6 de octubre de 2025

Triste decadencia de un Mesías

 


Artículo publicado originalmente en La Gaceta.

Sospecho que para cualquier persona con dos dedos de frente (incluso basta con tener uno y medio) el descalabro político y el prolongado descenso del partido Podemos supone una gozosa satisfacción, como el breve consuelo de saber que desde el primer momento siempre tuvo uno la razón; porque los vimos venir y conocíamos a los personajes antes de ser fenómenos mediáticos impulsados por las televisiones, que hicieron de cómplices necesarios, acercando al gran público a aquellos fantoches de asamblea.

Inevitable, por tanto, la sonrisa de desagravio para los que en los albores del invento, hace ya más de diez años, tuvimos que soportar el desaire de todos los memos (vale, algunos sólo eran ignorantes de buena fe) que veían en el jacarandoso populista a su coletudo Mesías.

Y se ponían vehementes, con esa peculiar intransigencia que tienen los progres, porque para ellos Podemos era la encarnación de todas las bondades, no sólo políticas, sino también morales. Dioses sin mácula. Iban a ser, decían, un ejemplo de democracia interna, de tres salarios mínimos, de altura ética y orgullo de barrio y panaderos, y de un montón de soflamas y gilipolleces varias. Alpiste para rumiantes. 

Y a los que conocíamos el percal, y a la vez observábamos a una parte de la sociedad siguiendo con devoción aquellos que para ellos era nuevo y fresco, y decíamos, como Ortega, "¡no es esto, no es esto!", nos tachaban, quizás les suene, de desgraciados y fachas. De querer preservar esa cosita insidiosa llamada casta, negándonos a darle una oportunidad a la frescura, a la renovación representativa que venía a rebufo del 15-M.

Decir algo en contra de Podemos era, en algunos cìrculos, motivo de inmediata cancelación, antes de que se impusiera esa irritante moda, porque la moda real entre la izquierda siempre fue la intolerancia y el silenciamiento de las opiniones discordantes. Todo progre que se precie lleve dentro a un pequeño totalitario.

Así que tenemos el ganado derecho al regocijo, el deleite al ver para lo que han quedado, su patética irrelevancia, los trucos de trilero del cernícalo que sigue ejerciendo en la sombra de líder y portavoz (sin tener ya cargo orgánico) para que los adeptos costeen las ruinosas aventuras privadas de hostelero cutre. 

Aparece Pablo Iglesias por el canal que se ha montado, jugando a los medios de comunicación que promulguen la fe del hombre nuevo (siempre quiso los telediarios) para luego pasar el cepillo a la parroquia y mudarse a un bareto más grande, aunque no sabemos si más aseado. 

Da lástima verlo así, jugando a la revolución con más años que un bosque, las orejas con pendientes de mamarracho trasnochado, el esmirriado cuerpo de tiñalpa, sacándole los cuartos a los pobres infelices que aún le siguen ciegamente, fanatizados de ideología y estupidez. 

Me consta que algunos camisas moradas de primera hora se desencantaron cuando el líder se compró el chalet con alberca y estancia de invitados, como si no hubiesen podido sospechar ni por asomo que un comunista buscara hacerse millonario (por eso al populismo hay que llegar ya leído), y otros los fueron dejando por el camino; no sabemos si cuando la parienta empezó a tener la mirada de las mil yardas y a soltar violadores, o cuando se dedicaron a purgarse entre ellos, en esas desavenencias cainitas ancestrales de qué hay de lo mío y quítame de ahí ese puesto. 

La paradoja morada es que el fracaso de Podemos es el triunfo de los Iglesias-Montero, viviendo el sueño burgués español, con casa con muros y lujosa tranquilidad (es lo que más se busca) y niños en colegio privado. 

De los fundadores no queda ni el conserje, y la realidad, que siempre pasa la factura, ha ido llegando con la cuenta para aquellos impetuosos jóvenes conquistadores de cielos.

