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31 de diciembre de 2025

No digas que fue un sueño

 


Con los años y las despedidas ataca con más fuerza algo que nunca creíste para los jóvenes, esa emoción difícil de controlar llamada melancolía, sensaciones asociadas y sentimientos crepusculares, la nostalgia de tiempo pasado que fue indiscutiblemente mejor. No ayuda no haber hecho las paces con la memoria, o ésta se presenta edulcorada o lacerante en exceso. 

No sabemos si todo lo intrascendente empieza a desdibujarse en el recuerdo, pero creo que tengo una privilegiada retentiva para las cosas que amo.
Yo he sido a lo largo de mi vida notablemente feliz con la imagen, el sonido y la letra impresa protagonizada por personas que ya habían palmado cuando nací. O que lo hicieron mientras era muy pequeño. Y eso no me impidió descubrir con devoción todo lo que crearon, con ese interés de quien consigue un mundo nuevo e hipnótico.

Crecí con la certidumbre de que el cine es una de las más grandes artes y una de las pequeñas salvaciones cotidianas, y también que existía un cine clásico, congelado en el tiempo, patrimonio del buen gusto y atemporal, y otro cine contemporáneo, donde podías ver a estrellas en la gran pantalla y luego salían en las revistas o se paseaban por los festivales. Actores y actrices que vivían ya en el mito, y actores y actrices de la actualidad. Había un pasado y un presente, perfectamente delimitados pero ambos disfrutables.

También sabía que no existen películas antiguas ni películas nuevas: existen películas que se han visto y películas que no, y ésas siempre son nuevas. Cine vivido, amado y compartido. Una afición delegada de mi padre, como principio vital transmitido con los suyos. Una afición que procede del minuto posterior al primer recuerdo y se sabe acoplada y decidida hasta el último momento.

Fui niño, adolescente, joven, mientras aún estaban vivos Paul Newman, Kirk Douglas, Ernest Borgnine, Sean Connery, James Caan, Olivia de Havilland, Alain Delon, Gene Hackman, James Gandolfini

Y Robert Redford, Claudia Cardinale, Diane Keaton. Estos tres han sido los últimos en largarse, en este 2025 que declina ya irremediable. También Brigidtte Bartdot, que llevaba retirada del cine desde 1973.

Claudia Cardinale siempre será un amor a perpetuidad, representando la carnalidad, la belleza, el erotismo, el misterio, la elegancia. No entiende este arte quien no comprenda que uno pueda enamorarse de los ojos de una siciliana (en realidad nació en Túnez) de formas pletóricas y curvilíneas.
Ella pertenecía a esa estirpe de las elegidas, donde se asentaban en algo más que una cara bonita. La cámara las amaba, los productores conocían el impulso que dirige las preferencias de un hombre hacia una mujer determinada entre miles.

Tuvo la fortuna de contar con los mejores mentores. A mediados de los años 60, su alegre desenfado ya había estado a las órdenes de algunos de los mayores creadores del cine italiano: Luchino Visconti, Fellini, Zurlini, Monicelli, Luigi Zampa...con Rocco y sus hermanos entraría en el olimpo de musas de Visconti, junto a Silvana Magano y Romy Schneider

Interpretó a la impresionante Angelica Sedara de El Gatopardo. La escena del baile con el príncipe de Salina (colosal Burt Lancaster, ambos repetirían con Visconti en Confidencias) es una de las más icónicas y simbólicas de la historia del cine. Y la película que le abriría las puertas del mercado internacional con lanzamiento norteamericano. Nada menos que al lado de John Wayne y Rita Hayworth, en la poco afortunada obra circense de Henry Hathaway El fabuloso mundo del circo.
Fue el lujo y la sofisticación en La pantera rosa, y la belleza salvaje del excelente wéstern Los profesionales, una obra maestra de un nihilismo, una épica y un romanticismo corrosivos.
Fernando Trueba, alguien con sentido del gusto y de la estética y de cinefilia militante, tuvo el privilegio de contar con ella en la notable El artista y la modelo. Fue la última vez que la vi actuando.

Robert Redford contaba con ese magnetismo propio de las estrellas, capaz de hacer de galán romántico o entrañable pícaro pero también interpretar a personajes complejos, perdedores con alma, solitarios acorralados por la vida, gente en posesión de talento pero también de turbiedad, además de ser un director con una sensibilidad contrastada. 

Tuvo la suerte de vivir alejado de las fórmulas, trabajando con artesanos del oficio, en una época donde productores muy inteligentes ofrecían personajes memorables a buenos actores en estado de gracia y continua complicidad con el público; por eso funcionan juntos él y Paul Newman, en Dos hombres y un destino y El Golpe, dos películas que van más allá de modas estrictamente comerciales pero también de cine experimenta, de autor o lo que sea el indie. Es cine para todos los espectadores, pero de calidad. Divierte, hace reír, fascina, y la pareja está rodeada de grandes secundarios como Robert Shaw o Katharine Ross, esa belleza de fama efímera. Dos películas donde se habla de la devolución exacta y medida de la justa lealtad.

Otra colaboración fructífera, que es ya catálogo de lo mejor del cine, es la de Redford con Sydney Pollack, director y actor con un oficio que ha influido en los más aventajados jóvenes realizadores, y al que tanto se le echa de menos. 

Los años 70 y el trabajo de ambos nos regalaron Las aventuras de Jeremiah Johnson (que ha tenido una digna sucesora en la hermosa y triste Sueños de trenes), Tal como éramos, las vicisitudes y complicaciones de pareja junto a Barbra Streisand; un thriller bien labrado como Los tres días del Cóndor, y ese trotamundos conmovedor de El jinete eléctrico (junto a su amiga de toda la vida Jane Fonda, también estuvieron ambos en La jauría humana, Descalzos por el parque y, ya en 20217, Nosotros en la noche, que se aleja demasiado en calidad al gran libro de Kent Haruf).
Redford y Pollack volverían a juntarse para esa obra lírica de imágenes memorables entre leones, elefantes y Meryl Streep. Sí, Memorias de África

Redford fue el tenaz periodista Bob Woodward en Todos los hombres del presidente y también el director de una película tan conmovedora como Gente corriente y de la alegórica El hombre que susurraba a los caballos, que aunque con alguna concesión a la vía cómoda, descubrió para el cine a una niña hermosa llamada Scarlett Johansson.

Siempre fue un hombre coherente, comprometido, activista sin fanatismos, promotor de festivales para dar cabida a todo tipo de películas alejadas de otros circuitos más prestigiosos, y se permitió el lujo de, con 65 años, lucir torso desnudo en La última fortaleza, un duelo demasiado forzado con James Gandolfini, aunque es una cinta que se deja ver. 

Se retocó la cara con desastrosos resultados, participó en algunas películas que se podía haber ahorrado y fue congruente hasta el final. Representaba una forma de ser y de estar y también una manera de entender Estados Unidos.
Robert Redford puede que fuera la última gran estrella viva.

Brigitte Bardot llegó para conmocionar la rígida moral dominante en la industria, hubo quien se deleitó y hubo quien se escandalizó, con alguien que podía hacer milagros jugando con una toalla, revolcada en la cama con una sábana ceñida al cuerpo, siendo otros escenarios predilectos las bañeras y las duchas, que daban cabida a su glorioso cuerpo.

Pionera del desnudo expresivo, antes de que el mal gusto y la vulgaridad, y la proliferación de mujeres sin ropa para tapar agujeros de guión, arruinaran todo lo erótico y novedoso que aquello tenía. Bardot es tan importante porque su físico implantó modas. Toda una generación de mujeres sexualmente liberadas imitó sus peinados (y despeinados), su forma de moverse y su particular expresividad de los labios, con una calculada mezcla de insolencia e ingenuidad. 

Fue más personaje que actriz, pero el mundo nuevo de los años 50 acogió la mercancía con ilusión y la consumió sin reservas. 
Fue una mujer singular y acaso amada. Su rostro era un hermoso refugio del alma francesa, e hizo defensa a favor de los animales y activismo contra los animales bípedos que sabía estaban (y están) destrozando su país.

Y, como escribió el gran Terence Moix: "El erotismo cinematográfico ya no sería el mismo desde el día en que la traviesa B.B regaló al folclore del siglo su culito retozón".

Diane Keaton en estética y estilismo fue lo más parecido a una heredera de Katherine Hepburn, pero con esa mirada de ojos caídos y sonrisa perpetua que enamoró a un Woody Allen en estado de gracia cuando sacó lo mejor de ella en Annie Hall y Manhattan, colaborando juntos en cinco cintas más, siendo el reencuentro profesional en Misterioso asesinato en Manhattan, una película menor el neoyorquino, que siendo menor sigue siendo cine muy destacable, como ocurre con las obras de Allen.

