26 de marzo de 2012
Mujeres
Cuando una mujer acierta, lo hace de pleno. Tú vas con una idea fija, a piñón, pensando, la voy a desmangar con cuatro frases curiosas y una sonrisa ladeada. Y te pone unos argumentos y un sentido común que te tienes que agarrar a la silla, cavilando que no contabas con eso. Y uno se queda así, descompuesto y en jaque, tragando palabras e ideas, entre la admiración y la perplejidad. De dónde sacan a veces esa lucidez, no lo sé.
Al hilo de la última entrada de este desolado blog, hubo quién me comentó que no era justo metiendo a todos los profesores en el mismo saco, y que también los había decentes que trasmitían unos valores y un poder educativo de calidad. Y es cierto, existen esos profesores que aún recuerdas y que si te los encuentras por la calle saludas con un cariño efusivo, y ellos te reconocen y te dicen eso de que aunque eras un cabrón incontrolable, eras buen chaval y te apreciaban.
Pero hablo de la generalidad, y tengo que resaltar que todo lo que aprendí, lo poco o mucho que sé, no me llegó del colegio sino de fuera. De libros, de viajes, de películas, de darse una vuelta por la vida.
Queramos o no, más allá de las ecuaciones o de las capitales de Europa, la cultura se la ha de buscar uno mismo. Y tener curiosidad, inquietudes, estar espabilado, atreverse a pensar auque ello conlleve entrar en confrontacción con lo que te enseñaron desde pequeño. El buen sabor de boca de mantenerse al margen de siglas políticas o religiones.
Con las mujeres creo que pasa lo mismo. Viven rodeadas por el pringe de una sociedad que aún las educa con unos valores anacrónicos, ese deje de sumisión resignada, y cuando pones la tele lo que triufan son las series, americanas de postín o zafiedad patria, donde se vende hasta la fatiga el estereotipo de mujer liberada igual a consumista y superficial, con el intelecto básico para saber diferenciar entre dos distintos pares de zapatos y poder describir a sus amigas el último chulazo al que se tiró.
Eso cuando no vienen con los coletazos de esa España profunda, mezquina, santera, machista, chismosa, supersticiosa e hipócrita que nos han dejado siglos de sucio legado. Y les han dicho que su misión en la vida es casarse por la Iglesia con un hombre de partido (aquí el amor verdadero es un chiste) y tener muchos hijos mientras cuidan de la casa. Esa genética de lucha y derrota, de imponer su identidad para no ser vistas únicamente como un objeto de deseo de hombres que buscan utilizarlas. Todo mezclado con un nuevo delirio ultrafeminista que convierte causas justas en un circo verbenero sin pies ni cabeza, y tanto daño hacen a la auténtica lucha por los derechos de las mujeres.
Por eso aprecio tanto la independencia de una mujer valiente y lúcida, su coraje, su sentido del humor. De esas hembras de corta y rasga que ningún macho alfa les dice una grosería por la calle ni alude a su sexualidad porque los pueden helar con la mirada. Pero también pueden hacerte tocar el cielo con una sonrisa; con un susurro de su voz y la luz de sus ojos a media luz. Que pueden ser una madre o una compañera, intercambiando opiniones, proyectos e ilusiones.
De ésas que uno se maldice hacerles daño, defraudarlas, y nunca olvidas su mirada atravesándote mientras en ella puedes leer que las has decepcionado; o tú tratando de dar las gracias a quien nunca las pidió, por esa marcha más, ese no sé qué que está por encima incluso de la ternura, del sexo y del amor.
15 de marzo de 2012
Los niños de la National Gallery
Tienes narices la cosa, me digo. Hay que ver la diferencia entre estos pequeños zascandiles y la infancia que pasamos. Paseo muy atento por el Museo Británico, mirando restos momificados y otros menesteres arqueológicos egipcios que los ingleses arramplaron de allí, como siempre y por la patilla, de cuando se dieron una vuelta por el mundo en plan los amos del tinglado. Y no paro de ver a mi vera grupos de escolares guiados por tres o cuatro monitores que los llevan de sala en sala, explicando de qué va el asunto. Todos muy juntos y muy disciplianados, sin un amago de insubordinación. Lo mismo ocurre en la National Gallery. Allí, entre un Monet y un Van Gogh, te cruzas con unos pequeñajos que apenas levantan un palmo del suelo, puestos de dos en dos y de la mano, atentos todos a la explicación del guía. Aquí una batalla napoleónica, aquí un retrato isabelino.