Al niño Errejón se le subieron a la molondra los calores venezolanos y andaba con el núcleo irradiador todo el día incandescente, y dicen que ahora clama por las bondades del Estado de derecho (a buenas horas, compañero) tales como la presunción de inocencia, esa que avergüenza a las dos Montero; y Juan Carlos Monedero un poco parecido: era de dominio público que iba a la universidad más interesado en el suculento material humano que en el material teórico. El bailongo comunista tenía orinocos derramándose por sus ojos cuando Chávez entregó la cuchara, pero parece que eran cataratas de otra cosa lo que prefería derramar, en Venezuela y en España.

Como no hay nadie más a quien pasar el testigo, al frente de los restos del asalto celestial se encuentran Ione Belarra y la pobrecita Irene, y entre las dos acogen un batiburrillo de ideas delirantes, en lucha fratricida contra su escisión de Sumar y ese asombro de la dialéctica, aunque con tendencia a lo ininteligible, que es Yolanda Díaz. Se odian entre ellas con una inquina feroz, en una guerra de antipatías femeninas tan antigua como el mundo. 

Se disuelve el mito edificado sobre una conciencia social y política inexistente. Los antiguos rebaños son apenas un puñado de zorolos organizados en hordas, y aquella capacidad para colapsar Sol en un mitin (VuElve) ya apenas da para que, apurando el fondo del barril, donen lo suficiente para llevar los tercios de cerveza y las banderas tricolor a otro local desde donde seguir combatiendo, caja registradora mediante, al omnipresente fascismo.

Antes de que esto acabe

 


Artículo publicado originalmente en La Gaceta

Los más optimistas ven cercano el fin del sanchismo, que constituye una legislatura que ya declina y es también el epílogo de un enorme desatino, con el autócrata cada vez más avejentado, prietas las mandíbulas y acorralado su entorno judicialmente; con pocas escapatorias salvo a uno de esos exóticos países a los que tanto vuela el Falcon, quemando queroseno de forma despiadada, sin política sostenible, ni verde ni azul, y con Greta navegando a vela por el Mediterráneo.

Corroído por la corrupción, apartado de cualquier cumbre internacional relevante, sin poder pisar las calles de España, bunkerizado en Moncloa en su delirio cesarista y parapetado tras un monumental ejército mediático progubernamental que le es fiel casi de forma norcoreana, mientras siga llegando el estipendio. Cuando el Estado premia a quien pelotea al jefe del Gobierno, el jefe, el Gobierno y el Estado se hacen indistinguibles.

Con Sánchez se terminará una etapa infame, la más nefasta de nuestra crónica reciente; pero antes de que esto acabe hay que tener en cuenta algunas cosas, para entender lo que tenemos e ir anticipando lo que presumo vendrá.

Se irá Sánchez, pero queda todo el cultivo de crispación, enraizada en lo más profundo del cainismo de la extrema izquierda y regado con torrentes de bilis, en huestes galvanizadas tras el muro, luchando contra fascismos imaginarios y poseídos de un carácter irracional.

Lo hemos visto en la Vuelta a España y las algaradas callejeras, turbas usadas como fuerzas de choque. Masa movida como peones en el tablero de una partida mayor y sus grotescos intereses.

Esa gentuza exaltada no va a desaparecer sin más cuando se vaya Pedro al vertedero de la Historia. Al contrario, son hordas estandarizadas que no creen en la libertad, sólo en la imposición de sus ideas, y están dispuestos a imponerla mediante la violencia en sus múltiples formas.
Un cambio de Gobierno les daría la excusa perfecta para arreciar esa violencia. Regresarán las reivindicaciones sindicales acompañadas de disturbios, con los más cafres tomando las calles, azuzados a conveniencia por los políticos nunca se juega el pellejo en primera línea, emocionados mientras patean policías. Todo eso ya pasó y volverá con inusitada fuerza, con una parte de la sociedad más dogmática y represiva, feroz en su intransigencia.

Antes de que esto acabe, hay que entender que la Comunidad Autónoma Vasca seguirá siendo un lugar de salvaje tribalismo, donde la desnazificación se presume compleja y larga, ya que los más ancianos y tradicionales votantes del PNV son sustituidos por los jóvenes que optan por Bildu. Radicalizados, completamente ajenos a la criminal historia reciente, con el escaso cerebro convenientemente lavado en esas escuelas de odio que son las ikastolas.

