30 de enero de 2026

En las redes de las vanidades


Artículo publicado originalmente en La Gaceta

Cada vez en más ocasiones, asomarse al multipolar universo de las redes sociales es entrar en territorio lovecraftiano, donde criaturas monstruosas y actitudes bochornosas cobran forma en una ventana digital hacia el estupor. De lo más impactante es la exposición pública de menores, usados por sus propios padres como siniestro escaparate y a la vez lanzadera de likes, supliendo tal vez la ausencia de autoestima con la validación necesaria de centenares o miles de desconocidos, mientras ponen a sus hijos en la picota por una cuestión competitiva mal gestionada.

Lo dicen las estadísticas: el 72% del material incautado a pedófilos son imágenes no sexuales de menores subidas a internet por las familias. Porque un pedófilo no necesita que sea material explícito para usarlo con aviesos fines y enfermiza intenciones. Pero les da igual a los influenciadores y a los patéticos aspirantes a serlo, insensatos, temerarios e irresponsables, gozosos en su micromundo de corazones artificiales, muchos de esos adultos egomaníacos creen que merece la pena correr el riesgo, o simplemente desconocen lo que habita en lo más profundo de la web y sus recodos más despiadados.

Frivolidad de descerebrados, cabezas de chorlito digital, cegados por una fatuidad insulsa, quitando importancia a todo lo que tiene verdadero valor o peso emocional.
Se ha normalizado (aunque algunos nunca lo veamos normal) emitir tu mundo y tu cotidianeidad diaria tal cual uno viviera en un Gran Hermano constante; fotos a platos rebosantes de humeante comida, viajes captados hasta el último frívolo detalle, relaciones sentimentales como si hubieran desembolsado una enorme cuantía por la exclusiva de tu amorío. 

Vivencias que antes quedaban en el estricto ámbito de lo íntimo y ahora se comparten, sobrevalorando la importancia que se supone tienen para los demás, o el interés que despierta tu existencia, a menudo prosaica y ridícula. El quiero y no puedo de cualquier diva de medio pelo o pobre diablo con pretensiones, necesitados de un foco de usar y tirar, compitiendo contra nadie, lanzando mudos gritos de socorro, llamadas de atención enviadas a la nube y que ahí se quedan flotando, pegajosas. Sometidos de buena gana al escrutino del ojo ajeno, donde el infierno siempre son los otros.

Hay algo de obsceno en la exhibición pública de la vida privada. Incluso se saca partido a las pequeñas miserias cotidianas. He llegado a ver espectáculos necrófilos, a raíz de un fallecimiento. Del muerto se aprovecha todo, hasta el último like. Sobreabundancia de pornografía sentimental, basurero de las emociones, impudicia en el mercadeo de carne trémula, cuerpos de exposición como una cristalera en Ámsterdam. 

Deseos, ostentaciones, espejismos y apariencias que arden en la hoguera de las vanidades de las redes sociales, donde se calcinan tantas capacidades y se pierde tanto tiempo. Un tiempo que no volverá, mientras el día y la vida pasan y tú estás inclinado, jorobo, sobre la pantalla de un móvil, incapaz de alzar la vista a lo que tienes a tu alrededor, si no es para fotografiarlo. 

Se sabe que la dificultad de concentración impide focalizarse en actividades que no impliquen un estímulo constante, arreones de corta duración y sobredosis de información en alta cadencia. Ahí se cuece lo trágico: incapacidad para redactar y pensar con calma, pero también personas ya talluditas que siguen permeables a las modas, a la tendencia del momento por estúpida que sea; adoptando la máscara fugaz de lo que creen que es vanguardia, interacciones virtuales que les permitan recibir esa efímera descarga de dopamina de la aprobación del ciberespacio. 

La dependencia de esa sensación tan fugaz, unida a la falta de aficiones genuinas, lleva al inevitable enganche, móvil siempre a mano y en la mano, transeúntes caminando ciegos y que te embisten como vitorinos invidentes si no te apartas a tiempo. 

Montañas y atardeceres que ven morir su belleza en el zoom de una cámara del que mira sin apreciar, sin entender que la gente verdaderamente feliz no tiene ninguna necesidad de irlo promulgando. Que son los que tienen una vida personal más rica los más celosos de su privacidad, y los más interesados en mantener un perfil bajo y reservado, pues sus experiencias y momentos van más allá del cuelgue a lo que pase dentro de un aparato y a la vibración de las notificaciones.

Las redes sociales moldean una ficción con pretensiones de realidad, pero la realidad es otra cosa, y es la que está quedando en los márgenes.
Lo real es poder estar dos horas en silencio, con la única compañía de tus pensamientos o un libro en el regazo. La oscuridad, la soledad compartida de una sala de cine. La paz de las playas de invierno. 

El lujo de la desconexión. Es la placidez del sosiego, y la introspección pausada. Conservar un puñado de amigos fieles, principios y lealtades innegociables, rincones construidos a base de memoria, películas y canciones, que no necesitan ser compartidas con nadie más.

Una sociedad abotargada, dependiente de estímulos de minuto y medio, es más sencilla de permear y, por consiguiente, presa fácil de políticos gansterizados. Masa colectivizada dispuesta a cancelar, reflexiones de clickbait, tontadas de Galeano en una línea, memes al por mayor, campo de prueba de morritos, escotes, selfies y pijadas.

Sé que quizá sea nostalgia por el tiempo de los que aprendimos a leer y a escribir cuando el mundo aún se hacía a mano. Y que esto se publica en un medio digital y será leído también en móviles. Que podrán decir que Granda es un viejoven y un amargado, y que como creció con películas de John Ford, piensa que es Wayne subido a su caballo. 

