8 de septiembre de 2023

El verano del amor reaccionario

 



Artículo publicado originalmente en La Nueva España.

Fue el pasado mes un agosto tórrido que incendió las antorchas de un populacho enardecido por conflictos mundanos, sin que la inclemente meteorología apaciguara las ganas de linchamientos africanos, turbamulta exaltada con rasgada de vestiduras exigiendo autos de fe y otras tradiciones solariegas, y que los tibios dejaran de serlo para pronunciarse de forma inequívoca a favor de la causa, o ser acusados y juzgados de forma sumarísima.

Como espectador, uno lo observa con deleite y fascinación, siempre que mantenga las distancias oportunas para que no te duela España. Ya no estamos para tener achaques de Unamuno.

Primero, la izquierda española, en un sorprendente giro histórico, comenzó en 2023 a reivindicar la época del destape, pretendiendo que vuelva a escandalizar mostrar los pechos; el desabrigo como acto eminentemente revolucionario, como si el antifascismo emanara directamente de los pezones de Eva Amaral, que tiene por algo nombre de fuente de vida. Sin sujetador para frenar a la ultraderecha. Épica juventud. Como mayo del 68 pero con Twitter.

Curioso cuanto menos, que seis décadas después de que los tecnócratas del régimen se opusieran a Manuel Fraga por llenar Benidorm de suecas en bikini, la progez desempolve de los cajones aquella portada de Interviú de Marisol. Benditos sean.

Con el caso Rubiales pusieron en marcha la más formidable maquinaria política y mediática que conoce España: aquella que usa la fuerza del socialcomunismo en sus terminales de comunicación y con sus esbirros de vanguardia haciendo de ariete. Fueron llamados también a filas periodistas gozando en la elaboración de esas listas negras que señalan y coaccionan. Hubo algún ilustre exaltado haciendo inventario de celebridades bajo sospecha por su silencio, señalando a los no afectos a la causa, por el delito de mutismo. Culpables no por lo que dijeron, sino por lo que no dijeron.

La misma semana en que se conocieron nuevos beneficiados por la Ley Montero volviendo a sus fechorías, se reunía la plana mayor del ministerio en funciones (sus funciones son poner el cazo) para protestar por esa anécdota ascendida a causa nacional, en el mundo del neofeminismo beligerante donde los besos celebrados con euforia son agresiones sexuales y las verdaderas violaciones se silencian para no enturbiar el relato. Siniestro pensamiento estatal ése donde una manada de violadores damnifica tu maldita ideología.

A pesar de que salieron vídeos bastante esclarecedores, eso sólo hizo darle más potencia al artefacto. El sectarismo es un mal endémico en la sociedad española porque, en sus visiones pseudoreligiosas, se inventan una realidad paralela del todo inverosímil, retorciendo lo que sus ojos ven para que no echar abajo aquello que han preconcebido. Si la realidad no se ajusta a su pintoresca imagen de lo que creen que debería haber pasado, se impugna la realidad.

Y ahí se presentaron haciendo lo suyo, en la calle con la horterada vocinglera y faltona, pidiendo que rodaran cabezas, en esa interpretación asilvestrada de la Justicia y del Estado de derecho.

Lo que no quieren meterse en jardines por miedo a verse perjudicados en esta deriva demencial hacen lo que pueden para mitigar las coacciones del poder, del nuevo sacerdotado y la credulidad popular. Una misión compleja, salir indemne de la irracionalidad intransigente, que reina allí donde la coherencia acaba. 

Sobrecoge el show de tantos supuestos contestatarios siendo únicamente sumisos a la ideología vigente. Uniéndose a la jauría o agachando dócilmente la cabecita y diciendo, por favor, a mí no, que soy aliado.

Y por eso comparecieron muchos pobres diablos musitando comunicados a destiempo y por indicaciones, salvando los muebles. Para no verse desguazados por el tren del totalitarismo de la lapidación se pliegan sin rodeos al miedo como técnica política. Porque hay poco que se pueda hacer contra este engranaje con tantos factores empujando. 

