14 de febrero de 2026

Reverte, la biblioteca y la ideología

 


Artículo publicado originalmente en La Gaceta

En lo del ciclo de 'Letras en Sevilla XI', al escritor Arturo Pérez-Reverte, por usar una expresión muy suya, le ha salido el gorrino mal capado.
Hay dos conceptos que a estas alturas ya tenemos bastante claros. Que Reverte no tiene ideología, tiene biblioteca, y que resulta que la Guerra Civil la perdimos todos (algo que no voy a discutir, porque para eso están los historiadores que no fueron invitados), pero 90 años después yo creo que seguimos perdiendo los de siempre.

Es verdad que el de Cartagena no tiene la culpa de que las hordas podemitas se comporten como son, porque, a fin de cuentas, es su naturaleza, y como decía Alan Ladd en Raíces Profundas: "Uno no puede dejar de ser lo que es"; pero sí tiene responsabilidad en la peña a la que convida, y eso es un poco como los cumpleaños o las fiestas en casa cuando se van los padres: que no resulte un auténtico desastre influye mucho a quién invitas. También podía haberle dado alguna pista lo del personaje que se ata el pantalón con un cordel de amarrar sacos de patatas. Los prejuicios, como escribió esta semana Savater, salvan de muchos disgustos.

Entre los invitados y seguidores, unos estaban dispuestos a dialogar y debatir con fresca naturalidad y otros celebran haber cancelado el acto tras amenazas y coacciones. Hasta un vino iban a descorchar. Ya ve, don Arturo, son todos iguales.
Intercambiar ideas y conceptos, y reflexionar sobre hechos históricos sin la mirada ensuciada por odios cainitas y revanchismo mal canalizado, debería ser algo aceptado en una democracia normal. Y estoy de acuerdo con Reverte en que el sesgo partidista influye sobre nuestra percepción de la realidad, incluso para interpretar el pasado, que cada uno acomoda a su manera, en base a agravios familiares o empacho de mala historia. 

Pero a estas alturas, creo que nadie piensa ya en España como una democracia normal, y lo de cancelar charlas, coloquios y personas en este país disfuncional no lo inventaron los podemitas sevillanos; ya hace tiempo Pablo Iglesias y sus secuaces no dejaron hablar a Rosa Díez en el feudo universitario donde correteaban los embriones de las futuras ratas moradas; y en España, por desgracia, han cancelado maneras de pensar a base de tiros en la nuca y coches bomba, y no sólo hace nueve décadas en Paracuellos o en Belchite.

Lo que no es de recibo es que con el país desmantelado (y más que lo va a estar) y sufriendo una corrupción desmadrada, lo de la biblioteca llena y la ideología vacía sirva para nadar y guardar la ropa con aqueos y troyanos, y dar celebrados pellizquitos de monja al Gobierno, pero entre pellizco y pellizco, organizar saraos literarios (Zenda) donde acuden complacidos Félix Bolaños y otro ministro antropomorfo, un tal Óscar Puente, a bendecir con su socialista liturgia la cultura española transversal, donde cabemos todos; aunque ahora ya hay 45 españoles menos que no cabrán en ningún sitio de esta España en la que Puente, en lugar de estar a los menesteres ministeriales y atender al estado de las putas vías, se dedicaba a insultar, a tuitear, a despotricar en redes sociales o a acudir a actos de Reverte. Sí, en esta guerra seguimos perdiendo los de siempre. Y nutrir un auditorio de gente de todo los perfiles pero incluir astutamente a miembros de la banda que no saquea y nos mata no es equidistancia, es complicidad.

Valoro la labor del escritor en haber recuperado para la contemporaneidad el interés en nuestro Siglo de Oro y también celebro que tenga éxito con sus entretenidas novelas, que se venden muy bien en las navidades y en los aeropuertos, pero veo con muy malos ojos algunas cosas lamentables, como los crueles comentarios, de una bajeza impropia, que dedicó a Alejo Vidal-Quadras. Hay que tener muy mala baba para dirigirse en esos términos a un octogenario, exvicepresidente del Parlamento Europeo, que además se llevó un tiro en la cara por los asesinos del mismo régimen iraní que pagaba a los socios del Gobierno, Gobierno que controla unos medios donde caracolean y medran profesionalmente los amigos de Reverte. Y no tiene al menos la decencia de cortarse un poco.

Porque, y no es ningún secreto, un amigo suyo fundó la revista Mongolia poco antes de que entrara como editor el exconvicto, abogado de narcos y siniestro secuestrador Gonzalo Boye; y otra amiga de pasado franquista se dedica a presentar en TVE junto a Gonzalo Miró (este tiene más ideología que biblioteca) un programa de un lacayismo mediático hacia la coalición gubernamental que provoca altos niveles de bochorno y mala hostia. Son voceros rotundos, paniaguados desmedidos. 

Eso a Reverte no le parece sectarismo: él también cabalga contradicciones. Ahí están ambos, mamando a dos carrillos del ente gubernamental y colaborando en el procaz agitprop socialista con singular desvergüenza. Sí, en lo tocante a pagar impuestos para mantener en la cadena pública a ese tropel de caraduras y vividores lameprepucios sanchistas, también es una guerra donde perdemos los de siempre.

Uno puede tener los amigos que crean conveniente y es sano que haya disparidad de opiniones, porque una mesa donde todos piensan lo mismo en realidad es un banco de misa, pero en momentos donde lo que hay es una organización criminal de este calibre, lo de los propaganditas ya no es periodismo, y de nuevo lo de don Arturo al defenderlos no es equidistancia, es complicidad.

No compremos cuentos chinos o de Flandes. Camilo José Cela tenía ideología. Rafael Chirbes, también. Mario Vargas Llosa tenía ideología, y Ernesto Sábato. José Saramago tenía ideología. Y todos eran bastante mejores escritores que Reverte.

Ahora mismo hay una clase política que ataca y una ciudadanía que se defiende. Que entierra a sus muertos de la pandemia, de las riadas, de los trenes. Una ciudadanía encajando una crisis tras otra, una asfixiante degradación de los servicios públicos, viendo cómo sus barrios se convierten en zocos de delincuencia y contemplando la superioridad moral del que no tiene ideología ni falta que le hace, porque los lectores también son transversales, y el truco, si no lo saben, de un escritor que sea de masas y no de nicho, está en criticar un poco a "hunos y otros" pero no enfadar verdaderamente a ninguno. Las gallinas que entran por las que salen.
El problema, me temo, es que una cosa es que siempre perdamos los de siempre y otra que crea que todos somos completamente gilipollas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario