2 de septiembre de 2010

El azote internacional



Las esperanzas del mundo sobre el conflicto de Oriente Medio están puestas en la reunión que Barack Obama mantuvo con los líderes israelíes y palestinos. Es probable que no se termine la ocupación ilegal de territorios por parte de Israel, esos aprendices de Hitler en su afán colonialista, ni que los radicales en Palestina vayan a dejar las armas, pero parece que se están dando pasos importantes hacia la paz. Todo el mundo ha destacado lo positivo de la reunión y se muestra esperanzado en una solución al conflicto.
Salvo Aznar, claro. No le agrada ni lo más mínimo al díscolo popular la política exterior del presidente negro. Eso de la paz le patea la rabadilla, esos moros miserables. Harto de meter la pezuña en los asuntos nacionales, no se corta un pelo el chiquitín en diriguir sus dardos altamente venenosos hacia el líder supremo, el señor Obama, ya saben, el sucesor en el cargo de ese prodigio intelectual llamado George Bush, íntimo de nuestro rumbero ex presidente. Y Jose María “Critica el acercamiento del líder de Estados Unidos a los musulmanes”. La reunión es con Palestinos e Israelíes, pero no pasa nada, eso del diálogo le suena a coña marinera y lo de las cumbres bilaterales no lo acaba de entender Aznar, que se metió saltarín y pizpireto en la invasión de Irak sin preguntar al congreso y con todo el país en su contra. Tanta reunión y tanta leche de Obama, lo que hay que hacer es bombas y misiles a todo trapo y se acabó el asunto, todo ello acompañado por música de Wagner, en plan Apocalypse Now, y ya tenemos la erección asegurada de Aznar.
Es curioso como no termina de gustar a cierta parte del Partido Popular el presidente Obama, que ha hecho gestos significaivos para intentar resolver algunos de los problemas del mundo, sin embargo no hubo una sola palabra crítica contra Bush durante su mandato, cuya escalada bélica ponía palote a todo el mundo allá por Génova. Estos chicos de centro…

13 de julio de 2010

Euforias


Cada uno se corre con lo que quiere, faltaría más. Hay quien encuentra sensaciones opiáceas en escuchar música tirado en el sofá y personas a los que les relaja sentarse delante de la tele a consumir heces “porque le entretiene”. Los hay a los que se le pone dura conduciendo un coche a 180 por hora, justo antes de dejar los sesos en la calzada, y a quien gusta de ataviarse con un capuchón en la cabeza o autoflagelarse en la semana santa. Conozco individuos a los que les apasiona el cine y otros a los que les gusta echarle salchichas a la paella, igual que a unos tenemos de referente femenino a Claudia Cardinale y otros a Belén Esteban.
Que el fútbol sirva de distracción, afición o entretenimiento pasajero está bien y es hasta razonable y comprensible, de la misma forma que puede servir de distracción hacer crucigramas, encajes de bolillos o ver pasar la migración de las golondrinas. También es beneficioso creer en el símbolo común de un país históricamente miserable y ahora lo representan una generación de jóvenes que han nacido en (relativa) libertad y en democracia, que en el fondo nos unen más cosas de las que nos separan , etc, etc…pero esas euforias desmedidas e inexplicables exaltaciones patrióticas, gentes al borde del infarto o del colapso, llegan a dar un pelín de vergüenza ajena, si no fuera porque me parece hasta bonito que exista pluralidad, que pueda haber multitudes despelotadas en su sueño de una noche de verano mientras otros sigan a sus cosas, indiferentes y ajenos a todo. Me gusta una sociedad de contrastes, que cada uno tenga las aficiones o fobias que le venga en gana, siempre que no sean a costa de fastidiar al prójimo.

