29 de agosto de 2020

El gran chantaje


 

Artículo publicado originalmente en La Nueva España

Ya antes de que el déspota de Galapagar lanzara su cínica alerta antifascista, todos los movimientos del populismo bolivariano y sus potentes corrientes mediáticas habían abocado a esa dicotomía: o el podemismo o la ultraderecha.
De esta manera, y usando de forma eficiente los medios de comunicación y las redes sociales con huestes a su servicio, ponían contra la espada y la pared a los indecisos, a los tibios, a los más pacatos. Las masas podían ser usadas a voluntad.

Es una forma de perverso chantaje social que busca polarizar a la ciudadanía y crear esa falsa sensación de que sólo existe un oscuro muro ideológico fuera de las bondades del partido morado y sus lacayos socialistas: esas densas tinieblas de la extrema derecha.
Una táctica vieja, pero infalible. Agitación y propaganda de probada eficacia.

Si denuncias todas las presuntas corruptelas de Iglesias y sus secuaces desde la formación misma del partido, es porque estás alineado con las cloacas del estado. Es imposible que el partido del proletariado, que el faro del pueblo, que el guía de los de abajo, haya cometido ningún tipo de irregularidad en su desinteresado afán por mejorar la vida de la gente.
Manifestarse en contra de los excesos mesiánicos del líder de los desheredaros te sitúa en siniestro concubinato con el fascio.

Si crees que la gestión de la pandemia ha sido (y está siendo) catastrófica y negligente, llevada a cabo por una partida de inútiles sectarios (hasta en los medios extranjeros quedan perplejos por semejante devastación) es porque eres un peligroso camisa negra que anhela el advenimiento de un caudillo redivivo.

Si te parece que la ideología de género es un disparate para movilizar a las mujeres más intelectualmente desfavorecidas con consignas y soflamas y aprovecharse de sus carencias emocionales o su misandria para hacer lucro, es porque te sientes bien como un puerco machista. No hay opción. Tienes que ver con buenos ojos que la iletrada y fanática Montero haya llevado a miles de personas al matadero vírico del 8M de forma consciente, sólo porque tenía que coincidir con la aprobación de su ley de Libertad Sexual, ahora echada para atrás por los socialistas sensatos que quedan.

Si rehuyes de cualquier nacionalismo de corte tribal y ramalazos xenófobos; y los privilegios forales, las carlistadas y las teorías étnicas que han destrozado vidas te resultan incompatibles con la igualdad entre territorios y ciudadanos, es porque en verdad eres un rancio españolista que desea imponer la cruz y la espada mientras suspiras por las pasadas glorias imperiales.
En el imaginario colectivo del mundo progre, Arnaldo Otegi es un hombre de paz y las víctimas del terrorismo un engorro revanchista.

Así, muchas personas que no quieren verse envueltas en polémicas de ningún tipo, callan aunque no otorguen, prefieren ponerse de perfil, mimetizarse con el paisaje, ante el riesgo de ser tachados de fachas, de machistas, de nazis. De cualquier barbaridad que se les ocurra. Cada vez que uno elude dar la réplica a un cafre socialcomunista, van ganando palmo a palmo la ley del silencio para que ninguna persona ose alzar la voz contra sus desmanes liberticidas, pues sabe que será untada con la mácula del adjetivo.
Con esta fórmula van cerrando filas y creando un relato, obsesionados por el poder y dispuestos a machacar a cualquier disidente dentro o fuera de su organización, persiguiendo y señalando periodistas, jueces y otros políticos.

Lo que pasa que estos señores están profundamente equivocados. Se crecieron demasiado mientras infravaloraban la capacidad de los libres para ofrecer resistencia al totalitario.
Puede que algunos estén acongojados por el rodillo morado, su ingeniera social y la férrea imposición del marxismo cultural.
Pero no todos callamos ni nos resignamos. Y siempre nos van a tener enfrente.

18 de agosto de 2020

La última generación

 


Paso todos los años unos días alejado de Madrid, alejado también de la pequeña capital de provincia de la que soy oriundo, para exiliarme al lado del mar del norte y tener para mí ese tiempo tan necesario, para actividades tan denostadas como leer o pasear sin reloj, ni móvil, ni mensajes, ni políticos, ni llamadas de trabajo. 
Ajeno también a ciertas estupideces contemporáneas y otros engorros del nuevo milenio. Siempre hay un lugar para el que no se siente del todo cómodo con los tiempos actuales. Sólo has de encontrarlo y hacerlo tuyo. Sirve de parapeto y de refugio. Una isla de Elba voluntaria en la que descansar antes de regresar a la batalla.

