18 de marzo de 2025

Cayeron ellos


No hubo segunda parte buena ni retornaron los días de vino y rosas. Terminó con discreta dignidad Caiga quien Caiga tras siete emisiones, y el pasado 3 de marzo bajaba la persiana sin mucha estridencia. El programa, con supuesta vocación irreverente y espíritu combativo, fracasó como subproducto ideológico por su concepción errónea de lo transgresor, al tratarse de una mera parodia de lo que fue, de aquel formato original y rompedor de entonces a la obsolescencia inaudita de ahora, pues los tiempos han cambiado, la propaganda encaja más filtros para ser contrastada y rebatida y todo dios le tiene tomada la matrícula a políticos y periodistas.
Significa que se puede alegar maldad o directrices, pero no desconocimiento o ignorancia, sobre de qué pie cojea cada cual, medios de comunicación y profesionales de la cosa pública. O de si no van ni andando.

Por eso se trata de una cancelación que no pilla por sorpresa, cuando tu pretendido gamberrismo y discurso a la contra resulta que coincide punto por punto con la agenda gubernamental, y tu presunta labor periodística es la tan novedosa de fiscalizar a la oposición. Heroica labor la de esos muchachos de negro, sin duda, puestas las gafas de sol y también las anteojeras del postureo biempensante, más arlequinesco que simpático, y previamente establecida la escaleta desde Ferraz y Moncloa. Ferocidad sin ningún tipo de consecuencia real, como perros ladrando a los coches que pasan.

Con terroristas parlando en el Congreso (se llama Parlamento por eso, aunque alguno sólo rebuzne) y otros terroristas flanqueando al Gobierno en su autodenominada coalición de progreso, que a los 20 segundos del primer programa dejaran claro que el peligro para la sociedad (y para la audiencia) era la ultraderecha (ese camelo para ingenuos, machacón mantra para simples que se aferran a eslóganes que no se adecuan a la vida real, como sabe Errejón) ya era toda una declaración de intenciones: la intención de no molestar al que manda y paga. Incluso de agradarle y complacerle, aceptando su papel de inofensivas mascotas del poder.

Y llegamos a la triste constatación que de poco sirve que hagas tu trabajo vestido de traje: estar de rodillas ante un Gobierno corrupto no tiene nada de elegante. Y podría haberse tratado de una propaganda con talento (eso lo hacía bien Hollywood antes de la ya crepuscular era del wokismo), en posesión de audacia, sagacidad, inteligencia.
Ni por asomo. Todo era cansino y previsible, y la gracia únicamente sucedía de forma involuntaria, asomando a ratos esa sensación tan desagradable de la vergüenza ajena; reafirmando así la certeza de que, por salud mental, lo mejor que puedes hacer con la televisión es tenerla apagada.

Claro que vivimos en un país donde si vas callejeando con la alcachofa puedes recibir el beneplácito del pensamiento dominante, por mosca cojonera de los fachas, baluarte del antifascismo y otras inanes chorradas que ya nadie normal se cree (salvo la veintena de niñatos zoquetes que juegan a revolucionarios impidiendo charlas en la Universidad), pero que celebran los de siempre; pero si lo mismo se lleva a cabo hacia alguien como, pongamos por caso, el siniestro chavista de manos largas Monedero o el energúmeno de Antonio Maestre, lo que celebran con jolgorio en sus redes Fortes, Iñaki López y compañía (cómplices necesarios) es que el micrófono haya alcanzado cierta cantidad de metros al ser lanzado, aunque sea a costa de violentar a un chaval que no hace nada que no realizaran años atrás los de aquel programa primigenio u otros folloneros. Porque algo puede ser violencia o no según quien la sufra y, sobre todo, según quien la ejerza. 

