15 de enero de 2022

Historia de dos mujeres

 



Artículo publicado originalmente en La Nueva España

Sara Bravo tenía 28 años cuando falleció. Y toda vida que se apaga demasiado pronto es trágica e injusta, pero con 28 es una edad para empezar a vivir en serio, nunca para morir. Con una sonrisa bondadosa y entregada a la causa por los demás, es la médico más joven fallecida por coronavirus en España, una madrugada de marzo de 2020, cuando la primera ola golpeaba con furia un país sobrepasado, perplejo y noqueado.

Sara, cocinera inquieta, luchadora, lectora de Ruiz Zafón, de Antonio Gamoneda y de novela negra, que se quedó sin beca durante cinco años de carrera y justo iniciaba su andadura profesional cuando llegó la pandemia, deja un hermano mayor con parálisis cerebral y una madre desolada que recuerda una llamada telefónica desde la UCI: “Mamá, tengo miedo a morirme”. Después llegaron los intentos de reanimación, una última llamada de los médicos y luego el silencio.

Hasta que a Sara se la recordó en Oviedo en octubre de 2020 en la entrega de los Premios Princesa de Asturias. La madre conversó con los Reyes. Ella culpa al Gobierno por desatender a los sanitarios. Por comprar una y otra vez mascarillas defectuosas y dejarlos desprotegidos. Quiere que paguen su muerte. Y nadie la puede culpar a ella por ese rencor.
Y no sólo eso. No fue la desprotección. No fue únicamente el despropósito de las mascarillas o las insultantes comparecencias de Fernando Simón.

Fueron todos los avisos de Seguridad Nacional para advertir de lo que se avecinaba, desoídos por el Gobierno, enfrascado en una guerra entre sectores radicales del feminismo y empeñado en no tomar ninguna medida hasta que no se celebrara aquella infausta manifestación. La ideología sectaria había ido esta vez demasiado lejos, imponiéndose a la salud pública. “Superfuerte, tía. Con la mano no”. Una bestialidad al servicio de una ideologización que no cede ni un milímetro en su avance demencial, a pesar de contar con tantos muertos en su conciencia, aglutinan ignorancia y prepotencia para seguir consumiendo recursos públicos en nombre de un dogma irracional (disculpen el pleonasmo).

Sara Bravo falleció apenas dos semana después de decretado el estado de alarma, indefensa ante el virus pese a estar en servicio de Urgencias en un centro de salud de la provincia de Cuenca. Poco más de dos meses después de que Sara dejara un hueco enorme en quienes la conocieron y un shock presente por su sacrificio, Pedro Sánchez exclamaba en el Congreso: “Viva el 8-M”. Una reiteración alevosa; dicen que siempre se vuelve al lugar del crimen.

Juana Rivas fue diagnosticada con “funcionamiento mental patológico” por distintos informes psiquiátricos. El régimen socialista de Andalucía le dio cobijo, y ella secuestró a sus hijos para archivar una investigación sobre una agresión sexual al menor de ellos, cuando contaba con tres años, y así informan un juez renuente y un dictamen forense.

Con ese macabro sentido del oportunismo, las asociaciones misándricas quisieron convertirla en símbolo de la lucha contra eso que llaman patriarcado. Politizaron hasta la nausea un caso convertido en un show mediático que pudiera foguearse en la batalla del relato. Ministerio, asociaciones y chiringuitos que arrasan con absolutamente todo, poniendo en marcha la rueda de una ideología que no se detiene ante nada ni nada respeta, ni siquiera la integridad física de un niño.
Forma parte de la demoledora demagogia moderna tratar de convertir en icono de la causa (en cuyo altar se sacrifica lo que haga falta) a una majadera peligrosa para sus hijos menores de edad, y podría parecernos que se han cruzado todos los límites tolerables si no conociéramos el aquelarre de desalmados, de voluntad fanática, exaltados, inquisidores, envenenados de traumas, ágrafos, irreconciliables con la razón y presuntuosos memos y memas que conforman el ministerio de Igualdad, asesores también (4,1 millones de euros es su gasto en personal) y la cruzada iniciada contra la presunción de inocencia y contra el sentido común.