Allí, en mi Ítaca particular, aún perviven los rincones que moldearon mi infancia, hasta el punto de idealizar aquellos interminables meses estivales donde apurábamos el día y la inocencia, mientras la adolescencia iba llamando a la puerta un poco más contundente cada mes de agosto donde nunca se apagaba la luz; hasta que los años y la vida terminaron por alejar a la pandilla, que nunca volvió a ser la misma desde que la carta de la muerte se cruzó en nuestro camino, saliendo de forma inesperada en la baraja fatal de la existencia de esa chica que nunca cumplirá los 28.
Entonces ninguno teníamos móviles -ni puta falta que hacía- y las guerras en las videoconsolas que ahora idiotizan a los chavales eran al aire libre con palos que simulaban metralletas y boñigas de vaca lanzadas a bocajarro a modo de granadas de mano. Ahí jugaba un yo que fui, que ya no existe. Como tantas cosas que fueron y que nunca más serán.

Aunque cagatintas sin vocación esputan banalidades y estupideces supuestamente profundas, y en un mundillo editorial en el que cualquier cantamañanas publica libros de autoayuda con misticismo de garrafón y espiritualidad de taza de café, a mí me consuela y reconforta lo más mundano: sentarme junto a mi abuela y escuchar las historias que aún están en su cabeza, antes de que el inexorable diluir de los acontecimientos las borre para siempre.
Historias y hechos que nadie le tuvo que contar, porque los vivió. Guerras que se perdieron (hay que cerrar ciertos capítulos, claro, pero antes conviene leérselos), 
trabajo duro encalleciendo las manos, familias numerosas cuando tres no eran multitud, opiniones reprimidas, esposas abnegadas pero corajudas, una forma de entender todo lo bueno y lo malo de un siglo XX que nos marcó, porque de ahí venimos. Venimos del campo y de la madrugada al cantar del gallo, de las casas sin agua corriente, de la hierba amontonada, la tierra cultivada, los animales como una forma natural de criar y matar, de caminos embarrados donde ahora discurren autopistas.

Y si queremos retroceder un poco más, entonces hagamos hablar a nuestro abuelos de los suyos propios, y nos meteremos de lleno ya en el XIX, en una España que no reconoceríamos y que nos parece tan lejana como la de los Reyes Católicos. Pero está ahí, a la vuelta de la esquina, al doblar la rama de un par de generaciones que escalemos en el árbol genealógico.

Pienso en el tiempo y en esa historia que se extingue y se diluye irremediablemente, la memoria que se mantiene, tenue como la llama de una vela, un segundo antes de apagarse para siempre, llevándose con ella todo lo que conoció; la generación de mis abuelos es el último tercio en pie de un mundo que desaparece, fagocitado por otro, más prosaico, más estresado, que vive para la inmediatez, los estímulos fáciles, el postureo de redes sociales, los sentimientos de usar y tirar, el sexo en pantalla de bolsillo, los viajes low cost a toda hostia para ver sin mirar y fotografiar todo aquello que pronto se olvidará.

Me niego a ignorar el legado de una época y unas décadas que sólo nos parecen fotos que amarillean en un cajón, ropas de otros mundos, recuerdos que se desvanecen cuando ellos abandonan este mundo, a veces apurando sus realidades mientras se marchitan ignorados por familiares egoístas e ingratos. O indiferentes. Indiferentes y desinteresados, que no se acercan con afecto a esas caras curtidas como el cuero que se dobla sin romper, para escuchar todo lo que aún guardan sus vidas, su necrópolis biográfica llena de cadáveres a los que les ganaron la partida, porque aún siguen aquí pero ya tienen a más gente en el otro lado que en éste.

Escuchar y así poder saber de personas que convivieron con ellos en el mismo espacio y al mismo tiempo, revivir las anécdotas de los ausentes, asimilar que otros muchos estuvieron por los mismos sitos que ahora piso, contemplando el mismo horizonte, con parecidos anhelos, inquietudes, tribulaciones, amoríos, desencantos y supervivencias. 
Como todo lo que me rodea. Este mismo trozo de tierra en el que otros se criaron, vivieron y murieron. Padres, abuelos, hermanos de, generaciones enteras que solo son una nota a pie de página en las crónicas. Un breve lapso en el devenir de la historia.
Tal vez nos creamos algo, pero al final nosotros también seremos sombras. Un recuerdo en los labios de nuestros descendientes, una anécdota que contar, una carta en un armario, un nombre que no les diga demasiado.

