28 de julio de 2018

El espejo asturiano ante la cooficialidad del estremeñu

Artículo publicado originalmente en Cope Almendralejo



Durante mucho tiempo, los árboles del nacionalcatolicismo en su modelo dictatorial no dejaron ver el bosque de los nacionalismos periféricos que estaban germinando (o habrían de hacerlo) con la batuta de lucha contra el régimen y con el falsa aura de progresistas. Y así, en un país donde la doctrina dominante abarcaba todo en lo social e ideológico, reventó el huevo de la serpiente del aranismo, y ETA comenzó a matar, primero como oposición al franquismo y luego como voladura a la democracia, pero siempre con intenciones totalitarias.
El nacionalismo catalán fue la cortina tras la que el clan de los Pujol escondía el dinero antes de mandarlo para Andorra y Suiza, y la cercanía del aliento judicial hizo que aceleraran el proceso de desconexión de la justicia española, arrastrando con ellos, en una deriva autodestructiva y siniestra, a un millón y medio de ciudadanos debidamente dogmatizados. Movimientos nacionalistas de carácter populista se expandieron también a la Comunidad Valenciana, Baleares, Galicia, y en menor medida, Andalucía y Asturias.
Pero todos tienen en común un mismo elemento vertebrador: la lengua. El idioma como seña identitaria y representativa, que identifica a una comunidad supuestamente homogénea sobre las demás.

En Asturias, desde que la Academia de la Llingüa juntó los distintos bables de las zonas de la región para crear una gramática común prácticamente artificial y darle salida oficial, existió el anhelo por parte de grupúsculos de la extrema izquierda nacionalista (la Andecha Astur independentista, principalmente) de otorgarle al asunto una legitimidad inexistente, para la que además, no había una demanda social. Con la ley y uso de marzo de 1998, la problemática quedó más o menos aparcada, dándole a los bablistas todos los derechos tanto como hablantes como a la hora de dirigirse a la administración.
Pero la irrupción de Podemos en el panorama político y el cambio de dirección en la Federación Socialista Asturiana hizo saltar todas las alarmas, pues los diputados en La Junta podían dar los suficientes números como para aprobar una cooficialidad, impulsada por sectores minoritarios pero combativos. A raíz de esta amenaza, se creó la Plataforma de la que soy portavoz, una movilización que surge de la sociedad civil para defender la libertad lingüística y los derechos ciudadanos en el Principado.
Uno de los puntos clave de este cambio de legislación del asturiano sería que dicho dialecto pasaría a ser obligatorio en el sistema educativo, imponiendo su enseñanza a niños y en toda la red escolar, una barbaridad vituperable donde la obligatoriedad marcaría el imprevisible camino del adoctrinamiento, en esas edades donde más inerme es la persona. Se habla también de la lengua como mérito laboral, con lo que eso influiría en el mercado y en la igualdad de oportunidades, lanzada grave para una región arruinada en casi todos sus aspectos, junto con el gasto público que se dispararía, para hacer frente a la nueva normativa, impuestos mediante.

Por supuesto, estas pretensiones azuzan el debate social hasta el límite de la crispación y el enfrentamiento, pues todo nacionalismo es belicoso e intransigente. Desde el mismo momento del nacimiento, la plataforma ha recibido los insultos y el desprecio de los más radicales, buceando en el pasado político y personal de algunos miembros y excretando calificativos como ‘antiasturianos’ a todos los que pensamos diferente a ellos, lo que marca esa peligrosa y conocida línea de ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda, donde uno no basta con vivir y “saberse” de un sitio, además tiene que demostrar las cualidades óptimas que conforman la identidad nacional, víctimas así de un discurso torticero y sentimental que apela a las emociones biográficas por motivos de pertenencia.
En nuestro más férreo deseo de evitar que nuestra tierra caiga en manos de semejante tropa, y en no ver a Asturias consumida por la semilla del odio, la plataforma se mantiene cada vez más activa y con permanente presencia en medios, tratando de dar la réplica en la batalla del discurso y de las ideas, pues hasta entonces, los conocidos como “asturtzales” disparaban sus soflamas y bravatas sin contestación por parte de ningún movimiento ciudadano organizado. De nuestra perseverancia viene su inquina.

