Artículo publicado originalmente en La Gaceta
Si hay algo peor que la negligencia política y la corrupción que derivó en demasiados muertos (siempre son demasiados) durante la pandemia, las riadas en Valencia y los accidentes ferroviarios, fue el denominador común del cierre de filas entre las huestes afines.
Y no hablo de los medios de comunicación gubernamentales, a los que, de forma lastimosa, ya nos hemos acostumbrado y hasta hemos normalizado con grave resignación que sean burdas herramientas de la propaganda oficialista. Ellos ya no se cortan (tampoco tiene sentido, a estas alturas) y son cadenas donde uno ya no se asoma esperando encontrar rigor (a pesar de que están pagadas con el sudor de todos) sino por interés práctico de ver cuál es la más cerrada versión del PSOE.
No. Quiero aludir al ciudadano de a pie (ir de otra forma se está tornando complicado), al españolito de andar por casa como yo que, por ciego fanatismo o por algún tipo de carencia inexplicable, su primera y mayor preocupación ante las tragedias que nos sacuden es ir raudo a defender a su PSOE. O al microcosmos que lo conforma. Que nadie del Gobierno se haga daño. Puede que haya víctimas mortales, sí, y es una lástima, pero lo más intolerable para ellos sería que un capitoste de su partido socialista sufriera algún percance, que viera su posición política comprometida de alguna manera. Eso sí que no. Aguante mi hombre y que rabien los fachas.
La corrupción política ha existido siempre, pero jamás tan arraigada, aceptada y justificada como ahora. La bobalona excusa del "y tú más", "el PP también", más allá de la infantilización del debate y la pequeñez mental, conforma una corrupción moral, una profunda turbiedad intelectual, porque no importa lo que hagan ahora los de tu cuerda, si el oponente en el pasado también actuó de forma reprochable. Y así es como un país se desliza por el sumidero.
Esos pensamientos ridículos son los que han cobijado, con una estupidez ilimitada, a tanto canalla que sabe que los argumentos peregrinos siempre tendrán acogida entre su público, y gracias a eso mantienen una posición de cierta impunidad y vil recochineo, tratando a los votantes como impedidos mentales. Tampoco merecen otra cosa, bien es cierto, pues son los que callan, los que comprenden, los que exculpan mientras se alimentan de simplezas. Los de "es que la derecha es peor". Lo peor, señoras y señores, es continuar soportando a tanto lerdo, sin señalar al necesario colaboracionista, y eso pasa por recordarle su condición de tonto fanático, cuya estulticia desacomplejada es un palo en las ruedas para que una sociedad progrese libre y aséptica.
Da igual que Sánchez recibiera once alertas de Seguridad Nacional antes de pandemia y minimizara el riesgo y retrasara tomar medidas para poder llegar al 8 de marzo; da igual que pospusiera la ayuda para Valencia por puro tacitismo político y acudieran antes bomberos de Francia que servicios de rescate españoles; y da igual que el mantenimiento de las vías de la red de trenes sea deplorable y con frecuentes avisos de degradación desde hace tiempo porque el ministro actual es un gañán incompetente, el ministro anterior un putero convicto, y las instituciones encargadas de velar por las infraestructuras un foco de corrupción.
Ellos siempre van a sacar los dientes para negar muy fuerte, para encontrar la manera de exonerar, reafirmarse en posturas inamovibles y culpar de todo a la ultraderecha. Es una forma de abordar el mundo que, por fuerza, tiene que acabar con las mentes desquiciadas. Visto desde fuera, impresiona.
Impresionan los que son capaces de priorizar el salvar a los suyos (sus políticos predilectos, o quienes les hacen babear) ante de centrarse en lo mollar. Únicamente acentúan el espanto que provocan tantos muertos evitables. El espanto ante una parte de la sociedad que prefiere que no se vea perjudicado su partido político (la pandemia fue el ejemplo más brutal) antes que pensar en que, tal vez, algo se ha podido hacer mal.
Partidarios de la irreflexión, de una defensa desde las vísceras, utilizan las tragedias como exutorio emocional, y hay también un tufo de cobardía y complicidad. Cobardía por no reconocer lo que es evidente a la vista de todo el mundo: que el PSOE es una organización criminal y que sus gestiones cuestan vidas; y complicidad porque las masas de fanáticos partidarios del cierre de filas han sido desde siempre la coartada perfecta usada por los tiranos para mantenerse en el poder.
Recuerdo hace algunos años, que bajaba caminando por la madrileña calle de Génova, y había una pequeña concentración cerca de la sede del Partido Popular. Por circunstancias que no vienen al caso, iba de traje, y pasé por ahí intentando esquivar a los de las pancartas, los megáfonos y los berridos. Iba tranquilamente con mis auriculares escuchando a Van Morrison, y fue que me los guardé un momento para mirar aquello con interés profesional, cuando una señora de mediana edad, embutida en un abrigo y gorda como una cerda recién parida, me empujó y gritó no sé qué. Me debió de confundir con un pepero con cargo, pues algo decía del fascismo.
Ante aquella arremetida verbal (el traje le tuvo que hacer creer algo que ignoro) miré a aquel ejemplar evaluando riesgos y alternativas, antes de poner pies en polvorosa, pues soy hombre cordial y pacífico, y las orondas de izquierda son criaturas tan violentas como impredecibles.
Ha pasado algún tiempo desde aquello y la realidad devastadora es que la situación ha ido a peor. De la violencia verbal se ha pasado a la violencia física, hay exvicepresidentes sin mucho más de tres cuartos de hostia que quieren hacer el numerito como que agreden a reporteros, con espectáculos de patio de colegio en plan sujétame que lo mato.
Y hay otros, las fuerzas de choque de la sinrazón, que le comerían a uno vivo por los pies o estarían dispuestos a sacrificar más vidas de españoles con tal de no ver caer a ninguno de los políticos con los que ejercen defensa y ataque. Los que velan porque venza siempre su relato. Los custodios de la pureza de la banda. Los escoltas del sanchismo. La guardia pretoriana formada por cretinos lamentables.
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