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19 de abril de 2012

Safari tour



Desde bien pequeñito, siempre asocié eso de rendir pleitesía a dioses o monarcas con personas intelectualmente desfavorecidas. Gentes básicas que necesitan sentir una figura por encima de ellos, omnipotente y que guíe fielmente los designios de su amada patria. Una adoración hacia una figura que represente todas las virtudes de un pueblo.
Por mi parte, nunca tuve el más mínimo apego por esa jerga medieval que habla de príncipes, palacios, duques y reinados. No entendí muy bien en qué consiste poseer sangre azul, ni por qué lo privilegios han sido otorgados por la mano de un desaparecido Dios.
Ahora, con un país sumido en una profunda crisis y sufriendo unos recortes brutales mientras se priman instituciones tan modernas y actuales como la Iglesia, que el Rey se vaya de caza (asesinar elefantes, quiero decir) no es un atentado, pero sí una tremenda frivolidad. Algo que indica la poca cercanía de un señor que nos vendieron como campechano, pero cuyas inquietudes y aficiones están a años luz de las del pueblo llano.
Y claro, los acontecimientos no ayudan. Niños con una herencia genética casi subnormal que se disparan en el pie, yernos que choricean en un afán de lucro difícil de entender de quien lo tiene todo, desterrados de la Casa Real por su afición a la farlopa y demás escándalos hacen aún más grande la brecha entre la monarquía y los ciudadanos.
Claro que Juan Carlos, una vez pillado, se ha visto obligado a pedir unas disculpas que me recuerdan a las trastadas de la infancia. Como si no llevara toda su vida cazando, esquiando, navegando en Mallorca y follando gracias al dinero de sus súbditos. Pero tal y como anda el asunto, se conoce que sus asesores son conscientes que a la gente tal vez le encabrona un poco esos alardes exóticos que demuestran que el desempleo no le quita precisamente el sueño. Y la certeza de que nadie ha votado a su Jefe de Estado, de la misma manera que en plena crisis un país está sustentando el despilfarro y las excentricidades de una familia no precisamente pequeña.
Se suele decir eso tan benévolo de que la gente no es monárquica, sino "Juancarlista". De un tiempo a esta parte, habría que replantearse la frasecita.

1 de abril de 2012

España en sus esencias



Es que lo de polarizarlo todo es tan español...o conmigo o contra mí, y con las navajas empalmadas. Así ha sido desde hace siglos en esta tierra abrasada por el sol, la miseria, la codicia y la incultura, llevada de cabeza de monarquías inútiles al ostracismo de la historia, después de nunca anochecer en los territorios de nuestras conquistas. Gritando viva las caenas y quemando cualquier brote del progreso y de la razón, aún arrastrando algo de la oscuridad de los confesionarios y el olor a naftalina. Y una violencia siempre inerte que ha servido tanto como para acuchillar franceses como para matarnos entre nosotros.
La última prueba de esos dos bandos patrios aconteció en un campo de fútbol, territorio natural por el que campan a sus anchas los energúmenos y los borregos. Unos aficionados disfrutaban del partido sin meterse con nadie en el estadio del Osasuna cuando unos cafres se acercaron a ellos a arrebatarles la bandera del equipo rival. Y arremetieron contra un padre que presenciaba el encuentro con sus hijos pequeños, profiriendo insultos y amenazas. Y ante las lágrimas de terror e impotencia de la niña, seguían hostigando a esos espectadores, los muy hijos de puta.

Y la penúltima tuvo lugar durante la jornada de la Huelga General. El derecho a huelga es indiscutible, y además, han sido las huelgas y las manifestaciones las que han logrado para los trabajadores los derechos que hoy tenemos y que ahora peligran. Nunca ninguna sociedad ni pueblo logró nada quedando sentada en el sofá de casa. Pero es el mismo derecho que tienen también los españoles a trabajar, sin coacciones y en libertad. Porque a lo mejor no pueden elegir, fíjate tú, o tal y como está el patio no pueden permitirse renunciar a un día de su sueldo. Los habrá lameculos y tontos del bote que ni se enteran de lo que está en juego con la reforma laboral, claro que sí, pero otros muchos eran camioneros, tenderos, dependientas o pequeños empresarios que desafiaron la violencia de las calles y la presión en posesión de su pleno derecho. Son esas escenas lamentables lo que nos identifican. Sin medias tintas. El mismo pueblo que se fusila entre ellos, que delata al vecino, que se acusa mutamente de "facha" o "rojo" y está dispusto a reventar al prójimo por ello.
Agredir, insultar, empujar a otro ciudadano porque tiene un concepto distinto del nuestro es el gran error de días como el pasado 29M. Y así dar argumentos a los execrables medios de la extrema derecha que están deseando poder recibir imágenes de esa índole, para desligitimizar cualquier movimiento en contra del Gobierno y sus medidas.
Una huelga sin coacciones, con las masas de gente echadas a la calle recorriendo las principales ciudades, pero haciendo y dejando hacer, sería lo justo y lo más necesario para medir el pulso verdadero, el impacto de las protestas. No el matonismo sindical que más bien recuerda a presiones mafiosas, ni ampararse en la masa para destrozar mobiliario urbano.
Los culpables de todo esto no están en las tiendas, ni en MercaMadrid. Ya puestos a incendiar, por lo menos que dirigan la dinamita en la dirección correcta.

24 de febrero de 2012

Morir en Colombia

El incidente podría considerarse uno más de la locura de muerte y asesinatos selectivos que invade Colombia, el mayor productor de cocaína del mundo y que refleja unos índices de mortalidad propios de una guerra. Pero resultaba menos común dado las características de las víctimas. Dos curas habían aparecido baleados en su coche, sin duda obra de pistoleros a sueldo. Las primeras hipótesis apuntaban a un atraco.
No fue así, ni mucho menos. La historia que hay detrás es un camino de amor y muerte, de secretos, enfermedad, miedo e hipocresía.
Ambos estaban enamorados. En los tiempos que corren y en el país al que nos referimos, significaba cualquier cosa menos una idílica relación.
Pero una historia de amor no tiene que ser modélica, ni honrosa, ni siquiera amable. A menudo esa cotradicción de sentimientos saca lo peor de las personas, y, en la mayoría de los casos, quedan reducidas a unas cuantas inocencias perdidas, corazones que hace tiempo dejaron de latir a kilómetros luz del punto actual de nuestras vidas, evocando en una madrugada agarrado a un vaso, mientras un amigo te habla de cualquier cosa y tú asientes absorto, como diciéndole que sí a un recuerdo. Normalmente las secuelas de una historia de amor  sólo forman, en los momentos de memoria, una pasta de fracaso que duele muy pocas veces.