Mi consejo para los extremeños es que, ante iniciativas como la de Compromís de hacer oficial, entre otros, el estremeñu, y siguiendo el ejemplo de Asturias, todos aquellos que se opongan a dislates lingüísticos muestren su rechazo abiertamente y, a ser posible, de manera oficial. Aunque ahora parezca algo lejano y disparatado, basta un pequeño movimiento o un cambio de Gobierno para que la maquinaria nacionalista se ponga en marcha, y una tierra poco hostil y sin barreras artificiales entre de lleno en un conflicto hasta entonces inexistente.

24 de julio de 2018

Dame a mí los telediarios

Artículo publicado originalmente en El Semanal Digital





“Y para ti la consejería de Turismo”. Así manifestaba Pablo Iglesias la trascendente importancia de contar con una televisión a su servicio, con ese sentido expresivo en el pronombre personal (dame a MÍ) que denota propiedad, que evidencia que los noticieros pertenecen al político de turno: nunca se les ha pasado por la cabeza esa utopía entrañable de ponerlos al servicio del ciudadano.
Así y todo, impresiona la avidez con la que se han lanzado a por RTVE, dejada precipitadamente a su suerte por sus antiguos propietarios. Goloso festín para las aves de rapiña. Cansado de jugar a ser el hombre de acero controlando el aparato del partido, la ambición del caudillo morado pasa (siempre pasó) por controlar el aparato del Estado. Hay que tener en cuenta que los populistas, si se les deja crecer hasta que la bestia alcanza un tamaño considerable (como un adolescente después del estirón que ya ha escapado al manejo de sus padres) los medios de comunicación o los controlan o los cierran. Los altavoces disidentes incomodan y, además, son peligrosos.
“Que existan medios privados atenta contra la democracia”, es otra frase de Iglesias. En contexto: Medios públicos y míos.
“Hay que despolitizar TVE”, decían con colosal cinismo y las fauces salivando con la sola idea de refundar el Ministerio de Información, mientras una sectaria tan impresentable como Ana Pardo de Vera contaba con asombrosa impudicia todo el proceso desde que la llamaron para presidir el ente hasta que fue desestimada; sin darse cuenta, la tan zafia como torpe, que estaba evidenciando los mamoneos políticos en el chiringuito de amigos de la televisión pública supuestamente despolitizada. Al Final, con el inestimable apoyo de los nacionalistas periféricos, siempre deseando mojar en todas las salsas, han nombrado consejera a la siniestra Rosa María Artal, una especie de perro de presa de Twitter, más conocida por su poco talante y su inquina a las libertades que por su capacidad para dirigir semejante grupo humano; y a Cristina Fallarás, miembro de Podemos. Ellas y otros tantos. Gentuza siempre dispuesta a lamer la bota del poderoso ideológicamente afín, del político de turno. De congraciarse con quien esté al mando y servirles de propagandista, olvidando los códigos profesionales de un oficio noble y necesario, que requiere de gallardía, honestidad intelectual, emancipación de pensamiento para pelear por la verdad. Para poner contra las cuerdas o mantener a raya a lo impune y a lo establecido, si es menester.

Es cierto que en la actualidad, con la proliferación de medios y la expansión totémica de las redes, es fácil saltarse una censura o que una noticia que se quiera escaquear, no consiga esconderse en el maremágnum de canales de información. Pero preocupan esos 6.400 trabajadores que tiene RTVE. La honradez que se le supone al periodismo tiene que sobrevivir al control de los gerifaltes, y eso pasa por poder desarrollar su humilde y heroica ocupación en libertad, sin la autocensura inconsciente que se adquiere cuando notas el aliento en la nuca de un superior que espera una determinada forma de realizar tu trabajo.
A estas alturas, casi todos los que estamos en el tema, o el ciudadano que no viva en el limbo, sabemos la quimera que supone eso tan bonito como irrealizable de una televisión pública independiente y plural, pero eso no quiere decir que, con otras formas de encontrarla, no sigamos buscando la verdad que aguarda más allá del orwelliano control que ansían los populismos patrios.

