21 de febrero de 2012

Sobre valentías y personas



Dentro de la infamia general siempre hay actos idividuales de dignidad y coraje que merecen la pena reverenciar, independientemente de ideologías o colores políticos. Personas, ante todo, que cuando vienen dobladas tienden a engrandecerse, aún asumiendo los posibles riesgos.
Conocí una mujer, que me toca batante cerca, que vivió un tiempo con un maltratador soportando todo tipo de vejaciones y palizas, y un día le puso un cuchillo en el cuello y le dijo: "como me vuelvas a tocar te voy a rajar por la noche". Y desde entonces él durmió en otra habitación y con el pestillo echado.
En la memoria de todos está la imagen de aquel hombre de Lazkao al que una bomba de los nazis del RH negativo le destrozó su casa,y mazo en mano arremetió contra una Herriko Taberna, madriguera habitual de los mafiosos. Uno tiene sus debilidades y, sinceramente, a mí ese tipo de actos me conmueven profundamente.
Y es que, en el País Vasco, como pasa en todos los sitios, unos callaban por miedo y otros no se resignaban a vivir sin libertad o hincando la rodilla, aunque les costara la vida. Por ejemplo, María San Gil cuando salió corriendo detrás del terrorista que había matado por la espalda al compañero de partido mientras comían juntos. Hablo de personas que no pueden dejar de ser quien son aunque sepan lo que se están jugando. Aquel Ernest Llunch que se subía al atril frente a un grupo de radicales que lo abucheaba, durante la tregua del 98, y les decía que gritarán más, que por lo menos ya no mataban, y unos meses más tarde Llunch era asesinado en el garaje de su casa de Barcelona. O el asturiano Juan Priede, harto de vivir con escoltas pegados, eludió su protección para bajar un momento al bar a echar una partida de cartas y disfrutar de un momento de distensión sin los guardaespaldas, donde le esperaban sus asesinos. Dicen que Isaías Carrasco iba sin escolta por decisión propia cuando le metieron tres tiros (también por la espalda) delante de su mujer y su hija.
Y hay una clara línea delimitadora entre la gente decente y la chusma, el cobarde que se crece amparado en una posición superior o la impunidad del tumulto. El delator, el chivato. Esos 'ultras' de fútbol paletos y descerebrados que golpean a quien encuentran por su camino indefenso y (esto es importante) en minoría. Los que insultan y amenazan camuflados en una grada a un árbitro o futbolistas en un estadio.
El que organiza guerras pero nunca manda a sus hijos a ellas, que saben que no se la juegan jamás; los que firman órdenes conscientes de que si las cosas sale mal nunca van a tener que responder por sus actos, y que el pellejo se lo van a arriesgar otros.

Esa adolescente que sale a la calle en Valencia desarmada para ser golpeada con una violencia que nos alarma tiene una integridad cien veces mayor que el cacho de carne de cenutrio que abusa de su poder. Porque una cosa es repeler un ataque, garantizar la seguridad y defenderse cuando está en peligro la integridad física de cada uno, y otra golpear cobardemente a un menor de edad indefenso que no tiene posibilidad de réplica.
Esa chica, como tantas otras, creció con la idea de que tenía derecho a una educación digna, a una sanidad decente y una democracia naciente y limpia. Pero luego vino el robo, la avaricia desmedida, la estupidez de los gobernantes (unos y otros sacaron partido mientras pudieron, ya fuera con el delirio ladrillero y corruptela urbanística o con la idiotez más inoperante) y la impunidad de los causantes del desastre. Ella lo sabe y no ha vivido de espaldas a ello. Con el futuro negro y la situación precaria, nunca imaginó que tendría que salir a manifestarse para pedir algo que antes nos parecía tan básico como calefacción en las clases.
 Tal vez sus padres no tenían el dinero para mandarla a un colegio privado y religioso, donde además le lavaran el cerebro; de ser así ahora estaría en casa, ajena a todo, consumiendo televisión con una actitud bovina.
Pero ahuyenta el miedo y se planta delante de los cascos y los palos. Algunos gritan con las manos en alto, esgrimiendo como arma sus manos desnudas, otros incluso alzan libros, como amaprádose en el poder de las palabras contra la brutalidad.
Y te das cuenta de la lección imborrable que esos chicos están dando, esa grandeza de pundonr y  que te hace sentirte orgulloso aún de la gente que habita tan desdichada tierra. Y aunque las cosas pintan muy mal para la maltratada España, siempre hay algo que nos salva entre el lodo, no hay más que mirar cualquiera de las fotos de esa chica (todas las chicas y chicos que hay) y ver su valentía ante el desastre. Porque las porras podrán magullar su cuerpo, pero nunca debilitarán su espíritu.

5 de febrero de 2012

Una historia de violencia



La historia ocurrió hace veinticinco años, y levantó mucha polvareda en su momento, además de hacer corres ríos de tinta impresa y dar que hablar durante mucho tiempo al concejo. Todavía debe de andar por las hemerotecas, y en mi tierra los más viejos que yo la recordarán, por eso hoy la quiero rescatar, pues es digna de ser contada y refleja bastante bien lo que somos, con sus tintes de negrura y morbo.
Luis de Alamo tenía 46 tacos y era picoleto de tráfico en el destacamento de Luarca, en Asturias. Llevaba una vida ejemplar, un currante más de esos anónimos, casado desde hacía más de dos décadas con su mujer Constantina y padre de dos chicas adolescentes fruto de su sagrada unión. En 1985 llegó al concejo un nuevo párroco que respondía al nombre de Antidio (tuvieron los huevos bien puestos los progenitores, sin duda), treinteañero joven y entusiasta de esos que se hacen cargo de una comunidad pequeñita y se entrega con cristiana caridad a la consagración de los vecinos.

El caso es que a Luis le parecía que su parienta le ponía ojitos al nuevo siervo de Dios, y veía con inquietud la nueva amistad surgida entre ambos, pero la mujer, en lo suyo “tú deliras Luisín, no te me pongas tonto por mi labor de ayuda al lado del Padre Antidio, etc, etc”. Pese a todo, nuestro amigo empezaba a albergar alguna que otra duda, ese automático de desconfianza que salta cuando una mujer dice que no pasa nada pero se observan señales sospechosas.
En esa misma época Constantina abrió una pequeña boutique, y con la excusa de provisionarse de ropa se fue a Madrid, alquilando habitación en un hostal.
Luis, que tonto del todo no era, comprobó que ese mismo fin de semana tampoco estaba Antidio por Luarca. Una llamada de teléfono a la recepción sirvió para atar cabos. Mismo hostal, misma reserva.
Tras esto, Luis llamó al destacamento, habló con sus superiores y dijo que se encontraba mal, totalmente indispuesto, y que por favor, lo relevaran.
Cogió el coche y se puso camino de Madrid. Hizo todo el viaje hasta la capital como podemos imaginar, echo un mar de nervios y de desesperación, a punto de enajenar, el pobre. Allí se presentó hasta en el pasillo, y fue la fortuna que vio en ese mismo momento salir descamisado al bueno de Antidio, de una de las habitaciones donde le había dado a su mujer las suyas y las de un bombero. Y Luis, que se encontraba un poco falto de delicadeza, sacó el arma reglamentaria y sin decir esta boca es mía le metió un balazo al cura, que no tuvo tiempo ni para pedir la confesión.
Los policías de la Comisaria de Sol lo detuvieron sin que el marido cornudo opusiera resistencia, sólo con una mueca de resignación, esto es lo que hay agentes, ahí está el cura, sí, el del suelo hecho un Eccehomo. Por supuesto, fuentes eclesiales manifestaron a la prensa que el sacerdote llevaba una vida ejemplar (supongo que no tuvieron en cuenta lo de beneficiarse a la esposa de un feligrés)
La Audiencia Provincial lo condenó a dos años de prisión, de los que cumplió únicamente un año y medio que le debieron de parecer unas vacaciones, antes de salir en libertad condicional, imagino, más a gusto que en brazos.

