30 de enero de 2026

En las redes de las vanidades


Artículo publicado originalmente en La Gaceta

Cada vez en más ocasiones, asomarse al multipolar universo de las redes sociales es entrar en territorio lovecraftiano, donde criaturas monstruosas y actitudes bochornosas cobran forma en una ventana digital hacia el estupor. De lo más impactante es la exposición pública de menores, usados por sus propios padres como siniestro escaparate y a la vez lanzadera de likes, supliendo tal vez la ausencia de autoestima con la validación necesaria de centenares o miles de desconocidos, mientras ponen a sus hijos en la picota por una cuestión competitiva mal gestionada.

Lo dicen las estadísticas: el 72% del material incautado a pedófilos son imágenes no sexuales de menores subidas a internet por las familias. Porque un pedófilo no necesita que sea material explícito para usarlo con aviesos fines y enfermiza intenciones. Pero les da igual a los influenciadores y a los patéticos aspirantes a serlo, insensatos, temerarios e irresponsables, gozosos en su micromundo de corazones artificiales, muchos de esos adultos egomaníacos creen que merece la pena correr el riesgo, o simplemente desconocen lo que habita en lo más profundo de la web y sus recodos más despiadados.

Frivolidad de descerebrados, cabezas de chorlito digital, cegados por una fatuidad insulsa, quitando importancia a todo lo que tiene verdadero valor o peso emocional.
Se ha normalizado (aunque algunos nunca lo veamos normal) emitir tu mundo y tu cotidianeidad diaria tal cual uno viviera en un Gran Hermano constante; fotos a platos rebosantes de humeante comida, viajes captados hasta el último frívolo detalle, relaciones sentimentales como si hubieran desembolsado una enorme cuantía por la exclusiva de tu amorío. 

Vivencias que antes quedaban en el estricto ámbito de lo íntimo y ahora se comparten, sobrevalorando la importancia que se supone tienen para los demás, o el interés que despierta tu existencia, a menudo prosaica y ridícula. El quiero y no puedo de cualquier diva de medio pelo o pobre diablo con pretensiones, necesitados de un foco de usar y tirar, compitiendo contra nadie, lanzando mudos gritos de socorro, llamadas de atención enviadas a la nube y que ahí se quedan flotando, pegajosas. Sometidos de buena gana al escrutino del ojo ajeno, donde el infierno siempre son los otros.

Hay algo de obsceno en la exhibición pública de la vida privada. Incluso se saca partido a las pequeñas miserias cotidianas. He llegado a ver espectáculos necrófilos, a raíz de un fallecimiento. Del muerto se aprovecha todo, hasta el último like. Sobreabundancia de pornografía sentimental, basurero de las emociones, impudicia en el mercadeo de carne trémula, cuerpos de exposición como una cristalera en Ámsterdam. 

Deseos, ostentaciones, espejismos y apariencias que arden en la hoguera de las vanidades de las redes sociales, donde se calcinan tantas capacidades y se pierde tanto tiempo. Un tiempo que no volverá, mientras el día y la vida pasan y tú estás inclinado, jorobo, sobre la pantalla de un móvil, incapaz de alzar la vista a lo que tienes a tu alrededor, si no es para fotografiarlo. 

Se sabe que la dificultad de concentración impide focalizarse en actividades que no impliquen un estímulo constante, arreones de corta duración y sobredosis de información en alta cadencia. Ahí se cuece lo trágico: incapacidad para redactar y pensar con calma, pero también personas ya talluditas que siguen permeables a las modas, a la tendencia del momento por estúpida que sea; adoptando la máscara fugaz de lo que creen que es vanguardia, interacciones virtuales que les permitan recibir esa efímera descarga de dopamina de la aprobación del ciberespacio. 

La dependencia de esa sensación tan fugaz, unida a la falta de aficiones genuinas, lleva al inevitable enganche, móvil siempre a mano y en la mano, transeúntes caminando ciegos y que te embisten como vitorinos invidentes si no te apartas a tiempo. 

