5 de febrero de 2011
Tristes y felices héroes
A estas alturas del cuadrilátero cinematográfico, si se quiere hacer una película de boxeo, hay que tener en cuenta todas las hermanas mayores y menores (de todo se debe aprender) que pueblan el género, con la típica historia americana de superación y final feliz (Marcado por el odio, Cinderella Man, Rocky...), la sórdida y desencantada de trágico desenlace (Million Dollar Baby, El Luchador), la demoledora y arriesgada (Toro Salvaje) o la suburbana de alcohol y combates en tugurios para eternos perdedores (Fat City).
De The Fighter se podría decir que coge un poco de cada una sin llegar hasta el fondo de la mayoría. Pinceladas que francamente dejan buen sabor de boca, pero saben a poco pensando en lo que podría haber sido y teniendo en la mente algunas obras maestras precedesoras.
La película narra la historia real de Micky Ward (cumplidor Mark Wahlberg), que sobrevive como boxeador mediocre mal guiado por su madre, sus arpías hijas y un hermanastro mayor vieja gloria y adicto al crack (deslumbrante Christian Bale, ¡papelón!), y trata de llegar alto en el boxeo y evitar seguir asfaltando calles en un ambiente deprimente. Hay emoción y escenas notables (Ward explicando a su futura enamorada la similitud entre el boxeo y el ajedrez, y la técina cabeza-cuerpo es fantástica), hay también un toque de desesperación y derrota, uniones fraternales y orgullo dañado, pero existe un parpadeo imperceptible de historia conocida cuyo final se intuye.
El principal problema de la cinta es que se equivoca de personaje. El guión podría haber sacado más jugo del personaje de Bale y su calvario, su adicción y redención (y acercarse a Fat City) pero opta por centrar los focos en el de Wahlberg, para dar esa visión manida y heróica que espera el espectador. También hay recursos humorísticos que si en momentos aciertan, llegan a restar dureza, trascendencia y emoción a la historia.
Y un gran acierto es filmar los combates con las cámaras de las retransmisiones de los años 90, otorgando veracidad y puntadas de 'deja vu' a las peleas, que son una parte positivamente destacada de la cinta, con el protagonista buscando los certeros golpes al hígado.
El resto es destacable entretenimiento, desmembramiento y unión familiar, historia de amor, coraje pugilístico y cerrar con un epílogo satisfactorio y esperable.
31 de enero de 2011
La España que nos parió
Veo a mi padre levantarse a las 7 de la mañana y soñoliento ponerse el traje, afeitarse, desayunar mientras escucha las noticias por la radio. Aún no ha terminado de amanecer y ya se prepara para ir a la oficina. Día tras día, año tras año. También mi madre limpia ya la casa y prepara las comidas del día. También tendrá que ir a trabajar. Y llegará a casa agotada y se enfrentará a los problemas domésticos cotidianos, buscará un rato en el sofá frente al televisor para descansar. Y se irá a dormir. Mañana será igual. Como los panaderos que trasnochan para hacer el pan, los taxistas que recorren la ciudad, las dependientas de las tiendas, los pequeños comerciantes, los albañiles, el agricultor, los becarios y los carpinteros. En esta España trabajadora y de desigualdades pronunciadas, trabajan para poder llevarse un pan a la boca, para pagar los impuestos, para pagar los sueldos de los políticos y para que en la Iglesia los obispos vivan como curas. La misma España exprimida históricamente por reyes y papas, los mismos campesinos sorianos que debían pagar el diezmo y los ciudadanos a los que mandaban a morir a países extranjeros y a defender la corona que nada les daba y a la que nada debían. El mismo pueblo que con su sangre forjó un imperio, y que se enfrentó a los franceses, y los que cruzaron los pirineos o el Atlántico cuando la victoria del fascismo sacudió España. Los que se quedaron se enfrentaron a hambre y miseria, forjados en el racionamiento y sobreviviendo en un país en blanco y negro. Luchadores.
