22 de mayo de 2021

Pero, ¿esto qué es?

 


Si hay que confesar rarezas, diré que nunca me ha gustado la televisión. Lejos de parecer un esnob o un pedante, antes de saber qué significaba eso, mis primeros recuerdos están asociados indefectiblemente a tener un libro entre las manos. Pasar largas tardes devorando historias, infantiles primero, precoces por adultas después, y convertir el de leer en un acto tan natural como respirar o comer.
También encontraba un privado placer en irme al cine, solo la mayoría de las veces, cuando las pequeñas ciudades de provincia aún albergaban salas en su casco urbano (cuántas cosas perdidas, cuánta belleza se ha sacrificado en el altar de la modernidad) mientras mi paciente madre aguardaba afuera para recogerme al final de la película. Benditos recuerdos de infancia, tan edulcorados en nuestro imaginario, mitificando lo que algún día fue hermoso. Aunque creo que lo que criamos en esos años nos acompañará toda la vida, si uno consigue no desviarse demasiado de lo que realmente es. De lo que siempre ha sido.

Guardo agradecida memoria de las sesiones de cine en casa (me tocó el desaparecido VHS, aquellos ladrillos rebobinables) donde empezaba a familiarizarme con el mejor arte que ha parido el siglo XX, fuera en westerns o en películas de aventuras. John Wayne disparando a lo largo de mi comedor.
Creo que llegué a grabar alguna película encima del vídeo de mi Comunión. No me arrepiento.

Y alucino con que tanta gente de mi generación se comunique o centre sus conversaciones en base a lo que ve en la televisión. Que la tenga como banda sonora de su vida, de fondo de manera permanente, dando la matraca para cubrir silencios, carencias o ante la ausencia de otras aficiones. Alguna vez que me he topado, en contra de mi voluntad, con alguno de esos canales de la ponzoña catódica, pude constatar que todo es basura calculada, dramatismo vendible, marujeo abrasivo, bajeza cochambrosa; con platós llenos de cretinos, analfabetos vocingleros y oportunistas.

Supongo que los espabilados dueños del tinglado se escudan en que sólo dan al público lo que piden, y cada público suele tener lo que se merece. Es cuestión de audiencia. Y al parecer, les está yendo bien desde hace años.
Las moscas llevan toda la vida comiendo lo mismo.

19 de mayo de 2021

El invierno de nuestro desencanto

 Artículo publicado originalmente en La Nueva España




Son imágenes históricas las de la plaza llena de gente, Sol como baluarte, la variedad de pancartas en aquella primavera que parecía narrada por Jean-Paul Sartre. Y de pronto nos sentimos más viejos y más cansados, como si hubiera pasado un siglo de aquel movimiento de indignación colectiva, con las nieves del tiempo cubriendo los restos de tantos ilusiones y tantas derrotas.

Alguno vimos los albores de lo iniciado por 'Democracia Real Ya' con expectación y esperanza juvenil, otros, con más legañas de perro viejo en la mirada, como una explosión de irracionalidad masiva. Y la rapidez con que lo espontáneo y novedoso se transformó en esperpéntico dio la razón a los segundos.

Ha pasado una década de ese 15-M gatopardesco que cambió todo para que todo siguiera igual; diez años de utopía frustrada, aunque los impulsores reales de aquello hablen desencantados y los que pescaron en el propicio caladero de futuros votos hayan entrado felizmente en el club de los más ricos.
Como el ex vicepresidente Iglesias, que pocos años después del 15-M y a rebufo de él, animado por la reciente fama que la había dado el estrellato catódico gracias a bobalicones líderes de opinión que alimentaron su cenit, se lanzó a la conquista de los cielos fundando un partido hecho a su medida y rodeado de algunos de sus más fieles colaboradores, camaradas en las algaradas universitarias y en las exóticas aventuras latinoamericanas.

La inercia del 15-M fue aprovechada por esos avispados y grotescos vendedores de humo y elevadas ambiciones, que supieron colar su garrafón ideológico a esa parte de la sociedad falta de lecturas y más proclive a dejarse embaucar por los cantos de sirena populistas.
Aunque el 15-M era un babel multicultural con centro neurálgico en Sol, los líderes que se subieron en marcha retozaban en las letrinas étnicas de las herriko tabernas y pronto se unieron al golpismo del supremacismo catalán. Saltando de la batucadas inclusivas a las pocilgas del racismo. Del perroflautismo a Torra.

