13 de noviembre de 2018

Análisis en Intereconomía

La actualidad del 7/11/18 comentada en directo con Rafael Núñez.



Feminismo y censura




Como los tiempos que vivimos suelen moverse en círculos, y la historia tiende a repetirse, después de la eclosión de las libertades individuales (abarcando también el terreno del sexo) en los primeros y disolutos años de la Transición, nos encaminamos de forma inexorable hacia una suerte de involución. O al menos, se pretende. Puede, en realidad, que no vayamos a ninguna parte. O a ninguna parte que merezca la pena.
Lo que es innegable es que el surgimiento de un feminismo desquiciado, absurdo, tremendista, desmedido, baldío e ignorante ha enviciado de forma preocupante la forma que tiene la sociedad de relacionarse con las mujeres, acabando con ese feminismo igualitario y necesario, o haciéndolo inservible, por contagio.
Los hombres ya no saben a qué atenerse, y asumen con temor el riesgo de, por torpeza o imprudencia, cometer un error que los señale públicamente como unos desalmados sexistas. Aunque sea por las cosas más baladíes.
Incluso manifestaciones artísticas como el cine y la música corren peligro de caer en esa red punitiva donde impera la ley del silencio. La de ponerse de perfil ante el griterío irracional, más que nada para no ser señalado y marcado. No vaya a ser que te acusen de cosas feas un montón de tontos del culo.

Existe una persecución a todo lo que se parezca mínimamente a erotismo, a insinuación, a conquista, e incluso a romanticismo.
Desde que es necesario un consentimiento expreso con rúbrica de firma para un envite amoroso, ya no serían viables, a juicio de los inquisidores de la moral, escenas como la de ‘El cartero siempre llama dos veces’ entre Jack Nicholson y Jessica Lange, o los cristales rotos de ‘Fuego en el cuerpo’, ni siquiera la de Al Pacino irrumpiendo con ímpetu en el apartamento de su chica en ‘Atrapado por su pasado’. A Robert De Niro, por supuesto, lo fundirían a palos por su personaje en ‘El cabo del miedo’, y John Wayne, ese fascista cabrón, sería defenestrado de las filmotecas por su manía de coger en brazos a damas en apuros.
Por no decir la impúdica curvatura de una Marilyn Monroe o Kim Novak, la profunda mirada de Claudia Cardinale o las libertinas y esplendorosas piernas de Angie Dickinson, todas ellas, por supuesto, actrices alienadas, perpetuando cánones impuestos.
Se acabaron los sobreentendidos, las insinuaciones, el juego de dos, el proceso de conquista que fluye hasta terminar en intercambio corporal, todas esas cosas que conforman las relaciones íntimas y que no necesitan de una confirmación en voz alta que enfríe el ambiente y baje los ánimos más exaltados.

Tantos años de inaplazable lucha de las mujeres por su libertad, por vestir como quieran, por poder reivindicar su cuerpo y su sexualidad sin censuras que enmudecieran besos, alargaran vestidos o taparan escotes, para acabar así, como en esos torneos de golf en Estados Unidos donde han prohibido las minifaldas a las mujeres. ¿La Iglesia católica? No, los que llevan el estandarte de la progresía y el feminismo. Un feminismo puritano y totalitario que muestra a las mujeres como seres indefensos, necesitados de unión férrea (y también de dinero a espuertas) para hacer frente a los peligros cotidianos de un mundo peligrosamente heteropatriarcal, sea lo que sea que signifique eso.
Por eso, para protegerlas del macho depredador, no se enfoca a las mujeres “guapas” (a criterio del realizador) en el Mundial de fútbol, no sea que la pantalla sea salpicada por un torrente de desagradable testosterona.
Países que tienen unos niveles de libertad y de calidad de vida muy superiores a otros del entorno, y que, sin embargo, a juicio de estas profesionales y vividoras de género, están plagados de micromachismos en el ambiente cotidiano, haciendo insoportable la existencia a tantas féminas, a pesar de vivir en esa parte del mundo donde aún se pueden comportar como seres libres en igualdad de condiciones y derechos.
Se ha llegado al punto en el que puede ser un acto deleznable el gesto de un camarero de ponerle a él la caña de cerveza y a ella el refresco, pero donde ponerle a ella un burka es un acto de “empoderamiento”.
Tiempos donde, cuando cedes el paso a una mujer, sientes ese segundo de inquieta incertidumbre, por si las moscas. O, el mecánico gesto de ceder tu chaqueta y pasársela por los hombros a una chica que haya salido contigo sin la ropa de abrigo oportuna en una noche intempestiva, por si esa deferencia hacia ella es tomada por un símbolo de grosero machismo. También es verdad, huelga decirlo, que uno no tiende a salir con mujeres que sean gilipollas.

