18 de noviembre de 2024

Ese naufragio moral



Hay veces que la justicia tarda y otras que no llega nunca, y no siempre las cuentas se ajustan como deberían. Costó 15 años localizar a Adolf Eichmann, y fue de casualidad. Estaba en Argentina, donde la leyenda asegura que también se escondía el otro Adolf, Hitler, y tras ser reconocido y avisado el Mossad, previo secuestro, fue llevado Israel donde acabó ahorcado. Sin muchos aspavientos, sin muchas protestas de organizaciones pro amnistía y cosas así. Todo estaba muy reciente y no estaba el patio como para andarle tocando los cojones a los judíos. No como ahora, que hasta una analfabeta funcional como Yolanda Díaz pide que sean barridos 'desde el río hasta el mar'. 

Eichmann, uno de los artífices del Holocausto, tenía pinta de vendedor de seguros, nadie hubiera apostado a que era el monstruo que su biografía y numerosos testigos acreditaban.
Como soy persona poco tolerante pero dada a la fantasía y la ficción, siempre imaginé un comando que cazara antiguos carniceros de ETA y líderes en el retiro, de esos que ponen cristalerías debajo del domicilio de sus víctimas. Para algunas cosas, España tiene un sentido de la justicia mucho más incomprensible. A Mertxe Aizpurúa o Arnaldo Otegi el karma sí les regalo un rostro acorde a su maldad interior, y uno ve a la ahora diputada de Bildu y no se la puede imaginar de otra cosa que señalando a ETA objetivos desde el Gara, como efectivamente hacía. Siendo el dedo que indica el camino al verdugo.

No existe un movimiento de desnazificación del País Vasco, para acabar con sus delirios de raza superior, con las chorradas psicopáticas de la etnia, con la inquina a lo español que se enseña desde la más tierna infancia en las escuelas de odio.

El Gobierno pacta con la ETA política la reforma de la Ley de Seguridad Ciudadana, y Otegi quiere seguir sacando a los presos que tienen en las cárceles. Lo bueno de Arnaldo y su infinita maldad es que nunca le quiso dar un barniz de partido de Estado a su banda de pistoleros reconvertidos, y a diferencia de los diputados en Madrid, en el País Vasco jamás se comporta de manera distinta a lo que son. A lo que siempre fueron. 

Los asesinos de Fernando Buesa y Luis Portero ni se arrepintieron, ni colaboraron con la Justicia ni pidieron perdón, pero están en la calle porque el Gobierno debe su permanencia a ese tipo de concesiones a los terroristas, entre el estupor de los familiares y de la parte de la sociedad que no está enferma. Si la gente se echa las manos a la cabeza por el grotesco error de PP y VOX, es porque saben que el PSOE ya sólo cuenta para incluirlo en las filas de los bilduetarras. Lo que para los otros dos partidos es un error garrafal (facilitar la salida de la cárcel de Txapote) para el PSOE es ya la normalidad.

Ahí es donde se sucede la tragedia del votante socialista y sus tristes circunstancias. En algún lugar en su interior, el pedrista sabe que todo esto es un despropósito, pero se autoengaña, se trata de convencer, repite los mantras de los medios de comunicación bien pagados, patalea contra lo que su mente en el fondo sabe y dice esa farsa de mal gusto de que todo es necesario para frenar a la ultraderecha. Afirma que Bildu no tiene nada que ver con ETA, que se trata de la coalición de progreso.

Otros no quieren hablar de política, temen enfrentarse a sus propios demonios internos, que la gente se dé cuenta del tipo de persona que son, la calaña a la que apoyan, y tratan de desligarse del naufragio moral de su partido.

El votante socialista puede ser su vecino, su amigo, su familiar. Personas en apariencia normales pero que justifican la puesta en la calle de asesinos no arrepentidos solo por la ambición de poder de un individuo. O no lo hacen, pero a es demasiado tarde para admitir que se avergüenzan de su voto. Mientras a su alrededor empiezan a sospechar que alguien que sigue posicionado de esa manera sólo puede ser un descerebrado o un ser abyecto.