Antes de que esto acabe, tenemos que recordar que cuando las urnas concluyeron las casi cuatro décadas de caciquismo socialista en la Andalucía cortijera, ese personajillo ridículo, pero notable vividor gracias a la estulticia de su rebaño que es Pablo Iglesias, declaró aquella cómica "alerta antifascista", asustado porque la gente había votado mal y las alfombras se iban a empezar a levantar, mandando a parar tanto chiringuito y tanto impune choriceo. Choriceo con el dinero de los parados, entre otras fechorías.

Antes de que esto acabe, habrá que mantener presente que, salvo caída de Maduro previa intervención militar, seguirá operando el Cártel de los Soles con mediación de Zapatero, cómplice en el mayor fraude electoral de la región y de un cúmulo de asesinatos y torturas que se detallan en violaciones, descargas eléctricas, asfixias, extracción de uñas y palizas con bates de béisbol. Eso es el chavismo y mucho más es el narcosocialismo que nos salpica. Seguirá este asunto pendiente, como las cada vez más estrechas relaciones de ese siniestro lobbista con China.

Antes de que esto acabe, habrá que concienciarse para redoblar los esfuerzos por mantener encendida la llama de la civilización. Ésta sólo existe si se mantiene en pie en todas partes, y lo cierto es que hay lugares que ya no son España, ni tampoco Europa, y una quinta columna que por intereses oscuros o alianzas imposibles es capaz de compadrear con la barbarie.

Antes de que esto acabe, hay que pensar qué hacemos desde la sociedad civil con los que han ocultado de forma sistemática, forzando a mirar para otro lado, violaciones en manada y crímenes horrendos porque no eran acordes a una agenda política, teniendo el aparato del Estado moviendo todos sus engranajes en una misma dirección.

Se irá Sánchez pero quedará suspendida en el aire, como pólvora sobre brisa débil, una alianza de la izquierda con el Islam, aderezada de consignas antisemitas y una histérica ola de celo puritano, una ola llamada movimiento woke, que aunque ya retrocede, se resiste a perder su fuerza coactiva.

Antes de que todo acabe, es apremiante replantearse volver a las mejores tradiciones de la retórica y la persuasión, la pedagogía como labor didáctica, la palabra y la oratoria como necesaria herramienta pública. Influir y convencer, coger sin rubor un micrófono y confrontar pensamientos, como hacía el malogrado Charlie Kirk. No ceder nunca más a la izquierda los espacios de opinión, el monopolio de los medios, el campo de batalla de las ideas y su pretendida, fingida y fraudulenta superioridad moral.


La bandera, la flotilla y la bondad


Artículo publicado originalmente en La Gaceta

Fue en este extinto agosto, en las fiestas de Las Piraguas, Descenso Internacional del Sella, donde Adrián Barbón, singular mandatario del Principado de Asturias, en el puente presidencial de todo el jolgorio, campechano como siempre fue, agarró por el mástil (por dónde si no) una bandera palestina que vio por ahí (están por todos lados, desde los perfiles en X hasta en las carreteras de La Vuelta España, por eso de las modas, los tontos y las lindes) y la alzó rabiando de orgullo, como Mel Gibson enarbolaba la Betsy Ross con desaforado patriotismo bélico en aquella película bastante mediocre, pero donde se dedicaba a su afición favorita en la pantalla, que es escabechar ingleses. 

De esa guisa posó Barbón, el muhayadín de Laviana, con su irrenunciable vocación al ridículo, seguro de pasar a la historia (efímera, a fin de cuentas) y dar que hablar en redes sociales (eso sí, pues le dio bombo él a la foto) aunque sea un político demasiado absurdo para tomárselo en serio. Como es ajeno a la decencia elemental, creía estar haciendo un acto humanitario y reivindicativo, mientras a los asturianos, cada vez menos y más arruinados, les quiere imponer el bable por un delirio identitario y por el vil metal, claro.
Lo más divertido es percatarse que el tiempo que alguien como Barbón duraría vivo entre los yihadistas de la Franja de Gaza se podría medir en segundos.

Lo más triste es que cuando sale a esas reuniones de socialistas por España, Barbón no puede desprenderse de esa imagen de provinciano ignorante, detrás siempre del trasero de Pedro Sánchez, por si pudiera recoger alguna migaja.