Viene la historia a cuento de que uno puede llegar a desarrollar cierta empatía por los humillados y los hermosos vencidos, por el hombre que en un arrebato de dignidad y coraje le aprieta las tuercas al aprovechado de turno. Y así lo entendió la Justicia, aplicándole a Luis una pena ridícula. Lo pienso ante la noticia de que el Instituto de Criminología de Baja Sajonia desarrollará una investigación de los archivos de la Iglesia Católica en Alemania para estudiar los casos de abusos sexuales acontecidos desde 1945. Porque ya llovió. Tarde, como siempre, pero al menos puede evitar que uno de esos niños hoy adultos haga un pequeño acto de desquite y busque a su violador para cerrar deudas.
¿Y quién puede poner en duda el derecho moral a ir a uno de esos torturadores de la inocencia y de la vida y meterle un tajo desde detrás de la oreja hasta la nuez, o simplemente inflarlo a hostias con benevolente piedad? Es admirable que alguien que haya pasado por un hecho semejante no reclame la justicia por su mano, hola padre, muy buenas, ¿se acuerda de mí? Aquí le traigo a mi amiga la 38, pum pum, y angelitos al cielo. Y es que, cuando se trata de ajustar cuentas, algunos delitos nunca prescriben en las entrañas de los que lo padecieron.

En Estados Unidos, un país enorme y de grandes contrastes, tuvieron el lujo de tener entre sus ciudadanos a la inimitable Ayn Rad y tiene bastante pegada el auténticamente genial, honesto y brillante británico Richard Dawkins. Sin embargo, un amplio sector lleva doscientos años negando a Darwin y se debate de forma intensa el enseñar creacionismo en las escuelas, mezclando el tocino con la velocidad, oponiéndose a cualquier despunte del progreso y la razón, glorificando la estupidez, preservando a  nuevas generaciones en la incultura, la ignorancia y el miedo.
Hay un pieza, Gerhard Wagner, que está en contra de que las mujeres vistan pantalones o que estudien en la Universidad, y que Ratinzger ascendió a Obispo al poco tiempo de que dijera que el Huracán ‘Katrina’ que devastó Nueva Orleans respondía a un castigo de Dios por las prácticas inmorales que se practican en la ciudad. Y aún siento perplejidad de que ninguno de los miles de afectados por la tragedia, algunos de los que lo perdieron todo (y precisamente por eso) no buscaran al fulano de marras para morderle la yugular. Que le dieran hasta en la partida de nacimiento, al hijo de la gran puta.
Pero nunca pasa nada, un tipo de esos dice un barbaridad, por encima de los cadáveres, de la devastación y de la tragedia, y los mandamases de la Iglesia se encogen de hombros como diciendo “qué travieso nos ha salido nuestro cachorro, vamos a ascenderle y aquí paz y después gloria”. Y a las víctimas del Sida a las que les dijeron que ponerse preservativo era malo, pecado, caca, y que el demonio lo ve todo, o a los desalojados del Katrina, a los niños violados y las adolescentes que tienen que abortar en la clandestinidad poniendo en riesgo su vida, no las vayan a excomulgar, que les vayan dando.

Pero nunca se sabe por dónde pueden salir las víctimas, el herido. El empuje de la desesperación y la honestidad humana, el deseo de verse en paz con uno mismo , con su pasado y sus verdugos. A lo mejor llega el día en que alguien hace un viaje en coche con un destino fijo, una idea en la mirada y una pistola en la guantera.

