17 de junio de 2022

Andalucía y Asturias, similitudes



Artículo publicado originalmente en La Nueva España.

No fue un trago fácil de digerir para los que habían mandado en Andalucía durante casi cuatro décadas. Diciembre de 2018, el régimen tan longevo como corrupto, edificado con entramado mafioso, especulación y barbarie urbanística, veía acercarse su final y Pablo Iglesias, entonces todavía chico de moda en los estercoleros políticos del nacionalpopulismo de extrema izquierda (donde tantos se postraron), lanzaba con su habitual pose teatral su “alerta antifascista”. El resto es conocido: autobuses fletados rumbo a Sevilla, manifestantes rodeando el Palacio de San Telmo en la toma de posesión del nuevo Gobierno, grupos del ultrafeminismo más demencial y sectario desgañitándose por el advenimiento del nazismo y porque les iban a cancelar los talleres de género, los cursos de nuevas masculinidades y las charlas escolares de “Mi amiga la vagina”. O porque veían peligrar un negocio tan lucrativo como infame, que todo puede ser.

Entre los que compartieron eso de la “alerta antifascista” nunca tuve claro si eran desnortados de fanática determinación adocenados por la izquierda ovejuna o eran bobos sin mayor misterio. Protestar porque se descabalga del poder a los perpetradores del mayor latrocinio político de la historia de la democracia tiene que implicar algún lugar de honor en el salón de la fama de las mezquindades. Es tener la brújula moral tan estropeada que no te sabes situar bajo ningún contexto, y ante los de los berridos callejeros por unos resultados electorales, el espectador perplejo nunca sabe si son gente de mala baba o tontos de babero.
Lo cierto es que la vida siguió y la economía regional floreció a duras penas bajo el mandato de Moreno Bonilla, el hombre tranquilo, y los doce escaños de Vox no supusieron un brote de misoginia desbocada, de homofobia por las calles (para eso ya está Madrid, bien lo saben en La Sexta) ni las mujeres tuvieron que volver a recluirse en la cocina y en sus labores de costura. Lo que demuestra que si el tremendismo es marca habitual de la nueva política, también lo es la estupidez.

En Asturias sabemos de socialismo empobrecedor primo hermano del sindicalismo trincón (¡ay, Villa!) y si el andalucismo en su vertiente regionalista no deja de ser un penoso intento de reivindicar algo tan inverosímil como un al-Ándalus de convivencia exquisita entre tres religiones (cosa ya negada por cualquier historiador serio), el asturianismo y sus folclóricos representantes se dejan querer por Adrián Barbón (y el sentimiento es mutuo) y por ese PSOE que si te despistas te hace cooficial el bable. Lo del bable como forma de subirse a un carro pecuniario lo apoyan mercachifles de cierto submundo cultural, admiradores de Bildu, algún cateto despistado, grupos de música que venden independencia astur ya peinando canas, algún cómico sin gracia y poco más. Pero a Barbón le gusta eso de las identidades como a los andaluces les gusta mentar a Blas Infante, otra figura a desmitificar.

Esa criatura difícil de catalogar (más allá de bajuna y fajadora) que es Teresa Rodríguez le dijo a Macarena Olona (nacida en Alicante, de abuela andaluza) que no tenía todo en orden para presentarse por esa Comunidad porque “no había respirado el mismo aire”. Al Rh negativo abertzale se le une el N2 y O2 del aire más allá de Despeñaperros.
Con la resignación adecuada, uno puede conseguir no tomarse demasiado en serio los rebuznos de estos cerriles que no saben qué viento les ha dado. Cada nacionalista, sea euskaldún o andalusí, quiere reivindicar sus particularidades identitarias, cuando la única característica que les une a todos es la idiotez supina.