Y me quedo un rato más en la terraza, creyendo intuir en mi nonagenario abuelo un gesto de ternura. Ya no sé lo que aún pervive dentro de él, pero a veces murmura el nombre de familiares que hace muchos años que transitan únicamente el lugar de la bruma y la evocación. Supongo que para él siguen tan vivos como el postrero día en que los vio, aunque dejen un vacío físico casi lacerante.
Y allí permanezco un poco más, consciente de mi ridícula insignificancia cuando miro el mar que nos sobrevivirá, sonrío y me recuesto sobre la silla, captando en la piel los restos del sol del último verano.

8 de agosto de 2020

"¡Qué escándalo, aquí se mata!"

 

'Artículo publicado originalmente en La Paseata'

Pues sucede que se han alterado, muy vehementes, las almas cándidas del corral progre (¿o es pocilga?) porque Bildu mandaba en un tuit cariñosos abrazos a Josu Ternera, uno de esos purasangre de Sabino que resulta que tenía la fea manía de reventar niños a bombazos.
Esto no puede ser, -decían algunos, desolados- el noble partido proletario de ecología y feminismo, los comprometidos votantes contra la reforma laboral y fieles socios sanchistas, haciendo esto ahora, a estas alturas, cuando ya hemos trazado puentes y hemos perdido los últimos rescoldos de dignidad que nos quedaba, blanqueando su pasado carmesí y lamiendo hasta la nausea sus vascuences culos.

Qué impacto ha supuesto ese
tuit, ese fraternal abrazo a su ex jefe, para los que siguen con la mente en el limbo del relato del “conflicto armado” como eufemismo y las justificaciones siempre en la punta de la lengua. Para los que llevan tiempo empeñados en colar etarra como animal de legislatura; porque Bildu, claro, en realidad es un partido de buenos chicos reformados.

La tendencia homicida de Josu Ternera parece una línea que no están dispuestos a tolerar los guardianes de las esencias morales.
Y es que claro, una cosa es tener de secretario general a Arnaldo Otegi, reconocido hombre de paz, acostumbrado a la deificación y lo más parecido a la reencarnación de Gandhi en la tierra, que secuestró y estuvo en primera línea del aparato militar (pero sus razones tendría), y otra que los de Bildu muestren tan a las claras su querencia por los asesinos de masas. Menuda decepción. No se podía saber.
Casi recuerdan al entrañable, cínico y venal Capitán Renault de la icónica “Casablanca”, cuando, metido como estaba en el ajo, dice que es un escándalo que allí se juegue.

Tiernos bobalicones que llevan años haciendo encaje de bolillos para tratar de vender como algo progresista los privilegios forales, la violencia del rebaño, las supersticiones tribales, el totalitarismo a pedradas, las teorías de limpieza de sangre, genes y cráneos diferentes, la alergia a la pluralidad de ideas y la imposición de una visión monolítica de su sociedad.
Los tontos útiles del nacionalismo han tenido una caída del caballo gracias a que Bildu les ha abierto los ojos a través de una red social. Qué perplejidades nos trae este 2020.
Algunos se lamentaban, otros estaban indignados; los más abyectos aún querían sacar algo en limpio entre los cascotes, explicando el lado amable de Ternera. Que si no era para tanto.




Los indignados lo eran más que nada por tirar por tierra tantas ocasiones que ellos se quisieron poner del lado interior de la Herriko Taberna. De tantos intentos de dulcificar la historia. Indignados por todas las veces que propagaron una imagen de los abertzales como inocuos pacifistas que solo desean vivir con los innegables beneficios de la democracia, y el fascismo españolista les pone palos en las ruedas de su feliz andadura por la luz de la política en armonía y nobles sentimientos.
Indignados, quizá, porque por un breve y efímero instante de clarividencia, fueron conscientes de su trágica ridiculez. De la forma miserable en que se han comportado manteniendo esa equidistancia vomitiva o con un “pero” siempre en la recámara.
Con la realización de cien piruetas argumentales y semánticas para poder aplaudir la manera servil en que Pedro Sánchez cede ante sus amigos nazis.

