5 de enero de 2012

El regalo de lo impreso




Esta tarde me ha llamado la atención, de forma agradable, ver una librería del centro de Oviedo llena a rebosar. Claro que, evidentemente, es semana de Reyes y también estaban atestadas de gente las tiendas de ropa, las perfumerías  y las grandes marcas comerciales. Apuesto a que igual que lo estaban las zonas de las superficies destinadas a la venta de ibuks y demás mierdas electrónicas...
Pero no es la generalidad, ni la forma, si no el fondo. El comprobar cómo aún se siguen regalando y comprando libros de manera acuciante, que las trabajadoras no daban a basto a envolver las últimas novedades y algunos clásicos de siempre, para llevar algo de sensatez y lectura a muchos hogares, en un país donde las audiencias televisivas, las pasiones futboleras o nacionalistas, la educación y los políticos que votamos muestran que es abiertamente analfabeto. Y sin embargo, trabaja en esa librería una amiga con la que siempre hablo un buen rato cuando paso por allí, y hoy apenas pudo atenderme ante la cantidad desbordante de clientes.
Uno se siente cómodo en ese ambiente de consumismo literario, pensando que la persona que el día seis reciba su regalo probablemente sea de esa especie que aún venera los libros, que los coloca cuidadosamente con mimo en su rincón, ordenados por autores, y dejan marcas en ellos (a lápiz, un pedazo de papel...) para recordar una frase, un pasaje que les dice algo, o muestra una luz en medio de la oscuridad.
Había algunos que simplemente llegaban, preguntaban por un título en concreto, para que otro lo buscara por ellos, lo compraban y se iban; pero también aquellos que se daban una vuelta despacio, comprobando nuevas ediciones de sus libros preferidos, el curioso orden para clasificar las novedades o el precio de gangas de bolsillo. De esa clase de personas que el resto del año te las encuentras en las librerías con un brillo extraño en los ojos, mientras pasean la vista entre las estanterías o miran con interés un ejemplar deseado.
Del tipo de inviduos que observan con curiosidad un tomo en la biblioteca de casa, reconociéndolo, pensando que está al caer otro visionado, que ya va siendo hora, y así poder descubrir cosas nuevas, diferentes aspectos a cuando eran otra persona e interpretaban aquel libro a la luz de su propia vida, de sus experiencias.
Libros que se compran porque los leíste hace tiempo pero nunca fueron de tu propiedad, y quieres tenerlos en tu entorno, que pasen a formar parte de tu biblioteca y tu legado.
Hace poco gasté bastante dinero llevando a mi casa a viejos conocidos. Yo era todavía un colegial cuando descubrí en una biblioteca de instituto a Ferdinand Bardamu e iniciamos juntos un viaje al fin de la noche, o cuando Humbert Humbert me hacía estremecer con aquella sexualidad oscura y perturbadora.
Soy de los que piensan que determinadas historias de tinta forman parte tanto de nosotros como lo vivido, nuestro propio documento de identidad, y no pocos personajes de ficción jugaron un papel en nuestras vidas mucho más importante que el de algunas personas reales, además de la influencia que han tenido en la existencia, el poso lúcido o áspero que dejaron, la forma de ver las cosas o encarar un acontecimiento, las noches que hicieron que nos fuéramos a dormir descompuestos y amargos; y entonces conocemos a una mujer, o a un hombre, y pensamos "ésta se parece a aquella chica que yo soñé entre líneas, o que una noche imaginé para unos de mis relatos", y comprobamos que la realidad puede ser más bonita, cruel, fascinante y gallarda que cualquiera de las novelas.
Y nos enamoramos, y la vigencia de los libros y el amor pasional duermen a nuestro lado. O no tenemos esa suerte, y en nuestra condición humana siguen reinando el fracaso y la desolación, buscando entre las tapas esos héroes imperfectos entre los maestros de lo sórdido.
De cualquiera de las maneras, y es gratificante, no son pocas las personas que, cuando la luna se alza fría y distante en el cielo, pernoctan entregadas a esperanzadores sueños de papel.