Entrevista en Intereconomía

Entrevista, el 17/10/18, en la que abordamos la compleja situación en Asturias, donde existe un intento de imponer un dialecto creado de forma artificial con el objetivo de sacarle rédito económico.


5 de octubre de 2018

Sociedad civil, un paso al frente




Artículo publicado originalmente en La Nueva España.


El rodillo avasallador del nacionalismo y la infame aplicación de la inmersión lingüística convertida en ahogamiento, tratando de arrinconar y reducir a la mínima expresión la lengua compartida, la de todos, ha creado una situación no sorprendente pero sí inquietante: que en su propio país, los ciudadanos tengan que echarse a la calle a recabar apoyos para defender su idioma común. Su patrimonio lingüístico.
Es a lo que se ha afanado Hablamos Español en diversos puntos de Asturias (también en ciudades de toda España) con una recogida de firmas por parte de sus voluntarios que contó con el apoyo de El Club de los Viernes y la Plataforma contra la Cooficialidad. Salvo los esperados exabruptos de algunos ceporros de cerebro descampado, he de decir que la respuesta ciudadana fue ejemplar y esperanzadora, casi se diría que había en ello un asomo de belleza. Personas de todas las edades, individualmente o familias enteras, que se acercaban a las mesas a estampar su firma y desear suerte, compartiendo la preocupación colectiva y señalando el absurdo casi grotesco de que sea necesaria tal iniciativa. Pero lo es, muy a nuestro pesar.
El español es una lengua universal e histórica que sólo está amenazada allí donde brotan los nacionalismos periféricos con ínfulas de supremacismo, aunque sólo sea complejo, doctrina y desconocimiento.
No es posible negar ahora la fuerza de nuestro idioma, herramienta rica, útil y diversa, nación sin fronteras que cruza un océano para extenderse desde California hasta Tierra de Fuego y une y comunica a 500 millones de personas. Adscribirle hoy persecutores al español es de un cerrilismo feroz, que sólo evidencia la cortedad de miras y el recalcitrante aldeanismo del que, para reivindicar lo singular, arroja piedras sobre el tejado de lo plural, que también es suyo.
En Cataluña, por ejemplo, usan la lengua, mal ensalivada, como los lazos amarillos: un símbolo de identificación grupal, que señala más al que no hace uso que al que lo ostenta para integrarse en la masa identitaria. El castellano está prácticamente erradicado de las instituciones y de la enseñanza primaria y secundaria, y las nuevas generaciones, temo que crecerán sin leer a paisanos suyos como Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Josep Pla o Vila-Matas, pues nadie les dirá que son tan auténticamente catalanes como cualquiera de ellos, y así se irá yendo todo por el duro y gris sumidero donde van a parar la razón y la cultura.