Y liderando Iglesias el partido con puño de hierro y nostalgia de piolet, se fraguó el viraje de la revolución de las sonrisas a ese moralismo coercitivo con el que amedrentan a todo el que no piense como ellos.
Así se cuenta la malversación de una esperanza renovadora que fue canalizándose en la afición por pisar moqueta y la obsesión pecuniaria. Aquellos sueños callejeros devenidos en quimeras antidemocráticas sirvieron para saciar las ansias de poder de quien fue purgando de forma metódica a todos sus antiguos compañeros de fechorías.



Con melancolía soviética y copiando el hacer de las peores maneras bolivarianas, arreció el hostigamiento a la prensa y la intención de anudar la mordaza a la libertad de expresión. En una podredumbre insoportable de las instituciones y la convivencia, todo aquello que algún día pudo tener valor o sentido se ha ido marchitando en la perversa trampa donde encallan todas las revoluciones.

Implantando, para desesperación de la mujer medianamente educada, la causa del feminismo explotada sin pudor por folclóricas analfabetas, ágrafas virulentas y cafres trepas ciscándose en el Estado de derecho mientras tratan de implantar en el sistema penal la presunción de culpabilidad.

Abrió Podemos sucursales en todas las provincias, manifestándose enseguida como un reservorio social de las peores pulsiones totalitarias.
Por supuesto, como en toda cosa política, también quisieron formar parte de la naciente criatura no pocos arrogantes descerebrados, trepas vocacionales, cantamañanas, sacamantecas y delincuentes comunes.
Una izquierda caraqueña formada por garrulos violentos que ven fascismo en todas partes menos en el totalitarismo catalán con el que compadrean serviles.
Los legatarios del 15-M han dejado una pareja obscenamente enriquecida, la degradación institucional y la crispación y el envilecimiento de España como marca de la casa. Y de la impostada estética de la revolución sólo queda la orfebrería capilar. Además de haber participado en un gobierno con una gestión criminal de la pandemia y una fiscalidad para las clases medias que apenas puede esconder su voracidad confiscatoria.

Hablaban de diferentes mareas, y lo que queda de aquella resaca acuática, una vez apaciguadas las olas, son tipos aferrados a lo crematístico de la política o de lo audiovisual para salvar sus piscinas.


7 de abril de 2021

Radiografía del buen progre


 

Artículo publicado originalmente en La Nueva España.

Ungidos por la gracia divina de la superioridad moral, campan a sus anchas poseedores de la razón, despreciando al disidente y normalmente despreciando también todo lo que ignoran. Miméticos entre ellos, por sus opiniones los conocerás. Podría ser tu vecino, tu familiar o tu jefe. Mira bien, por si no los has reconocido. Son los buenos progres, un tipo muy concreto y muy especial de personas. Veamos.

Con ellos hay que asumir que cualquier pretensión de objetividad se va por el sumidero del sectarismo. Como una máquina de sinrazones, no están dispuestos a tolerar en su mente la entrada de ninguna información o pensamiento que pueda alterar un mínimo las ideas preconcebidas a base de muchos años de prejuicios y dogmatismo. Han echado el candado, y todo esfuerzo será en balde.

Su dignidad como ciudadanos pensantes la han sacrificado en el altar colectivista de esa mente colmena. Incapacitados para dar un paso que no haya sido aprobado previamente por el consenso progre, por el cónclave tribal de los que son como ellos.
Han sustituido las cabezas pensantes por las testas que embisten. Con su ignorancia desbocada arrasan a su paso cualquier intento de razonamiento, y tienen constantes amagos de caer en la tentación autoritaria.
Niegan hasta los hechos consumados, en una síntesis perfecta de cinismo y estupidez. Su estructura mental está construida para explicar a su modo la realidad y hacer creíble entre los suyos aquello que enarbolan como certeza. El corolario que forma su mundo.

El buen progre, con sus filias y fobias propias de un fanático, tiene esa cualidad de, cuando cometes la insensatez de bajar a esa arena, mancharte tú con su mismo barro, y vuelves de ahí siempre más sucio, más hastiado, y sin haber logrado ni ganado nada. Uno se siente impotente ante las arrancadas irracionales de un cabestro convencido.
Porque el que cree estar en posesión de la verdad, no duda nunca, jamás flaquea, no tiene incógnitas, sólo convicciones, y ha aprendido a identificar al que plantea otros puntos de vista como el claro enemigo.