Pero no abomino de los móviles, pues tengo uno, igual que todo el mundo, ni soy un ludita que no entienda los beneficios de la tecnología usada de forma responsable.
Lo que me toca las narices, sinceramente, es ir a un museo y topar con una cola enorme antes de llegar a un cuadro de Da Vinci, y que los diez de delante se hayan parado ante la pintura sólo los segundos necesarios para hacerle una foto, y los diez de detrás te meten prisa porque también quieren hacerle la foto e irse cagando leches a otro cuadro. Pues lo importante no es estar y verlo, sino poder contar que estuviste, y enseñarlo. Y como yo veo lo que hay y no me gusta, pues vengo aquí y lo cuento.

El volumen del horror


Artículo publicado originalmente en La Gaceta

Primo Levi, testigo y relator fundamental del Holocausto, quiso describir lo inimaginable con exactitud y frialdad, sin necesidad de excesivos artilugios narrativos. Afirmó: "No había necesidad de subrayar el horror. El horror estaba allí".

No recuerdo un silencio más áspero que el que invadió la sala de proyección después de ver los 47 minutos de material recopilado por Israel en los ataques del 7 de Octubre. La losa que había caído a plomo sobre los que ahí estábamos, testigos en ese pase privado, documental que los judíos sólo enseñan bajo invitación acreditada y con la premisa de contar lo que vimos.

Al igual que en el material gráfico que nos mostraron, no había mucho más que decir, porque el horror ya estaba ahí, en toda su escalofriante dimensión. Cualquier cosa que al terminar pudiéramos verbalizar era superfluo. No había cabida para algo así como una charla banal a la salida del cine, después de enmudecer con tanta sangre derramada.

El horror estaba en las cámaras y móviles de los terroristas que registraron matanzas a sangre fría en los kibutz, en guarderías, en el festival de jóvenes en Nova. Que filmaron decapitaciones, torturas, ejecuciones, violencia sexual, secuestros. También la felicidad de los gazatíes cuando llegaban las siniestras camionetas cargadas de cadáveres, el ensañamiento con los cuerpos, niños escupiendo sobre ellos, multitud zarandeando a los secuestrados aún vivos, heridos arrastrados por las negras fauces de la yihad. 

Lo que se encontraron los primeros equipos de respuesta, que también fue recopilado, sólo se puede definir como rescatadores buscando supervivientes en el corazón de las tinieblas. 
Impresiona pensar que mientras en Israel estaban ocurriendo los salvajes ataques aquel fatídico sábado de octubre, ya había gente aquí, compartiendo el mismo espacio geográfico que nosotros, buscando las palabras adecuadas para justificarlo, para condenar con adversativas, para ensayar sus aspavientos por la respuesta de Israel antes incluso de que se produjera. Preparando la propaganda del futuro donde todo iba a girar en torno a un ficticio y manufacturado genocidio.

Lo que hicieron los comandos de Hamas es inhumano, los cataloga al margen de nuestra misma especie, pero los que lo justifican o comprenden, los que lucen impúdicos la misma bandera que los yihadistas llevaban en el pecho mientras disparaban sobre niños, son también una caterva canallesca más emparentada con las bestias.

La felicidad de los palestinos por la carnicería que acababan de perpetrar contrastaba con el denso silencio que nos golpeaba a todos los testigos en ese auditorio de Madrid.
Un pase para periodistas y algunos políticos y con blindaje policial. Sospecho que no tanto por la posibilidad de un ataque integrista como por precaución con las hordas de exaltados antisemitas de extrema izquierda, como los que hicieron que el partido de baloncesto entre el Madrid y el Maccabi de Tel Aviv se tuviera que jugar a puerta cerrada. 

Hay viejas pulsiones que se resisten a desaparecer. El nazismo contemporáneo lo enarbolan con singular desvergüenza los llamados a sí mismos progresistas, formando grupos que persiguen a los judíos, ya sea en el baloncesto, en el ciclismo, en festivales de música, en una entrega de premios, o en sus comercios y locales. Con la sucia vieja técnica del señalamiento y el boicot. Con el mismo odio canino, la misma pulsión de querer coserles una estrella en el pecho y empujarles hasta una esquina de la Historia.

Estos escuadrones suelen acudir en manada, amedrentando a los judíos portando emblemas y banderas de sus verdugos, cánticos contra Israel, con el mismo afán exterminador sobre el país que el que puedan tener los ayatolás de Irán y su empecinamiento nuclear. 

Una "revolución" islámica (en el caso de las teocracias y las primaveras árabes, siempre es involución y siempre es una puerta hacia el invierno) que fue fomentada, entre otros y con más efusión, por la izquierda pedófila francesa de los años 70. Esos Michel Foucault, Jean-Paul Sartre o Simone de Beauvoir, escombros de Mayo del 68, que lo mismo firmaban manifiestos para normalizar las relaciones con menores de 15 años que esperaban ansiosos a Jomeini, por mucho que advirtiera la tan lúcida como valiente Oriana Fallaci.
Ella le entrevistó, se quitó el chador, al que llamó "estúpido trapo medieval", y a él lo definió implícitamente como tirano, algo que jamás han hecho (ni harán) con los islamistas y sus brazos armados nuestras más bobas progres feministas de cabecera, tan hipócritas, tan insoportables, tan incurablemente imbéciles.

Es sabido que los jerarcas nazis juzgados en Núremberg, todos tenían un cociente intelectual alto o muy alto. Eran unos inteligentes y fríos asesinos y unos perfectos monstruos. El progre antisemita actual sólo es un holgazán intelectual y un sectario con muchos aspavientos y que, en la mayoría de los casos, está por desasnar.

