8 de febrero de 2019
Participación en La Redacción Abierta.
La actualidad de España comentada en Intereconomía junto a Javier Torres.
26 de enero de 2019
25 de enero de 2019
En defensa de la libertad de prensa
Artículo publicado originalmente en La Nueva España
Aunque la siguiente afirmación debería presuponerse como algo asumido en un Estado de derecho, lo cierto es que parece no estar de más incidir: La única manera de poder ejercer un periodismo honesto y eficaz, es si éste tiene garantizada su libertad a la hora de desarrollar su labor.
El periodista Cake Minuesa, profesional tan admirable como temerario, se metió
de lleno en una manifestación de ese movimiento de exaltados, jóvenes en su
mayoría, amantes del salvajismo en grupo, con el cerebro a medio cocer y
adoctrinados al calor del nacionalismo aldeano, que son los CDR. Siendo agredido
por ello, y en el ejercicio de su trabajo. Como ocurre con tantos más,
zarandeados, insultados y agredidos mientras tratan de desempeñar su función.
Hubo
quien trató de justificar o celebró el acoso y posterior puñetazo y otros, los
cínicos falsamente equidistantes, también se expresaron en esos abyectos
términos que nos suenan, algo así como el “algo habrá hecho” pero con
circunloquios.
Una sociedad que no valora ni respeta la libertad de prensa es una sociedad indecente. Y despótica. Una sociedad que está ya en el punto adecuado, óptimo de anestesia y fanatismo, para acoger en su seno una idea totalitaria.
Nos parecen muy alejados, en la geografía y en sus políticas, países como China, Venezuela o Rusia, de corte autoritario y con una más que sospechosa ausencia de los derechos civiles, con especial ahínco en la persecución de los periodistas incómodos para sus gobernantes; periodistas que suelen sufrir toda suerte de oportunos percances, con adversos resultados para su estado de salud.
Estas barbaridades tampoco nos deberían ser tan ajenas; no hace tantos años, Arnaldo Otegi, hoy feliz protagonista de gastronómicas postales de Nochebuena y figura principal en los ‘selfies’ de la díscola juventud catalana que lo aborda por la calle, justificaba el asesinato del periodista José Luis López de Lacalle, histórico fundador de CCOO y encarcelado durante el franquismo. Ese hecho puntual dentro de las felonías etarras, y concretando en un personaje tan vil como Otegi, son hechos cruciales para entender la situación de la prensa en este país, y cómo siempre ha tenido que remar a contracorriente, contra los enemigos de la libertad y del progreso.
Una sociedad que no valora ni respeta la libertad de prensa es una sociedad indecente. Y despótica. Una sociedad que está ya en el punto adecuado, óptimo de anestesia y fanatismo, para acoger en su seno una idea totalitaria.
Nos parecen muy alejados, en la geografía y en sus políticas, países como China, Venezuela o Rusia, de corte autoritario y con una más que sospechosa ausencia de los derechos civiles, con especial ahínco en la persecución de los periodistas incómodos para sus gobernantes; periodistas que suelen sufrir toda suerte de oportunos percances, con adversos resultados para su estado de salud.
Estas barbaridades tampoco nos deberían ser tan ajenas; no hace tantos años, Arnaldo Otegi, hoy feliz protagonista de gastronómicas postales de Nochebuena y figura principal en los ‘selfies’ de la díscola juventud catalana que lo aborda por la calle, justificaba el asesinato del periodista José Luis López de Lacalle, histórico fundador de CCOO y encarcelado durante el franquismo. Ese hecho puntual dentro de las felonías etarras, y concretando en un personaje tan vil como Otegi, son hechos cruciales para entender la situación de la prensa en este país, y cómo siempre ha tenido que remar a contracorriente, contra los enemigos de la libertad y del progreso.
Cada
profesional debe tener como propósito el poder mantener una parcela de libertad
individual, más allá de las evidentes líneas editoriales de los medios para los
que trabaje: una trinchera propia, ajena al servilismo, donde marcar las líneas
rojas que no debe traspasar, en nombre de sus propios valores y honor. En
nombre de la dignidad personal.
Sólo un periodismo que no pierda de vista el código deontológico del oficio es merecedor de calificarse como tal. Algo muy distinto, es la demagogia pagada por el mejor postor, la pretenciosa vulgaridad y la ignorancia tratando de pasar por observación rigurosa, los propagandistas de campaña cebados por políticos y con la red social como campo de batalla, o la bajeza hecha tertuliano, bramando en las teles. A eso es mejor llamarlo de otra manera (por una cuestión de decoro y de formas), pero no periodismo.