26 de enero de 2012

Sobre mares y capitanes


Yo me crié con historias de mar, con brisa de oleaje en el rostro y mirando fotos de barcos en los que mi padre, marino de carrera con título de Capitán, había surcado los océanos; escuchando anécdotas de noches de tormenta que hacían temblar al oficial más duro del puente o el castillo de proa, cuando se jugaban la vida en cubierta y anécdotas de estachas asesinas; cuando se utilizaba el sextante (no existía entonces el GPS ni otras tecnologías modernas actuales ) pieza fundamental para efectuar los cálculos astronómicos de Navegación, obtener la posición en la carta y posteriormente fijar el rumbo en función de esta última situación. A utilizar las estrellas como referente:  en el hemisferio Norte la referencia podía ser la Osa Mayor  (Alioth, Mizar y Alkaid, que prolongando la enfilación llegabas a la Polar),  y en el Hemisferio Sur la Cruz del Sur (con Acrux , Gacrux  y Mimosa) resplandeciendo en todo el firmamento. Y es que, hasta hace muy pocas décadas, las técnicas de navegación no distaban mucho de las que utilizaron Colón, Erik el Rojo, William Bligh o Nelson.
Atendí a explicaciones sobre el Fuego de San Telmo, de aletas de tiburones a babor o leyendas de buques fantasma  a la altura del cabo de Buena Esperanza, de noches de un silencio y una oscuridad sobrecogedoras, sin nada más a la vista en millas a la redonda que el navío en el que estabas.
Y entre aquella tripulación había oficiales beodos o marineros puteros que esperaban el atraque del barco para ir al primer burdel nada más arribar tierra. Pero eran marineros duros y honrados que sabían cuál era su trabajo a bordo y sabían cumplirlo, desempeñados siempre leales a una cadena de mando que iba desde el Capitán hasta el marmitón. Marineros de verdad, añejos, trabajadores y curtidos, que aún existen y no tienen nada que ver con estos gilipollas actuales de pijolandia que van al yate de lujo o velero de turno con los zapatos náuticos y vestidos de camisa, como si fueran a un cocktail del club de regatas.

Y pasé muchos veranos y algunos inviernos en un pueblo de la costa cantábrica, mirando ese oleaje sereno de los días de agosto y el color oscuro, agresivo y sombrío que adopta en invierno. Aprendiendo a analizar las mareas y comprender su influencia en las costas o cuándo era mejor para ir a coger marisco en los pedreros, siempre con un ojo atento a la Guardia Civil del SEPRONA.
Jugando a la vera de esa orilla a naufragios y piratas, mirando la extensión de agua infinita y soñando con navegar más allá de la línea del horizonte para anclar en puertos extranjeros donde esperarían mujeres de largos vestidos y labios eternos. Porque en aquella época y aquellos veranos los niños queríamos ser oficiales, corsarios o marineros de la Bounty, nadie declaraba añorar ser futbolista o tertuliano de Sálvame.
Mirando con respeto reverencial a viejos pescadores que permanecían impasibles y pacientes tardes enteras con la vista muy lejos de allí, chupando un cigarrillo y echando ojeadas a su caña inmóvil. Llegué a tener la certeza de que la captura era lo de menos, lo importante era estar sentado cerca de la mar, a la intemperie de esa brisa y ese olor únicos, cuando todo lo de tierra adentro te resulta entonces muy ajeno.
Y fuimos niños dando brincos entusiastas por entre las ruinas de un viejo embarcadero, buscando acantilados desde los que saltar al agua, pero conocedores siempre de la profundidad y las rocas del fondo, con seguridad de veterano, evitando las peñas en las que poder encallar…
Ahora, muchas veces, esa vasta extensión de agua marina ingobernable es el reflejo de mi infancia perdida.
También aprendí, con esas historias paternas y mi intuición, que el mar es una bonita y dura metáfora de la vida, porque es un peligro y una promesa, donde muchas cosas empiezan y otras terminan, y siempre hay un momento en el que atraviesas tu particular línea de sombra, con el beneplácito de la memoria sabia como los siglos y de los espectros de viejos marinos.
Como cualquier aficionado a los barcos y a la lectura que se precie, me calzé los imprescindibles: Patrick O'Brian, Conrad, las novelas Moby Dick (cuya adaptación al cine de John Huston tiene carácter de mito para mí), Los trabajadores del mar de Víctor Hugo y Rebelión a bordo. Incuso novelas interesantes de Pérez-Reverte como La carta esférica o Cabo Trafalgar forman parte de la biblioteca.
Con semejante bagaje y esos antecedentes marineros, es comprensible que me sienta, como cualquier navegante lúcido, asqueado por el impresentable del capitán Schettino y su ruindad como oficial de mayor rango. Porque ante un naufragio o situación de peligro la máxima autoridad dentro de un barco debe ser el comandante y el baluarte de la sangre fría y el temple, asistir las tareas de evacuación y salvamento, asumir errores y remendar, ser el último en abandonar la nave; y en última instancia, un capitán se hunde con su buque si es necesario. Sin reglas, sin honor, tanto en alta mar como en la vida, nada tiene sentido. 
Es indignante la poca vergüenza y la vileza del primer mando del Costa Concordia, la manera ratera de huir, el desamparo de los pasajeros al abandonar un mando que, pese a todo, era suyo. Y la condena de Schettino no reside tanto en la sentencia que aplique la justicia como en la vergüenza como dueño de unos galones, esa marca indeleble que tendrá siempre, porque se pueden ser muchas cosas en este mundo, pero en la mar, nunca un cobarde.