Sin embargo mosquea un poco constatar que el tinglao pueda servir de cortina de humo, que venga muy bien a un puñado de interesados políticos inútiles; ver cómo la mayoría del personal prioriza de forma llamativa y busca excusas para proyectar sus problemas y su propia vida en éxitos ajenos y tener el deseo de poder vibrar identificándose con algo, y así sentirse un poquito mejor o formar parte de un común triunfador. Me pregunto cuáles serán las reacciones el día que les ocurra algo de verdad trascendental para su vida o su destino, también cuántas de esas personas radiantes de felicidad y ebrias de entusiasmo y fútbol estarán en el paro, lo tengan fastidiado para ajustar su economía y su entorno familiar, o su pareja les ponga unos cuernos como los de un ñu.
La llegada multitudinaria y el desfile de la selección por las calles de Madrid recordaba mucho aquel Charlton Heston regresando triunfante a Roma con Quinto Arrio en ‘Ben-Hur’, para ser recibidos por el emperador y agasajados por esa plebe radiante de pan y circo. Aquellos emperadores de entonces eran considerados un dios más de una sociedad politeísta, y tenían esfinges y retratos a cascoporro.
Me alegro, claro, pero no va más allá de una anécdota. Me vino bien para justificarme a mí mismo salir un domingo noche, entrando, lo reconozco, un poquito al juego; y hoy ser dos aquí escribiendo, mi resaca y yo. También constaté in situ esas reacciones y euforias de las que hablo y que dan pie a la reflexión.
Creo que tengo el deber de escribir lo evidente y que parece evitarse porque resulte cruel o es mejor vivir en la anestesia de los sueños mientras duren: Se volverá a la normalidad una vez pasado el temporal; es decir, no cambiará el lamentable estado de las cosas.

28 de mayo de 2010

¿Qué pensaban?

Poco se puede hacer, pero si lo escribo al menos me quedo a gusto, me siento menos embarrado y menos cómplice silencioso; ciertamente liberado de vomitar un poco encima de todo esto y no estar con las anteojeras puestas.

Cuidado que vienen los sustos. El sistema es el sistema, ¿qué se esperaba? ¿Quién imaginaban ustedes que iban a pagar los platos rotos de la codicia, el descontrol y el ansia de dinero, del neoliberalismo económico salvaje? Cuando comenzaba la crisis, cuando el ruin espejismo de la bonanza empezó a flaquear y agrietarse, los jefazos y líderes del mundo salieron hablando de medidas hasta entonces nunca planteadas: tasa para las transacciones especulativas, meter mano a los paraísos fiscales, regularización del devorador sistema financiero, poner límites a las primas y los sueldos de los altos ejecutivos bancarios o empresariales... Y al final todo se quedó en nada, para aquellos ingenuos que se lo creyeron. Lo que llegó ya lo sabemos y lo padecemos, los ajustes estructurales se hicieron sobre aquellos que menos tenían que ver con el origen de la crisis y que sólo vivían asustados ante lo que se les venía encima: mordiscos a los sueldos de los funcionarios, reformas laborales, tijeretazos en las políticas de protección social, en pensiones... es la misma vieja historia. Pero no se ataja con contundencia a los que tienen el poder y la capacidad de influencia: a las intocables y omnipresentes agencias de 'rating' y su siniestro 'club de la triple A', a la Iglesia (pobrecitos, qué mal están de dinero, sólo reciben una dotación anual de 253 millones de euros del Estado, habrá que ayudarles en la declaración de la renta, igual no tienen para pagar su soberanía en CajaSur o los sueldos de los periodistas de la COPE), los desmanes de los bancos a los que siempre hay que acudir a su rescate (aunque a los países pobres no se les perdone un duro de deuda externa) o el altísimo presupuesto de una monarquía anacrónica.
Pero los que pagan el pato son los de siempre, el ciudadanito de a pie. Personas a la calle, tijera va y tijera viene hacia todo lo necesario y que tiene verdadero valor, incrédulos víctimas de una casta política inoperante e incapaz, de esa que convierte el Senado en un gallinero, reflejo de la España más cañí.

Y si usted es una persona medianamente informada, sabrá ampliamente que esa Iglesia avariciosa que intenta manipular sus sentimientos con palabras bonitas traralí traralá y suéltame la guita, es en sus tentáculos universales dueña o accionista de al menos ocho bancos en Italia, con amplias inversiones en la General Motors, en el casino de Montecarlo, en IBM, en Shell, en Fiat, en Gulf Oil y un sinfín de empresas, entidades y, resumiendo: de poder y dinero a mansalva pero que sigue necesitando el de los tontos de turno para perpetuar su imperio. Criaturas mías. Inocentes, hipócritas, malvados o simplemete idiotas.