Como Eichmann, vive una vida pendiente del exterior, mirando por encima del hombro, temiendo ser descubierto. Se les están agotando las excusas.


17 de noviembre de 2024

Gladiator II


Si uno revisa trabajos de Ridley Scott como Thelma & Louise o Black Hawk Derribado descubre que siempre tuvo buenas mañas para mantener el pulso narrativo, para contar con la cámara una historia que mantenga el interés del espectador y además se adecúe a los gustos y las recetas del gran público.

Pero acostumbra Ridley Scott a creerse más virtuoso de lo que demuestra, y el hombre que comenzó su carrera con tres obras maestras como Los Duelistas, Alien y Blade Runner ha sido víctima de sus propias pretensiones, y entre hacer un Metoo medieval en El último duelo de sonrojante turra ideológica y la incursión de historia-ficción en Napoleón, lleva sin firmar una película notable desde American Gangster, ya en el 2007.

La concepción de Gladiator II puede responder a la preocupante falta de ideas de la industria de los grandes estudios, siempre buscando segundas partes, precuelas, remakes o superhéroes que salven la taquilla y mantengan robustas las finanzas.
El Gladiator del año 2000 forma parte de la cultura popular, y su mezcla de violencia, historia (a su manera) e intrigas políticas demostró ser una fórmula llamada al éxito. 

La cinta ahora estrenada sigue la misma estructura que su original, a la que hace referencia continuamente para que nadie se pierda, como si más que una secuela, se tratara de un homenaje. También empieza con una vibrante batalla fuera de las arenas de gladiadores, y el protagonista es hecho prisionero tras ser asesinada su esposa. Y, en efecto, también se curte primero en plazas de provincias (con monos inverosímiles hasta arriba de esteroides) antes de pasar al coliseo romano, el Santiago Bernabéu de la época.

El guión está cogido por los pelos y emulando la película previa, con Pedro Pascal y Denzel Washington ganándose el jornal ante una desdibujada Connie Nielsen, pero lo que cuentan son las escenas de acción, visualmente espectaculares, con más sangre y más fauna, aunque sobrecargadas de efectos digitales.

El director se recrea en ser vislumbrante, echando toda la carne en el asador, pero lo que más adolece la película, más del continuado paso a paso de su receta triunfal en el texto o los anacronismos, más allá de esos dos emperadores infumables y caricaturizados, es la falta de carisma genuino de su protagonista, un Paul Mescal que se parece en atractivo carácter y magnetismo al Máximo Décimo Meridio de Russell Crowe como un huevo a una castaña. 

Hay más arena entre los dedos, más trigo, más paseos al más allá, más sueños oníricos. Pero mientras Gladiator dejó escenas y diálogos para la posterioridad y el imaginario colectivo, esta secuela es tan entretenida como olvidable. 

21 de septiembre de 2024

San Mateo tiene que fracasar


Artículo publicado originalmente en La Nueva España

La ciudad se mueve al ritmo constante de la música y los ríos de personas que observan, conversan, ríen y beben. Hay gente por todos lados, el tiempo acompaña y la dispersión de las casetas hace que puedas encontrar riadas de gente desde el Bombé hasta la Catedral, de Uría a la calle Mon. San Mateo baja las persianas del verano, es la última oportunidad de hacer vida social de puertas para afuera, las quedadas, los rostros bronceados, los últimos coletazos de hedonismo antes de que el frío de octubre se cuele por los rincones.

El centro se convierte en una sala de fiestas al aire libre, y como no me dedico a la política local, lo disfruto todo sin pensar en clave de aciertos y errores. Sólo sé que Oviedo sigue siendo una ciudad idílica para el paseo nocturno y el vermouth diurno, genuina, de entrañable abolengo, limpia, bella, singular, y todas esas cosas que Woody Allen le dijo hasta ruborizar sus fachadas. Hay una corriente, digamos alternativa, que brama contra las fiestas, contra el nuevo modelo de barras donde han quedado fuera los que antes monopilizaban, contra el Ayuntamiento y contra la ciudad en general. Son los que antes hacían de la palabra “chiringuito” toda la extensión de la palabra, grotescamente invadidos, apañando dinero sin explicaciones para la causa comunista, políticos detrás de las barras conmemorando los 65 años de miseria cubana y mucho chanchullo entre bocadillos y cubatas.