14 de enero de 2012

El gran carnaval 2012




Aquella inolvidable e incisiva película de Billy Wilder era un adelanto a su tiempo de uno de los mejores creadores que ha dado la historia del cine, alguien en posición privilegiada para narrar ese testimonio dados sus antecedentes en el periodismo, donde fue corrosivo, crítico e irónico, como muestra Cameron Crowe en el libro “Conversaciones con Billy Wilder”.
Conocedor del lado más sucio y ruín del negocio, El gran Carnaval fue un fiel y estremecedor reflejo del amarillismo de determinados medios y las bajezas morales de una sociedad que se alimenta del morbo y la parte de espectáculo de la tragedia humana.
Álex de la Iglesia adapta la historia llevándola a la España del siglo XXI, con todos los elementos de sobra conocidos de un "país de pandereta", utiliza el trasfondo actual de la crisis (con perorata contra los bancos incluida, "esos hijos de puta", en palabras del protagonista) para hacer su película tragicómica, poniendo a una digna y madura Salma Hayek (qué bien le sientan los años a esta mujer) como aplicada ama de casa, esposa y madre, y a José Mota de personaje principal, un auténtico regalo de papel que el actor cumple con creces, alejado de su conocida vertiente de comedia, aunque sin poder contenerse a meter un guiño a su personaje televisivo (la pantomina en el coche sobra por todos lados). Entre los secundarios, el director se rodea de una buena parte del plantel de la anterior y genial Balada triste de trompeta para intentar hacer una sátira en plan denuncia de la carroña televisiva y política, saliendo muy mal parada en el tajo la abyecta Telecinco, que sin nombrarla literalmente (Cadena Cinco, utilizan aquí) se lleva la peor parte del ventilador de mierda que de la Iglesia pone en funcionamiento, mostrando su falta de escrúpulos, la utilización mediática de lo morboso, trágico o desagradable para lucrar un negocio de audiencias que se nutre de público con el nivel mental de un espectador de Gran Hermano.
Mucha gente está interesada en comprar la dignidad del desafortunado personaje de Mota, empezando por la subasta en la que él mismo participa, aunque su familia, encabezada por su mujer, hacen el paripé de turno, para salvarlo de la ciega ambición y de paso darle a la cinta el necesario mensaje cargado de moralina.
De la Iglesia está más contenido, no hay tantos excesos y elementos personales como en otros trabajos, se centra más en asaltar frontalmente los sentimientos y las buenas emociones.
No llega a ser La chispa de la vida una caricatura de 'El gran carnaval', si no más bien una revisión del clásico adecuada a las nuevas épocas, y aún así, no ofrece nada que no se haya contado antes.