Es muy esclarecedor descubrir en una encuesta que un porcentaje muy alto de los jóvenes vascos no sabe quién fue Miguel Ángel Blanco, de la misma manera que otro porcentaje altísimo de los mesetarios estúpidos siguen viendo algún aura épica en la sempiterna xenofobia etnocentrista y en los patriotas de la boina. En el descoyuntar nucas a golpe de pistola porque los gudaris no pudieron reprimir las pulsiones identitarias y su orgullo supremacista.

Se han desvinculado tanto de la realidad, han abierto tanto sus tragaderas para zamparse el relato del agitprop hasta el esófago, que cuando los herederos de ETA se muestran simplemente como herederos de ETA, los muy estultos dan la cabeza y murmuran, como Ortega: «No es esto, no es esto».
Sí, claro que es esto. Siempre lo fue, imbéciles.

28 de julio de 2020

Aquellos vientos que sembrasteis


Artículo publicado originalmente en 'La Paseata'




Cuando los lacayos de Hugo Chávez se enteraron de su deceso, no había consuelo en el mundo para detener tanto Orinico deslizándose por las mejillas. Habían asesorado, jaleado y apoyado al tirano venezolano, cobrando por ello suculentas sumas de dinero manchado de la sangre y miseria de un país devastado.
No se trataba de inocentes desconocedores, sus acciones no fueron inocuas: esas muy bien remuneradas consultorías ayudaron a destrozar miles de vidas, implantando la represión, la tortura, los escuadrones de pistoleros de milicias gubernamentales, la brutal demolición de la democracia que alguna vez pudo ser.

Ocurrió un asombroso fenómeno con la inevitable muerte del barbudo de Cuba. Las demenciales loas plañideras de la nueva izquierda y sus satélites daban tanto asco como vergüenza ajena. Incluso Irene Montero, ese cacho carne con ojos con cartera ministerial, le dedicó un críptico dibujo que parecía manufacturado en alguna clase escolar de plástica.
Con Fidel Castro moría para ellos un héroe. Luego, sin pasar siquiera por el vestidor de la decencia, iban a una charla o a una asamblea de ésas para dóciles sectarios y se ponían a dar lecciones de sensibilidad democrática.




El inmundo partido político que los chavistas españoles crearon tenía como intención extrapolar a España aquella experiencia trágicamente revolucionaria y totalitaria que mamaron en Latinoamérica, además de llenar los bolsillos de sus dirigentes; ancestral anhelo de los políticos desde que dedicarse a la cosa pública se convirtió en un excelente medio de vida y lucro para rufianes, cantamañanas sin escrúpulos, arribistas, delincuentes de traje y corbata o muy bien estudiado desaliño.

La violencia constantemente canalizada como modo de hacer política, los mítines vocingleros en el Congreso de los Diputados, las formas bajunas y chulescas, todo ello unido a que siempre se han sentido muy identificados con la barbarie nacionalista, comprendiendo y justificando las acciones de los radicales étnicos en pueblos hostiles, allí donde a los más cafres sólo les falta embestir.
Y nunca salió de sus viperinas boquitas ni una sola crítica cuando los partidos constitucionalistas tenían que realizar actos bajo fuertes medidas de seguridad, apenas escuchados por encima de los berridos de los retrógrados tribales, los del supremacismo identitario y las teorías sanguíneas para descerebrados.
Se sentían tan identificados con los esbirros de ETA que hasta Pablo Iglesias compadreaba con ellos en las herriko tabernas, elogiando la perspicacia política de la banda terrorista.





La oda al escrache, la romántica y falaz idea de “los de abajo contra los de arriba” y las mil y una formas de buscar eufemismos al acoso puro y duro son algo habitual entre estos profesionales de la crispación, ventajistas del odio, defensores de remedios populistas que insultan la inteligencia de cualquier persona mínimamente alfabetizada.
Usaron a un electorado aborregado por soflamas televisivas y eslóganes demagogos y simplistas, para así colarse en las instituciones que anhelan derruir, llamando “régimen del 78” al consenso democrático, se alzaron gracias a la desvergonzada politización del cainismo, azuzaron una retórica del enfrentamiento (alerta antifascista) en un país que ya de por sí al rival no lo considera un contrincante político, sino un enemigo.

