30 de enero de 2024

Ese mundo desaparecido




Creo haber visto casi todas las imágenes que merecen la pena de la época dorada del cine, y ese rejuvenecer que se extiende hasta los gloriosos 70, donde un puñado de entusiastas de lo clásico y aprendices de los maestros redefinieron algunos conceptos del séptimo arte.

Me refiero a fotos promocionales, detrás del escenario, robados en fiestas de glamour y oropel, un descanso del rodaje, la mirada más personal a los dioses del celuloide. Sin embargo, me topo por casualidad con una que me resulta inédita, y me entusiasma el feliz hallazgo. Es gente a la que siento cercana, pues me llevan haciendo inmejorable compañía durante toda mi vida, desde que era pequeñito. Son Lee MarvinJames CoburnKaty Jurado y Sam Peckinpah.

Es del año 1981, y a Peckinpah le quedaban poco más de tres años de vida y a Marvin seis. Katy Jurado y James Coburn llegarían a ver el año 2000, ya alejados del cine.
En los primeros 80, esa hedonista, epicúrea y talentosa banda de la foto ya había hecho todo lo grande que llegarían a realizar, y venían por detrás jóvenes nombres como CoppolaScorseseDe PalmaSpielbergPacino, RedfordCruiseHoffmanDe Niro...autores y actores que siguen más o menos en activo hoy día.

Los de la imagen, sin embargo, estaban viviendo su propio crepúsculo tras una prolífica e intensa carrera, apurando la vida hasta el último sorbo y sin nada ya que demostrar, cuando todo lo bueno es ya anterior. Gente con el arte de vivir como una manera de ser y de estar, apegados a los viejos códigos, las añejas maneras de un universo en el que habitaron y que se les escapaba entre los dedos, conscientes tal vez de su instante perecedero y ser fotogramas de otra época, como espectros danzantes atrapados en un tiempo pretérito, intuyendo seguramente que esa cosa tan incontrolable llamada modernidad pronto les dejaría como grietas del pasado.

En la pantalla daban sensación de autenticidad, de épica, de dignidad ante el fracaso, desafiando convenciones y corsés, personalidades con muchas zonas de sombra, atormentados, cínicos o salvajes, tipos duros y mujeres de un coraje descomunal.
El cine ha rodado muchas escenas hermosas, y los protagonistas de esa foto han tenido que ver en algunas de las mejores. Fueron partícipes de la historia.

Siempre se me pone la piel de gallina recordando la perdurable imagen de Katy Jurado viendo morir a su hombre, en un atardecer de pólvora y sangre mientra suena Bob Dylan. Estamos hablando de una mujer que en Hollywood supo lo que es compartir cartel con Gary Cooper cuando lo dejaron solo ante el peligro, que hizo que saltaran chispas junto a Antohny Quinn en su tormentosa relación en pantalla y tuvo su trama en El rostro impenetrable, protagonizada y dirigida por un tal Marlon Brando. La señora Jurado estuvo casada con Ernest Borgnine, el entrañable y oscarizado Marty, aunque siempre será recordado como el inseparable secuaz de Pike Bishop, sonriendo y amartillando las armas en el tenso silencio, cuando asumen que ahí termina su camino, en una carnicería que mande a justos y pecadores de un golpe de rabia hacia el infierno.

La música y las sensaciones que se erizan, cuando el Pat Garrett que encarnó James Coburn se aleja despacio en la grupa, después de matar a su amigo y encajando el desprecio de un niño que tira piedras a la sombra de su caballo. Qué difícil es encontrar hoy actores que desprenden la autenticidad de Coburn en pantalla, alguien que se estrenó con el artesano Budd Boetticher en unos de esos westerns de bajo presupuesto pero inmemso poder narrativo. La rudeza, la dureza o el desamparo eran señas de identidad de Coburn. Hay que tener en cuenta que los taquillazos comerciales de su época eran películas como Los 7 magníficos y La gran evasión, para hacernos una idea. Así, encarnó desde el soldado obtuso y vencido de La cruz de hierro hasta el violento y alcohólico padre de Nick Nolte en la pesarosa Aflicción.

Lee Marvin, por su parte, rodó con Fritz Lang (la obra maestra Los sobornados), hizo de tipo indeseable con John Sturges y Boetticher (vean las magníficas Conspiración del silencio y Seven men from now) a las órdenes de Robert Aldrich o del añorado Richard Brooks en ese western descomunal que es Los profesionales, donde Burt LancasterClaudia Cardinale y Jack Palance completaban un elenco entre lo lírico, lo violento y lo carnal.
Y, sobre todo, lo recordamos como el facineroso Liberty Valance, dispuesto a matarse con John Wayne por un filete, en la más desoladora y hermosa película de John Ford, o aquel hombre en desarraigo existencial que cantando con voz aguardentosa comprende que su camino y su destino están ligados al de una estrella errante, en la maravillosa La leyenda de la ciudad sin nombre.

