Artículo publicado originalmente en La Gaceta.
La suya fue una vocación tardía. Originaria de Los Corrales, humilde pueblecito de la provincia de Sevilla, hizo su viaje al norte para emplearse en la cosecha del espárrago en la Comunidad Foral de Navarra, donde conoció a Santos Cerdán, alma gemela.
Todo historia de amor tiene sus altibajos, pero Santos se había iniciado en las actividades mafiosas a nivel regional, que luego intensificó para conseguir y mantener el poder del PSOE, colocando a Bildu en Pamplona o aprobando la amnistía de Puigdemont; aunque su verdadero interés radicaba en aumentar sus beneficios mediante licitaciones con empresas.
'La Paqui', con esperanzas de altos vuelos y el signo del euro en la mirada, vivió su punto de inflexión al mudarse a Madrid hace 10 años. Para cualquier personas con aspiraciones, Madrid es el lugar donde se desarrollan o se estrellan los sueños de los españoles periféricos, un pozo de ambición que enriquece, engulle o vomita a siete millones de almas. Todo pasa por la capital.
Pero las cosas empezaron a ir relativamente bien (antes de ir francamente mal) y como todo defensor de lo público, lo primero que hizo fue inscribir a su hija en una universidad privada.
En la organización criminal PSOE su marido tenía un puesto destacado, era uno de los capos, mano derecha del número 1 y con acceso a reuniones con empresarios, así que el matrimonio pudo mudarse del pisito de 40 metros a un ático de 160, tres habitaciones amplias y dos baños, con terraza en la céntrica calle Hilarión Eslava, pagado por Servinabar. Y allí se rindieron a la vida a todo tren del gañán sociata, del tratante de ganado venido a más.
'La Paqui' se comportaba un poco a la manera de las acompañantes medio putas medio amantes de los hampones de un universo que parece salido del cine de Scorsese, como apuntaba por estos lares Hughes. En Uno de los nuestros, Jimmy Conway, el personaje que interpreta Roberto De Niro, llama la atención a los compañeros de banda por la excesiva ostentación después de un lucrativo golpe, reiterando en que había explicitado discreción, perfil bajo, nada de abrigos de pieles ni coches de alta gama por un tiempo.
'La Paqui' fundía con espontánea desfachatez la pasta de la trama entre muebles en El Corte Inglés y restaurantes de lujo, donde se llegó a gastar, de una sentada, 7.470 euros, que son muchos solomillos, por muy pantagruélico festín que te pegues con dinero negro. Pero nada comparable al 1.801.914 que se llevó Santos por un día de trabajo, en el pelotazo en el puente del Centenario.
Algunos de la banda de Sánchez alzaron la voz, como hacía De Niro, sobre la falta de mesura de 'la Paqui', a la que ya conocían todos los empleados de El Corte Inglés, que es el elixir de la clase media con pretensiones. Como es gente bastante profesional, los trabajadores le atendían sin sospechar en su derroche motivos secretos y condenables.
Ella disfrutaba de la buena posición crematística gracias a la hegemonía sin sentido del sanchismo, en una España de gánsteres y periodistas rastreros convenciendo a la población de que la única alternativa al socialismo trincón era la ultraderecha con sus bulos y su fango. Sánchez o el fascismo.
Y pa'lante. 'La Paqui' se dedicó a la vida del bon vivant hortera, pero mantenía aún dentro lo rural, y cuando se hicieron ver los primeros medios de comunicación por el ático, sacó lo peor de ella, como cuando se puso como una energúmena con la periodista Irene Tabera. Gruesas palabras dijo, impropias de la mujer que acompaña al número tres del partido del Gobierno: "Estoy hasta los cojones de este puto país", vociferaba nuestra chabacana de Chamberí. Lo que, me tendrán que disculpar, no son formas de referirse al lugar que te lo dio todo (o se lo robaste, bueno) y te permitió temporalmente una vida de áticos, planta noble en centro comercial de abolengo y restaurantes con cuentas de más de tres cifras.
Con el marido saliendo de la cárcel, Ábalos y Koldo entrando y Begoña y el puto amo calentando la banda del Supremo, llegan a su fin los sueños de ambición de una muchacha de un pequeño pueblo sevillano, que sólo quería poder sacar y fundir la tarjeta de crédito y ser reconocida y admirada en El Corte Inglés de Princesa. Allá donde se cruzan los caminos.
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