27 de junio de 2018

Tontos útiles

Artículo publicado originalmente en La Nueva España






Me conmueve la candidez con la que algunos pobres diablos hacen el juego sucio de la propaganda a los reaccionarios nacionalistas. Comentaba no hace mucho un amigo vasco, que eso de ponerse del lado de los abertzales solía ser una cosa local, de ellos, y sabían quiénes eran los pájaros y a lo que atenerse; pero que en el resto del Estado era casi unánime, salvo extrañas excepciones, el rechazo a ese antiespañolismo carlista y anacrónico. Pero que, de un tiempo a esta parte, se ha empezado a ver, con notable asombro, cómo una fracción de la progresía más descerebrada e inculta, en cualquier lugar de esta desgraciada piel de toro, comienza a tener el mismo discurso y a manejar argumentos similares a los que te podría soltar un diputado de Bildu. Y que no suscriben a Torra porque su racismo es demasiado evidente, pero siempre han sentido esa benevolencia con el nacionalismo catalán que todo hispanófobo acomplejado alberga.
Gente que ha nacido en Aravaca, en Córdobo o en Lugo a los que les hace gracia el limitado impresentable de Gabriel Rufián (cuya actividad más reconocida es tuitear gilipolleces) o llegan a comprender el precio de las endiabladas nueces que se recogían en Euskadi.
No deja de ser de una perplejidad pasmosa que la ideología de segregación encuentre adeptos en otras comunidades, es decir, entre los segregados. La fascinación que sobre los que suelen llamar facha a todo el mundo ejercen los nacionalismos identitarios de una derecha marcada es uno de esas grandes incógnitas de nuestra era. Tanto los arribistas sin escrúpulos del PNV como el PdCat (antes CIU) no tienen unas políticas económicas (recortes) o sociales muy distintas de las del PP. Sin embargo, el memo del todo a cien siempre tendrá reacciones más iracundas ante cualquier cosa de la supuesta derecha nacional que ante esas derechas periféricas que quieren cargarse el Estado en el que vive. Sospecho que algo turbio debe anidar dentro de esas cabezas. Se asemejan bastante (a veces hasta son los mismos) a esos que se declaran laicos y piden retirar los belenes de los lugares públicos y luego felicitan el ramadán.
El patriotismo de garrafón que ellos no pueden sentir por España, lo envidian en sus vecinos vascos y catalanes, y secretamente anhelan ese sentimiento de pertenencia y simbología que muestran los patriotas de aldea. Ese supremacismo diferenciador que les seduce y les hace habitar en esa falso espejismo en el que están a la contra de lo establecido por el poder. Indómitos rebeldes del estado central. Por eso creen que es necesario llamar presos políticos a los políticos presos por golpismo y chavales de Alsasua a los que, obligados por las circunstancias, cambiaron el tiro al guardia civil por la paliza al guardia civil.

Hubo una campaña bablista iniciada en Twitter para que los asturianos contaran sus experiencias siendo discriminados por usar la “llingüa” (todos somos conscientes de la infame y desproporcionada discriminación que sufre el asturiano, tan sólo tiene una tele pública a su servicio, una ley que lo protege y las jugosas subvenciones al alcance). Uno de esos movimientos que quedan a merced de la fuerza imprevisible que ejerce la idiocia, y enseguida contó con el apoyo entusiasta de otros usuarios de diversas regiones. Compungidas muestras de solidaridad con “el pueblo asturiano”.
No hay causa que les parezca mínimamente progre a la que un fatuo no se una, aunque no sepan de qué va la música que están tocando. Son los bobos de guardia, o los tarugos útiles del nacionalismo. Unos brigadistas dispuestos a acudir a cualquier movimiento que les suene que es de su palo, aunque no sepan ni dónde tienen posados los pies.
Asumiendo con nostalgia que viajando y leyendo no se curan esos males, pues la mayoría del que viaja no lee, y el que lee, no entiende, la única solución de desahogo es seguir firmes frente al rodillo de la barbarie intelectual y continuar diciéndoles a la cara lo que son: el epíteto está en el título de este artículo.