Qué distinta es la cosa, piensa uno, de que desde pequeño te enseñen la historia y el arte con mayúsculas a que te lleven al museo de la minería o a la granja escuela y pasarse la tarde haciendo el gilipollas. Pero claro, son ingleses, y no se averguenzan de su historia, ensalzando sus victorias y escondiendo sus derrotas.
Allí cualquier enano se sabe de memoria la biografía de Nelson, qué pasó en Waterloo, quién fue Patrick O Brian o cita las obras de Dickens. Ahora coge a un niño español, de esos que están en el recreo con la camiseta del jugador del Madrid y lanzando los insultos que aprendió en la tele, y pregúntale por Trafalgar, por las Navas de Tolosa, por El manco de Lepanto o por Belchite.
En un régimen escolar partido en diecisiete sistemas distintos, donde aún se pasa por la palabra España como de puntillas, cada uno arrimando a su parcela y trincando de subvenciones, discutiendo muy seriamente si el manifiesto sobre la defensa del castellano es o no fascista.
Y en vez de escuchar a los historiadores serios y rigurosos, lo que triunfa y vende mogollón son los nuevos exaltados que sacan tres libros al año explicándote muy convencidos y con tdo lujo de detalles que si aquí hubo una guerra civil fue por lo malo que lo hicieron los rojos durante la República, y que de exterminio y genocidio nanai de la china.
Porque en vez de educar a los niños en el buen gusto de la lectura, y tener profesores competentes que te expliquen la historia de una manera apasionante que te incite a querer saber más, lo que se hace es obligar a leer libros por sus cojones, de manera obligatoria, y a ver cómo va un enano adicto a los videojuegos meterle zapato a La verdad sobre el caso Savolta. Porque obligar a un chaval a leer un libro que le cuente para nota es asesinar al lector antes inscluso de que llegue a serlo.
Pero da lo mismo, porque en vez de rigurosidad histórica y científica, se intenta muy concienzudamente cargarse la educación pública dejándola con un nivel de calidad inabarcable, y los que pueden pagarlo aún no se les cae la cara de vergüenza en meter a los chavales en sistemas adoctrinadores donde no aprenden una mierda, más que un lavado de cerebro para que no se salgan del redil de sus papis, y luego los ves haciendo el ridículo por las calles de Madrid con eso de equis uve palote. Y así salen luego los hijoputas, con un cacao de la leche, y piensan que la evolución es que Adán y Eva tuvieron muchos dinosaurios.
27 de febrero de 2012
100 películas de cine
No me gustan las listas, tan dadas a pontificar o subjetividades, pero en este caso puede estar bien para hacer un repaso y agrupar un centenar de lo mejor de la historia del cine. Y lo de las películas favoritas es muy relativo, ya que cada uno interpreta el cine a la luz de su propia vida, o de sus propias referencias cinéfagas. Están ordenadas por año. El collage es mío, que soy un virtuoso con el ordenador.
Amanecer - F.W. Murnau
El maquinista de la general - Buster Keaton
Luces de ciudad - Charles Chaplin
Cero en conducta - Jean Vigo
Sopa de ganso - Leo McCarey
La gran ilusión - Jean Renoir
Sólo se vive una vez - Fritz Lang
Los violentos años 20 - Raoul Walsh
Historias de Filadeldia - George Cukor
Rebeca- Alfred Hitchcock
Murieron con las botas puestas - Raoul Walsh
Los viajes de Sullivan - Preston Sturges
Casablanca - Michael Curtiz
Ser o no ser - Ernest Lubitsch
Incidente en Ox-Bow - William A. Wellman
Laura - Otto Preminger
Perdición - Billy Wilder
Duelo al sol - King Vidor
Forajidos - Robert Siodmack
Encadenados - Alfred Hitchock
Los mejores años de nuestra vida - William Wyler
Retorno al pasado- Jacques Torneur
Carta de una desconocida - Max Ophüls
El tercer hombre - Carol Reed
Al rojo vivo - Raoul Walsh
Los olvidados - Luis Buñuel
La jungla de asfalto - John Huston