Ahora se deberá trabajar más años para tener un digno retiro, pero se seguirán pagando a los consejeros de los cargos públicos, sus coches oficiales, sus traductores simultáneos, sus miembros y miembras, las competencias de las autonomías en el egoísmo nacionalista, los trajes, la corrupción, la obsoleta monarquía. Es la historia de nuestra nación. Curtidos y nobles, ganando con el sudor de la frente el salario, legañas en los ojos, rabia en los corazones. De vez en cuando la olla estalla y se pasan a cuchillos a unos cuantos sujetos necesarios. Es la nación de los chorizos, los sinvergüenzas y que aplaude la masacre de animales en plazas. Y el pueblo es el pueblo y siempre existirán clases, se tendrá que mantener a un rey y a toda su familia, se pagarán ministerios inservibles, irán a morir los soldados a tierras extrañas en guerras a la que nadie nos llamó. Pero una vez nos metieron de lleno en ella y llegó la muerte a Madrid. Y los que murieron en los trenes fueron estudiantes, trabajadores, amas de casa. Y cuando ETA apunta a la nuca lo hace a la de un guardia civil que sacó una oposición como medio para ganarse la vida, la bomba lapa va dirigida a un policía nacional que tiene un sueldo mediocre y un trabajo duro, o a un político de un pueblo que desea vivir en libertad.
De un lado u otro se exprime a las gentes de España, que siguen tirando con lo que tienen, con la esperanza en el horizonte, aunque la crisis la hayan creado los tiburones de las finanzas, los que juegan con el dinero ajeno, los que siempre viajan en primera, los políticos que siempren tienen vacaciones en verano. Los comericos tienen que cerrar, los trabajadores son despedidos de sus puestos, pero los bancos siguen ganando dinero, el Estado acude a su rescate, se mantienen los intereses. Y el Estado de bienestar está siempre en entredicho para los de mitad para abajo de la pirámide, se intenta moralizar a la población con creencias absurdas y lecciones retrógradas, se persigue la libertad sexual, se embrutece a la gente mediante la infame televisión.
Y, con todo lo que ello significa, se lleva el combate en la sangre y a España en la cabeza en cada país donde huye un español, donde busca su prosperidad, donde crecerán sus hijos y sus ilusiones. Uno puede dejar su tierra o pelear en ela. En ambos casos, tenemos la marca de las virtudes y las miserias, no hay que olvidar lo que fuimos y lo que somos, hijos de la España que nos parió.
Ahora se deberá trabajar más años para tener un digno retiro, pero se seguirán pagando a los consejeros de los cargos públicos, sus coches oficiales, sus traductores simultáneos, sus miembros y miembras, las competencias de las autonomías en el egoísmo nacionalista, los trajes, la corrupción, la obsoleta monarquía. Es la historia de nuestra nación. Curtidos y nobles, ganando con el sudor de la frente el salario, legañas en los ojos, rabia en los corazones. De vez en cuando la olla estalla y se pasan a cuchillos a unos cuantos sujetos necesarios. Es la nación de los chorizos, los sinvergüenzas y que aplaude la masacre de animales en plazas. Y el pueblo es el pueblo y siempre existirán clases, se tendrá que mantener a un rey y a toda su familia, se pagarán ministerios inservibles, irán a morir los soldados a tierras extrañas en guerras a la que nadie nos llamó. Pero una vez nos metieron de lleno en ella y llegó la muerte a Madrid. Y los que murieron en los trenes fueron estudiantes, trabajadores, amas de casa. Y cuando ETA apunta a la nuca lo hace a la de un guardia civil que sacó una oposición como medio para ganarse la vida, la bomba lapa va dirigida a un policía nacional que tiene un sueldo mediocre y un trabajo duro, o a un político de un pueblo que desea vivir en libertad.
De un lado u otro se exprime a las gentes de España, que siguen tirando con lo que tienen, con la esperanza en el horizonte, aunque la crisis la hayan creado los tiburones de las finanzas, los que juegan con el dinero ajeno, los que siempre viajan en primera, los políticos que siempren tienen vacaciones en verano. Los comericos tienen que cerrar, los trabajadores son despedidos de sus puestos, pero los bancos siguen ganando dinero, el Estado acude a su rescate, se mantienen los intereses. Y el Estado de bienestar está siempre en entredicho para los de mitad para abajo de la pirámide, se intenta moralizar a la población con creencias absurdas y lecciones retrógradas, se persigue la libertad sexual, se embrutece a la gente mediante la infame televisión.
