25 de agosto de 2017

Algo habrán hecho


 
 
A pesar de que para la mayoría de la población, asesinato, barbarie o terrorismo son conceptos perfectamente definidos, los mismos se han visto desdibujados hasta límites irreconocibles en los últimos días, siguiendo la pauta por la que nos hemos ido deslizando poco a poco, en una deriva siniestra.
La sensación es que la imbecilidad es un potente estimulante que los populismos y nacionalismos inoculan en la población, y que es en los casos excepcionales donde se deja entrever, por la rendija minúscula del círculo privado o por el amplio escaparate de internet y las redes sociales, las distintas reacciones que las personas tienen ante un mismo hecho, y cómo sus juicios personales o su sensatez se ven mermados por esos venenos tal vez contagiosos que son la propaganda y la memez.
Los trágicos acontecimientos de la semana pasada en Barcelona fueron un ejemplo extremo de ello. Algo que en un principio debería unir a la sociedad en una causa común y apelando a su espíritu cívico más allá de litigios, rivalidades provincianas e identidades excluyentes (diferenció el consejero de Interior catalán entre muertos locales y muertos “españoles”, esa infame categoría de víctimas de primera y víctimas de segunda que por desgracia hemos visto otras veces) ha permitido que algunos se revuelquen en su propia idiocia, mostrándola en todo su esplendor, imponente, hermosa como un gorrino bien cebado. Sigue causando perplejidad el desvergonzado desparpajo con el que ciertos personajillos hacen gala de burricie desprovista de pudor. Una apología de las limitaciones propias que se lleva a cabo sin reparos, como el rey que se pasea desnudo y seguro de sí mismo entre la población, sin saber que está en pelotas.
Además del habitual grupúsculo de desequilibrados con sus muestras de xenofobia, hubo quienes, con los muertos aún sobre las aceras de las Ramblas, se apresuraron en buscar justificaciones de emergencia, con esas sospechosas prisas que les entran para tratar de excusar lo inexcusable, aún con todas las incógnitas abiertas. Y es que no había frenado todavía la  furgoneta y ciertas alimañas especialistas en lo inoportuno ya sacaban a colación la foto de las Azores (la pequeña localidad marroquí de Mrirt, donde nació Younes Abouyaaqoub, está a 6.500 kilómetros de Bagdad).
Tratar de mantener una equidistancia entre el terrorismo islámico y las sociedades que desean exterminar es un grotesco acto de irresponsabilidad, transmitiendo ese mensaje inquietante donde parece que la culpa recae en todos menos en los terroristas y sus líderes reclutadores.
La maldad innata del integrismo yendo de la mano del cretinismo y vileza de cierta izquierda, como se dio cuenta en su momento la mítica periodista y escritora italiana Oriana Fallaci, que conmocionada ante tales alianzas imposibles, escribió algunos de los textos claves para digerir esa asociación o esa fascinación mutua entre el Islam radical y los movimientos antisistema, o incluso entre cierta progresía impresentable.

Abundaron así en las redes las reacciones momentáneas y dogmáticas, bilis lanzada a bocajarro por individuos sin capacidad alguna de aparejar un discurso razonable, más propias de coléricos impulsivos e ignorantes, que es la infantería de ocasión de ciertos responsables políticos que mediante la Fundación Nous Catalans (creada por Artur Mas) prefirieron apostar por una inmigración islámica descontrolada pero fácilmente permeable al nacionalismo, mientras se discriminaba a cualquier hispanoparlante que llegara del otro lado del Ebro, convirtiendo así a Cataluña en el mayor foco de radicalización salafista de toda España, y dejando a la población sentada sobre un polvorín que tenía toda la pinta de estallar. Pero nunca a ellos, claro, pues están seguros más allá de bolardos inexistentes y medidas de seguridad desoídas; unos excrementos políticos que, por desgracia, no podrán ser juzgados por estupidez criminal.