Montañas y atardeceres que ven morir su belleza en el zoom de una cámara del que mira sin apreciar, sin entender que la gente verdaderamente feliz no tiene ninguna necesidad de irlo promulgando. Que son los que tienen una vida personal más rica los más celosos de su privacidad, y los más interesados en mantener un perfil bajo y reservado, pues sus experiencias y momentos van más allá del cuelgue a lo que pase dentro de un aparato y a la vibración de las notificaciones.

Las redes sociales moldean una ficción con pretensiones de realidad, pero la realidad es otra cosa, y es la que está quedando en los márgenes.
Lo real es poder estar dos horas en silencio, con la única compañía de tus pensamientos o un libro en el regazo. La oscuridad, la soledad compartida de una sala de cine. La paz de las playas de invierno. 

El lujo de la desconexión. Es la placidez del sosiego, y la introspección pausada. Conservar un puñado de amigos fieles, principios y lealtades innegociables, rincones construidos a base de memoria, películas y canciones, que no necesitan ser compartidas con nadie más.

Una sociedad abotargada, dependiente de estímulos de minuto y medio, es más sencilla de permear y, por consiguiente, presa fácil de políticos gansterizados. Masa colectivizada dispuesta a cancelar, reflexiones de clickbait, tontadas de Galeano en una línea, memes al por mayor, campo de prueba de morritos, escotes, selfies y pijadas.

Sé que quizá sea nostalgia por el tiempo de los que aprendimos a leer y a escribir cuando el mundo aún se hacía a mano. Y que esto se publica en un medio digital y será leído también en móviles. Que podrán decir que Granda es un viejoven y un amargado, y que como creció con películas de John Ford, piensa que es Wayne subido a su caballo. 

Pero no abomino de los móviles, pues tengo uno, igual que todo el mundo, ni soy un ludita que no entienda los beneficios de la tecnología usada de forma responsable.
Lo que me toca las narices, sinceramente, es ir a un museo y topar con una cola enorme antes de llegar a un cuadro de Da Vinci, y que los diez de delante se hayan parado ante la pintura sólo los segundos necesarios para hacerle una foto, y los diez de detrás te meten prisa porque también quieren hacerle la foto e irse cagando leches a otro cuadro. Pues lo importante no es estar y verlo, sino poder contar que estuviste, y enseñarlo. Y como yo veo lo que hay y no me gusta, pues vengo aquí y lo cuento.

El volumen del horror


Artículo publicado originalmente en La Gaceta

Primo Levi, testigo y relator fundamental del Holocausto, quiso describir lo inimaginable con exactitud y frialdad, sin necesidad de excesivos artilugios narrativos. Afirmó: "No había necesidad de subrayar el horror. El horror estaba allí".

No recuerdo un silencio más áspero que el que invadió la sala de proyección después de ver los 47 minutos de material recopilado por Israel en los ataques del 7 de Octubre. La losa que había caído a plomo sobre los que ahí estábamos, testigos en ese pase privado, documental que los judíos sólo enseñan bajo invitación acreditada y con la premisa de contar lo que vimos.

Al igual que en el material gráfico que nos mostraron, no había mucho más que decir, porque el horror ya estaba ahí, en toda su escalofriante dimensión. Cualquier cosa que al terminar pudiéramos verbalizar era superfluo. No había cabida para algo así como una charla banal a la salida del cine, después de enmudecer con tanta sangre derramada.

El horror estaba en las cámaras y móviles de los terroristas que registraron matanzas a sangre fría en los kibutz, en guarderías, en el festival de jóvenes en Nova. Que filmaron decapitaciones, torturas, ejecuciones, violencia sexual, secuestros. También la felicidad de los gazatíes cuando llegaban las siniestras camionetas cargadas de cadáveres, el ensañamiento con los cuerpos, niños escupiendo sobre ellos, multitud zarandeando a los secuestrados aún vivos, heridos arrastrados por las negras fauces de la yihad. 

Lo que se encontraron los primeros equipos de respuesta, que también fue recopilado, sólo se puede definir como rescatadores buscando supervivientes en el corazón de las tinieblas. 
Impresiona pensar que mientras en Israel estaban ocurriendo los salvajes ataques aquel fatídico sábado de octubre, ya había gente aquí, compartiendo el mismo espacio geográfico que nosotros, buscando las palabras adecuadas para justificarlo, para condenar con adversativas, para ensayar sus aspavientos por la respuesta de Israel antes incluso de que se produjera. Preparando la propaganda del futuro donde todo iba a girar en torno a un ficticio y manufacturado genocidio.