Y, con todo lo que ello significa, se lleva el combate en la sangre y a España en la cabeza en cada país donde huye un español, donde busca su prosperidad, donde crecerán sus hijos y sus ilusiones. Uno puede dejar su tierra o pelear en ela. En ambos casos, tenemos la marca de las virtudes y las miserias, no hay que olvidar lo que fuimos y lo que somos, hijos de la España que nos parió.
22 de enero de 2011
La muerte según Eastwood
El Clint Eastwood director comenzó con los tics de sus mentores y weterns de baja calidad como Infierno de cobardes y El jinete pálido. El Eastwood tras la cámara de los primeros años se identifica con películas tipo El fuera de la ley o Ruta suicida, tiros y testosterona con todas las influencias de Don Siegel y Sergio Leone. El Eastwood en meritorio proceso comienza con Bird y alcanza un punto glorioso en Sin Perdón, para llegar a la perfección más memorable en Million Dollar Baby.
En ese sentido, se podría decir que con Más allá de la vida tenemos al Eastwood más maduro, más lúcido y veterano que sabe lo que quiere y cómo tiene que rodarlo, amén de un excelente manejo de la cámara del que dejaría constancia en la mediocre Invictus. Se acabaron los tiros y los gestos de Harry El sucio, impera el clasicismo y la sobriedad, un guión pulido y algún detalle llevado con excelente sutileza. En las escenas con los progaonistas franceses apuesta incluso por los tan poco comerciales subtítulos.
'Más allá de la vida' comienza con el tsunami el sudeste asiático rodado realista, perfecto e impactante, sin especiales magnificencias (no es 2012 o El día de mañana) y es la única concesión al puro espéctaculo, a las escenas trepidantes. Luego el rodaje pausado y añejo del director presenta a unos personajes marcados de alguna forma y que llegarán a encontrarse en un punto de sus caminos y por diferentes motivos, cual guión de Arriaga; aunque el desenlace al juntarse las historias y el final pueden dejar un poco frío, esperando algo más.
No son los muertos el tema de la película sino el duro mundo de los vivos, las secuelas tras la pérdida, la descorazonadora certeza de que nada volverá a ser igual, la realidad a la que se enfrentan las personas que han estado próximas a la muerte o han sufrido la de alguien cercano.
Y el guión deja abierta las puertas y plantea todas las posibilidades sin mojarse en ninguna respuesta. Uno de los grandes aciertos de la película es que no indaga en rodar las escenas de lo contactos, sino que deja que sea el protagonistas (Matt Damon) el que los cuente. Sin fantasías sobrenaturales hipotéticas ni imaginarias (uno tiembla al pensar este mismo material en manos de un director modernillo e histriónico, tipo Tim Burton, con los previsibles y habituales hilarantes y cochambrosos resultados) que contrarrestaran con el tono serio del filme, Más allá de la vida habla de los oscuros secretos del pasado que se fueron con cada uno, de últimos mensajes de amor y esperanza, de los celos y el miedo. Con un toque en cada plano que cubre la película de un aura especial, Eastwood sabe mostrar, por ejemplo, erotismo en una clase de cocina (los adictos a las series podrán ver como chef a Steve R. Schirripa, Bobby Bacala en Los Soprano) o conflictos religioso y de libertad (la escena de la gorra en clase con la niña musulmana en un espacio del plano es de las cosas más sutiles y perfectas). No alcanza a sus grandes obras maestras pero Don Clint pone en las carteleras una película que está muy por encima de las demás en proyección.
No es benevolente ni demagoga, se cuida para mostrar todos los farsantes e impostores que pueblan el mundo de la parapsicología con un toque de humor y en no meter en ningún momento connotaciones religiosas de por medio, sino a un hombre perseguido por su don o maldición, con el constante acoso de personas que tienen la necesidad de saber, o la paciente actitud de un niño movido por el amor a su hermano, la atracción por una escritora que prefiere publicar sobre lo que le llena y le conmueve y no sobre lo pragmático, y la extraña coincidencia y lazos del destino que hace que a partir de la muerte y sus aristas se pueda encontrar el amor.