De Sam Peckinpah no se puede escribir con objetividad o desprovisto de pasión (si acaso eso es posible cuando se escribe de cine), pues su filmografía tiene algunas de las películas que más influyeron en mi vida, y a veces llegaron a cambiarla. Los códigos de la amistad o el honor llevados hasta las últimas consecuencias, o decidir buscar la catarsis y la redención a través de un camino de violencia cuando sabes que tu próxima parada sólo puede ser el cementerio.

Peckinpah fue un indomable outsider, alguien con una capacidad innata para retratar la violencia con causa, la de los perdedores sin gloria pero demasiado humanos, complejos, tiernos o rufianes, incapaces de adaptarse a los nuevos tiempos que, como Peckinpah, prefieren buscar su ocaso antes de la llegada de la modernidad. El puto Sam fue descarnado y poético, excesivo, transgresor; se enamoró del fracaso, abrió fuego y llenó de polvo sus películas, su nariz y sus pulmones. Es uno de los auténticamente grandes, y sus imitadores y supuestos discípulos son insoportables, aunque tengan tanto prestigio como Tarantino.

Miro la foto y todo lo que implica. Lo que representa y sugiere. Películas que labraron nuestra existencia y que en cada nuevo visionado ellas son otras porque nosotros también somos otros. Cada vez que me acerco de nuevo a ciertas obras, en distintos momentos de mi vida, me abren nuevos caminos por los que recorrerlas, otras claves con las que interpretarlas. Envejeciendo a mi ritmo. Porque uno lleva escenas tatuadas a recuerdos, sabes en ése o aquel visionado dónde estaba y con quién, qué edad tenía, si mi presente entones era plácido o turbulento, qué era lo más reseñable entonces de mi biografía y lo que esperaba de ella.

Esas conversaciones sobre cine, esa actriz que te recuerda a esa pasión perdida, y cuya luz hace mucho tiempo que dejó de brillar, como la nebulosa del amor del primer verano.
Lo que la fotografía evoca es un mundo no vivido de cantinas del Oeste pero también de aquello que sí pudimos catar: bares de jazz y humo de tabaco; las madrigueras de la madrugada y los errores de los excesos. Pues el hecho de la escritura o el cine clásico, culturalmente, sigue teniendo esa romántica connotación relacionada con una leve embriaguez permanente. Ya saben, Chandler y sus wiskis, PoeKerouacBogart con su local cerrado diciendo que de todos los bares del mundo ella tenía que entrar en ése. Miradas que escondían promesas, besos de película (tragicomedias, algunas), la suave brisa de un amanecer en agradable estado de distorsión.

Generaciones enteras de cinéfilos han bebido alcohol porque creyeron necesario contrarrestar con algo su exacerbada sensibilidad para con ese arte y las heridas que algunas obras nos han dejado a perpetuidad, cuando una película se te enquista en el alma. Sin afán de enaltecimiento: puede que las mejores charlas sobre cine negro se tengan a pálidas horas de la noche, con una copa en la mano y música suave de John Coltrane o Chet Baker.

La nostalgia por lo no vivido, por el cine que nos parió, que nos hizo sentir como real una historia muerta y venerar en silencio ese mundo desaparecido.

26 de diciembre de 2023

Esa élite corrupta


Muchas veces el cinismo, la arrogancia y la acidez sirven de coraza a las almas sensibles que camuflan de esa manera su melancolía, fatalismo y desencanto de la vida, como ocurre en las buenas novelas negras, los personajes que crearon autores célebres como Chandler o Hammett poseían esos claroscuros. Era también la pose habitual de grandes del cine: Humphey Bogart o Robert Mitchum, que ni siquiera tenía que actuar. Daban vida a personajes inteligentes, complejos, caracterizados por la dureza y la turbiedad emocional, la violencia interna, la posibilidad de redención.

En la vida real de la cotidianidad española en política y periodismo, grandes mecas del cinismo, resulta bastante más chusco. Ellos, los políticos y sus brazos mediáticos, saben que mienten a conciencia, y a su vez nosotros sabemos que mienten, pero el paripé tiene que continuar como si no estuviéramos viendo los hilos de las marionetas.