Keaton fue habitual en comedias románticas y dramas familiares, estuvo estupenda (cuarta nominación al Oscar) junto a Jack Nicholson en Cuando menos te lo esperas
Pero creo que para todos los cinéfilos con gusto, además de la musa de Woody Allen, siempre será Kay Adams de El Padrino

Aunque participó en la trilogía, la más memorable escena ocurre en el final de la primera cumbre de Coppola, cuando su marido recién ascendido al trono del poder le cierra la puerta para dejarla fuera de las estancias donde se deciden la vida y la muerte. 

28 de diciembre de 2024

Nosferatu


En una escena de La Bruja se realiza una incisión en la sien del hijo poseído como tributo de sangre purificadora más que como remedio médico casero, en una película que abre las puertas a lo desconocido desde la familiar estampa de los primeros colonos anglosajones calvinistas en Estados Unidos. Una mezcla de diversos tótems de la literatura, elegías y fábulas fueron la base en la que se construye El Faro, tan efectiva, tan potente, tan fascinante, como los planos más expresionistas de El hombre del Norte, leyendas y mitología vikinga.

Por eso parecía que era una conclusión natural y de lo más razonable que una nueva versión de
Nosferatu corriera a cargo de Robert Eggers, uno de los directores más personales y con eso tan manido del "estilo propio" de los últimos años, y así volver sobre la base literaria, sobre los mitos, sobre las sombras. Y sobre la sangre.

Adaptar a Murnau (y a Herzog, a la que tanto referencia) en 2024 requiere grandes dosis de talento e inteligencia, pues más de 100 años después ni el cine ni el público son los mismos, para mal y para menos bien, y ahora nos permite tener las herramientas para rendir homenaje a los restos de su recuerdo.
Este 'Nosferatu' mantiene los mismos aspectos que la cinta de Murnau, y el conde sigue siendo Orlok y el Demeter arriba en la ficticia ciudad alemana de Wisborg en vez de en Londres, cosas que pasaban en la película de 1922 por no tener los derechos de la novela de Bram Stoker.

Eggers hace su contribución al mundo de Stoker en su versión más sombría y lujuriosa, un paso más de Coppola, y parece empeñado en dejar inequívoca constancia de quién estrás tras la cámara, su huella en cada plano como la sombra y el hálito del vampiro, pero sólo parece recargada cuando chirría el CGI. La mezcla del estilo de Eggers con el homenaje al expresionismo alemán, desde Murnau al primer Fritz Lang pasando por Max Reinhardt, es un producto interesante y disfrutable.

Se mueve en la oscuridad más macabra, como las escenas en el castillo, donde todo sugiere un miedo agazapado en la penumbra; cae la nieve como en el relato de Joyce, "uno a uno todos nos convertiremos en sombras"; y también en los contrastes, como las grandes aportaciones, cada uno en registros y tonos diferentes, de Willem Dafoe y Lily-Rose Depp.

Toda la película tiene una atmósfera tan poderosa y particular que no te puedes desentender de ella. Consigue ser ambigua y turbadora, en un ejercicio que muestra de forma maravillosamente perversa que el sexo y el terror se dan la mano, las más ancestrales e intensas de las emociones humanas, que la libido libera sus potencias infernales y arrastra hacia abismos de pasión redentora y condenación, el esplendor y miseria de la carne viva, fuente de tortura, de placer y de celebración, esa carne que es condena y a la vez es expiación.

Para recordarnos que la pulsión sexual es instintiva, el amor como una sublimación cultural de esa otra energía, el hombre, la mujer y el monstruo como depredadores insaciables de instinto irreprimible, como la mujer simbolizando ser presa de ese inmenso deseo que nos atrae y repele. Todo bien hilado y condensado en ese epílogo y en ese plano final de deseo, concupiscencia y muerte.

17 de noviembre de 2024

Gladiator II


Si uno revisa trabajos de Ridley Scott como Thelma & Louise o Black Hawk Derribado descubre que siempre tuvo buenas mañas para mantener el pulso narrativo, para contar con la cámara una historia que mantenga el interés del espectador y además se adecúe a los gustos y las recetas del gran público.

Pero acostumbra Ridley Scott a creerse más virtuoso de lo que demuestra, y el hombre que comenzó su carrera con tres obras maestras como Los Duelistas, Alien y Blade Runner ha sido víctima de sus propias pretensiones, y entre hacer un Metoo medieval en El último duelo de sonrojante turra ideológica y la incursión de historia-ficción en Napoleón, lleva sin firmar una película notable desde American Gangster, ya en el 2007.

La concepción de Gladiator II puede responder a la preocupante falta de ideas de la industria de los grandes estudios, siempre buscando segundas partes, precuelas, remakes o superhéroes que salven la taquilla y mantengan robustas las finanzas.
El Gladiator del año 2000 forma parte de la cultura popular, y su mezcla de violencia, historia (a su manera) e intrigas políticas demostró ser una fórmula llamada al éxito. 

La cinta ahora estrenada sigue la misma estructura que su original, a la que hace referencia continuamente para que nadie se pierda, como si más que una secuela, se tratara de un homenaje. También empieza con una vibrante batalla fuera de las arenas de gladiadores, y el protagonista es hecho prisionero tras ser asesinada su esposa. Y, en efecto, también se curte primero en plazas de provincias (con monos inverosímiles hasta arriba de esteroides) antes de pasar al coliseo romano, el Santiago Bernabéu de la época.

El guión está cogido por los pelos y emulando la película previa, con Pedro Pascal y Denzel Washington ganándose el jornal ante una desdibujada Connie Nielsen, pero lo que cuentan son las escenas de acción, visualmente espectaculares, con más sangre y más fauna, aunque sobrecargadas de efectos digitales.

El director se recrea en ser vislumbrante, echando toda la carne en el asador, pero lo que más adolece la película, más del continuado paso a paso de su receta triunfal en el texto o los anacronismos, más allá de esos dos emperadores infumables y caricaturizados, es la falta de carisma genuino de su protagonista, un Paul Mescal que se parece en atractivo carácter y magnetismo al Máximo Décimo Meridio de Russell Crowe como un huevo a una castaña. 

Hay más arena entre los dedos, más trigo, más paseos al más allá, más sueños oníricos. Pero mientras Gladiator dejó escenas y diálogos para la posterioridad y el imaginario colectivo, esta secuela es tan entretenida como olvidable. 

8 de septiembre de 2012

Más que un mito




Se cumplió el pasado agosto medio siglo de la muerte (¿suicidio?) de Norma Jeane, más conocida como Marilyn Monroe, el mito del cine e icono del erotismo, la sensualidad y la voluptuosidad explosiva. Pero era un trecho más. Y de tonta, nada.
No hay que quedarse en la superficie, en su imagen de mujer sexy de múltiples y populares amantes, o grotescos carteles posteriores de transformaciones pop. Ni siquiera en las fotografías más recurrentes. Sería simplificarla demasiado. Es como tener en la habitación la archifamosa foto de Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes y no haber visto ninguna pelicula más de ella (por cierto, siempre me provocó curiosidad lo de ensalzar a una puta de lujo, por muy bonita que estuviera en la película).
Es evidente que Marilyn forma parte de la historia del siglo XX. Una entre millones. Fue la representación máxima de los años cincuenta, en plena edad dorada del cine.
De lo que se trata es de hablar sobre sus caracterizaciones inolvidables, aunque ella fue filón para la prensa de todos los estilos. Y luchó contra todos los lugares en que los buitres y mercaderes quisieron encasillarla.
En un principio se la intentó ver como la típica rubia, una especie de sucesora de Betty Grable. Ella apareció por primera ante el público general en un corto papel, dejando boquiabierto a Groucho Marx en Amor en conserva. Su estreno en el reparto de una gran película fue en La jungla de asfalto, la trágica obra maestra de John Huston. Empezaba a vislumbrarse como inconfundible, ataviada en un vestido negro de generoso escote.
Y desde ahí tuvo la enorme suerte (o "talento" para convencer productores) de aparecer en grandísimas peliculas. Así fue el caso de Eva al desnudo, o Encuentro en la noche, donde no desentonaba frente a una gigante de la pantalla como Barbara Stanwyck.
Bajo la dirección de Howard Hawks compartió cartél con Cary Grant en un buena comedia, Me siento rejuvenecer. Todo su erotismo fue sacado a escena en Niágara, para júbilo del público.
Para Los caballeros las prefieren rubias ya eran un potente símbolo sensual adorada por millones de hombres, y provocó el delirio de los soldaddos americanos en Corea cuando allí y para ellos interpretó algunas canciones de la película.
En Cómo casarse con un millonario coincidiría con Lauren Bacall y Betty Grable. Pero a la Fox sólo le importaba la explotación comercial de sus productos, y a base de enfrentamientos y presiones,  y a pesar de sus esfuerzos por ser cada vez mejor actriz, no consiguió rechazar papeles que hizo contra su voluntad. Así fue con Río sin retorno y Luces de Candilejas. Sus progresos fueron evidentes en La tentación vive arriba, película de célebre escena donde un ventilador le levantaba la falda.
Algunos se tomaron a pitorreo su intención de entrar en el Actor's Studio. La búsqueda del respeto fue una constante en la vida de la rubia nada tonta, sólo que pocos supieron entenderlo. En vida fue destrozada por la crítica, que más tarde la señalaría como una gran actriz.
Sus inquietudes intelectuales salieron más a la luz al casarse con Arthur Miller. Las facultades de ella para la comedia quedarían más que patentes en Bus Stop y  Con faldas y a lo loco, genial comedia de Billy Wilder y de deliciodas interpretaciones y canciones.