Los yihadistas y la extrema izquierda tienen en común el fanatismo, la ignorancia y el odio. Unos son extremistas religiosos y otros extremistas políticos. Unos matan y lo celebran y otros celebran que maten otros. Sira Rego y Ernest Urtasun, ministros de España, votaron en contra de una resolución de condena en el Parlamento Europeo, en lo que fue una forma de festejo a su manera. 

Los palestinos se pusieron eufóricos ese día y los propalestinos en Occidente se pusieron eufemísticos para hablar de resistencias, pólvora que salta, pueblos que se revuelven contra la opresión y otros mantras de malnacidos. Es desde las instituciones donde se permite la mayor de las indecencias, dejando a las alimañas antisemitas campar a sus anchas y sin consecuencias, dejando allanado el camino para poder sentirse cómodos cuando se produzca el siguiente espanto.

13 de enero de 2026

Chavista de Chamberí

 


Artículo publicado originalmente en La Gaceta

"En Europa necesitamos mucho de ese cálido viento latinoamericano. Les queremos, Chávez vive, la lucha sigue", exclamaba en el atril Íñigo Errejón, puño alzado al aire, congestionada de emoción la carita imberbe. Un héroe de la revolución llegado desde Pozuelo.

A Errejón le debió de dar un mal aire, porque desde que lo van a sentar en el banquillo por ir demasiado cálido por la vida ya habla menos del difunto comandante y más sobre la importancia de la presunción de inocencia. 

Pablo Iglesias decía en una tele venezolana que le daban envidia los españoles que estaban por allí, y que aquello era un ejemplo para Europa. Sí, eso es lo que necesita Europa, efectivamente, una buena dictadura bolivariana. Cinco millones de personas votaron a este elemento. Un país también acaba teniendo los vicepresidentes que se merece.

De Monedero, su inconsolable tristeza tras fenecer su "hermano" Chávez, y sus bailecitos por Caracas, prefiero no comentar más, porque ya es bastante prolongada la cuesta de enero como para hacerla más pronunciada mentando a todos los indeseables de aquella banda fundacional.

Sí recordar que todo eso ya era de dominio público cuando formaron Podemos, pero luego te decían, los propagandistas habituales (pasan los años y ahí siguen, cambian las caras pero en realidad son los mismos) que tranquilos, que en verdad Podemos no eran chavistas, que eran socialdemócratas nórdicos, que iban a luchar contra los de arriba (serían los vecinos del quinto), a cobrar tres salarios mínimos y acabar con la casta echando fuego por los ojos y también rayos por el culo (dramatización). Y se quedaban tan anchos.

Esas ansias de defender tiranos, necesitados de guardar las apariencias, la han estado reprimiendo los comunistas y separatistas de toda laya hasta que Maduro entró en el avión rumbo a una celda en Brooklyn. Entonces ya no pudieron más, y desde su piso en Chamberí, el mermado de infantería cogió el teléfono y empezó a dar una exhibición. Tap, tap, clic, clic, un tuit tras otro, un rebuzno tras otro. ¡Rediós, para lo que han quedado estos mataos! piensa uno ante semejante espectáculo.

El madurismo te lo defiende con igual vehemencia el tonto de baba que el fanático grillado. Los más indignados por la captura del usurpador y torturador fueron Ione Belarra, los cuatro amigos de IU, los marqueses de Galapagar, los etarras de Bildu y otros demócratas exquisitos. Lo mejor de cada casa, para entendernos. Bichos de la peor calaña que han cambiado la bandera de Palestina por la bandera del régimen caribeño, con menos pausa que vergüenza. Lo mismo les da Hamas que el Cártel de los Soles

La izquierda de ceño fruncido, cínica hasta la extenuación y experta en manipular el lenguaje, siempre te habla de democracia hasta que tocan a su dictador favorito. 
Todo tiene un inevitable componente paródico. Con Chávez había entre la población un movimiento iconólatra, pero Maduro sólo era un payaso puesto ahí por los que manejan realmente el entramado y el flujo de la droga, y no era respetado ni por los suyos, que no movieron un dedo para defenderlo (todas las bajas causadas por los Delta Force son del servicio cubano) y es probable que, además, le vendieran. 

De Chávez, como de Castro, hay murales, pintadas, elegías. Igual que del Che Guevara existe todo tipo de merchandising (y sirve para identificar a descarriados), nadie se imagina a Súper Bigote poniendo cara a las camisetas de los asistentes al Viña Rock, dándole color a ese olor a perro mojado.

Las acusaciones en Estados Unidos, donde Maduro se enfrenta a una larga pena, son incluso más leves que los crímenes por los que es investigado por la Corte Penal Internacional: ejecuciones extrajudiciales, torturas, violaciones sexuales, detenciones ilegales y desapariciones forzadas.
Para el chavista de Chamberí, de lo único que es culpable el conductor de autobuses es de bailar tremendos cumbiones.

La situación al otro lado del charco afecta a España por todos los venezolanos exiliados que hay aquí y por los mamertos exaltados que les quieren hacer frente, porque ya sabemos que estos majaderos tienen una cruzada contra el fascismo y la ultraderecha, aunque la mayor batalla la libran contra su propia estupidez.

Se han visto imágenes donde una panda de gañanes increpaban con arengas chillonas a un grupo de los de la diáspora que celebraba la detención del sátrapa.
Hay que ser de un cuajo especial para insultar con ese odio bárbaro a personas que han sufrido tanto; el complejo sistema anímico que impera en determinados fervores comunistas originan este tipo de excentricidades.