El pistolero - Henry King
En un lugar solitario - Nicholas Ray
Los sobornados - Fritz Lang
Raíces profundas - George Stevens
La noche del cazador - Charles Laughton
El hombre de Laramie - Anthony Mann
Ordet (La palabra) - Carl Theodor Dreyer
Centauros del desierto - John Ford
Un condenado a muerte se ha escapado - Robert Bresson
Fresas salvajes - Ingmar Bergman
Atraco perfecto - Stanley Kubrick
El tren de las 3.10 - Delmer Daves
Los vikingos - Richard Fleischer
Tú y yo - Leo McCarey
Sed de mal - Orson Welles
Imitación a la vida - Douglas Sirk
Los cuatrocientos golpes - François Truffaut
Con faldas y a lo loco - Billy Wilder
Con la muerte en los talones - Alfred Hitchock
Al final de la escapada - Jean-Luc Godard
El Apartamento - Billy Wilder
El Buscavidas - Robert Rossen
El hombre que mató a Liberty Valance - John Ford
El verdugo - Luis García Berlanga
El fuego fatuo - Louis Malle
El Gatopardo - Luchino Visconti
Grupo Salvaje - Sam Peckinpah
Accidente sin huella - Claude Chabrol
La Hija de Ryan - David Lean
La Última Película - Peter Bodganovich
La Venganza de Ulzana - Robert Aldrich
El Padrino I y II - Francis Ford Coppola
Fat City - John Huston
El último tango en París - Bernardo Bertolucci
Pat Garret y Billy the kid - Sam Peckinpah
Yakuza - Sydney Pollack
La Conversación - Francis Ford Coppola
Quiero la cabeza de Alfredo García - Sam Peckinpah
Lo importante es amar - Andrzej Zulawski
Dersu Uzala - Akira Kurosawa
Taxi driver - Martin Scorsese
Annie Hall - Woody Allen
Los duelistas - Ridley Scott
Uno rojo, división de choque - Samuel Fuller
La mujer de al lado - François Truffaut
Blade Runner - Ridley Scott
París, Texas - Wim Wenders
Érase una vez en Ámerica - Sergio Leone
Los santos inocentes- Mario Camus
Dublineses (los muertos) - John Huston
Bird - Clint Eastwood
Léolo - Jean-Claude Lauzon
Sin perdón - Clint Eastwood
Un corazón en invierno - Claude Sautet
Atrapado por su pasado - Brian De Palma
Antes de la lluvia - Milcho Manchevski
Heat - Michael Mann
Sospechosos habituales - Bryan Singer
Casino - Martin Scorsese
L.A. Confidential - Curtis Hanson
Martín (Hache) - Adolfo Aristarain
El pianista - Roman Polanski
Las horas - Stephen Daldry
Million dollar baby - Clint Eastwood
Munich - Steven Spielberg
Match Point - Woody Allen
El buen pastor - Robert De Niro
El curioso caso de Benjamin Button - David Fincher
Revolutionary Road - Sam Mendes
La cinta blanca - Michael Haneke
El secreto de sus ojos - Juan José Campanella
24 de febrero de 2012
Morir en Colombia
El incidente podría considerarse uno más de la locura de muerte y asesinatos selectivos que invade Colombia, el mayor productor de cocaína del mundo y que refleja unos índices de mortalidad propios de una guerra. Pero resultaba menos común dado las características de las víctimas. Dos curas habían aparecido baleados en su coche, sin duda obra de pistoleros a sueldo. Las primeras hipótesis apuntaban a un atraco.
No fue así, ni mucho menos. La historia que hay detrás es un camino de amor y muerte, de secretos, enfermedad, miedo e hipocresía.
Ambos estaban enamorados. En los tiempos que corren y en el país al que nos referimos, significaba cualquier cosa menos una idílica relación.
Pero una historia de amor no tiene que ser modélica, ni honrosa, ni siquiera amable. A menudo esa cotradicción de sentimientos saca lo peor de las personas, y, en la mayoría de los casos, quedan reducidas a unas cuantas inocencias perdidas, corazones que hace tiempo dejaron de latir a kilómetros luz del punto actual de nuestras vidas, evocando en una madrugada agarrado a un vaso, mientras un amigo te habla de cualquier cosa y tú asientes absorto, como diciéndole que sí a un recuerdo. Normalmente las secuelas de una historia de amor sólo forman, en los momentos de memoria, una pasta de fracaso que duele muy pocas veces.