Mientras, más que resignarnos, nos queda dar un paso al frente. La mayor fuerza que puede adquirir la sociedad civil es la que sale de sus ciudadanos, uniéndose bajo el compromiso político y ético de defender sus libertades. No sólo la libertad de lengua se ve acorralada, sino todas las libertades, como puede comprobar cualquiera que a día de hoy se dé una vuelta por la vida. Están amenazadas por un neofascismo galopante, reprobatorio y puritano, al que le apasiona prohibir, censurar, imponer, silenciar; purgar todo aquello que no encaje con su retorcida y totalitaria manera de entender el mundo.
A pequeña escala, pueden expulsar a un grupo de una terraza de concesión municipal por comer una empanada de chistorra, censurar un calendario de bomberos o hacer una lista negra de las canciones que no deberían escucharse en una fiesta popular.
A escala mayor, está el objetivo no disimulado de controlar férreamente los medios de comunicación, limpiar éstos de elementos discrepantes o peligrosos para la causa, vertebrar moralmente a una sociedad mediante el populismo o marginar una lengua en beneficio de otra minoritaria.
Si durante mucho tiempo (demasiado) personas valientes y corajudas se plantaron frente al matonismo xenófobo vasco y dieron la cara aun a riesgo de perder la vida, qué menos podemos hacer nosotros, en nuestra discreta y cómoda parcela donde no necesitamos escoltas, que aportar nuestra pequeña contribución en la batalla por el Estado de Derecho que se está tornando violenta por momentos, como podemos ver en las acciones de los movimientos de los CDR catalanes y su ataque a toda manifestación convocada por plataformas defensoras de la Constitución, y que tanto recuerdan a otros escalofriantes brotes totalitarios surgidos en la primera mitad del pasado siglo.
Y así, prevenidos por las lecciones de la historia y escarmentados de nuestro propio pasado oscuro y visceral en su concepción ideológica, es el momento de seguir avanzando para plantar cara al radicalismo que se extiende, como una virulenta plaga de griterío atroz, por toda la geografía ibérica.

  

3 de septiembre de 2018

Estado de Derecho y cultura democrática

Artículo publicado originalmente, salvo pequeños cambios, en La Nueva España.






¿Cómo se atreve a esgrimir ante este tribunal el argumento de la actitud del vecindario? La ley no se somete a nadie, ni cuando son pocos ni cuando son muchos.
Tom Wolfe- La hoguera de las vanidades.

Sin entrar a valorar los hechos ocurridos y la naturaleza animalesca de los acusados, y más allá de análisis de tipo jurídico que tendrán que cotejar los profesionales pertinentes, parece que si algo ha dejado al descubierto el caso de La Manada es que hay una parte de la sociedad española que, para desgracia de todos, no está preparada para un Estado de Derecho dentro del marco de una democracia moderna. Que no está capacitada, por ignorancia o desidia, para el respeto a las instituciones que garantizan la maquinaria de los Estados surgidos de la caída del Antiguo Régimen.
Que el mismo día del fallo de la Audiencia de Navarra, ya hubiera una jauría de gente concentrada en distintos puntos de España, sin haberse leído la sentencia (aún no había sido ni publicada), evidencia el desprecio popular a los cauces legales habituales y el triunfo, con toda la bajeza que implica, de los instintos primarios, la desinformación y la cultura del linchamiento. Manifestaciones posteriores con la cara del juez del voto discrepante puesta dentro de una diana, ante la perplejidad del resto de ciudadanos, hizo por un momento tambalearse las estructuras del poder judicial y la separación de poderes, zarandeadas por el ímpetu descontrolado de la masa enardecida que no entiende ni atiende a razones, movida por los prejuicios y la propaganda, incapaz del más mínimo análisis serio y de tener una opinión propia más allá que la mayoritaria que imponen algunos medios de comunicación, interesados sólo en mediatizar casos concretos.