Es el librepensador el villano a batir, su más encarnizado oponente; lo estigmatizan y etiquetan, pues de alguna manera el que va por su cuenta a veces le muestra un espejo al borde del camino, donde el buen progre observa su reflejo y tal vez, por un mínimo lapso de tiempo, descubra sus limitaciones. Su cerrilismo. El páramo cultural en el que corretea. La charca llena de ignorancia, recelos y miedo en la que se revuelca con los suyos, todos ellos de inteligencias neonatas.
Porque esa creencia de que fluctúan en alguna especie de limbo de excelencia moral los exime de cualquier razonamiento. Con la torva superstición, tan entrañable a veces, de que algún día la sociedad capitalista será redimida y se alcanzará por fin el paraíso perfecto del hombre nuevo.

El buen progre, el autodenominado progresista, se llena de gozo con todo lo que sea reaccionario o involutivo, y por eso simpatiza con los nacionalismos periférico, sin percatarse, el bobo feliz, de esas contradicciones ni de sus incongruencias, porque para eso debería tener en la sesera desmadejada de ideas, algo más que cuatro conceptos cogidos por los pelos, demagogia, prejuicios y una impactante y ostentosa incultura.

Es más necesaria que nunca la defensa del humanismo frente a la barbarie iliberal. En esta campaña contra las libertades que vamos a enfrentar, de absoluta anormalidad democrática, con el Presidente con la mayoría más exigua pero con las capacidades plenipotenciaria más grandes aglutinadas en una sola persona desde la dictadura, el buen progre será un soldado de la coalición, en la batalla contra los derechos individuales que ya estamos librando.

En tiempos donde más se necesita el coraje de la sociedad civil, el buen progre se convierte en la triste y estúpida herramienta del poder, el tonto útil de la maquinaria gubernamental.



13 de marzo de 2021

Madrid



Igual que no se puede detener la primavera, afirmaban Neruda y Tom Waits, y como no hay primavera como la de la Villa y Corte, renaciendo al albor de la nueva estación que ya asoma, se llenan las calles de vida y de ganas de vivir, pues en pocos sitios se vive como en Madrid.
Los estudiantes y los jubilados, las familias y los solteros de cualquier tendencia, el conservador y el libertino, todos tienen su sitio en la ciudad que no se diferencia mucho de aquella que cantó Sabina y que hoy tiene en Díaz Ayuso su nueva heroína.
Entre la existencia rauda de los turistas de paso y el tranquilo caminar de los gatos de varias generaciones de chulapos, los que somos de cualquier otra parte sentimos la casa donde hemos quemado noches inolvidables y algún día para olvidar, y notamos el pulso de la capital latir por encima del manto lúgubre e invisible del virus, que no ha conseguido torcer el brazo del viejo y cautivador poblachón manchego.

Aún es posible sonreír al sol de marzo y salir a tomar unas cañas sin que pongan límites a tu felicidad castiza de piropo retrechero.
Recorrer su aceras y sus avenidas que esconden secretos ocultos a plena luz del día. Y la juventud impenitente que persigue las fiestas clandestinas de los pisos y los locales de dudosa licencia, para crear ese espejismo hedonista, ese oasis donde no existan la enfermedad ni las restricciones, y hasta es posible seguirle los pasos a la madrugada por Malasaña y otros templos de la modernidad donde imperan las ideologías trasnochadas. Nos hemos movido impunemente entre los sitios más caros de “postureo” o buen paladar y los antros de garrafón y penumbra, empeñados en explorar el vientre de la ciudad, lleno de contrastes que a nadie escandalizan.
Con los museos y los cines abiertos, con la hostelería sobreviviendo como puede pero sin que se empeñen en darle la estocada final, hoy las clases populares, patrimonio secuestrado por el progrerío rancio, tienen en Ayuso la nueva figura de referencia, guardiana de las esencias madrileñas y de su espíritu indómito, renaciendo tras el desolado paisaje. El fugitivo se sigue queriendo bajar en Atocha. O en Chamartín.

Con los obsesivos del hecho diferencial haciendo de las suyas en otras geografías, la acertada frase de que a Madrid se viene a que te dejen en paz tiene más sentido crucial que nunca. Rompeolas de culturas, sin identidad definida porque todas tienen cabida, no existe el nacionalismo madrileño que se quiere sacar de la manga la cateta izquierda plurinacional.
La prosperidad que viene cosida a las democracias liberales, espantando de Sol desde hace un cuarto de siglo la miseria y la involución que llegan de la mano de los enemigos de la libertad que hoy encarnan Errejón y otros chicos del montón, el clan impositivo, los cansinos colectivistas que quieren una sociedad estabulada, todos dogmatizados, todos igual de tontos.
No cabe discusión posible, si alguien quiere comprobar en lo que no desea convertirse Madrid, que eche un ojo a su diestra y contemple las ruinas humeantes de su vecina Barcelona. En lo que ha transformado la ciudad condal la indescriptible Ada Colau.