Aunque dos días antes de las elecciones del pasado julio, el Gobierno en pleno y sus alfiles en los medios descartaban de forma categórica la amnistía al golpismo corrupto catalán y explicaban con denuedo la incostitucionalidad de la misma, cambiadas las necesidades del inquilino de La Moncloa empezaron la campaña del signo opuesto con una impudicia asombrosa, como si las hemeroteca se volatilizaran y al ciudadano se le hubiera aplicado un borrado selectivo de recuerdos.

La única razón para ello es que Pedro Sánchez necesitaba el sí de los siete votos de Junts y su apoyo en la investidura. Pero lo camuflan como si hubieran descubierto de repente las bondades institucionales y judiciales del perdón y su idoneidad, todo en pos de la restauración de la convivencia.

De los políticos socialistas y sus apéndices de la hoz y el martillo poco se espera ya pues la mentira se presupone, y adecuar el discurso y las formas al mantenimiento del poder va implícito en el cargo. Más grave es lo de las terminales de propaganda de ese Gobierno y los periodistas que nutren sus filas, a los que vemos arrastrarse por el fango en un espectáculo pavoroso. Farsantes a tiempo completo, cuestionan el funcionamiento de la legalidad establecida y empeñan su carrera y su credibilidad al destino de su pagador. 

El paso de editoriales, columnas, reportajes y tuits lo marca el presidente del Gobierno, y los demás, que tal vez se creyeron en algún momento eso del periodismo para ser la china en el zapato del poder, obedecen dóciles las directrices, con una uniformidad de opinión que asusta por su indecencia cívica y profesional. 

Hasta los moradores del limbo saben que el periodismo responde a intereses económicos de los que depende, y que sin el chute de ingresos en publicidad y de subvención institucional la mayoría de los medios no podrían sobrevivir, pero seguir a un autócrata y adecuar tu línea periodística para asegurarle a él la renovación del poder es de una abyección que supera la obediencia debida y los compromisos empresariales, con la indisimulada intención de respaldar a gatas al Gobierno.

Además, pone en riego derechos y libertades de todos los españoles y entorpecen el progreso y la prosperidad pública; muchos de ellos, al pertenecer a la élite periodística del país (por su visibilidad mediática) y comportarse únicamente como esbirros a sueldo del poder, cierran el paso a otro individuos éticamente competentes y profesionalmente comprometidos, sin ese gregarismo embrutecedor y mercadeo político.

La perversión de los medios de comunicación modifica de forma dramática la calidad de nuestra democracia, y contribuye a hipotecar el pensamiento de nuevas generaciones de españoles que crecerán con el convencimiento de que el periodismo sólo es el medio de amplificación de la voz de su amo, pudiendo mudar las decisiones más importantes sobre el devenir del país, incluida su soberanía nacional, si así se satisfacen los deseos mandatarios.

Esa ruptura emocional la estamos viviendo en la sumisión humillante de periodistas de renombre que muestra las peores artes operando desde una perspectiva dogmática, pues además sus crónicas no vienen del razonamiento o la reflexión sino del puro servilismo, motivo por el que sueltan toda esa calderilla retórica donde pierden la perspectiva moral y la dignidad personal. 

Con qué autoridad alzan la voz entonces con lo que pasa en Ferraz y cualquier disturbio derivado, si han defendido el reconocimiento del Estado de que nunca debió combatir punitivamente el incendio de las calles con actos violentos considerados como terroristas.

20 de octubre de 2023

La barbarie española




Artículo publicado originalmente en La Nueva España.

 Después del bestial ataque del brazo armado de Hamas (ignoro si tiene un brazo ilustrado) contra una desprotegida población israelí a la que masacró impunemente durante horas, algunos, los más nuevos en estos lances o desconocedores de la fauna ibérica, mostraron cierta sorpresa por la adhesión incondicional, ya desde el primer momento, de nuestra izquierda canallesca que simpatiza con el terrorismo coránico desde tiempos ancestrales. 

Es cierto que cada vez es más llamativa la miseria moral desplegada sin ningún rubor, y que nada frena a gente capaz de utilizar todo tipo de circunloquios para no usar el término terrorismo, aunque para la doctrina progre terrorismo suele ser casi todo lo demás, venga no al caso. Desde terrorismo climático hasta terrorismo financiero. Menos lo de masacrar población civil, que debe ser evaluado desde un contexto histórico en el que, con su falsa retórica pacifista, se condenan todas las violencias, en genérico, pero nunca esa violencia en específico. 