Así pasa actualmente en el País Vasco, donde hacer un mitin que no cuente con el visto bueno del nacionalismo mafioso es "ir a provocar", y se mantiene todavía una atmósfera de miedo sutil, pegajoso, impredecible; congelado en el tiempo un ambiente tenso, cerrado y delator, donde los asesinos excarcelados pueden ser recibidos masivamente en olor de multitudes y las víctimas tienen su homenaje de la forma más discreta posible, tratando de incomodar poquito, por si se enfadan los chicos de Otegi, que ahora son también los chicos de Sánchez. Y pues ya lo habrán adivinado: no hemos visto (ni veremos ya, me temo) a nadie de Caiga quien Caiga por Alsasua a poner a prueba la conducta civilizada de los entrañables vecinos.

19 de febrero de 2025

En defensa del papel


Artículo publicado originalmente en La Nueva España

Muchos de nuestros recuerdos más intensos están asociados a la infancia, etapa en la que todo lo bueno y lo malo cobra forma, influyendo de manera decisiva en el futuro que nos aguardará a la vuelta de la esquina. En mi caso, abundantes evocaciones en edad temprana se desarrollan siempre rodeado y en compañía de libros, creciendo entre encuadernaciones, novelas, prensa, películas estupendas y música excelsa. 

Puedo recrear nítido en la memoria el sonido de las llaves de mi padre al entrar por la puerta de regreso del trabajo, y cómo corría a saludarle para rápido coger La Nueva España que traía cada día bajo el brazo. Ese sonido reconocible, esa llegada y ese periódico eran sinónimos de ansiedad y felicidad. Antes de Internet, antes de las omnipresentes redes sociales, en aquellos 90's con el equipo en Primera, quería leer cuanto antes la crónica del Real Oviedo y las noticias diarias de la plantilla, los artículos que me llamaban la atención, las cosas que pasaban en mi ciudad, que era entonces mi mundo. 

Fue inseparable la niñez del continuo contacto con el papel, unidos de la forma más natural (no conocíamos otra cosa), pero sin perder la fascinación. Un proceso coherente: aprender a leer para luego aprender a escribir más o menos bien. O aunque sea regular. Pero sin ese iniciático contacto con la lectura, es imposible conseguir el hábito de darle a la tecla o al bolígrafo, conquistando así un pequeño espacio de libertad individual.

Décadas después, el papel sobrevive en un ambiente hostil, y donde los estudios afirman que los más jóvenes no comprenden lo que leen, si es que llegan a leer algo. Casi todo es ya digital, efímero; estímulos en la palma de la mano y entretenimiento de 20 segundos. Titulares que son cebos, publicidad engañosa, mercadeo de la carne en promoción, inflamación de las emociones de usar y tirar.

Claro que siempre hay honrosas excepciones, y jóvenes inquietos y lúcidos que se interesan por la lectura y otras formas de cultura, a los que te encuentras entre semana en el cine o también ojeando novedades en una librería;  pero el depresivo ambiente general, cuando echas un vistazo alrededor, es el de ultracuerpos enganchados de forma permanente a las pantallas, droga suministrada desde bien pequeños por sus cabestros padres, para que el nene (o la nena, por favor, no me cancelen) esté tranquilo y entretenido y no dé mucho la lata.

El periódico de papel, como éste que tienen ustedes entre las manos, te sirve para la cafetería, el sillón, el parque, la playa o la cama. Y dirán que el móvil también, pero no fastidien. Todos sabemos que no es lo mismo. El que creció acostumbrándose a la prensa escrita e impresa sabe de lo que hablo. 

Hay formas y serenas costumbres que no sólo constituyen un hábito, también conforman una vida y definen una personalidad. No hay modo de sustituir esa sensación ni ese formato centenario aunque, evidentemente, las épocas cambian y las empresas y los medios de comunicación también tienen que adaptarse al signo de los tiempos y renovar sus ediciones digitales por una cuestión de practicidad, siendo que algunas cabeceras ya sólo existen y publican en digital. Así se entiende y se asume. 

Pero el papel continúa siendo el necesario testimonio de que aún quedan vestigios de ese universo añejo que conocimos, esa huella de dedos manchados de tinta y reportajes que nos llenaban de expectación y palabras. Cuando publicar era algo a tomar en serio, y en todos los hogares había un ejemplar, cada cual según sus gustos y tendencias políticas. 