Regresan las urnas a Andalucía y parece que ha pasado una eternidad. En la última ocasión aún no se había producido el abrazo entre Sánchez e Iglesias, la catastrófica y negligente gestión de la pandemia, el indulto a los golpistas catalanes y el obsceno blanqueo de los legatarios de ETA. Y no había avanzado con tanta virulencia censora la marea 'woke', con los impulsos inquisitoriales, el feminismo puritano y la ideología de género movilizándose sólo por los crímenes de los que pueda sacar rédito político.

Adriana Lastra, ese otro prodigio de la política socialista y asturiana, ya ha amenazado con salir el lunes a la calle (otra vez) si las urnas no les bendicen con el milagro de los votos, para que así puedan multiplicar los panes y los peces entre los suyos quitándole el sustento a los parados, lo que, bueno es admitirlo, fue llevar la corrupción institucional a otro nivel.
Esta vez la alerta antifascista nos pillará a (casi) todos con algunas inocencias perdidas.


3 de junio de 2022

Abriendo regalos


 

Artículo publicado originalmente en El Semanal Digital

Se han echado las manos a la cabeza, indignados. Cómo nos pueden estar haciendo esto a nosotros, por dios, que somos de izquierdas. Los descerebrados, en una librería. Me cachis en la mar, no lo pudimos ver venir.
Otra de esas cosas que no se podían saber. Lo de la alegre algarabía de muchachada obligando con actos vandálicos, entre dicterios y berridos, a cerrar una librería en la Rambla de Catalunya, donde se presentaba un libro que, por lo visto, les fundía los plomos del sectarismo absurdo.
Un libro (
Nadie nace en un cuerpo equivocado) por cierto, que es didáctico, profesional, riguroso y de muy recomendable lectura, que intenta arrojar algo de luz en el oscuro lodazal de las ramificaciones de la ideología de género y la ideología queer, esas moderneces para gilipollas donde tantos han encontrado su filón con ánimo de lucro, a base de llenar la cabeza y desguazar el cerebro con propaganda a los más vulnerables.

Lo de los lamentos de los que sacan pedigrí de izquierdas (“algunos lo somos desde hace 40 años”, clamaba una desconsolada) sería gracioso si no fuera tan trágico. Piensan que es un fenómeno espontáneo, que esos jóvenes desquiciados con grandes dosis de insana ideología han brotado de la nada, y se dedican a reventar presentaciones de libros porque lo decidieron de manera casual cinco minutos antes.

Pero ahí estuvo siempre esa izquierda, al menos la catalana, de compadreo con los de la identidad nacional y las banderas esteladas, o callando como meretrices cuando arremetían con aquel “que vienen los fachas”, y resultaba que los fachas eran Albert Boadella, Juan Marsé o Fernando Savater. Nunca una palabra más alta que otra, no fueran a molestar a los jefes del tinglado; o sus amistades, esos progres biempensantes, los fueran a confundir con la carcunda rojigualda.
Así ocurrió por esas tierras, con tanto fantasma que llega de otras partes de España y a los dos meses ya se sube al carro de la lucha por el poble català, sin percatarse que está haciendo el juego sucio a las élites locales de extrema derecha, pero todo les importa un comino, claro, pues no ven incongruencia alguna en que compartan trinchera Puigdemont y Valtonyc, Artur Mas y Alejandro Fernández, el de la chancleta.

Han colaborado, por complicidad u omisión, en generar una comunidad irrespirable, mientras el nacionalismo tenía las simpatías de la progresía autonómica, tan sofisticada como lerda. Una región tensada innecesariamente por la cobardía y los complejos, donde algunos bobos insignes se preocupaban más de boxear contra espectros de la malvada España centralista que de darse cuenta lo que estaba creciendo bajo el cogote y amparo del clan criminal Pujol.