27 de diciembre de 2011

Tinker, Tailor, El frío más perfecto




Poniéndola en paralelo con las novelas de John le Carré, con el público familiarizado con Smiley, Karla y el Circus, El topo es un fiel reflejo visual del alma impresa del universo del escritor, su ambiente y atmósferas tan características como inimitables, el complejo juego de espías que sigue fascinando a generaciones de lectores por su buen hacer a la hora de intercalar ese mundo secreto con las emociones sostenidas, alegorías al amor personal en mundos beligerantes. En cambio, confrontándola con el espectador medio de las salas de cine, incluso con la tristemente abrumadora mayoría de nombres que copan la cartelera, la cinta del sueco Tomas Alfredson es como un caimán en medio de un estanque de cisnes. O como una flor en el estiércol. El que entre en la sala esperando ver algún producto similar a la factoría Bond o algo más cercano a Misión Imposible huirá de allí a los pocos minutos. Y ésa es también la gran ventaja de una película tan memorable e inteligente.
Poder disfrutar otra vez del veterano, complejo, docto, cornudo y desencantado George Smiley es gracias a Gary Oldman, que encabeza un reparto británico de lujo con un regio papelón lleno de templanza y matices en las miradas pero de expresividad necesariamente contenida, donde todo a su alrededor es desconfianza, secretos, patriotismo mal entendido y ambigüedad.
Apoyado por una dirección elegante (que se basa en su textura de grises para el entorno) y un guión envolvente que parece rescatado de tiempos mejores (no desmerece a los clásicos más genuinos del genero de espías de los 70), 'El topo' únicamente requiere no despegarse de la trama, para tener todo el arco de un ejercicio casi perfecto de reposado cine con mayúsculas (comparte linaje con El buen pastor), pues se trata de una película en la que habita información en cada escena, complejidad en cada detalle y diálogo; atravesando la arteria del argumento, como lágrimas de sangre, dos de las historias de amor más frías y descarnadas en años, sobre una obra profunda y soberbia en forma y contenido que tiene todos los elementos para convertirse en atemporal.

3 de octubre de 2011

De arrugas y coraje



Estoy preocupado porque me dicen, cuando llamo por teléfono, que últimamente no tiene demasiadas ganas de hacer cosas, que para lo que le queda, y después de pasarse la vida trabajando, prefiere descansar, casi dejarse llevar. Y eso me produce enorme angustia si viene de alguien que gozó siempre de una extraordinaria vitalidad y una sustancial sinceridad para llamar a las cosas por su nombre.

Mi abuelo pertenece a esa añeja clase de asturiano sencillo, honrado y duro. De cuando se nacía y se moría en casa.
Cuando voy a pasear con él por los senderos tranquilos de la costa en la que ambos nos criamos me gusta imaginar tiempos perdidos entre sus gestos y palabras. Tiene la piel morena curtida como si fuera cuero viejo y unas grandes manos ásperas que aún pueden descoyuntar una tierra rebelde. Y vamos caminando a la brisa de ese mar que tantas vidas ha visto pasar o se ha llevado, en el que él posa sus ojos mientras habla de anécdotas que parecen tan lejanas, y de vez en cuando se detiene y observa absorto un rompeolas o una franja de tierra en el horizonte, con la mirada callada, pensando tal ve en un acontecimiento escondido en la memoria, o buscando una explicación de algo ocurrido hace demasiado tiempo.

No pudo permitirse una educación superior en aquella España oscura y triste de necesidades y trabajo precario, pero, aunque nunca haya pisado una biblioteca, tiene esa sabiduría innata que uno admira y de la que se aprende en silencio respetuoso, ese conocimiento que no se adquiere en los libros y sin embargo responde a una ancestral y sabia lucidez que aporta haber vareado las crestas de 82 inviernos y ser uno de los supervivientes de otra época, de los años del miedo y el silencio, cuando había que tener mucho cuidado de lo que se hablaba en casa, no sea que estuviera cerca algún somatén o un vecino cabrón que te denunciara a la Guardia Civil y entonces te inflaban a hostias. Porque en los pueblos todos se conocían y todos habían visto a vecinos acabar con sus huesos en una celda o ser sacados de sus camas al amanecer para pasar a formar parte de una fosa común. Lo único que hacía falta era un chivato que te señalara. Y desde siempre hubo miserables dispuestos a apuntar con el dedo en la mezquina y beata España profunda.

Basta con tender bien la oreja a lo que los mayores tienen que contar, cuando hablan entre arenas de tiempo, para saber que entre sus recuerdos difusos de lóngeva intensidad está la verdadera memoria histórica, que su lucha anónima por sobrevivir y además hacerlo con dignidad es la de tantos otros, ancianos valerosos y sabios de gesto sereno que te aún te pueden partir la crisma si se te ocurre hacerte el gracioso y soltar esa infamia de: “Con Franco se vivía mejor”.

