Con los años y las despedidas ataca con más fuerza algo que nunca creíste para los jóvenes, esa emoción difícil de controlar llamada melancolía, sensaciones asociadas y sentimientos crepusculares, la nostalgia de tiempo pasado que fue indiscutiblemente mejor. No ayuda no haber hecho las paces con la memoria, o ésta se presenta edulcorada o lacerante en exceso.
No sabemos si todo lo intrascendente empieza a desdibujarse en el recuerdo, pero creo que tengo una privilegiada retentiva para las cosas que amo.
Yo he sido a lo largo de mi vida notablemente feliz con la imagen, el sonido y la letra impresa protagonizada por personas que ya habían palmado cuando nací. O que lo hicieron mientras era muy pequeño. Y eso no me impidió descubrir con devoción todo lo que crearon, con ese interés de quien consigue un mundo nuevo e hipnótico.
Crecí con la certidumbre de que el cine es una de las más grandes artes y una de las pequeñas salvaciones cotidianas, y también que existía un cine clásico, congelado en el tiempo, patrimonio del buen gusto y atemporal, y otro cine contemporáneo, donde podías ver a estrellas en la gran pantalla y luego salían en las revistas o se paseaban por los festivales. Actores y actrices que vivían ya en el mito, y actores y actrices de la actualidad. Había un pasado y un presente, perfectamente delimitados pero ambos disfrutables.
También sabía que no existen películas antiguas ni películas nuevas: existen películas que se han visto y películas que no, y ésas siempre son nuevas. Cine vivido, amado y compartido. Una afición delegada de mi padre, como principio vital transmitido con los suyos. Una afición que procede del minuto posterior al primer recuerdo y se sabe acoplada y decidida hasta el último momento.
Fui niño, adolescente, joven, mientras aún estaban vivos Paul Newman, Kirk Douglas, Ernest Borgnine, Sean Connery, James Caan, Olivia de Havilland, Alain Delon, Gene Hackman, James Gandolfini.
Y Robert Redford, Claudia Cardinale, Diane Keaton. Estos tres han sido los últimos en largarse, en este 2025 que declina ya irremediable. También Brigidtte Bartdot, que llevaba retirada del cine desde 1973.
Claudia Cardinale siempre será un amor a perpetuidad, representando la carnalidad, la belleza, el erotismo, el misterio, la elegancia. No entiende este arte quien no comprenda que uno pueda enamorarse de los ojos de una siciliana (en realidad nació en Túnez) de formas pletóricas y curvilíneas.
Ella pertenecía a esa estirpe de las elegidas, donde se asentaban en algo más que una cara bonita. La cámara las amaba, los productores conocían el impulso que dirige las preferencias de un hombre hacia una mujer determinada entre miles.
Tuvo la fortuna de contar con los mejores mentores. A mediados de los años 60, su alegre desenfado ya había estado a las órdenes de algunos de los mayores creadores del cine italiano: Luchino Visconti, Fellini, Zurlini, Monicelli, Luigi Zampa...con Rocco y sus hermanos entraría en el olimpo de musas de Visconti, junto a Silvana Magano y Romy Schneider.
Interpretó a la impresionante Angelica Sedara de El Gatopardo. La escena del baile con el príncipe de Salina (colosal Burt Lancaster, ambos repetirían con Visconti en Confidencias) es una de las más icónicas y simbólicas de la historia del cine. Y la película que le abriría las puertas del mercado internacional con lanzamiento norteamericano. Nada menos que al lado de John Wayne y Rita Hayworth, en la poco afortunada obra circense de Henry Hathaway El fabuloso mundo del circo.
Fue el lujo y la sofisticación en La pantera rosa, y la belleza salvaje del excelente wéstern Los profesionales, una obra maestra de un nihilismo, una épica y un romanticismo corrosivos.
Fernando Trueba, alguien con sentido del gusto y de la estética y de cinefilia militante, tuvo el privilegio de contar con ella en la notable El artista y la modelo. Fue la última vez que la vi actuando.
Robert Redford contaba con ese magnetismo propio de las estrellas, capaz de hacer de galán romántico o entrañable pícaro pero también interpretar a personajes complejos, perdedores con alma, solitarios acorralados por la vida, gente en posesión de talento pero también de turbiedad, además de ser un director con una sensibilidad contrastada.
Tuvo la suerte de vivir alejado de las fórmulas, trabajando con artesanos del oficio, en una época donde productores muy inteligentes ofrecían personajes memorables a buenos actores en estado de gracia y continua complicidad con el público; por eso funcionan juntos él y Paul Newman, en Dos hombres y un destino y El Golpe, dos películas que van más allá de modas estrictamente comerciales pero también de cine experimenta, de autor o lo que sea el indie. Es cine para todos los espectadores, pero de calidad. Divierte, hace reír, fascina, y la pareja está rodeada de grandes secundarios como Robert Shaw o Katharine Ross, esa belleza de fama efímera. Dos películas donde se habla de la devolución exacta y medida de la justa lealtad.