Lo que hicieron los comandos de Hamas es inhumano, los cataloga al margen de nuestra misma especie, pero los que lo justifican o comprenden, los que lucen impúdicos la misma bandera que los yihadistas llevaban en el pecho mientras disparaban sobre niños, son también una caterva canallesca más emparentada con las bestias.

La felicidad de los palestinos por la carnicería que acababan de perpetrar contrastaba con el denso silencio que nos golpeaba a todos los testigos en ese auditorio de Madrid.
Un pase para periodistas y algunos políticos y con blindaje policial. Sospecho que no tanto por la posibilidad de un ataque integrista como por precaución con las hordas de exaltados antisemitas de extrema izquierda, como los que hicieron que el partido de baloncesto entre el Madrid y el Maccabi de Tel Aviv se tuviera que jugar a puerta cerrada. 

Hay viejas pulsiones que se resisten a desaparecer. El nazismo contemporáneo lo enarbolan con singular desvergüenza los llamados a sí mismos progresistas, formando grupos que persiguen a los judíos, ya sea en el baloncesto, en el ciclismo, en festivales de música, en una entrega de premios, o en sus comercios y locales. Con la sucia vieja técnica del señalamiento y el boicot. Con el mismo odio canino, la misma pulsión de querer coserles una estrella en el pecho y empujarles hasta una esquina de la Historia.

Estos escuadrones suelen acudir en manada, amedrentando a los judíos portando emblemas y banderas de sus verdugos, cánticos contra Israel, con el mismo afán exterminador sobre el país que el que puedan tener los ayatolás de Irán y su empecinamiento nuclear. 

Una "revolución" islámica (en el caso de las teocracias y las primaveras árabes, siempre es involución y siempre es una puerta hacia el invierno) que fue fomentada, entre otros y con más efusión, por la izquierda pedófila francesa de los años 70. Esos Michel Foucault, Jean-Paul Sartre o Simone de Beauvoir, escombros de Mayo del 68, que lo mismo firmaban manifiestos para normalizar las relaciones con menores de 15 años que esperaban ansiosos a Jomeini, por mucho que advirtiera la tan lúcida como valiente Oriana Fallaci.
Ella le entrevistó, se quitó el chador, al que llamó "estúpido trapo medieval", y a él lo definió implícitamente como tirano, algo que jamás han hecho (ni harán) con los islamistas y sus brazos armados nuestras más bobas progres feministas de cabecera, tan hipócritas, tan insoportables, tan incurablemente imbéciles.

Es sabido que los jerarcas nazis juzgados en Núremberg, todos tenían un cociente intelectual alto o muy alto. Eran unos inteligentes y fríos asesinos y unos perfectos monstruos. El progre antisemita actual sólo es un holgazán intelectual y un sectario con muchos aspavientos y que, en la mayoría de los casos, está por desasnar.

Los yihadistas y la extrema izquierda tienen en común el fanatismo, la ignorancia y el odio. Unos son extremistas religiosos y otros extremistas políticos. Unos matan y lo celebran y otros celebran que maten otros. Sira Rego y Ernest Urtasun, ministros de España, votaron en contra de una resolución de condena en el Parlamento Europeo, en lo que fue una forma de festejo a su manera. 

Los palestinos se pusieron eufóricos ese día y los propalestinos en Occidente se pusieron eufemísticos para hablar de resistencias, pólvora que salta, pueblos que se revuelven contra la opresión y otros mantras de malnacidos. Es desde las instituciones donde se permite la mayor de las indecencias, dejando a las alimañas antisemitas campar a sus anchas y sin consecuencias, dejando allanado el camino para poder sentirse cómodos cuando se produzca el siguiente espanto.

13 de enero de 2026

Chavista de Chamberí

 


Artículo publicado originalmente en La Gaceta

"En Europa necesitamos mucho de ese cálido viento latinoamericano. Les queremos, Chávez vive, la lucha sigue", exclamaba en el atril Íñigo Errejón, puño alzado al aire, congestionada de emoción la carita imberbe. Un héroe de la revolución llegado desde Pozuelo.