Aquellos hombres y mujeres del entorno rural o industrial para los que sus manos y su coraje eran el sustento vital, y que de verdad sabían lo que era echarle a la vida un par de cojones.                            
Mi abuelo, junto con su mujer, con la que lleva más de medio siglo (se dice pronto, así, de corrido) sacó adelante una casa, unas cuadras y unas tierras regadas a menudo con sudor o sangre, y ambos dieron sus mejores años para que sus hijos fueran al colegio y a la Universidad, para que tuvieran la oportunidades que ellos no pudieron tener porque resulta que había que sobrevivir, con la fe en sí mismos como única fe y  el coraje y una reposada resignación como aval para comer a diario.

Recuerdo cómo de niño me hablaba sin concesiones, con el cariño que esconde la dureza. Esa rigidez autoritaria de los labradores, capaz de bajar a todos los santos del cielo en blasfemias rápidas y contundentes porque te habías equivocado en la herramienta del campo que te reclamó, y en vez de la pala de pinchos le llevaba la fesoria.

Le vi matar animales por pura cuestión funcional, con ese sentido práctico de la gente campesina, para los que lanzar al río una cesta de gatos recién nacidos significa unas bocas menos que alimentar, aunque sean las de unos felinos; o cortar de un hachazo la cabeza de una gallina por la mañana conlleva comer pollo asado al mediodía.
Ahora se conforma con disfrutar de una botella de sidra en las comidas y que los fines de semana vaya la familia a verle, y que, encima, le manden salir fuera de casa los domingos cuando quiere fumarse un puro.

Con estas líneas únicamente brindo mi pequeño homenaje a él y a todos los abuelos, en una época de valores de usar y tirar donde se impone la fugacidad de las cosas y nada permanece, donde habitamos como si fuéramos a estar aquí para siempre o hubiéramos inventado el mundo, bobos seguidores de modas técnicas y elementales, alimentando una anemia cultural, absortos creyendo que nunca vamos a envejecer, sin pararnos a recapacitar que no somos gran cosa y que probablemente no tenemos más voz que la voz que ellos tuvieron. A esos abuelos que sustentan en las arrugas de sus ojos cansados las huellas de nuestro pasado, que se debe conocer y valorar, aquellas generaciones que supieron lo que es pelear de verdad por cada eslabón de la vida y aprendieron a pesarla por lo que cuesta, y ahora encienden un puro y rodeados de sus recuerdos miran hacia el mar en silencio, buscando la serenidad para el último tramo.
 

3 de septiembre de 2011

El rugido de El León


A las 8 en punto de la tarde se apagan las luces del Symphony Hall de Birmingham, un esplendoroso y magnífico recinto, que se presenta como un sarcófago donde se desmoronan tal vez los restos de varias generaciones. En el escenario aparece, sin grandes presentaciones, sin artificios, sin puesta en escena más que la estupenda banda, los músicos que le acompañan, Van Morrison, el tipo de Belfast que más ha aportado a la banda sonora de mi vida. El hombre que ha firmado indiscutibles obras de arte en forma de discos como Moondance, Astral Weeks, It’s Too Late To Stop Now, A Night In San Francisco o The Healing Game.
Cuya música es bálsamo para las heridas, fiel compañera en largas noches de insomnio; gozando de las melodías al pausado y genuino sabor de copas solitarias, en casa o en bares apropiados; también trasfondo sensual en citas, determinadas letras tienen el calor de la mirada de una mujer, la danza de la luna, estar en el cielo cuando tú sonríes, la chica de los ojos marrones. Sus canciones han acompañado paseos en ciudades de aceras mojadas, ha alumbrado la alegría de la primavera y puesto la nota de nostalgia a los inviernos brumosos, en los atardeceres de amarga tibieza, dándole sonoridad a la caída de las hojas, sentido a las resacas, título a las ganas de vivir o de esconderse.
Es el desgarro y la intensidad, la melodía del desencanto, la fuerza, el lirismo, la esperanza o la desesperación en su empeño de hurgar hasta en lo más recóndito de las almas.

