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28 de agosto de 2012

Ella




Cada vez tengo más claro que estar cerca del mar es sinónimo de felicidad. Y compadezco a quien no puede permanecer, acercarse hasta esas orillas o darse una aventura agua adentro.
Uno se reconoce allí, contemplando esa inmensidad, en su propia soledad y silencio, o con las olas rompiendo contra las rocas y el viento soplando en las jarcias. Allí donde empieza la verdadera libertad del ausente, o del que espera toda la semana en el trabajo, tierra adentro, para escaparse en cuanto puede al mar con una pequeña lanchita y una caña. Y conseguir largarse a redescubrir esa especie de paz interior, y poder hacerlo sin torcer la mirada hacia lo más oscuro y necio de nuestras vivencias.

La mar (en género así, femenino, que le está permitido a marinos y pescadores, gente del oficio) guarda sensaciones, olores e imágenes que permanecen inalterables en la memoria, y a menudo regresas a ellos y te llevan en volandas a cualquier tarde de julio cerca de un atardecer y una chica bonita. Uno de esos atardeceres y una de esas chicas que justifican un día, un verano o una vida.
Y por eso asocio la felicidad a poder acudir siempre que se desee a la implacable belleza de un territorio diferente. La luna recortada en la arena de la playa, la serenidad de ver un puerto en la noche desde la cubierta.
A la mar se va sin internet, sin televisión, sin nada que te recuerde el enloquecido mundo de adentro. A cambio puedes sentarte allí donde las fronteras del mundo desaparecen para mezclarse con los sueños. Es decir, en las novelas. Melville, Stevenson, O'Brian. Bagaje literario que cualquier apasionado del mar tiene como sustento para mirar esas aguas después de darse un paseo por sus páginas.
Y uno siempre cree adivinar en algún punto del horizonte la silueta difusa de una isla, e imagina que es una a la que poder escaparse con el amor de tu vida lejos de los malos, como en la novela de Joseph Conrad, Victoria.

Si alguna vez me pierdo y desaparezco sin previo aviso, irme a buscar a esas orillas. Quizás alguien me vea sentado en una terraza con vistas a una playa escarpada, tomando una cerveza acompañada de una tapa de boquerones a la plancha, unos calamares o un puñado de bígaros.
El agua vista con el sol parece transmitir vida y júbilo, con los rayos reflejándose sobre la superficie y expandiéndose en mil colores. Y en invierno la lluvia contamina de una vaga tristeza. Conoces las formas en que se manifiesta el mar de la misma manera que conoces tus estados de ánimo.
La forma recortada de ciertas costas me evoca a la niñez. Cuando dejábamos que Jesús el de Casa Román nos llevara en su lancha hasta bien entrada la tarde. Entonces de noche nos despachaba y se iba a los pedreros a pescar, y volvía al amanecer cansado y sin afeitar, mientras su mujer, una hembra madura de armas tomar muy bien proporcionada, le esperaba en el embarcadero para llevarle el desayuno.
Y nosotros allí, jóvenes imberbes, mirando aquellas enormes tetas como quien mira a Dios, no decíamos ni pío por el respeto reverencial que le teníamos a ese tío, un auténtico hombre de las aguas; sabía del mar y de la vida, y nosotros sabíamos de sobra la diferencia entre un dominguero del mar y un lobo de mar, cuando la costa no es ladrillazo, hoteles y especulación local, y los navegantes no son tontolculus paseándose con naúticos entre las regatas y jugando a ser marinos en sus pijoyates de esloras largas. Sino que huele a algas, a salitre, a brisa de otoño, a cebo de sedal, palangres, barcas varadas en la arena, o el carburante de un mercante que navega rumbo oeste. A rumor de resaca y restos de naufragio. Memoria de otros tiempos. De ti mismo, quizás, cuando también eras otro. Aunque todo sigua casi igual en la vieja, inmensa y sabia patria.
Sólo lo comprende el que se ha criado y ha crecido allí. Por eso cuando llegaba alguien de la gran ciudad a pasar los veranos, elegíamos con muy mala idea un día de fuerte marejada para que diera una vuelta un par de millas al norte. Y volvía pálido y desencajado, echando la papilla por la boca y jurando no volver a subirse en la vida a algo que flote.

De niño, los de casa íbamos a visitar a viejos capitanes, antiguos amigos, al puente de mando de sus buques cuando atracaban en el puerto de Avilés. Y en su cara cuarteada de arrugas y en sus ojos cansados a punto de la jubilación podía leer la nostalgia del que se sabe cerca del retiro, verse relegado para siempre de las guardias y los mares de barbas grises en los días de tormenta. El desplazamiento que sufre el marino obligado a envejecer tierra adentro cuando no logra adaptarse y conseguir otro trabajo rápido, un pequeño velero o una afición ligada a las orilllas.
Y es difícil desengancharse de la relación de amor y de peligro del mar. Porque un capitán de la marina mercante, un marino de verdad, como ya insinué antes, no se pasea dominguero en su yate vestido con una camisa de marca y bebe champán caro en lujosos puertos deportivos, sino que aguanta guardias de madrugada en noches cerradas, sale a colocar estachas con temporales infernales, traza el rumbo y la posición en medio de la supuesta nada, pasa meses enteros fuera de casa y días sin ver más que la masa enorme de agua y lidia con tripulación y oficiales complicados, bebedores y duros.

Y con menor intensidad, las gentes que viven asomados a la costa, que se levantan por las mañanas y tienen las mareas a la vista, no pueden vivir sin su paseo vespertino casi lamiendo el oleaje. Si los metes demasiados días consecutivos en el interior de una ciudad se vuelven huraños, inquietos, aburridos.
En el pueblo donde yo me crié hay un cementerio en una colina que está bañada por el mar. Después de pasar toda su vida a la orilla, la gente del lugar, cuando dice adiós muy buenas, se hace enterrar allí, como si en su noche eterna quisieran seguir oliendo el salitre, bajo el manto de estrellas.

26 de marzo de 2012

Mujeres



Cuando una mujer acierta, lo hace de pleno. Tú vas con una idea fija, a piñón, pensando, la voy a desmangar con cuatro frases curiosas y una sonrisa ladeada. Y te pone unos argumentos y un sentido común que te tienes que agarrar a la silla, cavilando que no contabas con eso. Y uno se queda así, descompuesto y en jaque, tragando palabras e ideas, entre la admiración y la perplejidad. De dónde sacan a veces esa lucidez, no lo sé.
Al hilo de la última entrada de este desolado blog, hubo quién me comentó que no era justo metiendo a todos los profesores en el mismo saco, y que también los había decentes que trasmitían unos valores y un poder educativo de calidad. Y es cierto, existen esos profesores que aún recuerdas y que si te los encuentras por la calle saludas con un cariño efusivo, y ellos te reconocen y te dicen eso de que aunque eras un cabrón incontrolable, eras buen chaval y te apreciaban.
Pero hablo de la generalidad, y tengo que resaltar que todo lo que aprendí, lo poco o mucho que sé, no me llegó del colegio sino de fuera. De libros, de viajes, de películas, de darse una vuelta por la vida.
Queramos o no, más allá de las ecuaciones o de las capitales de Europa, la cultura se la ha de buscar uno mismo. Y tener curiosidad, inquietudes, estar espabilado, atreverse a pensar auque ello conlleve entrar en confrontacción con lo que te enseñaron desde pequeño. El buen sabor de boca de mantenerse al margen de siglas políticas o religiones.