6 de junio de 2018

El triunfo de la posverdad




En unos tiempos hiperconectados, donde premia la inmediatez y las noticias de por la mañana ya son antiguas y descatalogadas a la noche, el que un bulo se cuele como hecho oficial y vuele por las redes, calando así entre la población con una asombrosa velocidad, resulta tan sencillo como peligroso. Parece más necesario llegar el primero que llegar contrastados, y una noticia falsa se propaga con la toxicidad de un virus, siendo usada como arma entre todo tipo de colectivos y con fines siempre discutibles.
Lo asombroso y dañino acontece cuando son las propias instituciones y sus representantes los que dan bola a los rumores de red, con intencionada malevolencia y con un fin concreto, recubierto todo ello con una irresponsable y espantosa frivolidad.
Un ejemplo diáfano, de posible estudio futuro, fue lo ocurrido en Lavapiés no hace mucho tiempo. Conociendo de antemano la fortuita causa de la muerte del mantero de ese barrio madrileño, escribió Manuela Carmena un tuit plañidero y a la vez vertiendo sospechas sobre la policía. Pocas veces la alcaldesa se mostró tan inoportuna, tan puerilmente grandilocuente, tan necia, tan ingenuamente vulgar.
Se vuelve actual aquello que dijo W.R Hearst, mangante de la prensa inmortalizado por Orson Welles en Ciudadano Kane: “Usted facilite las ilustraciones que yo pondré la guerra”, como paradigma de creación de un conflicto a través de los medios de comunicación. Y la guerra llegó a Lavapiés. Azuzando a los descontrolados contra la policía para que se liaran a palos, demostrando un carácter decididamente sádico. Claro que esas peligrosas tácticas no siempre salen gratis, pues la concejal Romy Arce (Ganemos) ha sido imputada por un delito de incitación al odio, tras atacar en Twitter a la Policía y pedir “el fin de las políticas migratorias racistas y xenófobas que priva de derechos a los migrantes”.
Las propias redes sociales son la corriente de transmisión de los embustes, con el acicate de una ciudadanía cada vez más infantil que se mueve por eslóganes y sólo responde a estímulos inmediatos, con tal vorágine de ideas que caen con facilidad en contradicciones que dejan entrever la fragante hipocresía; como se pudo comprobar a raíz del trágico accidente en el parque del Retiro donde murió un niño de cuatro años tras la caída de un árbol. Sólo había que rescatar tuits antiguos y declaraciones de un hecho parecido, pero cuando la alcaldía no estaba en manos de alguien de su cuerda. Ejemplos así hay a patadas. Y se mueven alegremente por ese estercolero moral, donde todo es bueno o malo según de qué lado del poder suceda, alentando ese maniqueísmo bajuno que apunta directamente a las vísceras.

Da igual que defiendan la cadena perpetua en Argentina y aquí rehúyan de ella y den la espalda a los familiares de las víctimas, lo importante es el relato imperante, el inmediato, aunque luego salgan las malditas hemerotecas y pantallazos a recordarles su posición no hace demasiado tiempo. Ellos ya sólo hablan para sus incondicionales, que son cada vez menos pero muy fieles y combativos.
La posverdad torna las medias verdades en dogma, la rumorología en sucesos indiscutibles y los sectarismos particulares en autos de fe, con la desinformación acompañada del cinismo.
La posverdad convierte a los abertzales de Navarra en “Los chavales de Alsasua” y a una agresión por odio en “pelea de bar”.
La posverdad hace llamar a la censura pura y dura “visibilización de la mujer” y hablan del empoderamiento femenino y el que actuen como quieran con su cuerpo mientras se les prohíbe trabajar de azafatas en la F1.
Y la posverdad fue la que condenó socialmente (“veredicto popular”, decían los linchadores del PSOE) a los miembros de La manada incluso antes de celebrarse el juicio, respondiendo a un natural instinto y actuando la turba por impulsos y rabia, espoleando la parte más irracional del ser humano, y que no se aceptara la condena una vez dictada, pues ya habían iniciado su propio juicio paralelo y su sentencia ya desde el momento mismo de la detención, y de ahí esa reacción, que evidencia que hay una parte muy importante de la sociedad que no está preparada para el estado democrático moderno, pidiendo la cabeza de los jueces mediante unas firmas en un conocido portal de internet, donde se recabó un millón de ellas en apenas unas horas. Es decir, un millón de personas que, pese a no haber visto el vídeo que los jueces sí, ni haber tomado las declaraciones a los testigos y acusados como ellos hicieron, saben más que los magistrados sobre lo que la condena debería ser.
Y hay una posverdad dolorosamente abyecta, y es aquella que apuntala el relato en el que en el “conflicto” vasco, víctimas y verdugos se encuentran en el mismo plano moral, “sin vencedores ni vencidos”.