Ellos vivían su romance entre la pasión y un horror difícil de controlar al pensar en la idea de ser descubiertos. Algo desbordante e inmenso, clandestino y puro en su esencia. Pero el destino a veces juega muy duras pasadas, y a uno de ellos se le fue detectado VIH. El cerco se cerraba sobre ellos. Imposible disimular la enfermedad y el tratamiento que precisaba, con el filo de la guadaña rondando sobre sus cabezas, no tenía mucho sentido continuar, y además, tampoco les apetecía seguir en un mundo en el que tenían que estar escondidos por lo que eran. Decidieron quitarse juntos la vida. Saltar por un barranco, en un último recorrido por el vacío hacia el final. Pero no tuvieron valor, o sus aún profundas convicciones cristianas les impedían hacer un acto pecaminoso en última instancia que los privara del cielo, si es que acaso la Iglesia reserva algún cielo para los maricones.
Pero si algo sobra en Colombia, es personal dispuesto a dejarte listo de papeles por ti. Así que lo amañaron todo y pagaron a unos sicarios para que les ahorraran el trámite e hicieran el trabajo que ellos no podían ejectura por su mano.
Habiendo dinero, balas sobran, por lo tanto los asesinos, muy profesionales y cumplidores, les esperaron una noche como que no quiere la cosa y los acribillaron a balazos. Todo parecía un crimen brutal más. Salvo que no lo era. Ellos mismos habían encargado su asesinato. Algo esperado y deseado. Tal vez la institución a la que pertenecían, la sociedad mismas, les impedían vivir juntos su romance, pero nadie les iba a negar la forma de abandonar juntos el valle de lágrimas de la tierra.

Como decía, una historia de amor no tiene que ser modélica. Sólo es pura, llena de sentimientos humanos. Tan real como la vida. Como la muerte.

21 de febrero de 2012

Sobre valentías y personas



Dentro de la infamia general siempre hay actos idividuales de dignidad y coraje que merecen la pena reverenciar, independientemente de ideologías o colores políticos. Personas, ante todo, que cuando vienen dobladas tienden a engrandecerse, aún asumiendo los posibles riesgos.
Conocí una mujer, que me toca batante cerca, que vivió un tiempo con un maltratador soportando todo tipo de vejaciones y palizas, y un día le puso un cuchillo en el cuello y le dijo: "como me vuelvas a tocar te voy a rajar por la noche". Y desde entonces él durmió en otra habitación y con el pestillo echado.
En la memoria de todos está la imagen de aquel hombre de Lazkao al que una bomba de los nazis del RH negativo le destrozó su casa,y mazo en mano arremetió contra una Herriko Taberna, madriguera habitual de los mafiosos. Uno tiene sus debilidades y, sinceramente, a mí ese tipo de actos me conmueven profundamente.
Y es que, en el País Vasco, como pasa en todos los sitios, unos callaban por miedo y otros no se resignaban a vivir sin libertad o hincando la rodilla, aunque les costara la vida. Por ejemplo, María San Gil cuando salió corriendo detrás del terrorista que había matado por la espalda al compañero de partido mientras comían juntos. Hablo de personas que no pueden dejar de ser quien son aunque sepan lo que se están jugando. Aquel Ernest Llunch que se subía al atril frente a un grupo de radicales que lo abucheaba, durante la tregua del 98, y les decía que gritarán más, que por lo menos ya no mataban, y unos meses más tarde Llunch era asesinado en el garaje de su casa de Barcelona. O el asturiano Juan Priede, harto de vivir con escoltas pegados, eludió su protección para bajar un momento al bar a echar una partida de cartas y disfrutar de un momento de distensión sin los guardaespaldas, donde le esperaban sus asesinos. Dicen que Isaías Carrasco iba sin escolta por decisión propia cuando le metieron tres tiros (también por la espalda) delante de su mujer y su hija.
Y hay una clara línea delimitadora entre la gente decente y la chusma, el cobarde que se crece amparado en una posición superior o la impunidad del tumulto. El delator, el chivato. Esos 'ultras' de fútbol paletos y descerebrados que golpean a quien encuentran por su camino indefenso y (esto es importante) en minoría. Los que insultan y amenazan camuflados en una grada a un árbitro o futbolistas en un estadio.
El que organiza guerras pero nunca manda a sus hijos a ellas, que saben que no se la juegan jamás; los que firman órdenes conscientes de que si las cosas sale mal nunca van a tener que responder por sus actos, y que el pellejo se lo van a arriesgar otros.

Esa adolescente que sale a la calle en Valencia desarmada para ser golpeada con una violencia que nos alarma tiene una integridad cien veces mayor que el cacho de carne de cenutrio que abusa de su poder. Porque una cosa es repeler un ataque, garantizar la seguridad y defenderse cuando está en peligro la integridad física de cada uno, y otra golpear cobardemente a un menor de edad indefenso que no tiene posibilidad de réplica.
Esa chica, como tantas otras, creció con la idea de que tenía derecho a una educación digna, a una sanidad decente y una democracia naciente y limpia. Pero luego vino el robo, la avaricia desmedida, la estupidez de los gobernantes (unos y otros sacaron partido mientras pudieron, ya fuera con el delirio ladrillero y corruptela urbanística o con la idiotez más inoperante) y la impunidad de los causantes del desastre. Ella lo sabe y no ha vivido de espaldas a ello. Con el futuro negro y la situación precaria, nunca imaginó que tendría que salir a manifestarse para pedir algo que antes nos parecía tan básico como calefacción en las clases.
 Tal vez sus padres no tenían el dinero para mandarla a un colegio privado y religioso, donde además le lavaran el cerebro; de ser así ahora estaría en casa, ajena a todo, consumiendo televisión con una actitud bovina.
Pero ahuyenta el miedo y se planta delante de los cascos y los palos. Algunos gritan con las manos en alto, esgrimiendo como arma sus manos desnudas, otros incluso alzan libros, como amaprádose en el poder de las palabras contra la brutalidad.
Y te das cuenta de la lección imborrable que esos chicos están dando, esa grandeza de pundonr y  que te hace sentirte orgulloso aún de la gente que habita tan desdichada tierra. Y aunque las cosas pintan muy mal para la maltratada España, siempre hay algo que nos salva entre el lodo, no hay más que mirar cualquiera de las fotos de esa chica (todas las chicas y chicos que hay) y ver su valentía ante el desastre. Porque las porras podrán magullar su cuerpo, pero nunca debilitarán su espíritu.