Mientras los populismos ensombrecen, como un mal augurio, las luces de un firmamento sin estrellas, los ciudadanos salen a sus calles, plazas y parques a clamar que quieren seguir siendo libres, libres del infierno fiscal, libres del zarpazo bolivariano que algunos disfrazan de cálidos vientos, libres de visiones reduccionistas y paletas de los cenobios étnicos, libres para trabajar, avanzar, respirar, olvidarse de la muerte que nos ronda y aferrarse a ese pellizco de vida que todavía es posible bajo el cielo de Madrid.

12 de marzo de 2021

Teoría de la masa

 


Con los dispositivos policiales que se montaban para llevar a las aficiones rivales por la ciudad hasta el campo de fútbol, en la era previa al covid, siempre pensaba en esas manadas de borregos trashumantes atravesando la Castellana. Hay algo de calor del redil en la masa siendo dirigida por las fuerzas del orden de un sitio a otro sin que nadie se quede atrás, pero tampoco delante.
Existen individuos que necesitan del grupo como las reses añoran el establo. De la misma manera que el ganado puede creerse libre mientras no vaya más allá de las lindes marcadas.

La masa siempre es un ente acéfalo y eso los políticos sin escrúpulos lo saben bien, por eso Echenique la invoca y la jalea para que hagan el trabajo sucio, sabiendo que jamás va a ser usado de ariete en ninguna de esas violentas reivindicaciones dirigidas por delincuentes profesionales y saqueadores de vocación. El sentido de animar a la turba es hacerlo desde el confortable resguardo del hogar o del cargo público, a salvo de engorrosos daños colaterales. También en la calle, cuando el cobarde encuentra la protección de la manada, se siente cómodo para atacar en camarilla, diluyendo la responsabilidad individual en los actos colectivos, y eso pasa igualmente en Vic o en Alsasua.
El político cínico únicamente necesita la gasolina de los descerebrados para seguir defendiendo desde la poltrona ideologías tan fraudulentas como lucrativas.

Pablo Iglesias, viva epifanía del 15-M, ha renunciado a asaltar los cielos y ahora teme que le asalten el chalet los matrimonios de rojigualdas al cuello que pasan por las inmediaciones de la dacha golpeando una lata; pero se consuela sabiendo que una orden suya aún puede hacer arder las calles, y que mantiene la potestad de convocar alertas antifascistas cuando las urnas no arrojan los resultados esperados.
El monopolio de la fuerza no reside solo en el Estado, también un trozo obedece a Galapagar, y eso inflama el ego de todos los aspirantes a tirano. También ayudó que hubiera ciudadanos que renunciaban a tal condición y se creían pueblo como otros se creen Napoleón. Y es que en la lucha de los de abajo contra los de arriba volvieron a ganar los de arriba, sólo que esta vez iban camuflados de populistas mesiánicos para llegar a tal condición.

Basta una orden o una prohibición para que la masa salga o se quede. Arremeta o se repliegue.
La delegación del Gobierno finalmente prohibió las manifestaciones del 8-M, pero desde Igualdad ya habían dado instrucciones para “llenar las calles”, ajenos al sentido común y al sentido del decoro. Aunque la prohibición llega con un año de retraso, al final se ha hecho lo correcto, ya que entonces les iba la vida en ello y ahora nos iba la vida a los demás. Hay que tener un intenso desarraigo con la realidad para creer que era viable sacar a las huestes a pegar berridos reivindicando derechos que ya tienen, justo ahora, con las morgues llenas de tantas ausencias.

La salud pública queda relegada a un segundo plano cuando toda la justificación de un abultadísimo presupuesto de un ministerio depende de un día en concreto, y teniendo tantos pesebres que necesitan ser cebados, chiringuitos que no cierran ni ante el virus ni ante la estulticia. El precario nivel cultural de la titular del ministerio tampoco ayuda a despertar simpatías entre los no adoctrinados, y los lemas que se exhiben y las consignas proclamadas entran con facilidad en un registro paródico.
Que haya tenido que ser la llamada autoridad competente la que pusiera freno al dislate ultrafeminista ofrece una idea del nivel de fanatismo de estos colectivos que parasitan los presupuestos públicos.
Además de las olas pandémicas, no avanzaremos como sociedad mientras tengamos que desenvainar la espada para defender que el pasto es verde y para hacer frente a las sucesivas oleadas de integristas con mando en plaza. Y con poder sobre la masa.