5 de enero de 2012

El regalo de lo impreso




Esta tarde me ha llamado la atención, de forma agradable, ver una librería del centro de Oviedo llena a rebosar. Claro que, evidentemente, es semana de Reyes y también estaban atestadas de gente las tiendas de ropa, las perfumerías  y las grandes marcas comerciales. Apuesto a que igual que lo estaban las zonas de las superficies destinadas a la venta de ibuks y demás mierdas electrónicas...
Pero no es la generalidad, ni la forma, si no el fondo. El comprobar cómo aún se siguen regalando y comprando libros de manera acuciante, que las trabajadoras no daban a basto a envolver las últimas novedades y algunos clásicos de siempre, para llevar algo de sensatez y lectura a muchos hogares, en un país donde las audiencias televisivas, las pasiones futboleras o nacionalistas, la educación y los políticos que votamos muestran que es abiertamente analfabeto. Y sin embargo, trabaja en esa librería una amiga con la que siempre hablo un buen rato cuando paso por allí, y hoy apenas pudo atenderme ante la cantidad desbordante de clientes.
Uno se siente cómodo en ese ambiente de consumismo literario, pensando que la persona que el día seis reciba su regalo probablemente sea de esa especie que aún venera los libros, que los coloca cuidadosamente con mimo en su rincón, ordenados por autores, y dejan marcas en ellos (a lápiz, un pedazo de papel...) para recordar una frase, un pasaje que les dice algo, o muestra una luz en medio de la oscuridad.
Había algunos que simplemente llegaban, preguntaban por un título en concreto, para que otro lo buscara por ellos, lo compraban y se iban; pero también aquellos que se daban una vuelta despacio, comprobando nuevas ediciones de sus libros preferidos, el curioso orden para clasificar las novedades o el precio de gangas de bolsillo. De esa clase de personas que el resto del año te las encuentras en las librerías con un brillo extraño en los ojos, mientras pasean la vista entre las estanterías o miran con interés un ejemplar deseado.
Del tipo de inviduos que observan con curiosidad un tomo en la biblioteca de casa, reconociéndolo, pensando que está al caer otro visionado, que ya va siendo hora, y así poder descubrir cosas nuevas, diferentes aspectos a cuando eran otra persona e interpretaban aquel libro a la luz de su propia vida, de sus experiencias.
Libros que se compran porque los leíste hace tiempo pero nunca fueron de tu propiedad, y quieres tenerlos en tu entorno, que pasen a formar parte de tu biblioteca y tu legado.
Hace poco gasté bastante dinero llevando a mi casa a viejos conocidos. Yo era todavía un colegial cuando descubrí en una biblioteca de instituto a Ferdinand Bardamu e iniciamos juntos un viaje al fin de la noche, o cuando Humbert Humbert me hacía estremecer con aquella sexualidad oscura y perturbadora.
Soy de los que piensan que determinadas historias de tinta forman parte tanto de nosotros como lo vivido, nuestro propio documento de identidad, y no pocos personajes de ficción jugaron un papel en nuestras vidas mucho más importante que el de algunas personas reales, además de la influencia que han tenido en la existencia, el poso lúcido o áspero que dejaron, la forma de ver las cosas o encarar un acontecimiento, las noches que hicieron que nos fuéramos a dormir descompuestos y amargos; y entonces conocemos a una mujer, o a un hombre, y pensamos "ésta se parece a aquella chica que yo soñé entre líneas, o que una noche imaginé para unos de mis relatos", y comprobamos que la realidad puede ser más bonita, cruel, fascinante y gallarda que cualquiera de las novelas.
Y nos enamoramos, y la vigencia de los libros y el amor pasional duermen a nuestro lado. O no tenemos esa suerte, y en nuestra condición humana siguen reinando el fracaso y la desolación, buscando entre las tapas esos héroes imperfectos entre los maestros de lo sórdido.
De cualquiera de las maneras, y es gratificante, no son pocas las personas que, cuando la luna se alza fría y distante en el cielo, pernoctan entregadas a esperanzadores sueños de papel.