El gobierno concedió el indulto parcial a Juana Rivas, ocultando la dolorosa verdad. Su lugar natural es la cárcel.
Sobre Sara Bravo no se ha realizado, hasta el momento, pronunciamiento alguno, y estas dos historias de mujeres, con la tragedia y la miseria que ambos casos, a su manera, tienen, sirve para ejemplificar en manos de quienes estamos y todo lo que nos queda por delante, ya que el pasado lo están reescribiendo cada día.

28 de diciembre de 2021

La nostalgia frente a un mundo derruido

 


Artículo publicado originalmente en El Semanal Digital

Los tiempos están cambiando”, le decía Pat Garrett a un descreído Billy en la maravillosa obra crepuscular de Sam Peckinpah, con música de Bob Dylan de fondo. Consecuentemente, él respondía: “Los tiempos tal vez, pero yo no”. Poco después, el primero mataría por la espalda al segundo. Al que había sido su amigo.
Garrett actuaba en nombre de la supervivencia y de la practicidad, pero sabía que a su vez, traicionaba todo lo que era, y por eso se aleja taciturno hacia un amanecer incierto, mientras un niño lanza piedras a la sombra de su caballo.

Existe un reducto de españoles anclados en otros tiempos que aún quieren reunirse y celebrar a la vieja usanza. Al calor de una charla entrañable, de una botella de vino, de un hilo musical, de risas tan estupendas, tan sin complejos. Juntos como siempre han querido estar. De la unión sale la fuerza. La tradición como acto contestatario. Ya saben, no digan feliz Navidad, que es de fachas.

Mi infancia son recuerdos de un patio... de vecinos de Oviedo. También las películas que veíamos en familia, con mi padre encargado de la selección. Moby Dick y la epopeya marina de quien persigue sin descanso sus demonios, Raíces Profundas con Alan Ladd sabiendo que uno no puede deja de ser lo que es, torcer su destino, y que hay determinadas biografías que llevan una marca imborrable; las aventuras arqueológicas a cargo del Spielberg ochentero que siguen haciendo las delicias de pequeños y mayores.
Uno añora aquellas navidades de la niñez impregnadas por el aroma ficticio de sal y pólvora, algún día oleréis tierra donde no la hay, de historias de Dickens y lechazo haciéndose al horno; Carlos Gardel diciendo que veinte años no es nada, cuando uno ni sabía lo que eran dos décadas en las muescas de la existencia; la lluvia que cae sobre el corazón de Sinatra y la Credence Clearwater Revival cantándole a chicas descalzas que bailan a la luz de la luna; porque la nostalgia es un catalizador de sentimientos y una trampa que nos juegan la memoria y la melancolía.
Cualquier tiempo pasado no fue mejor ni peor: es irrecuperable. Y algunos tendemos a sentir debilidad por las causas perdidas. O malheridas. Aferrados tozudamente a pasiones en desuso. A las lecturas pausadas y el cine de siempre. A sabiendas de que es peligroso volver a los lugares donde uno fue feliz, aunque sea al fondo de un vaso de sidra, al abismo de un recuerdo o al fotograma olvidado de una película.

Si me permiten un consejo, protejan a los niños de la posmodernidad. Y de sus trampas actuales. Que sigan pensando que de Oriente vienen los Reyes y no los virus. Hagan que sus hijos vean cine. Cine bueno, del que no se marchita ni flaquea. Compren y regalen libros. Libros de papel, sí, ese acto revolucionario. Ya tendrán tiempo, los retoños, para ingerir su ración diaria de basura digital (no les den un
smartphone cuando aún no se han desprendido los dientes de leche, no sean mastuerzos).
Y que puedan acumular vivencias afectuosas que algún día les servirán. La infancia es la época donde se registran afectos y traumas con la misma intensidad. Y donde se reciben las herramientas básicas que conforman un carácter.
Sin esas herramientas, sin el poso de la lucidez que dejan la letra impresa y las imágenes perennes, sólo serán adultos somnolientos y amodorrados, gente desconcertada boxeando sin guantes contra problemas creados en las bajas pasiones de la autoestima cibernética, la presión social y la necesidad constante de agradar a desconocidos entre
selfies y otras frivolidades.