26 de enero de 2012

Sobre mares y capitanes


Yo me crié con historias de mar, con brisa de oleaje en el rostro y mirando fotos de barcos en los que mi padre, marino de carrera con título de Capitán, había surcado los océanos; escuchando anécdotas de noches de tormenta que hacían temblar al oficial más duro del puente o el castillo de proa, cuando se jugaban la vida en cubierta y anécdotas de estachas asesinas; cuando se utilizaba el sextante (no existía entonces el GPS ni otras tecnologías modernas actuales ) pieza fundamental para efectuar los cálculos astronómicos de Navegación, obtener la posición en la carta y posteriormente fijar el rumbo en función de esta última situación. A utilizar las estrellas como referente:  en el hemisferio Norte la referencia podía ser la Osa Mayor  (Alioth, Mizar y Alkaid, que prolongando la enfilación llegabas a la Polar),  y en el Hemisferio Sur la Cruz del Sur (con Acrux , Gacrux  y Mimosa) resplandeciendo en todo el firmamento. Y es que, hasta hace muy pocas décadas, las técnicas de navegación no distaban mucho de las que utilizaron Colón, Erik el Rojo, William Bligh o Nelson.
Atendí a explicaciones sobre el Fuego de San Telmo, de aletas de tiburones a babor o leyendas de buques fantasma  a la altura del cabo de Buena Esperanza, de noches de un silencio y una oscuridad sobrecogedoras, sin nada más a la vista en millas a la redonda que el navío en el que estabas.
Y entre aquella tripulación había oficiales beodos o marineros puteros que esperaban el atraque del barco para ir al primer burdel nada más arribar tierra. Pero eran marineros duros y honrados que sabían cuál era su trabajo a bordo y sabían cumplirlo, desempeñados siempre leales a una cadena de mando que iba desde el Capitán hasta el marmitón. Marineros de verdad, añejos, trabajadores y curtidos, que aún existen y no tienen nada que ver con estos gilipollas actuales de pijolandia que van al yate de lujo o velero de turno con los zapatos náuticos y vestidos de camisa, como si fueran a un cocktail del club de regatas.

Y pasé muchos veranos y algunos inviernos en un pueblo de la costa cantábrica, mirando ese oleaje sereno de los días de agosto y el color oscuro, agresivo y sombrío que adopta en invierno. Aprendiendo a analizar las mareas y comprender su influencia en las costas o cuándo era mejor para ir a coger marisco en los pedreros, siempre con un ojo atento a la Guardia Civil del SEPRONA.
Jugando a la vera de esa orilla a naufragios y piratas, mirando la extensión de agua infinita y soñando con navegar más allá de la línea del horizonte para anclar en puertos extranjeros donde esperarían mujeres de largos vestidos y labios eternos. Porque en aquella época y aquellos veranos los niños queríamos ser oficiales, corsarios o marineros de la Bounty, nadie declaraba añorar ser futbolista o tertuliano de Sálvame.
Mirando con respeto reverencial a viejos pescadores que permanecían impasibles y pacientes tardes enteras con la vista muy lejos de allí, chupando un cigarrillo y echando ojeadas a su caña inmóvil. Llegué a tener la certeza de que la captura era lo de menos, lo importante era estar sentado cerca de la mar, a la intemperie de esa brisa y ese olor únicos, cuando todo lo de tierra adentro te resulta entonces muy ajeno.
Y fuimos niños dando brincos entusiastas por entre las ruinas de un viejo embarcadero, buscando acantilados desde los que saltar al agua, pero conocedores siempre de la profundidad y las rocas del fondo, con seguridad de veterano, evitando las peñas en las que poder encallar…
Ahora, muchas veces, esa vasta extensión de agua marina ingobernable es el reflejo de mi infancia perdida.
También aprendí, con esas historias paternas y mi intuición, que el mar es una bonita y dura metáfora de la vida, porque es un peligro y una promesa, donde muchas cosas empiezan y otras terminan, y siempre hay un momento en el que atraviesas tu particular línea de sombra, con el beneplácito de la memoria sabia como los siglos y de los espectros de viejos marinos.
Como cualquier aficionado a los barcos y a la lectura que se precie, me calzé los imprescindibles: Patrick O'Brian, Conrad, las novelas Moby Dick (cuya adaptación al cine de John Huston tiene carácter de mito para mí), Los trabajadores del mar de Víctor Hugo y Rebelión a bordo. Incuso novelas interesantes de Pérez-Reverte como La carta esférica o Cabo Trafalgar forman parte de la biblioteca.
Con semejante bagaje y esos antecedentes marineros, es comprensible que me sienta, como cualquier navegante lúcido, asqueado por el impresentable del capitán Schettino y su ruindad como oficial de mayor rango. Porque ante un naufragio o situación de peligro la máxima autoridad dentro de un barco debe ser el comandante y el baluarte de la sangre fría y el temple, asistir las tareas de evacuación y salvamento, asumir errores y remendar, ser el último en abandonar la nave; y en última instancia, un capitán se hunde con su buque si es necesario. Sin reglas, sin honor, tanto en alta mar como en la vida, nada tiene sentido. 
Es indignante la poca vergüenza y la vileza del primer mando del Costa Concordia, la manera ratera de huir, el desamparo de los pasajeros al abandonar un mando que, pese a todo, era suyo. Y la condena de Schettino no reside tanto en la sentencia que aplique la justicia como en la vergüenza como dueño de unos galones, esa marca indeleble que tendrá siempre, porque se pueden ser muchas cosas en este mundo, pero en la mar, nunca un cobarde.