27 de diciembre de 2011

Tinker, Tailor, El frío más perfecto




Poniéndola en paralelo con las novelas de John le Carré, con el público familiarizado con Smiley, Karla y el Circus, El topo es un fiel reflejo visual del alma impresa del universo del escritor, su ambiente y atmósferas tan características como inimitables, el complejo juego de espías que sigue fascinando a generaciones de lectores por su buen hacer a la hora de intercalar ese mundo secreto con las emociones sostenidas, alegorías al amor personal en mundos beligerantes. En cambio, confrontándola con el espectador medio de las salas de cine, incluso con la tristemente abrumadora mayoría de nombres que copan la cartelera, la cinta del sueco Tomas Alfredson es como un caimán en medio de un estanque de cisnes. O como una flor en el estiércol. El que entre en la sala esperando ver algún producto similar a la factoría Bond o algo más cercano a Misión Imposible huirá de allí a los pocos minutos. Y ésa es también la gran ventaja de una película tan memorable e inteligente.
Poder disfrutar otra vez del veterano, complejo, docto, cornudo y desencantado George Smiley es gracias a Gary Oldman, que encabeza un reparto británico de lujo con un regio papelón lleno de templanza y matices en las miradas pero de expresividad necesariamente contenida, donde todo a su alrededor es desconfianza, secretos, patriotismo mal entendido y ambigüedad.
Apoyado por una dirección elegante (que se basa en su textura de grises para el entorno) y un guión envolvente que parece rescatado de tiempos mejores (no desmerece a los clásicos más genuinos del genero de espías de los 70), 'El topo' únicamente requiere no despegarse de la trama, para tener todo el arco de un ejercicio casi perfecto de reposado cine con mayúsculas (comparte linaje con El buen pastor), pues se trata de una película en la que habita información en cada escena, complejidad en cada detalle y diálogo; atravesando la arteria del argumento, como lágrimas de sangre, dos de las historias de amor más frías y descarnadas en años, sobre una obra profunda y soberbia en forma y contenido que tiene todos los elementos para convertirse en atemporal.

3 de octubre de 2011

De arrugas y coraje



Estoy preocupado porque me dicen, cuando llamo por teléfono, que últimamente no tiene demasiadas ganas de hacer cosas, que para lo que le queda, y después de pasarse la vida trabajando, prefiere descansar, casi dejarse llevar. Y eso me produce enorme angustia si viene de alguien que gozó siempre de una extraordinaria vitalidad y una sustancial sinceridad para llamar a las cosas por su nombre.

Mi abuelo pertenece a esa añeja clase de asturiano sencillo, honrado y duro. De cuando se nacía y se moría en casa.
Cuando voy a pasear con él por los senderos tranquilos de la costa en la que ambos nos criamos me gusta imaginar tiempos perdidos entre sus gestos y palabras. Tiene la piel morena curtida como si fuera cuero viejo y unas grandes manos ásperas que aún pueden descoyuntar una tierra rebelde. Y vamos caminando a la brisa de ese mar que tantas vidas ha visto pasar o se ha llevado, en el que él posa sus ojos mientras habla de anécdotas que parecen tan lejanas, y de vez en cuando se detiene y observa absorto un rompeolas o una franja de tierra en el horizonte, con la mirada callada, pensando tal ve en un acontecimiento escondido en la memoria, o buscando una explicación de algo ocurrido hace demasiado tiempo.