14 de enero de 2011
Historia de infancia y cambios
Nunca sé si el cine imita a la vida o la vida imita al cine. Era muy niño la primera vez que vi El hombre que mató a Liberty Valance, como la primera vez que vi la mayoría de películas que me dijeron algo. No conocía aún el dolor de la pérdida, tardé algún tiempo en poder entender la historia de Tom Doniphon y su sacrificio, la eterna seducción de la melancolía que atraviesa la cinta del maestro John Ford; pero intuía el crepúsculo que existe en el cambio y muerte de una época, en que una flor de cactus puede ser lo más hermoso que adorne el humilde ataúd de madera de un hombre.
Las escenas que más me emocionan es la visista, años después, de aquella muchacha de pueblo enamorada a las ruinas calcinadas de lo que pudo haber sido su casa, además de un John Wayne borracho y con el corazón roto que prende fuego a las habitaciones que construyó con sus propias manos.
Apostó fuerte John Ford por el blanco y negro en una década en que se imponía el techinicolor, para contar el ascenso de los hombres de leyes y con estudios en detrimento del vaquero de siempre, pegado a su revólver y con un sentido de entender la vida que iba indefectiblemente unido a la pistola como solución a los problemas y sinónimo de virilidad.
Ford hace también una alegato a la libertad y la democracia, convirtiendo en ciudadanos comprometidos y electos a los hombres que hasta entocnes vivían en el salvaje oeste. Renuncia el director a los amplios paisajes del mítico Monument Valley para rodar en interiores, sobre porches y dentro de cocinas, intimista y personal.
'El hombre que mató a Liberty Valance' representa el canto del cisne de un género que no volvería a ser igual, amargo y bello, donde la leyenda siempre prevalece por encima de la realidad, ambientado en una tierra a la que aún se llegba en diligencia, antes de que el ferrocarril como símbolo del progreso conectara todos los puntos de una inmensa nación, y narrada la historia por un anciano senador que se acerca a rendir homenaje póstumo al hombre que le cedió la gloria y la mujer que amaba.
Porque Tom Doniphon salva la vida de un hombre bueno (la ley no sirve para enfrentarse a Liberty Valance), sabiendo que su amor prefiere la practicidad del nuevo mundo que llega en forma de abogado a las antiguas costumbres de un lejano oeste en sus últimos días. Resignación. Y los últimos años de su vida los vivió solo, derrotado y sin su revólver, ante el asombro de James Stewart que pide que se le ponga su cartuchera. Una obra de madurez realizada por un artista maduro y otoñal, lírica y trágica, de desencanto, la última curva del camino; que habla de lo que perdemos, de trenes llenos de recuerdos, de la vuelta al lugar donde nacimos y donde inevitablemente tantas cosas dejamos atrás.
No hay que olvidar que está rodada en un periodo de cambios que actualmente refleja la serie Mad Men, cuando se asesinaría a Kenneddy, llegarían Los Beatles o Estados Unidos entraría en la guerra de Vietnam. Después de 'El hombre que mató a Liberty Valance' nada volvería a ser igual, ni para los Estados unidos, para el western, para Tom Doniphon, ni para mí.
27 de diciembre de 2010
Malos humos
Parece que el nuevo año va a ser en verdad el que elimine el tabaco de los locales público en España. El debate, aunque algunos oportunistas e interesados quieran enfocarlo como una batalla entre fumadores y no fumadores, entra también en ámbitos de la libertad, el respeto y la salud. Que el tabaco mata es algo de sobra comprobado. Que la exposición directa a su humo es perjudicial lo sabe hasta un individuo que tenga la inteligencia de un espectador de Gran Hermano. Es entonces cuando me pregunto por qué algunas personas parecen querer decir con su actitud y sus opiniones que el mal que puedan causar a terceros le importa un carajo, y enarbolan la bandera de su libertad individual a fumar donde le salga de la entrepierna, pasando por encima de las libertades colectiva. Incluso algún idiota sin remedio califica la ley de "fascista", palabra mancillada que sirve igual para un roto que un descosido.
Considero oportuno que cada uno en su casa es muy libre de hacer lo que se le antoje, fumar hasta tener los pulmones del mismo color que el túnel de El Negrón, montar varias cachimbas una encima de otra, ponerse de perico hasta el ojarasco o pimplarse una botella de Rioja crianza y acabar ciego de morapio. También en la calle y al aire libre no hay que poner restrincciones al pitillo, pues la calle no es de nadie y es de todos, pese a lo que decía el amigo Fraga, dicho lo de amigo sin ninguna simpatía profesa hacia este señor.