Poniendo en la diana a periodistas, jueces y particulares. Cruzando líneas de las que luego es muy difícil regresar. Se trató de ver como heroico el ir a la casa de los políticos a crear un cerco en torno a su domicilio. Eso, en una España donde no hace tanto (los que tenemos la memoria de haber leído libros lo sabemos) cuando los del otro lado del conflicto fratricida iban a tu casa normalmente era para sacarte de ella de madrugada y pegarte un tiro.

Las consecuencias de lo que Monedero y sus compinches activaron fueron hechos tan abyectos como el zarandeo matonil a una mujer embarazada, reventar charlas universitarias de todo el que no pensara como ellos, intentos de linchamiento en manifestaciones del Orgullo, la hostia a un presidente del Gobierno. El envilecimiento, en definitiva, de una sociedad que ha visto cómo un partido de extrema izquierda aplaudía de forma ruin la fractura social y de la convivencia.
Su penúltima infamia fue tachar de montaje la pedrada a una diputada. Ni atisbo de esa sensibilidad feminista.
Y ahora, ay, se rasgan las vestiduras de su fina piel cuando a alguien en un bar (tras tantos vientos sembrados), con alcohol de por medio e ira contenida, igual le da por cagarse en sus muertos pisaos.

4 de julio de 2020

Carta abierta como presidente del Club de los Viernes




Hacia la referencia del liberalismo en español


El Club de los Viernes nació una Nochevieja de una reunión de amigos en una pequeña ciudad al norte de España, y hoy cuenta con delegaciones en todas las provincias y con sedes en distintos países de América, tales como Argentina, Venezuela, Chile, Uruguay o Colombia.
Es la muestra más inequívoca de que las ideas liberales cogen de nuevo músculo, si es que alguna vez lo han perdido, frente a las corrientes populistas y nacionalistas que con gran ferocidad azotan los cimientos democráticos del mundo libre.

En oscuros tiempos de neomoralistas y el éxtatis de los populismos, nos debemos proponer reivindicar la cultura ante el analfabetismo por decreto, las embestidas de los indocumentados, los bárbaros y los cafres de siempre, que solo cambian ligeramente con el tiempo y que Antonio Machado ya aseguraba que “envueltos en sus andrajos, desprecian cuanto ignoran”.

Conocemos las trágicas consecuencias de las ideas totalitarias. En nuestro ánimo inconformista está la chispa que se rebela frente a las pulsiones de los que quieren cercenar derechos y libertades, cebando los engranajes de un Estado cada vez más autoritario y cuyo afán es controlar todos los ámbitos de la vida de los ciudadanos.
Somos liberales, independientes, apartidistas, y defendemos el individualismo emancipador (y emprendedor) que hace oposición al colectivismo que agrupa a la sociedad en absurdos compartimentos de pensamiento uniforme para ser fácilmente pastoreada.
La vocación de ir contra los dogmas oficiales está en nuestro ADN, y en el momento que dejemos de ser entes pensantes para convertirnos en parte más del vulgo idiotizado por las soflamas de los políticos y la charlatanería, habremos perdido nuestra razón de ser.

Dentro de nuestro Club pueden convivir los liberales de tendencias conservadoras y aquellos más progresistas, basta con entender las bases que ya se muestran en el manifiesto fundacional: libertad individual, propiedad privada y estado limitado.

Frente a los nacionalismos de corte tribal, exabruptos supremacistas que ensalzan el hecho diferencial para imponer una visión identitaria y absurda de los territorios, El Club de los Viernes defiende los derechos de las personas con independencia del lugar de nacimiento, y sin privilegios. Ciudadanos libres sin agravios históricos, imposiciones lingüísticas ni teorías raciales. Los fanatismos étnicos siempre chocan contra las iniciativas democráticas de la sociedad civil, contra su propia ética.

De la misma forma, las creencias privadas no tienen repercusión alguna en la vida pública, y el liberalismo debe huir de doctrinas religiosas que traten de vertebrar moralmente a la sociedad, sea cual sea la religión que se profese en la intimidad. La separación de Iglesia y Estado fue una de las ambiciones iniciáticas de los Ilustrados y también de los liberales españoles que sacaron adelante sucesivas constituciones, con la oposición constantes de los absolutistas.

Somos un Club de trinchera y eso no quiere decir irracional ni estúpidamente belicoso: significa que estamos dispuestos a dar la batalla ideológica, ante una abrumadora superioridad de la ingeniera social que implanta de forma tiránica el marxismo cultural.
Es nuestro deber y nuestro orgullo reivindicar, por ejemplo, el legado de los que se enfrentaron al absolutismo de Fernando VII. Esas algaradas triunfantes que darían fin al Antiguo Régimen.