Lo primero que uno se pregunta cuando ve a alguien apoyar sin fisuras, sin matices, sin dilemas éticos y con verdadera devoción la llamada "causa palestina" es si tendrá la capacidad intelectual trastornada. Yo siempre tiendo a pensar bien de las personas, y por eso prefiero creer antes que es bobo a malo. 

Sólo desde la maldad se puede simpatizar con una espantosa teocracia medieval, reaccionaria y fanática hasta el mismo paroxismo de la violencia. De la islamofilia tengo la impresión de que se trata de una enfermedad, una enfermedad moral. Una atrofia moral que contamina el alma. La lucha de las diferentes facciones terroristas por exterminar a los judíos es la historia de un horror tras otro, una atrocidad tras otra, sin descanso.  

En occidente y de mano de la extrema izquierda en su totalidad, el mal disimulado odio a Israel está aderezado por el envenenamiento informativo que sufrimos, donde por sistema se divulgan las cifras que filtra Hamas, ofreciendo a la población esos datos como si llegara de una fuente fiable, lo que ya es mucho ofrecer. 

Eso hace aún más admirable la voluntad de supervivencia de Israel, luchando contra su propia aniquilación en medio de un desierto, con un tesón que sólo puede surgir del sufrimiento, como sangre extraída de una piedra.

Algunos de los amigos de Hamas le echan bastante morro y gustan de hacer el paripé y montar el numerito, como esa flotilla que saben nunca llegará a destino (afortunadamente para ellos, pues evitan caer en manos de los terroristas, lo que sería cruelmente jocoso) pero hacen muchas declaraciones grandilocuentes, soflamas más o menos histéricas, y palabras como derechos humanos, humanidad, etc, etc salen a su boca como torrentes, inflamados de orgullo y superación, vamos a romper el cerco, hay que detener el genocidio, y que sea una Gaza feminista y resiliente; y claro, resulta que en esa flota del terror lo mismo te encuentras a Ada Colau que a la ya no tan niña Greta, que se ha pasado del negocio climático al negocio del activismo de la causa palestina, todo con tal de no ir al colegio.
Y la peña los despide en el puerto y entre multitudes, como si partieran para la batalla de Lepanto o a circunnavegar el globo por primera vez, a lo Juan Sebastián Elcano.

Supongo que el activismo, además de para autoconvencerte de que eres buena persona y no un hijo de perra filoterrorista con balcones a la calle, sirve para canalizar una frustración. A falta de retos reales en tu vida y causas por las que luchar, y teniendo en cuenta que lo más probable es que en tu casa sepan que eres tonto de remate, te vuelcas en el tema palestino, que siempre queda bien con todo y gasta buena prensa; porque de otro conflictos bélicos como que andas más escaso de conocimientos (tampoco es que tengas puta idea de lo que hace Israel), Ucrania está muy gastado y lo de la matanza de cristianos en Nigeria te suena a bulo de la ultraderecha.

Y claro, ahora no falta una sola actriz de chichinabo o influencer de medio pelo que sienta la imperiosa necesidad de pronunciarse, porque la virtud progre además hay que demostrarla o al menos parecerla, como la mujer del César, y todo el mundo debe saber que lo de Gaza te afecta en lo más hondo, que no quieres ser cancelado y que tú y La Franja siempre habéis sido uña y carne. 

Si los terroristas usan a los civiles, muchos de ellos niños, como escudos humanos donde dirigir las bombas, estos de la bondad universal y el corazón que no les cabe en el pecho usan la sangre de esos niños para lavar su imagen y limpiar sus conciencias. Un reel de Instagram a tiempo es una victoria.

Una maldición bíblica


Artículo publicado originalmente en La Gaceta

A Pedro Sánchez se le descompone el rostro, como si se hubiera roto el verosímil pacto que hizo con el diablo del verdadero progreso para mantenerse en el poder, como si esa cara pulida en el granito de su psicopatía de mentiroso compulsivo, de la desvergüenza que le permite sortear cualquier atisbo de decencia, estuviera empezando a notar los estragos de tanta maldad. Algo oscuro se cierne sobre él, y preocupa el físico menguante del número 1, del puto amo, famoso hasta ahora por su fría ambición y una ausencia total de emociones veraces, de algo real que no pareciera la actuación tras una máscara de un consumado actor.