Y ahora, esos mismos pijoprogres de la Cataluña bien se extrañan de que los nuevos “antifascistas” sean jóvenes educados en el odio y la violencia, extremadamente fanatizados, con poco bagaje cultural y menos intelecto, analfabetos y dogmáticos. Una horda que desprecia todo lo que ignora, y como es enorme su ignorancia, pues el desprecio se transmite en contenedores ardiendo, sillas volando, pedrada a mala idea y a enganchar al que pillen, transeúnte o librero, siempre sintiéndose impunes para abrirle la crisma a algún infeliz, ya que, amparados en la masa, casi nunca rinden cuentas antes las autoridades competentes (je,je).
Por eso los izquierdistas de la librería se han preocupado siempre de no meterse en jardines, y llegar en razonable estado de salud (una pedrada en la frente estropea mucho el físico) a las reuniones del PSC.

Pero crearon el ambiente político adecuado para que esos cabestros de la puerta no comprendan lo que significa el pluralismo de ideas o la libertad de expresión, y que todo lo que se salga de su estrecho marco de creencias y férreos postulados debe ser erradicado, de forma salvaje si es preciso.
Han dejado medrar a una izquierda secuaz del nacionalismo porque les interesaba la suavidad y las buenas maneras con quienes compartían enemigo común: eso que llaman derecha neoliberal y, claro, el fascismo, omnipresente y amenazador.
Mientras perseguían espantajos que sólo estaban en las consignas del agitprop, iba evolucionando ese otro totalitarismo, real, palmario, que les iba a estallar en la cara, o en la entrada de una librería.

Y ahora, claro, resulta que la semilla del odio ha brotado, y en Cataluña, paraíso terrenal y arcadia feliz de la futura república, empieza a surgir una juventud que cree que el libro que más ilumina es el que arde. Y se quedan estupefactos. Pero eso es lo que han estado pidiendo, señores y señoras, ese ojo que tiene el pájaro en el pico es suyo, pero el cuervo también. Lo han alimentado con su estupidez y su demagogia. Han comprado “alertas antifascistas” y despreciado a aquellos que intentaron poner pie en pared frente a las ideas supremacistas. Rivera era esto, Arrimadas era lo de más allá. Risas con infame choteo, revistas satíricas, conciencia social, tertulias en cafés, centro centrado: ni Stalin ni Casado.

Y entonces les viene esto. Cómo nos ha podido pasar, se preguntan, pasmados. Los buenos muchachos de la Cataluña próspera convertidos en animales de bellota que nos quieren moler a palos por estar en la presentación de una publicación. Y yo digo que llevan pidiéndolo toda la vida. Y cuando se piden cositas y al final llegan, los regalos hay que abrirlos. Y a disfrutar.

13 de mayo de 2022

En la frontera


 

Artículo publicado originalmente en La Nueva España.

A la hora espantosa del alba y bajo un frío inclemente, un matrimonio y un bebé se separan en una línea tan marcada que prácticamente divide dos mundos, a un lado la puerta de salida del infierno, el salvavidas, la esperanza que se abre paso frente al desconsuelo; y al otro, la guerra con tintes genocidas que retumba sobre los pasos que el hombre ha de volver. Agarra el fusil con una hosquedad que no está exenta de dulzura. Ahora ese arma es su mundo, en ese deseo de reducir lo complejo a una sola explicación.

La pareja se abraza sin decir demasiado, sobran los susurros de despedida cuando una bala tiene siempre la última palabra. Más que ninguna otra relación humana, el amor es un sobreentendido. El hombre acaricia la cabeza de la criatura que su mujer tiene en el regazo, envuelta en unas mantas andrajosas, pero que mantienen y conservan el calor del cariño. Luego él se da la vuelta y se aleja lentamente, sin mirar atrás, con el fatalismo y también con la resignación de quien ha decidido no discutir jamás con su destino, como todos los hombres que partieron en todas las guerras que en la historia ha habido.
Uno imagina hasta qué punto sus vidas carecen ya de fundamento. Casa destrozada, éxodo forzoso, futuro en entredicho, y aún así sentirse conforme, incluso contento, con el simple hecho de sobrevivir. Comprender el fracaso y el dolor para hacerlos soportables, aunque echarán de menos lo más prosaico de su anterior vida. Siempre pasa, el sufrimiento te permite descubrir lo importantes que son las cosa que carecen de importancia.