Venezuela está en la más absoluta indigencia, y ha aguantado más de dos décadas de socialismo siglo XXI gracias al terror y al miedo. No es solo, al igual que Cuba, un escenario dramático de una revolución fracasada, es el escaparate en el que los países libres del mundo deben mirarse para no caer en ese populismo demencial con políticas de colectivización que no han funcionado jamás en la historia, a pesar de haberlas intentado poner en práctica con sanguinaria insistencia. 

Maduro va camino del olvido tras las rejas pero el régimen interior sigue dando mortales coletazos, y el chavista de Chamberí te lo justifica desde el exterior con infantiles razonamientos derrumbados. No hay ni un mínimo de empatía con la miseria, padecimientos y angustia que sufre el pueblo venezolano y, además, evita cuidadosamente transitar todo razonamiento lógico.

La postura del chavista de Chamberí, de mollera densa como el hormigón recién vertido, es cerril y acrítica, para él puede que Maduro y Chávez hayan hecho alguna cosa mal, alguna cosita por ahí en la que hayan patinado, pero nada en comparación con los pecados del imperio. Vale, bueno, puede que sea un narcoterrorista, pero es nuestro narcoterrorista. Igual que una vez Feijóo se hizo una foto con Marcial Dorado.

El chavista de Chamberí, disonancia cognitiva en su máximo esplendor, celebra la mediación de Zapatero para la liberación de unos presos políticos que no existían. Son los presos políticos de Schrödinger, estaban pero no estaban a la vez en las mazmorras del régimen. Existen o no según en qué plano de la realidad quieras instalarte.

Y mientras Sánchez se limita a gestionar su propia supervivencia, se aferra al antiamericanismo y habla de derecho internacional a la vez que en España se cisca en el estado de Derecho para amnistiar sediciosos y malversadores, y mientras el chavista de Chamberí sueña con la caída del imperio americano, el resto de los españoles lo hace con ver a Zapatero con un chándal gris de Nike y unos enormes auriculares.

Sobre héroes y ratas


Artículo publicado originalmente en La Gaceta

Le tengo un sincero aprecio a don Joaquín Echeverría Alonso, el padre del llamado "héroe del monopatín", al que entrevisté en un par de ocasiones y con el que hablo asiduamente. Es un hombre bueno a quien la tragedia implacable golpeó de la forma más brutal. Me parece una persona noble y con una admirable entereza, y le deseo muchos años de vida superada.

Su hijo, Ignacio Echeverría, en 2017 y en Londres fue asesinado por la espalda durante unos atentados, cuando intercedió para defender a una mujer que estaba siendo apuñalada (y que sobrevivió gracias a Ignacio) por unos de esos chicos inadaptados, que en palabras del podemita Miguel Urbán, lo hacen porque no ven otra salida. Todo el mundo recordará el caso, así que no voy a extenderme en los pormenores.

Hace poco, don Joaquín escribió en una red social: "De todos los periodistas con los que traté a raíz de la muerte de Ignacio y traté a muchos, Javier Ruiz es el único al que tuve que colgar el teléfono por su impertinencia. La cadena borró la entrevista, supongo que avergonzada por la actuación de Ruiz".

Me pareció algo que por no bochornoso deja de ser bastante lógico, a tenor de la calaña del personaje: Javier Ruiz es un sujeto miserable y siniestro, no por ideología (hay buenas y malas personas a lo largo todo el espectro político, salvo quizá Bildu) sino por la forma rastrera, manipuladora y aborrecible de manejar la información y los datos, de dirigirse a los entrevistados con desprecio y tratando de ser intimidante, causando una grima visceral en cualquiera que no tenga la sesera hecha papilla por alto consumo de la más burda propaganda.

Hablé con don Joaquín Echeverría para conocer más detalles sobre la cuestión (y también para pedirle permiso para escribir este artículo) y me pudo comentar que aquello sucedió en esas angustiosas horas en las que todavía no se sabía la suerte de su hijo, las autoridades británicas habían decretado cerrojazo informativo y todo eran dudas, incertidumbre y especulaciones. 

El padre estaba dando entrevistas para hacer algo de presión mediática y "que los ingleses se movieran y apareciera, vivo o muerto". Me dijo que, en el entonces programa matinal en Cuatro, a Javier Ruiz le tuvo que cortar la llamada, pues fue además el único periodista que se permitió una actuación poco respetuosa. Lo que ya tiene mérito. Loable galardón se lleva el individuo. Enhorabuena, mequetrefe.

Don Joaquín es un hombre educado y discreto, y por eso en nuestra charla supo explicarme lo acontecido y a la vez sortear con elegancia los escollos semánticos para criticar la conversación con Ruiz sin decir que se trató de la interacción con un auténtico pedazo de mierda. Porque ya lo digo yo.

En Cuatro, Javier Ruiz ya practicaba lo que se llevó a TVE cuando fue  llamado a filas por Sánchez: una forma de comunicar basada en la inmoralidad, el populismo, el tratar a los espectadores como estúpidos congénitos e infantilizados, listos para el pastoreo. Todo lo que está mal en el periodismo y en la vida. 

Curiosa trayectoria la del mamporrero. Abandonando la cabeza, el torrente sanguíneo le empujó hacia un desenlace previsible: juntarse con alguien como él o peor, del sexo opuesto. Una choni vocinglera, excesiva, irritante en sus formas bajunas, en su altivo sectarismo ignorante. Una pobre desvalida intelectual, una chabacana definida por la vulgaridad y la intolerancia a la mesura; cafre sin matices, capaz de despertar de forma espontánea esa sensación tan desagradable de la vergüenza ajena. En definitiva, un complemento perfecto para un tipejo como Javier Ruiz.

