14 de febrero de 2026

¡No te metas con mi PSOE!



Artículo publicado originalmente en La Gaceta 

Si hay algo peor que la negligencia política y la corrupción que derivó en demasiados muertos (siempre son demasiados) durante la pandemia, las riadas en Valencia y los accidentes ferroviarios, fue el denominador común del cierre de filas entre las huestes afines.
Y no hablo de los medios de comunicación gubernamentales, a los que, de forma lastimosa, ya nos hemos acostumbrado y hasta hemos normalizado con grave resignación que sean burdas herramientas de la propaganda oficialista. Ellos ya no se cortan (tampoco tiene sentido, a estas alturas) y son cadenas donde uno ya no se asoma esperando encontrar rigor (a pesar de que están pagadas con el sudor de todos) sino por interés práctico de ver cuál es la más cerrada versión del PSOE. 

No. Quiero aludir al ciudadano de a pie (ir de otra forma se está tornando complicado), al españolito de andar por casa como yo que, por ciego fanatismo o por algún tipo de carencia inexplicable, su primera y mayor preocupación ante las tragedias que nos sacuden es ir raudo a defender a su PSOE. O al microcosmos que lo conforma. Que nadie del Gobierno se haga daño. Puede que haya víctimas mortales, sí, y es una lástima, pero lo más intolerable para ellos sería que un capitoste de su partido socialista sufriera algún percance, que viera su posición política comprometida de alguna manera. Eso sí que no. Aguante mi hombre y que rabien los fachas.

La corrupción política ha existido siempre, pero jamás tan arraigada, aceptada y justificada como ahora. La bobalona excusa del "y tú más", "el PP también", más allá de la infantilización del debate y la pequeñez mental, conforma una corrupción moral, una profunda turbiedad intelectual, porque no importa lo que hagan ahora los de tu cuerda, si el oponente en el pasado también actuó de forma reprochable. Y así es como un país se desliza por el sumidero.

Esos pensamientos ridículos son los que han cobijado, con una estupidez ilimitada, a tanto canalla que sabe que los argumentos peregrinos siempre tendrán acogida entre su público, y gracias a eso mantienen una posición de cierta impunidad y vil recochineo, tratando a los votantes como impedidos mentales. Tampoco merecen otra cosa, bien es cierto, pues son los que callan, los que comprenden, los que exculpan mientras se alimentan de simplezas. Los de "es que la derecha es peor". Lo peor, señoras y señores, es continuar soportando a tanto lerdo, sin señalar al necesario colaboracionista, y eso pasa por recordarle su condición de tonto fanático, cuya estulticia desacomplejada es un palo en las ruedas para que una sociedad progrese libre y aséptica.

Da igual que Sánchez recibiera once alertas de Seguridad Nacional antes de pandemia y minimizara el riesgo y retrasara tomar medidas para poder llegar al 8 de marzo; da igual que pospusiera la ayuda para Valencia por puro tacitismo político y acudieran antes bomberos de Francia que servicios de rescate españoles; y da igual que el mantenimiento de las vías de la red de trenes sea deplorable y con frecuentes avisos de degradación desde hace tiempo porque el ministro actual es un gañán incompetente, el ministro anterior un putero convicto, y las instituciones encargadas de velar por las infraestructuras un foco de corrupción.

Ellos siempre van a sacar los dientes para negar muy fuerte, para encontrar la manera de exonerar, reafirmarse en posturas inamovibles y culpar de todo a la ultraderecha. Es una forma de abordar el mundo que, por fuerza, tiene que acabar con las mentes desquiciadas. Visto desde fuera, impresiona.

Impresionan los que son capaces de priorizar el salvar a los suyos (sus políticos predilectos, o quienes les hacen babear) ante de centrarse en lo mollar. Únicamente acentúan el espanto que provocan tantos muertos evitables. El espanto ante una parte de la sociedad que prefiere que no se vea perjudicado su partido político (la pandemia fue el ejemplo más brutal) antes que pensar en que, tal vez, algo se ha podido hacer mal. 

Partidarios de la irreflexión, de una defensa desde las vísceras, utilizan las tragedias como exutorio emocional, y hay también un tufo de cobardía y complicidad. Cobardía por no reconocer lo que es evidente a la vista de todo el mundo: que el PSOE es una organización criminal y que sus gestiones cuestan vidas; y complicidad porque las masas de fanáticos partidarios del cierre de filas han sido desde siempre la coartada perfecta usada por los tiranos para mantenerse en el poder.