Ellos vivían su romance entre la pasión y un horror difícil de controlar al pensar en la idea de ser descubiertos. Algo desbordante e inmenso, clandestino y puro en su esencia. Pero el destino a veces juega muy duras pasadas, y a uno de ellos se le fue detectado VIH. El cerco se cerraba sobre ellos. Imposible disimular la enfermedad y el tratamiento que precisaba, con el filo de la guadaña rondando sobre sus cabezas, no tenía mucho sentido continuar, y además, tampoco les apetecía seguir en un mundo en el que tenían que estar escondidos por lo que eran. Decidieron quitarse juntos la vida. Saltar por un barranco, en un último recorrido por el vacío hacia el final. Pero no tuvieron valor, o sus aún profundas convicciones cristianas les impedían hacer un acto pecaminoso en última instancia que los privara del cielo, si es que acaso la Iglesia reserva algún cielo para los maricones.
Pero si algo sobra en Colombia, es personal dispuesto a dejarte listo de papeles por ti. Así que lo amañaron todo y pagaron a unos sicarios para que les ahorraran el trámite e hicieran el trabajo que ellos no podían ejectura por su mano.
Habiendo dinero, balas sobran, por lo tanto los asesinos, muy profesionales y cumplidores, les esperaron una noche como que no quiere la cosa y los acribillaron a balazos. Todo parecía un crimen brutal más. Salvo que no lo era. Ellos mismos habían encargado su asesinato. Algo esperado y deseado. Tal vez la institución a la que pertenecían, la sociedad mismas, les impedían vivir juntos su romance, pero nadie les iba a negar la forma de abandonar juntos el valle de lágrimas de la tierra.
Como decía, una historia de amor no tiene que ser modélica. Sólo es pura, llena de sentimientos humanos. Tan real como la vida. Como la muerte.
No fue así, ni mucho menos. La historia que hay detrás es un camino de amor y muerte, de secretos, enfermedad, miedo e hipocresía.
Ambos estaban enamorados. En los tiempos que corren y en el país al que nos referimos, significaba cualquier cosa menos una idílica relación.
Pero una historia de amor no tiene que ser modélica, ni honrosa, ni siquiera amable. A menudo esa cotradicción de sentimientos saca lo peor de las personas, y, en la mayoría de los casos, quedan reducidas a unas cuantas inocencias perdidas, corazones que hace tiempo dejaron de latir a kilómetros luz del punto actual de nuestras vidas, evocando en una madrugada agarrado a un vaso, mientras un amigo te habla de cualquier cosa y tú asientes absorto, como diciéndole que sí a un recuerdo. Normalmente las secuelas de una historia de amor sólo forman, en los momentos de memoria, una pasta de fracaso que duele muy pocas veces.
Ellos vivían su romance entre la pasión y un horror difícil de controlar al pensar en la idea de ser descubiertos. Algo desbordante e inmenso, clandestino y puro en su esencia. Pero el destino a veces juega muy duras pasadas, y a uno de ellos se le fue detectado VIH. El cerco se cerraba sobre ellos. Imposible disimular la enfermedad y el tratamiento que precisaba, con el filo de la guadaña rondando sobre sus cabezas, no tenía mucho sentido continuar, y además, tampoco les apetecía seguir en un mundo en el que tenían que estar escondidos por lo que eran. Decidieron quitarse juntos la vida. Saltar por un barranco, en un último recorrido por el vacío hacia el final. Pero no tuvieron valor, o sus aún profundas convicciones cristianas les impedían hacer un acto pecaminoso en última instancia que los privara del cielo, si es que acaso la Iglesia reserva algún cielo para los maricones.
Pero si algo sobra en Colombia, es personal dispuesto a dejarte listo de papeles por ti. Así que lo amañaron todo y pagaron a unos sicarios para que les ahorraran el trámite e hicieran el trabajo que ellos no podían ejectura por su mano.
Habiendo dinero, balas sobran, por lo tanto los asesinos, muy profesionales y cumplidores, les esperaron una noche como que no quiere la cosa y los acribillaron a balazos. Todo parecía un crimen brutal más. Salvo que no lo era. Ellos mismos habían encargado su asesinato. Algo esperado y deseado. Tal vez la institución a la que pertenecían, la sociedad mismas, les impedían vivir juntos su romance, pero nadie les iba a negar la forma de abandonar juntos el valle de lágrimas de la tierra.
Como decía, una historia de amor no tiene que ser modélica. Sólo es pura, llena de sentimientos humanos. Tan real como la vida. Como la muerte.