Se combate cada palmo de terreno por puro instinto de supervivencia y de proteger lo propio, mientras en la Europa civilizada teorizamos sobre desinformación y propaganda de guerra, y nos asalta la foto del brazo inerte de una mujer, en las manos las uñas pintadas de un rojo que vaticinaban vida, cuidado, coquetería, todo ello sesgado por la detonación de un fusil o el estallido de un mortero. Nos llega la imagen de un edificio de viviendas abierto en canal, como una disección humana, y podemos ver las vísceras de intimidades ajenas, cocinas tiradas abajo con rastros de cenefas resquebrajadas, los cascotes polvorientos de lo que era un dormitorio.

Las ciudades liberadas sacan a la luz las tinieblas del hombre convertido en lobo para el hombre, cuando se descubren los cuerpos, cadáveres que tarde o temprano dejarán de revolvernos la sobremesa y serán arrastrados por el tiempo y por el olvido. Sólo números más, cifras que escribir en el extenso libro de la historia de la infamia.
Olvidaremos la inquietud que provocan esas víctimas tan parecidas a nosotros, la terrible similitud entre agresores y agredidos, los lazos culturales que unen a los que dispararon y a los que fueron ejecutados con las manos atadas a la espalda, los ancestrales y persistentes ritos del asesinato y la limpieza, de no dar cuartel al enemigo vencido.

Un dirigente que trata de someter de una manera retorcida, reduciendo a escombros aquello que no puede conquistar. Y en España, todo tarde y mal, sufriendo los bandazos de un presidente mezquino al frente de una coalición ignominiosa, un puñado de nulidades habitando el extrarradio moral, que demuestran, cuando firman inauditos manifiestos por la paz, que la equidistancia es un buen refugio para los canallas. La paz de los cementerios, es la única que buscan con la rendición ucraniana, pues los quintacolumnistas de Putin les invitan a que dejen de pelear. Cuando la pelea es lo único que queda una vez que se han derrumbado todas las certezas, pelear por respeto a uno mismo y a lo que representa, por la fidelidad bien entendida, la voluntad agónica de lucha hasta el final y en una batalla perdida o por una victoria inverosímil. Acorralados y en inferioridad, aún dispuestos al contraataque y a vender caro el pellejo, como personajes de Peckinpah. A veces, en eso del valor personal uno se lleva muchas sorpresas.

Nuestros abyectos ministros morados no quieren eso, ni tampoco lo entienden: desean los tanques de Putin rodando victoriosos sobre las praderas que rodean Kiev, y negociar sobre las ruinas de Ucrania el amanecer de una nueva Rusia imperial.
Por eso la paz es un camelo, una estafa emocional. El soldado que deja a su familia en la frontera y regresa al frente de batalla, a encararse con lo mejor y lo peor del ser humano, no ha escogido tener que ser un luchador anónimo ni un héroe caído más, sólo intenta conservar en la memoria la imagen del rostro de su mujer antes del último adiós, consciente que, como el verso del poeta, vendrá la muerte y tendrá sus ojos.

9 de abril de 2022

La película que nunca veremos


 

Artículo publicado originalmente en La Nueva España.

Han transcurrido dos meses, pero en temas de rauda actualidad es muchísimo, sobre todo cuando durante este tiempo ha estallado una guerra en el corazón de Europa, pero no me gustaría dejar pasar el asunto sin comentarlo. Por mí, que no sea.

Cuando subió a recoger su Goya, Blanca Portillo, muy pizpireta con un voluptuoso vestido negro, dedicó su premio a Juan María Jaúregui “y a todos los que se fueron de forma injusta”. Son curiosas las palabras medidas y las palabras utilizadas, irse de forma injusta, como el que encaja un despido improcedente y rumia su mala suerte y la felonía sufrida. Más que eufemismo, se trata de una considerable aberración semántica. Ignora de forma deliberada la responsabilidad del nacionalismo vasco, cuya ideología amparaba la violencia terrorista de ETA, y que esas personas “que se fueron”, fueron asesinadas para imponer un proyecto político, el mismo proyecto que ahora encabezan y defienden los socios de Sánchez, que estaba presente en la gala. Claro, ojo con criticar al jefe del tinglado, que puede cortar el grifo.