A Errejón le debió de dar un mal aire, porque desde que lo van a sentar en el banquillo por ir demasiado cálido por la vida ya habla menos del difunto comandante y más sobre la importancia de la presunción de inocencia. 

Pablo Iglesias decía en una tele venezolana que le daban envidia los españoles que estaban por allí, y que aquello era un ejemplo para Europa. Sí, eso es lo que necesita Europa, efectivamente, una buena dictadura bolivariana. Cinco millones de personas votaron a este elemento. Un país también acaba teniendo los vicepresidentes que se merece.

De Monedero, su inconsolable tristeza tras fenecer su "hermano" Chávez, y sus bailecitos por Caracas, prefiero no comentar más, porque ya es bastante prolongada la cuesta de enero como para hacerla más pronunciada mentando a todos los indeseables de aquella banda fundacional.

Sí recordar que todo eso ya era de dominio público cuando formaron Podemos, pero luego te decían, los propagandistas habituales (pasan los años y ahí siguen, cambian las caras pero en realidad son los mismos) que tranquilos, que en verdad Podemos no eran chavistas, que eran socialdemócratas nórdicos, que iban a luchar contra los de arriba (serían los vecinos del quinto), a cobrar tres salarios mínimos y acabar con la casta echando fuego por los ojos y también rayos por el culo (dramatización). Y se quedaban tan anchos.

Esas ansias de defender tiranos, necesitados de guardar las apariencias, la han estado reprimiendo los comunistas y separatistas de toda laya hasta que Maduro entró en el avión rumbo a una celda en Brooklyn. Entonces ya no pudieron más, y desde su piso en Chamberí, el mermado de infantería cogió el teléfono y empezó a dar una exhibición. Tap, tap, clic, clic, un tuit tras otro, un rebuzno tras otro. ¡Rediós, para lo que han quedado estos mataos! piensa uno ante semejante espectáculo.

El madurismo te lo defiende con igual vehemencia el tonto de baba que el fanático grillado. Los más indignados por la captura del usurpador y torturador fueron Ione Belarra, los cuatro amigos de IU, los marqueses de Galapagar, los etarras de Bildu y otros demócratas exquisitos. Lo mejor de cada casa, para entendernos. Bichos de la peor calaña que han cambiado la bandera de Palestina por la bandera del régimen caribeño, con menos pausa que vergüenza. Lo mismo les da Hamas que el Cártel de los Soles

La izquierda de ceño fruncido, cínica hasta la extenuación y experta en manipular el lenguaje, siempre te habla de democracia hasta que tocan a su dictador favorito. 
Todo tiene un inevitable componente paródico. Con Chávez había entre la población un movimiento iconólatra, pero Maduro sólo era un payaso puesto ahí por los que manejan realmente el entramado y el flujo de la droga, y no era respetado ni por los suyos, que no movieron un dedo para defenderlo (todas las bajas causadas por los Delta Force son del servicio cubano) y es probable que, además, le vendieran. 

De Chávez, como de Castro, hay murales, pintadas, elegías. Igual que del Che Guevara existe todo tipo de merchandising (y sirve para identificar a descarriados), nadie se imagina a Súper Bigote poniendo cara a las camisetas de los asistentes al Viña Rock, dándole color a ese olor a perro mojado.

Las acusaciones en Estados Unidos, donde Maduro se enfrenta a una larga pena, son incluso más leves que los crímenes por los que es investigado por la Corte Penal Internacional: ejecuciones extrajudiciales, torturas, violaciones sexuales, detenciones ilegales y desapariciones forzadas.
Para el chavista de Chamberí, de lo único que es culpable el conductor de autobuses es de bailar tremendos cumbiones.

La situación al otro lado del charco afecta a España por todos los venezolanos exiliados que hay aquí y por los mamertos exaltados que les quieren hacer frente, porque ya sabemos que estos majaderos tienen una cruzada contra el fascismo y la ultraderecha, aunque la mayor batalla la libran contra su propia estupidez.

