21 de septiembre de 2024

San Mateo tiene que fracasar


Artículo publicado originalmente en La Nueva España

La ciudad se mueve al ritmo constante de la música y los ríos de personas que observan, conversan, ríen y beben. Hay gente por todos lados, el tiempo acompaña y la dispersión de las casetas hace que puedas encontrar riadas de gente desde el Bombé hasta la Catedral, de Uría a la calle Mon. San Mateo baja las persianas del verano, es la última oportunidad de hacer vida social de puertas para afuera, las quedadas, los rostros bronceados, los últimos coletazos de hedonismo antes de que el frío de octubre se cuele por los rincones.

El centro se convierte en una sala de fiestas al aire libre, y como no me dedico a la política local, lo disfruto todo sin pensar en clave de aciertos y errores. Sólo sé que Oviedo sigue siendo una ciudad idílica para el paseo nocturno y el vermouth diurno, genuina, de entrañable abolengo, limpia, bella, singular, y todas esas cosas que Woody Allen le dijo hasta ruborizar sus fachadas. Hay una corriente, digamos alternativa, que brama contra las fiestas, contra el nuevo modelo de barras donde han quedado fuera los que antes monopilizaban, contra el Ayuntamiento y contra la ciudad en general. Son los que antes hacían de la palabra “chiringuito” toda la extensión de la palabra, grotescamente invadidos, apañando dinero sin explicaciones para la causa comunista, políticos detrás de las barras conmemorando los 65 años de miseria cubana y mucho chanchullo entre bocadillos y cubatas.

Ahora están como basiliscos, con abundancia de aspavientos en redes. Si no pueden politizar y parasitar algo, se cabrean como monas. Mentalidad de trinchera, ver la vida con las anteojeras ideológicas puestas, con la vena sectaria a todo trapo. Hacer del día a día una guerra civil. Alguno fue a una calle del centro a horas intempestivas a sacar una foto justo cuando no pasara nadie, para exclamar que ni el Cristo del Naranco va a estos festejos de la ultraderecha. Si San Mateo no es suyo, celebrarían que no fuera de nadie. El total abandono de las fiestas y la ruina del sector hostelero serían motivo de algarabía para estos notorios cenizos. Para ellos, un San Mateo a rebosar sería sólo peor que una somanta de patadas en la cabeza, porque el antiguo tripartito ha caído y la ciudad está de nuevo en menos del enemigo, y al enemigo ni agua, ni mojitos.

 Es como un descerebrado mamerto que defendía la cooficialidad del asturiano y la imposición en las aulas con esta aseveración: “yo quiero que a mi hijo le obliguen a dar bable”. Eso es extrapolable a todo: no es que tengan su chiringuito, es obligar a todos los ovetenses a vivirlos y sufragarlos, les guste o no. Y como odian Asturias, buscan también el enfrentamiento imaginario a través de la lengua, instalar la discordia en los pueblos a raíz de las toponimias, poder pescar en río revuelto y que la polémica les otorgue más paja para el pesebre. Así son, y así manejan los objetivos. Imponer una vida monocolor, una sola forma de pensar, donde la disidencia será aplastada y la pluralidad política algo a erradicar, un mal de las democracias liberales.

El otoño llegará, y con él el tiempo del recogimiento. Algunos nos vamos otra vez fuera de Vetusta, la diáspora asturiana, el exilio silencioso, hasta el inevitable reencuentro en Navidad, otra vez las luces de ciudad, comercios a toda caja, los paseos al aire libre donde Oviedo es de nuevo protagonista. Si lo permiten los Grinch de la izquierda.


3 de septiembre de 2024

Tu pueblo se llama como yo diga


 

Artículo publicado originalmente en La Nueva España

Lo didáctico del despiporre que es este ungido estado plurinacional, donde todos meten la cuchara hasta el fondo del plato que les ofrece Pedro Sánchez para seguir con su docto culo aposentado en la Moncloa, es que deja ver de manera nítida el abismal espacio que existe entre las esferas políticas y trinconas de la chusma gobernante y la ciudadanía a la que dicen representar, que es la que se lleva todo los palos y que (salvo casos excepcionales de idolatría enfermiza o dependencia económica vía carnet de partido) se rebela como puede contra tamaño desatino.