Mantener intacto ese reducto de lo mejor de los niños es una responsabilidad tan grande que no se puede dejar en manos de gobiernos pazguatos y psicopáticos.
Díganles a los niños que aún es posible la hora del esplendor en la hierba, que a John Wayne el cáncer nunca lo bajó de su caballo, que la abuela va a estar ahí todas las navidades del futuro. Díganles que existe un futuro, donde siempre será día de Reyes.

Para perder inocencias y certezas ya se encarga la vida. Para conocer la cara amarga que aguarda tras la esquina de toda felicidad.

6 de diciembre de 2021

Disonancias cognitivas

 



Artículo publicado originalmente en El Semanal Digital

Un fallo en el sistema límbico, que gobierna la expresión de las emociones en el lóbulo prefrontal del cerebro, caracteriza la mente dañada de los psicópatas. A Pedro Sánchez se le ha tildado alguna vez así (“el psicópata de la Moncloa” es el epíteto que usa Federico), dada la ausencia total de sentimientos que parece procesar, obrando tan solo en formas que le consoliden en el poder, y esa capacidad asombrosa para la mentira y el cinismo al más alto nivel, sin que el sonrojo asome por ningún lado. La estructura cerebral de los mentirosos patológicos dispone de un 14% menos de sustancia gris (doctor Dan Ariely) y hay avances bastante esclarecedores sobre el asunto.

Pero lo más interesante de Pedro Sánchez no es su cerebro, son sus votantes. Devotos de causas firmes, como Sánchez no ha dicho nunca nada que no fuera, tarde o temprano, mentira, uno se puede hacer una idea bastante nítida de las tragaderas de sus seguidores. De la importancia que le dan a la objetividad de la existencia en los hechos cotidianos que conforman su vínculo con la política y la sociedad. Esos socialistas de piñón fijo y prietas las filas. Los de las neuronas desvencijadas. Establecen con la realidad una relación, cuanto menos, compleja.
Hipocresía, autoengaño o firme convicción, el votante socialista (o pedrista) sigue siendo para mí un misterio, a estas alturas de la legislatura y de la propia vida e historia del partido.
Se revuelven cuanto pueden, como gatos panza arriba, con obstinada ferocidad, antes que aceptar esa realidad que muchas veces les termina pasando por encima. Ellos a lo suyo, impertérritos. Pudiendo defender una cosa y la contraria, si así los dispone el presidente y sus secuaces mediáticos. Lo mismo te justifican una de las peores gestiones de la pandemia de todo Occidente como hacen escalofriante encaje de bolillos para darle legitimidad al pacto con los proetarras de Bildu, sin que la sangre de tantos asesinados les salpique la conciencia.
El pedrette tiene mucho del antiguo fanboy (o fangirl, seamos inclusivos) del Pablo Iglesias de primera ola, cuando le salían los entusiastas a millones (cinco, concretamente) y que muchos fueron reculando al ver las hechuras reales del tipo, porque, claro, no se podía saber.

La influencia de los medios de comunicación es notable, y allí la verdad o la mentira son conceptos líquidos que fluyen según el interés o el enfoque, y que tampoco garantizan el ejercicio de la libertad de expresión. Cuando una falsa denuncia en Malasaña que encaja perfectamente con el relato de la ideología imperante hace que el Gobierno convoque un gabinete de emergencia (y una manifestación en Sol), y la brutal agresión a una menor en Igualada apenas tiene repercusión, estamos ante algo peor que una mala praxis periodística; se trata de la creación de un relato y de una manera de influenciar en la sociedad para explicar qué es digno de uso y qué no, a qué casos se les puede sacar rastrero partido, cuál es la manera más rápida de llegar a la fibra de los más tontos de cada casa, que dejan su raciocinio a expensas del sometimiento ciego a un líder político, a un partido o a unos lemas.