25 de julio de 2017

Lo poco que nos queda


 
 
Al desarrollar su visión del amor como un agente patógeno, Irene Montero arrebató a los pobres sufridores una de las cosas indispensables para vivir, si no acaso lo único que merece realmente la pena. El último resquicio de esperanza en un mundo cada vez más gris e impersonal.
Más allá de una entrevista que rozaba el dislate por momentos, de la incómoda situación para el remitente de estar leyendo a una muchacha sin demasiadas luces que repite un discurso aprendido e interiorizado a base de años de militancia y dogmatismo, a caballo entre el personaje y la neurosis, a medias entre el mitin bajuno y el feminismo de Superpop, quedaba la insondable desolación de que las jóvenes del recambio, sin mucho que aportar ni en el plano intelectual ni en el plano político, se dedican a encumbrar sus patologías personales y llevarlas al terreno de la norma. Hacer de la chaladura inmadura y sectaria algo cotidiano, pontificar a diario sus extravagancias mientras haya una legión de palmeros en los medios dispuesta a dar voz a cualquier necedad. Y mientras cuele, pues cuela.

Sus dianas contra el amor romántico, la advertencia de su toxicidad, tienen esa semejanza con los discursos de los curones de pueblo, cuando desde el púlpito sermoneaban intensamente a los pecadores de la carne, a los desgraciados que sacrificaban la razón en aras de la lujuria y cierta concupiscencia. La Iglesia siempre tuvo una relación difícil con el sexo, y esta nueva vieja izquierda tiene una compleja relación con el raciocinio.
Pero no hagáis caso a la aguda erudición de estos nuevos oradores de plató y predicadores de asamblea. El amor romántico es necesario. Si el dinero y el sexo mueven el mundo, el maldito amor, en toda su extensión y variantes, mueve el corazón de los hombres y les anima a realizar acciones de insólita valentía y ternura. La vileza, la estupidez, la usura, la venganza, el nepotismo…son sentimientos o maniobras a reprobar, pero el amor nos hace mejores personas, incluso a los peores de nosotros. Consigue que seamos más abiertos, más tolerantes, más sensibles, más felices por un tiempo. El tiempo que tarde en difuminarse la ilusión. Algunos, los más afortunados, encuentran un lugar en ese estado permanente, aunque inevitablemente siempre aparezcan las sombras del desgaste.
Es cierto que en el ambiente en que ahora se mueve la chica priman las relaciones de frialdad, el mutuo interés, los negocios, la conveniencia del partido, el salir o no salir en la tele. Pero hay toda una florida existencia más allá del Congreso y de los sueldazos, de la monserga ideológica. Muchos de los mejores discos de la historia de la música han sido concebidos gracias a que el artista se encontraba en ese milagroso estado (vale, también gracias a las drogas) y algunas de las mejores novelas e historias se han desarrollado entorno al amor romántico. Hablar sobre esta obviedad es tan ridículo que no tiene sentido explayarse más, si no fuera porque lo irrisorio parece haber tomado fuerza en los últimos tiempos.
Pero fue el amor de Menelao por Helena y su rescate lo que desató la guerra de Troya, y fue el amor (vale, y la ambición) lo que hizo perder la cabeza, literalmente, a Julien Sorel. Tal vez a eso se refiere Irene Montero al avisar de sus peligros, pero dudo mucho que la líder consorte haya leído a Homero y a Stendhal.

Si la derecha del pelotazo gangsteril ha entrado a saco de la mano de sus hienas financieras a por los últimos cimientos del sistema, y la izquierda parece estar en una batalla permanente con el sentido común, los que no tenemos más filiación que nuestra propia vida, cultura y experiencia, a regañadientes nos vemos en un fuego cruzado donde la inteligencia parece ser la primera víctima.
En un país de latrocinio y desvergüenza, donde hasta los bolis de las quinielas están atados a una cuerda para que no se los lleven, tiene maldita gracia que encima, manda cojones, nos quieran robar el amor.

22 de junio de 2017

Imposible razonar



El nacionalismo es un sentimiento primario. Como la religión. Como el amor. Como el humor. No te tienen que explicar los chistes porque entonces ya no tendrían gracia. Y cada uno es muy personal con su humor, no hay deber ni necesidad de justificar aquello que le hace reír de la misma manera que no tiene que justificar de quien se enamora. Ni se busca. Ocurre o no. Pasa o no pasa.
Claro que hay explicaciones sociales, históricas, educativas, políticas…pero buscar respuestas racionales a aquello que proviene de lo afectivo es un error habitual. Es un vuelco al corazón cuando te identificas con la tierra y la bandera, y es cierto que esa exaltación puede ser convenientemente templada con los viajes, con el tiempo, con la cultura, pero, ¿por qué se asume que esos remedios están al alcance de todo el mundo?, ¿por qué dar por hecho que el cómputo general de las personas tienen los medios o las ganas de viajar y leer y tratar de hacer buena la cita de Baroja?
Yo no podría ganar un maratón olímpico aunque me entrenara las próximas seis vidas, y para algunos, leer algo más grande y complejo que un libro de ‘El barco de vapor’ serie blanca, es como correr una prueba ateniense.