5 de enero de 2012

El regalo de lo impreso




Esta tarde me ha llamado la atención, de forma agradable, ver una librería del centro de Oviedo llena a rebosar. Claro que, evidentemente, es semana de Reyes y también estaban atestadas de gente las tiendas de ropa, las perfumerías  y las grandes marcas comerciales. Apuesto a que igual que lo estaban las zonas de las superficies destinadas a la venta de ibuks y demás mierdas electrónicas...
Pero no es la generalidad, ni la forma, si no el fondo. El comprobar cómo aún se siguen regalando y comprando libros de manera acuciante, que las trabajadoras no daban a basto a envolver las últimas novedades y algunos clásicos de siempre, para llevar algo de sensatez y lectura a muchos hogares, en un país donde las audiencias televisivas, las pasiones futboleras o nacionalistas, la educación y los políticos que votamos muestran que es abiertamente analfabeto. Y sin embargo, trabaja en esa librería una amiga con la que siempre hablo un buen rato cuando paso por allí, y hoy apenas pudo atenderme ante la cantidad desbordante de clientes.
Uno se siente cómodo en ese ambiente de consumismo literario, pensando que la persona que el día seis reciba su regalo probablemente sea de esa especie que aún venera los libros, que los coloca cuidadosamente con mimo en su rincón, ordenados por autores, y dejan marcas en ellos (a lápiz, un pedazo de papel...) para recordar una frase, un pasaje que les dice algo, o muestra una luz en medio de la oscuridad.
Había algunos que simplemente llegaban, preguntaban por un título en concreto, para que otro lo buscara por ellos, lo compraban y se iban; pero también aquellos que se daban una vuelta despacio, comprobando nuevas ediciones de sus libros preferidos, el curioso orden para clasificar las novedades o el precio de gangas de bolsillo. De esa clase de personas que el resto del año te las encuentras en las librerías con un brillo extraño en los ojos, mientras pasean la vista entre las estanterías o miran con interés un ejemplar deseado.
Del tipo de inviduos que observan con curiosidad un tomo en la biblioteca de casa, reconociéndolo, pensando que está al caer otro visionado, que ya va siendo hora, y así poder descubrir cosas nuevas, diferentes aspectos a cuando eran otra persona e interpretaban aquel libro a la luz de su propia vida, de sus experiencias.
Libros que se compran porque los leíste hace tiempo pero nunca fueron de tu propiedad, y quieres tenerlos en tu entorno, que pasen a formar parte de tu biblioteca y tu legado.
Hace poco gasté bastante dinero llevando a mi casa a viejos conocidos. Yo era todavía un colegial cuando descubrí en una biblioteca de instituto a Ferdinand Bardamu e iniciamos juntos un viaje al fin de la noche, o cuando Humbert Humbert me hacía estremecer con aquella sexualidad oscura y perturbadora.
Soy de los que piensan que determinadas historias de tinta forman parte tanto de nosotros como lo vivido, nuestro propio documento de identidad, y no pocos personajes de ficción jugaron un papel en nuestras vidas mucho más importante que el de algunas personas reales, además de la influencia que han tenido en la existencia, el poso lúcido o áspero que dejaron, la forma de ver las cosas o encarar un acontecimiento, las noches que hicieron que nos fuéramos a dormir descompuestos y amargos; y entonces conocemos a una mujer, o a un hombre, y pensamos "ésta se parece a aquella chica que yo soñé entre líneas, o que una noche imaginé para unos de mis relatos", y comprobamos que la realidad puede ser más bonita, cruel, fascinante y gallarda que cualquiera de las novelas.
Y nos enamoramos, y la vigencia de los libros y el amor pasional duermen a nuestro lado. O no tenemos esa suerte, y en nuestra condición humana siguen reinando el fracaso y la desolación, buscando entre las tapas esos héroes imperfectos entre los maestros de lo sórdido.
De cualquiera de las maneras, y es gratificante, no son pocas las personas que, cuando la luna se alza fría y distante en el cielo, pernoctan entregadas a esperanzadores sueños de papel.

3 de mayo de 2011

Sabato, mucho para todos


Un joven con un libro de Sabato en la mano, El túnel, apuntó la cámara de su teléfono celular hacia el ataúd y gatilló una foto. “Te quiero, te quiero”, repetía en voz baja, mucho antes de que el salón se llenara y la gente aplaudiera.

Una de las cosas más profundas, claras y de agradecida memoria y sentimiento es la fuerte impresión que deja la primera lectura de un libro. Al terminar una novela puede ocurrir que cierras las tapas con idiferencia o aburrimiento, con desgana o con alivio. Pero esta impresión cuando un libro te marca permanecerá ligada a ti el resto de la vida, volviendo sobre él en el pensamiento, leyendo todo lo publicado por el mismo autor y las opiniones en enciclopedias e internet. Un libro que te abate es un vínculo eterno entre su sombra y tú, es un susurro en una noche gélida al oído de una mujer, es un secreto del alma que sólo puedes identificarlo y solamente tú sabes cuánto significa. Es de las sensaciones más auténticas que un lector lúcido y voraz puede experimentar, sólo comparable al éxtasis del amor, al sobrecogimiento ante una obra maestra cinematográfica, al estupor meloso de un disco que te recorre por dentro.
Conocí a Ernesto Sábato cuando los fantasmas estaban ahí. Un miedo, un demonio, una locura que habite dentro. El fantasma de un túnel inmenso y negro. Siempre que he vuelto sobre él fue a sabiendas. De los héroes y las tumbas. De Alejandra. De Martín. De Fernando Vidal Olmos. De Abbaddón y el mal. Ciertas cosas significan demasiado para uno y no pueden ser explicadas. Algo en nuestro cerebro nos identifica o nos obliga a temblar. Una partícula del alma se enciende de estupor y escalofrío. ¡Todo lo que signifia y no puedo escribir sobre ello! Sus personajes son muy complejos para mi humilde prosa, no para mi memoria ni mente. Alguien dijo tratando de arrojar luz ante el 'Informe sobre ciegos' que "no es mi intención realizar una crítica literaria, pues no podría encararla con la capacidad y la seriedad que Ernesto Sábato se merece". Lo robo y me lo aplico para mí. Algunos infiernos es mejor que permanezcan en el interior.