La devastación perpetrada en esas mentes por parte del adoctrinamiento y el agitprop nos coloca a veces en situaciones incómodas, cuando, ante uno de estos sujetos dignos de estudios y evaluación, uno piensa en Chesterton, que anticipaba la llegada del día en que sería preciso desenvainar una espada por afirmar que el pasto es verde. Porque la mente asolada por maniqueísmos no sólo ha renegado de contemplar el mundo con una mirada propia, además tiene el arrojo que le dispensa la ignorancia satisfecha y complacida, y embiste como las nueve cabezas de Machado; interpela, ataca o contraataca, impotente en sus argumentos, le queda la fuerza que le otorgan la estupidez y el fanatismo.
Y los escépticos y librepensadores sólo contamos con la devaluada espada de la razón.

17 de noviembre de 2021

Incondicional de Irene Montero



Artículo publicado originalmente en El Semanal Digital

Sigo con el máximo interés y expectación las intervenciones públicas de Irene Montero, desde que sólo era una figura emergente en el partido, cuando fue puesta de portavoz consorte y adorno ornamental en detrimento de Tania Sánchez (contendientes caídas en liza por el amor del líder) y pasando por la entronización en Igualdad y la forma en que se pergeñó el crimen masivo del 8-M de 2020. Esa desenvoltura con la que admitía que sabían del peligro pero que siguieron adelante pero con la mano no, superfuerte tía.

Todo es fascinante en esta joven activista sentada a dedo en el Consejo de Ministros, empezando por ese discurso afectado, con el gesto taciturno y su absoluta falta de complejos intelectuales, la seguridad desternillante y un poco lastimosa con la que expande su retórica victimista, los imaginarios enemigos externos (ultraderecha, terrorismo machista) con los que se cree en abierta batalla; la forma en que va colando eslóganes falaces pero muy peligrosos, sobre todo si son creídos por otras criaturas desvalidas culturales como ella.

Observo con suma atención la manera en que se cisca en el idioma y en el lenguaje con singular desparpajo e inventiva, desprecia todo lo que mínimamente pueda sonar a sentido común o reglas semánticas, deja perplejos a los periodistas que cubren sus intervenciones con alguna contradicción sin mediar más que unos segundos. Vive en un universo paralelo y maniqueo, donde el mal está encarnado por el heteropatriarcado y otros neologismos cochambrosos. Se ha creado su propio universo y en él habita. Sólo nos queda contemplar asombrados.
Me regocijo compartiendo sus ocurrencias con otras mujeres; veo, con vocación sociológica, la perplejidad e impotencia con que las muchachas inteligentes a las que nadie necesita pastorear desde un enajenado ministerio encajan cada nuevo dislate. Pero ellas no se ríen. Encuentran indignante lo que a mí me parece tan interesante como divertido. Es verdad que fuera de la cohorte de palmeros y de enchufados al ministerio con cargo al presupuesto, no se me ocurre a nadie a quien Irene Montero pueda representar, o al menos a nadie que no vea la vida desde el prisma viciado del fanatismo vía subvención; pero precisamente por eso me parece tan cautivador todo lo que la rodea.

Montero es una fuente involuntaria de comicidad, aunque a veces empuje a la compasión, pues acostumbra de forma asidua a romper a llorar, lo que indica nervios destrozados por algún macho alfa de los que no hacen prisioneros.
Fuera de las declaraciones oficiales, es vocinglera, bajuna, se comporta y se expresa con la impericia de una
choni escandalosa hasta en la tribuna del Congreso, y me pareció muy significativa la forma en que trataba al servicio doméstico, obligando a una escolta a calentarle el coche e ir a por la comida del perro. Tiene aires de nueva rica, le gusta posar coqueta y pizpireta en las revistas de moda y lanzar soflamas contra el capitalismo desde la dacha de Galapagar.