Recuerdo hace algunos años, que bajaba caminando por la madrileña calle de Génova, y había una pequeña concentración cerca de la sede del Partido Popular. Por circunstancias que no vienen al caso, iba de traje, y pasé por ahí intentando esquivar a los de las pancartas, los megáfonos y los berridos. Iba tranquilamente con mis auriculares escuchando a Van Morrison, y fue que me los guardé un momento para mirar aquello con interés profesional, cuando una señora de mediana edad, embutida en un abrigo y gorda como una cerda recién parida, me empujó y gritó no sé qué. Me debió de confundir con un pepero con cargo, pues algo decía del fascismo. 

Ante aquella arremetida verbal (el traje le tuvo que hacer creer algo que ignoro) miré a aquel ejemplar evaluando riesgos y alternativas, antes de poner pies en polvorosa, pues soy hombre cordial y pacífico, y las orondas de izquierda son criaturas tan violentas como impredecibles.

Ha pasado algún tiempo desde aquello y la realidad devastadora es que la situación ha ido a peor. De la violencia verbal se ha pasado a la violencia física, hay exvicepresidentes sin mucho más de tres cuartos de hostia que quieren hacer el numerito como que agreden a reporteros, con espectáculos de patio de colegio en plan sujétame que lo mato.

Y hay otros, las fuerzas de choque de la sinrazón, que le comerían a uno vivo por los pies o estarían dispuestos a sacrificar más vidas de españoles con tal de no ver caer a ninguno de los políticos con los que ejercen defensa y ataque. Los que velan porque venza siempre su relato. Los custodios de la pureza de la banda. Los escoltas del sanchismo. La guardia pretoriana formada por cretinos lamentables.

Reverte, la biblioteca y la ideología

 


Artículo publicado originalmente en La Gaceta

En lo del ciclo de 'Letras en Sevilla XI', al escritor Arturo Pérez-Reverte, por usar una expresión muy suya, le ha salido el gorrino mal capado.
Hay dos conceptos que a estas alturas ya tenemos bastante claros. Que Reverte no tiene ideología, tiene biblioteca, y que resulta que la Guerra Civil la perdimos todos (algo que no voy a discutir, porque para eso están los historiadores que no fueron invitados), pero 90 años después yo creo que seguimos perdiendo los de siempre.

Es verdad que el de Cartagena no tiene la culpa de que las hordas podemitas se comporten como son, porque, a fin de cuentas, es su naturaleza, y como decía Alan Ladd en Raíces Profundas: "Uno no puede dejar de ser lo que es"; pero sí tiene responsabilidad en la peña a la que convida, y eso es un poco como los cumpleaños o las fiestas en casa cuando se van los padres: que no resulte un auténtico desastre influye mucho a quién invitas. También podía haberle dado alguna pista lo del personaje que se ata el pantalón con un cordel de amarrar sacos de patatas. Los prejuicios, como escribió esta semana Savater, salvan de muchos disgustos.

Entre los invitados y seguidores, unos estaban dispuestos a dialogar y debatir con fresca naturalidad y otros celebran haber cancelado el acto tras amenazas y coacciones. Hasta un vino iban a descorchar. Ya ve, don Arturo, son todos iguales.
Intercambiar ideas y conceptos, y reflexionar sobre hechos históricos sin la mirada ensuciada por odios cainitas y revanchismo mal canalizado, debería ser algo aceptado en una democracia normal. Y estoy de acuerdo con Reverte en que el sesgo partidista influye sobre nuestra percepción de la realidad, incluso para interpretar el pasado, que cada uno acomoda a su manera, en base a agravios familiares o empacho de mala historia. 

Pero a estas alturas, creo que nadie piensa ya en España como una democracia normal, y lo de cancelar charlas, coloquios y personas en este país disfuncional no lo inventaron los podemitas sevillanos; ya hace tiempo Pablo Iglesias y sus secuaces no dejaron hablar a Rosa Díez en el feudo universitario donde correteaban los embriones de las futuras ratas moradas; y en España, por desgracia, han cancelado maneras de pensar a base de tiros en la nuca y coches bomba, y no sólo hace nueve décadas en Paracuellos o en Belchite.

Lo que no es de recibo es que con el país desmantelado (y más que lo va a estar) y sufriendo una corrupción desmadrada, lo de la biblioteca llena y la ideología vacía sirva para nadar y guardar la ropa con aqueos y troyanos, y dar celebrados pellizquitos de monja al Gobierno, pero entre pellizco y pellizco, organizar saraos literarios (Zenda) donde acuden complacidos Félix Bolaños y otro ministro antropomorfo, un tal Óscar Puente, a bendecir con su socialista liturgia la cultura española transversal, donde cabemos todos; aunque ahora ya hay 45 españoles menos que no cabrán en ningún sitio de esta España en la que Puente, en lugar de estar a los menesteres ministeriales y atender al estado de las putas vías, se dedicaba a insultar, a tuitear, a despotricar en redes sociales o a acudir a actos de Reverte. Sí, en esta guerra seguimos perdiendo los de siempre. Y nutrir un auditorio de gente de todo los perfiles pero incluir astutamente a miembros de la banda que no saquea y nos mata no es equidistancia, es complicidad.

Valoro la labor del escritor en haber recuperado para la contemporaneidad el interés en nuestro Siglo de Oro y también celebro que tenga éxito con sus entretenidas novelas, que se venden muy bien en las navidades y en los aeropuertos, pero veo con muy malos ojos algunas cosas lamentables, como los crueles comentarios, de una bajeza impropia, que dedicó a Alejo Vidal-Quadras. Hay que tener muy mala baba para dirigirse en esos términos a un octogenario, exvicepresidente del Parlamento Europeo, que además se llevó un tiro en la cara por los asesinos del mismo régimen iraní que pagaba a los socios del Gobierno, Gobierno que controla unos medios donde caracolean y medran profesionalmente los amigos de Reverte. Y no tiene al menos la decencia de cortarse un poco.

Porque, y no es ningún secreto, un amigo suyo fundó la revista Mongolia poco antes de que entrara como editor el exconvicto, abogado de narcos y siniestro secuestrador Gonzalo Boye; y otra amiga de pasado franquista se dedica a presentar en TVE junto a Gonzalo Miró (este tiene más ideología que biblioteca) un programa de un lacayismo mediático hacia la coalición gubernamental que provoca altos niveles de bochorno y mala hostia. Son voceros rotundos, paniaguados desmedidos. 

Eso a Reverte no le parece sectarismo: él también cabalga contradicciones. Ahí están ambos, mamando a dos carrillos del ente gubernamental y colaborando en el procaz agitprop socialista con singular desvergüenza. Sí, en lo tocante a pagar impuestos para mantener en la cadena pública a ese tropel de caraduras y vividores lameprepucios sanchistas, también es una guerra donde perdemos los de siempre.

Uno puede tener los amigos que crean conveniente y es sano que haya disparidad de opiniones, porque una mesa donde todos piensan lo mismo en realidad es un banco de misa, pero en momentos donde lo que hay es una organización criminal de este calibre, lo de los propaganditas ya no es periodismo, y de nuevo lo de don Arturo al defenderlos no es equidistancia, es complicidad.

No compremos cuentos chinos o de Flandes. Camilo José Cela tenía ideología. Rafael Chirbes, también. Mario Vargas Llosa tenía ideología, y Ernesto Sábato. José Saramago tenía ideología. Y todos eran bastante mejores escritores que Reverte.

Ahora mismo hay una clase política que ataca y una ciudadanía que se defiende. Que entierra a sus muertos de la pandemia, de las riadas, de los trenes. Una ciudadanía encajando una crisis tras otra, una asfixiante degradación de los servicios públicos, viendo cómo sus barrios se convierten en zocos de delincuencia y contemplando la superioridad moral del que no tiene ideología ni falta que le hace, porque los lectores también son transversales, y el truco, si no lo saben, de un escritor que sea de masas y no de nicho, está en criticar un poco a "hunos y otros" pero no enfadar verdaderamente a ninguno. Las gallinas que entran por las que salen.
El problema, me temo, es que una cosa es que siempre perdamos los de siempre y otra que crea que todos somos completamente gilipollas.