6 de octubre de 2025

La bandera, la flotilla y la bondad


Artículo publicado originalmente en La Gaceta

Fue en este extinto agosto, en las fiestas de Las Piraguas, Descenso Internacional del Sella, donde Adrián Barbón, singular mandatario del Principado de Asturias, en el puente presidencial de todo el jolgorio, campechano como siempre fue, agarró por el mástil (por dónde si no) una bandera palestina que vio por ahí (están por todos lados, desde los perfiles en X hasta en las carreteras de La Vuelta España, por eso de las modas, los tontos y las lindes) y la alzó rabiando de orgullo, como Mel Gibson enarbolaba la Betsy Ross con desaforado patriotismo bélico en aquella película bastante mediocre, pero donde se dedicaba a su afición favorita en la pantalla, que es escabechar ingleses. 

De esa guisa posó Barbón, el muhayadín de Laviana, con su irrenunciable vocación al ridículo, seguro de pasar a la historia (efímera, a fin de cuentas) y dar que hablar en redes sociales (eso sí, pues le dio bombo él a la foto) aunque sea un político demasiado absurdo para tomárselo en serio. Como es ajeno a la decencia elemental, creía estar haciendo un acto humanitario y reivindicativo, mientras a los asturianos, cada vez menos y más arruinados, les quiere imponer el bable por un delirio identitario y por el vil metal, claro.
Lo más divertido es percatarse que el tiempo que alguien como Barbón duraría vivo entre los yihadistas de la Franja de Gaza se podría medir en segundos.

Lo más triste es que cuando sale a esas reuniones de socialistas por España, Barbón no puede desprenderse de esa imagen de provinciano ignorante, detrás siempre del trasero de Pedro Sánchez, por si pudiera recoger alguna migaja.

Lo primero que uno se pregunta cuando ve a alguien apoyar sin fisuras, sin matices, sin dilemas éticos y con verdadera devoción la llamada "causa palestina" es si tendrá la capacidad intelectual trastornada. Yo siempre tiendo a pensar bien de las personas, y por eso prefiero creer antes que es bobo a malo. 

Sólo desde la maldad se puede simpatizar con una espantosa teocracia medieval, reaccionaria y fanática hasta el mismo paroxismo de la violencia. De la islamofilia tengo la impresión de que se trata de una enfermedad, una enfermedad moral. Una atrofia moral que contamina el alma. La lucha de las diferentes facciones terroristas por exterminar a los judíos es la historia de un horror tras otro, una atrocidad tras otra, sin descanso.  

En occidente y de mano de la extrema izquierda en su totalidad, el mal disimulado odio a Israel está aderezado por el envenenamiento informativo que sufrimos, donde por sistema se divulgan las cifras que filtra Hamas, ofreciendo a la población esos datos como si llegara de una fuente fiable, lo que ya es mucho ofrecer. 

Eso hace aún más admirable la voluntad de supervivencia de Israel, luchando contra su propia aniquilación en medio de un desierto, con un tesón que sólo puede surgir del sufrimiento, como sangre extraída de una piedra.

Algunos de los amigos de Hamas le echan bastante morro y gustan de hacer el paripé y montar el numerito, como esa flotilla que saben nunca llegará a destino (afortunadamente para ellos, pues evitan caer en manos de los terroristas, lo que sería cruelmente jocoso) pero hacen muchas declaraciones grandilocuentes, soflamas más o menos histéricas, y palabras como derechos humanos, humanidad, etc, etc salen a su boca como torrentes, inflamados de orgullo y superación, vamos a romper el cerco, hay que detener el genocidio, y que sea una Gaza feminista y resiliente; y claro, resulta que en esa flota del terror lo mismo te encuentras a Ada Colau que a la ya no tan niña Greta, que se ha pasado del negocio climático al negocio del activismo de la causa palestina, todo con tal de no ir al colegio.
Y la peña los despide en el puerto y entre multitudes, como si partieran para la batalla de Lepanto o a circunnavegar el globo por primera vez, a lo Juan Sebastián Elcano.

Supongo que el activismo, además de para autoconvencerte de que eres buena persona y no un hijo de perra filoterrorista con balcones a la calle, sirve para canalizar una frustración. A falta de retos reales en tu vida y causas por las que luchar, y teniendo en cuenta que lo más probable es que en tu casa sepan que eres tonto de remate, te vuelcas en el tema palestino, que siempre queda bien con todo y gasta buena prensa; porque de otro conflictos bélicos como que andas más escaso de conocimientos (tampoco es que tengas puta idea de lo que hace Israel), Ucrania está muy gastado y lo de la matanza de cristianos en Nigeria te suena a bulo de la ultraderecha.

Y claro, ahora no falta una sola actriz de chichinabo o influencer de medio pelo que sienta la imperiosa necesidad de pronunciarse, porque la virtud progre además hay que demostrarla o al menos parecerla, como la mujer del César, y todo el mundo debe saber que lo de Gaza te afecta en lo más hondo, que no quieres ser cancelado y que tú y La Franja siempre habéis sido uña y carne. 

Si los terroristas usan a los civiles, muchos de ellos niños, como escudos humanos donde dirigir las bombas, estos de la bondad universal y el corazón que no les cabe en el pecho usan la sangre de esos niños para lavar su imagen y limpiar sus conciencias. Un reel de Instagram a tiempo es una victoria.

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