En vez de inducir al debate, intentan arrollar. Sin conciencia reflexiva ni argumentos precisos, manejan la marrullería y el arrebato intimidatorio, dispuestos a no permitir una escisión en todo lo que los dogmas de la colectividad consideren impío poner en cuestión.

Es un aviso para navegantes, y el que no ha querido perder el puesto ha corrido rápido a congraciarse con la coerción del poder. Viendo que el rechazo rebelde ha encontrado tan escasos valedores, y la embestida para no dejar cabos sueltos y ningún resquicio para crear la duda y la subversión, los hechos preludian también sinrazones venideras. 

No culpemos a los que se han plegado. Aguantar la presión exige mucha más entereza, y es exhausto nadar contra la corriente cuando ésta tiene la fuerza apabullante de toda la industria de género. El único consuelo es que una minoría nos tenemos por diferentes y mejores que los bárbaros.


4 de agosto de 2023

El ejemplo Kundera




Artículo publicado originalmente en La Nueva España 

Una de las primeras cosas que entendieron los intelectuales protagonistas de la Primavera de Praga fue la imposibilidad de alcanzar un comunismo de rostro humano, como creían factible hasta entonces los reformistas. El recientemente fallecido Milan Kundera, una de las plumas imprescindibles del siglo XX (suponiendo que exista un consenso en cuanto a “imprescindibles”) junto con un grupo de escritores checoslovacos, culminó hace 65 años ese viaje que va desde el marxismo iniciático, pasa por el desencanto con los ideales impuestos desde Moscú y termina en una abierta oposición a la larga noche socialista y sus 20 años anteriores, cuando abrazaron aquella ideología utópica y criminal antes del redentor despertar a la realidad; la rebelión de “una generación contra su propia juventud”, en palabras de Kundera.

Para esos checos y eslovacos del 68, el proceso fue muchas cosas al mismo tiempo: el fin de un ideal malogrado, las ilusiones fracasadas de unir comunismo y democracia, el duro albor de una madurez que coincide en el tiempo con un país en degradación implacable y la defensa de una soberanía nacional en un territorio controlado por una potencia imperial y extranjera. 

En ese Estado surgido tras la I Guerra Mundial, era la Cultura la que actuaba como factor integrador, y los más prestigiosos escritores, como Ludvík Vaculík o un joven Kundera, se veían como la conciencia de la nación. Hubo varios manifiestos con vocación contestataria, siendo los más destacados el “Manifiesto de las dos mil palabras” y “Mensaje de los ciudadanos”.

En la noche del 20 de agosto de 1968, tropas de la URSS, la RDA, Polonia, Hungría y Bulgaria cruzaron las fronteras del país para acallar esas voces que se alzaban. Después de unas semanas de resistencia popular y orgánica, Praga se rendía ante los tanques soviéticos tras una cifra de muertos que oscila entre los 80 y 137.

Con la invasión llegaron las tradicionales purgas a gran escala, incluyendo universidades y medios de comunicación. Algunos, como Kundera, marcharon al exilio. Allí, Milan escribiría “El libro de la risa y el olvido”, “La insoportable levedad del ser” y “La inmortalidad”, donde entre el romanticismo y su fascinante prosa se dejaba entrever bastante de esa nostalgia del exiliado.

Asumir que el comunismo nunca sería democrático ni un puntal de derechos humanos costó sangre, sudor y lágrimas de tinta herida, y todo proceso aperturista fue reprimido a golpe de cañón. En España, con la degradación de las instituciones y una pérdida cada vez más acuciante de libertades y de poder adquisitivo, los que se erigen como estandartes de una élite cultural firman también manifiestos...a favor del poder.

Ahora imaginen a nuestros autodenominados representantes del mundo de la cultura ofreciendo tal necesaria resistencia al socialismo omnímodo. O ver arriesgarse alguna vez a profesionales del medre y del peloteo, demagogos cantamañanas expertos en arrimarse siempre a mamá PSOE, criados babeando entusiastas e hincando bien los dientes en la teta del Estado.