Ahora están como basiliscos, con abundancia de aspavientos en redes. Si no pueden politizar y parasitar algo, se cabrean como monas. Mentalidad de trinchera, ver la vida con las anteojeras ideológicas puestas, con la vena sectaria a todo trapo. Hacer del día a día una guerra civil. Alguno fue a una calle del centro a horas intempestivas a sacar una foto justo cuando no pasara nadie, para exclamar que ni el Cristo del Naranco va a estos festejos de la ultraderecha. Si San Mateo no es suyo, celebrarían que no fuera de nadie. El total abandono de las fiestas y la ruina del sector hostelero serían motivo de algarabía para estos notorios cenizos. Para ellos, un San Mateo a rebosar sería sólo peor que una somanta de patadas en la cabeza, porque el antiguo tripartito ha caído y la ciudad está de nuevo en menos del enemigo, y al enemigo ni agua, ni mojitos.

 Es como un descerebrado mamerto que defendía la cooficialidad del asturiano y la imposición en las aulas con esta aseveración: “yo quiero que a mi hijo le obliguen a dar bable”. Eso es extrapolable a todo: no es que tengan su chiringuito, es obligar a todos los ovetenses a vivirlos y sufragarlos, les guste o no. Y como odian Asturias, buscan también el enfrentamiento imaginario a través de la lengua, instalar la discordia en los pueblos a raíz de las toponimias, poder pescar en río revuelto y que la polémica les otorgue más paja para el pesebre. Así son, y así manejan los objetivos. Imponer una vida monocolor, una sola forma de pensar, donde la disidencia será aplastada y la pluralidad política algo a erradicar, un mal de las democracias liberales.

El otoño llegará, y con él el tiempo del recogimiento. Algunos nos vamos otra vez fuera de Vetusta, la diáspora asturiana, el exilio silencioso, hasta el inevitable reencuentro en Navidad, otra vez las luces de ciudad, comercios a toda caja, los paseos al aire libre donde Oviedo es de nuevo protagonista. Si lo permiten los Grinch de la izquierda.


3 de septiembre de 2024

Tu pueblo se llama como yo diga


 

Artículo publicado originalmente en La Nueva España

Lo didáctico del despiporre que es este ungido estado plurinacional, donde todos meten la cuchara hasta el fondo del plato que les ofrece Pedro Sánchez para seguir con su docto culo aposentado en la Moncloa, es que deja ver de manera nítida el abismal espacio que existe entre las esferas políticas y trinconas de la chusma gobernante y la ciudadanía a la que dicen representar, que es la que se lleva todo los palos y que (salvo casos excepcionales de idolatría enfermiza o dependencia económica vía carnet de partido) se rebela como puede contra tamaño desatino.

Leo en La Nueva España una noticia donde los habitantes de El Ferrero (Gozón) han llevado camisetas reivindicativas en sus fiestas patronales, para protestar por la imposición del cambio de nombre a su localidad, que por expreso deseo de los que están en la Junta del Principado ahora se llama 'Ferriru', que nadie sabe de dónde ha salido, pero todos podemos sospecharlo.

Resulta que mis dos abuelos maternos son de ese bonito pueblo acariciando el Cabo Peñas, uno de esos prodigios paisajísticos donde se aúnan mar y campo, acantilados y verdes prados; así que, y en un ejercicio de genealogía local, quise saber desde cuándo se usa el nombre que ahora imponen nuestros entrañables asturtzales, y si los antiguos habitantes de la zona lo tenían como un tesoro guardado y extinguido por el tiempo. 