 Analizando las causas de la imagen mellada y casi enjuta del inquilino de la Moncloa, que hasta de vacaciones parece maquillado por un tanatoesteta, se puede barajar que empezara el deterioro cuando, sonriente, se estrechó en saludo fraternal con esa Mertxe Aizpurua cuya misma mano señalaba objetivos a asesinar por los terroristas del nacionalismo zumbado y tribal.

Tampoco tiene que ser bueno para la salud hacer contorsionismo argumentativo con la Amnistía, para fomentar la desigualdad entre españoles y la usurpación de derechos fundamentales de los ciudadanos que tienes que gobernar, y para seguir gobernando aceptes la rebaja de los delitos de malversación y la entrega de las decisiones del país a delincuentes supremacistas.

O tal vez se inició un contagio y comenzó a descomponerse su salud a comienzos de la pandemia, aunque ahí hubo otros peores. Más ignominia arrastra el sufridor de a pie que decía "no se podía saber" frente a la amenaza del coronavirus que el Gobierno sí sabía, y que despreció para llegar al 8-M con Italia ya cerrada. Todas esas muertes...muertes de miles de ciudadanos mientras los más bobos de cada barrio salían a aplaudir a las ocho y le reían las gracias al siniestro Fernando Simón; tantos ataúdes apilados mientras los de la Rosa Nostra aprovechaban para robar en su infame trama de mascarillas y guerras políticas con los confinamientos, decididos por un comité de expertos inexistente: eran los propios mafiosos.

También existe la opción de que el presidente esté lívido por haber vendido esa chatarra violeta de la ideología de género, una de las mayores operaciones de expolio de dinero público de la historia, millones y millones dilapidados en propaganda y en ingeniería social, para acabar con una vicepresidenta del Gobierno diciendo que le da vergüenza la presunción de inocencia, y con leyes chapuceras realizadas por imbéciles fanáticas y malvadas, que provocaron la salida a la calle de cientos de violadores.

O puede que a Pedro le esté dejando el careto macilento su decisión de dejar tirados a los afectados por las riadas en Valencia, sin ayuda durante días, españoles enfangados de barro y muerte mientras nadie los socorría por maldito cálculo político. Porque el horror y la desesperación de los valencianos podría ser usada contra el rival de esa Comunidad, que es de otro partido.

Pienso si también le afecta el hecho de que con récords históricos de recaudación fiscal la degradación del país se sienta en todas y cada una de sus costuras, la calidad de vida haya empeorado notablemente y sólo se enriquecen los políticos cleptómanos, los enchufados en chiringuitos gubernamentales y los inspectores de Hacienda.

He descartado ésta y las demás opciones, pues en todo lo nombrado actuó movido por el único afán del poder y su continuidad, y seguirá adelante contra todo y contra todos y mientras pueda, aunque su mujer acumule media decena de imputaciones por otros tantos delitos, su hermano se haya largado a Japón con cuentas aún pendientes con la Justicia y puede que otro informe de la UCO le esté esperando a la vuelta de Lanzarote.

A Sánchez lo que le demacra es que, en una personalidad egomaníaca preocupado por cómo la posteridad le recordará, empieza a tener la 2 certeza de que no podrá volver a pisar la calle con normalidad; le atenaza de miedo la idea de irse de la Moncloa esposado o por la puerta de atrás, y el legado será el desprecio de la ciudadanía y la negación y amnesia colectiva entre los miembros del partido que tiranizó, pues en un futuro no muy lejano, hasta sus más fervientes acólitos más de tres veces negarán a Pedro.

1 de septiembre de 2025

La culpa compartida

Artículo publicado originalmente en La Gaceta 

Sería muy ingenuo pensar, a estas alturas del pifostio, que la situación de España está provocada únicamente por la irreverente banda del Peugeot, aquella pandilla de Ábalos, Koldo, Santos Cerdán y Pedro Sánchez; la España casposa eterna en sus esencias más farragosas, en su sordidez de tragicomedia de nuestra escopeta nacional. La España sociata del trinque, el golferío, el putiferio en nombre de unas siglas y con la eterna vocación de latrocinio. Esto no es cosa de cuatro.