Con las mujeres creo que pasa lo mismo. Viven rodeadas por el pringe de una sociedad que aún las educa con unos valores anacrónicos, ese deje de sumisión resignada, y cuando pones la tele lo que triufan son las series, americanas de postín o zafiedad patria, donde se vende hasta la fatiga el estereotipo de mujer liberada igual a consumista y superficial, con el intelecto básico para saber diferenciar entre dos distintos pares de zapatos y poder describir a sus amigas el último chulazo al que se tiró.
Eso cuando no vienen con los coletazos de esa España profunda, mezquina, santera, machista, chismosa, supersticiosa e hipócrita que nos han dejado siglos de sucio legado. Y les han dicho que su misión en la vida es casarse por la Iglesia con un hombre de partido (aquí el amor verdadero es un chiste) y tener muchos hijos mientras cuidan de la casa. Esa genética de lucha y derrota, de imponer su identidad para no ser vistas únicamente como un objeto de deseo de hombres que buscan utilizarlas. Todo mezclado con un nuevo delirio ultrafeminista que convierte causas justas en un circo verbenero sin pies ni cabeza, y tanto daño hacen a la auténtica lucha por los derechos de las mujeres.
Por eso aprecio tanto la independencia de una mujer valiente y lúcida, su coraje, su sentido del humor. De esas hembras de corta y rasga que ningún macho alfa les dice una grosería por la calle ni alude a su sexualidad porque los pueden helar con la mirada. Pero también pueden hacerte tocar el cielo con una sonrisa; con un susurro de su voz y la luz de sus ojos a media luz. Que pueden ser una madre o una compañera, intercambiando opiniones, proyectos e ilusiones.
De ésas que uno se maldice hacerles daño, defraudarlas, y nunca olvidas su mirada atravesándote mientras en ella puedes leer que las has decepcionado; o tú tratando de dar las gracias a quien nunca las pidió, por esa marcha más, ese no sé qué que está por encima incluso de la ternura, del sexo y del amor.

15 de marzo de 2012

Los niños de la National Gallery



Tienes narices la cosa, me digo. Hay que ver la diferencia entre estos pequeños zascandiles y la infancia que pasamos. Paseo muy atento por el Museo Británico, mirando restos momificados y otros menesteres arqueológicos egipcios que los ingleses arramplaron de allí, como siempre y por la patilla, de cuando se dieron una vuelta por el mundo en plan los amos del tinglado. Y no paro de ver a mi vera grupos de escolares guiados por tres o cuatro monitores que los llevan de sala en sala, explicando de qué va el asunto. Todos muy juntos y muy disciplianados, sin un amago de insubordinación. Lo mismo ocurre en la National Gallery. Allí, entre un Monet y un Van Gogh, te cruzas con unos pequeñajos que apenas levantan un palmo del suelo, puestos de dos en dos y de la mano, atentos todos a la explicación del guía. Aquí una batalla napoleónica, aquí un retrato isabelino.
Qué distinta es la cosa, piensa uno, de que desde pequeño te enseñen la historia y el arte con mayúsculas a que te lleven al museo de la minería o a la granja escuela y pasarse la tarde haciendo el gilipollas. Pero claro, son ingleses, y no se averguenzan de su historia, ensalzando sus victorias y escondiendo sus derrotas.
Allí cualquier enano se sabe de memoria la biografía de Nelson, qué pasó en Waterloo, quién fue Patrick O Brian o cita las obras de Dickens. Ahora coge a un niño español, de esos que están en el recreo con la camiseta del jugador del Madrid y lanzando los insultos que aprendió en la tele, y pregúntale por Trafalgar, por las Navas de Tolosa, por El manco de Lepanto o por Belchite.
En un régimen escolar partido en diecisiete sistemas distintos, donde aún se pasa por la palabra España como de puntillas, cada uno arrimando a su parcela y trincando de subvenciones, discutiendo muy seriamente si el manifiesto sobre la defensa del castellano es o no fascista.
Y en vez de escuchar a los historiadores serios y rigurosos, lo que triunfa y vende mogollón son los nuevos exaltados que sacan tres libros al año explicándote muy convencidos y con tdo lujo de detalles que si aquí hubo una guerra civil fue por lo malo que lo hicieron los rojos durante la República, y que de exterminio y genocidio nanai de la china.

Porque en vez de educar a los niños en el buen gusto de la lectura, y tener profesores competentes que te expliquen la historia de una manera apasionante que te incite a querer saber más, lo que se hace es obligar a leer libros por sus cojones, de manera obligatoria, y a ver cómo va un enano adicto a los videojuegos meterle zapato a La verdad sobre el caso Savolta. Porque obligar a un chaval a leer un libro que le cuente para nota es asesinar al lector antes inscluso de que llegue a serlo.
Pero da lo mismo, porque en vez de rigurosidad histórica y científica, se intenta muy concienzudamente cargarse la educación pública dejándola con un nivel de calidad inabarcable, y los que pueden pagarlo aún no se les cae la cara de vergüenza  en meter a los chavales en sistemas adoctrinadores donde no aprenden una mierda, más que un lavado de cerebro para que no se salgan del redil de sus papis, y luego los ves haciendo el ridículo por las calles de Madrid con eso de equis uve palote. Y así salen luego los hijoputas, con un cacao de la leche, y piensan que la evolución es que Adán y Eva tuvieron muchos dinosaurios.

21 de febrero de 2012

Sobre valentías y personas



Dentro de la infamia general siempre hay actos idividuales de dignidad y coraje que merecen la pena reverenciar, independientemente de ideologías o colores políticos. Personas, ante todo, que cuando vienen dobladas tienden a engrandecerse, aún asumiendo los posibles riesgos.
Conocí una mujer, que me toca batante cerca, que vivió un tiempo con un maltratador soportando todo tipo de vejaciones y palizas, y un día le puso un cuchillo en el cuello y le dijo: "como me vuelvas a tocar te voy a rajar por la noche". Y desde entonces él durmió en otra habitación y con el pestillo echado.
En la memoria de todos está la imagen de aquel hombre de Lazkao al que una bomba de los nazis del RH negativo le destrozó su casa,y mazo en mano arremetió contra una Herriko Taberna, madriguera habitual de los mafiosos. Uno tiene sus debilidades y, sinceramente, a mí ese tipo de actos me conmueven profundamente.
Y es que, en el País Vasco, como pasa en todos los sitios, unos callaban por miedo y otros no se resignaban a vivir sin libertad o hincando la rodilla, aunque les costara la vida. Por ejemplo, María San Gil cuando salió corriendo detrás del terrorista que había matado por la espalda al compañero de partido mientras comían juntos. Hablo de personas que no pueden dejar de ser quien son aunque sepan lo que se están jugando. Aquel Ernest Llunch que se subía al atril frente a un grupo de radicales que lo abucheaba, durante la tregua del 98, y les decía que gritarán más, que por lo menos ya no mataban, y unos meses más tarde Llunch era asesinado en el garaje de su casa de Barcelona. O el asturiano Juan Priede, harto de vivir con escoltas pegados, eludió su protección para bajar un momento al bar a echar una partida de cartas y disfrutar de un momento de distensión sin los guardaespaldas, donde le esperaban sus asesinos. Dicen que Isaías Carrasco iba sin escolta por decisión propia cuando le metieron tres tiros (también por la espalda) delante de su mujer y su hija.
Y hay una clara línea delimitadora entre la gente decente y la chusma, el cobarde que se crece amparado en una posición superior o la impunidad del tumulto. El delator, el chivato. Esos 'ultras' de fútbol paletos y descerebrados que golpean a quien encuentran por su camino indefenso y (esto es importante) en minoría. Los que insultan y amenazan camuflados en una grada a un árbitro o futbolistas en un estadio.
El que organiza guerras pero nunca manda a sus hijos a ellas, que saben que no se la juegan jamás; los que firman órdenes conscientes de que si las cosas sale mal nunca van a tener que responder por sus actos, y que el pellejo se lo van a arriesgar otros.