Dentro del “mundo de la cultura”, donde abunda tanto trepa sin talento, sectario vividor, moderno fugaz, plúmbeo endófobo y figurín de lentejuelas, el etnicismo vasco sigue teniendo buena prensa, o al menos se ve como una historia sin buenos ni malos a la que sacar partido fílmico con simpática (y cobarde) equidistancia.
Hace dos años, en el Palacio de Deportes Martín Carpena, nombrado así por el político asesinado en el año 2000, no hubo una sola mención durante la gala al particular nombre del recinto, o aprovechar el lugar donde estaban reunidos y celebrando para un breve recordatorio; ni una sola persona que se acordara de por qué ese pabellón se llama como se llama, pero tuvieron el cuajo de, en el polideportivo con nombre a un asesinado de ETA, otorgar el goya honorífico a una actriz que en los años de plomo hizo campaña activa por Herri Batasuna, lo que, a mi modo de ver, supuso un insulto y también una perversión.
Si las pistolas han callado su fúnebre cadencia, no así se ha evaporado la corrupción moral y política de una sociedad donde la insania ideológica del nacionalismo ha impuesto su hegemonía.

Vamos con unas historias que podrían dar para película (trágica).
Dolores González Catarin pasea por la plaza de su pueblo, Ordizia, con su hijo de tres años. Un hombre se le acerca y le dice: “Soy de ETA y vengo a ejecutarte”. Después le dispara dos veces y la remata en el suelo.
Ese mismo hombre, tiempo después, lleva a una cantera a Juan Sánchez, un electricista que estaba paseando a su perro, para descerrajarle tres tiros. Deja bajo su cuerpo una bomba para que se accione cuando la Guardia Civil se acerque a levantar el cadáver.
Cabo Primero de la Guardia Civil es Antonio Mateo, vejeriego con una hija de 7 años, cuando le disparan por la espalda y es rematado en la cabeza, ya abatido.
Mohamed Ahmed Abderramán fue camarero y regente de una churrería antes que policía, y pidió el traslado al País Vasco para poder pagar las facturas médicas de su hija con parálisis cerebral. Pero una granada le sesga la vida, dejando tres niños huérfanos y uno que estaba de camino.
Así hasta sumar 13 asesinatos. ¿Qué une estas historias? Todos los asesinatos fueron cometidos por la perseverancia criminal de José Antonio López, alias 'Kubati'.

Ahora sabemos que desde hace al menos tres años, el Gobierno mantiene una vía directa de comunicación con los colectivos de presos, donde negocian y planifican beneficios penitenciarios para los no arrepentidos. El hombre del Gobierno, de confianza de Marlaska, acuerda personalmente esos beneficios con miembros de Sortu y de Bildu. Uno de esos miembros responde al alias de Kubati, un terrorista de ya 65 años y en libertad, pero igualmente brutalizado, fanático y cruel.
Gracias a la intervención de Kubati y a la inmensa inmoralidad de Marlaska y de Sánchez, empeñados en denigrar a las víctimas, muchos presos no arrepentidos han sido acercados a cárceles del País Vasco y otros han logrado anticipar su salida de prisión.
A lo mejor al combativo cine español le interesa hacer una película de eso. Pero ojo, porque, cada uno a su manera, los de Kubati y lo de Sánchez son crímenes que no habrían de prescribir jamás.