Es verdad que la banda tenía una idea fija, y desde el inicio el proyecto de saqueo y corrupción a gran escala estaba entre sus objetivos (era su único objetivo, de hecho, como demuestra la organización criminal que montó Cerdán primero en Navarra), pero no podemos decir que Sánchez impone hoy su autocracia en la soledad del poder, ante la oposición enconada de la valiente sociedad civil española, que siempre le ha dado la espalda y ha denunciado sus tropelías.

«Ha dado usted una paliza a un hombre inocente», le decía la madame de las putas de Big Whiskey al personaje violento, al ex pistolero, justiciero corrupto y complejo que interpretaba el inolvidable Gene Hackman de ‘Sin Perdón’, y éste respondía, cáustico: ¿Inocente de qué?

Se podría alegar lo mismo sobre nosotros y nuestros convecinos, y es que aquí difícilmente alguien es inocente de algo, ni siquiera del progresivo deterioro de la calidad de vida.

No es inocente ese tonto de infantería, tan nuestro a nuestro pesar, de mirada boyal, con cultura para salir del paso e intelecto menesteroso, que se encendía muy ufano y con el dedito enhiesto de superioridad moral, asegurando que había que dar el apoyo a Sánchez o a cualquier holograma similar, todo para frenar a esa ultraderecha que sólo existía en su cabeza y en los oportunistas y subvencionados medios de comunicación, los que le habían insertado la idea en la molondra. Fino trabajo han hecho, incapacitando a tanto mediocre, que piensa que ahora Cerdán lucha contra el fascismo desde Soto del Real.

Alguna responsabilidad tendrán, digo yo, los zotes voluntarios y los baldíos por decisión propia, de acendrado fanatismo, capaces de defender lo indefendible, cegados de sinrazón, hasta que la última y definitiva evidencia le golpee en mitad de la cara. Negando que el rey está desnudo hasta el límite mismo de la disonancia cognitiva (y de la dignidad personal) y ante el pasmo de los medianamente normales, que intuyen que esa persona, lindante con la oligofrenia, está envenenada de sectarismo y con la que uno no puede atenerse a razones, pues son sus ideales una agenda con retazos de aquí y de allá que derivan en incoherencias, se aferran sin rubor a la doble moral y a la hipocresía, a la penosa retórica del «y tú más».

No es inocente el que, dando fundamento a los que sabíamos que el populismo es la democracia de los ignorantes, babeaba centelleante e ilusionado ante aquel grupo de chavistas desorejados, profetas zascandiles, capitaneados por un charlatán de feria, un tal Pablo Iglesias, escoltado por dos tipos siniestros apellidados Errejón y Monedero, entre otras joyas de la extrema izquierda de matriz universitaria, aquel vertedero de ideologías totalitarias, basurero reaccionario de cancelaciones y boicots, cárcel de la libertad de expresión.

Pero al final, el descerebramiento de unos nos afecta a todos. La organización no hubiera podido montar toda su extensa red de corruptelas sin la complicidad activa o pasiva de esos que sonreían porque qué guapo es Pedro, o porque viene el fascismo y va a quitar los derechos a los homosexuales y a meter en la cocina a las mujeres, y porque la abuela fuma y no son cigarrillos sostenibles.

Y, por supuesto, no son inocentes (estos menos que nadie, pues son movidos por intereses espurios) los medios de comunicación y sus cabezas de cartel, los que firmaron manifiestos bochornosos, y atacaron a jueces, a compañeros (es un decir, nadie quiere ser compañero de furcias mediáticas) y construían relatos alternativos al servicio del inquilino de la Moncloa y sus pretorianos de rosas rojas; y que ahora, oliendo de lejos el cadáver empezarán a decir «si te he visto no me acuerdo», y «yo no sé quién es ese tal Sánchez del que usted me habla», y ya verán el esfuerzo del circo que antaño le rodeaba en salvar los muebles, y en que olvidemos lo que han estado haciendo estos últimos siete años (que en realidad son 11).

No nos olvidemos, por favor.


3 de junio de 2025

¿Jóvenes pero sobradamente estúpidos?