Un hecho grave y parecido es el resultado del juicio de Juana Rivas. Usada hasta la arcada para sus perversos fines políticos, el caso de esta mujer huída de la justicia y acusada de secuestro de sus hijos ha servido para canalizar la ira del populacho radical. Por las redes circulaban los datos personales del juez que dictó sentencia.
Que los jueces puedan convertirse en los nuevos objetivos es tan incontestablemente grave que es el Gobierno el que debería tomar medidas en defensa de la democracia, en lugar de echar más leña al fuego de la barbarie con declaraciones que sólo evidencian su estúpida complicidad. Azuzando a que las huestes furiosas ocupen los espacios urbanos para sus campañas de agitación. Creyendo, esa multitud, entre reacciones iracundas y pancartas bochornosas y vulgares, que el Poder Judicial es algo que pueda ser permeable desde la plaza del pueblo por una turba de imbéciles. Gentuza irresponsable que trata de poner en tela de juicio las elementales reglas por las que se rige una nación. A Woody Allen quisieron desterrarlo para siempre de las calles de Oviedo sin haber sido siquiera procesado en su país. Y es que, habitando en una geografía moral e intelectual muy alejada de los primigenios movimientos feministas de momentos históricos, estamos viviendo momentos histéricos, además de soportar el resultado de la aplicación a rajatabla de la ideología de género, cuyo exponente legal es la zapateril e infame Ley de violencia de género, donde, vulnerando todos los derechos básicos y principios legales, un hombre es culpable hasta que no se demuestre lo contrario.

Preocupa, así mismo, la persecución a las opiniones discrepantes y la violencia impositiva que poco a poco se va adueñando de las facultades y lugares de estudios superiores. Que haya salones de actos donde no se pueda celebrar, por ejemplo, un homenaje a Cervantes. O donde un profesor no pueda emitir, dentro de la libertad de cátedra, un punto de vista que sea susceptible de considerarse como “ofensivo” para los indignados de vocación y las almas cándidas.
Eliminando de los centros los debates abiertos, plurales y en libertad, corremos el riesgo de acabar como en las universidades de EEUU, donde la dictadura de lo políticamente correcto ha parasitado todo, apropiándose de esos espacios que antaño eran intercambio de conocimientos y sede intelectual. De hecho, en nuestro marco político, tienen una presencia bastante importante una serie de individuos salidos de las universidades donde entre sus actividades constaban los boicots a las conferencias con las que no estuvieran de acuerdo ideológicamente, atacando frontalmente a la libertad de expresión y de pensamiento.
En este tiempo de canallas que vivimos, donde señalar lo obvio se puede convertir en un acto subversivo, fortalecer los ideales nacidos al calor de la Ilustración, frente a la cacería iniciada contra las libertades básicas por parte de los populismos y extremistas, se presenta como necesario y urgente.

Para muestra paradigmática, el conflicto con los nacionalismos. La figura mezquina de los equidistantes es de la más despreciable. Las que hablan de “conflicto” como si fueran dos partes en situación de ponerse a ambos lados de una misma balanza. Ignoran los bienintencionados de alguna irreconocible izquierda y los tontos de carrito que el derecho a decidir es la base de toda democracia, lo que no existe es el derecho a decidir quiénes no tienen derecho a decidir. Que una comunidad autónoma no es autónoma al margen de las demás para decisiones que afectan al cómputo de los ciudadanos. Y que en un país avanzado, sus primos políticos, en camarilla mafiosa, no pueden esperar a un magistrado a la salida de un restaurante.
O, para los fundamentalistas de pila bautismal, que las creencias privadas no pueden interferir en la vida pública ni pretender vertebrar moralmente a la sociedad, y que los asuntos de la moral no tienen ninguna validez legal. Pero eso ya sería para otra ocasión.