21 de febrero de 2012
Sobre valentías y personas
Dentro de la infamia general siempre hay actos idividuales de dignidad y coraje que merecen la pena reverenciar, independientemente de ideologías o colores políticos. Personas, ante todo, que cuando vienen dobladas tienden a engrandecerse, aún asumiendo los posibles riesgos.
Conocí una mujer, que me toca batante cerca, que vivió un tiempo con un maltratador soportando todo tipo de vejaciones y palizas, y un día le puso un cuchillo en el cuello y le dijo: "como me vuelvas a tocar te voy a rajar por la noche". Y desde entonces él durmió en otra habitación y con el pestillo echado.
En la memoria de todos está la imagen de aquel hombre de Lazkao al que una bomba de los nazis del RH negativo le destrozó su casa,y mazo en mano arremetió contra una Herriko Taberna, madriguera habitual de los mafiosos. Uno tiene sus debilidades y, sinceramente, a mí ese tipo de actos me conmueven profundamente.
Y es que, en el País Vasco, como pasa en todos los sitios, unos callaban por miedo y otros no se resignaban a vivir sin libertad o hincando la rodilla, aunque les costara la vida. Por ejemplo, María San Gil cuando salió corriendo detrás del terrorista que había matado por la espalda al compañero de partido mientras comían juntos. Hablo de personas que no pueden dejar de ser quien son aunque sepan lo que se están jugando. Aquel Ernest Llunch que se subía al atril frente a un grupo de radicales que lo abucheaba, durante la tregua del 98, y les decía que gritarán más, que por lo menos ya no mataban, y unos meses más tarde Llunch era asesinado en el garaje de su casa de Barcelona. O el asturiano Juan Priede, harto de vivir con escoltas pegados, eludió su protección para bajar un momento al bar a echar una partida de cartas y disfrutar de un momento de distensión sin los guardaespaldas, donde le esperaban sus asesinos. Dicen que Isaías Carrasco iba sin escolta por decisión propia cuando le metieron tres tiros (también por la espalda) delante de su mujer y su hija.
Y hay una clara línea delimitadora entre la gente decente y la chusma, el cobarde que se crece amparado en una posición superior o la impunidad del tumulto. El delator, el chivato. Esos 'ultras' de fútbol paletos y descerebrados que golpean a quien encuentran por su camino indefenso y (esto es importante) en minoría. Los que insultan y amenazan camuflados en una grada a un árbitro o futbolistas en un estadio.
El que organiza guerras pero nunca manda a sus hijos a ellas, que saben que no se la juegan jamás; los que firman órdenes conscientes de que si las cosas sale mal nunca van a tener que responder por sus actos, y que el pellejo se lo van a arriesgar otros.
Esa adolescente que sale a la calle en Valencia desarmada para ser golpeada con una violencia que nos alarma tiene una integridad cien veces mayor que el cacho de carne de cenutrio que abusa de su poder. Porque una cosa es repeler un ataque, garantizar la seguridad y defenderse cuando está en peligro la integridad física de cada uno, y otra golpear cobardemente a un menor de edad indefenso que no tiene posibilidad de réplica.
Esa chica, como tantas otras, creció con la idea de que tenía derecho a una educación digna, a una sanidad decente y una democracia naciente y limpia. Pero luego vino el robo, la avaricia desmedida, la estupidez de los gobernantes (unos y otros sacaron partido mientras pudieron, ya fuera con el delirio ladrillero y corruptela urbanística o con la idiotez más inoperante) y la impunidad de los causantes del desastre. Ella lo sabe y no ha vivido de espaldas a ello. Con el futuro negro y la situación precaria, nunca imaginó que tendría que salir a manifestarse para pedir algo que antes nos parecía tan básico como calefacción en las clases.
Tal vez sus padres no tenían el dinero para mandarla a un colegio privado y religioso, donde además le lavaran el cerebro; de ser así ahora estaría en casa, ajena a todo, consumiendo televisión con una actitud bovina.
Pero ahuyenta el miedo y se planta delante de los cascos y los palos. Algunos gritan con las manos en alto, esgrimiendo como arma sus manos desnudas, otros incluso alzan libros, como amaprádose en el poder de las palabras contra la brutalidad.