'The Belfast Lion' es elegíaco, soberbio y rebosa estilo. El suyo propio. Va entero de negro, con un sombrero y unas gafas de sol se planta en el escenario con firme seguridad, de una grandeza arrebatadora, y no puedes apartar la vista de él, pese a su limitada estatura. Hay un silencio reverencial cuando atraviesa y emociona con su impagable voz, cuando hace vibrar el saxo o hace llorar la armónica, cuando gime, ruge, cuando termina los temas arriba y es entonces correspondido con los aplausos de la gente.
Y ahí plantado, con sofisticación y entrega, controlando a sus músicos como un director de orquesta, encadena un tema tras otro, con concesiones para sus grandes clásicos, sin detenerse, sin dirigirse al público; un respetable en el que puedo ver madres con sus jóvenes hijas, matrimonios maduros y algunos peligrosamente cercanos a la vejez.
El ambiente es exquisito y embriagador, existe una especie de temblor de la música de antaño, conscientes de estar presenciando un espectáculo único, una demostración de belleza musical que transmite sensaciones insólitas, los vestigios del final de una época irrepetible personalizado en uno de sus máximos representantes. Es de esos artistas, como Waits, como Cohen, como Dylan, como Young, que están por encima de las modas y el mercado.
Vigilan atentamente que nadie saque fotos, las cámaras están proscritas. Es lo de menos. Se hacen cortas las casi dos horas de habitar en una ensoñación, con todo el teatro puesto en pie aplaudiendo las notas finales de una sesión que ya tiene reservada un sitio de honor en los mejores momentos de mi memoria.

13 de agosto de 2011

Pisadas


Mi buen amigo Lalo, al que siempre critico en broma y con humor sus rastas y su estilo alternativo, hizo un viaje a Senegal que recogió en más de doce horas de cinta. Y de ahí surgió un hermoso documental llamado ‘Volando voy’, que anda por los institutos, para enseñar a los adolescentes que existen otro lugares y otras culturas, que a veces el mundo que desconocemos no es tan diferente al nuestro y que los anhelos y miserias de los hombres pueden ser muy parecidos. El documental comienza con la frase de Machado (yo la recuerdo cada día ante comentarios de según qué bobos), aquello de “Lo que se ignora, se desprecia”.

De mis viajes no me interesan especialmente las fotos al pie del monumento famoso de turno, las visitas guiadas para viajeros exprés de carrete y nos vamos (ahora modernísimas cámaras-móviles digitales que tardo en entender) ni volver con la taza y la camiseta de “yo estuve en Villaseca de Laciana y me acordé de ti”.
En realidad mis mejores recuerdos viven más allá de los álbumes en pequeños detalles, anécdotas, momentos, compartidos en apacible compañía o en la placentera soledad: Un atardecer en una isla griega del Mar Egeo, por donde en la antigüedad vinieron los dioses; una pequeña tienda de reliquias y posters cinematográficos que encontré en un barrio de Dublín, una caminata a media mañana por las ruinas de Esparta; estar perdido bajo la gélida noche de Oslo y buscar el refugio de sus caros locales. Una solitaria sesión de cine en el centro de Londres; mi mejor amigo y yo creyéndole huérfano en una inmensa playa de Portugal, una chica sin nombre y de precioso semblante con la que compartí espera y desayuno en un aeropuerto; la música en directo que me acompañó mientras me ponía tibio a whisky en un bar de Manchester.
Se trata siempre de una mirada al exterior para enriquecer el interior, conocer infinidad de personas de paso, indagar sobre el mundo que pateamos y tener material para ungir los relatos y los sueños.
Desde que tengo uso de razón siempre deseé ponerme una mochila al hombro, llenarla de libros y de accesorios y lanzarme a lo excitante de los desconocido; paliar la falta de cultura, de tolerancia, de conocimientos, que caracterizan a las gentes que no son capaces de congeniar con el entono cuando viajan, de sentarse a tomar café con el nativo o intercambiar pareceres con el desconocido; conscientes de la riquísima variedad que nos ha otorgado pertenecer a un país eminentemente emigrante, y que internamente durante siglos fue enriquecido con las culturas latinas, árabes, visigodas, judías.

Ahora que inicio un nuevo y largo viaje me embarga ese extraño sentimiento, rebosante de energía y a la vez sereno, de ir al encuentro de situaciones por estrenar, rostros que ignoro, ciudades que me esperan sin saberlo, nuevas anécdotas con las que alimentar el disco duro de los recuerdos. Con una curiosidad inagotable y una aceptable capacidad de supervivencia, con una suficiencia para lidiar con la soledad y disfrutar de ella.
Y regresar más persona y con un tonelaje que no pese, con imágenes que sean secretos inverosímiles o pequeños momentos que conformen una emoción. Esas cosas de nuestra vida que a todos nos ayudan si alguna vez llegamos a viejos.