1 de marzo de 2011

Unos premios de manual




Pocas sorpresas en los históricamente injustos e irritantes Oscar. Que algunas de las mejores figuras y los directores más legendarios apenas hayan tenido el reconocimiento de tan correcta Academia es la mejor prueba de que premios y calidad no siempre van de la mano, que hay tendencia a valorar lo comercial, lo que está en auge o las trabas físicas o mentales de esforzados personajes. Ninguna de las tres producciones que copan el olimpo de la historia dorada del tío Oscar (Ben-Hur, Titanic, El señor de los Anillos: El retorno del Rey) figuran entre mis predilectas, en esa lista de películas que tienen un lugar privilegiado en mi alma y mi memoria.
John Wayne, ese actor de derechas al que siempre es un lujo ver y oír en una pantalla, que te gustaría tener de amigo y que transmite calidez y confianza, cuyo inmortal recuerdo va ligado a los maravillosos westerns descubiertos en la infancia y que perviven en el universo colectivo de los aficionados al buen cine, dijo que tuvo que hacer de tuerto para que finalmente le dieran un Oscar, ironizado así sobre la tendencia de la Academia a premiar a aquellos actores cuyos personajes sufren algún tipo de invalidez. El caso más rotundo fue el premio que recibió John Mills por su papel secundario en La hija de Ryan, obra maestra de David Lean en la que no decía una sola palabra.
Este año le tocó el turno a Colin Firth por su papel de rey tartamundo, en una película tan correcta y sujeta a los cánones como mediocre y liviana, cinta cuyo único aliciente se esfuma en la salas de cine si se proyecta doblada. Para ella fue también la estatuilla a un director primerizo, cuando lo más esperable era que recayera en David Fincher.
 De vacío se fueron los hermanos Coen por su clasicismo revisionista de Valor de Ley, sombrío remake rodado lejos de las excentricidades habituales de la brillante pareja de directores, así como esa pequeña gran joya titulada Winter´s Bones, tal vez demasiado independiente y muy negra para el gusto de la plebe.
Irrepochable es el Oscar a Natalie Portman, esa actriz que es fabulosa desde niña y cuyo papel de bailarina esquizofrénica es lo único salvable de un Cisne Negro que está a la altura de la lamentable carrera de un director apegado a la modernez (que no modernismo).
Christian Bale y Melissa Leo son los que hacen de The Fighter algo más que una película previsible y convencional y se llevan unos premios casi cantados.
La gala fue presentada por unos actores tan jóvenes como sosos, y el mejor momento de una aburrida noche tuvo el protagonismo de un actor nonagenario que representa una de las últimas leyendas vivas: Kirk Douglas hace sentir que el Hollywood dorado aún está presente, auque sea un fósil de una época desaparecida.
Afortunadamente, esa película decepcionante y muy muy sobrevalorada de Origen sólo ha recogido los premios en el apartado técnico. Tampoco hubiera sido entendible premios "grandes" para la regulera y definida como "de generación MTV" 127 horas. En cambio, Toy Story 3, maravilla que demuestra que la calidad y la emoción no tienen porqué ir reñidas con lo digital y el ordenador, se lleva dos Oscar que podrían haber sido más y no hubiera pasado nada. Esta película animada, junto con el extraordinario western de los Coen y 'Winter´s Bones', serán reconocidas y admiradas cuando El discurso del Rey sólo sea una anécdota.

31 de enero de 2011

La España que nos parió

Veo a mi padre levantarse a las 7 de la mañana y soñoliento ponerse el traje, afeitarse, desayunar mientras escucha las noticias por la radio. Aún no ha terminado de amanecer y ya se prepara para ir a la oficina. Día tras día, año tras año. También mi madre limpia ya la casa y prepara las comidas del día. También tendrá que ir a trabajar. Y llegará a casa agotada y se enfrentará a los problemas domésticos cotidianos, buscará un rato en el sofá frente al televisor para descansar. Y se irá a dormir. Mañana será igual. Como los panaderos que trasnochan para hacer el pan, los taxistas que recorren la ciudad, las dependientas de las tiendas, los pequeños comerciantes, los albañiles, el agricultor, los becarios y los carpinteros. En esta España trabajadora y de desigualdades pronunciadas, trabajan para poder llevarse un pan a la boca, para pagar los impuestos, para pagar los sueldos de los políticos y para que en la Iglesia los obispos vivan como curas. La misma España exprimida históricamente por reyes y papas, los mismos campesinos sorianos que debían pagar el diezmo y los ciudadanos a los que mandaban a morir a países extranjeros y a defender la corona que nada les daba y a la que nada debían. El mismo pueblo que con su sangre forjó un imperio, y que se enfrentó a los franceses, y los que cruzaron los pirineos o el Atlántico cuando la victoria del fascismo sacudió España. Los que se quedaron se enfrentaron a hambre y miseria, forjados en el racionamiento y sobreviviendo en un país en blanco y negro. Luchadores.
Ahora se deberá trabajar más años para tener un digno retiro, pero se seguirán pagando a los consejeros de los cargos públicos, sus coches oficiales, sus traductores simultáneos, sus miembros y miembras, las competencias de las autonomías en el egoísmo nacionalista, los trajes, la corrupción, la obsoleta monarquía. Es la historia de nuestra nación. Curtidos y nobles, ganando con el sudor de la frente el salario, legañas en los ojos, rabia en los corazones. De vez en cuando la olla estalla y se pasan a cuchillos a unos cuantos sujetos necesarios. Es la nación de los chorizos, los sinvergüenzas y que aplaude la masacre de animales en plazas. Y el pueblo es el pueblo y siempre existirán clases, se tendrá que mantener a un rey y a toda su familia, se pagarán ministerios inservibles, irán a morir los soldados a tierras extrañas en guerras a la que nadie nos llamó. Pero una vez nos metieron de lleno en ella y llegó la muerte a Madrid. Y los que murieron en los trenes fueron estudiantes, trabajadores, amas de casa. Y cuando ETA apunta a la nuca lo hace a la de un guardia civil que sacó una oposición como medio para ganarse la vida, la bomba lapa va dirigida a un policía nacional que tiene un sueldo mediocre y un trabajo duro, o a un político de un pueblo que desea vivir en libertad.
De un lado u otro se exprime a las gentes de España, que siguen tirando con lo que tienen, con la esperanza en el horizonte, aunque la crisis la hayan creado los tiburones de las finanzas, los que juegan con el dinero ajeno, los que siempre viajan en primera, los políticos que siempren tienen vacaciones en verano. Los comericos tienen que cerrar, los trabajadores son despedidos de sus puestos, pero los bancos siguen ganando dinero, el Estado acude a su rescate, se mantienen los intereses. Y el Estado de bienestar está siempre en entredicho para los de mitad para abajo de la pirámide, se intenta moralizar a la población con creencias absurdas y lecciones retrógradas, se persigue la libertad sexual, se embrutece a la gente mediante la infame televisión.
Y, con todo lo que ello significa, se lleva el combate en la sangre y a España en la cabeza en cada país donde huye un español, donde busca su prosperidad, donde crecerán sus hijos y sus ilusiones. Uno puede dejar su tierra o pelear en ela. En ambos casos, tenemos la marca de las virtudes y las miserias, no hay que olvidar lo que fuimos y lo que somos, hijos de la España que nos parió.