3 de marzo de 2021

Contra Asturias

 


Artículo publicado originalmente en La Nueva España

Si de algo puede presumir Adrián Barbón en su calamitoso mandato no es de haber sido buen albacea del más que competente Javier Fernández, sino de haberse acercado sin disimulo ni decoro a los grupúsculos nacionalistas asturianos que buscan la brecha social y el conflicto lingüístico a través de la imposición del bable.

En Asturias, se ha ido desarrollando un colectivo parasitario que ejerce como sumidero de dinero público, concentrando subvenciones y dádivas en sus bien cebados chiringuitos. Hay que comer todos los días. Paro ello, para alimentar su modo de vida, no tienen reparos en ir contra la ciudadanía asturiana y en plantar poco a poco la semilla de la pugna de lenguas, en una Comunidad donde nunca existió una confrontación de ese tipo, pero que muchos cabestros quieren ver retoñar.

Con una visión tribal de la sociedad, que genera una involución donde los derechos los tienen las lenguas y no las personas, no sólo se da pábulo y billete a analfabetos funcionales, juntaletras sin talento, ágrafos en español, profesores ociosos de plaza y pesebre; también comienza el hostigamiento, sutil al principio, de todo el que no vaya a comulgar con la inmersión lingüística, sobre todo de aquellos cuyo sueldo depende del gobierno del Principado.

En una sociedad cada vez más abierta, plural, globalizada y donde las personas se mueven de un lugar a otro, de un país a otro, con pasmosa facilidad, usar el sentimiento casi étnico del ardor del terruño para espolear emociones y así ir introduciendo la obligatoriedad del bable manufacturado es una regresión lamentable y divisoria de la exaltación patriotera a escala regional. Pero meter a los niños, a las escuelas y a los sectores más vulnerables en la vergonzosa disputa y su particular idea de la cultura coloca a los bablistas en el sórdido lado de la abyección.
Por lo que, remitiendo al titular de este artículo, a pesar de sus consideraciones de pueblo y de ancestrales orígenes, de su supuesto amor a la tierra aborigen que habitan desde hace un montón de siglos, el movimiento nacionalista y bablista es principalmente un movimiento contra Asturias. Porque es cerril, es censor, es impositivo, de falso progreso y busca dividir a los asturianos, haciendo perder el tren de la comunidad próspera y plural, atractiva para el turismo, que alguna vez pudimos llegar a ser.
Ahora quieren, los entusiastas bablistas, instaurar una única forma de “ser” asturiano, o de sentirse, como si la pertenencia fuera un dolor de estómago. O como si “ser” asturiano fuera, por alguna desconocida razón, mejor que ser extremeño, que ser manchego, que ser riojano o de Villaseca de la Sobarriba.

No hay más que ver otros casos análogos de inmersión lingüística y sus nefastas consecuencias de escalofriante vigencia, para saber que lejos de potenciar dos idiomas, siempre se denigra uno, que suele ser el común; por no mencionar que querer equiparar el español, al que continuamente desprestigian con su estulticia, con el bable de laboratorio es una indecencia intelectual, propia del que ignora casi todo del primero pero ya se ve en la disposición de implantar el segundo.
Un dislate comunicativo que suele ser la raíz de otras visiones nacionalistas, herméticas y sesgadas, basadas en atavismos irracionales.

Acaparando las instituciones y en concubinato con la izquierda sociológica, los que van contra Asturias esperan sacar pingües beneficios del río revuelto que previamente han agitado. Usando la metodología conocida de la coacción en distintas fases, primero apelan a la unidad de destino que debe ser la cultura asturiana, aunque sea una grotesca caricatura que ellos mismos han pergeñado, con tendencia a lo folclórico y a lo identitario. De ahí, se “sugiere” a diferentes trabajadores de lo público que vayan adoptando el bable en sus distintos procesos laborales, mientras se van colando con cada vez más fuerza en los temarios educativos. Pronto los profesores estarán al tanto de qué niños, en un intolerable alarde fascista, han rechazado cursar la asignatura de asturiano en sus tiernos aprendizajes. Y, sobre todo, lo sabrá el sindicalista, el mamerto con carnet de partido, el enviado de la Academia buscando su antagonista.