Sigo bajando cada mañana al kiosco a comprar el periódico, da igual la ciudad en la que me encuentre, normalmente en Madrid o en Oviedo. A veces más de un ejemplar distinto. Algunos kioscos que conocí ya no existen, otros se mantienen ahí impertérritos en mitad de la calle, como desafiando el ocaso, sabiéndose los últimos resistentes de un mundo, el suyo, que se desmorona.

Por mi parte, también tengo interiorizado que el día que desaparezcan los libros de papel, los periódicos impresos lancen su última y póstuma tirada y cierren las salas de cine convencionales, yo también bajo la persiana.

29 de enero de 2025

Sobre colonias e imbéciles floridos


Contemplo asombrado en RTVE (dos cosas que suelen ir juntas, el asombro y la tele pública) a Rodrigo Cuevas, etiquetado como artista multidisciplinar (pero no precisamente Da Vinci) cuyas virtudes y talentos me son ajenos, pero que es conocido por la adaptación de canciones del folclore asturiano, su indumentaria carnavalesca y su militancia en la ultraizquierda. 

En este programa, Cuevas reflexiona (es un decir) sobre los problemas del mundo rural, la feroz desigualdad entre Comunidades donde algunas son premiadas en detrimento de otras (no se refiere a Cataluña) y expone, totalmente serio, que España no sólo tuvo colonias en el exterior (lo que ya es una muy personal visión del imperio de ultramar), si no que "también es un estado colonial con el interior". Ahora. En el interior. O sea, pueblos ajenos a lo español y sus esencias, sometidos por la barbarie de la Constitución del 78, que dio al tuntún nacionalidades históricas, pero algunas son más históricas que otras. Y más nacionales.

Y eso, en vez de causar el desconcierto y la desconfianza en el simpático comisario Fortes (el proveedor de alfalfa sistémica) es recibido como algo a tener en cuenta, con la sobriedad y el interés de quien está diciendo algo sensato o inteligente, conmovedor discurso a favor de los pueblos subyugados. La validez que le da Fortes es descaradamente heroica por parte del presentador, amén de un evidente despropósito

Porque claro, ya empieza a chirriar que en la tele de todos (ja, ja) y con dinero del contribuyente, se dé espacio y voz a auténticos zotes que gorgotean hechos mezclados con fantasías, mitos, disparates e invenciones que añaden a su ruralismo de oropel. Mismo dinero del ciudadano del que pasta sin rubor todo el artisteo vacuno que se arrima mansamente a partidos nacionalpopulistas (no son ni han sido nunca socialdemócratas).

El nacionalismo asturiano tiene su escaso pero belicoso potencial en el uso político que se hace de la identidad cultural, parapeto de tanto caradura, y azuza sin complejos populismos regresivos. Seguramente los asturtzales están convencidos de que de la lucha de estrella roja sobre bandera azul nacerá ese país descolonizado, sin españoles explotadores, donde se impondrá la república, el bable y el socialismo.

Sueñan los tipos como Cuevas con una Asturias aislada a salvo del moderno industrialismo destructor, viviendo una existencia bucólica y rural, calzado con madreñas. Pues vale. Pues muy bien. Pero siempre da algo de pudor contemplar cómo alguien se refocila en la ignorancia, como un puerco en una charca.

Por lo visto, las sandeces de párvulo que transmite el voluntarioso Cuevas son bastante celebradas entre los adeptos, o al menos lo suficiente para que se le tenga en cuenta, lo que demuestra que la popularidad no es siempre un buen indicio para decidir la justicia de una causa.

La cuestión de fondo, la que más chirría, es la relatividad de todo esto, el posmodernismo líquido donde nos quieren hacer creer que es lo mismo Juana que su hermana, Cuevas que Bueno.
En definitiva, que todas las opiniones tienen el mismo valor, que cualquiera puede ser llevado a un plató para que diga lo que tengan que decir; como si fuera igual lo que barrunta ese mentecato a las premisas de quienes han dedicado su vida a la defensa, el estudio y la difusión de la lengua española. Por ejemplo. O a la Historia con mayúsculas, y no a las futilidades perrofláuticas de quien ha aprendido historia leyendo eslóganes en pegatinas. 