El "héroe del monopatín" nos llama tanto la atención porque en una sociedad con unos principios en declive y una cultura popular cada vez más banal, él supo escenificar aquello que todavía merece la pena rescatar del ser humano: la valentía, el coraje, el sacrificio, actuar con riesgo a la propia integridad pero de forma automática, porque lo llevaba en la educación, en el instinto, en su forma de ser. Por eso hizo lo que hizo, en lugar de salir corriendo o desentenderse del asunto, que es la opción mayoritaria cuando ocurre algo similar.

La gente opta por inhibirse cuando sobreviene el peligro, y así nos va; dejando que maltraten a mujeres a la vista de todos, que hordas de salvajes vandalicen las calles y el transporte público sin que nadie rechiste, haciendo de Europa un lugar peor, irreconocible, decadente. Con la cobardía de los que tuercen la mirada y luego se permiten poner en tela de juicio la actuación de los que sí se aventuran a intervenir. Eso fue lo que hizo Ruiz, interpelar al padre sobre la actuación del hijo.

El progre odia al hombre con valores porque siente un insuperable complejo de inferioridad ante él. Ve en la persona honrada los atributos de los que él carece, pues sólo es una alimaña interesada, oportunista y codiciosa, con fidelidades espurias. Abundan en los medios de comunicación del oficialismo. Feroces periodistas siempre en contra de los mismos, nunca equivocándose sobre qué cimbrel tienen que lamer.
Han sido recolocados y agrupados en RTVE, para hacer frente común en defensa de la PSOE y sus sistémicas corruptelas. Javier Ruiz ni siquiera es el peor en un ente público que a diario da motivos para lamentar que nuestros bolsillos costeen a esa panda de sacamantecas.

Los impulsos primarios nos animan a que, al segundo después de que el sanchismo caiga, llevar felizmente a RTVE una grúa con bola de demolición y dejar libres los instintos para que los chavales irrumpan a golpe de maza y bidón de gasolina, y así saciar la sed de resarcimiento con una satisfacción salvaje. 

Pero somos personas racionales y por eso se hará todo con una envidiable organización. El famoso pendulazo y la tan citada motosierra tienen que empezar en Prado del Rey. Y de ahí hacia lo demás. Sin perder los papeles ni la compostura, no somos animales ni islamistas. Pero con fría determinación. Como Ignacio Echevarría yendo decidido hacia los terroristas, armado con un simple monopatín.


31 de diciembre de 2025

No digas que fue un sueño

 


Con los años y las despedidas ataca con más fuerza algo que nunca creíste para los jóvenes, esa emoción difícil de controlar llamada melancolía, sensaciones asociadas y sentimientos crepusculares, la nostalgia de tiempo pasado que fue indiscutiblemente mejor. No ayuda no haber hecho las paces con la memoria, o ésta se presenta edulcorada o lacerante en exceso. 

No sabemos si todo lo intrascendente empieza a desdibujarse en el recuerdo, pero creo que tengo una privilegiada retentiva para las cosas que amo.
Yo he sido a lo largo de mi vida notablemente feliz con la imagen, el sonido y la letra impresa protagonizada por personas que ya habían palmado cuando nací. O que lo hicieron mientras era muy pequeño. Y eso no me impidió descubrir con devoción todo lo que crearon, con ese interés de quien consigue un mundo nuevo e hipnótico.

Crecí con la certidumbre de que el cine es una de las más grandes artes y una de las pequeñas salvaciones cotidianas, y también que existía un cine clásico, congelado en el tiempo, patrimonio del buen gusto y atemporal, y otro cine contemporáneo, donde podías ver a estrellas en la gran pantalla y luego salían en las revistas o se paseaban por los festivales. Actores y actrices que vivían ya en el mito, y actores y actrices de la actualidad. Había un pasado y un presente, perfectamente delimitados pero ambos disfrutables.

También sabía que no existen películas antiguas ni películas nuevas: existen películas que se han visto y películas que no, y ésas siempre son nuevas. Cine vivido, amado y compartido. Una afición delegada de mi padre, como principio vital transmitido con los suyos. Una afición que procede del minuto posterior al primer recuerdo y se sabe acoplada y decidida hasta el último momento.

Fui niño, adolescente, joven, mientras aún estaban vivos Paul Newman, Kirk Douglas, Ernest Borgnine, Sean Connery, James Caan, Olivia de Havilland, Alain Delon, Gene Hackman, James Gandolfini

Y Robert Redford, Claudia Cardinale, Diane Keaton. Estos tres han sido los últimos en largarse, en este 2025 que declina ya irremediable. También Brigidtte Bartdot, que llevaba retirada del cine desde 1973.

Claudia Cardinale siempre será un amor a perpetuidad, representando la carnalidad, la belleza, el erotismo, el misterio, la elegancia. No entiende este arte quien no comprenda que uno pueda enamorarse de los ojos de una siciliana (en realidad nació en Túnez) de formas pletóricas y curvilíneas.
Ella pertenecía a esa estirpe de las elegidas, donde se asentaban en algo más que una cara bonita. La cámara las amaba, los productores conocían el impulso que dirige las preferencias de un hombre hacia una mujer determinada entre miles.