Artículo publicado originalmente en La Nueva España 

Leo en un reportaje periodístico que nos estamos volviendo cada vez más idiotas. No es una frase hecha o un pataleo contestatario contra el evidente estado de las cosas por quien lanza un vistazo alrededor y ve que el mundo está concebido a la medida del imbécil, no: esta aseveración, el hecho de que cada vez somos más tontos, proviene de estudios que advierten del imparable auge de la estupidez debido a que nuestro cerebro está encogiendo y el cociente intelectual cae. 

Los resultados señalan que ahora se lee menos y pasamos más tiempo enganchados a dispositivos electrónicos, aunque creo que no eran necesarias tan sesudas investigaciones para llegar a esa conclusión. Basta con darse una vuelta por la calle de cualquier ciudad cualquier día de la semana, para contemplar el continuo reguero de urbanitas asilvestrados con la cara pegada perpetuamente a una pantalla de móvil. Si uno no se aparta a tiempo, a veces chocan contra ti, pues van de frente y agachada la testuz, como un morlaco contra el burladero.

Unos chatean de forma compulsiva, otros buscan el efímero pero incesante chute de dopamina en la validación de desconocidos, exponiendo su vida más o menos ficticia y edulcorada en redes sociales; otros consultan las noticias en su cámara de eco mientras el algoritmo filtra y suministra todo lo que valide su sesgo de confirmación. La famosa sociedad líquida de Bauman está llevada en estos tiempos hasta el paroxismo. 

Si nos atenemos a otros datos, el 68% de los jóvenes entre 15 y 29 años cree en la existencia del karma, el 28% en artes mágicas como la brujería o el chamanismo, el 26% cree en la predicción del futuro mediante el tarot o astrología y el 24% en energías curativas como el reiki o la cristaloterapia, que no sé lo que es. 

Se pensaba que era posible el triunfo de la secularización y resulta que estos cabestros han sustituido la religión católica por el paganismo posmoderno. Los datos no dicen el porcentaje de los que creen en políticos populistas o en la viabilidad del socialismo, pero ahí están los votos y un sectarismo que es cada vez menos abierto de mente y más dogmático, arrastrado por el poder corruptor del odio.

Es cierto que cada cual es libre de buscar refugio psicológico ante las adversidades del mundo como le venga en gana o mejor pueda, sea el zodiaco, la lectura de manos o la entronización de políticos, pero si antes el acceso a la educación de las clases medias permitía cierta apertura cultural (avance que dio a luz la intelectualidad liberal y a las élites ilustradas), ahora pecamos por exceso, y la sobreestimulación de recursos a nuestro alcance parece lograr el efecto contrario.
Hay una contagiosa forma de pereza intelectual, tacañismo cognitivo, y es más difícil tener la paciencia y la cautela a la hora de pensar críticamente, y eso hace que el individuo se apunte entusiasta a creencias simplistas que no resisten el análisis.

De la música que se escucha ahora no tengo mucho que decir, porque cuando entro en las listas de los artistas (por llamarlos de alguna manera) más escuchados en plataformas, no conozco a ninguno, y sospecho que la culpa es mía, debido a mi anacronismo intransigente y a mi prematura senectud. 

Algunas cuestiones de la deriva hacia la imbecilidad colectiva e individual de nuestra triste historia reciente: durante el apagón del 28 de abril, hubo muchas personas que, modernos pero bobos sin remedio, perdidos en su propia frivolidad y por lo tanto sin recursos ni herramientas para ser autosuficientes durante unas horas, como no sabían qué hacer, y a falta de algo mejor, salieron a la calle a cantar, a beber y a grabarlo con el móvil para cuando volvieran los datos. 

Porque España es así de dicharachera y lo mismo te montan una simpatiquísima coreografía los atrapados en un tren sin energía, de esos de Óscar Puente, que se graban bailongos durante la pandemia los comprometidos y terriblemente torturantes enfermeros de TikTok, despertando algunos instintos asesinos entre los sufridores usuarios de la sanidad pública. 

Y pública es también la televisión, esa RTVE degradada hasta límites del bochorno, donde, rascando el fondo del barril para incorporar al resto de la guardia pretoriana del oficialismo (y ser las correas de transmisión de la abyecta propaganda gubernamental), se ha sumado el traslado de los monstruitos de la telemierda a la 1. 