Y es que, sinceramente, en parte nos lo merecemos. La que está cayendo, digo. Más que nada por vivir en el cuento de Bambi, y caperucita roja y su abuela y la madre que los trajo. Un país (de mierda para ser exactos) donde un alarmante número de personas está prioritariamente pendiente del fútbol, de si viene tal y cual entrenador y manejando en sus conversaciones cifras exorbitantes de millones por no sé qué fichaje (40 millones de euros, 100 millones de euros…) aunque luego su sueldo sea nimio; un agradable lugar donde el periódico más vendido es el Marca y el interés del personal por los temas relevantes es prácticamente nulo; más pendientes de si hay o no tetas en el paraíso o del modelito de Letizia, ¡guapa!, y de quién ronda por la noche la cama del vecino.
Se ha vivido de espaldas a la realidad toda la puñetera vida, preocupados de las cosas más banales y manejando una cultura de biberón; sin saber qué coño se cocía en el mundo, en la sociedad, cómo funcionaba esta casa de putas. Y entonces cuando vienen las hostias se echan las manos a la cabeza.

5 de enero de 2010

Moby Dick: la rutina del mar



En lo referente al cine, hay películas, de las que tienes en casa guardadas con mimo, que ves incansablemente varias veces al año; otras películas que revisas con razonable frecuencia; algunas que crees olvidadas, a las que hace bastante que no visitas, y un día te sumerges en ellas y la experiencia es tan rica como la primera vez; otras producciones a las que recurres en determinados momentos, sea por su carga emocional o referencia simbólica, sea para que ejerza de catarsis; y ocasiones en las que estás pasando indiferente canales en la televisión por cable y te topas con un clásico en el que hacía mucho tiempo que no pensabas, como el reencuentro con un viejo conocido, y estando ya empezado quedas enganchado a él hasta el final, en una placentera e inesperada experiencia.
‘Moby Dick’ sin embargo es una cita anual, tan segura y puntual como las doce campanadas. Y es un visionado familiar, desde hace tantos años que diría se remonta al inicio de los tiempos. Todas las navidades se ve la película en un viejo reproductor de vídeo del que nos negamos a desprendernos, y en ese anciano cacharro metemos el VHS, cuya caja está bastante desmejorada ya, toda ella rodeada con marcas de mis dientes infantiles, cuando de forma educacional me aficionaba a ver cine pero aún era tan pequeño que dejaba las señales de los diminutos incisivos y premolares en distintos objetos.
Y no cansa el filme de John Huston. Siempre parece nuevo el frío de noviembre que se le mete en el alma al marinero que sigue el curso de los ríos y habla sobre el mar de forma poética. El premonitorio discurso (brillante a pesar de su carga religiosa) de Orson Welles que se camufla de breve secundario y por el que muchos aficionados pasaron por alto su presencia. La forma en que el protagonista y narrador presenta a los oficiales y marinería hace una introducción general para conocer a los personajes, cuyo carácter y valentía marcara las distintas situaciones en la travesía. Es el orgullo del que hablaba el pastor Welles el que pierde al famoso capitán del Pequod; el odio ciego, la total obsesión de un caracterizado y amputado Gregory Peck cuya única misión en la vida es dar caza y muerte a una enorme ballena blanca con justificada fama de asesina.
Son las escenas de caza real, la continua presencia del agua en oleaje o inmensa, la referencia a rutas y océanos, la dura vida en los buques de entonces y algún que otro término náutico los que hacen las delicias de los aficionados a los barcos y al mundo de la mar.
La tripulación admira y teme al capitán, sólo Starbuck, el primer oficial, intenta para la locura, aún viéndose finalmente metido de lleno y por orgullo en la idea de ver a la ballena flotando panza arriba, misma visión con la que soñaba el líder del navío, enfrascado en un viaje sin retorno en el que ni los hombres ni el barco importan, si con su sacrificio se consigue la recompensa en su corazón, marcado a fuego por las heridas de su anterior viaje, en el que se podría decir que le dejó como un muerto en vida, y tan sólo quedan los restos de aquel hombre, condenados a vagar por todos los mares en una desesperada persecución.
Moby Dick es la historia de unos hombres contra su destino, el trágico desenlace de perseguir lo inevitable, de marinos contra algo que les supera en tamaño y rabia, guiados por el deseo de venganza de su implacable líder. Achab es casi un mito para mi persona, la primera vez que vi a Gregory Peck en la pantalla, un chiflado obsesionado pero con una importante carga de carisma, y cuando desde su tumba marina, atado a perpetuidad a los lomos de su enemiga, invita a sus hombres a no retirarse de la persecución, siento que algo se estremece dentro de mí.