El sanchismo nos está dejando un elenco trufado de arribistas aferrados a su cargo y también los necesarios corífeos que ejercen a la vez de divulgadores y de mercenarios: se llevaron la mano a la ceja con Zapatero y ahora succionan con fervor a políticos de la talla de Sánchez o Yolanda Díaz, sin molestarse en esconder su ruindad y su miseria moral, la mezquindad de la parcelita ideológica donde pacen y medran. Incapaces de un pensamiento original o de sentido de la independencia, estos cucañistas se entregan a una propaganda altisonante y demenciada. “Antifascistas”, “frenar a la ultraderecha” y lemas así de una épica impostada, vademécum para sectarios y analfabetos.

También se muestran para ejercer presión y arrinconar al discrepante, y al resto mantenerlos en un cómplice silencio, a los que muchos del mundillo se acogen por convicción, por miedo o por oportunismo. Furcias mediáticas y gentucilla cobarde marcan el engranaje “cultural”, apocados que jamás verterán una declaración u opinión que exceda los límites del consenso progre. Pusilánimes atenazados por el poder censor del socialismo hegemónico.

En los abajofirmantes siempre están las mismas caras y los mismos nombres, salvo ligeras variaciones para incluir a los modernetes progres de vanguardia. Lo bueno de la estupidez es que no da lugar a equívocos, se presenta clara y concisa: una expresión de orden absoluto en un mundo caótico. Nada como el manifiesto organiza y clasifica mejor a los farsantes y a los memos.

En situaciones como la que atraviesa España, que su gobernabilidad pasa por el apoyo de los que quieren destruirla, siempre hay quien se opone con tenacidad y se enfrenta al oprobio y al ostracismo, y luego están el resto, ya saben quiénes son, marionetas de partido, sustento de tiranos, botes a favor de la corriente, navegando sin descanso hacia la próxima subvención.

9 de julio de 2023

Es mejor justificar



Artículo publicado originalmente en La Nueva España.

El espectáculo fascinante de Pedro Sánchez en su esprint televisivo de cara a lavar su vapuleada imagen es tan atrayente para los periodistas como para los sociólogos y los estudiosos de las ciencias de la conducta. A la certeza de que estamos ante un actor formidable, un fajador que sabe apoyarse en las cuerdas y salir contragolpeando, se le suma también el habilidoso táctico, un maestro de ese cinismo que es capaz de engatusar a señoras propicias y a palmeros habituales, pero también a ciudadanos crédulos.

Es Sánchez alguien que se crece bajo los focos, con la firme determinación de colar los más impresionantes embustes sin que se le note en el rictus, aunque a veces, levemente, los ojos le delaten. Porque su esencia vive detrás de sus ojos y le sale por los poros, es algo que se percibe apenas un instante: mucha gente no lo ve porque confunde la imagen pública con la real, y esa inmanencia con el mal tiene que ser captada en sus breves destellos, pero está ahí.

Sánchez se mueve en uno de esos periodos donde sustituyes la verdad sobre ti por la historia que explicas de ti. La verdad que sabemos sobre él y la narrativa que se está construyendo sobre él mismo y lo que ha pasado. Que es algo bien diferenciado. Porque en la narrativa, las mentiras son cambios de opinión, y la crónica de los infames cinco últimos años puede ser borrada si se niegan todas las evidencias con la seguridad y el aplomo de un timador de la estampita.

Yo puedo criticar los pactos con Bildu opinando que la izquierda abertzale es una colección de idiotas fruto del incesto, que justifican los crímenes perpetrados por gente de escaso cerebro e inmensa crueldad, y no pasa nada, más allá de algún nacionalista asturiano que se cabree, por eso de la hermandad con los patriotas de la ikurriña.
Pero que el todavía presidente del Gobierno embauque a tantos espectadores queriendo vender lo blanco negro debería tener alguna consecuencia, aunque sea en forma de bofetón electoral. Pero deslumbra su capacidad interpretativa y su entereza, la forma en que justifica de los pactos con los herederos de ETA, los indultos a los golpistas y la eliminación de los delitos de sedición y el perdón al latrocinio andaluz, tabula rasa tras su perfecto bronceado, y nos pone bastante más fácil justificar a Pedro.