Se han visto imágenes donde una panda de gañanes increpaban con arengas chillonas a un grupo de los de la diáspora que celebraba la detención del sátrapa.
Hay que ser de un cuajo especial para insultar con ese odio bárbaro a personas que han sufrido tanto; el complejo sistema anímico que impera en determinados fervores comunistas originan este tipo de excentricidades.

Venezuela está en la más absoluta indigencia, y ha aguantado más de dos décadas de socialismo siglo XXI gracias al terror y al miedo. No es solo, al igual que Cuba, un escenario dramático de una revolución fracasada, es el escaparate en el que los países libres del mundo deben mirarse para no caer en ese populismo demencial con políticas de colectivización que no han funcionado jamás en la historia, a pesar de haberlas intentado poner en práctica con sanguinaria insistencia. 

Maduro va camino del olvido tras las rejas pero el régimen interior sigue dando mortales coletazos, y el chavista de Chamberí te lo justifica desde el exterior con infantiles razonamientos derrumbados. No hay ni un mínimo de empatía con la miseria, padecimientos y angustia que sufre el pueblo venezolano y, además, evita cuidadosamente transitar todo razonamiento lógico.

La postura del chavista de Chamberí, de mollera densa como el hormigón recién vertido, es cerril y acrítica, para él puede que Maduro y Chávez hayan hecho alguna cosa mal, alguna cosita por ahí en la que hayan patinado, pero nada en comparación con los pecados del imperio. Vale, bueno, puede que sea un narcoterrorista, pero es nuestro narcoterrorista. Igual que una vez Feijóo se hizo una foto con Marcial Dorado.

El chavista de Chamberí, disonancia cognitiva en su máximo esplendor, celebra la mediación de Zapatero para la liberación de unos presos políticos que no existían. Son los presos políticos de Schrödinger, estaban pero no estaban a la vez en las mazmorras del régimen. Existen o no según en qué plano de la realidad quieras instalarte.

Y mientras Sánchez se limita a gestionar su propia supervivencia, se aferra al antiamericanismo y habla de derecho internacional a la vez que en España se cisca en el estado de Derecho para amnistiar sediciosos y malversadores, y mientras el chavista de Chamberí sueña con la caída del imperio americano, el resto de los españoles lo hace con ver a Zapatero con un chándal gris de Nike y unos enormes auriculares.

Sobre héroes y ratas


Artículo publicado originalmente en La Gaceta

Le tengo un sincero aprecio a don Joaquín Echeverría Alonso, el padre del llamado "héroe del monopatín", al que entrevisté en un par de ocasiones y con el que hablo asiduamente. Es un hombre bueno a quien la tragedia implacable golpeó de la forma más brutal. Me parece una persona noble y con una admirable entereza, y le deseo muchos años de vida superada.

Su hijo, Ignacio Echeverría, en 2017 y en Londres fue asesinado por la espalda durante unos atentados, cuando intercedió para defender a una mujer que estaba siendo apuñalada (y que sobrevivió gracias a Ignacio) por unos de esos chicos inadaptados, que en palabras del podemita Miguel Urbán, lo hacen porque no ven otra salida. Todo el mundo recordará el caso, así que no voy a extenderme en los pormenores.

Hace poco, don Joaquín escribió en una red social: "De todos los periodistas con los que traté a raíz de la muerte de Ignacio y traté a muchos, Javier Ruiz es el único al que tuve que colgar el teléfono por su impertinencia. La cadena borró la entrevista, supongo que avergonzada por la actuación de Ruiz".

Me pareció algo que por no bochornoso deja de ser bastante lógico, a tenor de la calaña del personaje: Javier Ruiz es un sujeto miserable y siniestro, no por ideología (hay buenas y malas personas a lo largo todo el espectro político, salvo quizá Bildu) sino por la forma rastrera, manipuladora y aborrecible de manejar la información y los datos, de dirigirse a los entrevistados con desprecio y tratando de ser intimidante, causando una grima visceral en cualquiera que no tenga la sesera hecha papilla por alto consumo de la más burda propaganda.

Hablé con don Joaquín Echeverría para conocer más detalles sobre la cuestión (y también para pedirle permiso para escribir este artículo) y me pudo comentar que aquello sucedió en esas angustiosas horas en las que todavía no se sabía la suerte de su hijo, las autoridades británicas habían decretado cerrojazo informativo y todo eran dudas, incertidumbre y especulaciones. 