Todo en ella es tan extremo y tan extravagante que, más que escandalizar, cuando se la escucha, ante la pregunta de si condena una agresión sexual, decir que ella “condena el fascismo” (sic) uno solo puede sonreír y dar la cabeza, como cuando un bebé excesivamente inquieto te pintarrajea el sofá o hace sus deposiciones fuera de sitio. No puedes cabrearte, aunque ése sea tu primer impulso. Las deposiciones de Montero no son tomadas en serio por nadie con más de dos dedos de frente, y alguien tan maquiavélico y hábil estratega como Sánchez sabe que tenerla, de momento, ahí, es el peaje que tiene que seguir pagando por la coalición de los autodenominados progresistas, es decir, la cuota de ministros impuesta por Podemos una vez que el asaltante de la Moncloa hubo superado su insomnio.

La cerrazón ideológica de su delirio ultrafeminista, mezclada con la ignorancia, hace su agosto en pleno auge de la cultura de la cancelación, esa asfixia de la razón. Libros, películas, conciertos...todo puede caer en esta inquisición moderna, que persigue las miradas y castiga los piropos, regresando así a la más rancia España de represión en nombre de la moralidad. Por eso nos gusta Montero, porque nos hace volver, a los que no los vivimos, a los años de la censura y del miedo. Es un viaje en el tiempo a bordo de su inconmensurable estulticia.
Y le pone ganas la muchacha, porque para acusar de maltratador sin pruebas y con sentencia a su favor al ex marido de De Juana Rivas o montar un caso de acoso contra Calvente hay que tener unos ovarios muy gordos. No es que le dé igual la presunción de inocencia, eso ya le queda muy atrás, es que cuando algo no se adecúa a su realidad, ella crea su propia realidad, y si hay que echar mierda sobre un inocente, se echa sin rubor ninguno. Para quitarse el sombrero.

También se aprende mucho si uno se fija en cómo las víctimas de una violación en manada merecen ser apoyadas o no según quién sea ella y según quiénes (y de dónde) sean ellos. Esa mezcla de maldad y estupidez es la que me tiene embelesado.
Y eso que detrás de esa apariencia de sectaria algo trastornada hay un porrón de millones para un chiringuito encabezado por alguien que defiende dictaduras genocidas, que publicó lacrimosos mensajes en redes sociales cuando Fidel Castro, por la vía de la edad, tomó el camino del infierno. Y tratas de entenderla porque todos más o menos tuvimos una época de desconcierto ideológico donde nos atraía la figura del Che y cantábamos las canciones de 'Reincidentes'. Lo que pasa que esos desvíos de adolescencia no costaban a los españoles 500 millones de euros.
Somos un país con mucho sentido del humor.

8 de noviembre de 2021

El español y los cretinos


 

Artículo publicado originalmente en Esdiario

EL nacionalismo siempre me pareció una grotesca aberración identitaria, un sentimiento localista mal canalizado, profundamente reaccionario y, en su vertiente extrema, violentamente estúpido.

La exaltación de la tribu y la cortedad de miras en detrimento de la ciudadanía política, con todas las desgracias involutivas que ello implica. Del deseo de todos los españoles libres e iguales apenas queda ya nada, con los privilegios entregados a los que se empeñan en habitar un territorio con supuestas impolutas raíces milenarias y otras legendarias chorradas de manipuladores poco pedagógicos, oportunistas del pesebre, subvencionados cainitas e insolidarios y muy amaestrados para divulgar una santoral y lúbrica fantasía anhelada, una mentira cien veces repetida.

En Asturias, por ejemplo, aún no se ha filtrado por los tapices de la tierra el veneno del nacionalismo, pero ya se empiezan a alzar de forma contundente las voces de los ceporros convencidos y los menesterosos intelectuales que quieren separar, según su fanático criterio, a los buenos y a los malos asturianos, lo auténtico de lo corrompido, en función del apoyo o no a la imposición del bable como lengua cooficial.