Esa adolescente que sale a la calle en Valencia desarmada para ser golpeada con una violencia que nos alarma tiene una integridad cien veces mayor que el cacho de carne de cenutrio que abusa de su poder. Porque una cosa es repeler un ataque, garantizar la seguridad y defenderse cuando está en peligro la integridad física de cada uno, y otra golpear cobardemente a un menor de edad indefenso que no tiene posibilidad de réplica.
Esa chica, como tantas otras, creció con la idea de que tenía derecho a una educación digna, a una sanidad decente y una democracia naciente y limpia. Pero luego vino el robo, la avaricia desmedida, la estupidez de los gobernantes (unos y otros sacaron partido mientras pudieron, ya fuera con el delirio ladrillero y corruptela urbanística o con la idiotez más inoperante) y la impunidad de los causantes del desastre. Ella lo sabe y no ha vivido de espaldas a ello. Con el futuro negro y la situación precaria, nunca imaginó que tendría que salir a manifestarse para pedir algo que antes nos parecía tan básico como calefacción en las clases.
 Tal vez sus padres no tenían el dinero para mandarla a un colegio privado y religioso, donde además le lavaran el cerebro; de ser así ahora estaría en casa, ajena a todo, consumiendo televisión con una actitud bovina.
Pero ahuyenta el miedo y se planta delante de los cascos y los palos. Algunos gritan con las manos en alto, esgrimiendo como arma sus manos desnudas, otros incluso alzan libros, como amaprádose en el poder de las palabras contra la brutalidad.
Y te das cuenta de la lección imborrable que esos chicos están dando, esa grandeza de pundonr y  que te hace sentirte orgulloso aún de la gente que habita tan desdichada tierra. Y aunque las cosas pintan muy mal para la maltratada España, siempre hay algo que nos salva entre el lodo, no hay más que mirar cualquiera de las fotos de esa chica (todas las chicas y chicos que hay) y ver su valentía ante el desastre. Porque las porras podrán magullar su cuerpo, pero nunca debilitarán su espíritu.

5 de febrero de 2012

Una historia de violencia



La historia ocurrió hace veinticinco años, y levantó mucha polvareda en su momento, además de hacer corres ríos de tinta impresa y dar que hablar durante mucho tiempo al concejo. Todavía debe de andar por las hemerotecas, y en mi tierra los más viejos que yo la recordarán, por eso hoy la quiero rescatar, pues es digna de ser contada y refleja bastante bien lo que somos, con sus tintes de negrura y morbo.
Luis de Alamo tenía 46 tacos y era picoleto de tráfico en el destacamento de Luarca, en Asturias. Llevaba una vida ejemplar, un currante más de esos anónimos, casado desde hacía más de dos décadas con su mujer Constantina y padre de dos chicas adolescentes fruto de su sagrada unión. En 1985 llegó al concejo un nuevo párroco que respondía al nombre de Antidio (tuvieron los huevos bien puestos los progenitores, sin duda), treinteañero joven y entusiasta de esos que se hacen cargo de una comunidad pequeñita y se entrega con cristiana caridad a la consagración de los vecinos.

El caso es que a Luis le parecía que su parienta le ponía ojitos al nuevo siervo de Dios, y veía con inquietud la nueva amistad surgida entre ambos, pero la mujer, en lo suyo “tú deliras Luisín, no te me pongas tonto por mi labor de ayuda al lado del Padre Antidio, etc, etc”. Pese a todo, nuestro amigo empezaba a albergar alguna que otra duda, ese automático de desconfianza que salta cuando una mujer dice que no pasa nada pero se observan señales sospechosas.
En esa misma época Constantina abrió una pequeña boutique, y con la excusa de provisionarse de ropa se fue a Madrid, alquilando habitación en un hostal.
Luis, que tonto del todo no era, comprobó que ese mismo fin de semana tampoco estaba Antidio por Luarca. Una llamada de teléfono a la recepción sirvió para atar cabos. Mismo hostal, misma reserva.
Tras esto, Luis llamó al destacamento, habló con sus superiores y dijo que se encontraba mal, totalmente indispuesto, y que por favor, lo relevaran.
Cogió el coche y se puso camino de Madrid. Hizo todo el viaje hasta la capital como podemos imaginar, echo un mar de nervios y de desesperación, a punto de enajenar, el pobre. Allí se presentó hasta en el pasillo, y fue la fortuna que vio en ese mismo momento salir descamisado al bueno de Antidio, de una de las habitaciones donde le había dado a su mujer las suyas y las de un bombero. Y Luis, que se encontraba un poco falto de delicadeza, sacó el arma reglamentaria y sin decir esta boca es mía le metió un balazo al cura, que no tuvo tiempo ni para pedir la confesión.
Los policías de la Comisaria de Sol lo detuvieron sin que el marido cornudo opusiera resistencia, sólo con una mueca de resignación, esto es lo que hay agentes, ahí está el cura, sí, el del suelo hecho un Eccehomo. Por supuesto, fuentes eclesiales manifestaron a la prensa que el sacerdote llevaba una vida ejemplar (supongo que no tuvieron en cuenta lo de beneficiarse a la esposa de un feligrés)
La Audiencia Provincial lo condenó a dos años de prisión, de los que cumplió únicamente un año y medio que le debieron de parecer unas vacaciones, antes de salir en libertad condicional, imagino, más a gusto que en brazos.

Viene la historia a cuento de que uno puede llegar a desarrollar cierta empatía por los humillados y los hermosos vencidos, por el hombre que en un arrebato de dignidad y coraje le aprieta las tuercas al aprovechado de turno. Y así lo entendió la Justicia, aplicándole a Luis una pena ridícula. Lo pienso ante la noticia de que el Instituto de Criminología de Baja Sajonia desarrollará una investigación de los archivos de la Iglesia Católica en Alemania para estudiar los casos de abusos sexuales acontecidos desde 1945. Porque ya llovió. Tarde, como siempre, pero al menos puede evitar que uno de esos niños hoy adultos haga un pequeño acto de desquite y busque a su violador para cerrar deudas.
¿Y quién puede poner en duda el derecho moral a ir a uno de esos torturadores de la inocencia y de la vida y meterle un tajo desde detrás de la oreja hasta la nuez, o simplemente inflarlo a hostias con benevolente piedad? Es admirable que alguien que haya pasado por un hecho semejante no reclame la justicia por su mano, hola padre, muy buenas, ¿se acuerda de mí? Aquí le traigo a mi amiga la 38, pum pum, y angelitos al cielo. Y es que, cuando se trata de ajustar cuentas, algunos delitos nunca prescriben en las entrañas de los que lo padecieron.