27 de diciembre de 2010

Malos humos

Parece que el nuevo año va a ser en verdad el que elimine el tabaco de los locales público en España. El debate, aunque algunos oportunistas e interesados quieran enfocarlo como una batalla entre fumadores y no fumadores, entra también en ámbitos de la libertad, el respeto y la salud. Que el tabaco mata es algo de sobra comprobado. Que la exposición directa a su humo es perjudicial lo sabe hasta un individuo que tenga la inteligencia de un espectador de Gran Hermano. Es entonces cuando me pregunto por qué algunas personas parecen querer decir con su actitud y sus opiniones que el mal que puedan causar a terceros le importa un carajo, y enarbolan la bandera de su libertad individual a fumar donde le salga de la entrepierna, pasando por encima de las libertades colectiva. Incluso algún idiota sin remedio califica la ley de "fascista", palabra mancillada que sirve igual para un roto que un descosido.
Considero oportuno que cada uno en su casa es muy libre de hacer lo que se le antoje, fumar hasta tener los pulmones del mismo color que el túnel de El Negrón, montar varias cachimbas una encima de otra, ponerse de perico hasta el ojarasco o pimplarse una botella de Rioja crianza y acabar ciego de morapio. También en la calle y al aire libre no hay que poner restrincciones al pitillo, pues la calle no es de nadie y es de todos, pese a lo que decía el amigo Fraga, dicho lo de amigo sin ninguna simpatía profesa hacia este señor.
Pero un bar, un restaurante, un autobús urbano o un hospital son cosa pública, y además, fíjate tú, cerrada. Y de la misma manera que nadie se plante fumar o no en un TUA, lo mismo es aplicable a lugares de ocio, donde uno vuelve con las ropas impreganadas del olor al tabaco, sea o no sea partícipe de ese vicio tan nocivo.
Si alguien ha salido fuera de esta casa de putas que algunos llamamos España y se ha dado una vuelta por el mundo, habrá podido disfrutar de bares, pubs y discotecas con un ambiente limpio, y vería a los fumadores yendo y viniendo a las terrazas habilitadas para tal fin, y todo en gran paz y armonía y con una abosluta normalidad.
Esta nueva medida nos situará a un nivel europeo de civismo, a un país de naturaleza incívica y eogísta. Porque verdaderamente hay que ser egoísta para venirse arriba y querer imponer la dictadura del humo sobre los demás cuando está estudiado la relación directa entre respirar ese humo y la muerte de no fumadores. Vuelvo a reiterar que uno en su casa puede hacer lo que más le mole, pero de la misma manera que no ponemos la música alta de madrugada, para no causar molestias al vecino, imagínenense qué hacer si esas molestias implican la muerte. Hasta ahí todo entendible, salvo para los groseros y los imbéciles.

Pero el Gobierno y sus ministerios competentes, que parece son incapaces de hacer una medida buena sin dejar su nota de estupidez, han lanzado la siguiente iniciativa (en realidad ha sido la ministra Pajín, pero no quería mencionarla directamente porque ya tiene bastante con toda la que le está cayendo y la cae habitualmente) : invita a los hosteleros a abrirse a nuevos clientes potenciales como los niños y los ancianos. No cree que se pueda llevar a ese clientela hacia el cine, un museo, un centro social o una librería, no. Todos sabemos que el mejor sitio para un niño o un anciano es un bar.
Yo estoy cansado de ver por los chigres de mi barrio a padres que acuden a diario a tomar el vermouth o el vino de la tarde y llevan con ellos a sus hijos, y estos andan por ahí correteando, habituándose al ambiente de un bar, estando en contacto desde bien pequeños con ese entorno y ese estilo de vida, y no encuentro barbaridad más grande, pues no es territorio para un niño un lugar donde se bebe, se discute de fútbol y mujeres y se caga en Dios. Pero eso sí, ahora sin humo.

3 de septiembre de 2010

Fiasco

No corren buenos tiempos para los asuntos celestiales. Si Stephen Hawking hace unos meses dijo que era factible que hubiera más vida en el universo y que si algún extraterrestre se pasaba por aquí era posible que viniera con ganas de marcha, es decir, a arramplar con recursos ajenos y de paso cargarse a unos cuantos humanoides (vamos, lo que venimos haciendo entre nosotros desde la noche de los tiempos), ahora ha vendido a decir que Dios no existe (algunos ya lo sospechábamos), y por lo tanto no creó el universo, ni en seis días ni en seiscientos.
Esto se la trae floja a los fanáticos, por supuesto, pues el asunto de la ciencia no va con ellos, y en país supuestamente civilizados como Estados Unidos se seguirá enseñando en determinados lugares el creacionismo, con el jefazo como autor de la tierra, del cosmos, de las plantas, los hombres y el dragón de Komodo. Pero no es así, y es un alivio ya que con tantos agujeros negros, planetas inhóspitos y estrellas que explotan y se expanden ya había el rumor de que como decorador era un chapucero.
Pero por otra parte es bastante desalentador, ya que si cualquier persona en uso correcto de sus facultades mentales habría desterrado la creencia de un ser de apariencia humana, barbudo, sentado en una nube que rige los destinos de usted y de yo, y premia y castiga según actos y actitudes morales, sólo la idea de una fuerza primera que desencadenara la creación era el territorio asumible para los agnósticos. Llamara como se llamara, algo que provocara el primer movimiento iniciático. Pues nos dice el ilustre astrofísico que ni eso tampoco. Todo corresponde, fíjense que disparate, a las leyes de la física. ¡Quién lo podía imaginar! Con lo tranquilo que vivía el hombre atribuyéndole todo a fuerzas inteligentes superiores. No sólo el universo, también la lluvia, el sol, los terremotos y la calidad de Zidane. Malditos científicos. Estamos solos amigos, se acabó la idea de ir al infierno a disfrutar del alcohol y las putas.

2 de septiembre de 2010

El azote internacional



Las esperanzas del mundo sobre el conflicto de Oriente Medio están puestas en la reunión que Barack Obama mantuvo con los líderes israelíes y palestinos. Es probable que no se termine la ocupación ilegal de territorios por parte de Israel, esos aprendices de Hitler en su afán colonialista, ni que los radicales en Palestina vayan a dejar las armas, pero parece que se están dando pasos importantes hacia la paz. Todo el mundo ha destacado lo positivo de la reunión y se muestra esperanzado en una solución al conflicto.
Salvo Aznar, claro. No le agrada ni lo más mínimo al díscolo popular la política exterior del presidente negro. Eso de la paz le patea la rabadilla, esos moros miserables. Harto de meter la pezuña en los asuntos nacionales, no se corta un pelo el chiquitín en diriguir sus dardos altamente venenosos hacia el líder supremo, el señor Obama, ya saben, el sucesor en el cargo de ese prodigio intelectual llamado George Bush, íntimo de nuestro rumbero ex presidente. Y Jose María “Critica el acercamiento del líder de Estados Unidos a los musulmanes”. La reunión es con Palestinos e Israelíes, pero no pasa nada, eso del diálogo le suena a coña marinera y lo de las cumbres bilaterales no lo acaba de entender Aznar, que se metió saltarín y pizpireto en la invasión de Irak sin preguntar al congreso y con todo el país en su contra. Tanta reunión y tanta leche de Obama, lo que hay que hacer es bombas y misiles a todo trapo y se acabó el asunto, todo ello acompañado por música de Wagner, en plan Apocalypse Now, y ya tenemos la erección asegurada de Aznar.
Es curioso como no termina de gustar a cierta parte del Partido Popular el presidente Obama, que ha hecho gestos significaivos para intentar resolver algunos de los problemas del mundo, sin embargo no hubo una sola palabra crítica contra Bush durante su mandato, cuya escalada bélica ponía palote a todo el mundo allá por Génova. Estos chicos de centro…