Por la lengua se cuelan muchos atavismos dañinos. Ahí está el origen de demasiadas disputas que acaban expulsando del sistema y de la vida civil a todo el que se resista a ser sujeto de prueba en prácticas como asfixiantes inmersiones o ingenierías sociales. Poco a poco, sin prisa pero sin pausa.
Porque los comisarios políticos que espían en los patios de las escuelas catalanas lo que hablan los niños en sus juegos no empezaron siendo unos totalitarios del lenguaje, ni el proceso de nazificación se implantó de la noche a la mañana.

Y es que lo intolerable no es el nacionalismo (con su atraso pergeñado por lecciones de mala historia), sino su poder político. El ganar concesiones a gobiernos cobardes y claudicantes.

Si derechos y deberes contribuyen a igualarnos, siempre se justifican las violaciones de los derechos individuales en nombre de los derechos colectivos, y por eso el intento de supremacia de determinados farfullos locales busca la separación, lo que en un mundo cada vez más globalizado e interconectado es un suicidio cultural y laboral.

De lengua cooficial (pero no común) a deber patriótico. De sugerencia de conservación folclórica a obligación. Aunque si esa legua fuera tan aceptada, tan normalizada, resulta evidente que no haría falta imponerla con inmersiones abrumadoras y coercitivas, sino que bastaría con ofrecerla como derecho. Sólo hay que obligar aquello que no sale de forma natural. Retorcer el brazo del ciudadano, a base de implantación en las aulas, cambios de toponimías, vandalización de carteles, abrasiva propaganda en las teles autonómicas con cargo al erario público.

A su vez desdeñan, con asombrosa estulticia, un lenguaje que desconocen poque no padecen el feo vicio de leer, y no valoran ni disfrutan de una lengua y una literatura forjada a lo largo de los siglos, sus complejas razones históricas, referencia de una hispanoesfera fascinante que recorre la península, cruza el océano y va desde Florida hasta Tierra de Fuego, y en la que son capaces de comunicarse 500 millones de personas. Para defender lo propio, el hecho diferencial, desprecian lo común, que también es suyo. Allá ellos. Negarse el español es cerrar las puertas a una aventura humanística que te puede llevar a leer, en su creación original y sin cambiar ni un ápice en traducciones, desde El Quijote de Cervantes, pasando por los versos de Quevedo, las Leyendas de Bécquer hasta las novelas de Juan Marsé, que además era catalán y despreciaba a los dictadorzuelos de toda índole, desde el franquismo hasta el catalanismo nazificado.

Dicen los informes más agoreros que hay un mañana muy cercano donde los niños apenas sabrán usar la gramática, ni conocer el léxico, ni dominar la ortografía. Los estudios incluso hablan de la generación más tonta de la historia, debido a “la fábrica de cretinos digitales” con un coeficiente intelectual más bajo que el de sus padres. Serán formados sin criterio, capacidad de decisión, herramientas culturales que les ayuden a entender un mundo complejo que hunde sus raíces en la tradición escrita.

Idiotizado por las redes, notablemente salvaje, renegando del español, al niño que además de con un iPad bajo el brazo nace en una región nacionalista, le augura un negro futuro, ágrafo y chauvinista.


22 de octubre de 2021

El orgullo de Barbón

 




Artículo publicado originalmente en La Nueva España

El presidente del Principado, Adrián Barbón, interpeló hace poco en el Parlamento a Ignacio Blanco, portavoz de Vox, hablando sobre la identidad asturiana e interrogando, gravemente ofendido, si acaso él no se sentía orgulloso de serlo.
Y eso me dio para pensar. Lo del orgullo. Y lo de la identidad.