Pero un bar, un restaurante, un autobús urbano o un hospital son cosa pública, y además, fíjate tú, cerrada. Y de la misma manera que nadie se plante fumar o no en un TUA, lo mismo es aplicable a lugares de ocio, donde uno vuelve con las ropas impreganadas del olor al tabaco, sea o no sea partícipe de ese vicio tan nocivo.
Si alguien ha salido fuera de esta casa de putas que algunos llamamos España y se ha dado una vuelta por el mundo, habrá podido disfrutar de bares, pubs y discotecas con un ambiente limpio, y vería a los fumadores yendo y viniendo a las terrazas habilitadas para tal fin, y todo en gran paz y armonía y con una abosluta normalidad.
Esta nueva medida nos situará a un nivel europeo de civismo, a un país de naturaleza incívica y eogísta. Porque verdaderamente hay que ser egoísta para venirse arriba y querer imponer la dictadura del humo sobre los demás cuando está estudiado la relación directa entre respirar ese humo y la muerte de no fumadores. Vuelvo a reiterar que uno en su casa puede hacer lo que más le mole, pero de la misma manera que no ponemos la música alta de madrugada, para no causar molestias al vecino, imagínenense qué hacer si esas molestias implican la muerte. Hasta ahí todo entendible, salvo para los groseros y los imbéciles.
Pero el Gobierno y sus ministerios competentes, que parece son incapaces de hacer una medida buena sin dejar su nota de estupidez, han lanzado la siguiente iniciativa (en realidad ha sido la ministra Pajín, pero no quería mencionarla directamente porque ya tiene bastante con toda la que le está cayendo y la cae habitualmente) : invita a los hosteleros a abrirse a nuevos clientes potenciales como los niños y los ancianos. No cree que se pueda llevar a ese clientela hacia el cine, un museo, un centro social o una librería, no. Todos sabemos que el mejor sitio para un niño o un anciano es un bar.
Yo estoy cansado de ver por los chigres de mi barrio a padres que acuden a diario a tomar el vermouth o el vino de la tarde y llevan con ellos a sus hijos, y estos andan por ahí correteando, habituándose al ambiente de un bar, estando en contacto desde bien pequeños con ese entorno y ese estilo de vida, y no encuentro barbaridad más grande, pues no es territorio para un niño un lugar donde se bebe, se discute de fútbol y mujeres y se caga en Dios. Pero eso sí, ahora sin humo.
Considero oportuno que cada uno en su casa es muy libre de hacer lo que se le antoje, fumar hasta tener los pulmones del mismo color que el túnel de El Negrón, montar varias cachimbas una encima de otra, ponerse de perico hasta el ojarasco o pimplarse una botella de Rioja crianza y acabar ciego de morapio. También en la calle y al aire libre no hay que poner restrincciones al pitillo, pues la calle no es de nadie y es de todos, pese a lo que decía el amigo Fraga, dicho lo de amigo sin ninguna simpatía profesa hacia este señor.
Pero un bar, un restaurante, un autobús urbano o un hospital son cosa pública, y además, fíjate tú, cerrada. Y de la misma manera que nadie se plante fumar o no en un TUA, lo mismo es aplicable a lugares de ocio, donde uno vuelve con las ropas impreganadas del olor al tabaco, sea o no sea partícipe de ese vicio tan nocivo.
Si alguien ha salido fuera de esta casa de putas que algunos llamamos España y se ha dado una vuelta por el mundo, habrá podido disfrutar de bares, pubs y discotecas con un ambiente limpio, y vería a los fumadores yendo y viniendo a las terrazas habilitadas para tal fin, y todo en gran paz y armonía y con una abosluta normalidad.
Esta nueva medida nos situará a un nivel europeo de civismo, a un país de naturaleza incívica y eogísta. Porque verdaderamente hay que ser egoísta para venirse arriba y querer imponer la dictadura del humo sobre los demás cuando está estudiado la relación directa entre respirar ese humo y la muerte de no fumadores. Vuelvo a reiterar que uno en su casa puede hacer lo que más le mole, pero de la misma manera que no ponemos la música alta de madrugada, para no causar molestias al vecino, imagínenense qué hacer si esas molestias implican la muerte. Hasta ahí todo entendible, salvo para los groseros y los imbéciles.
