente en La Nueva España

En las pasadas fiestas navideñas, los tan antisistemas como oportunistas miembros de Podemos Asturias, con Sofía Castañón haciendo las veces de portavoz en el campo semántico del ridículo, enviaron por redes sociales un mensaje por tan entrañables fechas, en una llingua que le reclamaba forzar el aparato fónico, brindando todos ellos por el albor de una tierra edénica llamada república asturiana.

Los derrapes sentimentales sobre el terruño pueden ser inocuos o peligrosos, según el nivel de avería mental y los abismos de la emocionalidad más primaria. Imaginar feudos norteños que combaten al Borbón como combatieron al emperador Augusto, con el bable oficial obligatorio (disculpen la redundancia) y encabezado por el tropel podemita parece una simpática majadería, una deformación infantil de la mirada, que nadie con la testa amueblada puede tomar en serio, salvo por el nada despreciable detalle de que parasitan los presupuestos y están en la vida política y en los cenáculos del poder porque son esas ocurrencias las que les garantizan el parné.
Todo deja de ser broma cuando las algaradas ideológicas más rocambolescas se financian con el dinero de los demás, una vez que entran en el sistema, la trituradora que todo lo mezcla y confunde.

Las utopías identitarias de república e independencia siempre delimitan con otros separatismos xenófobos. Por eso Pablo Iglesias se sentía en el Congreso tan cómodo con Rufián, y el simpático charnego Gabriel no tiene reparos en mostrarse en carantoñas con Otegi, ese hombre de paz.
El hecho diferencial de cada trozo de greda no encuentra impedimento cuando lo que les une a todos es la hispanofobia y un etnonacionalismo tan particular como común en su inquina biliosa.

El separatismo golpista catalán es compañero de viaje en la coalición que formó Sánchez con retales de las peores especies parlamentarias de lo que ellos llaman estado español. Están los históricamente sediciosos de ERC, los proetarras de Bildu y su versión light: un Podemos populista de un semoviente encabezado por esas dos monstruosas cumbres de la indigencia intelectual que son Belarra y Montero (una izquierda que se dice de progreso y luego es secesionista y astróloga, amén de tan deplorablemente limitada) permitirá que Puigdemont, que huyó en un maletero y volverá como Wellington de Waterloo, consiga la reparación y la inmunidad, ya como ciudadano exento del rigor de la ley penal, pero no libre de lo que es: altivo, cobarde, mezquino.

Aunque en las filas moradas, abolir el delito de sedición no altera en Irene y sus amigas la cósmica armonía, y a Sánchez le vale en tanto siga aferrado al poder que ostenta regocijado en su atrevimiento y su desvergüenza, la impunidad de los golpistas catalanes es algo que produce rechazo en cualquier sensibilidad ciudadana aún no podrida.

Porque absuelve también a los perseguidores, a los que vigilan la osadía lingüística de los patios escolares, dispuestos a señalar, amargar el presente de los que se niegan a ser excluidos, los que buscan una heterodoxia que desafíe el rodillo: el turbio dominio del supremacismo que impone y avasalla con toda la fuerza que tienen las causas irracionales. Ofrece indulto velado a la violencia promovida por las instituciones catalanas, las turbas asaltando edificios, al acoso a los policías y guardias civiles.

Traiciona también a los catalanes que asumen el coste de enfrentarse a esa debacle moral, a la chifladura de los exaltados de los que hablaba Unamuno, los que enarbolan agravios inventados y perturban la convivencia, haciéndosela imposible a quienes se niegan simplemente a callar y agachar la cabeza, y a todos los españoles que ven de forma constante su integridad territorial atacada, la herida ancestral. Que observan a parte de la supuesta sociedad más avanzada de Europa convertida en una horda.

Pero, por encima de cualquier cosa, no podemos claudicar ante el relato gubernamental y sus indeseables socios; dejar que siempre ganen los malos, que todo se difumine en un relativismo como hacen en el País Vasco, donde ya parece que el asesinato de tantos inocentes fuera una cosa de culpas repartidas.
Puede que nos quede la pataleta, alzar la voz. No renunciar a escribir. No dejarles a estos payasos la exclusiva de la narración del tiempo que hemos vivido.