El presidente parecía enseñorear la ilusión melancólica, únicamente individual, de un pasado idílico, o tal vez buscando algún paraíso perdido. Asturias como la arcadia de nuestra infancia, o como aglutinadora de todas las virtudes de las que carecemos. También sirve como mecanismo de identificación e himno de bar a pálidas horas de la madrugada, tengo que subir al árbol, tengo que coger la flor.
No me voy a inmiscuir en los sentimientos personales del señor Barbón. Cada cual hace con sus orgullos lo que puede o lo que quiere. Por las emociones ajenas hay que pasar de puntillas, hay muchas y complejas razones que suscitan a uno sentirse henchido, y conozco gente que exhibe con satisfacción algunos títulos colgados en la pared que sirven para eso, para vestir paredes o para que se sienta colmada la abuela que sufragó la carrera universitaria; y otras personas cuyo máximo motivo de vanidad es el último aparato que ha comprado en su culto al motor, aunque para el resto sea una evidente crisis de la mediana edad sobre ruedas.

El problema, a mi entender, es cuando esos orgullos se ostentan no como trofeo sino como arma con la que agredir al otro. Se empuñan identidades como otros encargan una alarma. Sirve como amenaza, como forma de disuadir o como advertencia. O se imponen por decreto. Orgullo por obligación, para demostrar que uno es buen asturiano, o vasco, o almonteño, u oriundo de Peñaranda de Bracamonte, hay que mostrar pureza identitaria para no ser víctima de la incompetencia moral de la policía del pensamiento, tan atestada últimamente.
Existen orgullos entusiastas que mal canalizados, además de peligrosos y patéticos, sólo llevan a la erosión de la convivencia. He visto a personas, muy apasionadas de ser de un sitio, liarse a hostias con otras porque ellas también habían nacido en algún lugar, sólo que no en el mismo.
Lo de las tribus enfrentadas es un atavismo más propio de la antropología documental que de un Estado de derecho moderno. También sé que algunos orgullos locales se atenúan viajando, sosegando honras regionales inflamadas a base de vivir largas temporadas fuera de esa tierra amada, con individuos que también tienen hacia su propia comunidad sus filias y sus fobias.

Las pulsiones identitarias, cuando se desbocan, dan lugar a esa grieta de la democracia que es el nacionalismo, y si el nacionalismo moderado parece un oxímoron, el vehemente siempre implica derramamiento de sangre, una vez llevada al extremo la sinrazón dogmática. Cuídese de sus orgullos, que yo me encargo de los míos.
Pero en vez de la defensa de la ciudadanía al margen de los territorios, el PSOE de Barbón y los siniestros podemitas se afanan en la defensa del territorio al margen de los ciudadanos. La tierra como un todo donde no caben todos. Unanimidad de pensamientos y sentires, y el que no, que se las apañe. La identidad como estandarte, donde, con el mero hecho de apelar a ella, no son necesarias más explicaciones.
Este marco mental, profundamente reaccionario, suele tener prosélitos en todos los orgullosos de tener una identidad otorgada por mérito, azar o desgracia de nacimiento.




También hay orgullos por delegación. Intercambio de orgullosos solidarios. Aunque implique complicidad con los movimientos etnicistas, pues van todos en el mismo lote. Cuando los muy satisfechos de imponer a otros asturianos la oficialidad de un dialecto artificial, y en un alarde insensato de estulticia, solicitaron el apoyo de Bildu, los legatarios de ETA respondieron encantados. “Claro que sí, unidad cuando se trate de desunir, solidaridad con la república plurinacional. Ahí va nuestro apoyo”. Algo así. Oskar Matute sonreía desde Twitter con un mensaje fraternal para los manifestantes. Y al resto se nos helaba la sangre.

11 de octubre de 2021

El individuo frente a sus desafíos

 



Artículo publicado originalmente en La Nueva España

Trágica víctima directa de la llamada guerra cultural: el individuo. Con su reciente conquistada libertad, tras mucha sangre derramada contra los movimientos totalitarios, el individuo va cediendo terreno frente al empuje de los colectivismos que han viajado desde los extremos del espectro ideológico con un ímpetu avasallador que ya no respeta universidades, medios de comunicación de masas ni tiernas infancias con el cerebro en formación. La rueda que no deja de girar, la apisonadora que no frena.