El asesinato de bebés, las vejaciones de cadáveres o el ensañamiento con las mujeres no son atrocidades suficientes para un tipo de sectarismo antijudío desprovisto de toda sensibilidad. Ciegos de ideología en un peligroso cóctel donde se combina la maldad, el odio y la estupidez, la izquierda más cercana al estado de deshumanización ha dado nuevos pasos que no deberían extrañarnos. Además de congraciarse con el fundamentalismo religioso, la progez simpatiza con todos los etnicismos totalizadores y excluyentes. 

Desde hace tiempo, el relativismo moral permite que en una misma semana se llenen de heces la tumba del socialista Fernando Buesa y el presidente del Gobierno y líder de los socialistas pose sonriente y lleno de gozo con los que no condenaron el acto y probablemente lo propiciaron. Que puedan tener de socio prioritario a Arnaldo Otegi, al que nuevas declaraciones de compañeros de armas sitúan como responsable de nueve secuestros y un asesinato. Y que lo justifiquen y lo defiendan. Humillando a los muertos de aquí y aprobando los de la matanza de civiles allí.

Tampoco parece una novedad que nacionalistas y socialistas del nuevo milenio aprueben lo que inició el nacionalsocialismo en el siglo XX. La izquierda, tan falsamente progresista pero tan desactualizada, es un vestigio remanente de un pasado peor, siempre proclive a la tiranía y con su agenda desestabilizadora. Sin el liberalismo económico y el avance en libertades no hubiera sido posible el progreso increíble que ha vivido el mundo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. 

Observando las manifestaciones a favor de Hamas por toda Europa (también Madrid, con los habituales de nuestra lamentable extrema izquierda) deberían hacernos ver lo fino que es el barniz de la civilización. Qué rápido se marchitan las flores del Renacimiento y su posterior Ilustración. Aquella Europa moderna y humanista que alumbró al mundo ideas y derechos y dejó un cielo desprovisto de dioses y unos dirigentes que por fin eran terrenales está a punto de irse por el sumidero, con la oscuridad que se cierne sobre ella. El mundo que llega es más cerrado y sombrío, más peligroso e intolerante. Y en España, donde siguen teniendo fuerza los aliados del eje Teherán-Caracas, contamos con el caldo de cultivo perfecto para unirnos entusiastas a esa regresión.

En Sevilla, Podemos e IU se ausentaron del minuto de silencio institucional por la española asesinada (fallecida, dijo Sánchez) en el ataque del pasado día 7. Para el feminismo asilvestrado nunca han importado las mujeres, más allá de cómo estandarte de una causa deleznable y reaccionaria. Las mujeres sólo se usan como palanca política, un relato que pueda seguir engrasando el mecanismo de su perverso negocio. 

Hace poco, Irene Montero, incansable en su estulticia dogmática, pedía 1.000 millones al año para la industria de género, pues las redes clientelares se han multiplicado exponencialmente y cada vez hay más gente a la que enchufar, viajes que hacer y cazo que poner. Seleccionando a las víctimas según el rédito que puedan sacarle, han hecho de la tragedia selectiva su empresa. 

Tratando de amordazar opiniones y pensamientos, unas declaraciones donde se remarque una obviedad que no entre dentro de los parámetros de su dictadura distópica hace que seas cancelado, y te pueden tanto quitar el nombre de un estadio como buscar tu muerte civil orquestando linchamientos colectivos. Se trata, al fin y al cabo, de los mismos bárbaros.

8 de septiembre de 2023

El verano del amor reaccionario

 



Artículo publicado originalmente en La Nueva España.

Fue el pasado mes un agosto tórrido que incendió las antorchas de un populacho enardecido por conflictos mundanos, sin que la inclemente meteorología apaciguara las ganas de linchamientos africanos, turbamulta exaltada con rasgada de vestiduras exigiendo autos de fe y otras tradiciones solariegas, y que los tibios dejaran de serlo para pronunciarse de forma inequívoca a favor de la causa, o ser acusados y juzgados de forma sumarísima.

Como espectador, uno lo observa con deleite y fascinación, siempre que mantenga las distancias oportunas para que no te duela España. Ya no estamos para tener achaques de Unamuno.

Primero, la izquierda española, en un sorprendente giro histórico, comenzó en 2023 a reivindicar la época del destape, pretendiendo que vuelva a escandalizar mostrar los pechos; el desabrigo como acto eminentemente revolucionario, como si el antifascismo emanara directamente de los pezones de Eva Amaral, que tiene por algo nombre de fuente de vida. Sin sujetador para frenar a la ultraderecha. Épica juventud. Como mayo del 68 pero con Twitter.