Tuvo la fortuna de contar con los mejores mentores. A mediados de los años 60, su alegre desenfado ya había estado a las órdenes de algunos de los mayores creadores del cine italiano: Luchino Visconti, Fellini, Zurlini, Monicelli, Luigi Zampa...con Rocco y sus hermanos entraría en el olimpo de musas de Visconti, junto a Silvana Magano y Romy Schneider

Interpretó a la impresionante Angelica Sedara de El Gatopardo. La escena del baile con el príncipe de Salina (colosal Burt Lancaster, ambos repetirían con Visconti en Confidencias) es una de las más icónicas y simbólicas de la historia del cine. Y la película que le abriría las puertas del mercado internacional con lanzamiento norteamericano. Nada menos que al lado de John Wayne y Rita Hayworth, en la poco afortunada obra circense de Henry Hathaway El fabuloso mundo del circo.
Fue el lujo y la sofisticación en La pantera rosa, y la belleza salvaje del excelente wéstern Los profesionales, una obra maestra de un nihilismo, una épica y un romanticismo corrosivos.
Fernando Trueba, alguien con sentido del gusto y de la estética y de cinefilia militante, tuvo el privilegio de contar con ella en la notable El artista y la modelo. Fue la última vez que la vi actuando.

Robert Redford contaba con ese magnetismo propio de las estrellas, capaz de hacer de galán romántico o entrañable pícaro pero también interpretar a personajes complejos, perdedores con alma, solitarios acorralados por la vida, gente en posesión de talento pero también de turbiedad, además de ser un director con una sensibilidad contrastada. 

Tuvo la suerte de vivir alejado de las fórmulas, trabajando con artesanos del oficio, en una época donde productores muy inteligentes ofrecían personajes memorables a buenos actores en estado de gracia y continua complicidad con el público; por eso funcionan juntos él y Paul Newman, en Dos hombres y un destino y El Golpe, dos películas que van más allá de modas estrictamente comerciales pero también de cine experimenta, de autor o lo que sea el indie. Es cine para todos los espectadores, pero de calidad. Divierte, hace reír, fascina, y la pareja está rodeada de grandes secundarios como Robert Shaw o Katharine Ross, esa belleza de fama efímera. Dos películas donde se habla de la devolución exacta y medida de la justa lealtad.

Otra colaboración fructífera, que es ya catálogo de lo mejor del cine, es la de Redford con Sydney Pollack, director y actor con un oficio que ha influido en los más aventajados jóvenes realizadores, y al que tanto se le echa de menos. 

Los años 70 y el trabajo de ambos nos regalaron Las aventuras de Jeremiah Johnson (que ha tenido una digna sucesora en la hermosa y triste Sueños de trenes), Tal como éramos, las vicisitudes y complicaciones de pareja junto a Barbra Streisand; un thriller bien labrado como Los tres días del Cóndor, y ese trotamundos conmovedor de El jinete eléctrico (junto a su amiga de toda la vida Jane Fonda, también estuvieron ambos en La jauría humana, Descalzos por el parque y, ya en 20217, Nosotros en la noche, que se aleja demasiado en calidad al gran libro de Kent Haruf).
Redford y Pollack volverían a juntarse para esa obra lírica de imágenes memorables entre leones, elefantes y Meryl Streep. Sí, Memorias de África

Redford fue el tenaz periodista Bob Woodward en Todos los hombres del presidente y también el director de una película tan conmovedora como Gente corriente y de la alegórica El hombre que susurraba a los caballos, que aunque con alguna concesión a la vía cómoda, descubrió para el cine a una niña hermosa llamada Scarlett Johansson.

Siempre fue un hombre coherente, comprometido, activista sin fanatismos, promotor de festivales para dar cabida a todo tipo de películas alejadas de otros circuitos más prestigiosos, y se permitió el lujo de, con 65 años, lucir torso desnudo en La última fortaleza, un duelo demasiado forzado con James Gandolfini, aunque es una cinta que se deja ver. 

Se retocó la cara con desastrosos resultados, participó en algunas películas que se podía haber ahorrado y fue congruente hasta el final. Representaba una forma de ser y de estar y también una manera de entender Estados Unidos.
Robert Redford puede que fuera la última gran estrella viva.

Brigitte Bardot llegó para conmocionar la rígida moral dominante en la industria, hubo quien se deleitó y hubo quien se escandalizó, con alguien que podía hacer milagros jugando con una toalla, revolcada en la cama con una sábana ceñida al cuerpo, siendo otros escenarios predilectos las bañeras y las duchas, que daban cabida a su glorioso cuerpo.

Pionera del desnudo expresivo, antes de que el mal gusto y la vulgaridad, y la proliferación de mujeres sin ropa para tapar agujeros de guión, arruinaran todo lo erótico y novedoso que aquello tenía. Bardot es tan importante porque su físico implantó modas. Toda una generación de mujeres sexualmente liberadas imitó sus peinados (y despeinados), su forma de moverse y su particular expresividad de los labios, con una calculada mezcla de insolencia e ingenuidad. 

Fue más personaje que actriz, pero el mundo nuevo de los años 50 acogió la mercancía con ilusión y la consumió sin reservas. 
Fue una mujer singular y acaso amada. Su rostro era un hermoso refugio del alma francesa, e hizo defensa a favor de los animales y activismo contra los animales bípedos que sabía estaban (y están) destrozando su país.

Y, como escribió el gran Terence Moix: "El erotismo cinematográfico ya no sería el mismo desde el día en que la traviesa B.B regaló al folclore del siglo su culito retozón".

Diane Keaton en estética y estilismo fue lo más parecido a una heredera de Katherine Hepburn, pero con esa mirada de ojos caídos y sonrisa perpetua que enamoró a un Woody Allen en estado de gracia cuando sacó lo mejor de ella en Annie Hall y Manhattan, colaborando juntos en cinco cintas más, siendo el reencuentro profesional en Misterioso asesinato en Manhattan, una película menor el neoyorquino, que siendo menor sigue siendo cine muy destacable, como ocurre con las obras de Allen.