9 de diciembre de 2022

Manual de señalamiento



Artículo publicado originalmente en La Nueva España

Las acciones emprendidas estas semanas atrás para vilipendiar a Joaquín Sabina o a Pablo Motos tienen varios elementos en común. El cantautor tuvo la osada ocurrencia de admitir que una lúcida y provecta edad acompañada de oídos limpios y ojos despiertos le habían llevado a ser menos de izquierdas, aunque fuera por un tardío encuentro con el sentido común.
El presentador Motos quiso defenderse, situándose en el contexto adecuado, de un anuncio inspirado en personajes más o menos conocidos donde se hacía eco de su incipiente machismo y sus reprobables actitudes, un 'spot' gubernamental pagado con nuestro dinero (y también con el suyo) en esos disparates entre ideológicos y obsesivamente dogmáticos del inefable ministerio de Igualdad.

La maquinaria de la cancelación y la propaganda usa al célebre artista y al conocido televisivo como un aviso a navegantes: si se te ocurre responder, esto es lo que te va a pasar. Seas quien seas.
Intentan que nadie más ose alzar la cabeza, a riesgo de que se la corten y sea expuesta como escarmiento y con efecto disuasorio.

Porque ahora la cacería ya no es sólo desde las redes en anónimos perfiles que destilan a su vez cobardía y bilis tras un seudónimo y una foto de cualquier cosa, es -y aquí está la terrible novedad- desde los medios afines al Gobierno (o directamente sufragados por él) que a toque de corneta siguen todos a una la misma directriz. Nuevos objetivos sobre los que verter todas las excrecencias del oficio. Fuego a discreción.
Así, a uno y a otro se le sacaban a la palestra sus empresas, su antiguos vicios, sus deslices según la Policía de la Moral que acarrea la reprobación del neopuritanismo capillita. Justo después de sus afirmaciones y sus quejas. Lo que ya es casualidad.

Claro que también hay otros, entusiastas activistas, que inician esos linchamientos por su cuenta, por afán persecutorio, de señalamiento o de congraciarse con el poder demostrando su inquina con el particular díscolo. O por simple falta de escrúpulos: a su estulticia añaden el poco sentido del ridículo de mostrarla a la menor ocasión.
Es la sociedad civil la que debe avanzar, perdiendo el miedo, para aumentar esos pequeños núcleos de resistencia al nacionalpopulismo; un engranaje que ejerce de forma implacable su hegemonía social, cubierto de una radicalismo pegajoso, contumaz, que arrastra desde los de las parafilias ideológicas tribales más aberrantes hasta la izquierda iliberal.

Sánchez, incapaz de desoír su naturaleza de mentiroso compulsivo y epigenético, ya inmune a las hemerotecas que lo retratan como un cínico pertinaz, se entrega sin pudor a la caza no sólo del enemigo político, también del objetor. Mientras va ganando control sobre las instituciones del Estado, encastillado su poder.
Un poder que hasta ahora se ha demostrado incapaz de detenerse ante nada.

Algunos creemos que, de alguna manera, Pablo Motos se lo pudo haber buscado por esa actitud espúrea de jugar a la equidistancia con los nuevos censores del totalitarismo, esperando que nunca le tocara a él, riéndoles muchas veces las gracias, curándose en salud; pero como el que cría una serpiente y piensa que nunca le va a morder. O que el cuervo no le vaciará las cuencas. Igual que Sabina, que supo siempre arrimarse a quien más le interesaba en esa secta cerrada que es la autodenominada cultura española, y posaba feliz con el dedito encima del ojo cuando lo que tocaba era tocarse la ceja. Socialismo o te quedas sin comer.



De esa manera, laminando a cualquiera que disienta mínimamente de la línea marcada (aunque la marque alguien tan poco equilibrada como Irene Montero) cada vez más se van poniendo de perfil por pragmatismo o por cobardía, para no verse blanco de campañas de desprestigio orquestadas por los mercenarios del poder.

Lo más cómodo es sonreír, meterle caña al Gobierno cuando es del signo equivocado, poner el cazo, aceptar los premios endogámicos de la tribu de turno, buscarse la vida y afianzarla en las clínicas privadas y luego ir muy ufano a cualquier manifestación política donde se te pueda ver y fotografiar. En plan diva manchega. Tejiendo buenas relaciones y contactos entre la mafia del progrerío. Que es mejor ser inquisidor que usuario del cadalso. Y confiando en que nunca la tomen contigo.