Curioso cuanto menos, que seis décadas después de que los tecnócratas del régimen se opusieran a Manuel Fraga por llenar Benidorm de suecas en bikini, la progez desempolve de los cajones aquella portada de Interviú de Marisol. Benditos sean.

Con el caso Rubiales pusieron en marcha la más formidable maquinaria política y mediática que conoce España: aquella que usa la fuerza del socialcomunismo en sus terminales de comunicación y con sus esbirros de vanguardia haciendo de ariete. Fueron llamados también a filas periodistas gozando en la elaboración de esas listas negras que señalan y coaccionan. Hubo algún ilustre exaltado haciendo inventario de celebridades bajo sospecha por su silencio, señalando a los no afectos a la causa, por el delito de mutismo. Culpables no por lo que dijeron, sino por lo que no dijeron.

La misma semana en que se conocieron nuevos beneficiados por la Ley Montero volviendo a sus fechorías, se reunía la plana mayor del ministerio en funciones (sus funciones son poner el cazo) para protestar por esa anécdota ascendida a causa nacional, en el mundo del neofeminismo beligerante donde los besos celebrados con euforia son agresiones sexuales y las verdaderas violaciones se silencian para no enturbiar el relato. Siniestro pensamiento estatal ése donde una manada de violadores damnifica tu maldita ideología.

A pesar de que salieron vídeos bastante esclarecedores, eso sólo hizo darle más potencia al artefacto. El sectarismo es un mal endémico en la sociedad española porque, en sus visiones pseudoreligiosas, se inventan una realidad paralela del todo inverosímil, retorciendo lo que sus ojos ven para que no echar abajo aquello que han preconcebido. Si la realidad no se ajusta a su pintoresca imagen de lo que creen que debería haber pasado, se impugna la realidad.

Y ahí se presentaron haciendo lo suyo, en la calle con la horterada vocinglera y faltona, pidiendo que rodaran cabezas, en esa interpretación asilvestrada de la Justicia y del Estado de derecho.

Lo que no quieren meterse en jardines por miedo a verse perjudicados en esta deriva demencial hacen lo que pueden para mitigar las coacciones del poder, del nuevo sacerdotado y la credulidad popular. Una misión compleja, salir indemne de la irracionalidad intransigente, que reina allí donde la coherencia acaba. 

Sobrecoge el show de tantos supuestos contestatarios siendo únicamente sumisos a la ideología vigente. Uniéndose a la jauría o agachando dócilmente la cabecita y diciendo, por favor, a mí no, que soy aliado.

Y por eso comparecieron muchos pobres diablos musitando comunicados a destiempo y por indicaciones, salvando los muebles. Para no verse desguazados por el tren del totalitarismo de la lapidación se pliegan sin rodeos al miedo como técnica política. Porque hay poco que se pueda hacer contra este engranaje con tantos factores empujando. 

En vez de inducir al debate, intentan arrollar. Sin conciencia reflexiva ni argumentos precisos, manejan la marrullería y el arrebato intimidatorio, dispuestos a no permitir una escisión en todo lo que los dogmas de la colectividad consideren impío poner en cuestión.

Es un aviso para navegantes, y el que no ha querido perder el puesto ha corrido rápido a congraciarse con la coerción del poder. Viendo que el rechazo rebelde ha encontrado tan escasos valedores, y la embestida para no dejar cabos sueltos y ningún resquicio para crear la duda y la subversión, los hechos preludian también sinrazones venideras. 

No culpemos a los que se han plegado. Aguantar la presión exige mucha más entereza, y es exhausto nadar contra la corriente cuando ésta tiene la fuerza apabullante de toda la industria de género. El único consuelo es que una minoría nos tenemos por diferentes y mejores que los bárbaros.


4 de agosto de 2023

El ejemplo Kundera




Artículo publicado originalmente en La Nueva España 

Una de las primeras cosas que entendieron los intelectuales protagonistas de la Primavera de Praga fue la imposibilidad de alcanzar un comunismo de rostro humano, como creían factible hasta entonces los reformistas. El recientemente fallecido Milan Kundera, una de las plumas imprescindibles del siglo XX (suponiendo que exista un consenso en cuanto a “imprescindibles”) junto con un grupo de escritores checoslovacos, culminó hace 65 años ese viaje que va desde el marxismo iniciático, pasa por el desencanto con los ideales impuestos desde Moscú y termina en una abierta oposición a la larga noche socialista y sus 20 años anteriores, cuando abrazaron aquella ideología utópica y criminal antes del redentor despertar a la realidad; la rebelión de “una generación contra su propia juventud”, en palabras de Kundera.