Pablo Iglesias, por ejemplo, es mucho más diáfano, y pocas veces trata de ocultar su naturaleza retorcida. Como sus ambiciones de propagandista y de gurú de los medios las canaliza a través de PRISA y de Roures, vemos que en sus pulsiones violentas ha hecho un viaje desde emocionarse mientras pateaban en el suelo a un policía en España a hacerlo con los saqueos, el salvajismo y las propiedades incendiadas en Francia, otro de los fetiches de la izquierda hibristofílica, que busca siempre los factores socioeconómicos que empujan a la alegre muchachada al pillaje y la devastación de las ciudades, víctimas como son de un sistema que les oprime y les fuerza a rapiñar televisores y vehículos.
Recuerdo a un simpático y orondo europarlamentario de Podemos declarando consternado que si los yihadistas asesinaban por decenas en Europa eran porque no tenían otra salida.

En los suburbios capitulados de Francia vemos a hordas actuando en grupos, organizados y con determinadas conductas que apelan a algún vestigio tribal. Ante el sombrío panorama de Occidente, la izquierda de la pasión por el delincuente siempre encuentra la manera de ser permisiva con los chavales de la gasolina o con los chavales de Alsasua, lo mismo da, porque la cabra tira al monte y el comunismo nació del crimen.

Si bien podemos hablar de causas multifactoriales donde entran en juego la marginalidad, las dramáticas carencias educativas, la religión o las crisis de identidad, resulta arduo complicado establecer un debate razonado y razonable cuando cualquier mínima crítica al modelo de inmigración masiva y transnacional acarrea el consiguiente epíteto de racista, ultradrechista y te asignan todas las insidiosas maldades del mundo. 

Es un debate trampeado, claro, porque juegan la carta del racismo para inutilizar al oponente. Nadie quiere verse como un xenófobo o como un fascista, y entonces cuando contemplan edificios ardiendo, la tendencia es callarse, por el qué dirán, y porque señalar el elefante en la habitación te hace sospechosos de las ideologías más devastadoras. 

Así que lo mejor es cerrar el hocico y que cada uno se saque las castañas del fuego, nunca mejor dicho. Cuando ardan barrios de España, pues que ardan. Justificamos a Pedro como justificamos a la turbamulta. Porque convencer a los demás de lo contrario es un fatigoso esfuerzo y al final, oye, pues que recojan lo sembrado y que se jodan.

9 de junio de 2023

La excepcionalidad asturiana



Artículo publicado originalmente en La Nueva España

Cada vez que se celebran elecciones, la parte más infame de la izquierda desnortada, esa que se licua con el nacionalismo ultramontano, tribal y reaccionario, saca pecho ante el repliegue de las fuerzas constitucionalistas en el País Vasco y se ufanan, orgullosos, de que esa tierra de raza y sangre proverbial y ancestrales costumbres vive incontaminada del españolismo corrupto, casposo, trabucoide, con tendencias al baile pecaminoso. 

Contentos de que gracias al paraíso criminal que impuso semejante piara ya no hace falta matar porque los que han podido se han exiliado (hasta los muertos se han ido, pues el cuerpo de Miguel Ángel Blanco no puede reposar en su tierra debido a los simpáticos socios de Sánchez) y así, alterando el censo, se llevan siempre los sufragios los hijos más obedientes de Sabino Arana y aquella lúgubre sociedad teocrática y feudal, compartiendo éxito electoral con algunos díscolos que cimbrean entre el nacionalismo y el socialismo (unan esas dos palabras y observen el resultado) que eligieron ser abertzales antes que jeltzales, cambiando al dios carlista por el dios del marxismo.

Asturias ha sido tristemente notoria por ser una de las pocas comunidades donde la liquidación del sanchismo no se hizo efectiva ni el castigo al sociópata se reflejó en forma de vuelco, y Adrián Barbón, el bablista de las entidades, está contento con ser uno de los últimos barones del PSOE que queda en pie, totémico, y hasta se ha permitido rescatar a esa eminencia política y ejemplo de historial laboral que es Adriana Lastra, que junto con Barbón, representan el más claro arquetipo de cómo gracias a la democracia algunos individuos utilizan la incompetencia ajena en beneficio propio.