Nuestras raíces combativas se remontan al liberalismo gaditano, al sacrificio de Mariana Pineda y también al general Torrijos y sus cuarenta y ocho compañeros fusilados en las playas de Málaga, inmortalizando Antonio Gisbert aquel alto coste que significa la lucha por la libertad.
Tenemos herencia también de Gaspar Melchor de Jovellanos, que decía admirar a quien defiende la verdad y se sacrifica por sus ideas.
No tenemos complejos en reivindicar a Espartero y su lealtad a la monarquía constitucional.
Podría hablar también de la herencia ideológica de aquellos pioneros americanos y anglosajones (Thomas Jefferson, Adam Smith) así como las teorías económicas que cultivaron, pero eso se lo dejo a mis compañeros del Club más versados en economía.

Agradecer en este discurso inaugural de la presidencia a aquellos que me precedieron, su inestimable labor, el compromiso con los valores del Club y con el ideario liberal. Presidentes del Club de los Viernes, miembros de las distintas juntas directivas, socios y simpatizantes: gracias.
Mi objetivo estos dos años como presidente será perfilar esas líneas de batalla, con los más lúcidos miembros que han demostrado una extraordinaria capacidad para sacar adelante textos, entrevistas, proyectos e iniciativas. Poder encabezar eventos que sigan consolidando la marca institucional del Club, como la organización liberal de referencia en español.
Continuar estrechando lazos con nuestras delegaciones en América, países hermanos con quienes compartimos esa fascinante historia de más de 500 años, legado cultural, intercambio de pensamiento, coraje y lengua común.
Son ellos los que más han sufrido las penurias de populismo varios y de ese arrollador comunismo que ha generado miseria, caos, represión y exilio.

Con los testaferros del chavismo hincando sus garras en España y su Gobierno, la única manera es fortalecerse y crecer para que sepan que nos van a tener enfrente.
Un pequeño grupo de contendientes que al menos digan claro que no se resignan. Un corto paso para seguir avanzando, pues es en los pequeños gestos donde todo comienza, donde todo crece, y donde se desarrollan las mejores cosas que forjan el futuro de los hombres libres.

La piedra y el primate



    Artículo publicado originalmente en 'La Paseata'

En el comienzo de todo fue la piedra. O el palo. El hostión.
Para los teólogos, la quijada con la que Caín inauguró el fratricidio; para los científicos y cinéfilos, el hueso con el que un mono, como el de Kubrick, descubre que si le atiza a otro congénere lo puede descoyuntar. El inicio de la violencia marca la casilla de salida de nuestra hostil humanidad.

En las localidades donde son aplastante mayoría los alumnos aplicados de Sabino Arana, esos vestigios de civilización por eclosionar se hacen trágicamente presentes cada vez que la población se enfrenta al traumático hecho de tener en su pueblo eventos democráticos de los invasores maquetos. Viles españoles, rompiendo la paz de esos bucólicos parajes donde todo lo inunda el hecho diferencial, épico y folclórico.

Manifiestan su desacuerdo arrojando objetos a la cabeza de los asistentes a un acto de campaña, aunque a nadie sorprendería si hubieran lanzado sus propias heces.
La receptora de la discrepancia en forma de chinarro fue una joven diputada, pero tampoco es que los abertzales se hayan distinguido siempre por su exquisito trato a mujeres y niños, a los que su brazo armado mataba sin distinción. Como el nacionalismo es excluyente y xenófobo, cuando deshumanizas al otro, lo mismo te da tirarle un cascote que tirar abajo una casa cuartel.

Aunque la morralla mediática espute que un mitin electoral es una provocación inadmisible, los que estaban al otro lado del cordón policial, los de los cráneos privilegiados, apenabas podían disimular, en sus rostros desencajados por el odio, ese fanatismo racista antiespañol.
Claro, la culpa es de los que intentan acudir a pueblos que han sido abandonados por el Estado y entregados a los recogedores de nueces del adoctrinamiento genético, donde la cultura democrática es una entelequia peligrosa y la pluralidad de ideas una blasfemia. 
Territorios ignotos de educación civil, su concepto de tolerancia es señalar el local del que no se pliega al rodillo del integrismo de la identidad o no acepta la sumisión de la ley del silencio.