Pero entrada la década de los 60 los problemas psicológicos de Monroe se fueron acumulando, hasta ser expulsada del rodaje de Apártate, cariño.
Ella había entrado en un terreno peligroso con su relación a tres bandas con los Kennedy (padre y los dos hermanos), en plena guerra fría y con el conflicto cubano muy presente. Sólo tres semanas después de posar desnuda y bella en la piscina de la Fox, "oficialmente" se quitó la vida.
Aquello fue el principio del fin de una época. Su figura ha sido utilizada muchas veces bajo los aspectos de una explotación descarada e indecorosa. Hoy es propiedad de la memoria colectiva. Ella fue una mujer de frágil humanidad, una muñeca del sistema que soñaba con ser buena actriz, pero fue con su muerte y con sus curvas como consiguió convertirse en una leyenda.


Anexo: El que probablemente sea el mejor documental sobre Marilyn emitido en España : http://www.rtve.es/alacarta/videos/la-noche-tematica/noche-tematica-ultimas-sesiones-marilyn/1031262/

10 de julio de 2012

Réquiem por Ernest Borgnine, el malo de rostro amable




Estaba en el suelo, despellejando un palo con su cuchillo, mientras sus tres compañeros apuraban sus instintos con unas prostitutas dentro de un cobertizo de mala muerte. Los ve salir, a los tres. Se miran. Sonríe, con esa dentadura amplía. No se dicen ni una palabra y se levanta, diriguiéndose, como ellos, hacia el caballo donde tienen las armas. Las amartillan y se ponen a caminar hacia ese destino oscuro del que ya no pueden ni quieren escapar, en el final de su tiempo. Es una escena en el epílogo de Grupo salvaje, mítico western crepuscular en el que Ernst Borginge compartía cartel con William Holden y Warren Oates.

Podía ser brutal o peligroso, honrado y amable. O un mal bicho. Uno de los secundarios más versátiles del cine y de prolífica carrera, famoso por su pelea con Frank Sinatra en De aquí a la eternidad o su papel de matón en Conspiración del silencio, tambien lo fue por su entrañable personaje en Marty. Una película que le valió el Óscar, donde un humilde carnicero que aún vive con su madre trata de ganarse el amor de una mujer, basándose en sus buenos sentimientos. Era un cine sencillo y amable, protagonizado por una pareja de "feos", sin lujos, glamour o estrellas preciosas del celuloide.
Se le pudo ver en la magnífica Los vikingos junto con Kirk Douglas y Tony Curtis, bucando bronca en Johnny Guitar y formando parte de un amplio elenco de estrellas en la irregular El vuelo del Fénix.
Estuvo casado con Katy Jurado, con la que compartió reparto en Arizona, prisión federal, una de las más modestas cintas de Delmer Daves, y colaboró en todo aquel reparto coral de la famosa Doce del patíbulo. Desplegó todos sus recursos de tocapelotas en la entretenida La aventura del poseidón, y volvería a cruzarse (enfrentarse, esta vez) con Lee Marvin en El emperador del norte, Robert Aldrich de primera división.
Sam Peckinpah lo llamó de nuevo para uno de sus proyectos en la ya decadencia del director, Convoy, y después encadenaría apariciones breves en películas con secuelas para la televisión de Doce del patíbulo.
Ernest Borgnine era imposibe de no caer simpático, con su rostro de gente de la calle, con la normalidad como sello de la casa, secundarios de la misma raza que Karl Malden, que no eran estrellas pero sí queridos por el público, y miembros también de una legendaria generación de la que ya sólo queda Kirk Douglas.

27 de febrero de 2012

100 películas de cine



No me gustan las listas, tan dadas a pontificar o subjetividades, pero en este caso puede estar bien para hacer un repaso y agrupar un centenar de lo mejor de la historia del cine. Y lo de las películas favoritas es muy relativo, ya que cada uno interpreta el cine a la luz de su propia vida, o de sus propias referencias cinéfagas. Están ordenadas por año. El collage es mío, que soy un virtuoso con el ordenador.