El presidente del Principado, con sus arreones asturianistas, vive anclado en la mitomanía, con fantasías identitarias en cuyas raíces astures parece esconder la concepción del mundo de nuestros antepasados. 
Al socialismo de la FSA, para mantener los sillones, le queda pactar con Podemos, que ya es la nada absoluta en el resto del país, un populismo sectario en retirada, un mal recuerdo de cuando España se balanceó sobre el abismo, aquellos trileros burlándose de la parte de la sociedad de intelecto más raquítico. 

Porque la izquierda siempre fue otra cosa, claro, al menos la originaria decimonónica que quiso romper cadenas y asomarse a la modernidad. La izquierda española de 1812 defendía la libertad frente a la tiranía y el absolutismo. Las Cortes de Cádiz significaron reformismo, progreso, ilustración, racionalismo, cultura; valores que enarbolaba sin complejos frente a los conservadores, y que adoptó también el término de liberal. 

Ahora piensen en lo que hoy tenemos: la izquierda orgullosamente analfabeta, intrusiva, con leyes disparatadas de efectos tragicómicos y el control del pensamiento único; una izquierda de rodillo sustentada por ciertas minorías radicales y activistas fastidiosamente bobos; haciendo el caldo gordo a los secesionismos catalanes y vascongados, enemigos de la nación política, y a cualquier movimiento racista e iliberal disfrazado de progre. Aliados en Iberoamérica de todos los sátrapas que sólo han producido dictadura, terror y ruina económica. 

Ésa es, por desgracia, la excepcionalidad asturiana. Lo que prevalece. La tierra amarrada a una subvención, que enseña a sus nietos la puerta de salida, pues nada queda tras la ruina económica y demográfica: un geriátrico a cielo abierto, con la industria desmontada y el socialismo pardal que carcome su ser, con la charlatanería habitual queriendo forzar la inmersión del bable para que unos pocos vivan bien a costa de vender sentimentalismo hipócrita, emociones con factura al contribuyente, además de, a costa de reivindicar una entelequia, desdeñar el manantial lingüístico fascinante que es el español.

¿Y qué es el liberalismo ahora? Los doceañistas fueron una ventana que se abrió sobre otro mundo, un mundo que en algún momento fue posible, pero se malogró. De esa izquierda no quedan ni las raspas. Y el mundo, la España que pudo ser, se fue al garete entre felones, guerras civiles, nacionalcatolicismo y partitocracia. 

Nos queda, otra vez puestos frente al juicio de la Historia, el coraje para defender la libertad individual como un elemental resquicio de decencia, el rigor intelectual para sostener esa libertad con solidez incluso ante una audiencia hostil, y la esperanza de poder desafiar y vencer a los últimos tiranos.

24 de mayo de 2023

Liberal yo, tú no

 


Aunque lo hiciera a gritos y de la forma chabacana que es habitual en un personaje tan bajuno, no ha pasado desapercibida la defensa inequívoca que Irene Montero enarboló de algunos de los pilares básicos de la democracia liberal: esfuerzo para dejar una herencia legítima, acumulación de capital, libertad individual (“la casa que me dio la gana”) y propiedad privada.

Es verdad que para sus seguidores, reducidos ya al más absoluto envilecimiento intelectual, Montero y sus “compas” de farsa recetan exactamente lo contrario. El comunismo como fortalecimiento de las élites del politburó siempre ha prosperado gracias a la miseria de los otros, a los que hace dependientes de un Estado que controla todos los ámbitos de su existencia, desde la economía hasta la sexualidad, y que ejerce una férrea censura sobre el discrepante y sobre las libertades.

Muchos creímos que ese trampantojo ideológico no pasaría de la retórica populista, pero la aprobación de las últimas leyes nos da una idea de que la diarrea legislativa es tan escatológica como real, y la Ley Trans es todo lo que no querría usted para sus hijos, de la misma manera que la Ley de Vivienda es todo lo que el marquesado de Galapagar no querría para su chalet. 

Montero se torna airada si alguna señora pone en duda sus capacidades y méritos para tan repentino enriquecimiento y su boyante tren de vida, y en este caso la ministra tiene razón: nuestro enclenque sistema es tan generoso que permite que alguien como ella se haga rica en el ejercicio de la política, aunque su pareja tenga ciertas actividades ligeramente sospechosas, y ella misma pertenezca al Grupo de Puebla, reunión de todos los gánsgteres de izquierda de la Hispanoamérica bananera.