Para ti, que eres joven



Voy a intentar plantearlo de forma sencilla. Tratar de llegar a comprender y ponerme en tu lugar. Sé, compañero, que no es fácil encontrar nuestro hueco en la existencia, vivir con las tempestades que nos asolan internamente, hacerle frente al dolor y a la incertidumbre, no hallar respuesta cuando buscas un consuelo amigo al que aferrarse ante lo angustioso del mundo, ante la inevitabilidad de la muerte, cuando quieres abrir tu corazón y tu conciencia. Sé, que, como a mí, la presencia de una muchacha de cintura angosta y acentuadas caderas, de boquita sensual y ojos chispeantes, te pone nervioso y en tu caso puede que hasta tengas lacerantes remordimientros.
Dicen los periódicos que rondas entre los 18 y 22 años. Por eso puedo llegar a desarollar cierta empatía por tu forma de pensar. Yo fácilmente podía haber sido uno de los tuyos, recibí también una educación en un colegio religioso, con padrenuestros todas las mañanzas, cruces en la frente los miércoles de ceniza, sermones y toda la parafernalia clerical. También leo la Biblia, pero vista como un fundamental documento, como soporte cultural de nuestra civilización y como una forma de entender de dónde venimos.

Cuentas con no demasiados años y eso tiene su parte negativa y también un resquicio de esperanza. Lo negativo es que te han captado, con toda la intención del mundo (no es casual) siendo una cría, has sido pescado por debajo de la talla mínima y adscrito automáticamente al redil. Bienvenido al mayor negocio de la tierra. Lo positivo es que aún tienes mucho tiempo para ir moldeándote, aprendiendo, amasando una personalidad en el día a día del vivir, planteándote algunas cuestiones fundamentales; porque para los que ya tienen una madurez y entrados en años forman inconsciente parte del rebaño no hay nada que hacer, si a esa edad no has aprendido a pensar por ti mismo y luchar con la espada de la razón, ya vas a ser un idiota lo que te queda de vida.

Sé que es difícil, máxime cuando eres joven, ignorante, y tienes un lavado de cerebro de cojón de pato. Cuando desde bien pequeñito te han contado una milonga cuatro infelices con guitarra (o, lo que es peor, gente bien organizada que sabían muy bien lo que se traían entre manos y fajos) y has tragado hasta las amigdalas, cuando, a pesar de tener ojos en la puta cara, no los has utilizado para leer (está todo ahí, en los libros, sólo hay que saber cómo y dónde mirar) para observar el mundo y comprender la historia, para aceptar la cruda realidad, del lugar en el que vivimos y morimos.
No has podido o querido comprender que existe una autoridad moral, un principio de libertad y de dignidad que está al margen de cualquier religión. Que tu ética y tu honor serán los que vayas adquiriendo y desechando según te formes como individuo, y que para eso nadie mejor que tú para emprender ese apasionante camino, sin imposiciones ni dogmas trasnochados que limiten tu cerebro. Que la inteligecia nos ha sido concedida para dudar, y que dudar es precisamente la manera de alcanzar un mínimo de honestidad intelectual.
Evidentemente no has tenido tiempo para saber, para conocer las informaciones (que tan concienzudamente te empeñan en falsificar y desterrar) sobre los robos, desfalcos, traiciones y crímenes. Que tus 'líderes espirituales' y sus secuaces siempre se han pasado el quinto mandamiento por el borde limítrofe del prepucio, siendo tolerantes espectadores (cuando no risueños colaboradores) de los crímenes más abominables, de sacerdotes y obispos santificando a diario los actos de la tiranía, opiniéndose a cualquier avance de la razón e intento de convivencia humana, amasando escandalosas fortunas y silenciando a los fieles (y dignísimos) religiosos que día a día se juegan la vida por la verdadera caridad, cuando piden algo más de ayuda mientras sus jefes cotizan en bolsa.
No hay que remontarse al siglo XVI y los torturadores de la Inquisición, es el pan de cada día, fue la triste historia del pasado siglo y nutre a la Bestia mientras yo escribo esto. No tienes memoria o (lo que es peor) no sabes nada de Pío XII como inseparable de Trujillo, no conservas la visión de Franco bajo Palio y la bendición de los fusiles que disparaban al amanecer, no te suena haber visto a Juan Pablo II hacerle carantoñas a Pinochet (mientras el chileno arrojaba al mar compatriotas atados de pies y manos) y encubrir a Marcial Maciel y sus andanzas, de las que juntos escaparon. Pasas de la sórdida historia y oscuro pasado de cerrada sacristía de un país (o lo que queda de este país) durante muchos años condenado a la ignorancia, el fanatismo y el miedo, por no haber cortado a tiempo la cabeza de la hidra.