Un análisis de la actualidad de forma reflexiva, precisa y lúcida nunca se puede pergeñar en caliente y a golpe de ‘tuit’ tendencioso o buscando generar estímulos inmediatos que son beneficios para hoy y desinformación para los restos. En una sociedad donde, cada vez más, las personas se comunican e informan únicamente por lo que ven y oyen a través de sus pantallas, que pueden llevar en el bolsillo, el periodismo de investigación, de divulgación y de reportajes a la añeja usanza es tan necesario como enarbolar en pie las últimas banderas, mientras las trompetas tocan a retirada.
Ese paciente y necesario oficio a la sombra, tendrá siempre que luchar contra todos aquellos que esperan que la verdad se quede afónica. Pero mientras exista un reportero, un columnista o un redactor que se meta en las calles o en las líneas donde alguien no quiere que esté, seguirá erguido el Álamo de la prensa.
Los periodistas deben ser peones en el tablero donde se juega el rol de los poderes, pero con el único fin de consagrarse a la única victoria asumible: la promesa de un mundo más libre.
Sólo un periodismo que no pierda de vista el código deontológico del oficio es merecedor de calificarse como tal. Algo muy distinto, es la demagogia pagada por el mejor postor, la pretenciosa vulgaridad y la ignorancia tratando de pasar por observación rigurosa, los propagandistas de campaña cebados por políticos y con la red social como campo de batalla, o la bajeza hecha tertuliano, bramando en las teles. A eso es mejor llamarlo de otra manera (por una cuestión de decoro y de formas), pero no periodismo.
Un análisis de la actualidad de forma reflexiva, precisa y lúcida nunca se puede pergeñar en caliente y a golpe de ‘tuit’ tendencioso o buscando generar estímulos inmediatos que son beneficios para hoy y desinformación para los restos. En una sociedad donde, cada vez más, las personas se comunican e informan únicamente por lo que ven y oyen a través de sus pantallas, que pueden llevar en el bolsillo, el periodismo de investigación, de divulgación y de reportajes a la añeja usanza es tan necesario como enarbolar en pie las últimas banderas, mientras las trompetas tocan a retirada.
Ese paciente y necesario oficio a la sombra, tendrá siempre que luchar contra todos aquellos que esperan que la verdad se quede afónica. Pero mientras exista un reportero, un columnista o un redactor que se meta en las calles o en las líneas donde alguien no quiere que esté, seguirá erguido el Álamo de la prensa.
Los periodistas deben ser peones en el tablero donde se juega el rol de los poderes, pero con el único fin de consagrarse a la única victoria asumible: la promesa de un mundo más libre.
23 de diciembre de 2018
Andalucía desarmada
La
literatura y el cine han impregnado el imaginario colectivo de esa idea tan
romántica como violenta que, al cacique del pueblo que despóticamente rige los
designios de una localidad o comarca, los vecinos le acaban metiendo un tiro y
lanzando su cadáver al río o exponiéndolo como escarnio. Fuenteovejuna y todo
eso. Cuchillada al mamarracho opresor y todos felices y libres. El propio Vito
Corleone, encarnado en un joven De Niro, oscurece el descansillo de un portal
de primeros del siglo XX para, gatillo mediante, zanjar el incómodo asunto del
cabecilla local, aunque fuera para ponerse él en su lugar.
En España, por fortuna, llevamos un tiempo sin matarnos entre nosotros (excepcionalidad histórica sin precedentes) y los ajustes de cuentas se ejecutan en las urnas. A través de ellas, se desaloja a los amos de cortijos, a sinvergüenzas, golfos y apañadores; a cargos públicos de mano larga y bolsillos obscenamente llenos.
Algo así parece que ha ocurrido en Andalucía, donde llevaban cuatro décadas sin abrir las ventanas y airear las estancias de la Junta, y el olor a podredumbre y a rancio era ya insoportable en los aposentos de los que dirigían el cotarro en la región más empobrecida de España.