El Ministerio de Igualdad es un chiringuito reducido a una mafia choricera y delincuentoide, que nos ha regalado la asombrosa (y seguramente irrepetible) imagen de Ángela Rodríguez 'Pam' como Secretaria de Estado, Ione Belarra como ministra e Isa Serra como...como algo, pero adherida a los presupuestos. Sin duda, todas ellas, aunque conciben la política como una guía espiritual dirigida a menores de edad, defenderán que con el dinero de sus abultados emolumentos puedan comprarse lo que les da la gana, incluso irse de viaje de fiesta de pijama a Nueva York, México o Argentina con su dinero y con el nuestro.

Asesores, gabinetes, inmuebles, campañas de publicidad, palanganeros, viajes, mordidas...toda la maquinaria al servicio de que treinteañeras ociosas sin cultura y sin experiencia laboral puedan comprarse las propiedades que les salgan del higo, heredar y ahorrar lo suficiente para no preocuparse nunca más de los precios de la cesta de la compra y esas cositas prosaicas que agobian al infortunado ciudadano medio.

No conozco a muchos defensores ya de todo lo que representan Irene Montero y la ideología de género, y los que quedan son pobres diablos sectarios con menos luces que el traje de un cura, que se aferran a los restos de ese producto de laboratorio chavista porque no hay nada que dé más vértigo que la pérdida de una fe, las ilusiones traicionadas.

Y antes de que pasen las elecciones y el votante vuelva al aprisco, la extrema izquierda podemita y yolandista nos ha regalado también una escalofriante arenga en defensa de los miembros más viles del nacionalismo ultramontano vasco, con sus odios labriegos, sus creencias místicas sobre los pueblos y las razas en el sentido euskaldún, o sea, bárbaro, criminal y tonto; cuyos gudaris, cuando van en manada, se agreden como mandriles, prendidos aún de los mitos etnolingüísticos de origen germano.

Montero no sabe nada de la violencia que persiste en el País Vasco y el odio al discrepante, pese a que ya no resuenen las bombas ni el cobarde tiro en la nuca, porque es una ignorante en todos los ámbitos, en todas las materias y a todas horas, pero le han dicho que Bildu es de izquierdas y que Mertxe Aizpurúa es algo así como la Cocoliso vascongada, y que es bueno defender a los etarras en las listas, tanto cuando entran como cuando salen.
Ella defiende lo que haga falta, criatura, mientras nadie le toque la herencia de padre ni el buen sueldo que ha conseguido su maromo.

14 de abril de 2023

La nada con tirabuzones


 

Artículo publicado originalmente en La Nueva España.

Hay algo decididamente conmovedor en la pueril credulidad de la mentalidad de los seguidores del populismo. Cada cierto tiempo, en medio de espantosas refriegas cainitas, les cambian el candidato y canjean las siglas, aunque el discurso sea literalmente el mismo, pero con un toque más de almíbar en contraposición a los rostros siempre avinagrados y torvos de Belarra y Montero, ya amortizado el clan de Galapagar.

Yolanda Díaz
es, como el hombre que la designó sucesora, una rendida admiradora de Hugo Chávez (“el más digno libertador”, decía sobre el sátrapa venezolano, cuando sus ambiciones leninistas sólo arribaban por las costas ferrolanas) y ahora le ha dado un toque como de peronismo arcoíris, que siempre es más siniestro, porque te vende ideologías criminales con una perpetua sonrisa. La miseria y la involución de los derechos, pero con ternura.

El discurso es un celofán que envuelve la nada, hiperglucemia y propuestas adanistas que sólo pueden provocar sonrojo entre quienes no aspiran a vivir de ello. Porque los escuderos de Díaz en su puesta de largo eran una colección de agraviados por Iglesias, antiguos podemitas con cuentas que ajustar, vendiendo (otra vez) renovación y novedad a una audiencia más corta que la banqueta de ordeñar. No deja de ser interesante la forma en que reflexiona sobre el corazón, la humildad y los sentimientos hermosos, hablando para un público al que trata como si fueran niños inmunodeficientes.