Pero el Gobierno y sus ministerios competentes, que parece son incapaces de hacer una medida buena sin dejar su nota de estupidez, han lanzado la siguiente iniciativa (en realidad ha sido la ministra Pajín, pero no quería mencionarla directamente porque ya tiene bastante con toda la que le está cayendo y la cae habitualmente) : invita a los hosteleros a abrirse a nuevos clientes potenciales como los niños y los ancianos. No cree que se pueda llevar a ese clientela hacia el cine, un museo, un centro social o una librería, no. Todos sabemos que el mejor sitio para un niño o un anciano es un bar.
Yo estoy cansado de ver por los chigres de mi barrio a padres que acuden a diario a tomar el vermouth o el vino de la tarde y llevan con ellos a sus hijos, y estos andan por ahí correteando, habituándose al ambiente de un bar, estando en contacto desde bien pequeños con ese entorno y ese estilo de vida, y no encuentro barbaridad más grande, pues no es territorio para un niño un lugar donde se bebe, se discute de fútbol y mujeres y se caga en Dios. Pero eso sí, ahora sin humo.
18 de diciembre de 2010
La otra cara de la vida
Alejandro González Iñárritu y Guillermo Arriaga eran una pareja con alma y personalidad propia en el mundo del cine. Juntos, uno tras la cámara y el otro escribiendo guiones, hicieron algunos de los mejores análisis del ser humano de los últimos años, de sus miedos y temores, de la pérdida y el deseo, el sufrimiento y el coraje que necesita de las adversidades para crecer. Eran historias entremezcladas que se encontraban en un punto en común, de narración compleja, atravesadas por esas casualidades de la vida donde todos podemos llegar a converger en un mismo lugar, en esta maraña de personas y sombras. Así eran las geniales, genuinas y sobrecogedoras Amores Perros, 21 Gramos y Babel. Pero el divorcio profesional del exitoso dúo les hizo seguir sus caminos por separado. Ya no pondrían más su talento en común al servicio del séptimo arte.
Arriaga se pusó por primera vez como director al frente de un guión propio en Lejos de la tierra quemada, una nueva historia de sentimientos frustrados en la que es reconocible la seña de identidad de sus anteriores guiones pero que flaquea sin el sello de Iñarritu, aunque es visualmente poderosa y da algunas pistas de lo que este guionista puede llegar a ser también como director.
El talento con la pluma necesita de una mano maestra en el rodaje para pasar al celuloide lo que se gestó sobre papel. Sólo un genio puede poseer el talento para brillar en ambas actividades. En la historia del cine, el maestro Billy Wilder fue quien más destacó en la perfecta combinación de estas dos facetas.
Biutiful es la primera aventura de Iñárritu en "solitario", aunque se mantiene fiel a su universo, pese a no hablar en esta ocasión de tramas paralelas que eran la marca de identidad de Arriaga, y entrega sola una historia al servicio de Javier Bardem (que probablemente nutrirá con un puñado de premios su ya espléndida carrera), que crea una personaje tan veraz como duro dentro de una sociedad en ruinas. El español interpreta a un ex yonqui hastiado y desencantado de la vida, con un don para hablar con los muertos y una mujer desequilibrada, que subsiste con negocios turbios, desahuciado por los médicos y habitante de una Barcelona tan sórdida y deshumanizada como los personajes que muestra la película, huéspedes de casas de degradación y podredumbre, donde habitan la enfermedad y la miseria, el desamparo y la lucha por la vida.
Si usted es de los que siente gozoso placer de acudir a cine con las últimas comodidades y modernos, a ver comedias románticas americanas donde los chicos visten camisas impecables, juegan al golf, toman cóckteles caros y hacen fiestas en su apartamento de la Quinta Avenida mientras cuentan lo mucho que sufren en sus peripecias en el amor y el trabajo, y luego disfruta saliendo a la noche con los amigos creyendo que está en un episodio de Sexo en Nueva York, Biutiful no es su película. Porque el director muestra otra realidad alejada de los grandes escaparates y centros comeciales; enseña los barrios que existen en el patio trasero de todas nuestras ciudades, donde coexiste la penuria y la inmigración ilegal, la droga y la prostitución, las familias desectructuradas sin muchas oportunidades de mejorar su realidad con la suciedad y el hedor de lo turbio.