Para esos checos y eslovacos del 68, el proceso fue muchas cosas al mismo tiempo: el fin de un ideal malogrado, las ilusiones fracasadas de unir comunismo y democracia, el duro albor de una madurez que coincide en el tiempo con un país en degradación implacable y la defensa de una soberanía nacional en un territorio controlado por una potencia imperial y extranjera. 

En ese Estado surgido tras la I Guerra Mundial, era la Cultura la que actuaba como factor integrador, y los más prestigiosos escritores, como Ludvík Vaculík o un joven Kundera, se veían como la conciencia de la nación. Hubo varios manifiestos con vocación contestataria, siendo los más destacados el “Manifiesto de las dos mil palabras” y “Mensaje de los ciudadanos”.

En la noche del 20 de agosto de 1968, tropas de la URSS, la RDA, Polonia, Hungría y Bulgaria cruzaron las fronteras del país para acallar esas voces que se alzaban. Después de unas semanas de resistencia popular y orgánica, Praga se rendía ante los tanques soviéticos tras una cifra de muertos que oscila entre los 80 y 137.

Con la invasión llegaron las tradicionales purgas a gran escala, incluyendo universidades y medios de comunicación. Algunos, como Kundera, marcharon al exilio. Allí, Milan escribiría “El libro de la risa y el olvido”, “La insoportable levedad del ser” y “La inmortalidad”, donde entre el romanticismo y su fascinante prosa se dejaba entrever bastante de esa nostalgia del exiliado.

Asumir que el comunismo nunca sería democrático ni un puntal de derechos humanos costó sangre, sudor y lágrimas de tinta herida, y todo proceso aperturista fue reprimido a golpe de cañón. En España, con la degradación de las instituciones y una pérdida cada vez más acuciante de libertades y de poder adquisitivo, los que se erigen como estandartes de una élite cultural firman también manifiestos...a favor del poder.

Ahora imaginen a nuestros autodenominados representantes del mundo de la cultura ofreciendo tal necesaria resistencia al socialismo omnímodo. O ver arriesgarse alguna vez a profesionales del medre y del peloteo, demagogos cantamañanas expertos en arrimarse siempre a mamá PSOE, criados babeando entusiastas e hincando bien los dientes en la teta del Estado.

El sanchismo nos está dejando un elenco trufado de arribistas aferrados a su cargo y también los necesarios corífeos que ejercen a la vez de divulgadores y de mercenarios: se llevaron la mano a la ceja con Zapatero y ahora succionan con fervor a políticos de la talla de Sánchez o Yolanda Díaz, sin molestarse en esconder su ruindad y su miseria moral, la mezquindad de la parcelita ideológica donde pacen y medran. Incapaces de un pensamiento original o de sentido de la independencia, estos cucañistas se entregan a una propaganda altisonante y demenciada. “Antifascistas”, “frenar a la ultraderecha” y lemas así de una épica impostada, vademécum para sectarios y analfabetos.

También se muestran para ejercer presión y arrinconar al discrepante, y al resto mantenerlos en un cómplice silencio, a los que muchos del mundillo se acogen por convicción, por miedo o por oportunismo. Furcias mediáticas y gentucilla cobarde marcan el engranaje “cultural”, apocados que jamás verterán una declaración u opinión que exceda los límites del consenso progre. Pusilánimes atenazados por el poder censor del socialismo hegemónico.

En los abajofirmantes siempre están las mismas caras y los mismos nombres, salvo ligeras variaciones para incluir a los modernetes progres de vanguardia. Lo bueno de la estupidez es que no da lugar a equívocos, se presenta clara y concisa: una expresión de orden absoluto en un mundo caótico. Nada como el manifiesto organiza y clasifica mejor a los farsantes y a los memos.

En situaciones como la que atraviesa España, que su gobernabilidad pasa por el apoyo de los que quieren destruirla, siempre hay quien se opone con tenacidad y se enfrenta al oprobio y al ostracismo, y luego están el resto, ya saben quiénes son, marionetas de partido, sustento de tiranos, botes a favor de la corriente, navegando sin descanso hacia la próxima subvención.

9 de julio de 2023

Es mejor justificar



Artículo publicado originalmente en La Nueva España.