Amanecer - F.W. Murnau

El maquinista de la general - Buster Keaton

Luces de ciudad - Charles Chaplin

Cero en conducta - Jean Vigo

Sopa de ganso - Leo McCarey



La gran ilusión - Jean Renoir

Sólo se vive una vez -  Fritz Lang

Los violentos años 20 - Raoul Walsh

Historias de Filadeldia - George Cukor

Rebeca- Alfred Hitchcock


Murieron con las botas puestas - Raoul Walsh

Los viajes de Sullivan - Preston Sturges

Casablanca - Michael Curtiz



Ser o no ser - Ernest Lubitsch

Incidente en Ox-Bow -  William A. Wellman

Laura - Otto Preminger

Perdición - Billy Wilder

Duelo al sol - King Vidor

Forajidos - Robert Siodmack

Encadenados - Alfred Hitchock

Los mejores años de nuestra vida - William Wyler

Retorno al pasado- Jacques Torneur

Carta de una desconocida - Max Ophüls



El tercer hombre - Carol Reed

Al rojo vivo - Raoul Walsh

Los olvidados - Luis Buñuel

La jungla de asfalto - John Huston

El pistolero -  Henry King

En un lugar solitario - Nicholas Ray

Los sobornados - Fritz Lang

Raíces profundas - George Stevens



La noche del cazador - Charles Laughton


El hombre de Laramie - Anthony Mann

Ordet (La palabra) - Carl Theodor Dreyer

Centauros del desierto - John Ford
                                                                                                           


Un condenado a muerte se ha escapado - Robert Bresson

Fresas salvajes - Ingmar Bergman

Atraco perfecto - Stanley Kubrick

Doce hombres sin piedad - Sidney Lumet



El tren de las 3.10 - Delmer Daves

Los vikingos - Richard Fleischer

Tú y yo - Leo McCarey

Sed de mal -  Orson Welles



Imitación a la vida - Douglas Sirk

Los cuatrocientos golpes - François Truffaut



Con faldas y a lo loco - Billy Wilder

Con la muerte en los talones -  Alfred Hitchock

Al final de la escapada -  Jean-Luc Godard

El Apartamento -  Billy Wilder



El Buscavidas -  Robert Rossen



El hombre que mató a Liberty Valance - John Ford



El verdugo - Luis García Berlanga

El fuego fatuo - Louis Malle

El Gatopardo - Luchino Visconti

Grupo Salvaje - Sam Peckinpah

Accidente sin huella - Claude Chabrol

La Hija de Ryan - David Lean

La Última Película - Peter Bodganovich

La Venganza de Ulzana - Robert Aldrich

El Padrino I y II - Francis Ford Coppola

Fat City - John Huston



El último tango en París - Bernardo Bertolucci

Pat Garret y Billy the kid - Sam Peckinpah


Yakuza - Sydney Pollack

La Conversación - Francis Ford Coppola

Quiero la cabeza de Alfredo García - Sam Peckinpah


Lo importante es amar - Andrzej Zulawski

Dersu Uzala - Akira Kurosawa

Taxi driver -  Martin Scorsese

Annie Hall - Woody Allen

Los duelistas - Ridley Scott



Uno rojo, división de choque - Samuel Fuller

La mujer de al lado - François Truffaut 

Blade Runner - Ridley Scott

París, Texas - Wim Wenders



Érase una vez en Ámerica - Sergio Leone

Los santos inocentes- Mario Camus

Dublineses (los muertos) - John Huston

Bird - Clint Eastwood

Léolo - Jean-Claude Lauzon



Sin perdón - Clint Eastwood



Un corazón en invierno - Claude Sautet

Atrapado por su pasado - Brian De Palma

Antes de la lluvia - Milcho Manchevski

Heat - Michael Mann

Sospechosos habituales - Bryan Singer

Casino - Martin Scorsese

L.A. Confidential - Curtis Hanson

Martín (Hache) - Adolfo Aristarain



In the Mood for Love - Wong Kar-Wai

El pianista - Roman Polanski

Las horas - Stephen Daldry

Million dollar baby - Clint Eastwood

Munich - Steven Spielberg

Match Point - Woody Allen

El buen pastor - Robert De Niro

El curioso caso de Benjamin Button - David Fincher

Revolutionary Road - Sam Mendes

La cinta blanca - Michael Haneke

El secreto de sus ojos - Juan José Campanella



14 de enero de 2012

El gran carnaval 2012




Aquella inolvidable e incisiva película de Billy Wilder era un adelanto a su tiempo de uno de los mejores creadores que ha dado la historia del cine, alguien en posición privilegiada para narrar ese testimonio dados sus antecedentes en el periodismo, donde fue corrosivo, crítico e irónico, como muestra Cameron Crowe en el libro “Conversaciones con Billy Wilder”.
Conocedor del lado más sucio y ruín del negocio, El gran Carnaval fue un fiel y estremecedor reflejo del amarillismo de determinados medios y las bajezas morales de una sociedad que se alimenta del morbo y la parte de espectáculo de la tragedia humana.
Álex de la Iglesia adapta la historia llevándola a la España del siglo XXI, con todos los elementos de sobra conocidos de un "país de pandereta", utiliza el trasfondo actual de la crisis (con perorata contra los bancos incluida, "esos hijos de puta", en palabras del protagonista) para hacer su película tragicómica, poniendo a una digna y madura Salma Hayek (qué bien le sientan los años a esta mujer) como aplicada ama de casa, esposa y madre, y a José Mota de personaje principal, un auténtico regalo de papel que el actor cumple con creces, alejado de su conocida vertiente de comedia, aunque sin poder contenerse a meter un guiño a su personaje televisivo (la pantomina en el coche sobra por todos lados). Entre los secundarios, el director se rodea de una buena parte del plantel de la anterior y genial Balada triste de trompeta para intentar hacer una sátira en plan denuncia de la carroña televisiva y política, saliendo muy mal parada en el tajo la abyecta Telecinco, que sin nombrarla literalmente (Cadena Cinco, utilizan aquí) se lleva la peor parte del ventilador de mierda que de la Iglesia pone en funcionamiento, mostrando su falta de escrúpulos, la utilización mediática de lo morboso, trágico o desagradable para lucrar un negocio de audiencias que se nutre de público con el nivel mental de un espectador de Gran Hermano.
Mucha gente está interesada en comprar la dignidad del desafortunado personaje de Mota, empezando por la subasta en la que él mismo participa, aunque su familia, encabezada por su mujer, hacen el paripé de turno, para salvarlo de la ciega ambición y de paso darle a la cinta el necesario mensaje cargado de moralina.
De la Iglesia está más contenido, no hay tantos excesos y elementos personales como en otros trabajos, se centra más en asaltar frontalmente los sentimientos y las buenas emociones.
No llega a ser La chispa de la vida una caricatura de 'El gran carnaval', si no más bien una revisión del clásico adecuada a las nuevas épocas, y aún así, no ofrece nada que no se haya contado antes.

27 de diciembre de 2011

Tinker, Tailor, El frío más perfecto




Poniéndola en paralelo con las novelas de John le Carré, con el público familiarizado con Smiley, Karla y el Circus, El topo es un fiel reflejo visual del alma impresa del universo del escritor, su ambiente y atmósferas tan características como inimitables, el complejo juego de espías que sigue fascinando a generaciones de lectores por su buen hacer a la hora de intercalar ese mundo secreto con las emociones sostenidas, alegorías al amor personal en mundos beligerantes. En cambio, confrontándola con el espectador medio de las salas de cine, incluso con la tristemente abrumadora mayoría de nombres que copan la cartelera, la cinta del sueco Tomas Alfredson es como un caimán en medio de un estanque de cisnes. O como una flor en el estiércol. El que entre en la sala esperando ver algún producto similar a la factoría Bond o algo más cercano a Misión Imposible huirá de allí a los pocos minutos. Y ésa es también la gran ventaja de una película tan memorable e inteligente.
Poder disfrutar otra vez del veterano, complejo, docto, cornudo y desencantado George Smiley es gracias a Gary Oldman, que encabeza un reparto británico de lujo con un regio papelón lleno de templanza y matices en las miradas pero de expresividad necesariamente contenida, donde todo a su alrededor es desconfianza, secretos, patriotismo mal entendido y ambigüedad.
Apoyado por una dirección elegante (que se basa en su textura de grises para el entorno) y un guión envolvente que parece rescatado de tiempos mejores (no desmerece a los clásicos más genuinos del genero de espías de los 70), 'El topo' únicamente requiere no despegarse de la trama, para tener todo el arco de un ejercicio casi perfecto de reposado cine con mayúsculas (comparte linaje con El buen pastor), pues se trata de una película en la que habita información en cada escena, complejidad en cada detalle y diálogo; atravesando la arteria del argumento, como lágrimas de sangre, dos de las historias de amor más frías y descarnadas en años, sobre una obra profunda y soberbia en forma y contenido que tiene todos los elementos para convertirse en atemporal.

30 de abril de 2011

Un cristal en mil pedazos


Una cámara que está siempre a la altura del personaje en su transcurso de edades, cortando el rostro del monstruo, evitando la directa contemplación de la cara del miedo. Y el horror que se esconde en la casa menos pensanda.
Montxo Armendáriz fue casi poético y casi conmovedor en Secretos del corazón o Tasio, y casi trascendente para su época y la generación de Historias del Kronen. Siempre tan ajeno a modas que lo convertía en un atractivo seguro, es personal y reconocible en su manera de entender sus realidades, de tratar la imágen, la manera menos artificiosa de sobrecoger.
No tengas miedo entra en un tema tan delicado, tenebroso y repugnante como la pederastia, los abusos sexuales, de la forma más infame que se suceden, cuando el agresor está en tu familia, vive bajo tu mismo techo, es sangre de tu sangre. Y consigue una cinta en absoluto pretenciosa cuya angustia va in crescendo con el tiempo, sin llegar a culminar los muchos frentes que deja abiertos, con personajes tal vez poco pulidos pero que cumplen su función.
Fría y seca como un golpe de navaja, es dura sin ser explícita, lo terrible se encuentra en los silencios, en las miradas ausentes, en una puerta que se cierra. Consigue provocar el asco suficiente para identificar la abyección de lo que en un principio era un padre cariñoso y amable (genial conversión en personaje terrorífico y odioso el papel de Lluís Homar) , que profana lo más sagrado de una niña, asesina su inocencia. Y hay una cobardía innata incapaz de aceptar el infierno en el complejo secundario de Belén Rueda, sobrepasada por el horror de una realidad que le supera, incapaz de afrontar y que prefiere esquivar.

Y la terapia de los que hablan con coraje del infierno le da un aire documentalista de recogida de testimonios que trata de abarcar todas las facetas de un problema similar. Más veraces los compañeros de sesión que algunos actores con más peso y que sin embargo flojean.
Carente de banda sonora, más que un violonchelo en el que plasmar angustiosas o vibrantes melodías internas.
Armendáriz no busca pretenciosamente el triunfo de los débiles ni el castigo del culpable, muestra una actualidad al desnudo donde las vidas se pueden destrozar sin cambiar nada en el entorno, con impunidad, sin veredictos ni venganzas, cuando la flaqueza y la indecisión hacen de una chica la víctima perfecta, marcada para siempre para relacionarse con el mundo, con el amor, recluida en recóndita ludopatía, el ruido de sirenas que llama y atrae para la amnesia del sufrimiento.
La trama no da el golpe definitivo, no ofrece la posibilidad de salir con un buen sabor de boca, sólo la firmeza del personaje, la comprobación de que la realidad existe, poder mirar cara a cara sin miedo ni sentimientos, y una sonrisa  de futuro que se abre a algo mejor.