En Estados Unidos, un país enorme y de grandes contrastes, tuvieron el lujo de tener entre sus ciudadanos a la inimitable Ayn Rad y tiene bastante pegada el auténticamente genial, honesto y brillante británico Richard Dawkins. Sin embargo, un amplio sector lleva doscientos años negando a Darwin y se debate de forma intensa el enseñar creacionismo en las escuelas, mezclando el tocino con la velocidad, oponiéndose a cualquier despunte del progreso y la razón, glorificando la estupidez, preservando a  nuevas generaciones en la incultura, la ignorancia y el miedo.
Hay un pieza, Gerhard Wagner, que está en contra de que las mujeres vistan pantalones o que estudien en la Universidad, y que Ratinzger ascendió a Obispo al poco tiempo de que dijera que el Huracán ‘Katrina’ que devastó Nueva Orleans respondía a un castigo de Dios por las prácticas inmorales que se practican en la ciudad. Y aún siento perplejidad de que ninguno de los miles de afectados por la tragedia, algunos de los que lo perdieron todo (y precisamente por eso) no buscaran al fulano de marras para morderle la yugular. Que le dieran hasta en la partida de nacimiento, al hijo de la gran puta.
Pero nunca pasa nada, un tipo de esos dice un barbaridad, por encima de los cadáveres, de la devastación y de la tragedia, y los mandamases de la Iglesia se encogen de hombros como diciendo “qué travieso nos ha salido nuestro cachorro, vamos a ascenderle y aquí paz y después gloria”. Y a las víctimas del Sida a las que les dijeron que ponerse preservativo era malo, pecado, caca, y que el demonio lo ve todo, o a los desalojados del Katrina, a los niños violados y las adolescentes que tienen que abortar en la clandestinidad poniendo en riesgo su vida, no las vayan a excomulgar, que les vayan dando.

Pero nunca se sabe por dónde pueden salir las víctimas, el herido. El empuje de la desesperación y la honestidad humana, el deseo de verse en paz con uno mismo , con su pasado y sus verdugos. A lo mejor llega el día en que alguien hace un viaje en coche con un destino fijo, una idea en la mirada y una pistola en la guantera.

26 de enero de 2012

Sobre mares y capitanes


Yo me crié con historias de mar, con brisa de oleaje en el rostro y mirando fotos de barcos en los que mi padre, marino de carrera con título de Capitán, había surcado los océanos; escuchando anécdotas de noches de tormenta que hacían temblar al oficial más duro del puente o el castillo de proa, cuando se jugaban la vida en cubierta y anécdotas de estachas asesinas; cuando se utilizaba el sextante (no existía entonces el GPS ni otras tecnologías modernas actuales ) pieza fundamental para efectuar los cálculos astronómicos de Navegación, obtener la posición en la carta y posteriormente fijar el rumbo en función de esta última situación. A utilizar las estrellas como referente:  en el hemisferio Norte la referencia podía ser la Osa Mayor  (Alioth, Mizar y Alkaid, que prolongando la enfilación llegabas a la Polar),  y en el Hemisferio Sur la Cruz del Sur (con Acrux , Gacrux  y Mimosa) resplandeciendo en todo el firmamento. Y es que, hasta hace muy pocas décadas, las técnicas de navegación no distaban mucho de las que utilizaron Colón, Erik el Rojo, William Bligh o Nelson.
Atendí a explicaciones sobre el Fuego de San Telmo, de aletas de tiburones a babor o leyendas de buques fantasma  a la altura del cabo de Buena Esperanza, de noches de un silencio y una oscuridad sobrecogedoras, sin nada más a la vista en millas a la redonda que el navío en el que estabas.
Y entre aquella tripulación había oficiales beodos o marineros puteros que esperaban el atraque del barco para ir al primer burdel nada más arribar tierra. Pero eran marineros duros y honrados que sabían cuál era su trabajo a bordo y sabían cumplirlo, desempeñados siempre leales a una cadena de mando que iba desde el Capitán hasta el marmitón. Marineros de verdad, añejos, trabajadores y curtidos, que aún existen y no tienen nada que ver con estos gilipollas actuales de pijolandia que van al yate de lujo o velero de turno con los zapatos náuticos y vestidos de camisa, como si fueran a un cocktail del club de regatas.

Y pasé muchos veranos y algunos inviernos en un pueblo de la costa cantábrica, mirando ese oleaje sereno de los días de agosto y el color oscuro, agresivo y sombrío que adopta en invierno. Aprendiendo a analizar las mareas y comprender su influencia en las costas o cuándo era mejor para ir a coger marisco en los pedreros, siempre con un ojo atento a la Guardia Civil del SEPRONA.
Jugando a la vera de esa orilla a naufragios y piratas, mirando la extensión de agua infinita y soñando con navegar más allá de la línea del horizonte para anclar en puertos extranjeros donde esperarían mujeres de largos vestidos y labios eternos. Porque en aquella época y aquellos veranos los niños queríamos ser oficiales, corsarios o marineros de la Bounty, nadie declaraba añorar ser futbolista o tertuliano de Sálvame.
Mirando con respeto reverencial a viejos pescadores que permanecían impasibles y pacientes tardes enteras con la vista muy lejos de allí, chupando un cigarrillo y echando ojeadas a su caña inmóvil. Llegué a tener la certeza de que la captura era lo de menos, lo importante era estar sentado cerca de la mar, a la intemperie de esa brisa y ese olor únicos, cuando todo lo de tierra adentro te resulta entonces muy ajeno.
Y fuimos niños dando brincos entusiastas por entre las ruinas de un viejo embarcadero, buscando acantilados desde los que saltar al agua, pero conocedores siempre de la profundidad y las rocas del fondo, con seguridad de veterano, evitando las peñas en las que poder encallar…
Ahora, muchas veces, esa vasta extensión de agua marina ingobernable es el reflejo de mi infancia perdida.
También aprendí, con esas historias paternas y mi intuición, que el mar es una bonita y dura metáfora de la vida, porque es un peligro y una promesa, donde muchas cosas empiezan y otras terminan, y siempre hay un momento en el que atraviesas tu particular línea de sombra, con el beneplácito de la memoria sabia como los siglos y de los espectros de viejos marinos.
Como cualquier aficionado a los barcos y a la lectura que se precie, me calzé los imprescindibles: Patrick O'Brian, Conrad, las novelas Moby Dick (cuya adaptación al cine de John Huston tiene carácter de mito para mí), Los trabajadores del mar de Víctor Hugo y Rebelión a bordo. Incuso novelas interesantes de Pérez-Reverte como La carta esférica o Cabo Trafalgar forman parte de la biblioteca.
Con semejante bagaje y esos antecedentes marineros, es comprensible que me sienta, como cualquier navegante lúcido, asqueado por el impresentable del capitán Schettino y su ruindad como oficial de mayor rango. Porque ante un naufragio o situación de peligro la máxima autoridad dentro de un barco debe ser el comandante y el baluarte de la sangre fría y el temple, asistir las tareas de evacuación y salvamento, asumir errores y remendar, ser el último en abandonar la nave; y en última instancia, un capitán se hunde con su buque si es necesario. Sin reglas, sin honor, tanto en alta mar como en la vida, nada tiene sentido. 
Es indignante la poca vergüenza y la vileza del primer mando del Costa Concordia, la manera ratera de huir, el desamparo de los pasajeros al abandonar un mando que, pese a todo, era suyo. Y la condena de Schettino no reside tanto en la sentencia que aplique la justicia como en la vergüenza como dueño de unos galones, esa marca indeleble que tendrá siempre, porque se pueden ser muchas cosas en este mundo, pero en la mar, nunca un cobarde.