El espectáculo fascinante de Pedro Sánchez en su esprint televisivo de cara a lavar su vapuleada imagen es tan atrayente para los periodistas como para los sociólogos y los estudiosos de las ciencias de la conducta. A la certeza de que estamos ante un actor formidable, un fajador que sabe apoyarse en las cuerdas y salir contragolpeando, se le suma también el habilidoso táctico, un maestro de ese cinismo que es capaz de engatusar a señoras propicias y a palmeros habituales, pero también a ciudadanos crédulos.

Es Sánchez alguien que se crece bajo los focos, con la firme determinación de colar los más impresionantes embustes sin que se le note en el rictus, aunque a veces, levemente, los ojos le delaten. Porque su esencia vive detrás de sus ojos y le sale por los poros, es algo que se percibe apenas un instante: mucha gente no lo ve porque confunde la imagen pública con la real, y esa inmanencia con el mal tiene que ser captada en sus breves destellos, pero está ahí.

Sánchez se mueve en uno de esos periodos donde sustituyes la verdad sobre ti por la historia que explicas de ti. La verdad que sabemos sobre él y la narrativa que se está construyendo sobre él mismo y lo que ha pasado. Que es algo bien diferenciado. Porque en la narrativa, las mentiras son cambios de opinión, y la crónica de los infames cinco últimos años puede ser borrada si se niegan todas las evidencias con la seguridad y el aplomo de un timador de la estampita.

Yo puedo criticar los pactos con Bildu opinando que la izquierda abertzale es una colección de idiotas fruto del incesto, que justifican los crímenes perpetrados por gente de escaso cerebro e inmensa crueldad, y no pasa nada, más allá de algún nacionalista asturiano que se cabree, por eso de la hermandad con los patriotas de la ikurriña.
Pero que el todavía presidente del Gobierno embauque a tantos espectadores queriendo vender lo blanco negro debería tener alguna consecuencia, aunque sea en forma de bofetón electoral. Pero deslumbra su capacidad interpretativa y su entereza, la forma en que justifica de los pactos con los herederos de ETA, los indultos a los golpistas y la eliminación de los delitos de sedición y el perdón al latrocinio andaluz, tabula rasa tras su perfecto bronceado, y nos pone bastante más fácil justificar a Pedro.

Pablo Iglesias, por ejemplo, es mucho más diáfano, y pocas veces trata de ocultar su naturaleza retorcida. Como sus ambiciones de propagandista y de gurú de los medios las canaliza a través de PRISA y de Roures, vemos que en sus pulsiones violentas ha hecho un viaje desde emocionarse mientras pateaban en el suelo a un policía en España a hacerlo con los saqueos, el salvajismo y las propiedades incendiadas en Francia, otro de los fetiches de la izquierda hibristofílica, que busca siempre los factores socioeconómicos que empujan a la alegre muchachada al pillaje y la devastación de las ciudades, víctimas como son de un sistema que les oprime y les fuerza a rapiñar televisores y vehículos.
Recuerdo a un simpático y orondo europarlamentario de Podemos declarando consternado que si los yihadistas asesinaban por decenas en Europa eran porque no tenían otra salida.

En los suburbios capitulados de Francia vemos a hordas actuando en grupos, organizados y con determinadas conductas que apelan a algún vestigio tribal. Ante el sombrío panorama de Occidente, la izquierda de la pasión por el delincuente siempre encuentra la manera de ser permisiva con los chavales de la gasolina o con los chavales de Alsasua, lo mismo da, porque la cabra tira al monte y el comunismo nació del crimen.

Si bien podemos hablar de causas multifactoriales donde entran en juego la marginalidad, las dramáticas carencias educativas, la religión o las crisis de identidad, resulta arduo complicado establecer un debate razonado y razonable cuando cualquier mínima crítica al modelo de inmigración masiva y transnacional acarrea el consiguiente epíteto de racista, ultradrechista y te asignan todas las insidiosas maldades del mundo. 

Es un debate trampeado, claro, porque juegan la carta del racismo para inutilizar al oponente. Nadie quiere verse como un xenófobo o como un fascista, y entonces cuando contemplan edificios ardiendo, la tendencia es callarse, por el qué dirán, y porque señalar el elefante en la habitación te hace sospechosos de las ideologías más devastadoras. 

Así que lo mejor es cerrar el hocico y que cada uno se saque las castañas del fuego, nunca mejor dicho. Cuando ardan barrios de España, pues que ardan. Justificamos a Pedro como justificamos a la turbamulta. Porque convencer a los demás de lo contrario es un fatigoso esfuerzo y al final, oye, pues que recojan lo sembrado y que se jodan.