Una comunicación sin rigor periodístico y una población desinformada o sin los mimbres culturales adecuados es la bomba de relojería para todo tipo de artimañas en agitación y propaganda, cuando cae en manos de profesionales de la tergiversación y aprendices aventajados de populismo.
Dicen, creo que con razón, que la información es poder, pero un mal uso de la misma por parte de unos ineptos o unos cafres con poder es una malversación de ese caudal de noticias y un desaire al noble oficio del periodista.

29 de mayo de 2018

Fin de ciclo en Galapagar

Artículo publicado originalmente en El Semanal Digital




El nuevo cambio de estatus domiciliario de Pablo Iglesias y su pareja (que además, casualidades del caprichoso destino, es su número dos en el partido) tiene para ellos un lógico aire inaugural y de futura existencia en común (inicio de proyecto familiar, dicen los muy estomagantes) pero es inevitable no verlo también como el cierre de una etapa. Un periodo que termina.
La compra del chalet con piscina y gran parcela en La Navata supone un fin de ciclo. Con el casoplón de los Iglesias-Montero, finaliza el viaje que los jóvenes emprendieron el 15M con la intención de cambiar la sociedad, pero fue la sociedad la que cambió (a mejor) la vida de los políticos que mejor supieron canalizar ese movimiento. Tan tristemente predecible. Aquí, justo en las puertas de la finca privada, termina el sueño de “La gente” y de “Los de arriba contra los de abajo”. Punto y final a la intentona del neocomunismo europeo y grotesco epílogo al sueño de Chávez de extender su legado al viejo continente.
Ahora que los cielos se asaltan desde Guadarrama, resulta muy complicado que los jóvenes desencantados de Vallecas o Lavapiés den su apoyo electoral a la pareja de nuevos burgueses. Pero ha dejado algunas imperdibles lecciones.

La primera de ellas es la fuerza inagotable de la propaganda. El éxito fulgurante del Podemos iniciático se debió en gran medida a la expansión en los medios de ese agitprop de manual, con un mensaje de frescura y regeneración que muchos ciudadanos bienintencionados quisieron comprar, sin ver a los lobos que se escondían bajo el pelaje de los corderos. También enseña que la historia siempre se repite. Si los Castro evolucionaron desde las montañas de Sierra Maestra a una de las mayores fortunas del mundo, Iglesias pasó de la tele vallecana y el piso de protección oficial a los complejos residenciales de acomodados, una reconversión en “casta” que no por esperable deja de sorprender.
Sobre el populismo benefactor de riquezas propias saben mucho en Venezuela y, si nos remontamos más atrás en el tiempo, habría que recordar esos dirigentes soviéticos con las lujosas dachas a orillas del Báltico mientras el pueblo padecía penurias y hambrunas. Por no hablar de esas aberraciones espantosas que fueron la Revolución Cultural China y el matadero camboyano.

 No es difícil imaginar que la pasta para avalar la nueva y privilegiada adquisición no proviene sólo de esos no más de tres sueldos mínimos (carcajada leve) que dicen embolsarse, si no que también tiene el determinante soporte latinoamericano e iraní. Sueldos que vienen de pequeñas infamias, de refrendar su apoyo a toda cochiquera ideológica que en el mundo exista.
Pero tampoco hay que cebarse en exceso ni ser duros con las críticas. Después de todo, Pablo Iglesias sólo se ha dado cuenta de algo muy normal: que la mayoría de la gente aspira a garantizar el mejor de los futuros posibles tanto para ellos como para su familia, asegurando su bienestar como sólo lo puede hacer una economía boyante y un entorno propicio. Las revoluciones terminan allí donde empiezan y se conocen las mieles de la libertad de mercado.
Algunos acólitos descubren ahora al cínico detrás del personaje; otros se indignan pero callan su desencanto. Los más incondicionales, aún los defienden con un argumentario que sobrepasa holgadamente la vergüenza ajena.
Y así, en un doble combo casi perfecto que deja por los suelos a Karl Marx, la historia se repite a la vez tanto como farsa como en forma de tragedia.