1 de marzo de 2022

Política ficción

 


Artículo publicado originalmente en El Semanal Digital

Un empacho de cultura popular audiovisual nos lleva a la asignación de roles equivocados y referentes que sólo funcionan como guión ficcionado. El error es que demasiados periodistas se creen que la política es como El ala oeste de la Casa Blanca y muchos políticos se han convencido que lo suyo es House of cards. Lejos de la incontinencia verbal que tienen los personajes de Aaron Sorkin, tan permanentemente brillantes como irreales, y de la atracción que puede despertar el maquiavélico, inteligente y retorcido Frank Underwood, la política real, al menos en España, está lejos de ese glamour que puede llevar a la fascinación por los entresijos del poder y de la corrupción, de las intrigas familiares y mafiosas que Coppola elevó a la categoría de obra maestra en El Padrino, y de los discursos shakesperianos de Brando en su Julio César. Ojalá hubiera un Mankiewicz patrio, con talento para revestir de virtud una época tan grotesca como necia. A Pablo Iglesias le gustaba Juego de Tronos (le regaló la serie a Felipe VI, puede que en una amenaza velada) aunque fue él quien acabaría carbonizado por la Khaleesi madrileña.

Los entresijos de envidias, chantajes, lealtades, venganzas, egos y ambiciones en los partidos son algo que provoca perplejidad momentánea y vergüenza ajena permanente. Casi todo lo impregna la mediocridad. Y al que despunta le espera, tarde o temprano, el previsible martillazo. A dónde se ha creído usted que va.
Pero, puestos a reivindicar lo clásico, uno prefiere cuando se cruzaba el Rubicón dispuesto a jugárselo todo a una carta contra sus enemigos, y las puñaladas eran reales y definitivas, no había metáfora alguna cuando tus opositores y antes amigos te la clavaban por detrás.
La adhesión a uno u otro bando podía costarte la vida, no sólo temían por el sillón los pelotas de Twitter, raudos en declarar su apoyo incondicional e incomparable amor por el contendiente del que depende su sustento. Antes, al menos, la movida tenía su puntito, ya que los celos llenaban de cabezas los cestos, a la manera de Enrique VIII.

Y ya nada huele a podrido en Dinamarca porque la juventud no lee y no entiende, se la suda
Tío Vania y prefiere Netflix a Chéjov. Que no sin incompatibles, pero es necesaria una mínima base literaria además de la suscripción a la plataforma de contenidos. Al menos para interpretar el mundo que nos rodea e identificar sus carencias, a través de lo que tienes en la mochila y en la memoria. Los políticos, por lo general, también leen poco, o leen mal, y no existe hoy una élite digna de protagonizar crónica social radiografiada por la pluma de un Tom Wolfe, verbigracia.
El hastiado ciudadano comprueba con pavor que el esperpento sociata y podemita no tiene el contrapunto en una oposición con altura de miras.
La zafiedad y la bajeza, la estulticia con corbata, las declaraciones con aplomo frívolo y desvergonzado, carentes de ritmo y gracia, y uno piensa, en melancólica retrospectiva, en lo que podía haber sido España con una clase política eficaz e ilustrada, o al menos digna, en un país llevado una y otra vez a despeñarse por el desfiladero de la historia, en nuestras propias carencias y las ganas de reventar al prójimo (cuatro guerras civiles entre el XIX y el XX) y que minan los cimientos donde se sustenta lo mejor de nosotros mismos, a veces tan acertados, tan luminosos, tan ejemplares cuando peleamos nuestras propias batallas (literarias, científicas, deportivas, transformadoras) en solitario u organizados, y lastrados por cantamañanas sin escrúpulos, saqueadores, rufianes, vendepatrias y mezquinos, hasta llegar al sindiós que ahora contemplamos, un mal entremés del Siglo de Oro pasado por el filtro sensacionalista de un programa de telebasura.

11 de febrero de 2022

Infierno de cobardes

 


Artículo publicado originalmente en La Nueva España.