No pudo permitirse una educación superior en aquella España oscura y triste de necesidades y trabajo precario, pero, aunque nunca haya pisado una biblioteca, tiene esa sabiduría innata que uno admira y de la que se aprende en silencio respetuoso, ese conocimiento que no se adquiere en los libros y sin embargo responde a una ancestral y sabia lucidez que aporta haber vareado las crestas de 82 inviernos y ser uno de los supervivientes de otra época, de los años del miedo y el silencio, cuando había que tener mucho cuidado de lo que se hablaba en casa, no sea que estuviera cerca algún somatén o un vecino cabrón que te denunciara a la Guardia Civil y entonces te inflaban a hostias. Porque en los pueblos todos se conocían y todos habían visto a vecinos acabar con sus huesos en una celda o ser sacados de sus camas al amanecer para pasar a formar parte de una fosa común. Lo único que hacía falta era un chivato que te señalara. Y desde siempre hubo miserables dispuestos a apuntar con el dedo en la mezquina y beata España profunda.

Basta con tender bien la oreja a lo que los mayores tienen que contar, cuando hablan entre arenas de tiempo, para saber que entre sus recuerdos difusos de lóngeva intensidad está la verdadera memoria histórica, que su lucha anónima por sobrevivir y además hacerlo con dignidad es la de tantos otros, ancianos valerosos y sabios de gesto sereno que te aún te pueden partir la crisma si se te ocurre hacerte el gracioso y soltar esa infamia de: “Con Franco se vivía mejor”.

Aquellos hombres y mujeres del entorno rural o industrial para los que sus manos y su coraje eran el sustento vital, y que de verdad sabían lo que era echarle a la vida un par de cojones.                            
Mi abuelo, junto con su mujer, con la que lleva más de medio siglo (se dice pronto, así, de corrido) sacó adelante una casa, unas cuadras y unas tierras regadas a menudo con sudor o sangre, y ambos dieron sus mejores años para que sus hijos fueran al colegio y a la Universidad, para que tuvieran la oportunidades que ellos no pudieron tener porque resulta que había que sobrevivir, con la fe en sí mismos como única fe y  el coraje y una reposada resignación como aval para comer a diario.

Recuerdo cómo de niño me hablaba sin concesiones, con el cariño que esconde la dureza. Esa rigidez autoritaria de los labradores, capaz de bajar a todos los santos del cielo en blasfemias rápidas y contundentes porque te habías equivocado en la herramienta del campo que te reclamó, y en vez de la pala de pinchos le llevaba la fesoria.

Le vi matar animales por pura cuestión funcional, con ese sentido práctico de la gente campesina, para los que lanzar al río una cesta de gatos recién nacidos significa unas bocas menos que alimentar, aunque sean las de unos felinos; o cortar de un hachazo la cabeza de una gallina por la mañana conlleva comer pollo asado al mediodía.
Ahora se conforma con disfrutar de una botella de sidra en las comidas y que los fines de semana vaya la familia a verle, y que, encima, le manden salir fuera de casa los domingos cuando quiere fumarse un puro.

Con estas líneas únicamente brindo mi pequeño homenaje a él y a todos los abuelos, en una época de valores de usar y tirar donde se impone la fugacidad de las cosas y nada permanece, donde habitamos como si fuéramos a estar aquí para siempre o hubiéramos inventado el mundo, bobos seguidores de modas técnicas y elementales, alimentando una anemia cultural, absortos creyendo que nunca vamos a envejecer, sin pararnos a recapacitar que no somos gran cosa y que probablemente no tenemos más voz que la voz que ellos tuvieron. A esos abuelos que sustentan en las arrugas de sus ojos cansados las huellas de nuestro pasado, que se debe conocer y valorar, aquellas generaciones que supieron lo que es pelear de verdad por cada eslabón de la vida y aprendieron a pesarla por lo que cuesta, y ahora encienden un puro y rodeados de sus recuerdos miran hacia el mar en silencio, buscando la serenidad para el último tramo.