Leo en La Nueva España una noticia donde los habitantes de El Ferrero (Gozón) han llevado camisetas reivindicativas en sus fiestas patronales, para protestar por la imposición del cambio de nombre a su localidad, que por expreso deseo de los que están en la Junta del Principado ahora se llama 'Ferriru', que nadie sabe de dónde ha salido, pero todos podemos sospecharlo.

Resulta que mis dos abuelos maternos son de ese bonito pueblo acariciando el Cabo Peñas, uno de esos prodigios paisajísticos donde se aúnan mar y campo, acantilados y verdes prados; así que, y en un ejercicio de genealogía local, quise saber desde cuándo se usa el nombre que ahora imponen nuestros entrañables asturtzales, y si los antiguos habitantes de la zona lo tenían como un tesoro guardado y extinguido por el tiempo. 

Mi profunda sorpresa fue cuando mi abuela me comunicó que ni ella, ni su madre, ni la madre de su madre (nos adentramos ya siglo y pico en el pasado) conocieron allí otro nombre que no fuera El Ferrero. Algo que ahora va a cambiar en contra del deseo de los vecinos, pero con el visto bueno de los de la Academia de la Llingua, que es el organismo que sabe de eso y donde son, como su propio nombre indica, académicos. Dejemos a los sabios hacer su papel, por mucho que chillen los pueblerinos.

Así que, para arrojar algo de luz sobre el desconcierto de la buena mujer, que recibió la noticia de que su pueblo ya no se llamará como siempre lo ha conocido, me armé de paciencia y le expliqué que es mejor así, pues son cambios a la manera actual de luchar contra la extrema derecha, y que ese tipo de acciones de terrorismo contra la toponimia son necesarias para meter en vereda a los ultras, que se expanden por Europa como una siniestra mancha de aceite. 

“Vea usted La Sexta”, le recomendé. "Pero es que insistía, tenaz El pueblo nunca se ha llamado así. “El pueblo se llamará como a Barbón le salga de las pelotas”, estuve tentado de responder , pero en cambio, muy tranquilo y sabiendo que estoy en el lado bueno de la historia, en plena alerta antifascista, le expliqué que ahora en España manda una coalición progresista, y que las cosas cambian, evolucionan, y en Asturias no podemos perder el carro de ese progreso, bajarnos del tren de la modernidad poniendo palos en las ruedas, empeñarse en mantener nombres españolistas, o lo que es lo mismo, de marcado tinte franquista, inmersos como estamos en la memoria histórica, en la memoria democrática y en la memoria de los progenitores de los políticos, de los que nos acordamos bastante a menudo.

Mi abuela tiene 93 años y sería tarea imposible decirle que todo responde a un negocio de una minoría de ceporros sin escrúpulos succionando dinero público, el canto de sirenas que lanzan para gente apegada al terruño desde su vertiente más nociva, involucrada en el lado mugriento de la política, con los sentimientos exaltados y usando sin reparos la ignorancia y la desfachatez. Que el cartel del pueblo, las traducciones delirantes de libros emblemáticos, los concursos donde se reparten entre ellos los premios y la panoja, los observatorios y todo el entramado social son el modo de vida de estos trileros de los presupuestos, derrochando y repartiendo viruta, y que el nacionalismo es un vector que sabe tocar el nervio exacto, para enfrentar a la población y donde siempre salen ganando los mismos, mientras tienen a los demás dirimiendo si lleva “u” o si lleva “o”.

Así que preferí mantenerme fiel a la versión corta, al relato oficial, y de esta manera yo me aseguré de no tener que dar explicaciones y ella quedó convencida de tener un nieto completamente gilipollas.