28 de julio de 2018

El espejo asturiano ante la cooficialidad del estremeñu

Artículo publicado originalmente en Cope Almendralejo



Durante mucho tiempo, los árboles del nacionalcatolicismo en su modelo dictatorial no dejaron ver el bosque de los nacionalismos periféricos que estaban germinando (o habrían de hacerlo) con la batuta de lucha contra el régimen y con el falsa aura de progresistas. Y así, en un país donde la doctrina dominante abarcaba todo en lo social e ideológico, reventó el huevo de la serpiente del aranismo, y ETA comenzó a matar, primero como oposición al franquismo y luego como voladura a la democracia, pero siempre con intenciones totalitarias.
El nacionalismo catalán fue la cortina tras la que el clan de los Pujol escondía el dinero antes de mandarlo para Andorra y Suiza, y la cercanía del aliento judicial hizo que aceleraran el proceso de desconexión de la justicia española, arrastrando con ellos, en una deriva autodestructiva y siniestra, a un millón y medio de ciudadanos debidamente dogmatizados. Movimientos nacionalistas de carácter populista se expandieron también a la Comunidad Valenciana, Baleares, Galicia, y en menor medida, Andalucía y Asturias.
Pero todos tienen en común un mismo elemento vertebrador: la lengua. El idioma como seña identitaria y representativa, que identifica a una comunidad supuestamente homogénea sobre las demás.

En Asturias, desde que la Academia de la Llingüa juntó los distintos bables de las zonas de la región para crear una gramática común prácticamente artificial y darle salida oficial, existió el anhelo por parte de grupúsculos de la extrema izquierda nacionalista (la Andecha Astur independentista, principalmente) de otorgarle al asunto una legitimidad inexistente, para la que además, no había una demanda social. Con la ley y uso de marzo de 1998, la problemática quedó más o menos aparcada, dándole a los bablistas todos los derechos tanto como hablantes como a la hora de dirigirse a la administración.
Pero la irrupción de Podemos en el panorama político y el cambio de dirección en la Federación Socialista Asturiana hizo saltar todas las alarmas, pues los diputados en La Junta podían dar los suficientes números como para aprobar una cooficialidad, impulsada por sectores minoritarios pero combativos. A raíz de esta amenaza, se creó la Plataforma de la que soy portavoz, una movilización que surge de la sociedad civil para defender la libertad lingüística y los derechos ciudadanos en el Principado.
Uno de los puntos clave de este cambio de legislación del asturiano sería que dicho dialecto pasaría a ser obligatorio en el sistema educativo, imponiendo su enseñanza a niños y en toda la red escolar, una barbaridad vituperable donde la obligatoriedad marcaría el imprevisible camino del adoctrinamiento, en esas edades donde más inerme es la persona. Se habla también de la lengua como mérito laboral, con lo que eso influiría en el mercado y en la igualdad de oportunidades, lanzada grave para una región arruinada en casi todos sus aspectos, junto con el gasto público que se dispararía, para hacer frente a la nueva normativa, impuestos mediante.

Por supuesto, estas pretensiones azuzan el debate social hasta el límite de la crispación y el enfrentamiento, pues todo nacionalismo es belicoso e intransigente. Desde el mismo momento del nacimiento, la plataforma ha recibido los insultos y el desprecio de los más radicales, buceando en el pasado político y personal de algunos miembros y excretando calificativos como ‘antiasturianos’ a todos los que pensamos diferente a ellos, lo que marca esa peligrosa y conocida línea de ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda, donde uno no basta con vivir y “saberse” de un sitio, además tiene que demostrar las cualidades óptimas que conforman la identidad nacional, víctimas así de un discurso torticero y sentimental que apela a las emociones biográficas por motivos de pertenencia.
En nuestro más férreo deseo de evitar que nuestra tierra caiga en manos de semejante tropa, y en no ver a Asturias consumida por la semilla del odio, la plataforma se mantiene cada vez más activa y con permanente presencia en medios, tratando de dar la réplica en la batalla del discurso y de las ideas, pues hasta entonces, los conocidos como “asturtzales” disparaban sus soflamas y bravatas sin contestación por parte de ningún movimiento ciudadano organizado. De nuestra perseverancia viene su inquina.

