Artículo publicado originalmente en La Gaceta.
Una reciente encuesta afirma que un 14% de los españoles ha roto en el último año con amigos o familiares por discusiones políticas, siendo los votantes de Podemos los que más se cargaron amistades, hasta un 34% de los votantes de ese partido, o lo que sea, aunque es verdad que tampoco les quedan muchos.
Que es la gente más intolerante, dogmática y reaccionaria que uno se puede echar a la cara no creo que sea ninguna novedad a estas alturas del asunto. Los conocemos de sobra y los hemos visto y sufrido.
En lo que concierne al que arriba firma, algunos amigos me "borraron de sus redes" cuando les dije, respecto al partido morado que les entusiasmaba: "no es esto, no es esto"; y además tuve la desfachatez de empezar a publicar en prensa mis opiniones sobre el tema, porque conocía bien a los pájaros. Cancelado por facha.
Pero bueno, han pasado los años, el sanchismo lo ha podrido todo con una virulencia inaudita, y algunos se han caído ya del guindo y otros por ahí siguen, de rama en rama. No hay que darle más importancia.
Igual que no merece la pena acordarse demasiado del vil Zapatero y la voracidad criminal imparable y depredadora en sus negocios de la muerte, porque es tiempo de paz. Tampoco de los que rebuscan en los osarios para acabar de golpe y porrazo con la presunción de inocencia de un presidente ya fallecido, como han hecho esas malas bestias de Belarra y Montero.
Son fechas para la celebración y también para la melancolía, para leer a Dickens, ver El apartamento, Tres Padrinos y Plácido y escuchar música que nos lleve por los meandros de la vida y los recuerdos, el presente y los ausentes. Cada uno tendrá sus fantasmas y sus memorias. Las sillas vacías. Los inviernos y las hogueras que ya no volverán. Sombras de un tiempo pretérito. La patria de la infancia que siempre es una patria perdida.
Dejándose llevar sin prejuicios, pueden estos días de asueto escuchar a Extremoduro o a Ilegales, como homenaje póstumo y porque la música como trinchera sólo es para sectarios, y los eclécticos sabemos que podemos disfrutar, según el momento y el estado de ánimo, de Robe Iniesta o de Carlos Gardel. Aunque apetezca más un villancico con la voz de Sinatra o Nat King Cole. O un clásico nuestro imprescindible como Raphael. La oferta es infinita.
Ahora lo moderno y lo progre (es decir, lo evitable) es desear "felices fiestas", como si fueran las fiestas de la patrona de tu pueblo. Riau-riau. Pues vale. Antes se usaba indistintamente porque no estábamos inundados de perniciosa ideología y de ubicua tontería.
Olviden las discusiones a la mesa, sobre todo si se aliñan con caldos espirituosos. Decía el gran Scott Fitzgerald: "bebo porque cuando bebo, pasan cosas". Pero con familiares y con política por el medio, muchas de ellas pueden ser cosas malas; y si son familiares políticos la escena puede alcanzar altas cotas de dramatismo.
Esto de la "coalición de progreso" se desmorona y no hay nadie con dos dedos de frente (incluso con uno y medio) que lo pueda defender sin ponerse aunque sea un poquito colorado. Por eso, con el podemita o el progubernamental no se confronta, se le compadece. Como con un niño con paperas. Nada de peleas. No hay que lastimarle, sino sentir lástima. Bastante tienen con lo suyo. Igual que a un vegano no se le recuerda constantemente lo buenísimo que está el cordero. Se puede enfadar y arrearle a uno en todo el parietal con la paletilla del lechal.
Si quieren desahogarse, prueben a murmurar algo entre dientes, con los polvorones en la boca. Siempre manteniendo presente que los sentimientos entrañables alegran el alma de los hombres y relajan su soledad. Tengan cerca a los suyos, y usen la bondad como el mayor atributo que se puede brindar.
Feliz Navidad.
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