Y te das cuenta de la lección imborrable que esos chicos están dando, esa grandeza de pundonr y que te hace sentirte orgulloso aún de la gente que habita tan desdichada tierra. Y aunque las cosas pintan muy mal para la maltratada España, siempre hay algo que nos salva entre el lodo, no hay más que mirar cualquiera de las fotos de esa chica (todas las chicas y chicos que hay) y ver su valentía ante el desastre. Porque las porras podrán magullar su cuerpo, pero nunca debilitarán su espíritu.
5 de febrero de 2012
Una historia de violencia
La historia ocurrió hace veinticinco años, y levantó mucha polvareda en su momento, además de hacer corres ríos de tinta impresa y dar que hablar durante mucho tiempo al concejo. Todavía debe de andar por las hemerotecas, y en mi tierra los más viejos que yo la recordarán, por eso hoy la quiero rescatar, pues es digna de ser contada y refleja bastante bien lo que somos, con sus tintes de negrura y morbo.
Luis de Alamo tenía 46 tacos y era picoleto de tráfico en el destacamento de Luarca, en Asturias. Llevaba una vida ejemplar, un currante más de esos anónimos, casado desde hacía más de dos décadas con su mujer Constantina y padre de dos chicas adolescentes fruto de su sagrada unión. En 1985 llegó al concejo un nuevo párroco que respondía al nombre de Antidio (tuvieron los huevos bien puestos los progenitores, sin duda), treinteañero joven y entusiasta de esos que se hacen cargo de una comunidad pequeñita y se entrega con cristiana caridad a la consagración de los vecinos.
El caso es que a Luis le parecía que su parienta le ponía ojitos al nuevo siervo de Dios, y veía con inquietud la nueva amistad surgida entre ambos, pero la mujer, en lo suyo “tú deliras Luisín, no te me pongas tonto por mi labor de ayuda al lado del Padre Antidio, etc, etc”. Pese a todo, nuestro amigo empezaba a albergar alguna que otra duda, ese automático de desconfianza que salta cuando una mujer dice que no pasa nada pero se observan señales sospechosas.
En esa misma época Constantina abrió una pequeña boutique, y con la excusa de provisionarse de ropa se fue a Madrid, alquilando habitación en un hostal.
Luis, que tonto del todo no era, comprobó que ese mismo fin de semana tampoco estaba Antidio por Luarca. Una llamada de teléfono a la recepción sirvió para atar cabos. Mismo hostal, misma reserva.
Tras esto, Luis llamó al destacamento, habló con sus superiores y dijo que se encontraba mal, totalmente indispuesto, y que por favor, lo relevaran.
Cogió el coche y se puso camino de Madrid. Hizo todo el viaje hasta la capital como podemos imaginar, echo un mar de nervios y de desesperación, a punto de enajenar, el pobre. Allí se presentó hasta en el pasillo, y fue la fortuna que vio en ese mismo momento salir descamisado al bueno de Antidio, de una de las habitaciones donde le había dado a su mujer las suyas y las de un bombero. Y Luis, que se encontraba un poco falto de delicadeza, sacó el arma reglamentaria y sin decir esta boca es mía le metió un balazo al cura, que no tuvo tiempo ni para pedir la confesión.
Los policías de la Comisaria de Sol lo detuvieron sin que el marido cornudo opusiera resistencia, sólo con una mueca de resignación, esto es lo que hay agentes, ahí está el cura, sí, el del suelo hecho un Eccehomo. Por supuesto, fuentes eclesiales manifestaron a la prensa que el sacerdote llevaba una vida ejemplar (supongo que no tuvieron en cuenta lo de beneficiarse a la esposa de un feligrés)
La Audiencia Provincial lo condenó a dos años de prisión, de los que cumplió únicamente un año y medio que le debieron de parecer unas vacaciones, antes de salir en libertad condicional, imagino, más a gusto que en brazos.
Viene la historia a cuento de que uno puede llegar a desarrollar cierta empatía por los humillados y los hermosos vencidos, por el hombre que en un arrebato de dignidad y coraje le aprieta las tuercas al aprovechado de turno. Y así lo entendió la Justicia, aplicándole a Luis una pena ridícula. Lo pienso ante la noticia de que el Instituto de Criminología de Baja Sajonia desarrollará una investigación de los archivos de la Iglesia Católica en Alemania para estudiar los casos de abusos sexuales acontecidos desde 1945. Porque ya llovió. Tarde, como siempre, pero al menos puede evitar que uno de esos niños hoy adultos haga un pequeño acto de desquite y busque a su violador para cerrar deudas.