Si Iglesias, en su momento de eclosión, funcionó como pastor de ovejas por su épica oratoria de política con cojones (sic), Díaz quiere que las nubes de algodón sean los suficientemente azucaradas para que esa densidad impida ver el bosque del paro y la vacuidad que se esconde detrás de tanto pensamiento Alicia.

Podemos se aprovechó en su momento del desconocimiento casi generalizado sobre esos activistas de facultad que venían de convertir la Universidad en letrinas ideológicas, y también de que el populismo siempre crece en terreno intelectualmente yermo (“Podemos me engañó”, dice todavía algún pobre diablo) así como de la fuerte presencia mediática de la que disfrutaron. 

El mismo poder de agitprop que aupó a los de Iglesias pone ahora todo su músculo catódico en blanquear a la comunista pop, dándole bola y jabón porque los socialistas, que son zorros viejos (y los mejores) en esto de la propagada, necesitan eso que ahora llaman “el espacio a la izquierda del PSOE”, para poder seguir gobernando el país con los enemigos del mismo. Para que las clases medias en España sigan perdiendo ingresos y dignidad, con Sánchez tiranizando cada institución y enfangándalo todo con su lóbrega personalidad (Rosa Díez, en su nuevo libro, habla de la triada oscura: narcisista, maquiavélico y psicópata, en lo referente a la ausencia de empatía y remordimientos”)

'Sumar' hace las cuenta a base de aunar odios, una vez le han llegado al ex vicepresidente los idus de marzo, se unen a Yolanda, con gran sentido de la oportunidad, los que en su día quisieron vivir de la chatarra discursiva revolucionaria de los morados, asaltar el cielo de los presupuestos públicos y en este momento, con el barco lleno de socavones, brincan a la inaugural y acicalada nave gallega, sabiendo que ahora la ley de protección animal también ampara al roedor que huye de un buque a la deriva.

Además del apoyo de la madre de sus hijos, a la que colocó en el puesto (perdamos el miedo a decir lo evidente) a Iglesias sólo le queda el hombro de Monedero y de Echenique, que son compañías muy poco recomendables. Díaz ve al macho alfa un lastre para sus aspiraciones gatopardistas, donde todo tiene que cambiar para que todo siga igual. La ministra de Trabajo que se ha dedicado a trabajar para sí misma en su proceso de escucha, sabe que la marca está amortizada y con pérdida absoluta de credibilidad, sobre todo tras las desastrosas leyes perpetradas por ese demencial ministerio de Igualdad del que de forma sagaz supo desmarcarse, aunque encabeza un proyecto igualmente enfrentado con las libertades y compinche de las políticas excluyentes del nacionalismo.

Ignoro por qué intrincado proceso mental han llegado los incombustibles fans de la extrema izquierda a la fantástica conclusión de que esta vez sí es ella, la elegida, que ahí donde Iglesias falló y se volvió casta (no se podía saber) Yolanda será la digna representante del nacionalpopulismo y de todos los regionalismos que actúan como rémora, y por fin dará voz a “la gente” y “al pueblo”, hallando los de abajo a la postre su esperada vendetta contra los de arriba.

“Nuestro país tiene sed de cambio”, dijo en su presentación en sociedad. Y lo decía desde la Vicepresidencia del Gobierno. Hay que valer.


17 de marzo de 2023

ETA nunca exisitó




Artículo publicado originalmente en La Nueva España

Fue inolvidable para todo el que lo viera: ceño fruncido, solemnidad de las grandes ocasiones, manitas en triángulo que algún asesor de comunicación le dijo que tenía que poner así, ojos centelleantes que albergan mucha tormenta psicológica, discurso retenido. Y lo suelta: “Hijo, hijas e hijes”. Irene Montero, la ministra zodiacal, dejando la lengua española por los suelos, apaleada en la sede de la soberanía nacional. Y le dio exactamente igual. De hecho se defendió, enojada, ante los murmullos incesantes. 