Otra colaboración fructífera, que es ya catálogo de lo mejor del cine, es la de Redford con Sydney Pollack, director y actor con un oficio que ha influido en los más aventajados jóvenes realizadores, y al que tanto se le echa de menos.
Los años 70 y el trabajo de ambos nos regalaron Las aventuras de Jeremiah Johnson (que ha tenido una digna sucesora en la hermosa y triste Sueños de trenes), Tal como éramos, las vicisitudes y complicaciones de pareja junto a Barbra Streisand; un thriller bien labrado como Los tres días del Cóndor, y ese trotamundos conmovedor de El jinete eléctrico (junto a su amiga de toda la vida Jane Fonda, también estuvieron ambos en La jauría humana, Descalzos por el parque y, ya en 20217, Nosotros en la noche, que se aleja demasiado en calidad al gran libro de Kent Haruf).
Redford y Pollack volverían a juntarse para esa obra lírica de imágenes memorables entre leones, elefantes y Meryl Streep. Sí, Memorias de África.
Redford fue el tenaz periodista Bob Woodward en Todos los hombres del presidente y también el director de una película tan conmovedora como Gente corriente y de la alegórica El hombre que susurraba a los caballos, que aunque con alguna concesión a la vía cómoda, descubrió para el cine a una niña hermosa llamada Scarlett Johansson.
Siempre fue un hombre coherente, comprometido, activista sin fanatismos, promotor de festivales para dar cabida a todo tipo de películas alejadas de otros circuitos más prestigiosos, y se permitió el lujo de, con 65 años, lucir torso desnudo en La última fortaleza, un duelo demasiado forzado con James Gandolfini, aunque es una cinta que se deja ver.
Se retocó la cara con desastrosos resultados, participó en algunas películas que se podía haber ahorrado y fue congruente hasta el final. Representaba una forma de ser y de estar y también una manera de entender Estados Unidos.
Robert Redford puede que fuera la última gran estrella viva.
Brigitte Bardot llegó para conmocionar la rígida moral dominante en la industria, hubo quien se deleitó y hubo quien se escandalizó, con alguien que podía hacer milagros jugando con una toalla, revolcada en la cama con una sábana ceñida al cuerpo, siendo otros escenarios predilectos las bañeras y las duchas, que daban cabida a su glorioso cuerpo.
Pionera del desnudo expresivo, antes de que el mal gusto y la vulgaridad, y la proliferación de mujeres sin ropa para tapar agujeros de guión, arruinaran todo lo erótico y novedoso que aquello tenía. Bardot es tan importante porque su físico implantó modas. Toda una generación de mujeres sexualmente liberadas imitó sus peinados (y despeinados), su forma de moverse y su particular expresividad de los labios, con una calculada mezcla de insolencia e ingenuidad.
Fue más personaje que actriz, pero el mundo nuevo de los años 50 acogió la mercancía con ilusión y la consumió sin reservas.
Fue una mujer singular y acaso amada. Su rostro era un hermoso refugio del alma francesa, e hizo defensa a favor de los animales y activismo contra los animales bípedos que sabía estaban (y están) destrozando su país.
Y, como escribió el gran Terence Moix: "El erotismo cinematográfico ya no sería el mismo desde el día en que la traviesa B.B regaló al folclore del siglo su culito retozón".
Diane Keaton en estética y estilismo fue lo más parecido a una heredera de Katherine Hepburn, pero con esa mirada de ojos caídos y sonrisa perpetua que enamoró a un Woody Allen en estado de gracia cuando sacó lo mejor de ella en Annie Hall y Manhattan, colaborando juntos en cinco cintas más, siendo el reencuentro profesional en Misterioso asesinato en Manhattan, una película menor el neoyorquino, que siendo menor sigue siendo cine muy destacable, como ocurre con las obras de Allen.
Keaton fue habitual en comedias románticas y dramas familiares, estuvo estupenda (cuarta nominación al Oscar) junto a Jack Nicholson en Cuando menos te lo esperas.
Pero creo que para todos los cinéfilos con gusto, además de la musa de Woody Allen, siempre será Kay Adams de El Padrino.
Aunque participó en la trilogía, la más memorable escena ocurre en el final de la primera cumbre de Coppola, cuando su marido recién ascendido al trono del poder le cierra la puerta para dejarla fuera de las estancias donde se deciden la vida y la muerte.
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