¿Y quién puede poner en duda el derecho moral a ir a uno de esos torturadores de la inocencia y de la vida y meterle un tajo desde detrás de la oreja hasta la nuez, o simplemente inflarlo a hostias con benevolente piedad? Es admirable que alguien que haya pasado por un hecho semejante no reclame la justicia por su mano, hola padre, muy buenas, ¿se acuerda de mí? Aquí le traigo a mi amiga la 38, pum pum, y angelitos al cielo. Y es que, cuando se trata de ajustar cuentas, algunos delitos nunca prescriben en las entrañas de los que lo padecieron.
En Estados Unidos, un país enorme y de grandes contrastes, tuvieron el lujo de tener entre sus ciudadanos a la inimitable Ayn Rad y tiene bastante pegada el auténticamente genial, honesto y brillante británico Richard Dawkins. Sin embargo, un amplio sector lleva doscientos años negando a Darwin y se debate de forma intensa el enseñar creacionismo en las escuelas, mezclando el tocino con la velocidad, oponiéndose a cualquier despunte del progreso y la razón, glorificando la estupidez, preservando a nuevas generaciones en la incultura, la ignorancia y el miedo.
Hay un pieza, Gerhard Wagner, que está en contra de que las mujeres vistan pantalones o que estudien en la Universidad, y que Ratinzger ascendió a Obispo al poco tiempo de que dijera que el Huracán ‘Katrina’ que devastó Nueva Orleans respondía a un castigo de Dios por las prácticas inmorales que se practican en la ciudad. Y aún siento perplejidad de que ninguno de los miles de afectados por la tragedia, algunos de los que lo perdieron todo (y precisamente por eso) no buscaran al fulano de marras para morderle la yugular. Que le dieran hasta en la partida de nacimiento, al hijo de la gran puta.
Pero nunca pasa nada, un tipo de esos dice un barbaridad, por encima de los cadáveres, de la devastación y de la tragedia, y los mandamases de la Iglesia se encogen de hombros como diciendo “qué travieso nos ha salido nuestro cachorro, vamos a ascenderle y aquí paz y después gloria”. Y a las víctimas del Sida a las que les dijeron que ponerse preservativo era malo, pecado, caca, y que el demonio lo ve todo, o a los desalojados del Katrina, a los niños violados y las adolescentes que tienen que abortar en la clandestinidad poniendo en riesgo su vida, no las vayan a excomulgar, que les vayan dando.
Pero nunca se sabe por dónde pueden salir las víctimas, el herido. El empuje de la desesperación y la honestidad humana, el deseo de verse en paz con uno mismo , con su pasado y sus verdugos. A lo mejor llega el día en que alguien hace un viaje en coche con un destino fijo, una idea en la mirada y una pistola en la guantera.
26 de enero de 2012
Sobre mares y capitanes
Yo me crié con historias de mar, con brisa de oleaje en el rostro y mirando fotos de barcos en los que mi padre, marino de carrera con título de Capitán, había surcado los océanos; escuchando anécdotas de noches de tormenta que hacían temblar al oficial más duro del puente o el castillo de proa, cuando se jugaban la vida en cubierta y anécdotas de estachas asesinas; cuando se utilizaba el sextante (no existía entonces el GPS ni otras tecnologías modernas actuales ) pieza fundamental para efectuar los cálculos astronómicos de Navegación, obtener la posición en la carta y posteriormente fijar el rumbo en función de esta última situación. A utilizar las estrellas como referente: en el hemisferio Norte la referencia podía ser la Osa Mayor (Alioth, Mizar y Alkaid, que prolongando la enfilación llegabas a la Polar), y en el Hemisferio Sur la Cruz del Sur (con Acrux , Gacrux y Mimosa) resplandeciendo en todo el firmamento. Y es que, hasta hace muy pocas décadas, las técnicas de navegación no distaban mucho de las que utilizaron Colón, Erik el Rojo, William Bligh o Nelson.
Atendí a explicaciones sobre el Fuego de San Telmo, de aletas de tiburones a babor o leyendas de buques fantasma a la altura del cabo de Buena Esperanza, de noches de un silencio y una oscuridad sobrecogedoras, sin nada más a la vista en millas a la redonda que el navío en el que estabas.