Suele haber algo impúdico en la exhibición pública de la vida privada. Un baile de apariencias de cara a la galería que inflama egos o eleva autoestimas en horas bajas. Caso flagrante, esos menores expuestos por sus irresponsables adultos de forma temeraria, como monos de feria en el gran escaparate siniestro de las redes. O metiéndose de lleno en los peligros del doble filo de la ostentación, ante un público virtual que no está al margen a los peligros del mundo real. Esa fina línea.
Incurriendo en el estudiado despliegue de máscaras, sonrisas con demasiada pena en su interior, el recreo de las apariencias en seres apesadumbrados que entran al juego azaroso de moverse siempre al ritmo de las tendencias del momento. Pero con un miedo atroz a lo que se encuentra más allá de las pantallas, y a las certezas que susurran cuando los móviles se silencian y el espejo sólo devuelve la cruda realidad de miserias y carencias.

Algo parecido, en cuanto a crearse un universo de burbuja pero que marca las pautas, ocurre con un grupo de opinadores, periodistas, artistas...a los que uno observa en su falso desacato al sistema, cuando en realidad viven resignados o complacientes en la sumisión servil a las consignas ideológicas del Gobierno que les proporciona el sustento. Un gregarismo desinhibido que les permite mantener una fachada de buena reputación mientras sigan las directrices marcadas o las que su olfato les hace intuir. Continuando, como si no tuviéramos ya suficiente, con la asfixiante omnipresencia del discurso único. Tratando de llegar a lo que se conoce como gran público, evitan enemistarse con quien no les conviene, y para eso saben rendir las pleitesías adecuadas. No hay una pizca de honorabilidad en lo que hacen, ni en lo que promueven, porque no hay transgresión verdadera, juegan sobre seguro.

¿Podemos dar nombres? Claro que podemos. Un ráfaga de ejemplos para situar al lector: ese Buenafuente metiendo a Sánchez en su último show después de que la maquinaria de engrase socialista untara de millones su programa y su cadena, y por lo tanto, ferviente lavado de bajos clase primera al inquilino de la Moncloa; Broncano haciendo humor A FAVOR de Hacienda. “¡Coronavirus, oé!”. Jordi Évole siendo follonero en la oposición y luego correa de transmisión del Gobierno, abrazo con Otegi incluido (Arnaldo, Uno de los nuestros); en Asturias, Joaquín Pajarón, con progenitor gaditano, a favor de la cooficialidad del bable mientras trata de posicionarse en el exterior pero deseando el cerrilismo improductivo para el interior, es decir, nadar a favor de la corriente mientras apoyas implantar un suicidio económico y social en una región en ruinas de por sí, mediante la imposición de un dialecto inventado que ningún niño va a poder usar.

Ya se van haciendo una idea. Son ésos, pero hay muchos más. Y ahí están, todos ellos y ellas, únicamente humor o periodismo en pro de la parte activa de un relato. Nunca se mojan, nunca se arriesgan, siempre del lado de la palangana gubernamental, apuntalando los resortes del poder socialista, jamás algo políticamente incorrecto que les pueda crear problemas con los que mandan y deciden. Ande yo caliente. El verdadero sistema los cuida y los protege, y así, representan el triunfo de la mediocridad y de la connivencia con los discursos hegemónicos, la rebeldía unidireccional, tramposa; contestatarios de plató de La Sexta, dando equívoca imagen de irreverentes mientras esperan la caricia en el lomo del de arriba, falsos gurús juveniles, referentes de la nada con colores, el vacío intelectual en un bonito envoltorio.

No hay nada heterodoxo en seguir los postulados de la posmodernidad, muchos de ellos irracionales, para seguir cimentando ideologías que tras la sonrisa esconden la bota, y que apenas consienten nada que se salga de esos cánones, eludiendo temas complejos con una desvergüenza estremecedora, la sátira que camufla el conformismo, moviéndose únicamente en las retóricas huecas del autodenominado progresismo. Justifican al régimen para mantener sus privilegios, sabiendo que hoy se vigila cada canción, cada discurso, cada pensamiento. A toda esa patulea, aunque lleguen a tener dinero o reconocimiento, nunca se les dará acceso al exclusivo panteón de los hombres libres. Tienen que cumplir su pena de cobardía.