2 de abril de 2011

La venganza y el perdón empiezan en la infancia


Llega a las salas de España con el caché de ser la ganadora del Oscar a mejor película extranjera, y con la referencia de estar firmada por Susanne Bier, la directora de la intensa Cosas que perdimos en el fuego; pero En un mundo mejor no arrasará en taquilla, porque es ese agradecido cine sin artificios, no sigue los postulados de la posmodernidad (tan incapaces de crear algo que sobreviva al tiempo) y no recurre a efectos especiales para suplir las carencias de una historia sin alma. Y sí dejará poso en la memoria de aficionados sin pretensiones que saben del buen cine, los matices, y dónde hay que ir para encontrarlo, además de sentir la historia que está debajo de las historias.
La película danesa, entre trágica y filosófica, plantea más preguntas de las que señala a primera vista, reflexiona sobre nuestra posición en el mundo y la imposición de poder utilizando a varios personajes atrapados en miradas silenciosas que callan e intuyen, en debilidad, heridas mal cerradas, atracción por el vacío, impulso de saltar, rendiciones y traumas no superados. También indaga sobre ese perdón, el mas duro de conceder, que es a uno mismo.
Mira desde los ojos de la infancia para ver el origen de la violencia y su natural desarrollo en instituciones educativas (como hizo la sueca Ondskan), el cruel instinto que empuja a los (que se creen) más fuertes a macachar a quien puede y a quien se deja, la necesidad de éstos de imponer el territorio y el respeto desde la niñez y adolescencia para no ser toda la vida un aplastado.
Y el padre que intenta llegar a su hijo pero se siente impotente ante el difícil universo de la etapa más complicada. Y la mirada adulta que trata de demostrar la forma de vencer con la superioridad moral, aunque su refugio se encuentre en otro continente huyendo de sus fracasos y pecados, y cede ante la certeza de que sólo la propia medicina es útil contra el tirano, traicionando todo en lo que creía. Pues es la presencia del matón en todos los ámbitos lo que señala la historia, ya sea el abusón de patio de colegio, el mecánico impresentable y macarra o el jefecillo de una tercermundista zona de África.
Muchas cosas separan a la galardonada cinta de lo que podría ser un melodrama familiar más, a lo que es, una obra mayor. El tono pausado, reflexivo, pero intenso y esa sensación de algo a punto de ocurrir. La forma de actuar y sus consecuencias son lo más revelador de 'En un mundo mejor', el estar influido por el dolor, o el ansia de reivindicarse delante de un amigo al que admiras, la propia redención, buscar la culpa en los otros, canalizar el odio, ese lastre que nos empuja hacia el pasado y agarrota nuestro presente, y que unido a la tendencia de los matones del día a día y la continuada imposicón de unos sobre otros se convierte en una bomba a punto de estallar.

1 de marzo de 2011

Unos premios de manual




Pocas sorpresas en los históricamente injustos e irritantes Oscar. Que algunas de las mejores figuras y los directores más legendarios apenas hayan tenido el reconocimiento de tan correcta Academia es la mejor prueba de que premios y calidad no siempre van de la mano, que hay tendencia a valorar lo comercial, lo que está en auge o las trabas físicas o mentales de esforzados personajes. Ninguna de las tres producciones que copan el olimpo de la historia dorada del tío Oscar (Ben-Hur, Titanic, El señor de los Anillos: El retorno del Rey) figuran entre mis predilectas, en esa lista de películas que tienen un lugar privilegiado en mi alma y mi memoria.
John Wayne, ese actor de derechas al que siempre es un lujo ver y oír en una pantalla, que te gustaría tener de amigo y que transmite calidez y confianza, cuyo inmortal recuerdo va ligado a los maravillosos westerns descubiertos en la infancia y que perviven en el universo colectivo de los aficionados al buen cine, dijo que tuvo que hacer de tuerto para que finalmente le dieran un Oscar, ironizado así sobre la tendencia de la Academia a premiar a aquellos actores cuyos personajes sufren algún tipo de invalidez. El caso más rotundo fue el premio que recibió John Mills por su papel secundario en La hija de Ryan, obra maestra de David Lean en la que no decía una sola palabra.
Este año le tocó el turno a Colin Firth por su papel de rey tartamundo, en una película tan correcta y sujeta a los cánones como mediocre y liviana, cinta cuyo único aliciente se esfuma en la salas de cine si se proyecta doblada. Para ella fue también la estatuilla a un director primerizo, cuando lo más esperable era que recayera en David Fincher.
 De vacío se fueron los hermanos Coen por su clasicismo revisionista de Valor de Ley, sombrío remake rodado lejos de las excentricidades habituales de la brillante pareja de directores, así como esa pequeña gran joya titulada Winter´s Bones, tal vez demasiado independiente y muy negra para el gusto de la plebe.
Irrepochable es el Oscar a Natalie Portman, esa actriz que es fabulosa desde niña y cuyo papel de bailarina esquizofrénica es lo único salvable de un Cisne Negro que está a la altura de la lamentable carrera de un director apegado a la modernez (que no modernismo).
Christian Bale y Melissa Leo son los que hacen de The Fighter algo más que una película previsible y convencional y se llevan unos premios casi cantados.
La gala fue presentada por unos actores tan jóvenes como sosos, y el mejor momento de una aburrida noche tuvo el protagonismo de un actor nonagenario que representa una de las últimas leyendas vivas: Kirk Douglas hace sentir que el Hollywood dorado aún está presente, auque sea un fósil de una época desaparecida.
Afortunadamente, esa película decepcionante y muy muy sobrevalorada de Origen sólo ha recogido los premios en el apartado técnico. Tampoco hubiera sido entendible premios "grandes" para la regulera y definida como "de generación MTV" 127 horas. En cambio, Toy Story 3, maravilla que demuestra que la calidad y la emoción no tienen porqué ir reñidas con lo digital y el ordenador, se lleva dos Oscar que podrían haber sido más y no hubiera pasado nada. Esta película animada, junto con el extraordinario western de los Coen y 'Winter´s Bones', serán reconocidas y admiradas cuando El discurso del Rey sólo sea una anécdota.

26 de febrero de 2011

Patito feo


Para la persona anónima que pidió esta crítica. Otra vez envía un jamón.

A Aronosfy ya lo tenía calado como un grandísimo impostor, un modernillo amante del delirio que cree tener la certeza de innovar o sorprender con cada producto que firma, pero abonado al esperpento y gurú de sus muchos seguidores, que podrán alabar las infumables La fuente de la vida, Réquiem por un sueño o Pi, pero no deja de ser un tramposo, que además, como se puede comprobar en alguna de sus entrevistas, es un poquito gilipollas; lo que no quita que lograra algo muy digno con The Wrestler, tal vez porque rompió con algunos de los patrones de sus anteriores trabajos.
Si les dicen que en Cisne Negro hay una frágil bailarina de inestable personalidad, con oscuros fantasmas interiores, bajo la presión de su madre y de su profesor, y con una confusa y problemática sexualidad, que lucha ente el miedo, los celos y las envidias por alcanzar la pureza, la perfección y ser la reina de los aplausos, creerán que podría tratarse de una película dura e intrigrante, oscura, merodeadora del alma y los infiernos humanos que hable del precio de la gloria; algo a lo que se puede sacar mucho partido.
Pero la historia en manos de Aronosfy es su habitual mareante montaje (bienvenidos a una montaña rusa), un tipo que con la cámara no puede estar quietín ni un instante, su empeño en perseguir con ella a los actores, algunas escenas muy muy cascadas ya (susto en la bañera...) personajes comunes (director caliente busca alumna de la que aprovecharse), y aunque al principio es inquietante y puede llegar a causar intriga, y aunque regala algunas imágenes de gran belleza, no consigue si quiera ser erótico cuando se lo propone y las escenas más subidas de tono están rodadas con torpeza, cercano al peor Paul Verhoeven, para luego bucear en la psicodélia para justificar sus pajas mentales, ir de misterioso con trucos de la mente, transformaciones animales y alucinaciones cuyo envase total no produce ni frío ni calor; en un final como un torbellino agotador, cercanamente patético del que el realizador se sentirá muy orgulloso y satisfecho por su capacidad para la sorpresa, pero para quienes conocen la trayectoria y la personalidad del tipo sólo regala más de lo mismo.
La película permanece a flote gracias a una brillante Natalie Portman que ya visiona la estatuilla, obligada a adelgazar unos cuantos kilos para el papel, y que lo borda, llevando por completo el peso de la cinta, haciendo que en la memoria deje más poso su rostro, en ocasiones dulce y en ocasiones terrorífico, que los aislados momentos notables en el cómputo final de algo ligeramente irritante.

