28 de marzo de 2025

Pedagogía contra la sonrisa de la muerte


Existen antipatías instintivas, imposibles de vencer, donde el subconsciente reacciona de manera automática, como un resorte que se activa. Pasa con Mertxe Aizpurua, por ejemplo, donde algo en tu cerebro te crea un rechazo estético y también ético aunque no sepas a qué se dedicaba la antigua directora del Gara y ahora soporte fundamental del sanchismo.

Aizpurua, para los neófitos, era la redactora jefe de Información en Egin cuando ETA intentó matar a un topo de la banda; les sonará esto del topo porque sale en la película 'La Infiltrada', que algo bueno tiene que tener el cine español si a veces instruye en la verdadera memoria más reciente y no tan histórica, sin trampas interesadas y partidistas.

El encuentro entre la diputada Bildu y Pedro Sánchez en Moncloa sirve para medir la atmósfera moral de una parte de la sociedad, la que no ve con malos ojos claudicar con armas y bagajes a los populismos e independentismos siempre que siga construido el muro contra la ultraderecha que se mantiene en pie en sus cabezas. Aunque los blanqueadores son los socialistas y sus falanges mediáticas, hay algo de derrota colectiva en esta normalización del mal.

Hablar de nuevo de la absoluta falta de escrúpulos de Sánchez es caer en la reiteración, y sobre el fango ético en el que chapotean el presidente y sus acólitos se ha escrito demasiado y casi todo acertado. Igual que del asunto el separatismo de las antorchas. Amnistía para el golpismo catalán, financiación singular, cancelación de la deuda...una larga y vergonzosa lista que ya la explican mejor y a diario otros periodistas especializados.
Lo más preocupante, la derrota de la que hablo, viene por parte de la ciudadanía adscrita a esa "coalición de progreso" (léase con ironía) como dogma de fe, y ahí se enquistan irreductibles, tan sectarios militando en esa izquierda cada vez más desnortada y palurda. 

Explicaba Jon Viar, poco sospechoso de fachosfera, la incongruencia que supone valorar como "progre" el horror etnonacionalista derivado en asesinatos en nombre de una raza y una patria, y que el brazo político de esos terroristas no arrepentidos ahora es legitimado por todos los partidos supuestamente progresistas y parte de su boyuno electorado.
Reflexionaba Jon Viar sobre lo imposible que es la convivencia con mentalidades tan degradadas. Busquen el vídeo para el que todavía no lo haya visto (así como su película documental 'Traidores', tan necesaria).

Pueden leer también la "Carta a los nuevos ciegos" que Pilar Ruiz Albisu, la matriarca de los Pagaza, escribió en ABC en 2005 y que sigue tan vigente a día de hoy (retrata y anticipa perfectamente la chulería, la mezquindad y la indecencia de Patxi López), cumplidos sobradamente los peores pronósticos de la madre de Joseba Pagazaurtundúa, socialista de UGT asesinado por ETA, jefe de la Policía Local de Andoain y fundador del movimiento cívico ¡Basta Ya!.

Pilar murió a principios de marzo rodeada de los suyos, con la serena valentía de luchadora incansable contra las dictaduras, primero contra la franquista y después contra la mafia del nacionalismo vasco. Y murió con la pena de ver a los asesinos de su hijo como socios prioritarios del Gobierno de España, y a Patxi López habiendo medrado en su carrera gracias a esa traición que ella le reprochó.

Por Sánchez poco podemos hacer, ya que ni mil columnas, artículos o reportajes, ni horas de trabajo de la oposición van a cambiar su mentalidad y su enfermiza ambición de poder a toda costa; pero aún es necesaria la pedagogía, al estilo de Jon en la CEU San Pablo, para educar a los de a pie la merma, la fiel infantería que aún mantenga algo de capacidad de raciocinio.

No perdamos la esperanza. Educar en valores como la libertad y el progreso (el verdadero, no el de la deriva reaccionaria de la izquierda), promover la cultura y la Historia para explicar algunas cositas básicas en un Estado de derecho, para confrontar con los supremacistas y los del identitarismo local que tanto exalta las más bajas pasiones y, tal vez, para que dejen de tener brutales migrañas cuando ven a alguien del PP o de Vox, y lascivas erecciones al contemplar a Arnaldo Otegi abrazado a Évole o a Mertxe sonriéndole a Pedro.

