Artículo publicado originalmente en La Gaceta
Cada vez en más ocasiones, asomarse al multipolar universo de las redes sociales es entrar en territorio lovecraftiano, donde criaturas monstruosas y actitudes bochornosas cobran forma en una ventana digital hacia el estupor. De lo más impactante es la exposición pública de menores, usados por sus propios padres como siniestro escaparate y a la vez lanzadera de likes, supliendo tal vez la ausencia de autoestima con la validación necesaria de centenares o miles de desconocidos, mientras ponen a sus hijos en la picota por una cuestión competitiva mal gestionada.
Lo dicen las estadísticas: el 72% del material incautado a pedófilos son imágenes no sexuales de menores subidas a internet por las familias. Porque un pedófilo no necesita que sea material explícito para usarlo con aviesos fines y enfermiza intenciones. Pero les da igual a los influenciadores y a los patéticos aspirantes a serlo, insensatos, temerarios e irresponsables, gozosos en su micromundo de corazones artificiales, muchos de esos adultos egomaníacos creen que merece la pena correr el riesgo, o simplemente desconocen lo que habita en lo más profundo de la web y sus recodos más despiadados.
Frivolidad de descerebrados, cabezas de chorlito digital, cegados por una fatuidad insulsa, quitando importancia a todo lo que tiene verdadero valor o peso emocional.
Se ha normalizado (aunque algunos nunca lo veamos normal) emitir tu mundo y tu cotidianeidad diaria tal cual uno viviera en un Gran Hermano constante; fotos a platos rebosantes de humeante comida, viajes captados hasta el último frívolo detalle, relaciones sentimentales como si hubieran desembolsado una enorme cuantía por la exclusiva de tu amorío.
Vivencias que antes quedaban en el estricto ámbito de lo íntimo y ahora se comparten, sobrevalorando la importancia que se supone tienen para los demás, o el interés que despierta tu existencia, a menudo prosaica y ridícula. El quiero y no puedo de cualquier diva de medio pelo o pobre diablo con pretensiones, necesitados de un foco de usar y tirar, compitiendo contra nadie, lanzando mudos gritos de socorro, llamadas de atención enviadas a la nube y que ahí se quedan flotando, pegajosas. Sometidos de buena gana al escrutino del ojo ajeno, donde el infierno siempre son los otros.
Hay algo de obsceno en la exhibición pública de la vida privada. Incluso se saca partido a las pequeñas miserias cotidianas. He llegado a ver espectáculos necrófilos, a raíz de un fallecimiento. Del muerto se aprovecha todo, hasta el último like. Sobreabundancia de pornografía sentimental, basurero de las emociones, impudicia en el mercadeo de carne trémula, cuerpos de exposición como una cristalera en Ámsterdam.
Deseos, ostentaciones, espejismos y apariencias que arden en la hoguera de las vanidades de las redes sociales, donde se calcinan tantas capacidades y se pierde tanto tiempo. Un tiempo que no volverá, mientras el día y la vida pasan y tú estás inclinado, jorobo, sobre la pantalla de un móvil, incapaz de alzar la vista a lo que tienes a tu alrededor, si no es para fotografiarlo.
Se sabe que la dificultad de concentración impide focalizarse en actividades que no impliquen un estímulo constante, arreones de corta duración y sobredosis de información en alta cadencia. Ahí se cuece lo trágico: incapacidad para redactar y pensar con calma, pero también personas ya talluditas que siguen permeables a las modas, a la tendencia del momento por estúpida que sea; adoptando la máscara fugaz de lo que creen que es vanguardia, interacciones virtuales que les permitan recibir esa efímera descarga de dopamina de la aprobación del ciberespacio.
La dependencia de esa sensación tan fugaz, unida a la falta de aficiones genuinas, lleva al inevitable enganche, móvil siempre a mano y en la mano, transeúntes caminando ciegos y que te embisten como vitorinos invidentes si no te apartas a tiempo.
Montañas y atardeceres que ven morir su belleza en el zoom de una cámara del que mira sin apreciar, sin entender que la gente verdaderamente feliz no tiene ninguna necesidad de irlo promulgando. Que son los que tienen una vida personal más rica los más celosos de su privacidad, y los más interesados en mantener un perfil bajo y reservado, pues sus experiencias y momentos van más allá del cuelgue a lo que pase dentro de un aparato y a la vibración de las notificaciones.
Las redes sociales moldean una ficción con pretensiones de realidad, pero la realidad es otra cosa, y es la que está quedando en los márgenes.
Lo real es poder estar dos horas en silencio, con la única compañía de tus pensamientos o un libro en el regazo. La oscuridad, la soledad compartida de una sala de cine. La paz de las playas de invierno.
El lujo de la desconexión. Es la placidez del sosiego, y la introspección pausada. Conservar un puñado de amigos fieles, principios y lealtades innegociables, rincones construidos a base de memoria, películas y canciones, que no necesitan ser compartidas con nadie más.
Una sociedad abotargada, dependiente de estímulos de minuto y medio, es más sencilla de permear y, por consiguiente, presa fácil de políticos gansterizados. Masa colectivizada dispuesta a cancelar, reflexiones de clickbait, tontadas de Galeano en una línea, memes al por mayor, campo de prueba de morritos, escotes, selfies y pijadas.
Sé que quizá sea nostalgia por el tiempo de los que aprendimos a leer y a escribir cuando el mundo aún se hacía a mano. Y que esto se publica en un medio digital y será leído también en móviles. Que podrán decir que Granda es un viejoven y un amargado, y que como creció con películas de John Ford, piensa que es Wayne subido a su caballo.
Pero no abomino de los móviles, pues tengo uno, igual que todo el mundo, ni soy un ludita que no entienda los beneficios de la tecnología usada de forma responsable.
Lo que me toca las narices, sinceramente, es ir a un museo y topar con una cola enorme antes de llegar a un cuadro de Da Vinci, y que los diez de delante se hayan parado ante la pintura sólo los segundos necesarios para hacerle una foto, y los diez de detrás te meten prisa porque también quieren hacerle la foto e irse cagando leches a otro cuadro. Pues lo importante no es estar y verlo, sino poder contar que estuviste, y enseñarlo. Y como yo veo lo que hay y no me gusta, pues vengo aquí y lo cuento.