Las personas que creen en Dios no esperan ni quieren diatribas racionalistas o filosóficas porque no desean que su creencia sea puesta en entredicho; ni tampoco es coherente apelar a lo científico cuando se trata de algo íntimo, pasional, más sensitivo que tangible. Querer andar tocando por esas zonas puede conllevar reacciones airadas, intolerantes o agresivas.
De la misma manera que el enamorado rechaza que el sujeto de su amor sea el receptor de críticas, pues no admite que alguien ponga en tela de juicio las virtudes éticas y estéticas de su amada o amado.
Y el fanático futbolístico, el devoto de unos colores, el hincha de gritos muy altos e intelecto muy bajo, nunca reconocerá que su equipo perdió, tal vez, porque son una banda de tuercebotas: siempre se desvía la culpa al árbitro (y a su progenitora), a las conspiraciones o a la mala fortuna. Esto también sirve para justificar y pedir firmas en caso de estrellas estrelladas en pufos con el fisco (es decir, con la sociedad).

Hay que quitarse de alegatos didácticos y pedagogía profesional. El nacionalista común no va a ser confrontado desde la razón histórica, desde la legalidad jurídica, desde la defensa y el derecho de la ciudadanía. Sobra verborrea y amparos constitucionales, ningún artículo refrendado en el 78 puede sobreponerse a los designios sentimentales del que tiene una causa, aunque sea involutiva. Para la mayoría de individuos que viven bajo el amparo simbólico de una patria falaz, la idea misma de ésta da sentido a todas sus reivindicaciones, cuando no a su vida, y cualquier exposición en su contra, por muy fundamentada que sea, tiene agresivo carácter de veto.
Contra todo ello, no hay diálogo sensato posible. Pero cuando los enamorados son usados como mano de obra por los que manipulan esos sentimientos para quebrantar la ley, la ley tiene que actuar aunque se hieran orgullos y sinrazones.

11 de mayo de 2017

Personalidades paralelas


 
 
American Crime es una serie interesante y compleja por diversos factores. Es un producto bien elaborado, inteligente, no necesariamente fácil de ver, que plantea incómodos interrogantes mediante la escritura de pulso firme de John Ridley (12 años de esclavitud) el cual ahonda en las miserias morales y las tangibles de una sociedad y un sistema excluyentes con todos los que van quedando al margen del sueño americano.
Pero una de sus cualidades más reseñables es que los actores principales (y algunos de los secundarios) van mudando de personaje en cada temporada. Sus papeles cambian, al servicio de diferentes historias, y a veces es difícil reconocerlos en sus nuevas caracterizaciones. En especial, muy elogiable la labor de intérpretes sólidos como Felicity Huffman y Timothy Hutton, desplegando toda una gama de emociones y sentimientos contenidos o exaltados, un trabajo actoral cargado de matices.

Pienso en una fricción de los elementos termodinámicos, alguna especie de agujero de gusano, en donde eso fuera extrapolable a la vida real. A la de cada uno. Y cada una. Y que durante varias semanas, por algún desgarro en la trama de las cosas, la que era tu madre es una vecina molesta y antipática que causa problemas con el ruido de madrugada por tacones violentos o debido a una fervorosa y desaprensiva actividad sexual, y el chico con el que compartes confidencias se convierte en un traficante de personas, un ser violento y cruel, con el que no tendrías ningún tipo de intercambio, no digamos carnal.
Un amigo en cuyo criterio confías y de gustos similares ahora es un ceporro integral donde sus intereses culturales empiezan y terminan en el fútbol y la telebasura, y el escritor vivo que más admiras es un político demagogo diciendo "compañeros y compañeras" parapetado detrás de un atril.
La maruja de la peluquería que lee revistas del corazón y es propensa a la inquina, resulta una refinada dama algo impetuosa, de la que te enamoras porque escucha a John Coltrane y reconoce a Samuel Fuller como el mejor cineasta de su generación; y tal vez una de esas gordas extrañas y hurañas que ves cada mucho tiempo (casi siempre enlutadas) y alguien te dice que son de tu familia, en el siguiente mes de esa temporada completa que es tu vida, hace las veces de hermana con problemas, muy querida y muy cercana, de la que te tienes que encargar, por sus continuas recaídas con la cuchara y el mechero o porque le gusta soplar en exceso.
Y gente que en un pasado quisiste se torna en un presente anónima, ciudadanos como los que te cruzas a diario en el metro o en la calle, en sentido contrario, que por un breve momento coincides en el mismo espacio y lugar, sin reparar siquiera en ello, para después alejarse sin remisión. Uno se puede llegar a maravillar de la cantidad de gente extraña que hay en el mundo, siempre que no nos paremos ante un espejo y el reflejo nos muestre algo con lo que no contábamos.