Tampoco debe extrañar la propaganda de los blanqueadores para poner el foco en la agredida y no en los agresores. Han pasado de condenar con adversativas (sí, pero...) a enturbiar con conspiraciones del montaje. La izquierda mesetaria complaciente como nunca con el violento totalitarismo nacionalista. Una palada más en el hoyo donde se está enterrando su integridad moral.
Los ceporros de las piedras de hoy son los que aplaudían a los palurdos homicidas del ayer. El hecho de cambiar pistolas por guijarros sólo es un proceso lógico de quienes han abandonado las armas pero no se han desprendido de la violencia arraigada en la sociedad.

Cuando Rocío de Meer limpiaba la sangre que derramó la burricie y el integrismo, las asociaciones feministas ofrecían su habitual callar para otorgar. Ese mutismo cómplice de las vividoras de género, de las del pesebre ideológico, mientras esperan la suntuosa subvención y se abanican con el putrefacto aroma de la hipocresía.

14 de junio de 2020

El murmullo de los ausentes




A veces, cuando no puedo dormir, abro una cerveza y me siento en el balconcito que da a una calle que cruza Quevedo hasta Iglesia. Suele ser a altas horas de la noche, así que apenas hay tráfico ni tránsito. Si acaso un camión de la basura que se adentra por la carretera desierta como un pesado monstruo devorando la oscuridad. Algún taxi se aparece espectral. Creo adivinar el trazo de una estrella en el destello de una farola.
Y en el silencio y la placidez de esas horas tranquilas, de noctámbulo desvelo, entre trago y trago al vaso de cerveza, reflexiono y pienso.

Supongo que a pálidas horas de la madrugada vienen a tirarte de las sábanas los muertos mal enterrados, las zonas sombrías de la biografía de cada cual, algunos errores y otros remordimientos que todos llevamos en la mochila. Las veces que perdimos. Aquello que abandonamos. Los amigos que se fueron, las personas que aún siguen en este mundo pero forman parte de un pasado tan nebuloso que es como si habitaran ya al margen de una vida.
Cada traspiés, cada cargo de conciencia, cada trozo de corazón dejado al borde del camino, en la huida, y cada persona que herimos y que no lo merecía, viene a tocarte el pelo cuando el día decayó y todo lo inundan las sombras.

Y en esos momentos, como digo, con mi cerveza y Madrid deshabitada y durmiente, mis pensamientos van para aquellos que fallecieron de la manera más injusta posible. Una ciudad que amo y que ahora tiene miles de almas menos; tantos finales sin despedida, tantos muertos sin el beso en la mejilla del último adiós. Con el miedo y la resignación en sus ojos. Tratando de obtener algo de dignidad en su fatal desenlace. En su agonía y su tormento. Tanta maldita y dolorosa injusticia. En el matadero de las residencias o en el colapso de los hospitales. 

Recuerdo cómo se pusieron, los hijos de la gran puta de siempre, cuando 'El Mundo' sacó aquella portada con los ataúdes enfilados en el Palacio de Hielo. No querían que la gente supiera que en Madrid estaban muriendo por cientos cada día. Que todo se hallaba descontrolado
No se podía saber. Había que seguir adelante con la impostura, con el siniestro tipo de las almendras riéndose en rueda de prensa, con la fiesta de las terrazas de los pisos, con la vergüenza de los telediarios, con la broma macabra de las mascarillas.

Esos cadáveres son los que parecen susurrar con la brisa que en ocasiones azota Chamberí estas jornadas de junio.
Me enervan esos estudios, no los puedo desterrar de mi cabeza, repiquetean en mis sienes “Una semana antes (…) hubiera salvado miles de vidas”. “Supedrásticas, tía (…) Con la mano no...”.
Cierro los ojos antes de que me domine la impotencia. Inspiro y agudizo el oído para escuchar el silencio. Fíjate lo que el inminente amanecer trae. Puede que esta ciudad dormida no lo esté tanto. Puede que tras los adoquines no esté la arena de playa, sino la sangre ardiente de los que no olvidan. Y que se alzarán sobre sus epitafios. Sobre la primavera perdida. La rabia canalizada se derramará de una manera u otra.

Termino la cerveza creyendo que algún día Madrid se cobrará su deuda. Puede que alguna noche, alguien sentado como yo en un balcón, alguien al que además le hayan arrebatado un ser querido, apure su trago, respire lentamente y piense que ha llegado el momento de ajustar sus cuentas.