5 de enero de 2012

El regalo de lo impreso




Esta tarde me ha llamado la atención, de forma agradable, ver una librería del centro de Oviedo llena a rebosar. Claro que, evidentemente, es semana de Reyes y también estaban atestadas de gente las tiendas de ropa, las perfumerías  y las grandes marcas comerciales. Apuesto a que igual que lo estaban las zonas de las superficies destinadas a la venta de ibuks y demás mierdas electrónicas...
Pero no es la generalidad, ni la forma, si no el fondo. El comprobar cómo aún se siguen regalando y comprando libros de manera acuciante, que las trabajadoras no daban a basto a envolver las últimas novedades y algunos clásicos de siempre, para llevar algo de sensatez y lectura a muchos hogares, en un país donde las audiencias televisivas, las pasiones futboleras o nacionalistas, la educación y los políticos que votamos muestran que es abiertamente analfabeto. Y sin embargo, trabaja en esa librería una amiga con la que siempre hablo un buen rato cuando paso por allí, y hoy apenas pudo atenderme ante la cantidad desbordante de clientes.
Uno se siente cómodo en ese ambiente de consumismo literario, pensando que la persona que el día seis reciba su regalo probablemente sea de esa especie que aún venera los libros, que los coloca cuidadosamente con mimo en su rincón, ordenados por autores, y dejan marcas en ellos (a lápiz, un pedazo de papel...) para recordar una frase, un pasaje que les dice algo, o muestra una luz en medio de la oscuridad.
Había algunos que simplemente llegaban, preguntaban por un título en concreto, para que otro lo buscara por ellos, lo compraban y se iban; pero también aquellos que se daban una vuelta despacio, comprobando nuevas ediciones de sus libros preferidos, el curioso orden para clasificar las novedades o el precio de gangas de bolsillo. De esa clase de personas que el resto del año te las encuentras en las librerías con un brillo extraño en los ojos, mientras pasean la vista entre las estanterías o miran con interés un ejemplar deseado.
Del tipo de inviduos que observan con curiosidad un tomo en la biblioteca de casa, reconociéndolo, pensando que está al caer otro visionado, que ya va siendo hora, y así poder descubrir cosas nuevas, diferentes aspectos a cuando eran otra persona e interpretaban aquel libro a la luz de su propia vida, de sus experiencias.
Libros que se compran porque los leíste hace tiempo pero nunca fueron de tu propiedad, y quieres tenerlos en tu entorno, que pasen a formar parte de tu biblioteca y tu legado.
Hace poco gasté bastante dinero llevando a mi casa a viejos conocidos. Yo era todavía un colegial cuando descubrí en una biblioteca de instituto a Ferdinand Bardamu e iniciamos juntos un viaje al fin de la noche, o cuando Humbert Humbert me hacía estremecer con aquella sexualidad oscura y perturbadora.
Soy de los que piensan que determinadas historias de tinta forman parte tanto de nosotros como lo vivido, nuestro propio documento de identidad, y no pocos personajes de ficción jugaron un papel en nuestras vidas mucho más importante que el de algunas personas reales, además de la influencia que han tenido en la existencia, el poso lúcido o áspero que dejaron, la forma de ver las cosas o encarar un acontecimiento, las noches que hicieron que nos fuéramos a dormir descompuestos y amargos; y entonces conocemos a una mujer, o a un hombre, y pensamos "ésta se parece a aquella chica que yo soñé entre líneas, o que una noche imaginé para unos de mis relatos", y comprobamos que la realidad puede ser más bonita, cruel, fascinante y gallarda que cualquiera de las novelas.
Y nos enamoramos, y la vigencia de los libros y el amor pasional duermen a nuestro lado. O no tenemos esa suerte, y en nuestra condición humana siguen reinando el fracaso y la desolación, buscando entre las tapas esos héroes imperfectos entre los maestros de lo sórdido.
De cualquiera de las maneras, y es gratificante, no son pocas las personas que, cuando la luna se alza fría y distante en el cielo, pernoctan entregadas a esperanzadores sueños de papel.

3 de octubre de 2011

De arrugas y coraje



Estoy preocupado porque me dicen, cuando llamo por teléfono, que últimamente no tiene demasiadas ganas de hacer cosas, que para lo que le queda, y después de pasarse la vida trabajando, prefiere descansar, casi dejarse llevar. Y eso me produce enorme angustia si viene de alguien que gozó siempre de una extraordinaria vitalidad y una sustancial sinceridad para llamar a las cosas por su nombre.

Mi abuelo pertenece a esa añeja clase de asturiano sencillo, honrado y duro. De cuando se nacía y se moría en casa.
Cuando voy a pasear con él por los senderos tranquilos de la costa en la que ambos nos criamos me gusta imaginar tiempos perdidos entre sus gestos y palabras. Tiene la piel morena curtida como si fuera cuero viejo y unas grandes manos ásperas que aún pueden descoyuntar una tierra rebelde. Y vamos caminando a la brisa de ese mar que tantas vidas ha visto pasar o se ha llevado, en el que él posa sus ojos mientras habla de anécdotas que parecen tan lejanas, y de vez en cuando se detiene y observa absorto un rompeolas o una franja de tierra en el horizonte, con la mirada callada, pensando tal ve en un acontecimiento escondido en la memoria, o buscando una explicación de algo ocurrido hace demasiado tiempo.

No pudo permitirse una educación superior en aquella España oscura y triste de necesidades y trabajo precario, pero, aunque nunca haya pisado una biblioteca, tiene esa sabiduría innata que uno admira y de la que se aprende en silencio respetuoso, ese conocimiento que no se adquiere en los libros y sin embargo responde a una ancestral y sabia lucidez que aporta haber vareado las crestas de 82 inviernos y ser uno de los supervivientes de otra época, de los años del miedo y el silencio, cuando había que tener mucho cuidado de lo que se hablaba en casa, no sea que estuviera cerca algún somatén o un vecino cabrón que te denunciara a la Guardia Civil y entonces te inflaban a hostias. Porque en los pueblos todos se conocían y todos habían visto a vecinos acabar con sus huesos en una celda o ser sacados de sus camas al amanecer para pasar a formar parte de una fosa común. Lo único que hacía falta era un chivato que te señalara. Y desde siempre hubo miserables dispuestos a apuntar con el dedo en la mezquina y beata España profunda.

Basta con tender bien la oreja a lo que los mayores tienen que contar, cuando hablan entre arenas de tiempo, para saber que entre sus recuerdos difusos de lóngeva intensidad está la verdadera memoria histórica, que su lucha anónima por sobrevivir y además hacerlo con dignidad es la de tantos otros, ancianos valerosos y sabios de gesto sereno que te aún te pueden partir la crisma si se te ocurre hacerte el gracioso y soltar esa infamia de: “Con Franco se vivía mejor”.

Aquellos hombres y mujeres del entorno rural o industrial para los que sus manos y su coraje eran el sustento vital, y que de verdad sabían lo que era echarle a la vida un par de cojones.                            
Mi abuelo, junto con su mujer, con la que lleva más de medio siglo (se dice pronto, así, de corrido) sacó adelante una casa, unas cuadras y unas tierras regadas a menudo con sudor o sangre, y ambos dieron sus mejores años para que sus hijos fueran al colegio y a la Universidad, para que tuvieran la oportunidades que ellos no pudieron tener porque resulta que había que sobrevivir, con la fe en sí mismos como única fe y  el coraje y una reposada resignación como aval para comer a diario.

Recuerdo cómo de niño me hablaba sin concesiones, con el cariño que esconde la dureza. Esa rigidez autoritaria de los labradores, capaz de bajar a todos los santos del cielo en blasfemias rápidas y contundentes porque te habías equivocado en la herramienta del campo que te reclamó, y en vez de la pala de pinchos le llevaba la fesoria.

