Artículo publicado originalmente en La Gaceta.
Para los marcados, los que estamos de forma irremediable al otro lado del muro que Sánchez construyó, donde hay mucha fuerza de voluntad, elogioso trabajo, capacidad de resistencia y la firme determinación de oponerse al autócrata.
Entre talentos y egos hay que decir que no nos demos demasiada importancia si un vídeo tiene una excelente recepción, si ponemos a rabiar a los mermados en alguna intervención (siempre rabian, son como ovejas bípedas), si nos amenazan infraseres ágrafos por redes en el ruin parapeto del anonimato, si alguien nos felicita de forma entusiasta por un artículo, o si por la calle una señora nos para y nos dice que le gustamos mucho para su nieta.
Es verdad que llevamos años dando la cara, a riesgo de que nos la partan, en la oposición cívica pero activa, al Gobierno más abyecto y miserable que ha conocido nuestra democracia. Es verdad que en frente se amontona una peligrosa mezcla de maldad y estupidez, crimen e inmundicia, causas demenciales dispuestas a ser defendidas por cualquier energúmeno con la misma capacidad de diálogo que un pobre jumento, adueñándose de la voluntad de los débiles.
Es verdad que estamos en minoría absoluta frente a la parasitación de todas las instituciones del Estado, los medios de comunicación y su obsceno rodillo mediático, y el chantaje continuo de los identitarismos de aldea, la antiEspaña cabestra de toda la vida pero con un barniz de progresismo.
Pero hombres y mujeres mejores que nosotros pelearon y defendieron sus ideas en épocas más peligrosas, con más coraje, más vehemencia y más riesgo, perdiendo incluso la vida, como les ocurrió a los héroes que sabían que los podían matar los enajenados pistoleros de la ETA, y nunca quisieron ponerle un silenciador a su voz ni renunciar a denunciar esa asquerosa necedad que es el nacionalismo vasco.
Supieron mirarle a la cara al miedo incluso en los años de plomo; vimos riadas de gente echada a la calle con el corazón roto y manos esperanzadas que pintadas de blanco se alzaban al cielo; de lágrimas derramadas interminables y ojos de tristeza infinita que laceraron las mejillas de Miguel Ángel Blanco cuando encontraron su cuerpo tiroteado.
Militares de honor intachable como el general de Brigada de la Guardia Civil Juan Atarés Peña, asesinado por la espalda una víspera de Nochebuena de 1985, que se negaba a llevar escolta para que nadie más resultara herido si decidían ir a por él. Y cientos de ejemplos más.
Los que murieron por no querer entregar una parte de su tierra a los fanáticos analfabetos de la pistolas y las teorías raciales, a los hijos de perra que engendró Sabino Arana y que hoy campan a sus anchas fuera de la cárcel y en los ayuntamientos.
Y aunque hoy creamos que todo ese horror y ese padecimiento no sirvieron para nada, que ETA logró una victoria política casi completa y con sus secuaces en las instituciones, gracias a aquellos valientes y a una sociedad civil que se enfrentó y enseñó la verdadera cara de los gudaris, cualquier persona decente en España sabe que Otegi y los suyos son escoria. No hay PSOE cómplice que pueda blanquear tanta sangre derramada. Porque en "los suyos" se incluyen, por supuesto, los tipos del Partido Socialista y la chusma podemita que los masajean y los abrazan.
El periodismo admirable, la Guardia Civil y la Justicia no colonizada han ido cercando a la banda de Sánchez. Una banda de canallas sin escrúpulos que lo mismo pacta con el golpismo catalán que hace negocio con defectuoso material sanitario en pandemia.
Ante nosotros se consuma el desmoronamiento de una organización criminal. Testigos privilegiados de una historia que marcará el devenir de nuestro país. La mayoría sociológica va a barrer este periodo y a sus perpetradores. Irán todos ellos directos al vertedero de la memoria, sólo serán recordados para vagamente maldecir sus fechorías, mientras tratamos de reconstruir una España mejor.
Como digo, muchos concienzudos profesionales han puesto empeño en denunciar y tratar de dar fin a este inmenso desatino. Con tantísimo en contra. Sé que ha planeado la sombra de la cancelación, la amenaza de la censura, que activistas contra la coalición que subían su contenido a redes vieron cerrado su canal, y que todos hemos perdido algo en el largo camino, además de sufrir los quebraderos de cabeza, la ingratitud del incrédulo, la locura rabiosa del ultrafeminismo, el desprecio del creyente en la fe del sanchismo; que se tildó de fango, bulos, ultraderecha... cualquier información verídica publicada que iba contra la línea de flotación de la banda. Sé de todas las piedras a lo largo del sendero. Y que fue y está siendo jodido.
Pero hombres y mujeres mejores que nosotros pelearon y vieron sus sueños de libertad rotos en los levantamientos de Hungría, en la Praga aplastada bajo los tanques del ejército soviético, iluminada la resistencia por las llamas de Jan Palach en su último sacrificio.
Civiles sin nada de esperanza y agotados de luchar murieron de un tiro en la nuca en sórdidos sótanos de la Lubianka, puestos contra un paredón o liquidados en algún sucio callejón tras el telón de acero, o los oficiales polacos cebando las fosas comunes de Katyn por orden de Stalin.
Tipos más valientes se batieron el cobre unas navidades en las calles de Bucarest a tiro pelao para poder derribar al último gran monarca comunista de Europa y llevar al matrimonio Ceaușescu hacia su justo y necesario final, tan evocativo.
Disidentes de la narcodictadura venezolana son sacados de sus casas en mitad de la noche y llevados al centro de tortura del Helicoide, en esas terroríficas celdas que esperan un día la llegada de Zapatero y de Juan Carlos Monedero. Los que pelean y mueren en Venezuela y Cuba, y los que se han visto obligados a nutrir las filas de la diáspora caribeña han sido justamente reconocidos con el Nobel a María Corina Machado, cuyos rebuznos que provocó en la izquierda simplona facilitaron rápidamente poder colocarte al otro lado de ese estercolero ético que es hoy el progresismo internacional, concubinas de sátrapas y terroristas.
Nunca fue tan fácil saber de qué lado estar. Basta con no posicionarse en el lugar donde estén ellos, herederos de toda la fealdad que ensombrece el mundo.
A los supervivientes de las atrocidades nacionalistas y comunistas y a los que no lo lograron. Los que no pudieron ver el fin de las bombas en Vascongadas, el desmoronamiento de la Unión Soviética, ni verán caer a Maduro y a Raúl.
A ellos les debemos, con su memoria y su ejemplo siempre presentes, seguir inquebrantables en contra de las bestias mezquinas y cínicas, gañanes corruptos que hoy destrozan España. Pero sabiendo que ellos fueron ellos, y nosotros somos nosotros.
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