18 de marzo de 2025

Cayeron ellos


No hubo segunda parte buena ni retornaron los días de vino y rosas. Terminó con discreta dignidad Caiga quien Caiga tras siete emisiones, y el pasado 3 de marzo bajaba la persiana sin mucha estridencia. El programa, con supuesta vocación irreverente y espíritu combativo, fracasó como subproducto ideológico por su concepción errónea de lo transgresor, al tratarse de una mera parodia de lo que fue, de aquel formato original y rompedor de entonces a la obsolescencia inaudita de ahora, pues los tiempos han cambiado, la propaganda encaja más filtros para ser contrastada y rebatida y todo dios le tiene tomada la matrícula a políticos y periodistas.
Significa que se puede alegar maldad o directrices, pero no desconocimiento o ignorancia, sobre de qué pie cojea cada cual, medios de comunicación y profesionales de la cosa pública. O de si no van ni andando.

Por eso se trata de una cancelación que no pilla por sorpresa, cuando tu pretendido gamberrismo y discurso a la contra resulta que coincide punto por punto con la agenda gubernamental, y tu presunta labor periodística es la tan novedosa de fiscalizar a la oposición. Heroica labor la de esos muchachos de negro, sin duda, puestas las gafas de sol y también las anteojeras del postureo biempensante, más arlequinesco que simpático, y previamente establecida la escaleta desde Ferraz y Moncloa. Ferocidad sin ningún tipo de consecuencia real, como perros ladrando a los coches que pasan.

Con terroristas parlando en el Congreso (se llama Parlamento por eso, aunque alguno sólo rebuzne) y otros terroristas flanqueando al Gobierno en su autodenominada coalición de progreso, que a los 20 segundos del primer programa dejaran claro que el peligro para la sociedad (y para la audiencia) era la ultraderecha (ese camelo para ingenuos, machacón mantra para simples que se aferran a eslóganes que no se adecuan a la vida real, como sabe Errejón) ya era toda una declaración de intenciones: la intención de no molestar al que manda y paga. Incluso de agradarle y complacerle, aceptando su papel de inofensivas mascotas del poder.

Y llegamos a la triste constatación que de poco sirve que hagas tu trabajo vestido de traje: estar de rodillas ante un Gobierno corrupto no tiene nada de elegante. Y podría haberse tratado de una propaganda con talento (eso lo hacía bien Hollywood antes de la ya crepuscular era del wokismo), en posesión de audacia, sagacidad, inteligencia.
Ni por asomo. Todo era cansino y previsible, y la gracia únicamente sucedía de forma involuntaria, asomando a ratos esa sensación tan desagradable de la vergüenza ajena; reafirmando así la certeza de que, por salud mental, lo mejor que puedes hacer con la televisión es tenerla apagada.

Claro que vivimos en un país donde si vas callejeando con la alcachofa puedes recibir el beneplácito del pensamiento dominante, por mosca cojonera de los fachas, baluarte del antifascismo y otras inanes chorradas que ya nadie normal se cree (salvo la veintena de niñatos zoquetes que juegan a revolucionarios impidiendo charlas en la Universidad), pero que celebran los de siempre; pero si lo mismo se lleva a cabo hacia alguien como, pongamos por caso, el siniestro chavista de manos largas Monedero o el energúmeno de Antonio Maestre, lo que celebran con jolgorio en sus redes Fortes, Iñaki López y compañía (cómplices necesarios) es que el micrófono haya alcanzado cierta cantidad de metros al ser lanzado, aunque sea a costa de violentar a un chaval que no hace nada que no realizaran años atrás los de aquel programa primigenio u otros folloneros. Porque algo puede ser violencia o no según quien la sufra y, sobre todo, según quien la ejerza. 

Así pasa actualmente en el País Vasco, donde hacer un mitin que no cuente con el visto bueno del nacionalismo mafioso es "ir a provocar", y se mantiene todavía una atmósfera de miedo sutil, pegajoso, impredecible; congelado en el tiempo un ambiente tenso, cerrado y delator, donde los asesinos excarcelados pueden ser recibidos masivamente en olor de multitudes y las víctimas tienen su homenaje de la forma más discreta posible, tratando de incomodar poquito, por si se enfadan los chicos de Otegi, que ahora son también los chicos de Sánchez. Y pues ya lo habrán adivinado: no hemos visto (ni veremos ya, me temo) a nadie de Caiga quien Caiga por Alsasua a poner a prueba la conducta civilizada de los entrañables vecinos.