Los simples y los bobos buscaran, como es lo suyo, explicaciones simples y bobas, cuando no demagógicas y cínicas, pero lo cierto es que Santiago Abascal no pasó de la intrascendencia de predicar subido a una caja con un megáfono a sacar 12 escaños en las tierras al sur porque haya habido una proliferación de nazis en España, o porque de repente llegara una horda de fascistas de nueva generación. Sólo un necio progre puede mirar la paja de la ultraderecha en vez de la viga de sus carencias y fallos, de la complejidad del juego político y el tremendo error, no asumido por nadie, de que un partido que lleva las palabras Obrero y Español en sus siglas, se alíe con el nacionalismo burgués y supremacista que desprecia todo cuanto de español haya en sus convecinos. Y donde Susana Díaz es legítima heredera del latrocinio y de los ERE, de los Chaves y Griñán, sin haberse molestado en preguntar “¿Y esto de dónde ha salido?”. O Podemos (Adelante Andalucía, se llaman, aunque vayan marcha atrás) hace vergonzantes campañas basadas en series de televisión y Teresa Rodríguez sigue siendo un prodigio de estupidez, presentada como la Khaleesi del reino andalusí.
No se preguntan por qué han salido mejor parados los partidos que no esconden la bandera de España, ni se percataron que un andaluz lo que rechaza es que los mismos que gobiernan en su región, en Madrid le hagan masajes a un tipo como Torra. O por qué Ciudadanos ha ascendido tanto en Cataluña como en Andalucía, que es a donde mandan a Inés Arrimadas los xenófobos de la barretina cuando la líder consigue sacarles de sus casillas con su abrumadora e incisiva lucidez.
Con todas las reservas que se pueda tener sobre Vox y su programa (y en democracia esas reservas se expresan pacíficamente), lo cierto es que gran cantidad de sus votantes son gente de a pie, trabajadores sin aviesas intenciones, currelas honrados, padres de familia abnegados y de buenas maneras. Decía Rafael Azcona, que el problema de los guionistas actuales era que no viajaban en autobús. Algo así pasa con los que alertan de la llegada del fascismo desde sus chalets acorazados, o en casa en pijama tuiteando estupideces sobre la amenaza ultra, en vez de salir a tomar el pulso de la calle, a poner la oreja y escuchar lo que la gente dice, lo que la gente piensa, lo que se habla en la barra de los bares y, sobre todo, lo que opina el que está detrás de esa barra, trabajando 10 o más horas al día. Allí pueden buscar su fascismo, los muy cretinos. Porque esa es la gente que, en Andalucía, han (o intentado) desalojado al PSOE caciquil de sus privilegios nobiliarios y sus votos cautivos. Sin pegar un solo tiro.
En España, por fortuna, llevamos un tiempo sin matarnos entre nosotros (excepcionalidad histórica sin precedentes) y los ajustes de cuentas se ejecutan en las urnas. A través de ellas, se desaloja a los amos de cortijos, a sinvergüenzas, golfos y apañadores; a cargos públicos de mano larga y bolsillos obscenamente llenos.
Algo así parece que ha ocurrido en Andalucía, donde llevaban cuatro décadas sin abrir las ventanas y airear las estancias de la Junta, y el olor a podredumbre y a rancio era ya insoportable en los aposentos de los que dirigían el cotarro en la región más empobrecida de España.
Los simples y los bobos buscaran, como es lo suyo, explicaciones simples y bobas, cuando no demagógicas y cínicas, pero lo cierto es que Santiago Abascal no pasó de la intrascendencia de predicar subido a una caja con un megáfono a sacar 12 escaños en las tierras al sur porque haya habido una proliferación de nazis en España, o porque de repente llegara una horda de fascistas de nueva generación. Sólo un necio progre puede mirar la paja de la ultraderecha en vez de la viga de sus carencias y fallos, de la complejidad del juego político y el tremendo error, no asumido por nadie, de que un partido que lleva las palabras Obrero y Español en sus siglas, se alíe con el nacionalismo burgués y supremacista que desprecia todo cuanto de español haya en sus convecinos. Y donde Susana Díaz es legítima heredera del latrocinio y de los ERE, de los Chaves y Griñán, sin haberse molestado en preguntar “¿Y esto de dónde ha salido?”. O Podemos (Adelante Andalucía, se llaman, aunque vayan marcha atrás) hace vergonzantes campañas basadas en series de televisión y Teresa Rodríguez sigue siendo un prodigio de estupidez, presentada como la Khaleesi del reino andalusí.