18 de diciembre de 2009

Ha muerto Jennifer Jones



Pocas actrices despertaban tanta carnalidad y tenían tanta belleza felina y exótica como Jennifer Jones, la famosa mestiza ‘Perla’. Fue la mujer y la actriz consentida del coloso David O. Selznick, tal vez el productor más poderoso del Hollywood dorado, que impulsó la carrera de su musa principalmente en dramas románticos, participando en algunas películas que permanecen en la memoria colectiva de los aficionados al cine, en especial ‘Duelo al sol’, un arrebato de romanticismo demoledor y peligrosas pasiones que viviría junto a Gregory Peck y Jospeh Cotten, con la maestría tras la cámara de King Vidor. Se intentó repetir éxito con un planteamiento parecido en ‘Pasión bajo la niebla’, mismo director y misma actriz, con Charlton Heston y Karl Malden escoltando a la dama, pero el resultado fue menor aunque no desprovisto de interés.
Para la posteridad queda también ‘Jennie’, juntada de nuevo con Cotten, y paradigma del romanticismo y la fantasía.
Cumplió con un reto tan importante como encarnar a la Madame Bovary de Flaubert, en una película que Vicente Minelli afrontó con profesionalidad y conocimiento de la obra.
John Huston la pondría ante su cámara en ‘Éramos desconocidos’ y con Bogart en ‘La burla del diablo’, películas menores del director donde Jennifer Jones siempre luce.
Henry King plasmó un drama corriente en ‘La colina del adiós’, aunque la pareja Jones-William Holden y el director de ‘El pistolero’ hubiera podido ofrecer algo inolvidable. King la volvería a requerir para ‘Suave es la noche’, entretenida y pasable adaptación de la obra maestra de Fitzgerald.
Su rico marido se empeño en hacer el remake de ‘Adiós a las armas’, poniendo a su mujer junto a Rock Hudson, pero no hay nadie que no prefiera la original de Gary Cooper.
Tras la muerte de Selznick en 1965 se retiró casi de la gran pantalla y la última película en la que aparece es ‘El coloso en llamas’, reunión de estrellas en su crepúsculo.
Jennifer Jones ha fallecido a los 90 años de edad, pero su belleza sigue siendo inmortal.