12 de febrero de 2011

Valor de western


Cuando Barbra Streisand salió al escenario y anunció el nombre del ganador al Óscar como mejor actor principal de 1970 a John Wayne por su interpretación en Valor de ley, se cerraba un ciclo de justicia de la academia con una de sus más grandes leyendas, y 'El Duke' se mostraba visiblemente emocionado por el galardón en uno de sus últimos papeles. Habían pasado más de treinta años desde aquella mítica aparición de Ringo Kid deteniendo La Diligencia, y algunas cosas cambiaron en el western durante ese tiempo. Ya había aparecido Peckinpah a finales de los 60 y sus visiones violentas y trangresoras, John Ford había rodado aquella obra maestra crepuscular y melancólica llamada El hombre que mató a Liberty Valance y el mercado empezaba a demandar otro tipo de productos.
Cuatro décadas después, los hermanos Coen rescatan del armario aquella película de Henry Hathaway que encumbró por fin a Wayne y ponen en su piel y en su parche a otro actor estrella y carismático de nuestro tiempo: Jeff Bridges, que, paradojas del destino, opta también a la estatuilla por un mismo título.
Al darse a conocer que los Coen iban a estrenar un remake de 'Valor de Ley', me puse a temblar pues podía tratarse de una adaptación con su particular punto de vista y un toque caracterísitco de su cine que pudiera desajustar la obra primera, la novela, o algún otro pasote salido de madre al estilo El gran Lebowski o la excesiva y extraña  Un tipo serio; o por el contrario, algo más parecido a otra adaptación de novela, No es país para viejos, que tiene aroma de western moderno en ese viaje de extensos desiertos y asesinos implacables.
'Valor de ley' está más cerca de la segunda. El clasicismo impera en todo el metraje, se ajusta a los pilares y las líneas principales de la cinta original. Bridges está adictivo y estupendo, y se hace más hincapié en el personaje y la fuerza moral de la niña (la maravillosa cría Hailee Steinfeld, candidata al Óscar como actriz de reparto aunque es claramente protagonista) con ese admirable ímpetu, madurez, y su indefensión ante los fugados depredadores.
Los directores aplican nocturnidad a algunas escenas clave y aumentan aquellas en que predomina la nieve, haciendo de ella una película atípica del género. Reducen el papel y cambian el destino del personaje que interpreta un intrascendente Matt Dammon y aliñan la búsqueda con música e imágenes poderosas, con su habitualmente extraordiaria capacidad narrativa; y cuentan con brío una brutalidad vista desde los ojos de una niña, la pérdida de la inocencia, la adolescencia arruinada, el instinto protector y paternal de ese alguacil borracho y de gatillo fácil, el calor de las hogueras bajo la noche, una cabalgada al límite de las fuerzas bajo el manto de estrellas, la soledad compartida de tres seres con ideales y pretensiones distintas y un mismo objetivo. Tiene este extraño y atractivo western referencias a ese imprescindible peliculón de Charles Laughton de cuyo nombre muchos no saben acordarse.
Bridges posee un toque fatalista y decadente mayor que el antecesor Wayne, todo es más sucio, más oscuro, más terrible y más real en esta obra que es un chorro de aire fresco para un género que no tiene cabida en estos tiempos, con ocasionales resurreciones donde la última gran obra fue Sin Perdón, a la que 'Valor de Ley' le coge el testigo como una más que digna sucesora en el poco transitado olimpo de los westerns modernos.
El mencionado "toque Coen" llega al final, y es algo sutil y oportuno, un broche nuevo para una obra de corte clásico, ese "no visto" y "más allá" de la original que viaja años hacia adelante y entre planos susurra sobre amputaciones, la visita a un difunto y viejo amigo en una reminiscencia fordiana, las arrugas en el rostro y en el alma y el tiempo implacable que pasa para todos.

5 de febrero de 2011

Tristes y felices héroes


A estas alturas del cuadrilátero cinematográfico, si se quiere hacer una película de boxeo, hay que tener en cuenta todas las hermanas mayores y menores (de todo se debe aprender) que pueblan el género, con la típica historia americana de superación y final feliz (Marcado por el odio, Cinderella Man, Rocky...), la sórdida y desencantada de trágico desenlace (Million Dollar Baby, El Luchador), la demoledora y arriesgada (Toro Salvaje) o la suburbana de alcohol y combates en tugurios para eternos perdedores (Fat City).
De The Fighter se podría decir que coge un poco de cada una sin llegar hasta el fondo de la mayoría. Pinceladas que francamente dejan buen sabor de boca, pero saben a poco pensando en lo que podría haber sido y teniendo en la mente algunas obras maestras precedesoras.
La película narra la historia real de Micky Ward (cumplidor Mark Wahlberg), que sobrevive como boxeador mediocre mal guiado por su madre, sus arpías hijas y un hermanastro mayor vieja gloria y adicto al crack (deslumbrante Christian Bale, ¡papelón!), y trata de llegar alto en el boxeo y evitar seguir asfaltando calles en un ambiente deprimente. Hay emoción y escenas notables (Ward explicando a su futura enamorada la similitud entre el boxeo y el ajedrez, y la técina cabeza-cuerpo es fantástica), hay también un toque de desesperación y derrota, uniones fraternales y orgullo dañado, pero existe un parpadeo imperceptible de historia conocida cuyo final se intuye.
El principal problema de la cinta es que se equivoca de personaje. El guión podría haber sacado más jugo del personaje de Bale y su calvario, su adicción y redención (y acercarse a Fat City) pero opta por centrar los focos en el de Wahlberg, para dar esa visión manida y heróica que espera el espectador. También hay recursos humorísticos que si en momentos aciertan, llegan a restar dureza, trascendencia y emoción a la historia.
Y un gran acierto es filmar los combates con las cámaras de las retransmisiones de los años 90, otorgando veracidad y puntadas de 'deja vu' a las peleas, que son una parte positivamente destacada de la cinta, con el protagonista buscando los certeros golpes al hígado.
El resto es destacable entretenimiento, desmembramiento y unión familiar, historia de amor, coraje pugilístico y cerrar con un epílogo satisfactorio y esperable.

22 de enero de 2011

La muerte según Eastwood


El Clint Eastwood director comenzó con los tics de sus mentores y weterns de baja calidad como Infierno de cobardes y El jinete pálido. El Eastwood tras la cámara de los primeros años se identifica con películas tipo El fuera de la ley o Ruta suicida, tiros y testosterona con todas las influencias de Don Siegel y Sergio Leone. El Eastwood en meritorio proceso comienza con Bird y alcanza un punto glorioso en Sin Perdón, para llegar a la perfección más memorable en Million Dollar Baby.
En ese sentido, se podría decir que con Más allá de la vida tenemos al Eastwood más maduro, más lúcido y veterano que sabe lo que quiere y cómo tiene que rodarlo, amén de un excelente manejo de la cámara del que dejaría constancia en la mediocre Invictus. Se acabaron los tiros y los gestos de Harry El sucio, impera el clasicismo y la sobriedad, un guión pulido y algún detalle llevado con excelente sutileza. En las escenas con los progaonistas franceses apuesta incluso por los tan poco comerciales subtítulos.
'Más allá de la vida' comienza con el tsunami el sudeste asiático rodado realista, perfecto e impactante, sin especiales magnificencias (no es 2012 o El día de mañana) y es la única concesión al puro espéctaculo, a las escenas trepidantes. Luego el rodaje pausado y añejo del director presenta a unos personajes marcados de alguna forma y que llegarán a encontrarse en un punto de sus caminos y por diferentes motivos, cual guión de Arriaga; aunque el desenlace al juntarse las historias y el final pueden dejar un poco frío, esperando algo más.
No son los muertos el tema de la película sino el duro mundo de los vivos, las secuelas tras la pérdida, la descorazonadora certeza de que nada volverá a ser igual, la realidad a la que se enfrentan las personas que han estado próximas a la muerte o han sufrido la de alguien cercano.
Y el guión deja abierta las puertas y plantea todas las posibilidades sin mojarse en ninguna respuesta. Uno de los grandes aciertos de la película es que no indaga en rodar las escenas de lo contactos, sino que deja que sea el protagonistas (Matt Damon) el que los cuente. Sin fantasías sobrenaturales hipotéticas ni imaginarias (uno tiembla al pensar este mismo material en manos de un director modernillo e histriónico, tipo Tim Burton, con los previsibles y habituales hilarantes y cochambrosos resultados) que contrarrestaran con el tono serio del filme, Más allá de la vida habla de los oscuros secretos del pasado que se fueron con cada uno, de últimos mensajes de amor y esperanza, de los celos y el miedo. Con un toque en cada plano que cubre la película de un aura especial, Eastwood sabe mostrar, por ejemplo, erotismo en una clase de cocina (los adictos a las series podrán ver como chef a Steve R. Schirripa, Bobby Bacala en Los Soprano) o conflictos religioso y de libertad (la escena de la gorra en clase con la niña musulmana en un espacio del plano es de las cosas más sutiles y perfectas). No alcanza a sus grandes obras maestras pero Don Clint pone en las carteleras una película que está muy por encima de las demás en proyección.
No es benevolente ni demagoga, se cuida para mostrar todos los farsantes e impostores que pueblan el mundo de la parapsicología con un toque de humor y en no meter en ningún momento connotaciones religiosas de por medio, sino a un hombre perseguido por su don o maldición, con el constante acoso de personas que tienen la necesidad de saber, o la paciente actitud de un niño movido por el amor a su hermano, la atracción por una escritora que prefiere publicar sobre lo que le llena y le conmueve y no sobre lo pragmático, y la extraña coincidencia y lazos del destino que hace que a partir de la muerte y sus aristas se pueda encontrar el amor.