No se preguntan por qué han salido mejor parados los partidos que no esconden la bandera de España, ni se percataron que un andaluz lo que rechaza es que los mismos que gobiernan en su región, en Madrid le hagan masajes a un tipo como Torra. O por qué Ciudadanos ha ascendido tanto en Cataluña como en Andalucía, que es a donde mandan a Inés Arrimadas los xenófobos de la barretina cuando la líder consigue sacarles de sus casillas con su abrumadora e incisiva lucidez.
Con todas las reservas que se pueda tener sobre Vox y su programa (y en democracia esas reservas se expresan pacíficamente), lo cierto es que gran cantidad de sus votantes son gente de a pie, trabajadores sin aviesas intenciones, currelas honrados, padres de familia abnegados y de buenas maneras. Decía Rafael Azcona, que el problema de los guionistas actuales era que no viajaban en autobús. Algo así pasa con los que alertan de la llegada del fascismo desde sus chalets acorazados, o en casa en pijama tuiteando estupideces sobre la amenaza ultra, en vez de salir a tomar el pulso de la calle, a poner la oreja y escuchar lo que la gente dice, lo que la gente piensa, lo que se habla en la barra de los bares y, sobre todo, lo que opina el que está detrás de esa barra, trabajando 10 o más horas al día. Allí pueden buscar su fascismo, los muy cretinos. Porque esa es la gente que, en Andalucía, han (o intentado) desalojado al PSOE caciquil de sus privilegios nobiliarios y sus votos cautivos. Sin pegar un solo tiro.
17 de diciembre de 2018
Intervención en el programa 'Magazine Y'
Anuncio en el programa de EsAsturias TV, la televisión privada del Principado que más está creciendo, de mi labor de enlace desde Madrid.
8 de diciembre de 2018
No saben lo que hacen
Artículo publicado originalmente en La Nueva España
Cuando el
Gobierno de Torra, debilitado por la fragmentación de sus socios, corría
peligro de caer, llegó la delegación catalana de Podemos y les ofreció una mano
amiga para salvar la legislatura. Es curioso comprobar de forma permanente que,
los que se dicen “La Gente” suelen estar siempre tan cercanos sólo a la “gente”
que es nacionalista, y así, a tantos ciudadanos la revolución de las sonrisas
congela la sangre y borra el rictus alegre de los labios. Por esa tendencia de
ponerse siempre del lado de los que desprecian al diferente (el nacionalismo,
al fin y al cabo, se trata siempre de eso) y no se ocultan para ofrecer un
salvavidas a un racista tarugo como el Presidente de la Generalidad.
Se conoce que siempre hicieron buenas migas con los xenófobos del etnicismo, ya mucho antes de que la Presidenta del Parlamento de Navarra estuviera de amena charla con El carnicero de Mondragón, que hizo su propia revolución de corazones coloridos asesinando a 17 personas.
De Podemos, la intuición dice que compadrean con estos movimientos separatistas por una simple cuestión de un denominador común: la hispanofobia. Parece lógico que ellos, politólogos acreditados, sepan de sobra que la hispanofobia carece de matices y es siempre unidireccional, obtusa, corrupta, excluyente y previsible, y que remar con el que llama a los españoles “bestias con tara en el ADN” no les va a generar muchas simpatías entre la ciudadanía de a pie; pero para el partido morado hay algo más importante y es que, como han venido a reventar el orden constitucional y, si pueden, el Estado de Derecho, pues los enemigos de mis enemigos son mis camaradas. Es la política, amigo.
Pero esas amistades peligrosas, y sus cachorros parafascistas de los CDR, están amedrentando, usando la violencia, atacando a españoles no nacionalistas por todo el territorio catalán. No se libran ni los comercios, ni los políticos constitucionalistas (a los que directamente escupen), ni los ciudadanos comunes. Ver que arremeten al grito de “Putos españoles” estremece al pensar si son conscientes de lo que significa España y de quién la forma. O de quién la defiende.
Realmente, no saben de lo que están hablando, o dónde se están metiendo. No es que suene a amenaza o a ruido de sables, es que esta gente que dio un golpe de Estado y fue a participar en un referéndum ilegal que había sido explícitamente prohibido, se quejaron y lloraron como plañideras desesperadas por cuatro empujones y unos desalojos de colegio. Exagerando sus consecuencias, aumentando hasta el disparate el número de heridos y haciendo el ridículo internacionalmente. Eso sin que hayan intervenido las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad más que de manera superficial, y sin presencia alguna del Ejército. Por eso pienso que, cuando dicen lo de “Españoles de mierda” y actúan con ese desprecio, ignoran realmente que enfrente, para salvaguardar los derechos de esos españoles a los que odian, hay una Policía y una Guardia Civil muy preparada y altamente eficaz, y unas Fuerzas Armadas profesionales con una cualificación que nunca ha sido puesta en entredicho.