Le vi matar animales por pura cuestión funcional, con ese sentido práctico de la gente campesina, para los que lanzar al río una cesta de gatos recién nacidos significa unas bocas menos que alimentar, aunque sean las de unos felinos; o cortar de un hachazo la cabeza de una gallina por la mañana conlleva comer pollo asado al mediodía.
Ahora se conforma con disfrutar de una botella de sidra en las comidas y que los fines de semana vaya la familia a verle, y que, encima, le manden salir fuera de casa los domingos cuando quiere fumarse un puro.

Con estas líneas únicamente brindo mi pequeño homenaje a él y a todos los abuelos, en una época de valores de usar y tirar donde se impone la fugacidad de las cosas y nada permanece, donde habitamos como si fuéramos a estar aquí para siempre o hubiéramos inventado el mundo, bobos seguidores de modas técnicas y elementales, alimentando una anemia cultural, absortos creyendo que nunca vamos a envejecer, sin pararnos a recapacitar que no somos gran cosa y que probablemente no tenemos más voz que la voz que ellos tuvieron. A esos abuelos que sustentan en las arrugas de sus ojos cansados las huellas de nuestro pasado, que se debe conocer y valorar, aquellas generaciones que supieron lo que es pelear de verdad por cada eslabón de la vida y aprendieron a pesarla por lo que cuesta, y ahora encienden un puro y rodeados de sus recuerdos miran hacia el mar en silencio, buscando la serenidad para el último tramo.
 

31 de enero de 2011

La España que nos parió

Veo a mi padre levantarse a las 7 de la mañana y soñoliento ponerse el traje, afeitarse, desayunar mientras escucha las noticias por la radio. Aún no ha terminado de amanecer y ya se prepara para ir a la oficina. Día tras día, año tras año. También mi madre limpia ya la casa y prepara las comidas del día. También tendrá que ir a trabajar. Y llegará a casa agotada y se enfrentará a los problemas domésticos cotidianos, buscará un rato en el sofá frente al televisor para descansar. Y se irá a dormir. Mañana será igual. Como los panaderos que trasnochan para hacer el pan, los taxistas que recorren la ciudad, las dependientas de las tiendas, los pequeños comerciantes, los albañiles, el agricultor, los becarios y los carpinteros. En esta España trabajadora y de desigualdades pronunciadas, trabajan para poder llevarse un pan a la boca, para pagar los impuestos, para pagar los sueldos de los políticos y para que en la Iglesia los obispos vivan como curas. La misma España exprimida históricamente por reyes y papas, los mismos campesinos sorianos que debían pagar el diezmo y los ciudadanos a los que mandaban a morir a países extranjeros y a defender la corona que nada les daba y a la que nada debían. El mismo pueblo que con su sangre forjó un imperio, y que se enfrentó a los franceses, y los que cruzaron los pirineos o el Atlántico cuando la victoria del fascismo sacudió España. Los que se quedaron se enfrentaron a hambre y miseria, forjados en el racionamiento y sobreviviendo en un país en blanco y negro. Luchadores.
Ahora se deberá trabajar más años para tener un digno retiro, pero se seguirán pagando a los consejeros de los cargos públicos, sus coches oficiales, sus traductores simultáneos, sus miembros y miembras, las competencias de las autonomías en el egoísmo nacionalista, los trajes, la corrupción, la obsoleta monarquía. Es la historia de nuestra nación. Curtidos y nobles, ganando con el sudor de la frente el salario, legañas en los ojos, rabia en los corazones. De vez en cuando la olla estalla y se pasan a cuchillos a unos cuantos sujetos necesarios. Es la nación de los chorizos, los sinvergüenzas y que aplaude la masacre de animales en plazas. Y el pueblo es el pueblo y siempre existirán clases, se tendrá que mantener a un rey y a toda su familia, se pagarán ministerios inservibles, irán a morir los soldados a tierras extrañas en guerras a la que nadie nos llamó. Pero una vez nos metieron de lleno en ella y llegó la muerte a Madrid. Y los que murieron en los trenes fueron estudiantes, trabajadores, amas de casa. Y cuando ETA apunta a la nuca lo hace a la de un guardia civil que sacó una oposición como medio para ganarse la vida, la bomba lapa va dirigida a un policía nacional que tiene un sueldo mediocre y un trabajo duro, o a un político de un pueblo que desea vivir en libertad.
De un lado u otro se exprime a las gentes de España, que siguen tirando con lo que tienen, con la esperanza en el horizonte, aunque la crisis la hayan creado los tiburones de las finanzas, los que juegan con el dinero ajeno, los que siempre viajan en primera, los políticos que siempren tienen vacaciones en verano. Los comericos tienen que cerrar, los trabajadores son despedidos de sus puestos, pero los bancos siguen ganando dinero, el Estado acude a su rescate, se mantienen los intereses. Y el Estado de bienestar está siempre en entredicho para los de mitad para abajo de la pirámide, se intenta moralizar a la población con creencias absurdas y lecciones retrógradas, se persigue la libertad sexual, se embrutece a la gente mediante la infame televisión.
Y, con todo lo que ello significa, se lleva el combate en la sangre y a España en la cabeza en cada país donde huye un español, donde busca su prosperidad, donde crecerán sus hijos y sus ilusiones. Uno puede dejar su tierra o pelear en ela. En ambos casos, tenemos la marca de las virtudes y las miserias, no hay que olvidar lo que fuimos y lo que somos, hijos de la España que nos parió.

13 de julio de 2010

Euforias


Cada uno se corre con lo que quiere, faltaría más. Hay quien encuentra sensaciones opiáceas en escuchar música tirado en el sofá y personas a los que les relaja sentarse delante de la tele a consumir heces “porque le entretiene”. Los hay a los que se le pone dura conduciendo un coche a 180 por hora, justo antes de dejar los sesos en la calzada, y a quien gusta de ataviarse con un capuchón en la cabeza o autoflagelarse en la semana santa. Conozco individuos a los que les apasiona el cine y otros a los que les gusta echarle salchichas a la paella, igual que a unos tenemos de referente femenino a Claudia Cardinale y otros a Belén Esteban.
Que el fútbol sirva de distracción, afición o entretenimiento pasajero está bien y es hasta razonable y comprensible, de la misma forma que puede servir de distracción hacer crucigramas, encajes de bolillos o ver pasar la migración de las golondrinas. También es beneficioso creer en el símbolo común de un país históricamente miserable y ahora lo representan una generación de jóvenes que han nacido en (relativa) libertad y en democracia, que en el fondo nos unen más cosas de las que nos separan , etc, etc…pero esas euforias desmedidas e inexplicables exaltaciones patrióticas, gentes al borde del infarto o del colapso, llegan a dar un pelín de vergüenza ajena, si no fuera porque me parece hasta bonito que exista pluralidad, que pueda haber multitudes despelotadas en su sueño de una noche de verano mientras otros sigan a sus cosas, indiferentes y ajenos a todo. Me gusta una sociedad de contrastes, que cada uno tenga las aficiones o fobias que le venga en gana, siempre que no sean a costa de fastidiar al prójimo.