14 de enero de 2011

Historia de infancia y cambios


Nunca sé si el cine imita a la vida o la vida imita al cine. Era muy niño la primera vez que vi El hombre que mató a Liberty Valance, como la primera vez que vi la mayoría de películas que me dijeron algo. No conocía aún el dolor de la pérdida, tardé algún tiempo en poder entender la historia de Tom Doniphon y su sacrificio, la eterna seducción de la melancolía que atraviesa la cinta del maestro John Ford; pero intuía el crepúsculo que existe en el cambio y muerte de una época, en que una flor de cactus puede ser lo más hermoso que adorne el humilde ataúd de madera de un hombre.
Las escenas que más me emocionan es la visista, años después, de aquella muchacha de pueblo enamorada a las ruinas calcinadas de lo que pudo haber sido su casa, además de un John Wayne borracho y con el corazón roto que prende fuego a las habitaciones que construyó con sus propias manos.
Apostó fuerte John Ford por el blanco y negro en una década en que se imponía el techinicolor, para contar el ascenso de los hombres de leyes y con estudios en detrimento del vaquero de siempre, pegado a su revólver y con un sentido de entender la vida que iba indefectiblemente unido a la pistola como solución a los problemas y sinónimo de virilidad.
Ford hace también una alegato a la libertad y la democracia, convirtiendo en ciudadanos comprometidos y electos a los hombres que hasta entocnes vivían en el salvaje oeste. Renuncia el director a los amplios paisajes del mítico Monument Valley para rodar en interiores, sobre porches y dentro de cocinas, intimista y personal.
'El hombre que mató a Liberty Valance' representa el canto del cisne de un género que no volvería a ser igual, amargo y bello, donde la leyenda siempre prevalece por encima de la realidad, ambientado en una tierra a la que aún se llegba en diligencia, antes de que el ferrocarril como símbolo del progreso conectara todos los puntos de una inmensa nación, y narrada la historia por un anciano senador que se acerca a rendir homenaje póstumo al hombre que le cedió la gloria y la mujer que amaba.
Porque Tom Doniphon salva la vida de un hombre bueno (la ley no sirve para enfrentarse a Liberty Valance), sabiendo que su amor prefiere la practicidad del nuevo mundo que llega en forma de abogado a las antiguas costumbres de un lejano oeste en sus últimos días. Resignación. Y los últimos años de su vida los vivió solo, derrotado y sin su revólver, ante el asombro de James Stewart que pide que se le ponga su cartuchera. Una obra de madurez realizada por un artista maduro y otoñal, lírica y trágica, de desencanto, la última curva del camino; que habla de lo que perdemos, de trenes llenos de recuerdos, de la vuelta al lugar donde nacimos y donde inevitablemente tantas cosas dejamos atrás.
No hay que olvidar que está rodada en un periodo de cambios que actualmente refleja la serie Mad Men, cuando se asesinaría a Kenneddy, llegarían Los Beatles o Estados Unidos entraría en la guerra de Vietnam. Después de 'El hombre que mató a Liberty Valance' nada volvería a ser igual, ni para los Estados unidos, para el western, para Tom Doniphon, ni para mí.

18 de diciembre de 2010

La otra cara de la vida


Alejandro González Iñárritu y Guillermo Arriaga eran una pareja con alma y personalidad propia en el mundo del cine. Juntos, uno tras la cámara y el otro escribiendo guiones, hicieron algunos de los mejores análisis del ser humano de los últimos años, de sus miedos y temores, de la pérdida y el deseo, el sufrimiento y el coraje que necesita de las adversidades para crecer. Eran historias entremezcladas que se encontraban en un punto en común, de narración compleja, atravesadas por esas casualidades de la vida donde todos podemos llegar a converger en un mismo lugar, en esta maraña de personas y sombras. Así eran las geniales, genuinas y sobrecogedoras Amores Perros, 21 Gramos y Babel. Pero el divorcio profesional del exitoso dúo les hizo seguir sus caminos por separado. Ya no pondrían más su talento en común al servicio del séptimo arte.
Arriaga se pusó por primera vez como director al frente de un guión propio en Lejos de la tierra quemada, una nueva historia de sentimientos frustrados en la que es reconocible la seña de identidad de sus anteriores guiones pero que flaquea sin el sello de Iñarritu, aunque es visualmente poderosa y da algunas pistas de lo que este guionista puede llegar a ser también como director.
El talento con la pluma necesita de una mano maestra en el rodaje para pasar al celuloide lo que se gestó sobre papel. Sólo un genio puede poseer el talento para brillar en ambas actividades. En la historia del cine, el maestro Billy Wilder fue quien más destacó en la perfecta combinación de estas dos facetas.

Biutiful es la primera aventura de Iñárritu en "solitario", aunque se mantiene fiel a su universo, pese a no hablar en esta ocasión de tramas paralelas que eran la marca de identidad de Arriaga, y entrega sola una historia al servicio de Javier Bardem (que probablemente nutrirá con un puñado de premios su ya espléndida carrera), que crea una personaje tan veraz como duro dentro de una sociedad en ruinas. El español interpreta a un ex yonqui hastiado y desencantado de la vida, con un don para hablar con los muertos y una mujer desequilibrada, que subsiste con negocios turbios, desahuciado por los médicos y habitante de una Barcelona tan sórdida y deshumanizada como los personajes que muestra la película, huéspedes de casas de degradación y podredumbre, donde habitan la enfermedad y la miseria, el desamparo y la lucha por la vida.
Si usted es de los que siente gozoso placer de acudir a cine con las últimas comodidades y modernos, a ver comedias románticas americanas donde los chicos visten camisas impecables, juegan al golf, toman cóckteles caros y hacen fiestas en su apartamento de la Quinta Avenida mientras cuentan lo mucho que sufren en sus peripecias en el amor y el trabajo, y luego disfruta saliendo a la noche con los amigos creyendo que está en un episodio de Sexo en Nueva York, Biutiful no es su película. Porque el director muestra otra realidad alejada de los grandes escaparates y centros comeciales; enseña los barrios que existen en el patio trasero de todas nuestras ciudades, donde coexiste la penuria y la inmigración ilegal, la droga y la prostitución, las familias desectructuradas sin muchas oportunidades de mejorar su realidad con la suciedad y el hedor de lo turbio.
Es una cinta de ambientes desoladores, de inframundos que están al lado del nuestro pero que pocas veces se repara en ellos; una película de narración simple que intenta mostrar la vida de un solo personaje y también la de aquellos que le rodean en el filo de la legalidad, donde la visión del mar se ve empañada por las antenas parabólicas y el cielo se ensucia con el humo de las chimeneas de las fábricas.
Hay quien ha calificado la obra de impostada y pretenciosa. No logro percibir tales cosas. Tampoco capto un buscado y autocomplaciente sentimentalismo. Si acaso una falta de nervio en algunos momentos, pero es imposible no sentir empatía ante el desgarro y el sufrimiento de lo que se ve y se oye en la pantalla; todo es creíble y real en la supervivencia angustiosa y amarga de los moradores del margen de la sociedad, de los explotados y esa mujer con la posibilidad de regresar a su país con un dinero que allí la convertiría en rica pero con un sentimiento de culpa y solidaridad tan humano como esperanzador.
Biutiful comienza con unas imágenes que adquieren significado en el epílogo, depués de acompañar a un inmenso Bardem por el camino del dolor y el infierno particular, intentando no ahogarse en el fango que le rodea, organizando a duras penas su mundo y construyendo la digna labor de hacer que sus hijos lo recuerden.