Ahí está, en cualquier tertulia o red social, el enésimo memo pretencioso explicando cómo vivir y cómo pensar correctamente. Desde sus púlpitos laicos de charlatanes de teletienda. Ahí está el Gobierno con su deriva reaccionaria y liberticida. Calando poco a poco, con el goteo constante, en generaciones donde la referencia nunca es a los hechos sino la emoción, con internet como dispensador de odio a la carta. Las religiones de sustitución buscan nuevos fieles a la causa colectivista. Porque el miembro de una corporación o un lobby se vuelve sordo a las razones, y de esta manera el individuo como ser autónomo nunca podrá desarrollar una libertad crítica que le permita esquivar el fanatismo.

Y la mayoría de los contenidos que ofrecen los políticos y sus voceros mediáticos de fervorosa militancia son tan predecibles como insoportables, con tendencia al esperpento y tiernamente ridículos.

Aunque el desolador panorama invita con frecuencia al pesimismo: chavales y no tan chavales, con la mente puesta en las modas de Instagram y las corrientes del grupo, abanderados por cantamañanas multicolores o pijoecológicos, nacionalistas con síndrome criminal, políticos de pocas luces y cierto pintoresco progresismo, empeñados en imponer una lógica enfermiza de odios a la carta, las políticas identitarias de reflexiones estanco donde prima la genealogía, el sexo, la orientación, el color de piel, las fobias compartidas que arrastran disonancias cognitivas, los traumas que encuentran cauce y salida en el calor dogmático de la manada. Del colectivo. Una turbia maraña ideológica con todos creyendo pensar lo adecuado, pero todos igual de insustanciales, en esa perversa deriva en la que unos y otros, jóvenes y adultos, van entrando y van asumiendo, sin rechistar, su silencioso lugar en el pelotón de la mediocridad, entre la desidia educativa y ministerial.

Ocurrió con el montaje en la falsa agresión homófoba en Malasaña, Madrid, cuando, una vez descubierto el embuste, la manifestación de repulsa se celebró igualmente: porque sí que ocurrió, ocurrió en sus cabezas, y la realidad, que es caprichosa y va por libre, les da exactamente igual. Basta con “creer” algo y convencerse de una idea, para que se más nítida aún que si hubiera pasado, pues proyectan al exterior, en busca de chivos expiatorios, sus intoxicaciones íntimas o inestabilidades psíquicas.

El colectivismo, de esta manera, aunque gratificante por la falsa sensación de ser parte de algo que trasciende lo personal (qué solos se quedan los solitarios), es una forma de pereza intelectual. Las opiniones que no coinciden con el relato establecido necesitan un poco más de espacio y un poco más de reflexión para resultar comprensibles, y por eso no gozan de entusiastas seguidores.
Los políticos y los correveidiles mediáticos a sueldo tienen todo el derecho a la propaganda y al proselitismo de la doctrina, incluso con repulsivas y falsas campañas de agitación mendaz, pero, gracias a los que denuncian y refutan esas falsedades y artimañas, se ha conquistado también el derecho a señalarlos y exponerlos, aunque el sonrojo y la vergüenza torera no sea algo a esperar en esos profesionales de la desfachatez.
Cabe preguntarse hasta qué punto el activismo colectivista y sus malas artes pueden alterar la función de la justicia y las más generales normas de convivencia. Porque de nada sirve defender el individualismo si puedes ser agredido por una veintena de zumbados que han leído en algún foro que eres un peligroso fascista, verbigracia. Ya que ellos se reservan el derecho a la intransigencia.

Cada uno de nosotros debe adoptar, por su cuenta y riesgo, el compromiso moral de ser libres, por el sentido del pudor y del deber, pues no hay nada más revolucionario que seguir conquistando cotas personales de libertad.
Eso sí, mojarse lo que se dice mojarse nos vamos a seguir mojando sólo los de siempre. Sin afán polémico, sólo por higiene mental y aprecio a nuestros derechos.
Y lo del resto, digan lo que digan, no será silencio sino complicidad.