Mi consejo para los extremeños es que, ante iniciativas como la de Compromís de hacer oficial, entre otros, el estremeñu, y siguiendo el ejemplo de Asturias, todos aquellos que se opongan a dislates lingüísticos muestren su rechazo abiertamente y, a ser posible, de manera oficial. Aunque ahora parezca algo lejano y disparatado, basta un pequeño movimiento o un cambio de Gobierno para que la maquinaria nacionalista se ponga en marcha, y una tierra poco hostil y sin barreras artificiales entre de lleno en un conflicto hasta entonces inexistente.

24 de julio de 2018

Dame a mí los telediarios

Artículo publicado originalmente en El Semanal Digital





“Y para ti la consejería de Turismo”. Así manifestaba Pablo Iglesias la trascendente importancia de contar con una televisión a su servicio, con ese sentido expresivo en el pronombre personal (dame a MÍ) que denota propiedad, que evidencia que los noticieros pertenecen al político de turno: nunca se les ha pasado por la cabeza esa utopía entrañable de ponerlos al servicio del ciudadano.
Así y todo, impresiona la avidez con la que se han lanzado a por RTVE, dejada precipitadamente a su suerte por sus antiguos propietarios. Goloso festín para las aves de rapiña. Cansado de jugar a ser el hombre de acero controlando el aparato del partido, la ambición del caudillo morado pasa (siempre pasó) por controlar el aparato del Estado. Hay que tener en cuenta que los populistas, si se les deja crecer hasta que la bestia alcanza un tamaño considerable (como un adolescente después del estirón que ya ha escapado al manejo de sus padres) los medios de comunicación o los controlan o los cierran. Los altavoces disidentes incomodan y, además, son peligrosos.
“Que existan medios privados atenta contra la democracia”, es otra frase de Iglesias. En contexto: Medios públicos y míos.
“Hay que despolitizar TVE”, decían con colosal cinismo y las fauces salivando con la sola idea de refundar el Ministerio de Información, mientras una sectaria tan impresentable como Ana Pardo de Vera contaba con asombrosa impudicia todo el proceso desde que la llamaron para presidir el ente hasta que fue desestimada; sin darse cuenta, la tan zafia como torpe, que estaba evidenciando los mamoneos políticos en el chiringuito de amigos de la televisión pública supuestamente despolitizada. Al Final, con el inestimable apoyo de los nacionalistas periféricos, siempre deseando mojar en todas las salsas, han nombrado consejera a la siniestra Rosa María Artal, una especie de perro de presa de Twitter, más conocida por su poco talante y su inquina a las libertades que por su capacidad para dirigir semejante grupo humano; y a Cristina Fallarás, miembro de Podemos. Ellas y otros tantos. Gentuza siempre dispuesta a lamer la bota del poderoso ideológicamente afín, del político de turno. De congraciarse con quien esté al mando y servirles de propagandista, olvidando los códigos profesionales de un oficio noble y necesario, que requiere de gallardía, honestidad intelectual, emancipación de pensamiento para pelear por la verdad. Para poner contra las cuerdas o mantener a raya a lo impune y a lo establecido, si es menester.

Es cierto que en la actualidad, con la proliferación de medios y la expansión totémica de las redes, es fácil saltarse una censura o que una noticia que se quiera escaquear, no consiga esconderse en el maremágnum de canales de información. Pero preocupan esos 6.400 trabajadores que tiene RTVE. La honradez que se le supone al periodismo tiene que sobrevivir al control de los gerifaltes, y eso pasa por poder desarrollar su humilde y heroica ocupación en libertad, sin la autocensura inconsciente que se adquiere cuando notas el aliento en la nuca de un superior que espera una determinada forma de realizar tu trabajo.
A estas alturas, casi todos los que estamos en el tema, o el ciudadano que no viva en el limbo, sabemos la quimera que supone eso tan bonito como irrealizable de una televisión pública independiente y plural, pero eso no quiere decir que, con otras formas de encontrarla, no sigamos buscando la verdad que aguarda más allá del orwelliano control que ansían los populismos patrios.