Así es normal que se confunda el legítimo amor al terruño con el retroceso hacia el provincialismo más primario, enunciando una forma retórica de posesión que lleva a las personas a perder la lucidez, pues son ideologías dañinas, apelan al sentimiento tribal y se tornan rápidamente en puro oscurantismo, en dogma identitario que se vuelve un acto de fe.
Como el que hay que obrar para escuchar a ciertos floridos analfabetos sin perder la compostura.


14 de enero de 2025

Este muerto está muy vivo


Artículo publicado originalmente en La Nueva España.

Es incuestionable que Franco está de moda. Más presente que nunca, a lo José Antonio en la memoria de los viejos camisas viejas. Pedigrí para nostálgicos, como la gira final de Joaquín Sabina. Y un lujo que se nos concede a los que ya nacimos después del 75 y no pudimos ser contemporáneos de aquella evitable y larga agonía y ese país de luto y miedo. Un último vals, amigos.

En este año 2025 que alborea, el Gobierno, dispuesto a rematar por fin la Guerra Civil para que esta vez la balanza se incline del lado correcto, dedicará al difunto dictador un centenar de actos para celebrar que hace medio siglo (más de lo que estuvo al frente el país) murió de flebitis en la cama de un hospital de la Seguridad Social. 

El franquismo funciona hoy como proyección de todas las neuras de una sociedad de ansiolíticos que tiene que buscar en el pasado las sombras que acechan con peligro en la actualidad. Vuelve Franco como volvió Nosferatu a los cines, porque los iconos del mal en la cultura popular conviene rentabilizarlos de vez en cuando. Sacarlos de paseo, hacer caja y volverlos a guardar en la ídem. 

Mover el espantajo del dictador sale rentable al Gobierno socialista, con esa solemne falta de vergüenza tan característica, ese rictus socarrón, entre jocoso y cínico, que nos otorga Sánchez de vez en cuando, en esas intervenciones en la que se regodea de su impune desfachatez.

Se gusta y lo disfruta. "Os vamos a dar antifranquismo de garrafón hasta en el carnet de identidad", piensa, guasón, mientras se dispone a convertir la Historia en un folclórico y esperpéntico acto de propaganda política.

Como el dictador lleva ya 50 años muerto (y los que le quedan, a este paso) la izquierda sistémica que siempre se ha opuesto a él a posteriori (lanzada a moro muerto no se puede decir, por racista y políticamente incorrecto) nota un vacío de antagonista, y por eso necesita llenar ese hueco inventándose burdos sucedáneos. Lo que no deja de ser un empeño paródico.

Hay algo bochornoso y degradante en la contemplación de gente ya bien criada, con sus 30 o 40 tacos y canas en las gónadas, etiquetando todo lo que se salga de su raquítico marco mental como ultraderecha, fascismo, muro, fango.
Al tratarse de pobres diablos con escaso vocabulario y nula capacidad expresiva, no saben describir lo que sienten o lo que creen percibir, entonces todo es franquismo, facha, caca. Esa deposición de odio del que desprecia lo que ignora.

Y en este nuevo año tan intenso que se avecina, el énfasis con el que se recordará a Franco será directamente proporcional al interés por tapar bajo un vendaval de pútridos huesos del pasado la corrupción del presente. Y para acordonar en el rincón del franquismo a media España, es decir, PP y Vox, que no irán a los actos, y de paso colocar en ese eje del fascio al Rey, que ya no se escapa ni dando saltos. Lo tienen bien pensado.