Mi profunda sorpresa fue cuando mi abuela me comunicó que ni ella, ni su madre, ni la madre de su madre (nos adentramos ya siglo y pico en el pasado) conocieron allí otro nombre que no fuera El Ferrero. Algo que ahora va a cambiar en contra del deseo de los vecinos, pero con el visto bueno de los de la Academia de la Llingua, que es el organismo que sabe de eso y donde son, como su propio nombre indica, académicos. Dejemos a los sabios hacer su papel, por mucho que chillen los pueblerinos.

Así que, para arrojar algo de luz sobre el desconcierto de la buena mujer, que recibió la noticia de que su pueblo ya no se llamará como siempre lo ha conocido, me armé de paciencia y le expliqué que es mejor así, pues son cambios a la manera actual de luchar contra la extrema derecha, y que ese tipo de acciones de terrorismo contra la toponimia son necesarias para meter en vereda a los ultras, que se expanden por Europa como una siniestra mancha de aceite. 

“Vea usted La Sexta”, le recomendé. "Pero es que insistía, tenaz El pueblo nunca se ha llamado así. “El pueblo se llamará como a Barbón le salga de las pelotas”, estuve tentado de responder , pero en cambio, muy tranquilo y sabiendo que estoy en el lado bueno de la historia, en plena alerta antifascista, le expliqué que ahora en España manda una coalición progresista, y que las cosas cambian, evolucionan, y en Asturias no podemos perder el carro de ese progreso, bajarnos del tren de la modernidad poniendo palos en las ruedas, empeñarse en mantener nombres españolistas, o lo que es lo mismo, de marcado tinte franquista, inmersos como estamos en la memoria histórica, en la memoria democrática y en la memoria de los progenitores de los políticos, de los que nos acordamos bastante a menudo.

Mi abuela tiene 93 años y sería tarea imposible decirle que todo responde a un negocio de una minoría de ceporros sin escrúpulos succionando dinero público, el canto de sirenas que lanzan para gente apegada al terruño desde su vertiente más nociva, involucrada en el lado mugriento de la política, con los sentimientos exaltados y usando sin reparos la ignorancia y la desfachatez. Que el cartel del pueblo, las traducciones delirantes de libros emblemáticos, los concursos donde se reparten entre ellos los premios y la panoja, los observatorios y todo el entramado social son el modo de vida de estos trileros de los presupuestos, derrochando y repartiendo viruta, y que el nacionalismo es un vector que sabe tocar el nervio exacto, para enfrentar a la población y donde siempre salen ganando los mismos, mientras tienen a los demás dirimiendo si lleva “u” o si lleva “o”.

Así que preferí mantenerme fiel a la versión corta, al relato oficial, y de esta manera yo me aseguré de no tener que dar explicaciones y ella quedó convencida de tener un nieto completamente gilipollas.

23 de agosto de 2024

Anodinos y malvados (II)


Artículo publicado originalmente en La Nueva España

Con el transcurrir de los años, y siendo algo perspicaz y observador, uno aprende a detectar a tiempo la maldad, por camuflada que se encuentre. Los malos, a su vez, suelen tener buen encaje entre aquellos que avanzan hacia una incipiente estupidez. Tienden a casar bien. Así, en una simbiosis que ha gestado algunos momentos de trágica historia en nuestro país, lo cierto es que ambas cosas, estupidez y maldad, se necesitan mutuamente.

A Salvador Illa, también conocido como el enterrador, le pilló la pandemia cuando estaba ocupando el Ministerio de Sanidad como forma de promocionarse y darse a conocer, que es una función que también tienen los ministerios. Fue una mera fatalidad, no debería estar ahí, pero estaba en Sanidad lo mismo que podía haber estado en Industria, en Educación, Turismo o en cualquier otro, teniendo en cuenta que, licenciado en Filosofía, sabe lo mismo de sanidad que Sócrates sabía de aeromodelismo.