Keaton fue habitual en comedias románticas y dramas familiares, estuvo estupenda (cuarta nominación al Oscar) junto a Jack Nicholson en Cuando menos te lo esperas
Pero creo que para todos los cinéfilos con gusto, además de la musa de Woody Allen, siempre será Kay Adams de El Padrino

Aunque participó en la trilogía, la más memorable escena ocurre en el final de la primera cumbre de Coppola, cuando su marido recién ascendido al trono del poder le cierra la puerta para dejarla fuera de las estancias donde se deciden la vida y la muerte. 

Hubo tiempos peores y hombres mejores



Artículo publicado originalmente en La Gaceta.

Para los marcados, los que estamos de forma irremediable al otro lado del muro que Sánchez construyó, donde hay mucha fuerza de voluntad, elogioso trabajo, capacidad de resistencia y la firme determinación de oponerse al autócrata. 

Entre talentos y egos hay que decir que no nos demos demasiada importancia si un vídeo tiene una excelente recepción, si ponemos a rabiar a los mermados en alguna intervención (siempre rabian, son como ovejas bípedas), si nos amenazan infraseres ágrafos por redes en el ruin parapeto del anonimato, si alguien nos felicita de forma entusiasta por un artículo, o si por la calle una señora nos para y nos dice que le gustamos mucho para su nieta. 

Es verdad que llevamos años dando la cara, a riesgo de que nos la partan, en la oposición cívica pero activa, al Gobierno más abyecto y miserable que ha conocido nuestra democracia. Es verdad que en frente se amontona una peligrosa mezcla de maldad y estupidez, crimen e inmundicia, causas demenciales dispuestas a ser defendidas por cualquier energúmeno con la misma capacidad de diálogo que un pobre jumento, adueñándose de la voluntad de los débiles. 

Es verdad que estamos en minoría absoluta frente a la parasitación de todas las instituciones del Estado, los medios de comunicación y su obsceno rodillo mediático, y el chantaje continuo de los identitarismos de aldea, la antiEspaña cabestra de toda la vida pero con un barniz de progresismo.

Pero hombres y mujeres mejores que nosotros pelearon y defendieron sus ideas en épocas más peligrosas, con más coraje, más vehemencia y más riesgo, perdiendo incluso la vida, como les ocurrió a los héroes que sabían que los podían matar los enajenados pistoleros de la ETA, y nunca quisieron ponerle un silenciador a su voz ni renunciar a denunciar esa asquerosa necedad que es el nacionalismo vasco. 

Supieron mirarle a la cara al miedo incluso en los años de plomo; vimos riadas de gente echada a la calle con el corazón roto y manos esperanzadas que pintadas de blanco se alzaban al cielo; de lágrimas derramadas interminables y ojos de tristeza infinita que laceraron las mejillas de Miguel Ángel Blanco cuando encontraron su cuerpo tiroteado. 

Militares de honor intachable como el general de Brigada de la Guardia Civil Juan Atarés Peña, asesinado por la espalda una víspera de Nochebuena de 1985, que se negaba a llevar escolta para que nadie más resultara herido si decidían ir a por él. Y cientos de ejemplos más. 

Los que murieron por no querer entregar una parte de su tierra a los fanáticos analfabetos de la pistolas y las teorías raciales, a los hijos de perra que engendró Sabino Arana y que hoy campan a sus anchas fuera de la cárcel y en los ayuntamientos.

Y aunque hoy creamos que todo ese horror y ese padecimiento no sirvieron para nada, que ETA logró una victoria política casi completa y con sus secuaces en las instituciones, gracias a aquellos valientes y a una sociedad civil que se enfrentó y enseñó la verdadera cara de los gudaris, cualquier persona decente en España sabe que Otegi y los suyos son escoria. No hay PSOE cómplice que pueda blanquear tanta sangre derramada. Porque en "los suyos" se incluyen, por supuesto, los tipos del Partido Socialista y la chusma podemita que los masajean y los abrazan. 

El periodismo admirable, la Guardia Civil y la Justicia no colonizada han ido cercando a la banda de Sánchez. Una banda de canallas sin escrúpulos que lo mismo pacta con el golpismo catalán que hace negocio con defectuoso material sanitario en pandemia. 

Ante nosotros se consuma el desmoronamiento de una organización criminal. Testigos privilegiados de una historia que marcará el devenir de nuestro país. La mayoría sociológica va a barrer este periodo y a sus perpetradores. Irán todos ellos directos al vertedero de la memoria, sólo serán recordados para vagamente maldecir sus fechorías, mientras tratamos de reconstruir una España mejor.

Como digo, muchos concienzudos profesionales han puesto empeño en denunciar y tratar de dar fin a este inmenso desatino. Con tantísimo en contra. Sé que ha planeado la sombra de la cancelación, la amenaza de la censura, que activistas contra la coalición que subían su contenido a redes vieron cerrado su canal, y que todos hemos perdido algo en el largo camino, además de sufrir los quebraderos de cabeza, la ingratitud del incrédulo, la locura rabiosa del ultrafeminismo, el desprecio del creyente en la fe del sanchismo; que se tildó de fango, bulos, ultraderecha... cualquier información verídica publicada que iba contra la línea de flotación de la banda. Sé de todas las piedras a lo largo del sendero. Y que fue y está siendo jodido.

Pero hombres y mujeres mejores que nosotros pelearon y vieron sus sueños de libertad rotos en los levantamientos de Hungría, en la Praga aplastada bajo los tanques del ejército soviético, iluminada la resistencia por las llamas de Jan Palach en su último sacrificio. 