Puede que tú mismo también seas otro, viviendo en una ciudad distinta y con una personalidad diferente, diametralmente opuesta a la actual; o hayas viajado en un golpe de tiempo hasta ese territorio añorado, la patria feliz de la infancia, donde todos deseamos volver, “hasta los peores de nosotros”, que ponía en boca de un mexicano fronterizo el lírico Peckinpah. Durante un periodo, seis o diez capítulos de tu vida, eres un infante otra vez, sin pensar en un futuro que no importa, sonriendo al verano eterno de tus nueve años, reclamando atenciones y necesidades como un podemita en el Congreso.
Y las identidades se van entrelazando, explorándose en universos paralelos, existiendo simultáneamente aquí y allá, ganando y perdiendo, felices y desdichados a la vez. Ejemplares e inmorales. Un Atticus Finch y un juez Holden. Todos iguales y todos diferentes. Alternando en una y otra dirección por la difusa línea del bien y del mal. Nos juntamos con personas de otras razas y a veces odiamos y otras amamos. El negro y el blanco como un genérico gris, como la proyección confusa de un daltónico, como la mirada viciada de un perro.

American Crime
hace cambiar los roles de sus actores, les da otra vida y otra forma de
ser, mientras nosotros nos empeñamos en seguir tan previsiblemente convencionales, avanzando en una única dirección en lo que parece un guión escrito de antemano para unos hechos reales mediocres.

16 de marzo de 2017

Paraíso...


Uno de los engaños más bochornosos que los jerifaltes del nacionalismo catalán tratan de perpetuar entre generaciones de ciudadanos predispuestos al lavado de coco es la representación de la gran Arcadia bucólica que sería esa Comunidad Autónoma si rompiera con las imposiciones de las Españas. Una república estelada ideal donde no habría escabechinas fiscales, ni corruptos mesetarios, ni animales cruelmente maltratados para entrentenimiento de la chusma.
En realidad, una huida hacia adelante para tratar de escapar de una Justicia que persigue sin mucha convicción a la mafia del 3% y el enriquecimiento de una antiguamente honorable familia.
En el intento de eludir sus responsabilidades por la actividad delictiva que desarrollaron, han envuelto a varias generaciones de catalanes en la bandera, y al mismo tiempo que la ondean, azuzan prejuicios, confrontaciones territoriales, odios infundados, vilezas históricas convenientemente manipuladas y todo un arsenal ideológico que, a pesar del argumentario pueril y sin soporte vigoroso más allá de la endofobia, el acicate de las masas y la exaltación patriotera en modo regionalista, de manera inevitable siempre acaba derivando en una forma de totalitarismo, de pensamiento excluyente que puede tornarse violento hasta el fascismo, a tenor de varios ataques registrados.
Asusta ver la juventud de los violentos asilvestrados, operando contra el charnego, bien en la cloaca en que se han convertido ciertas universidades o por libre en la calle (no olvidar a las chicas con indumentaria de la Selección nacional a las que ninguna feminista de baratillo tendió su hipócrita mano).

El nacionalismo tiene una parte idiotizadora y una parte mística, de devoción religiosa. Como cualquier creyente, el nacionalista necesita una figura mesiánica que seguir, y blasfemos a los que repudiar. Caído en desgracia el patriarca Jordi, las huestes que esperaban en las inmediaciones del TSJC para mostrar su apoyo a Mas, mártir de la democracia, son los nuevos feligreses de esta aventura tan delirante como peligrosa.

6 de marzo de 2017

El horror



Lo que hace tan terrorífica La semilla del diablo es la capacidad de sugerencia, la intuición de que el mal subyace tras esa adorable e inofensiva pareja de ancianos, su cada vez más inquietante presencia. El horror, el verdadero, se suele esconder sin necesidad de efectismos, bajo las más inocuas apariencias. Es un recurso que en el cine funciona, como bien sabe Polanski, pero también se manifiesta en la vida real, que en demasiadas ocasiones supera a la ficción.