2 de diciembre de 2009

Extraños en la noche



Cuando acudes a una sala de cine, lo que buscas de las películas, es que te despierten algún tipo de emoción, que tengan alguna repercusión sobre los sentidos, que te hagan reír, te conmuevan, te estremezcan, te apasione o te sientas vibrar. Que el producto por el que pagas no te deje indiferente, que no asome el tedio. Aunque intuyas de antemano lo que te vas a encontrar, aunque sepas a qué específico público van dirigidas todas las campañas de internet y con el impulso de youtube.
Es de agradecer a 'Paranormal Activity' el conseguir crear desasosiego sin aportar nada nuevo más que la conocida fórmula de cámara casera y sugerir más que mostrar; ofrece malestar y tensión en el cuerpo; no apta para miedosos. Se ve bien, atrapa tu atención y se olvida rápido.
Llega con la aureola de film casero de bajísimo presupuesto y la etiqueta de cine experimental, pero trae una grandísima campaña de marketing detrás, catapultada por un nombre que es como el rey Midas: Steven Spielberg.
Y esta cinta, que es un inteligente negocio, consigue eso tan loable de, con tres o cuatro elementos y apenas dos actores, sin más decorado que una casa tal cual es, ponerte en permanente estado de alerta por lo que ocurre ante esa cámara digital, cuya inquietante atmósfera logra crear un clima tensión, un miedo que no se nutre de hachazos ni Gore ni zombies ni apariciones demoníacas. Los monstruos no tienen cabida en Paranormal Activity, su angustia se basa en reflejar el pánico de una pareja aterrorizada por lo que acontece en su casa, la falta de excesos, la ausencia de efectos especiales y la certeza de que el director conoce el lenguaje del terror, que se nutre en lo psicológico, sin manchar el suelo de sangre.
Por eso piensas en la cantidad de millones que son malgastados en crear, a base de efectismos, mundos imaginario o catástrofes tremebundas que te dejan más frío que otra cosa, que no conecta con tu cuerpo ni con el avatar de lo común, que no te involucras con las historias que pretenden fantasear o venderte a base de impacto visual y espectáculo tan virtuoso como vacío.
En esta película se maneja coherentemente y con sentido los sucesos aterradores con los elementos de la vida cotidiana de sus protagonistas, reflejando cosas tan comunes como lavarse los dientes, sentarse en el sofá o hablar con una amiga. De esta manera se consigue crear un precedente de cercanía, filmar la clase media y sus apuros ante lo desconocido.
Paranormal Activity es película de un sólo visionado, pues una vez conocedor del resultado de la tensión, dramática y argumentalmente no aporta nada; sigue la estela de otras producciones que apuestan por una psicología del miedo más que por el habitual terror juvenil o asesinos en serie, y la estética de cámara casera es cogida directamente de pioneras como ‘Rec’ y ‘El proyecto de la bruja de Blair’, pero supera en varios aspectos a sus antecesoras.

23 de noviembre de 2009

Anatomía del fracaso



Sam Mendes estrena en cines 'Un lugar donde quedarse', película que ha recibido críticas diversas. Mendes demostró con 'American Beauty' y 'Camino a la perdición' ser un director que, con una buena historia ente manos, es capaz de hacer buen cine. De ese plagado de momentos, de frases, de gestos y de sentimientos.
Personalmente lo que más me gusta del marido de Kate Winslet se llama 'Revolutionary Road'. Una corrosiva y demoledora historia sobre la búsqueda de la felicidad, la angustia ante el paso del tiempo y la madurez en las relaciones, sin poder agarrar las ilusiones, esas que imaginabas cuando estabas repleto de juventud y de amor, de ambición.
Leonardo DiCaprio y Kate Winslet son una pareja de clase media americana en los años 50, que ven como la vida les pasa de largo mientras se van hundiendo cada vez más en la rutina, en el desencanto y las discusiones conyugales y nada de lo que desearon se cumple. Se saben especiales, pero otras gentes más que no aprovechan el talento, que no se atreven a romper con su monotonía, acabar con las frustraciones.
Mendes ofrece imágenes como martillazos, donde late el corazón y el alma de sus protagonistas, radiografía de derrotados, que sueñan con una vida mejor, que tiene que lidiar con el tormento, las infidelidades, el ansia de reventar con todo, la crudeza del amor cuando duele y desgasta, cuando los locos son los más lúcidos, cuando la esperanza se desvanece y se acaban las oportunidades de poder vivir realmente la ansiada vida, el sueño americano.
La magistral interpretación de la pareja hace veraz y conmovedora una crítica a la hipocresía de las clases acomodadas que en realidad no son felices, los que esperan casarse y tener un trabajo normal cono único afán en la vida, renunciando a ella por completo, dejando morir todas las inquietudes de juventud y el deseo de ser algo, en esa quimera que constituye hacer lo que quieres.
Deja especial poso en el cuerpo y en la mente la escena que cierra la película, de esas que no necesitan palabras, ni explicación; toda una declaración de intenciones, reflejo de la existencia de tantos y tantos, una brutal confesión de rutinas para ponerle el punto y final a una historia de la lucha por la vida, concebida allí donde se rompen los sueños.