Sin embargo mosquea un poco constatar que el tinglao pueda servir de cortina de humo, que venga muy bien a un puñado de interesados políticos inútiles; ver cómo la mayoría del personal prioriza de forma llamativa y busca excusas para proyectar sus problemas y su propia vida en éxitos ajenos y tener el deseo de poder vibrar identificándose con algo, y así sentirse un poquito mejor o formar parte de un común triunfador. Me pregunto cuáles serán las reacciones el día que les ocurra algo de verdad trascendental para su vida o su destino, también cuántas de esas personas radiantes de felicidad y ebrias de entusiasmo y fútbol estarán en el paro, lo tengan fastidiado para ajustar su economía y su entorno familiar, o su pareja les ponga unos cuernos como los de un ñu.
La llegada multitudinaria y el desfile de la selección por las calles de Madrid recordaba mucho aquel Charlton Heston regresando triunfante a Roma con Quinto Arrio en ‘Ben-Hur’, para ser recibidos por el emperador y agasajados por esa plebe radiante de pan y circo. Aquellos emperadores de entonces eran considerados un dios más de una sociedad politeísta, y tenían esfinges y retratos a cascoporro.
Me alegro, claro, pero no va más allá de una anécdota. Me vino bien para justificarme a mí mismo salir un domingo noche, entrando, lo reconozco, un poquito al juego; y hoy ser dos aquí escribiendo, mi resaca y yo. También constaté in situ esas reacciones y euforias de las que hablo y que dan pie a la reflexión.
Creo que tengo el deber de escribir lo evidente y que parece evitarse porque resulte cruel o es mejor vivir en la anestesia de los sueños mientras duren: Se volverá a la normalidad una vez pasado el temporal; es decir, no cambiará el lamentable estado de las cosas.

28 de mayo de 2010

¿Qué pensaban?

Poco se puede hacer, pero si lo escribo al menos me quedo a gusto, me siento menos embarrado y menos cómplice silencioso; ciertamente liberado de vomitar un poco encima de todo esto y no estar con las anteojeras puestas.

Cuidado que vienen los sustos. El sistema es el sistema, ¿qué se esperaba? ¿Quién imaginaban ustedes que iban a pagar los platos rotos de la codicia, el descontrol y el ansia de dinero, del neoliberalismo económico salvaje? Cuando comenzaba la crisis, cuando el ruin espejismo de la bonanza empezó a flaquear y agrietarse, los jefazos y líderes del mundo salieron hablando de medidas hasta entonces nunca planteadas: tasa para las transacciones especulativas, meter mano a los paraísos fiscales, regularización del devorador sistema financiero, poner límites a las primas y los sueldos de los altos ejecutivos bancarios o empresariales... Y al final todo se quedó en nada, para aquellos ingenuos que se lo creyeron. Lo que llegó ya lo sabemos y lo padecemos, los ajustes estructurales se hicieron sobre aquellos que menos tenían que ver con el origen de la crisis y que sólo vivían asustados ante lo que se les venía encima: mordiscos a los sueldos de los funcionarios, reformas laborales, tijeretazos en las políticas de protección social, en pensiones... es la misma vieja historia. Pero no se ataja con contundencia a los que tienen el poder y la capacidad de influencia: a las intocables y omnipresentes agencias de 'rating' y su siniestro 'club de la triple A', a la Iglesia (pobrecitos, qué mal están de dinero, sólo reciben una dotación anual de 253 millones de euros del Estado, habrá que ayudarles en la declaración de la renta, igual no tienen para pagar su soberanía en CajaSur o los sueldos de los periodistas de la COPE), los desmanes de los bancos a los que siempre hay que acudir a su rescate (aunque a los países pobres no se les perdone un duro de deuda externa) o el altísimo presupuesto de una monarquía anacrónica.
Pero los que pagan el pato son los de siempre, el ciudadanito de a pie. Personas a la calle, tijera va y tijera viene hacia todo lo necesario y que tiene verdadero valor, incrédulos víctimas de una casta política inoperante e incapaz, de esa que convierte el Senado en un gallinero, reflejo de la España más cañí.

Y si usted es una persona medianamente informada, sabrá ampliamente que esa Iglesia avariciosa que intenta manipular sus sentimientos con palabras bonitas traralí traralá y suéltame la guita, es en sus tentáculos universales dueña o accionista de al menos ocho bancos en Italia, con amplias inversiones en la General Motors, en el casino de Montecarlo, en IBM, en Shell, en Fiat, en Gulf Oil y un sinfín de empresas, entidades y, resumiendo: de poder y dinero a mansalva pero que sigue necesitando el de los tontos de turno para perpetuar su imperio. Criaturas mías. Inocentes, hipócritas, malvados o simplemete idiotas.

Y es que, sinceramente, en parte nos lo merecemos. La que está cayendo, digo. Más que nada por vivir en el cuento de Bambi, y caperucita roja y su abuela y la madre que los trajo. Un país (de mierda para ser exactos) donde un alarmante número de personas está prioritariamente pendiente del fútbol, de si viene tal y cual entrenador y manejando en sus conversaciones cifras exorbitantes de millones por no sé qué fichaje (40 millones de euros, 100 millones de euros…) aunque luego su sueldo sea nimio; un agradable lugar donde el periódico más vendido es el Marca y el interés del personal por los temas relevantes es prácticamente nulo; más pendientes de si hay o no tetas en el paraíso o del modelito de Letizia, ¡guapa!, y de quién ronda por la noche la cama del vecino.
Se ha vivido de espaldas a la realidad toda la puñetera vida, preocupados de las cosas más banales y manejando una cultura de biberón; sin saber qué coño se cocía en el mundo, en la sociedad, cómo funcionaba esta casa de putas. Y entonces cuando vienen las hostias se echan las manos a la cabeza.

23 de septiembre de 2009

Pasión cine



En la historia del cine existen algunos de los grandes momentos y escenas que hacen que llore, que se me pongan los bellos de punta, que me sienta absorto y cautivado por el arte, por sentimientos que van más allá de la pantalla y que se instalan en mi memoria, alimentando el alma, disfrutando o conmoviéndome, que marcan perdurablemente mi vida; para admirar ese gran descubrimiento que me acompaña y que de cierta manera ha influido en mí. Por ejemplo:
'Los olvidados' que retrató Buñuel sin una oportunidad para salir adelante; la persecución entre Orson Welles y Joseph Cotten por las alcantarillas de Viena; Henry Fonda descubriendo trágicamente que 'Sólo se vive una vez' ; las manos amputadas de Harold Russell que le impiden acariciar el pelo de su novia, apunto de enfrentarse quizás a los mejores años de sus vidas.
El sufrimiento interior reflejado en el rostro de una Romy Schneider al borde del abismo y su desesperada declaración de amor a Fabio Testi; el monólogo de Marlon Brando ante el cadáver de su mujer en 'El último tango en París'; la caminata final de Pike Bishop y los suyos; la melodía que emerge de los labios de esa prisionera alemana y que hace emocionarse a unos embrutecidos soldados en 'Senderos de Gloria'; el mejor vals jamás filmado y el último del príncipe de Salina en su ocaso, antes de evocar una estrella perdida y desaparecer entre las sombras; la última canción que entona Björk en 'Bailar en la oscuridad'; la conversación en el desfiladero entre Burt Lancaster y Jack Palance sabiendo que hay siempre algo por lo que luchar aunque la batalla esté pérdida; la resignación reflejada en el rostro de Sterling Hayden ante las fatalidades de su 'Atraco perfecto'.
“Miénteme, dime que me has esperado todos estos años”; el pequeño Brandon De Wilde gritando: “vuelve Shane vuelve” a un Alan Ladd sin redención y sin futuro; la puerta que se cierra dejando fuera de plano y del mundo a Ethan Edwars; la amistad que un oficial ruso encuentra en el inmensamente humano y conmovedor Dersu Uzala; Cary Grant mirando el cuadro que compró Deborah Kerr y comprendiéndolo todo; Nino Manfredi ejerciendo desesperada resistencia y siendo arrastrado a que lleve a cabo la ejecución; todo lo que Ben Johnson le dice en el lago a Jeff Bridges y Timothy Bottoms en 'The last picture show'; Gregory Peck condenando a su asesino a su mismo destino en 'El pistolero'; la flores de cactus sobre la tumba de Tom Doniphon en 'El hombre que mató a Liberty Valance'; Newman negándose a descolgar el telefóno en 'Veredicto final'; la última partida de Eddie Felson; el final de 'El apartamento'; James Cagney muriendo sobre los escalones en 'Los violentos años veinte'; la nieve que cae lánguidamente en todo el universo como en el descenso de su último final; Robert Mitchum convirtiendo en algo hermoso e inaplazable la barbaridad de cortarse un dedo; la última media hora de 'Million Dollar Baby'; Gene Hackman en soledad tocando el saxo en la casa que se le derrumba; las lágrimas mezcladas con la lluvia de un maduro y envejecido Eastwood por ver marchar a esa certeza que sólo se presenta una vez en la vida.