Porque Pedro Sánchez, primera fila de una organización dedicada sin complejos a extorsionar, sobornar, malversar, enchufar, mentir y robar, en el fondo sabe que esos estudios sobre la idiotización del mundo son veraces, y lo aprovecha a su favor.

5 de abril de 2025

Educación de militantes



Artículo publicado originalmente en La Nueva España

Hay algo de perversa decadencia, de palpable degradación, en las trazas y formas de quienes nos gobiernan y pastorean. De quienes manejan la cosa pública y marcan el signo de los tiempos. La manera de expresarse, de moverse por las instituciones, la altanería o la insolvencia intelectual con que responden a periodistas que no sean los habituales lacayos a sueldo.

Algunos ejemplos pueden ser los dictámenes del aversivo portavoz Patxi López que sólo atiende a sus cobistas, demasiadas intervenciones en el constituyente que causan sonrojo por los modos bajunos, la demagogia del verbo casi ininteligible de María Jesús Montero, ir al Congreso en camiseta o jurar el cargo institucional en nombre de lo que te salga de las glándulas, sin que nadie sea capaz de decirte que eso queda anulado, por ir en contra de la Constitución y, sobre todo, por impresentable.

Ese deterioro de la cosa parlamentaria parece haberse extendido a otros ámbitos de la sociedad: verbigracia, el sector educativo, que en democracia nunca tuvo etapas de excesivo esplendor.
Se han rebotado algunos profesores afiliados a IU (lo ha publicado El País, donde el rigor informativo ya sólo se mantiene en las esquelas) porque los alumnos no tragan de buena gana la papilla impuesta desde el dogma oficial y tienen ideas propias, contestatarias, sobre el feminismo de nueva ola o la inmigración de oleadas. 

Creen sus tutores en el aula que esto se trata de un preocupante caso de adolescentes descarriados, cuando los verdaderos ideologizados son los profesores, que se sirven de su posición de autoridad en el recinto para que, bajo su dominio, la educación degenere en prácticas de persuasión coercitiva. La reacción natural, inherente, de todo mozuelo en edad de lógica rebeldía es ir a la contra de esa suerte de totalitarismo mental.

Recuerdo mi pubertad en un colegio religioso y mi congénita vena contestataria al abuso de autoridad, a la exigencia sin argumentos, las tinieblas de la razón, el sinsentido de tener que sufrir a figuras siniestras que aplicaban con mano de hierro una disciplina que no entendía pero que padecía con ese sufrimiento infantil del que mira al cielo y no vislumbra las señales.
Me acuerdo de la angustia, el miedo, la incomprensión ante un sistema educativo inflexible, mal diseñado, concebido para triturar talentos, instaurar la mediocridad y limitar la capacidad de pensamiento individual, sin ofrecer razonamientos ni recursos.

Hoy los nuevos clérigos aplican el rodillo sobre las mentes tiernas y la ingeniería social es una apisonadora y una industria, teniendo a la vanguardia el marxismo cultural, con sus variantes en la ideología de género y la memoria histórica oficial pergeñada desde el poder. Imaginen el efecto de eso en púberes aún sin tendencias políticas definidas.

Prácticamente extinguidas las Humanidades de los planes de estudios (con la Filosofía y la Historia en el desguace de las ideas), careciendo de una base intelectual adecuada que ayude a discurrir en posesión de las herramientas culturales propicias, el alumno sólo recibe la hostilidad del nuevo catecismo de la izquierda más feroz, la que se puede identificar desde fuera casi a golpe de vista estético; profesores con carnet de partido, maestros que van en listas electorales, comisarios políticos disfrazados de educadores, con el avieso afán de imponer a sus alumnos el credo izquierdista como verdad incoercible y sin darles nada a cambio; mientras promueven la destrucción de los vínculos familiares, el relativismo moral, la maldad irreflexiva, dentro de su ideario corrosivo que desemboca en las consecuencias acordes al péndulo que provocan. 

Porque resulta que, frente a lo esperado por el escuadrón del profesorado militante, después sale el alumno mal adoctrinado, y entonces acuden, con la agresiva superioridad moral del ser comunista, a su periódico de cabecera de propaganda y denuncia social, a proclamar, compungidos en exceso y el rostro demudado, que el chiquillo es facha.