5 de enero de 2010

Moby Dick: la rutina del mar



En lo referente al cine, hay películas, de las que tienes en casa guardadas con mimo, que ves incansablemente varias veces al año; otras películas que revisas con razonable frecuencia; algunas que crees olvidadas, a las que hace bastante que no visitas, y un día te sumerges en ellas y la experiencia es tan rica como la primera vez; otras producciones a las que recurres en determinados momentos, sea por su carga emocional o referencia simbólica, sea para que ejerza de catarsis; y ocasiones en las que estás pasando indiferente canales en la televisión por cable y te topas con un clásico en el que hacía mucho tiempo que no pensabas, como el reencuentro con un viejo conocido, y estando ya empezado quedas enganchado a él hasta el final, en una placentera e inesperada experiencia.
‘Moby Dick’ sin embargo es una cita anual, tan segura y puntual como las doce campanadas. Y es un visionado familiar, desde hace tantos años que diría se remonta al inicio de los tiempos. Todas las navidades se ve la película en un viejo reproductor de vídeo del que nos negamos a desprendernos, y en ese anciano cacharro metemos el VHS, cuya caja está bastante desmejorada ya, toda ella rodeada con marcas de mis dientes infantiles, cuando de forma educacional me aficionaba a ver cine pero aún era tan pequeño que dejaba las señales de los diminutos incisivos y premolares en distintos objetos.
Y no cansa el filme de John Huston. Siempre parece nuevo el frío de noviembre que se le mete en el alma al marinero que sigue el curso de los ríos y habla sobre el mar de forma poética. El premonitorio discurso (brillante a pesar de su carga religiosa) de Orson Welles que se camufla de breve secundario y por el que muchos aficionados pasaron por alto su presencia. La forma en que el protagonista y narrador presenta a los oficiales y marinería hace una introducción general para conocer a los personajes, cuyo carácter y valentía marcara las distintas situaciones en la travesía. Es el orgullo del que hablaba el pastor Welles el que pierde al famoso capitán del Pequod; el odio ciego, la total obsesión de un caracterizado y amputado Gregory Peck cuya única misión en la vida es dar caza y muerte a una enorme ballena blanca con justificada fama de asesina.
Son las escenas de caza real, la continua presencia del agua en oleaje o inmensa, la referencia a rutas y océanos, la dura vida en los buques de entonces y algún que otro término náutico los que hacen las delicias de los aficionados a los barcos y al mundo de la mar.
La tripulación admira y teme al capitán, sólo Starbuck, el primer oficial, intenta para la locura, aún viéndose finalmente metido de lleno y por orgullo en la idea de ver a la ballena flotando panza arriba, misma visión con la que soñaba el líder del navío, enfrascado en un viaje sin retorno en el que ni los hombres ni el barco importan, si con su sacrificio se consigue la recompensa en su corazón, marcado a fuego por las heridas de su anterior viaje, en el que se podría decir que le dejó como un muerto en vida, y tan sólo quedan los restos de aquel hombre, condenados a vagar por todos los mares en una desesperada persecución.
Moby Dick es la historia de unos hombres contra su destino, el trágico desenlace de perseguir lo inevitable, de marinos contra algo que les supera en tamaño y rabia, guiados por el deseo de venganza de su implacable líder. Achab es casi un mito para mi persona, la primera vez que vi a Gregory Peck en la pantalla, un chiflado obsesionado pero con una importante carga de carisma, y cuando desde su tumba marina, atado a perpetuidad a los lomos de su enemiga, invita a sus hombres a no retirarse de la persecución, siento que algo se estremece dentro de mí.

18 de diciembre de 2009

Ha muerto Jennifer Jones



Pocas actrices despertaban tanta carnalidad y tenían tanta belleza felina y exótica como Jennifer Jones, la famosa mestiza ‘Perla’. Fue la mujer y la actriz consentida del coloso David O. Selznick, tal vez el productor más poderoso del Hollywood dorado, que impulsó la carrera de su musa principalmente en dramas románticos, participando en algunas películas que permanecen en la memoria colectiva de los aficionados al cine, en especial ‘Duelo al sol’, un arrebato de romanticismo demoledor y peligrosas pasiones que viviría junto a Gregory Peck y Jospeh Cotten, con la maestría tras la cámara de King Vidor. Se intentó repetir éxito con un planteamiento parecido en ‘Pasión bajo la niebla’, mismo director y misma actriz, con Charlton Heston y Karl Malden escoltando a la dama, pero el resultado fue menor aunque no desprovisto de interés.
Para la posteridad queda también ‘Jennie’, juntada de nuevo con Cotten, y paradigma del romanticismo y la fantasía.
Cumplió con un reto tan importante como encarnar a la Madame Bovary de Flaubert, en una película que Vicente Minelli afrontó con profesionalidad y conocimiento de la obra.
John Huston la pondría ante su cámara en ‘Éramos desconocidos’ y con Bogart en ‘La burla del diablo’, películas menores del director donde Jennifer Jones siempre luce.
Henry King plasmó un drama corriente en ‘La colina del adiós’, aunque la pareja Jones-William Holden y el director de ‘El pistolero’ hubiera podido ofrecer algo inolvidable. King la volvería a requerir para ‘Suave es la noche’, entretenida y pasable adaptación de la obra maestra de Fitzgerald.
Su rico marido se empeño en hacer el remake de ‘Adiós a las armas’, poniendo a su mujer junto a Rock Hudson, pero no hay nadie que no prefiera la original de Gary Cooper.
Tras la muerte de Selznick en 1965 se retiró casi de la gran pantalla y la última película en la que aparece es ‘El coloso en llamas’, reunión de estrellas en su crepúsculo.
Jennifer Jones ha fallecido a los 90 años de edad, pero su belleza sigue siendo inmortal.

2 de diciembre de 2009

Extraños en la noche



Cuando acudes a una sala de cine, lo que buscas de las películas, es que te despierten algún tipo de emoción, que tengan alguna repercusión sobre los sentidos, que te hagan reír, te conmuevan, te estremezcan, te apasione o te sientas vibrar. Que el producto por el que pagas no te deje indiferente, que no asome el tedio. Aunque intuyas de antemano lo que te vas a encontrar, aunque sepas a qué específico público van dirigidas todas las campañas de internet y con el impulso de youtube.
Es de agradecer a 'Paranormal Activity' el conseguir crear desasosiego sin aportar nada nuevo más que la conocida fórmula de cámara casera y sugerir más que mostrar; ofrece malestar y tensión en el cuerpo; no apta para miedosos. Se ve bien, atrapa tu atención y se olvida rápido.
Llega con la aureola de film casero de bajísimo presupuesto y la etiqueta de cine experimental, pero trae una grandísima campaña de marketing detrás, catapultada por un nombre que es como el rey Midas: Steven Spielberg.
Y esta cinta, que es un inteligente negocio, consigue eso tan loable de, con tres o cuatro elementos y apenas dos actores, sin más decorado que una casa tal cual es, ponerte en permanente estado de alerta por lo que ocurre ante esa cámara digital, cuya inquietante atmósfera logra crear un clima tensión, un miedo que no se nutre de hachazos ni Gore ni zombies ni apariciones demoníacas. Los monstruos no tienen cabida en Paranormal Activity, su angustia se basa en reflejar el pánico de una pareja aterrorizada por lo que acontece en su casa, la falta de excesos, la ausencia de efectos especiales y la certeza de que el director conoce el lenguaje del terror, que se nutre en lo psicológico, sin manchar el suelo de sangre.
Por eso piensas en la cantidad de millones que son malgastados en crear, a base de efectismos, mundos imaginario o catástrofes tremebundas que te dejan más frío que otra cosa, que no conecta con tu cuerpo ni con el avatar de lo común, que no te involucras con las historias que pretenden fantasear o venderte a base de impacto visual y espectáculo tan virtuoso como vacío.
En esta película se maneja coherentemente y con sentido los sucesos aterradores con los elementos de la vida cotidiana de sus protagonistas, reflejando cosas tan comunes como lavarse los dientes, sentarse en el sofá o hablar con una amiga. De esta manera se consigue crear un precedente de cercanía, filmar la clase media y sus apuros ante lo desconocido.
Paranormal Activity es película de un sólo visionado, pues una vez conocedor del resultado de la tensión, dramática y argumentalmente no aporta nada; sigue la estela de otras producciones que apuestan por una psicología del miedo más que por el habitual terror juvenil o asesinos en serie, y la estética de cámara casera es cogida directamente de pioneras como ‘Rec’ y ‘El proyecto de la bruja de Blair’, pero supera en varios aspectos a sus antecesoras.