El padre estaba dando entrevistas para hacer algo de presión mediática y "que los ingleses se movieran y apareciera, vivo o muerto". Me dijo que, en el entonces programa matinal en Cuatro, a Javier Ruiz le tuvo que cortar la llamada, pues fue además el único periodista que se permitió una actuación poco respetuosa. Lo que ya tiene mérito. Loable galardón se lleva el individuo. Enhorabuena, mequetrefe.

Don Joaquín es un hombre educado y discreto, y por eso en nuestra charla supo explicarme lo acontecido y a la vez sortear con elegancia los escollos semánticos para criticar la conversación con Ruiz sin decir que se trató de la interacción con un auténtico pedazo de mierda. Porque ya lo digo yo.

En Cuatro, Javier Ruiz ya practicaba lo que se llevó a TVE cuando fue  llamado a filas por Sánchez: una forma de comunicar basada en la inmoralidad, el populismo, el tratar a los espectadores como estúpidos congénitos e infantilizados, listos para el pastoreo. Todo lo que está mal en el periodismo y en la vida. 

Curiosa trayectoria la del mamporrero. Abandonando la cabeza, el torrente sanguíneo le empujó hacia un desenlace previsible: juntarse con alguien como él o peor, del sexo opuesto. Una choni vocinglera, excesiva, irritante en sus formas bajunas, en su altivo sectarismo ignorante. Una pobre desvalida intelectual, una chabacana definida por la vulgaridad y la intolerancia a la mesura; cafre sin matices, capaz de despertar de forma espontánea esa sensación tan desagradable de la vergüenza ajena. En definitiva, un complemento perfecto para un tipejo como Javier Ruiz.

El "héroe del monopatín" nos llama tanto la atención porque en una sociedad con unos principios en declive y una cultura popular cada vez más banal, él supo escenificar aquello que todavía merece la pena rescatar del ser humano: la valentía, el coraje, el sacrificio, actuar con riesgo a la propia integridad pero de forma automática, porque lo llevaba en la educación, en el instinto, en su forma de ser. Por eso hizo lo que hizo, en lugar de salir corriendo o desentenderse del asunto, que es la opción mayoritaria cuando ocurre algo similar.

La gente opta por inhibirse cuando sobreviene el peligro, y así nos va; dejando que maltraten a mujeres a la vista de todos, que hordas de salvajes vandalicen las calles y el transporte público sin que nadie rechiste, haciendo de Europa un lugar peor, irreconocible, decadente. Con la cobardía de los que tuercen la mirada y luego se permiten poner en tela de juicio la actuación de los que sí se aventuran a intervenir. Eso fue lo que hizo Ruiz, interpelar al padre sobre la actuación del hijo.

El progre odia al hombre con valores porque siente un insuperable complejo de inferioridad ante él. Ve en la persona honrada los atributos de los que él carece, pues sólo es una alimaña interesada, oportunista y codiciosa, con fidelidades espurias. Abundan en los medios de comunicación del oficialismo. Feroces periodistas siempre en contra de los mismos, nunca equivocándose sobre qué cimbrel tienen que lamer.
Han sido recolocados y agrupados en RTVE, para hacer frente común en defensa de la PSOE y sus sistémicas corruptelas. Javier Ruiz ni siquiera es el peor en un ente público que a diario da motivos para lamentar que nuestros bolsillos costeen a esa panda de sacamantecas.

Los impulsos primarios nos animan a que, al segundo después de que el sanchismo caiga, llevar felizmente a RTVE una grúa con bola de demolición y dejar libres los instintos para que los chavales irrumpan a golpe de maza y bidón de gasolina, y así saciar la sed de resarcimiento con una satisfacción salvaje. 

Pero somos personas racionales y por eso se hará todo con una envidiable organización. El famoso pendulazo y la tan citada motosierra tienen que empezar en Prado del Rey. Y de ahí hacia lo demás. Sin perder los papeles ni la compostura, no somos animales ni islamistas. Pero con fría determinación. Como Ignacio Echevarría yendo decidido hacia los terroristas, armado con un simple monopatín.