Pero, como afirmo, no todo está perdido: a fuerza de leer, escuchar, cotejar y pensar, podrás llegar a comprender que tantos miles de personas, machacados por la propaganda, por la falta de información, embrutecidas por el adoctrinamiento, la práctica del servilismo y la obsecuencia, hayan llegado a divinizar la figura que está ahí vestida de blanco y que ahora esperas con verdadero fervor. Si llegas a dar aire a esa orfandad cultural que ahora te nubla, si sales de la masa o evitas ser esquilado, tal vez en la próxima ocasión que te inviten a ir con ellos tú estés en una biblioteca, peón solitario, luchando simbólicamente con un libro en la mano, mirando el desfile desde la ventana.

27 de junio de 2011

Una historia de amor

Tengo una relación conyugal intransferible con libros que son la memoria personal de mis quince años. Quien dice quince dice los adorables primeros textos de la infancia, leídos y escritos. Otros monumentos de papel llegaron más cerca de los 20, fiestas inacabables, borracheras, lumis, depresión y esas cosas.                        
Dando una ojeada por la biblioteca de casa, en ocasiones me tiro un buen rato mirando algunos que leí hace tiempo, me gusta cogerlos en la mano, toquetear sus tapas, abrir una página al azar y recordar algún pasaje, encontrar una marca que dejé en alguna frase que me llamó especialmente la atención; y pienso cómo era aquel chaval que leyó ese libro, sus pensamientos, emociones, errores, pasiones e ideas de esa época, y cuánto queda de entonces, si es que queda algo; dónde estaba yo la primera vez que leí El Gran Gatsby, qué mujer ocupaba mi corazón o memoria cuando se me cruzó Emma Bovary, qué significó para mí conocer a un muchacho de provincias llamado Julián Sorel, o si andaba muy colgado cuando soñé que Pessoa me susurraba  al oído eso de “seré siempre el que esperó a que le abrieran la puerta, junto a un muro sin puerta”. La historia de vida y pasión que tienen detrás, mi mirada al mundo que trataba de entender, esa moto que nunca quise comprar pese a que desde los púlpitos dogmáticos algunos ilustres soplapollas me la intentaron vender, el enriquecimiento que aumentaba con cada cierre de contraportada, las grietas, las peores heridas que son sin duda las que no se ven, que no están en el cuerpo ni son tatuajes en la piel.
Irme por ahí con una buena novela bajo el brazo me sume en un estado muy próximo a la felicidad. A veces no necesito nada (ni a nadie) más.
No me imagino la existencia sin tener esos libros y pasar sus hojas, sin devorarlos con reposada tranquilidad y deleite en la madrugada silenciosa del salón de mi casa, sin buscarle un lugar y colocar con mimo cada uno nuevo que compro, que me regalan, o que adquiero de segunda mano tirados de precio, porque están en un escaparate de una tienda donde permanecen sin pena ni gloria por menos de tres euros esperando a que alguien se los lleve a su casa, pero resulta que no, que en ese quiosco siempre que voy está la señora que se adquiere el Hola o la adolescente tonta del pijo que se lleva el Cosmopolitan.
Por eso me cuesta entender la habilidad tecnológica de los jóvenes (mis contemporáneos) de descargarse libros y quemar las córneas en diminutos aparatos que ni comprendo ni sé utilizar y además me importa un carajo. Cada vez que me muevo mínimamente del lugar en que nací va algún libro en la mochila, para compañía en trayectos, estaciones de autobús, en aeropuertos, en un banco del camino. No me interesa el maldito libro electrónico ni leer mis novelas preferidas en un aparato que ponga “Apple”, tampoco la vanguardia, tecnología puntera, comodidad intrascendente, literatura de descargar y tirar, vacuidad de pensamientos, tanto ifóns y tanta mierda.