Los restos de centenares de bebés y niños hacinados en una fosa bajo un convento de Galway evidencian una maligna presencia tras esos muros, el carácter religioso y tétrico que tantas veces ampara un silencio mortal. Era un centro de acogida para las impías madres solteras, donde también acudían con sus hijos o en estado de gestación. Aquello que la devota sociedad irlandesa repudiaba.
Dentro del claustro o entorno al hábito se mantenía una de las formas más sutiles de terror, la que ampara el crimen y hace certificados de defunción en nombre de la moral. Es sólo un caso más concerniente a la historia negra de centros gestionados por la Iglesia Católica, pero su conocimiento es sin duda de los más macabros.
Se amparaban en la seguridad, lo clandestino, lo sombrío de sus actos, pero en un Estado permisivo. La misma manera de proceder que las monjas de aquella España negra, colaborando en el robo de niños para entregarlos a decentes familias del Régimen, que sí sabían vivir como Dios manda. Todo sepultado durante décadas bajo el implacable mutismo oficial. Allí donde gritan en balde la voz ahogada de los inocentes.

Los abusos sexuales prolongados y sistemáticos en países como Estados Unidos, Australia, Polonia, Argentina, España o Irlanda señalan de manera inevitable que esos hechos tuvieron que contar con la colaboración o silencio conveniente de las autoridades, protegiendo el corrompido poder absoluto que se ceba con los más indefensos, junto a familias acalladas por el suculento chantaje monetario, compensando con dinero la infancia torturada de sus hijos.
Hoy en día, y con la información desclasificada que se tiene, con tantos sucesos lóbregos y escalofriantes que han visto la luz en proceso de esclarecerse (mas todo aquello que se sabe continúa en las confidenciales tinieblas), los progenitores que siguen entregando a sus hijos a organizaciones de ese carácter, poniendo su educación en manos de gestores de conciencias, pecan también de irresponsable complicidad.
Ya no existe una ignorancia inocente, una sumisión obligatoria, ni el oscurantismo nacionalcatólico se impone con la legitimidad que otorgaba la victoria por las armas.

Las religiones suelen acarrear con ellas una serie de atrocidades, al coartar las libertades individuales, y tratando de ganar la batalla por el dominio social, desde las exigencias catequistas más blanquecinas, pasando por el dogma en el pensamiento, hasta el control absoluto de la persona. Sin entrar en el terreno de las violaciones, mutilaciones y desmembramientos que aún hoy se siguen practicando a lo largo del mundo en perversiones teocráticas.
Por eso, acostumbrados ya a la cada vez más extinta figura del meapilas patrio, de caspa conocida y mentalidad cerril dentro de un intelecto no especialmente robusto, es tan grande la perplejidad al constatar en España el surgimiento de un nuevo elemento: el idiota que dícese progresista moderno y mantiene sin embargo una labor abyecta como tonto útil del Islam, cuando no directamente quintacolumnista del fundamentalismo; olvidando, al tener sólo un dedo de frente, la deriva hacia la involución que supone dar cobijo a una de las más mezquinas formas de represión comunitaria.
El sueño de la religión produce monstruos.

26 de febrero de 2017

Normalidades

 



Hay un día en que, sin saber muy bien por qué ni cómo, lo extraordinario se convierte en cotidiano.
Resultado de un proceso asumido con la misma pasiva indiferencia del eslavo que se asoma una mañana de febrero a la ventana de su dacha y descubre que las nieves aún están ahí, determinando que seguirán los rigores del invierno y con pocas ganas de oponerse a las inclemencias naturales.


A base de repetirse con frecuencia apabullante las situaciones en principio insólitas, se termina por interiorizar como normal dentro del disparate patrio que, por ejemplo, gran parte del elenco de invitados de aquella megalómana boda, paradigma del oropel hortera realizada en el muy imperial Monasterio de El Escorial, esté en la cárcel o camino de ella, aunque siempre contando con la benevolencia del sistema penitenciario y sus laxitudes. Aquellos años del ladrillazo y el “milagro económico” que se descubrió más bien un acto escéptico y laico de rapiña de unos pocos pero que amasaban como muchos. Si uno repasa la lista de ilustres invitados por parte de papá en aquellas nupcias, sale para que Francis Ford Coppola pudiera hacer una versión casposa y cutre.