Considera la líder de Igualdad que el idioma y su sintaxis son algo que se puede destrozar a capricho de los delirios ideológicos del momento. Una lengua permeable y desechable, un juguete político que sirva para señalar: “Usted no usa el lenguaje inclusivo porque es fascista”. Algo así llegará.
Montero no sólo machaca con el martillo pilón del absurdo y ridículo desdoblamiento de género, que únicamente utilizan de manera impostada los políticos demagogos y algún comunicador cantamañanas, es que además directamente se inventa palabras porque considera que su causa, la que sea, está por encima del idioma español, que tiene que ser supeditado al dogma.
Un idioma que pueda entrar en un programa electoral. No existen más reglas ortográficas que las de la tribu, la posmodernidad galopante se nutre de todo un conglomerado de sectarios descerebrados y analfabetos funcionales, orgullosos de una ignorancia que esclaviza. 

Edu Galán, un autor y supuesto cómico, llamó gañanes en Twitter a los que usan la frase “Que te vote Txapote” como forma de protesta, y los acusó de faltar al respeto. “ETA ya no existe”, añadió. Tiene razón en que la banda y su entorno son inexistentes para los que blanquean la gestión de Pedro Sánchez y su amancebamiento con los legatarios de ETA, y así vender a la opinión pública que se trata de pactos tolerables, naturales.
Para los Galán que en el panorama hay, la falta de respeto es decir “Que te vote Txapote” (más una posibilidad que un lema) y no que los presupuestos dependan del partido de Otegi o la excarcelación de asesinos múltiples, que luego son recibidos como héroes de la patria en los Ongi Etorri, ante la pasividad de Fiscalía y Ministerio de Interior. 

Con Bildu como andamiaje del autodenominado gobierno más progresista de la historia no interesa un ejercicio real de memoria reciente, pues la depuración analítica de la historia del terrorismo señalaría a fanáticos criminales que se dejaron llevar por delirios reaccionarios, teorías etnonacionalistas que van desde lo genético, la xenofobia y los desmadres tribales. Un nacionalismo jesuítico que engendró catetos y racistas con pistola, y que han conseguido domar sus instintos homicidas a cambio de ganancias políticas y peso en la toma de decisiones.
ETA
era una ideología armada. Han callado las armas, pero permanece la ideología. Eso es lo que conviene explicar y que los izquierdistas del todo a cien logren entender.

Para ellos, les viene mejor olvidar lo que fueron, obviar lo que son. Que pasemos página y dejemos correr los más de 300 asesinatos sin resolver, para no destacar que existe nula colaboración con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad porque quienes podrían hacerlo están legitimados en las instituciones.
“¡Que te vote Txapote!”, es un grito de indignación, la rabia canalizada de cualquier ciudadano, algo que endosar a la cara de Sánchez o de sus secuaces, una exclamación que tiene carácter simbólico de esputo. 

Con una falsa progresía que ha adoptado las consignas del populismo identitario, es normal traten de cerrar filas contra cualquier movimiento ciudadano contestatario. Buscan el pragmatismo y asegurar las lentejas, pues contra la ultraderecha viven mejor. Si la nueva izquierda se dedica a limpiar los zapatos a la nueva versión de Batasuna, para tal menester no hace falta ir de modernos, de feministas o de graciosos.
La izquierda histérica y acientífica que representa Montero y su cuadrilla, y que acepta como compañeros de viaje a golpistas de ensoñaciones esteladas, es una izquierda tan alejada de los valores del humanismo liberal que provoca tanto rechazo como vergüenza ajena.

ETA ya no existe, repiten de manera oficiosa, pero lo que de verdad desearían implantar es el relato de que ETA nunca existió. Un invento del tardofranquismo, algo que provocó, como mucho, dolor “de un lado y de otro”.
A este tipo de interesados equidistantes, los que nunca resaltan que la banda no ha entregado las armas y sigue la presión social y las ideas totalitarias en el País Vasco, donde la presencia de los abertzales es mayor que nunca, Fernando Savater los calificó como “peste porcina moral”. Viendo las trazas y el discurso de los que simpatizan con las desaconsejables compañías de Bildu, parece una definición de lo más acertada, en lo ético y lo estético.