13 de julio de 2010

Euforias


Cada uno se corre con lo que quiere, faltaría más. Hay quien encuentra sensaciones opiáceas en escuchar música tirado en el sofá y personas a los que les relaja sentarse delante de la tele a consumir heces “porque le entretiene”. Los hay a los que se le pone dura conduciendo un coche a 180 por hora, justo antes de dejar los sesos en la calzada, y a quien gusta de ataviarse con un capuchón en la cabeza o autoflagelarse en la semana santa. Conozco individuos a los que les apasiona el cine y otros a los que les gusta echarle salchichas a la paella, igual que a unos tenemos de referente femenino a Claudia Cardinale y otros a Belén Esteban.
Que el fútbol sirva de distracción, afición o entretenimiento pasajero está bien y es hasta razonable y comprensible, de la misma forma que puede servir de distracción hacer crucigramas, encajes de bolillos o ver pasar la migración de las golondrinas. También es beneficioso creer en el símbolo común de un país históricamente miserable y ahora lo representan una generación de jóvenes que han nacido en (relativa) libertad y en democracia, que en el fondo nos unen más cosas de las que nos separan , etc, etc…pero esas euforias desmedidas e inexplicables exaltaciones patrióticas, gentes al borde del infarto o del colapso, llegan a dar un pelín de vergüenza ajena, si no fuera porque me parece hasta bonito que exista pluralidad, que pueda haber multitudes despelotadas en su sueño de una noche de verano mientras otros sigan a sus cosas, indiferentes y ajenos a todo. Me gusta una sociedad de contrastes, que cada uno tenga las aficiones o fobias que le venga en gana, siempre que no sean a costa de fastidiar al prójimo.

Sin embargo mosquea un poco constatar que el tinglao pueda servir de cortina de humo, que venga muy bien a un puñado de interesados políticos inútiles; ver cómo la mayoría del personal prioriza de forma llamativa y busca excusas para proyectar sus problemas y su propia vida en éxitos ajenos y tener el deseo de poder vibrar identificándose con algo, y así sentirse un poquito mejor o formar parte de un común triunfador. Me pregunto cuáles serán las reacciones el día que les ocurra algo de verdad trascendental para su vida o su destino, también cuántas de esas personas radiantes de felicidad y ebrias de entusiasmo y fútbol estarán en el paro, lo tengan fastidiado para ajustar su economía y su entorno familiar, o su pareja les ponga unos cuernos como los de un ñu.
La llegada multitudinaria y el desfile de la selección por las calles de Madrid recordaba mucho aquel Charlton Heston regresando triunfante a Roma con Quinto Arrio en ‘Ben-Hur’, para ser recibidos por el emperador y agasajados por esa plebe radiante de pan y circo. Aquellos emperadores de entonces eran considerados un dios más de una sociedad politeísta, y tenían esfinges y retratos a cascoporro.
Me alegro, claro, pero no va más allá de una anécdota. Me vino bien para justificarme a mí mismo salir un domingo noche, entrando, lo reconozco, un poquito al juego; y hoy ser dos aquí escribiendo, mi resaca y yo. También constaté in situ esas reacciones y euforias de las que hablo y que dan pie a la reflexión.
Creo que tengo el deber de escribir lo evidente y que parece evitarse porque resulte cruel o es mejor vivir en la anestesia de los sueños mientras duren: Se volverá a la normalidad una vez pasado el temporal; es decir, no cambiará el lamentable estado de las cosas.

28 de mayo de 2010

¿Qué pensaban?

Poco se puede hacer, pero si lo escribo al menos me quedo a gusto, me siento menos embarrado y menos cómplice silencioso; ciertamente liberado de vomitar un poco encima de todo esto y no estar con las anteojeras puestas.

Cuidado que vienen los sustos. El sistema es el sistema, ¿qué se esperaba? ¿Quién imaginaban ustedes que iban a pagar los platos rotos de la codicia, el descontrol y el ansia de dinero, del neoliberalismo económico salvaje? Cuando comenzaba la crisis, cuando el ruin espejismo de la bonanza empezó a flaquear y agrietarse, los jefazos y líderes del mundo salieron hablando de medidas hasta entonces nunca planteadas: tasa para las transacciones especulativas, meter mano a los paraísos fiscales, regularización del devorador sistema financiero, poner límites a las primas y los sueldos de los altos ejecutivos bancarios o empresariales... Y al final todo se quedó en nada, para aquellos ingenuos que se lo creyeron. Lo que llegó ya lo sabemos y lo padecemos, los ajustes estructurales se hicieron sobre aquellos que menos tenían que ver con el origen de la crisis y que sólo vivían asustados ante lo que se les venía encima: mordiscos a los sueldos de los funcionarios, reformas laborales, tijeretazos en las políticas de protección social, en pensiones... es la misma vieja historia. Pero no se ataja con contundencia a los que tienen el poder y la capacidad de influencia: a las intocables y omnipresentes agencias de 'rating' y su siniestro 'club de la triple A', a la Iglesia (pobrecitos, qué mal están de dinero, sólo reciben una dotación anual de 253 millones de euros del Estado, habrá que ayudarles en la declaración de la renta, igual no tienen para pagar su soberanía en CajaSur o los sueldos de los periodistas de la COPE), los desmanes de los bancos a los que siempre hay que acudir a su rescate (aunque a los países pobres no se les perdone un duro de deuda externa) o el altísimo presupuesto de una monarquía anacrónica.
Pero los que pagan el pato son los de siempre, el ciudadanito de a pie. Personas a la calle, tijera va y tijera viene hacia todo lo necesario y que tiene verdadero valor, incrédulos víctimas de una casta política inoperante e incapaz, de esa que convierte el Senado en un gallinero, reflejo de la España más cañí.

Y si usted es una persona medianamente informada, sabrá ampliamente que esa Iglesia avariciosa que intenta manipular sus sentimientos con palabras bonitas traralí traralá y suéltame la guita, es en sus tentáculos universales dueña o accionista de al menos ocho bancos en Italia, con amplias inversiones en la General Motors, en el casino de Montecarlo, en IBM, en Shell, en Fiat, en Gulf Oil y un sinfín de empresas, entidades y, resumiendo: de poder y dinero a mansalva pero que sigue necesitando el de los tontos de turno para perpetuar su imperio. Criaturas mías. Inocentes, hipócritas, malvados o simplemete idiotas.