Lo que no se puede negar es que a este país le han pillado la medida, todo el aparato de partido y sus mariachis mediáticos a sueldo.
Cuando empezaron a salir (en tabloides digitales, decía el mastuerzo) las investigaciones sobre el caso de Begoñísima, Sánchez se marcó una Carta a la Ciudadanía que conmovió a los espíritus más sensibles (hizo llorar a Almodóvar, con eso está todo dicho).


Para colar una fuerte subida de impuesto en el 1 de enero, dejó a la gente entretenida mordiendo el anzuelo del indescriptible aquelarre con dinero público de Puerta del Sol y obesa con estampita.

Y ahora que lo que queda en pie de la Justicia independiente cierra el círculo sobre los casos de corrupción de la PSOE y su entramado de mascarillas, maletas, malversación, meretrices y mamoneos varios, se sacan sus 100 actos contra el franquismo, de los que tenemos que sentirnos muy contentos y agradecidos, y darnos cuenta de todo lo que hemos ganado en libertad y prosperidad desde entonces, en gran medida por el buen hacer del Partido Socialista, 140 años de honradez.

28 de diciembre de 2024

Nosferatu


En una escena de La Bruja se realiza una incisión en la sien del hijo poseído como tributo de sangre purificadora más que como remedio médico casero, en una película que abre las puertas a lo desconocido desde la familiar estampa de los primeros colonos anglosajones calvinistas en Estados Unidos. Una mezcla de diversos tótems de la literatura, elegías y fábulas fueron la base en la que se construye El Faro, tan efectiva, tan potente, tan fascinante, como los planos más expresionistas de El hombre del Norte, leyendas y mitología vikinga.

Por eso parecía que era una conclusión natural y de lo más razonable que una nueva versión de
Nosferatu corriera a cargo de Robert Eggers, uno de los directores más personales y con eso tan manido del "estilo propio" de los últimos años, y así volver sobre la base literaria, sobre los mitos, sobre las sombras. Y sobre la sangre.

Adaptar a Murnau (y a Herzog, a la que tanto referencia) en 2024 requiere grandes dosis de talento e inteligencia, pues más de 100 años después ni el cine ni el público son los mismos, para mal y para menos bien, y ahora nos permite tener las herramientas para rendir homenaje a los restos de su recuerdo.
Este 'Nosferatu' mantiene los mismos aspectos que la cinta de Murnau, y el conde sigue siendo Orlok y el Demeter arriba en la ficticia ciudad alemana de Wisborg en vez de en Londres, cosas que pasaban en la película de 1922 por no tener los derechos de la novela de Bram Stoker.

Eggers hace su contribución al mundo de Stoker en su versión más sombría y lujuriosa, un paso más de Coppola, y parece empeñado en dejar inequívoca constancia de quién estrás tras la cámara, su huella en cada plano como la sombra y el hálito del vampiro, pero sólo parece recargada cuando chirría el CGI. La mezcla del estilo de Eggers con el homenaje al expresionismo alemán, desde Murnau al primer Fritz Lang pasando por Max Reinhardt, es un producto interesante y disfrutable.

Se mueve en la oscuridad más macabra, como las escenas en el castillo, donde todo sugiere un miedo agazapado en la penumbra; cae la nieve como en el relato de Joyce, "uno a uno todos nos convertiremos en sombras"; y también en los contrastes, como las grandes aportaciones, cada uno en registros y tonos diferentes, de Willem Dafoe y Lily-Rose Depp.

Toda la película tiene una atmósfera tan poderosa y particular que no te puedes desentender de ella. Consigue ser ambigua y turbadora, en un ejercicio que muestra de forma maravillosamente perversa que el sexo y el terror se dan la mano, las más ancestrales e intensas de las emociones humanas, que la libido libera sus potencias infernales y arrastra hacia abismos de pasión redentora y condenación, el esplendor y miseria de la carne viva, fuente de tortura, de placer y de celebración, esa carne que es condena y a la vez es expiación.

Para recordarnos que la pulsión sexual es instintiva, el amor como una sublimación cultural de esa otra energía, el hombre, la mujer y el monstruo como depredadores insaciables de instinto irreprimible, como la mujer simbolizando ser presa de ese inmenso deseo que nos atrae y repele. Todo bien hilado y condensado en ese epílogo y en ese plano final de deseo, concupiscencia y muerte.