En su amargo e ignominioso paso por el cargo, desatendió reiteradas alertas de la OMS, porque él respondía a un objetivo político distinto, y puso a todo el aparato estatal y a los limpiabotas con altavoz en medios a transmitir el mensaje de que lo que ya venía era algo menos preocupante que una gripe común, aunque las muertes se acumulasen en Italia. Pero todos estuvieron obcecados en ocultar la verdad entre grandes mentiras. Yo me acuerdo de ellos bastante a menudo. De nuestros muertos, y de los suyos.

Salía junto a Fernando Simón, en esas ruedas de prensa que eran cumbres del despropósito, y el tétrico Simón lanzaba risillas que apenas intentaban disimular su iniquidad. Fernando Simón tuvo buena acogida entre los zumbados, y una extraña legión de seguidores entre los que se celebraban sus ocurrencias de la misma manera que meses antes celebraban el 8M. Con entusiasmo suicida.

En las acciones de esta pareja había algo premeditado, alevoso, y eso hace que sus fechorías sean mucho más difíciles de perdonar. Para rematar, Illa utilizó el minsiterio para comprar mascarillas a la trama corrupta de Koldo. Haciendo negocio con el dolor. El PSOE es una exploración ininterrumpida de las profundidades de la crueldad.

Ahora, para poder presidir la Generalidad, Salvador cede y asume el discurso plurinacional de ERC (y de Sumar), aceptando una soberanía fiscal (solidaridad, igualdad y otras consignas, dicen luego los izquierdistas chorlitos, los muy cachondos) además de blindar el modelo monolingüe, arreciando la persecución del español, haciendo suyo el discurso de la amnistía y feliz al elogiar que Puigdemont no fuera detenido en su show berlangiano.

Entonces, tenemos a un gestor negligente durante la pandemia y a un nacionalista en ciernes que ampara a golpistas y discursos de odio contra más de la mitad de los catalanes, visto como un hombre sensato, práctico y eficiente por parte de esa izquierda desnortada, cuya brújula moral hace tiempo que ha perdido toda capacidad de ubicuidad, por muchos aspavientos que hagan contra la fantasmal ultraderecha, que en España tiene sus principales núcleos calientes precisamente en la Cataluña supremacista y trincona (muy oprimidos) y en el País Vasco de raíces aranistas y aldeana mentalidad tribal y xenófoba.

Conviene recordar a Àngels Barceló diciendo que le parecía “muy interesante” Óscar Matute, capitoste de Bildu. Ayuda, supongo, que Matute no tiene la cara haciendo espejo del alma de Otegi, Mertxe Azpirua, Iñaki de Juana Chaos o El Carnicero de Mondragón, que en sus rostros llevan la penitencia. Canitas de madurito seductor, areta canalla en la oreja, voz engolada de discurso conciliador.
Normal que Barceló sienta intentas palpitaciones.

Hace años, si alguien mostraba rendida simpatía por alguien de la banda de Arnaldo era considerado, naturalmente, del entorno abertzale y proetarra. Aquel artefacto ideológico y criminal era repudiado en consenso por toda la sociedad denominada decente, dentro de la democracia liberal, hasta que llegó Zapatero con sus cosas.

Ahora la vanguardia del moderneo y lo
cool entre los comunicadores de más audiencia (“los paniguados con púlpito mediático adscritos al negocio ideológico de la izquierda”, los llama Juan Manuel de Prada) es contemplar a gente que lleva a terroristas con delitos de sangre en sus listas electorales y que se les caiga la baba, compaginado con estar al servicio de un líder presidencial que sólo desea satisfacer sus repulsivos intereses particulares.

10 de agosto de 2024

Anodinos y malvados


 

Artículo publicado originalmente en La Nueva España

Antes del 9 de diciembre de 1938, cuando fue nombrado comisario del pueblo para Asuntos Internos, Lavrenti Beria era un fulano desconocido en Occidente, y tampoco es que tuviera muchos motivos para llamar la atención: aspecto de gris funcionario o empleado de una funeraria, de esos tipos compactos y metódicos de la Unión Soviética, alguien que no imaginarías de otra cosa que no fuera picapleitos o notario, con todo el respeto a estas dos dedicadas profesiones.