Los habituales desmanes de la Justicia ya empiezan a ser periódicos y forman parte de la rutina de lo grotesco, y hasta la más inocente de las criaturas puede intuir que el color de la sangre que circule por tus venas, aunque sea de un azul de parentesco político, es fundamental a la hora de dirimir la diferencia entre acabar entre rejas o retozando en bicicleta en algún paraíso fiscal helvético.

Se ha convertido también en algo perplejamente cotidiano observar el Congreso transformado en un espectáculo propio de un plató de los programas más abyectos de la telemierda, con un griterío que azuza la vergüena ajena y hace remontarse a esos mercados de pueblo donde pescaderas de distintos puestos se interpelaban con no excesivo decoro. Una jauría de maneras más propias de corrala, patio de vecinas, donde las formas bajunas y el chonismo militante hacen las delicias de los periodistas parlamentarios. Cuentan que algunos se desternillan cada vez que ciertos personajes rufianes van a tomar la palabra.
El Congreso como una representación tragicómica, donde conviven lo bizarro y lo circense, donde “la nueva política” (inevitable aquí esbozar una media sonrisa malévola) ha naturalizado también el nepotismo y los enfrentamientos fraticidas por el control del poder.
Otra cuestión a la que ya vamos a tener que acostumbrarnos a la fuerza (algunos todavía nos revolvemos incómodos al escuchar ciertos absurdos desdoblamientos de género) es que la lengua española se destroce continuamente, arrastrada por el suelo de la imbecilidad y la demagogia oportunista que medra en el negocio político, todo ello con la peregrina excusa de la lucha por la visibilización de la mujer. Flaco favor se le hace a causa tan justa que sus supuestas representantes y voces autorizadas alardeen de un bajísimo nivel y se fajen en dilucidar si se dice guardería o no se dice guardería, por poner un mero ejemplo bochornoso. Los movimientos en pro de la correción politica no se diferencian apenas de la más simple y llana estupidez.

Se ve como normal eso tan nuestro de la defensa de los DDHH a la carta. Personalizada. Claman por la dignidad  y los Derechos Humanos los mismos plañideros que se rasgaban teatralmente las vestiduras con sus mensajes estomagantes y patéticamente grandilocuentes tras la muerte de Castro. Parece no llamar la atención ese doblepensar, esa hipocresía que adolce de un fraccionamiento de la moral, la sospecha de que para pedir dignidad, lo primero que debe un parlamentario es tenerla.
Hay que aceptar estoicamente que se llenen la boca con palabras cargadas de sentimentalismo y activismos hueco los mismos individuos que se manifiestan a favor de los presos no arrepentidos de ETA, y a los que jamás se les vio al lado de las víctimas en los años duros; ni hubo gestos en ese sentido, cuando algunos de esta camarilla ahora felizmente apoltronada estaban en Contrapoder, ejerciendo de marca blanca de Batasuna en la Villa y Corte y en la UCM.
Mientras, sus numerosos y descerebrados seguidores tienen que buscar continuamente coartadas obscenas para justificar los choriceos de sus ídolos, en una peligrosa ley del embudo, basada en ser muy rígido y estricto con las corruptelas de otros rivales políticos, pero consentidor y tolerante con las propias.

Elemento ya habitual es también que una parte de esos seguidores, los más activos y hostiles, han normalizado eso de reventar conferencias universitarias cuando el ponente no es del gusto de tan refinado público, que decide, en un acto admirable, que la libertad de expresión está muy bien siempre y cuando el que la vaya a ejercer no exprese algo que pueda violentar sus púberes conciencias. Difícil sería romper la cerrazón mental de esas jaurías y tratar de hacerles ver que incluso se aprende más escuchando a aquel con el que no estamos de acuerdo, y que toda charla puede ser aprovechable, aunque sea del invidivuo más despreciable, sólo por el valor e interés de oír lo que tenga que contar, y luego poder refutarle o contradecirle. No, prefieren el totalitarismo, la intolerancia y la coacción.

Y así, todo delirio se va estandarizando entre la sociedad y sus individios con desgana y resignación, hasta llegar al punto de la aceptación o el comprensible escepticismo, no sin perder esa pizca de curiosidad malsana, del "bueno, a ver hasta dónde vamos a llegar", y mientras se va tirando, interesados por comprobar qué deparará todo este despropósito.