Sobre la idea de España

Artículo publicado originalmente en La Nueva España.



Resultan a menudo estériles y agotadores los debates sobre el país cuando el interlocutor no consigue aclararse ni él mismo en algunos conceptos básicos sobre la identidad cultural, histórica o institucional de lo que conocemos como España. Pero se torna grave y amenazante cuando es el principal partido de la oposición y aspirante a gobernar el que no tiene clara su noción de Estado.
No sabemos si Pedro Sánchez y otros necios del PSOE, cuyo ideario político se puede resumir en un tuit o en una charla de plató, están realmente tan confusos sobre la idea de España como aparentan, o sólo es una pose estratégica porque saben que tarde o temprano van a tener que entenderse con los nacionalismos provincianos (y servirles de trampolín), pero si realmente desean ser una alternativa de poder, el votante agradecería que se alejaran de los cantos de sirena plurinacionales; pues, si de Podemos y otros mamertos chavistas nada se puede esperar a ese respecto, más allá de su afán por la ruptura y el enfrentamiento cívico del que sacar tajada, hubo una vez en que los ciudadanos españoles creyeron identificar a unos socialistas que conocían la decencia.

De todas formas, el mal del que adolece Pedro Sánchez es bastante común entre los compatriotas de todo pelaje. Algunos pecan por desdén e idiocia; otros, por exaltación.
Defender España no es subirse a un ser mitológico ni apelar a ninguna elegía intangible de primaveras sonrientes ni destinos universales joseantonianos, es estar a favor de las instituciones que garantizan los derechos como ciudadanos. España tampoco es una entelequia, una cárcel de pueblos ni el represor aparato gubernamental identificable con partido concreto alguno, es la ciudadanía como implantación política que va más allá de cosas como la nostalgia, la tierra, la familia o los apellidos. Los orgullos locales, el nasciturus de cada cual, nos tienen que traer sin cuidado.

Un país occidental es una sociedad que aboga por las luces y contra el cerrilismo supersticioso e ignorante, y España tiene que demostrar que ha sabido madurar más allá de sus lastres, sin regodearse en el pasado nacionalcatólico, y también sin la trágica ridiculez del nacionalbolchevismo euskaldún, heredero de los nacionalistas sabinianos.
Tampoco se puede reivindicar una nación desde un pasado históricamente falso o sesgado, políticamente delirante y socialmente regresivo. O querer convertir una sociedad como la nuestra, plural y moderna, en una tribu unánime y atávica, que es el primer paso para justificar las violaciones de los derechos individuales en nombre de los intereses colectivos.
Un estado que acoja la diversidad de las culturas pero defienda los derechos de los individuos (sin diversidad de derechos): “Aquí se baila así”, y “aquí se habla de esta manera”, o “nuestro plato típico gastronómico es mejor que el tuyo”…aspectos folclóricos que no tienen ninguna trascendencia política, puesto que no queremos volver a las tribus, a la visión preciudadana, al cacique de aldea, a diecisiete reinos taifas.

Hay sujetos que afirman no sentirse españoles, como si hubiera que “sentir” cual dolor de cabeza. Basta con “saber”. Saber que tiene unos privilegios y unos deberes, y que no están por encima de los de los demás
Más allá de eso, cada uno que se sienta de lo que le dé la gana, con tal de que pague impuestos, acate la democracia y cumpla con sus obligaciones…
Crecer como sociedad es darse cuenta que ser ciudadano de un país es tener unos derechos democráticos, educativos, lingüísticos, laborales o sanitarios. Y aquí es (o debería ser) igual haya nacido uno en Soria o en Tarragona.
Si España ha sabido labrarse un presente con unas mínimas garantías civiles, salta a la vista que la anti-España, como han demostrado el terrorismo de corte nacionalista y últimamente los populismos rupturistas, es por definición violenta y totalitaria.