Y entre aquella tripulación había oficiales beodos o marineros puteros que esperaban el atraque del barco para ir al primer burdel nada más arribar tierra. Pero eran marineros duros y honrados que sabían cuál era su trabajo a bordo y sabían cumplirlo, desempeñados siempre leales a una cadena de mando que iba desde el Capitán hasta el marmitón. Marineros de verdad, añejos, trabajadores y curtidos, que aún existen y no tienen nada que ver con estos gilipollas actuales de pijolandia que van al yate de lujo o velero de turno con los zapatos náuticos y vestidos de camisa, como si fueran a un cocktail del club de regatas.
Y pasé muchos veranos y algunos inviernos en un pueblo de la costa cantábrica, mirando ese oleaje sereno de los días de agosto y el color oscuro, agresivo y sombrío que adopta en invierno. Aprendiendo a analizar las mareas y comprender su influencia en las costas o cuándo era mejor para ir a coger marisco en los pedreros, siempre con un ojo atento a la Guardia Civil del SEPRONA.
Jugando a la vera de esa orilla a naufragios y piratas, mirando la extensión de agua infinita y soñando con navegar más allá de la línea del horizonte para anclar en puertos extranjeros donde esperarían mujeres de largos vestidos y labios eternos. Porque en aquella época y aquellos veranos los niños queríamos ser oficiales, corsarios o marineros de la Bounty, nadie declaraba añorar ser futbolista o tertuliano de Sálvame.
Mirando con respeto reverencial a viejos pescadores que permanecían impasibles y pacientes tardes enteras con la vista muy lejos de allí, chupando un cigarrillo y echando ojeadas a su caña inmóvil. Llegué a tener la certeza de que la captura era lo de menos, lo importante era estar sentado cerca de la mar, a la intemperie de esa brisa y ese olor únicos, cuando todo lo de tierra adentro te resulta entonces muy ajeno.
Y fuimos niños dando brincos entusiastas por entre las ruinas de un viejo embarcadero, buscando acantilados desde los que saltar al agua, pero conocedores siempre de la profundidad y las rocas del fondo, con seguridad de veterano, evitando las peñas en las que poder encallar…
Ahora, muchas veces, esa vasta extensión de agua marina ingobernable es el reflejo de mi infancia perdida.
También aprendí, con esas historias paternas y mi intuición, que el mar es una bonita y dura metáfora de la vida, porque es un peligro y una promesa, donde muchas cosas empiezan y otras terminan, y siempre hay un momento en el que atraviesas tu particular línea de sombra, con el beneplácito de la memoria sabia como los siglos y de los espectros de viejos marinos.
Como cualquier aficionado a los barcos y a la lectura que se precie, me calzé los imprescindibles: Patrick O'Brian, Conrad, las novelas Moby Dick (cuya adaptación al cine de John Huston tiene carácter de mito para mí), Los trabajadores del mar de Víctor Hugo y Rebelión a bordo. Incuso novelas interesantes de Pérez-Reverte como La carta esférica o Cabo Trafalgar forman parte de la biblioteca.
Con semejante bagaje y esos antecedentes marineros, es comprensible que me sienta, como cualquier navegante lúcido, asqueado por el impresentable del capitán Schettino y su ruindad como oficial de mayor rango. Porque ante un naufragio o situación de peligro la máxima autoridad dentro de un barco debe ser el comandante y el baluarte de la sangre fría y el temple, asistir las tareas de evacuación y salvamento, asumir errores y remendar, ser el último en abandonar la nave; y en última instancia, un capitán se hunde con su buque si es necesario. Sin reglas, sin honor, tanto en alta mar como en la vida, nada tiene sentido.
Es indignante la poca vergüenza y la vileza del primer mando del Costa Concordia, la manera ratera de huir, el desamparo de los pasajeros al abandonar un mando que, pese a todo, era suyo. Y la condena de Schettino no reside tanto en la sentencia que aplique la justicia como en la vergüenza como dueño de unos galones, esa marca indeleble que tendrá siempre, porque se pueden ser muchas cosas en este mundo, pero en la mar, nunca un cobarde.
Es indignante la poca vergüenza y la vileza del primer mando del Costa Concordia, la manera ratera de huir, el desamparo de los pasajeros al abandonar un mando que, pese a todo, era suyo. Y la condena de Schettino no reside tanto en la sentencia que aplique la justicia como en la vergüenza como dueño de unos galones, esa marca indeleble que tendrá siempre, porque se pueden ser muchas cosas en este mundo, pero en la mar, nunca un cobarde.
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