9 de junio de 2023

La excepcionalidad asturiana



Artículo publicado originalmente en La Nueva España

Cada vez que se celebran elecciones, la parte más infame de la izquierda desnortada, esa que se licua con el nacionalismo ultramontano, tribal y reaccionario, saca pecho ante el repliegue de las fuerzas constitucionalistas en el País Vasco y se ufanan, orgullosos, de que esa tierra de raza y sangre proverbial y ancestrales costumbres vive incontaminada del españolismo corrupto, casposo, trabucoide, con tendencias al baile pecaminoso. 

Contentos de que gracias al paraíso criminal que impuso semejante piara ya no hace falta matar porque los que han podido se han exiliado (hasta los muertos se han ido, pues el cuerpo de Miguel Ángel Blanco no puede reposar en su tierra debido a los simpáticos socios de Sánchez) y así, alterando el censo, se llevan siempre los sufragios los hijos más obedientes de Sabino Arana y aquella lúgubre sociedad teocrática y feudal, compartiendo éxito electoral con algunos díscolos que cimbrean entre el nacionalismo y el socialismo (unan esas dos palabras y observen el resultado) que eligieron ser abertzales antes que jeltzales, cambiando al dios carlista por el dios del marxismo.

Asturias ha sido tristemente notoria por ser una de las pocas comunidades donde la liquidación del sanchismo no se hizo efectiva ni el castigo al sociópata se reflejó en forma de vuelco, y Adrián Barbón, el bablista de las entidades, está contento con ser uno de los últimos barones del PSOE que queda en pie, totémico, y hasta se ha permitido rescatar a esa eminencia política y ejemplo de historial laboral que es Adriana Lastra, que junto con Barbón, representan el más claro arquetipo de cómo gracias a la democracia algunos individuos utilizan la incompetencia ajena en beneficio propio.

El presidente del Principado, con sus arreones asturianistas, vive anclado en la mitomanía, con fantasías identitarias en cuyas raíces astures parece esconder la concepción del mundo de nuestros antepasados. 
Al socialismo de la FSA, para mantener los sillones, le queda pactar con Podemos, que ya es la nada absoluta en el resto del país, un populismo sectario en retirada, un mal recuerdo de cuando España se balanceó sobre el abismo, aquellos trileros burlándose de la parte de la sociedad de intelecto más raquítico. 

Porque la izquierda siempre fue otra cosa, claro, al menos la originaria decimonónica que quiso romper cadenas y asomarse a la modernidad. La izquierda española de 1812 defendía la libertad frente a la tiranía y el absolutismo. Las Cortes de Cádiz significaron reformismo, progreso, ilustración, racionalismo, cultura; valores que enarbolaba sin complejos frente a los conservadores, y que adoptó también el término de liberal. 

Ahora piensen en lo que hoy tenemos: la izquierda orgullosamente analfabeta, intrusiva, con leyes disparatadas de efectos tragicómicos y el control del pensamiento único; una izquierda de rodillo sustentada por ciertas minorías radicales y activistas fastidiosamente bobos; haciendo el caldo gordo a los secesionismos catalanes y vascongados, enemigos de la nación política, y a cualquier movimiento racista e iliberal disfrazado de progre. Aliados en Iberoamérica de todos los sátrapas que sólo han producido dictadura, terror y ruina económica. 

Ésa es, por desgracia, la excepcionalidad asturiana. Lo que prevalece. La tierra amarrada a una subvención, que enseña a sus nietos la puerta de salida, pues nada queda tras la ruina económica y demográfica: un geriátrico a cielo abierto, con la industria desmontada y el socialismo pardal que carcome su ser, con la charlatanería habitual queriendo forzar la inmersión del bable para que unos pocos vivan bien a costa de vender sentimentalismo hipócrita, emociones con factura al contribuyente, además de, a costa de reivindicar una entelequia, desdeñar el manantial lingüístico fascinante que es el español.

¿Y qué es el liberalismo ahora? Los doceañistas fueron una ventana que se abrió sobre otro mundo, un mundo que en algún momento fue posible, pero se malogró. De esa izquierda no quedan ni las raspas. Y el mundo, la España que pudo ser, se fue al garete entre felones, guerras civiles, nacionalcatolicismo y partitocracia. 

Nos queda, otra vez puestos frente al juicio de la Historia, el coraje para defender la libertad individual como un elemental resquicio de decencia, el rigor intelectual para sostener esa libertad con solidez incluso ante una audiencia hostil, y la esperanza de poder desafiar y vencer a los últimos tiranos.