30 de enero de 2026

El volumen del horror


Artículo publicado originalmente en La Gaceta

Primo Levi, testigo y relator fundamental del Holocausto, quiso describir lo inimaginable con exactitud y frialdad, sin necesidad de excesivos artilugios narrativos. Afirmó: "No había necesidad de subrayar el horror. El horror estaba allí".

No recuerdo un silencio más áspero que el que invadió la sala de proyección después de ver los 47 minutos de material recopilado por Israel en los ataques del 7 de Octubre. La losa que había caído a plomo sobre los que ahí estábamos, testigos en ese pase privado, documental que los judíos sólo enseñan bajo invitación acreditada y con la premisa de contar lo que vimos.

Al igual que en el material gráfico que nos mostraron, no había mucho más que decir, porque el horror ya estaba ahí, en toda su escalofriante dimensión. Cualquier cosa que al terminar pudiéramos verbalizar era superfluo. No había cabida para algo así como una charla banal a la salida del cine, después de enmudecer con tanta sangre derramada.

El horror estaba en las cámaras y móviles de los terroristas que registraron matanzas a sangre fría en los kibutz, en guarderías, en el festival de jóvenes en Nova. Que filmaron decapitaciones, torturas, ejecuciones, violencia sexual, secuestros. También la felicidad de los gazatíes cuando llegaban las siniestras camionetas cargadas de cadáveres, el ensañamiento con los cuerpos, niños escupiendo sobre ellos, multitud zarandeando a los secuestrados aún vivos, heridos arrastrados por las negras fauces de la yihad. 

Lo que se encontraron los primeros equipos de respuesta, que también fue recopilado, sólo se puede definir como rescatadores buscando supervivientes en el corazón de las tinieblas. 
Impresiona pensar que mientras en Israel estaban ocurriendo los salvajes ataques aquel fatídico sábado de octubre, ya había gente aquí, compartiendo el mismo espacio geográfico que nosotros, buscando las palabras adecuadas para justificarlo, para condenar con adversativas, para ensayar sus aspavientos por la respuesta de Israel antes incluso de que se produjera. Preparando la propaganda del futuro donde todo iba a girar en torno a un ficticio y manufacturado genocidio.

Lo que hicieron los comandos de Hamas es inhumano, los cataloga al margen de nuestra misma especie, pero los que lo justifican o comprenden, los que lucen impúdicos la misma bandera que los yihadistas llevaban en el pecho mientras disparaban sobre niños, son también una caterva canallesca más emparentada con las bestias.

La felicidad de los palestinos por la carnicería que acababan de perpetrar contrastaba con el denso silencio que nos golpeaba a todos los testigos en ese auditorio de Madrid.
Un pase para periodistas y algunos políticos y con blindaje policial. Sospecho que no tanto por la posibilidad de un ataque integrista como por precaución con las hordas de exaltados antisemitas de extrema izquierda, como los que hicieron que el partido de baloncesto entre el Madrid y el Maccabi de Tel Aviv se tuviera que jugar a puerta cerrada. 

Hay viejas pulsiones que se resisten a desaparecer. El nazismo contemporáneo lo enarbolan con singular desvergüenza los llamados a sí mismos progresistas, formando grupos que persiguen a los judíos, ya sea en el baloncesto, en el ciclismo, en festivales de música, en una entrega de premios, o en sus comercios y locales. Con la sucia vieja técnica del señalamiento y el boicot. Con el mismo odio canino, la misma pulsión de querer coserles una estrella en el pecho y empujarles hasta una esquina de la Historia.

Estos escuadrones suelen acudir en manada, amedrentando a los judíos portando emblemas y banderas de sus verdugos, cánticos contra Israel, con el mismo afán exterminador sobre el país que el que puedan tener los ayatolás de Irán y su empecinamiento nuclear. 

Una "revolución" islámica (en el caso de las teocracias y las primaveras árabes, siempre es involución y siempre es una puerta hacia el invierno) que fue fomentada, entre otros y con más efusión, por la izquierda pedófila francesa de los años 70. Esos Michel Foucault, Jean-Paul Sartre o Simone de Beauvoir, escombros de Mayo del 68, que lo mismo firmaban manifiestos para normalizar las relaciones con menores de 15 años que esperaban ansiosos a Jomeini, por mucho que advirtiera la tan lúcida como valiente Oriana Fallaci.
Ella le entrevistó, se quitó el chador, al que llamó "estúpido trapo medieval", y a él lo definió implícitamente como tirano, algo que jamás han hecho (ni harán) con los islamistas y sus brazos armados nuestras más bobas progres feministas de cabecera, tan hipócritas, tan insoportables, tan incurablemente imbéciles.

Es sabido que los jerarcas nazis juzgados en Núremberg, todos tenían un cociente intelectual alto o muy alto. Eran unos inteligentes y fríos asesinos y unos perfectos monstruos. El progre antisemita actual sólo es un holgazán intelectual y un sectario con muchos aspavientos y que, en la mayoría de los casos, está por desasnar.

Los yihadistas y la extrema izquierda tienen en común el fanatismo, la ignorancia y el odio. Unos son extremistas religiosos y otros extremistas políticos. Unos matan y lo celebran y otros celebran que maten otros. Sira Rego y Ernest Urtasun, ministros de España, votaron en contra de una resolución de condena en el Parlamento Europeo, en lo que fue una forma de festejo a su manera. 

Los palestinos se pusieron eufóricos ese día y los propalestinos en Occidente se pusieron eufemísticos para hablar de resistencias, pólvora que salta, pueblos que se revuelven contra la opresión y otros mantras de malnacidos. Es desde las instituciones donde se permite la mayor de las indecencias, dejando a las alimañas antisemitas campar a sus anchas y sin consecuencias, dejando allanado el camino para poder sentirse cómodos cuando se produzca el siguiente espanto.

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