Civiles sin nada de esperanza y agotados de luchar murieron de un tiro en la nuca en sórdidos sótanos de la Lubianka, puestos contra un paredón o liquidados en algún sucio callejón tras el telón de acero, o los oficiales polacos cebando las fosas comunes de Katyn por orden de Stalin.

Tipos más valientes se batieron el cobre unas navidades en las calles de Bucarest a tiro pelao para poder derribar al último gran monarca comunista de Europa y llevar al matrimonio Ceaușescu hacia su justo y necesario final, tan evocativo.

Disidentes de la narcodictadura venezolana son sacados de sus casas en mitad de la noche y llevados al centro de tortura del Helicoide, en esas terroríficas celdas que esperan un día la llegada de Zapatero y de Juan Carlos Monedero. Los que pelean y mueren en Venezuela y Cuba, y los que se han visto obligados a nutrir las filas de la diáspora caribeña han sido justamente reconocidos con el Nobel a María Corina Machado, cuyos rebuznos que provocó en la izquierda simplona facilitaron rápidamente poder colocarte al otro lado de ese estercolero ético que es hoy el progresismo internacional, concubinas de sátrapas y terroristas.
Nunca fue tan fácil saber de qué lado estar. Basta con no posicionarse en el lugar donde estén ellos, herederos de toda la fealdad que ensombrece el mundo.

A los supervivientes de las atrocidades nacionalistas y comunistas y a los que no lo lograron. Los que no pudieron ver el fin de las bombas en Vascongadas, el desmoronamiento de la Unión Soviética, ni verán caer a Maduro y a Raúl.
A ellos les debemos, con su memoria y su ejemplo siempre presentes, seguir inquebrantables en contra de las bestias mezquinas y cínicas, gañanes corruptos que hoy destrozan España. Pero sabiendo que ellos fueron ellos, y nosotros somos nosotros. 

La mesa en paz


Artículo publicado originalmente en La Gaceta.

Una reciente encuesta afirma que un 14% de los españoles ha roto en el último año con amigos o familiares por discusiones políticas, siendo los votantes de Podemos los que más se cargaron amistades, hasta un 34% de los votantes de ese partido, o lo que sea, aunque es verdad que tampoco les quedan muchos. 

Que es la gente más intolerante, dogmática y reaccionaria que uno se puede echar a la cara no creo que sea ninguna novedad a estas alturas del asunto. Los conocemos de sobra y los hemos visto y sufrido. 

En lo que concierne al que arriba firma, algunos amigos me "borraron de sus redes" cuando les dije, respecto al partido morado que les entusiasmaba: "no es esto, no es esto"; y además tuve la desfachatez de empezar a publicar en prensa mis opiniones sobre el tema, porque conocía bien a los pájaros. Cancelado por facha. 

Pero bueno, han pasado los años, el sanchismo lo ha podrido todo con una virulencia inaudita, y algunos se han caído ya del guindo y otros por ahí siguen, de rama en rama. No hay que darle más importancia. 
Igual que no merece la pena acordarse demasiado del vil Zapatero y la voracidad criminal imparable y depredadora en sus negocios de la muerte, porque es tiempo de paz. Tampoco de los que rebuscan en los osarios para acabar de golpe y porrazo con la presunción de inocencia de un presidente ya fallecido, como han hecho esas malas bestias de Belarra y Montero.

Son fechas para la celebración y también para la melancolía, para leer a Dickens, ver El apartamento, Tres Padrinos y Plácido y escuchar música que nos lleve por los meandros de la vida y los recuerdos, el presente y los ausentes. Cada uno tendrá sus fantasmas y sus memorias. Las sillas vacías. Los inviernos y las hogueras que ya no volverán. Sombras de un tiempo pretérito. La patria de la infancia que siempre es una patria perdida.

Dejándose llevar sin prejuicios, pueden estos días de asueto escuchar a Extremoduro o a Ilegales, como homenaje póstumo y porque la música como trinchera sólo es para sectarios, y los eclécticos sabemos que podemos disfrutar, según el momento y el estado de ánimo, de Robe Iniesta o de Carlos Gardel. Aunque apetezca más un villancico con la voz de Sinatra o Nat King Cole. O un clásico nuestro imprescindible como Raphael. La oferta es infinita.

Ahora lo moderno y lo progre (es decir, lo evitable) es desear "felices fiestas", como si fueran las fiestas de la patrona de tu pueblo. Riau-riau. Pues vale. Antes se usaba indistintamente porque no estábamos inundados de perniciosa ideología y de ubicua tontería. 

Olviden las discusiones a la mesa, sobre todo si se aliñan con caldos espirituosos. Decía el gran Scott Fitzgerald: "bebo porque cuando bebo, pasan cosas". Pero con familiares y con política por el medio, muchas de ellas pueden ser cosas malas; y si son familiares políticos la escena puede alcanzar altas cotas de dramatismo.

Esto de la "coalición de progreso" se desmorona y no hay nadie con dos dedos de frente (incluso con uno y medio) que lo pueda defender sin ponerse aunque sea un poquito colorado. Por eso, con el podemita o el progubernamental no se confronta, se le compadece. Como con un niño con paperas. Nada de peleas. No hay que lastimarle, sino sentir lástima. Bastante tienen con lo suyo. Igual que a un vegano no se le recuerda constantemente lo buenísimo que está el cordero. Se puede enfadar y arrearle a uno en todo el parietal con la paletilla del lechal.

Si quieren desahogarse, prueben a murmurar algo entre dientes, con los polvorones en la boca. Siempre manteniendo presente que los sentimientos entrañables alegran el alma de los hombres y relajan su soledad. Tengan cerca a los suyos, y usen la bondad como el mayor atributo que se puede brindar.
Feliz Navidad.