19 de diciembre de 2024

Conversos



Artículo publicado originalmente en La Nueva España. 

Lo que mejor soporta el paso del tiempo es la mentira. Te aferras a ella y no se deteriora. Muchos matrimonios pueden aguantar varias décadas viviendo sobre una ficción o un contrato tácito, y algo así es la relación de Pedro Sánchez con el poder, pues todo está construido en base a las mentiras a las que pudo sobrevivir y donde se hace fuerte. Puede decir una cosa y la contraria porque los votantes, carentes por completo de dignidad, han renunciado a respetarse a sí mismos, y así, desde el insomnio que le provocaría pactar con la extrema izquierda podemita hasta las reiteradas negativas a hacerlo con la ETA política, pasando por la amnistía e indultos al golpismo catalán, hasta haber sido abanderado contra la corrupción siendo el partido más corrupto de la historia. 

Su penúltima fechoría la llevó a cabo cuando retuvo durante días la ayuda a Valencia para desgastar a su rival político, mientras decenas morían. Siendo algo terrible, no puede extrañar la forma de actuar del que desoyó hasta once alertas de Seguridad Ciudadana entre enero y marzo de 2020, y todas las señales evidentes de emergencia sanitaria, para poder celebrar su infausta manifestación del 8-M, que a tantos condenó, al no permitir cancelar tampoco el resto de eventos.

Juan Soto Ivars suele recordar que en un primer momento votó a Sánchez, y Un Tío Blanco Hetero (que es uno de los mejores youtubers, en opinión de alguien que no sigue youtubers) a Podemos, como tantos otros jóvenes desnortados.
Hay algo de penitencia y de redención en esas confesiones de "fíjate, hasta yo caí en ese error, culpable por mi buena fe y mis pulcras intenciones, me creí al socialismo verdadero, que sigue siendo la mejor alternativa si se hace bien". Y hacen ahora una doliente reflexión sobre su pasado al otro lado del muro, siendo combativos antisanchistas.

Los que, por nuestra parte, nunca nos creímos ni a Sánchez ni a Podemos y no tuvimos ni la tentación de formar parte de su nicho electoral, o supimos que los chicos de Contrapoder se dedicaban a chanchullos muy sórdidos y nunca supimos apreciar de Pablo Iglesias sus encantos objetivos, no tenemos reconocimiento alguno, porque ya traíamos la mala idea desde el principio. Si siempre has sido facha, no puedes hacer ese tránsito de la ingenua inocencia traicionada al "no es esto, no es esto" y cobrar para contarlo.

Y tiene sentido, en cierto punto. Los que vuelven del infierno de las adicciones tienen más reconocimiento, apoyo y cariño que los que nunca han necesitado desintoxicarse. Salir de la izquierda y del populismo tiene algo de catarsis, de haber vagado por el corazón de las tinieblas para finalmente poder ver la luz. Los embelesos caraqueños de Íñigo Errejón eran droga dura, como la brillantez intelectual y la cautivadora oratoria de una Irene Montero o Yolanda Díaz, qué duda cabe. Hubo una época en la que señalar las carencias de una choni con ínfulas o la gran mentira del feminismo te podía llevar directo a la picota.
Pero ahora, renegar del PSOE y de sus aliados plurinacionales está de moda, y tiene bastante buena prensa, aunque tampoco requiere mucho mérito porque hasta el más tonto del pueblo ya se pudo percatar de las tendencias autócratas de Pedro Sánchez. 

Y pese al congreso de Sevilla, que fue Jonestown por un día, y el disciplinado cierre de filas, todo tiene aroma a crepúsculo del régimen, los estertores de algo que no será bonito ni será modélico. Así que dense por avisados los últimos despistados: éste es el momento de saltar del barco.

11 de diciembre de 2024

Carta a un adolescente izquierdista



Artículo publicado originalmente en La Nueva España.