Y es que, sinceramente, en parte nos lo merecemos. La que está cayendo, digo. Más que nada por vivir en el cuento de Bambi, y caperucita roja y su abuela y la madre que los trajo. Un país (de mierda para ser exactos) donde un alarmante número de personas está prioritariamente pendiente del fútbol, de si viene tal y cual entrenador y manejando en sus conversaciones cifras exorbitantes de millones por no sé qué fichaje (40 millones de euros, 100 millones de euros…) aunque luego su sueldo sea nimio; un agradable lugar donde el periódico más vendido es el Marca y el interés del personal por los temas relevantes es prácticamente nulo; más pendientes de si hay o no tetas en el paraíso o del modelito de Letizia, ¡guapa!, y de quién ronda por la noche la cama del vecino.
Se ha vivido de espaldas a la realidad toda la puñetera vida, preocupados de las cosas más banales y manejando una cultura de biberón; sin saber qué coño se cocía en el mundo, en la sociedad, cómo funcionaba esta casa de putas. Y entonces cuando vienen las hostias se echan las manos a la cabeza.

1 de septiembre de 2009

Pasarse

Como somos un país de extremos (ahí estuvieron y están las dos españas) somos capaces de pasar de una férrea dictadura intransigente hasta unas medidas y costumbres que rayan la incoherencia, transición mediante.
De la represión y las condenas que incluían la pena de muerte se ha pasado a un sistema judicial de risa, que parece defender más los intereses del delincuente. El respeto de la juventud se evapora con los humos alcohólicos de chavales de 12 y 13 años que adquieren bebidas fácilmente. No hace muchos años cualquier vestido que enseñara más allá de la rodilla era una provocación, propio de mujerzuelas.Hoy día las niñas recién salidas de la infancia llevan menos ropa que Espinete en un día de verano.
Y él entonces totalmente prohibido aborto ha dejado paso a la libre interrupción del embarazo de chicas de 16 años, sin el consentimiento de sus padres.
Es también el debate de hasta qué punto un conglomerado de células es un ser humano, de la ética (¡ojo!, ésta no es propiedad de la religión) de cada individuo y los meses que los médicos y la ley estiman oportunos para practicar un aborto sin cometer un asesinato, además de las consideraciones de riesgo de la madre y los factores que provocaron el embarazo. Factores de diversos tipos, porque soy una persona muy tranquila, y cualquier aborto en sí es un fracaso y una tragedia, y no creo que sea un trance agradable para ninguna mujer; pero no sé cada uno, pero si algún día tengo una hija, y sufre una desgracia en forma de violación, por la cual queda embarazada, y a la hora de abortar recibo la visita de algún sacerdote apelando a la moral o amenazando con la excomunión es probable que pase el resto de mis días en la cárcel por asesinato con ensañamiento. Se sabe que la iglesia está en otro mundo, no sé si en un mundo paralelo o en su propio infierno; y su moral y leyes sólo habitan en la mente de sus políticos. Que proclame el derecho a la vida una institución que quemó vivas a miles de personas que no pensaban como ella, o que, sin falta de remontarse siglos, tuvo bajo palio a un asesino como Franco riéndole las gracias es bastante chocante.
Además dentro de la derecha típica española, están los (y las) meapilas hipócritas de siempre que ponen el grito en el cielo, los (y las) retrógrados sin solución y los cuervos ensotanados más tétricos; pero lo que no se puede es pasarse a la otra esquina extremista y fomentar que una criatura de 16 años aborte en la clandestinidad, sin que nadie de su entorno pueda ayudarla, aconsejarla o darle el necesario apoyo. Esa niña seguro no podrá llegar a casa más tarde de las diez de la noche, pero podrá abortar con la misma facilidad con la que se compra unos zapatos.
Llegar al punto de que una menor tenga que abortar es de por sí una situación de fracaso. Esos padres a los que se les quiere privar de conocimiento deben haber educado desde la cuna a su hija y ofrecerle unas pautas sexuales y unos principios adecuados.
Lo que necesita cualquier país desarrollado es una ley seria del aborto, que regule y ponga un límite de meses y circunstancias para ser llevado a cabo, pero que siempre sea en la franja de la mayoría de edad. Hay que poner las cosas otra vez en la línea que separa lo intransigente de lo ridículo, lo libertino, el todo vale.

31 de agosto de 2009

Muerte



Conocí en un local de Oviedo una noche de fin de semana a un menudo chaval pelirrojo y pecoso de conversación exprés y lengua fácil. Contándome su vida en el espacio que queda entre una copa y otra, decía que su padre era muy rico, es decir, que le salía la pasta por las orejas, pero que en el momento que a su progenitor le comunicó la idea de no seguir estudiando, lo mandó derechito al ejército.
Ahora tembabla de arriba abajo como un corderillo asustado porque había sido destinado a Afganistán, y partía en poco tiempo. No se cortaba al reconocer que tenía los testiculos en el esofago, y que su pobre madre dormía fatal desde que supo la noticia.
El chaval tiene 17 años, y es uno más de la carne de cañón que ocupa la primera línea en las guerras desde que se profesionalizó el ejército. ¿Dónde está el origen de la bala o el misil que le espera en Afganistán? ¿De dónde proviene la bomba que puede que le siegue la vida? Hay que remontarse mucho más atrás, a la educación fanática de unos fundamentalistas religiosos que les han lavado el cerebro a conciencia. La cosa viene de siglos, pero el talibán que disparará a matar no sabe nada de este chico asturiano que aún no es ni mayor de edad, pero tiene la obligación y el deber moral de odiarlo.
Antes, a la hora de ser llamados a filas, las guerras no distinguian entre clases sociales ni políticas, pero desde que el ejército es la últimsa opción laboral de los más desfavorecidos o aquellos que no siguen adelante en sus estudios, se ha llenado de inmigrantes, de gentes sin recursos, de malos estudiantes, de chavales descarriados y de desesperados en busca de un empleo. Nadie que tenga otra alternativa elegiría ir a jugarse la vida a miles de kilómetros de su país contra un enemigo desconocido y extraño. Son estos los que vuelven a España en una caja de madera, los que mueren por una bandera que veneran los más fachas y causa indiferencia entre la gran mayoría, y son sus padres, desconsolados y rotos, los que reciben el pésame de los grandes políticos y presidentes, que gestionan la muerte desde sus despachos. En Estados Unidos también el ejército se ha llenado de carne de cañón, y ningún republicano extremista en sus cabales envía a un hijo al infierno de Irak. La muerte también entiende de clases.