Exaltados de bar

Artículo publicado originalmente en El Semanal Digital





Cuando los mecanismos sociales fallan o se vuelven inapreciables, cuando el instinto atávico irreprimible encuentra cauce o salida, cuando las coartadas que impone la civilización para autropreservarse se diluyen, es entonces cuando con mayor facilidad brota el energúmeno y exaltado que podemos llevar dentro. Ocurre en los campos de fútbol, lugar donde tanto iracundo animal regurgita todas sus bajezas o se desagravia contra la mediocridad de su vida, y también le ocurre a determinadas personas cuando se ponen a los mandos de un vehículo, “al volante se transforma”, habrán oído o dicho alguna vez. A lo peor no es que se transforme, tal vez en su fuero interno siempre alberga esa cólera, y el manejo y verse en la carretera rodeado de otros saca a relucir su verdadero carácter.
El nacionalismo siempre resultó ser un potente estimulante, un poderoso narcótico que administrado en dosis altas puede acarrear desagradables resultados. Los hay leves y graves, por supuesto, como afirmaba Savater. El que se envuelve en la bandera nacional y canta el alirón si gana su equipo o el que se pone el cuchillo en la boca para matar.

En los últimos tiempos se han escrito afluentes de tinta sobre la fractura social en Cataluña y el daño a la convivencia. Aunque, como todo lo que acontece en Cataluña nos afecta al resto (ninguna comunidad opera realmente sobre sí misma al margen de las demás) esa crispación ha saltado también al resto del territorio nacional, y ya nadie está libre de recibir el zarpazo de la furia separatista.
Lo insospechado del radicalismo es que puede abordarte donde menos te lo esperas. Hace unos días, por ejemplo, en un restaurante en Gijón, una energúmena decidió los temas de conversación de los que podían y no podían hablar otros comensales, que, como es de suponer, estarían en su mesa charlando de los que les diera la gana. Eso derivó en lanzamiento de vino y batalla campal dentro del restaurante, a cuenta, una vez más, de la intolerancia fanática.
Muy parecido el caso sobre el que escribió el eurodiputado asturiano Jonás Fernández, que relataba cómo, tras una cena en un local de hostelería barcelonés, varias personas se acercaron a increparles sus conversaciones, invitándoles a “salir afuera” para solucionarlo, y necesitando la mediación de un camarero y otros clientes para evitar incidentes mayores. Algo, por lo visto, no poco frecuente. Ocurre a determinadas personas cuando padecen una especie de trastorno de identidad inflamada, y suelen ver agravios individuales en comentarios que se refieren a algo genérico e impersonal como puede ser un territorio, que algunos interiorizan hasta mimetizarse con el mismo. Cataluña son ellos.

Una de las cosas que hacen que, pese a todo, España siga mereciendo la pena y sus mejores gentes nos aparten del pesimismo generalizado es nuestra innata capacidad para sacarle punta a todo, para el humor, reírnos de nuestras circunstancias y ver siempre el lado cómico hasta de las situaciones más esperpénticas. Prueba de ello es la iniciativa Tabarnia, una maravilla de sarcasmo y pensamiento incisivo para poner a los nacionalistas del país excluyente frente al patético reflejo de su espejo. Y no les gusta lo que ven. Sus berrinches y descalificaciones hacia lo que empezó como una broma tuitera son la prueba más fehaciente de que se ha dado en la diana.
No sabemos si la iniciativa Tabarnia volverá más agresivos a los ya de por sí vehementes separatistas, expertos en encontrar agravios hasta en las cosas más inocuas. Podría decir que de ahora en adelante se tenga cuidado con lo que se comenta en bares, locales y reuniones, pues siempre puede haber un ofendido al acecho, pero no, eso sería claudicar con demasiada sencillez. La fractura social solo existe si la permitimos, si nos dejamos intimidar. No se priven, sean expresivos y abiertos. Que nadie les marque las pautas de lo que pueden hablar. La libertad no se negocia.