Estimado joven. Permíteme que te hable con cierta familiaridad, casi como un amigo, porque yo también estuve donde tú te encuentras ahora y, en cierta manera, yo soy tú, sólo que con unos años más, y el rodaje que conlleva.

Sé que para ti el mundo es un lugar confuso y extraño, que las tinieblas del futuro se presentan con la ansiedad de la incertidumbre y casi nunca consigues ponerte de acuerdo con la vida. Están los estudios, tus disputas en casa, donde profesas hacia los demás una notable antipatía, tus preocupaciones amorosas y las hormonas en constante pie de guerra que hacen que estés todo el día más caliente que una estufa, y que todo te llama a rebelarte conta el orden establecido que seguramente proyectas en la figura de tus padres, de tus profesores, de la Policía y de otros órganos de poder. Me hago cargo de tu profundo malestar existencial, y esa afirmación del instinto mediante una fuerza destructiva, valiente, catártica.

A lo mejor decoras tu habitación con artilugios más o menos en sintonía a tu cacao mental, es decir, banderas del Che o de la Segunda República, fotos de grupos de música, rock muy reivindicativo que pone banda sonora al descerebramiento juvenil; o incluso, espero que no, pañuelos palestinos, lo que hace que en tu casa te consideren, aunque no te lo digan abiertamente, un poquito gilipollas. Tal vez puedas leer a Baudelaire y ver cómo la belleza se opone a la injusticia y a la depresión, pero la estadística me dice que es más fácil que ocupes tu tiempo en redes sociales y televisión que leyendo.

Nunca a lo largo de la historia se ha tenido tanto acceso a la información y al conocimiento como ahora y la paradoja radica en que nunca hubo tantos adultos incapaces de enjuiciar críticamente la realidad. Deberás hacerte mayor con ansias de saber, dispuesto a reflexionar, a conocer, abrirte a nuevos autores sin prejuicios sectarios, ir desarrollando una personalidad y un carácter al paso que marca tu propia existencia, las cosas que verás en ti, que experimentarás, las que verás en otros y las aprenderás de la Historia, tanto de tu país como del mundo. Así, oscilarás entre el compromiso y la reserva, el sentimiento y la razón, el sueño y la realidad. Y que las consignas izquierdistas sobreviven pocas veces a una formación intelectual ecuánime y adecuada.

Todo ya ha pasado antes. Tú eras muy pequeño, pero hace diez años, un partido formado por asesores del chavismo y pintamonas siniestros de toda índole quiso reventar las cosas para forrarse y tener sexo a diestra y siniestra, y aglutinó los votos de los más faltos de la sociedad, que es donde tiene el caladero el material averiado del populismo. Te aseguro que daba mucha vergüenza ajena ver a personas hechas y derechas defender con pasión de forofo a esa banda de sacamantecas de ultraizquierda, y a su líder dominante venderlo como el nuevo mesías.

Más allá de lo que puedas creer, no hay nada de romántico en los ideales de la vil escoria etarra, cuyo pensamiento nacionalista nace como una sublevación carlista contra el liberalismo, en la que se mezclaban elementos de integrismo clerical y separatismo regionalista. Salir al mundo con la mirada limpia y echar un vistazo afuera te permitirá mantenerte alejado de esos nocivos identitarismos de aldea.

Aunque no lo sepas, tu falsa revolución sólo instala más en su puesto a la chusma gobernante y su prensa servil, y tu profunda conciencia social adoba las ideologías que han empobrecido a todas las naciones de la Tierra donde se han aplicado, y donde se han invertido todas las categorías morales. Seguir por ese camino sólo te llevará a la inmolación personal, pues si cuando eres adolescente se te perdonan los pecados propios de tu edad e inexperiencia, como tus ramlazos comunistas y todo tipo de desvaríos argumentales, cuando eres adulto sólo puedes mantener esa posición en el mundo si eres estúpido, ignorante o malvado.
Hablamos dentro de unos años y me cuentas qué tal te ha ido.
Atentamente.