Pero Beria fue un gélido asesino a gran escala, brazo ejecutor de Stalin, jefe del NKVD durante 13 años, organizador de la mayoría de los arrestos y ejecuciones masivas en aquella época de terror. Una malévola anomalía evolutiva. Como suele pasar, los rusos malos de verdad no tenían la cara de villanos que en las películas tienen los rusos malos.

Bolaños también tiene aspecto de oficinista o comercial a puerta fría, y sin embargo, su trabajo es salir a mentir a diario sin un ápice de rubor, para evitar que el sanchismo se derrumbe. Además, como fontanero en las tripas del poder, se ha erguido en el portavoz del equipo jurídico de una particular. Bolaños sale a explicar la persecución que sufre una ciudadana llamada Begoña Gómez, sin cargo institucional alguno, pero con la feliz coincidencia de que es esposa del Presidente del Gobierno, aunque eso no tuvo nada que ver a la hora de llevar a cabo sus presuntas actividades, de las que se niega a dar explicaciones, abrumada como está, la pobre, por el acoso de la ultraderecha.

Impera todo un conglomerado mediático cuyas caras (algunas hasta atractivas) más visibles de los adictos al régimen, tienen la desagradable tarea, entre otras, de analizar la profusión de los saludos al Líder, alertar de los gestos sombríos y taciturnos en el encuentro con el prócer de la España plurinacional y el ancho de sus sonrisas, si las hubiera.

También marcan la agenda oficialista de lo que se debe pensar y creer, y señalan a los díscolos, periodistas o particulares que ejercen su intolerable oposición a la estimable coalición de progreso, donde el progresista es Arnaldo Otegi y sus víctimas los reaccionarios. Donde los límites de lo que es o no democrático están trazados por ellos mismos, sin salirse un milímetro del perímetro de la Moncloa.

Últimamente se ofuscan intentando poner coto a un juez que no atiende a razones, y uno sospecha que tanto a civiles anónimos como notorios contestatarios, estos profesionales a sueldo tendrían escasos escrúpulos, si las circunstancias fueran las propicias (años 30, verbigracia) en marcar y cebar con tanto disidente las fosas comunes, traqueteo sobre las tapias de los cementerios y firmar condenas que conllevaran salir de noche en la parte de atrás de una furgoneta rumbo a alguna localidad al nordeste de Madrid.

El siniestro Zapatero quiso ser Bambi pero en una versión luciferina y Juan Carlos Monedero hubiera sido feliz en el puesto comisario político al mando de una cheka en el estertor republicano, recibiendo órdenes de Alexander Orlov. No hay nada destacable en ellos, ni en nada son brillantes ni talentosos, jamás se harían notar, de no ser por su perversidad y retorcida maldad.

En algún momento se quisieron alzar en Venezuela como portavoces de los débiles y desfavorecidos, pero ya no tratan de justificar su vomitivo trinque apelando a la defensa del humanismo, de los de abajo contra los de arriba, esas cosas tan bochornosas a las que se remiten siempre los secuaces de tiranos; como nadie les presume ya buenas intenciones, y son incapaces de refrenar su abyección, les basta con tildar de fascistas a todos los que no estén dentro del tinglado, los que quieren poner fin a su vil negocio de narcoterrorismo y muerte.

Su botín está arrebatado a los que más sufren, y se lucran con el dolor de todo un país que se desangra, entre el exilio, la miseria y la represión, y cuyo estado de las cosas debe seguir siendo igual de lamentable en pos de sus florecientes negocios. Nada que ver con los inteligentes y carismáticos villanos del cine y la TV, son tipos mediocres, grises, inequívocamente aborrecibles. Pero su final debería ser por justicia trágico.

5 de julio de 2024

¿Para qué quieres saber eso?

 



Artículo publicado originalmente en La Nueva España.