Se conoce que siempre hicieron buenas migas con los xenófobos del etnicismo, ya mucho antes de que la Presidenta del Parlamento de Navarra estuviera de amena charla con El carnicero de Mondragón, que hizo su propia revolución de corazones coloridos asesinando a 17 personas.
De Podemos, la intuición dice que compadrean con estos movimientos separatistas por una simple cuestión de un denominador común: la hispanofobia. Parece lógico que ellos, politólogos acreditados, sepan de sobra que la hispanofobia carece de matices y es siempre unidireccional, obtusa, corrupta, excluyente y previsible, y que remar con el que llama a los españoles “bestias con tara en el ADN” no les va a generar muchas simpatías entre la ciudadanía de a pie; pero para el partido morado hay algo más importante y es que, como han venido a reventar el orden constitucional y, si pueden, el Estado de Derecho, pues los enemigos de mis enemigos son mis camaradas. Es la política, amigo.
Pero esas amistades peligrosas, y sus cachorros parafascistas de los CDR, están amedrentando, usando la violencia, atacando a españoles no nacionalistas por todo el territorio catalán. No se libran ni los comercios, ni los políticos constitucionalistas (a los que directamente escupen), ni los ciudadanos comunes. Ver que arremeten al grito de “Putos españoles” estremece al pensar si son conscientes de lo que significa España y de quién la forma. O de quién la defiende.
Realmente, no saben de lo que están hablando, o dónde se están metiendo. No es que suene a amenaza o a ruido de sables, es que esta gente que dio un golpe de Estado y fue a participar en un referéndum ilegal que había sido explícitamente prohibido, se quejaron y lloraron como plañideras desesperadas por cuatro empujones y unos desalojos de colegio. Exagerando sus consecuencias, aumentando hasta el disparate el número de heridos y haciendo el ridículo internacionalmente. Eso sin que hayan intervenido las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad más que de manera superficial, y sin presencia alguna del Ejército. Por eso pienso que, cuando dicen lo de “Españoles de mierda” y actúan con ese desprecio, ignoran realmente que enfrente, para salvaguardar los derechos de esos españoles a los que odian, hay una Policía y una Guardia Civil muy preparada y altamente eficaz, y unas Fuerzas Armadas profesionales con una cualificación que nunca ha sido puesta en entredicho.
Si nos ponemos más rotundos, estos que creen que van a poner de rodillas al
país mientras se inventan su propia historia, seguramente están pasando por
alto que quieren someter a los ciudadanos de una nación que conquistó un mundo,
que forjó una fama de infantería aguerrida e invencible por los campos de
Europa y que siempre ha sido belicosa y decidida en la defensa de todo lo que
creía. Que frenó en Cartagena de Indias a la mayor flota naval movilizada hasta
el desembarco de Normandía y le paró los pies al emperador más ambicioso desde
Carlomagno, echando a los franceses de su tierra. Que nunca ha claudicado sin
pelear antes, incluso sólo querían “hablar de rendición después de muertos”.
Quieren vencer, con dirigentes que huyen como conejos al extranjero cuando
tienen la oportunidad, a los que hicieron que el laureado Nelson, con toda su
fama y su altísima estatua en el centro de Londres, volviera de Trafalgar en
una caja.
Por eso, no creo que, llegado el momento de hacer frente de verdad a la amenaza separatista, los españoles perdonen a los del partido morado aliarse con los traidores. No es de recibo venderse a los enemigos, y eso lo sabemos ya desde Viriato. Y los otros, los que destilan odio y agresividad en Cataluña pensando que tienen la sartén por el mango y el monopolio de la violencia, pues eso, que no saben lo que hacen.
Por eso, no creo que, llegado el momento de hacer frente de verdad a la amenaza separatista, los españoles perdonen a los del partido morado aliarse con los traidores. No es de recibo venderse a los enemigos, y eso lo sabemos ya desde Viriato. Y los otros, los que destilan odio y agresividad en Cataluña pensando que tienen la sartén por el mango y el monopolio de la violencia, pues eso, que no saben lo que hacen.
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