15 de enero de 2022

Los torturadores de la inocencia


 

Artículo publicado originalmente en El Semanal Digital

Antes de la mayoría de edad se han hecho muchas cosas y sin embargo está todo por hacer. Una vida por delante y una etapa irrecuperable que dejamos por la popa.
Existe un momento, pasada esa línea de sombra, en que te da vértigo pensar que nunca más vas a tener 18 años. Habrá otras etapas, vendrán tiempos mejores y también más oscuros, pero ya jamás tus dieciocho, ese punto de quiebre. Esa frontera donde todo empieza. Cumplida la mayoría, te crees ya preparado para todo, maduro, confiado, adulto altivo, aunque estés bailando en el lomo mismo del precipicio.
Y que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender tarde o temprano, como vaticinaba Gil de Biedma. Sobre todo, tarde. Cuando la infancia ya no tiene remedio y la adolescencia boquea en la memoria con sus historial de turbulencias, cornadas y caricias. Hasta los 18 nos ha dado tiempo a enamorarnos y a bajar de golpe de los altares de la ensoñación, a experimentar el ruido y la furia, pasiones efímeras, a jugar a la rebeldía y ¡Viva el Che!, paladín de la libertad, y a sospechar que hay otro tipo de insumisión contra la barbarie. A tener certezas y a perderlas. Tinta tatuada a escondidas, amaneceres entrando a hurtadillas, pieles y noches etéreas, olor a verano y a sal marina.

Para los menores abusados sexualmente bajo la tutela de administraciones de distintas comunidades la llegada a esa frontera, más sentimental que legal, de los 18 no será como las de otros de su edad.
Habrá que calibrar las cantidad y la profundidad de las cicatrices. Conocer la magnitud del desastre.
Los torturadores de la inocencia son los mayores hijos de puta de este mundo. Y da igual que vengan de particulares, del clero o bajo el rodillo de la izquierda y el nacionalismo. Porque destrozan el presente y matan el futuro. Como decía William Munny en Sin Perdón, “Le quitas todo lo que tiene, y todo lo que podría llegar a tener”. Ojalá puedan alejarlo como un tiempo borroso, que a esas criaturas nunca les abandone el espíritu de supervivencia, aunque sospecho que lo van a tener muy crudo para volver a confiar en el género humano.

El llamado 'caso Oltra' convierte la dermis en piel de gallina, porque cuando se pone nombre y rostro al horror, es más fácil sentir cercano y real el espanto.
Teresa tenía 14 años cuando cayó en las garras de la ex pareja de la vicepresidenta valenciana, a la que acusa de no darle protección y ocultar la denuncia. Como hicieron otros en Baleares. Ocultar y evitar la intervención de la justicia.
Se dice que, como Teresa, hay 175 menores más, víctimas en régimen de acogimiento. Menores traicionados por quienes debían protegerlos. Pocas decepciones tan crueles, pocos actos tan viles.
Hay algo muy turbio en todo lo que rodea a la industria de la ideología de género. Cada vez es más palmario el hecho de que ese monstruoso negocio y dogma pasa por encima de mujeres y niños por igual, si así es necesario para sus mezquinos intereses, si tienen que proteger a delincuentes de su cuerda, si una brutal violación no se ajusta a los cánones para ser vendida en la ciénaga de su relato a los medios y a la sociedad.

Que la hipocresía ya produce un hedor insoportable, todo es delirio, ofensas a la inteligencia; con un chorreo de millones malgastados en inútiles y trepas ávidos de cargos con carga al dinero público, y su cometido es obsceno, cruel y criminal.
Si la ideología de género y el feminismo radical tienen una base de esperpento, tras la LIVG anticonstitucional y que voltea el estado de Derecho, el aquelarre del 8-M que propició el desastre vírico y los casos que vamos sabiendo, se ha tornado en algo puramente delictivo.
Espero que no haya paz para los malvados.