Puedes evadir la realidad, pero no puedes eludir las consecuencias de evadir la realidad”. Ayn Rand

La situación ya no es vivible”, afirma un joven parisino de 23 años entrevistado por una corresponsal española. “Estamos hartos de no sentirnos seguros en nuestro propio país”. Otra chica bordelesa, ésta de 20 años, asegura: “Estoy harta de tener miedo cuando salgo, ya sea de noche o de día. En Burdeos tenemos cuidado de no volver solos de fiesta, porque cuando alguien lo hace, siempre hay algún problema”. “Por la noche, cuando salgo para ir de fiesta y llevo una falda, me pongo un chándal encima que me quito al llegar, para evitar que me molesten”, cuenta una joven de Lille.

Estos testimonios, de chicos sufriendo una realidad distópica, incierta y cruel, enfrentados a una nueva forma de barbarie, serían catalogados dentro del conglomerado gubernamental español y sus canales de propaganda oficialistas como “ultraderecha”, anatema usado a discreción y camelo que vale para todo, sonido de sonajero para tanto tonto orgulloso de serlo, nublados de sinrazón, que le dan la espalda a la más elemental de las realidades: las personas necesitan sentirse seguras, dejar de convivir con el miedo.

Como nadie escarmienta en cabeza ajena (o por imposiciones de la maquinaria ideológica) a los que parten el bacalao en España los ejemplos de Suecia o Francia les traen sin cuidado, o el hecho de que la policía haya perdido el control de varios barrios de Londres, pequeños guetos convertidos en teocracias.

Los que dicen que no es para tanto, según su ignara apreciación, o miran convenientemente para otro lado con singular cinismo y desvergüenza, suelen tener la suerte de vivir muy lejos y bastante a resguardo de las calles donde resplandecen las navajas y vuelan los machetazos. Es un asunto que no va con ellos, eco tóxico de tabloides digitales (oxímoron utilizado por el mastuerzo de La Moncloa, o es tabloide o es digital) porque siguen el catecismo progre donde todo el mundo es bueno y la multiculturalidad es algo así como un eterno capítulo de Dora la exploradora y un concierto de Manu Chao.

No hablemos del centro de Barcelona, de la costa levantina; no se menta aquí el elefante en la habitación, porque nuestros dóciles votantes tienen que seguir en el redil, asustados por ese espantajo de la ultraderecha, que agitamos delante de sus cabecitas para que sigan atemorizados y apoyando las políticas que los llevan al abismo. Cómplices necesarios, que sólo olvidarán las ideologías cuando les toque de cerca, y entonces quedarán pasmados con ojos bovinos, pensado que cómo pudo haber pasado. A mi niño. A mi niña.

Suele ocurrir en estos casos, todo se va emputeciendo poco a poco, caminando hacia una sociedad peor, vulgar y amenazadora, mientras nos adentramos más y más en la boca del lobo, con suicida determinación. El deterioro progresivo que se adueña de zonas urbanas enteras, el cosquilleo intranquilo cuando la hija o la hermana salen un viernes noche, llámame cuando llegues, cariño, que está la cosa muy mal. “La cosa” no se suele nombrar, es tema tabú para la mayoría, no entremos ahí, por favor, no queremos que nos acusen de fascistas. Manada sólo ha existido una y fue la de Pamplona. Es verdad que ocurren casos aislados pero, ¿para qué quieres saber la nacionalidad? Circule, por favor.

Los medios del pensamiento dominante, en su infinita mezquindad, tratan de ocultar como pueden unos datos y unos sucesos que tarde o temprano se les irán de las manos, como una presa que revienta y se desborda de forma incontenible, poniendo entonces a la ciudadanía en ese filo de navaja donde, ya cocidos a fuego lento, un día se percatan y toman conciencia del volumen del problema, y algunos deciden tomar cartas en el asunto por su cuenta, con todo lo que eso conlleva, esa brutal detonación donde los mecanismos sociales fallan, la razón y la tensa calma dan paso a algo mucho peor, con el hombre dominado por sus instintos en un estallido de rabia de impredecibles consecuencias.