4 de septiembre de 2009

Pobre España



El 3 de septiembre de 1939, hace 70 años, Gran Bretaña y Francia declaraban la guerra a la Alemania de Hitler, tras la invasión de Polonia y previamente de Austria, Renania, parte de Lituania y los Sudetes, dando inicio así a la II Guerra Mundial. Por aquél entonces el inicio de la guerra era el resultado esperado del ascenso de los fascismos en Europa, que habían tenido su antecesor en España, cuya democracia había sido destruida por Franco. El caudillo se frotaba las manos con esta iniciativa germana e italiana de dar palos por doquier para instalar regímenes totalitarios y adoptaba las posturas ideológicas de estas dos potencias, entablando amistad con sus dos líderes aunque no se encontraba en disposición de entrar en la contienda. Pese a todo, un grupo de voluntarios españoles, conocidos como La división azul, se alistó con los nazis para participar en el frente ruso. Antes nuestro país ya había sufrido el azote del nazismo con la participación abierta de tropas fascistas italianas a favor de los nacionales y la destrucción de Guernica por la aviación Nazi.
Cuando las cosas resultaron desfavorables para los países del eje, Franco cambió de sistema y pasó de una ideología abiertamente fascista a centrar su política en el nacional catolicismo y el anti-comunismo, y así ganarse la simpatía de otros países que, como Estados unidos, luchaban contra el comunismo.
Por eso, desaprovechada la oportunidad de derrocar al régimen español también tras la derrota del fascismo, Eisenhower viajó a España para verse con el Generalísimo y estrechar lazos. De esta manera nos convertíamos en una dictadura poco problemática en el ámbito internacional y que pasaba prácticamente desapercibida, con el mundo librando la tensa batalla entre el bloque capitalista y el bloque soviético.
Tras la caída de la URSS, el mundo occidental siguió avanzando y ahí quedó la pobre España atrás, aislada, retraso que aún estamos pagando, con una dictadura absudra en plenos años 70. La libertas por fin llegó, las películas se vieron sin censura y los periódicos expresaban su opinión libremente, eran las primeras elecciones, y fueron a la vuelta de la esquina prácticamente, por eso nuestra democracia es tan débil y tan de risa. Eso que le debemos al caudillo, el honorable católico, uno de los mayores asesinos de la historia de nuestro país, que gobernó hasta que murió tras una larga agonía, dicen que ahogado en su propia sangre. Tal vez exista la justicia divina.

31 de agosto de 2009

Muerte



Conocí en un local de Oviedo una noche de fin de semana a un menudo chaval pelirrojo y pecoso de conversación exprés y lengua fácil. Contándome su vida en el espacio que queda entre una copa y otra, decía que su padre era muy rico, es decir, que le salía la pasta por las orejas, pero que en el momento que a su progenitor le comunicó la idea de no seguir estudiando, lo mandó derechito al ejército.
Ahora tembabla de arriba abajo como un corderillo asustado porque había sido destinado a Afganistán, y partía en poco tiempo. No se cortaba al reconocer que tenía los testiculos en el esofago, y que su pobre madre dormía fatal desde que supo la noticia.
El chaval tiene 17 años, y es uno más de la carne de cañón que ocupa la primera línea en las guerras desde que se profesionalizó el ejército. ¿Dónde está el origen de la bala o el misil que le espera en Afganistán? ¿De dónde proviene la bomba que puede que le siegue la vida? Hay que remontarse mucho más atrás, a la educación fanática de unos fundamentalistas religiosos que les han lavado el cerebro a conciencia. La cosa viene de siglos, pero el talibán que disparará a matar no sabe nada de este chico asturiano que aún no es ni mayor de edad, pero tiene la obligación y el deber moral de odiarlo.
Antes, a la hora de ser llamados a filas, las guerras no distinguian entre clases sociales ni políticas, pero desde que el ejército es la últimsa opción laboral de los más desfavorecidos o aquellos que no siguen adelante en sus estudios, se ha llenado de inmigrantes, de gentes sin recursos, de malos estudiantes, de chavales descarriados y de desesperados en busca de un empleo. Nadie que tenga otra alternativa elegiría ir a jugarse la vida a miles de kilómetros de su país contra un enemigo desconocido y extraño. Son estos los que vuelven a España en una caja de madera, los que mueren por una bandera que veneran los más fachas y causa indiferencia entre la gran mayoría, y son sus padres, desconsolados y rotos, los que reciben el pésame de los grandes políticos y presidentes, que gestionan la muerte desde sus despachos. En Estados Unidos también el ejército se ha llenado de carne de cañón, y ningún republicano extremista en sus cabales envía a un hijo al infierno de Irak. La muerte también entiende de clases.

Manifiesto por la cultura

6 de cada 10 españoles cobran menos de 1.100 euros al mes. El dato ha salido hoy. Por lo tanto pienso que a los ciudadanos, preocupados por sobrevivir, costosa tarea en los difíciles tiempos de hoy, poco los preocupará el cine, si ésta u otra película son buenas o las obras maestras que tenga en su historial un director muerto hace varios años. Es probable que con el agua al cuello y tratando en salvar el culo, no interesen los relatos de ficción ni las idas y venidas amorosas de un par de jóvenes irreales. Eso lo reflexiono mientras corroboro que muchos profesionales del periodismo trabajan duro y tiene la labor de hablar sobre cine, recopilar información, informar de estrenos, criticar las películas, sugerir libros o hablar de los próximos conciertos.
Creo que al ciudadano se la trae floja todo eso mientras subsiste con ese precario sueldo, si no será algo prescindible cuando el futuro es tan incierto, si habrá ganas y humor de sentarse a abordar este tipo de cosas. Pero resulta que los programas basura arrasan en las parrillas de la tele, que las señoras que casi no tienen para la pensión siguen haciendo de las revistas del corazón las más vendidas del país, y aunque los futbolistas cobren lo que toda una ciudad, el fútbol sigue siendo un deporte de masas, con lo que la definición ‘masa’ conlleva. Por lo tanto no veo mal que se le de cabida al arte y la cultura en tiempos de crisis. A decir verdad, siempre fue refugio para depresivos e insomnes, para melancólicos y bohemios, para los que buscan encontrar en un disco o en una película consuelo para su corazón roto, el recuerdo de una infancia olvidada o sumergirse entre las hojas de una perdición tan real como efímera. Por lo tanto reivindico la cultura para evadirse de los problemas, para escarbar en ellos o para liberarse del destino. Hoy más que nunca, las grandes obras pueden servir para ir tirando. Aunque una vez bajado el telón la realidad nos golpee, aunque después de los créditos finales no exista nada y tras la última página el escritor enmudezca. Al menos habremos disfrutado.