Mientras algunos hacen cuentas sobre el montante que van a llevarse crudo con toda esta farsa, otros calculamos el posible coste personal de enfrentarnos a los ceporros nacionalistas de filiación y cuota. Me parece bien.

24 de febrero de 2021

Esbirros

 


Artículo publicado originalmente en La Nueva España

Pocas profesiones ofrecen la posibilidad de perder la dignidad de forma tan insolente, descarada y visible como la de periodista servil, incluso de servir a causas funestas. Con hipócrita desparpajo. Sin consecuencias e incluso, a veces, con jugosos beneficios.

Una de las operaciones más lamentables desde el punto de vista de la agitación y la propaganda, en la construcción de eso que ahora llaman el relato, y que es una más de esas roñas malsanas que carcomen las democracias, fue la maquinaria que se puso a funcionar durante las semanas que se sucedieron entre que el coronavirus hizo su aparición al Este del orbe, llegaba a España y hasta que se disparó de forma trágica e incontenible el número de fallecidos.

Sólo más tarde se supo que desde principios de enero habían llegado informes de Seguridad Nacional que alertaban de la letalidad del nuevo enemigo pandémico, y que las autoridades estaban perfectamente enteradas de todo, de que no era “una gripe común” y de la certeza de la llegada a nuestro país. Pero se elaboró una ficción desinformativa donde los complacientes chusqueros afines al Gobierno (tanto de alto salario y rostro reconocible como de paupérrimas remuneraciones) se pusieron de acuerdo para servir a un fin político. Ahí están los vídeos, por ahí permanecen los tuits, ahí quedan las hemerotecas. Incluso desde El Club de los Viernes hicimos una esclarecedora recopilación, indignante y truculenta en su contenido. Porque no se limita a un asunto de mala praxis profesional, esos documentos probatorios evidencian una baja condición de la naturaleza humana. Ya que el objetivo era convencer a la incauta población de la inexistencia de una amenaza real (uno o dos casos, como mucho) para que llenara sin problemas las calles en el aquelarre de género (del género bobo, concretamente) que tenían montado para marzo.

En el fondo, qué ingrata es la labor de esos que, creyendo estar defendiendo causas justas y necesarias que sólo existen en su manufacturado universo progre, se dedican a ser voceros del poder incluso en cometidos que implican un grave riesgo para la salud pública. Fabricar mentiras a toda marcha para que un molesto bichejo asiático no estropeara la agenda ideológica del Gobierno más infame que recuerda nuestra cuarentona democracia.

“No se podía saber”, seguían manteniendo, los muy cretinos, una vez que los ataúdes colapsaban los tanatorios y los medios ofrecían como anestesia la dicharachera imagen de los más imbéciles de cada barrio dando la nota en los balcones, que la fiesta tenía que continuar.
Es cierto que en la conjura no participaron únicamente periodistas, también se sumaron a la causa de Sánchez e Iglesias, de Calvo y Montero (que era la causa del embuste a sabiendas, “el coronavirus, tía”) vocingleros tertulianos de engreído porte chulesco, políticos repitiendo la voz de su amo y hasta algunos sanitarios con afición a chupar cámara y culos, evidenciando su miseria moral como propagandistas gubernamentales, usados como arietes mediáticos a sueldo del rodillo, o simplemente patéticos palmeros vocacionales, tejiendo la red de mentiras en la que tantas vidas quedarían atrapadas. Tapando una gestión sanitaria catastrófica mientras padecíamos a enfermeros haciendo bailes y parodias grotescas en redes sociales.

Y hasta los fans más descerebrados del siniestro mendaz Simón celebraban que en mitad de la sangría de muertos se fuera a hacer el saltimbanqui para la televisión, porque necesitaba “descansar”. Su labor despreciable de tonto útil le había agotado, al muchacho trepador. Convertir en estrella de la TV a un tipo que tendría que estar en una celda a la espera de juicio es de esas cosas que son posibles en esta España tan necesitada de referentes.

Lo más sangrante, lo que ayuda a envilecer un noble y necesario oficio hasta límites insospechados, es que todos los correveidiles con y sin título periodístico siguen ahí, altaneros y orgullosos, dando lecciones de moral, esputando carroña ideológica por los platós, haciendo como que ellos no dijeron ni escribieron nada, como que todo se hizo a la perfección, como si nada hubiera pasado. Han pasado más de 80.000 muertos que no lo podían saber.