Es una cinta de ambientes desoladores, de inframundos que están al lado del nuestro pero que pocas veces se repara en ellos; una película de narración simple que intenta mostrar la vida de un solo personaje y también la de aquellos que le rodean en el filo de la legalidad, donde la visión del mar se ve empañada por las antenas parabólicas y el cielo se ensucia con el humo de las chimeneas de las fábricas.
Hay quien ha calificado la obra de impostada y pretenciosa. No logro percibir tales cosas. Tampoco capto un buscado y autocomplaciente sentimentalismo. Si acaso una falta de nervio en algunos momentos, pero es imposible no sentir empatía ante el desgarro y el sufrimiento de lo que se ve y se oye en la pantalla; todo es creíble y real en la supervivencia angustiosa y amarga de los moradores del margen de la sociedad, de los explotados y esa mujer con la posibilidad de regresar a su país con un dinero que allí la convertiría en rica pero con un sentimiento de culpa y solidaridad tan humano como esperanzador.
Biutiful comienza con unas imágenes que adquieren significado en el epílogo, depués de acompañar a un inmenso Bardem por el camino del dolor y el infierno particular, intentando no ahogarse en el fango que le rodea, organizando a duras penas su mundo y construyendo la digna labor de hacer que sus hijos lo recuerden.
3 de septiembre de 2010
Fiasco
No corren buenos tiempos para los asuntos celestiales. Si Stephen Hawking hace unos meses dijo que era factible que hubiera más vida en el universo y que si algún extraterrestre se pasaba por aquí era posible que viniera con ganas de marcha, es decir, a arramplar con recursos ajenos y de paso cargarse a unos cuantos humanoides (vamos, lo que venimos haciendo entre nosotros desde la noche de los tiempos), ahora ha vendido a decir que Dios no existe (algunos ya lo sospechábamos), y por lo tanto no creó el universo, ni en seis días ni en seiscientos.
Esto se la trae floja a los fanáticos, por supuesto, pues el asunto de la ciencia no va con ellos, y en país supuestamente civilizados como Estados Unidos se seguirá enseñando en determinados lugares el creacionismo, con el jefazo como autor de la tierra, del cosmos, de las plantas, los hombres y el dragón de Komodo. Pero no es así, y es un alivio ya que con tantos agujeros negros, planetas inhóspitos y estrellas que explotan y se expanden ya había el rumor de que como decorador era un chapucero.
Pero por otra parte es bastante desalentador, ya que si cualquier persona en uso correcto de sus facultades mentales habría desterrado la creencia de un ser de apariencia humana, barbudo, sentado en una nube que rige los destinos de usted y de yo, y premia y castiga según actos y actitudes morales, sólo la idea de una fuerza primera que desencadenara la creación era el territorio asumible para los agnósticos. Llamara como se llamara, algo que provocara el primer movimiento iniciático. Pues nos dice el ilustre astrofísico que ni eso tampoco. Todo corresponde, fíjense que disparate, a las leyes de la física. ¡Quién lo podía imaginar! Con lo tranquilo que vivía el hombre atribuyéndole todo a fuerzas inteligentes superiores. No sólo el universo, también la lluvia, el sol, los terremotos y la calidad de Zidane. Malditos científicos. Estamos solos amigos, se acabó la idea de ir al infierno a disfrutar del alcohol y las putas.
Esto se la trae floja a los fanáticos, por supuesto, pues el asunto de la ciencia no va con ellos, y en país supuestamente civilizados como Estados Unidos se seguirá enseñando en determinados lugares el creacionismo, con el jefazo como autor de la tierra, del cosmos, de las plantas, los hombres y el dragón de Komodo. Pero no es así, y es un alivio ya que con tantos agujeros negros, planetas inhóspitos y estrellas que explotan y se expanden ya había el rumor de que como decorador era un chapucero.
Pero por otra parte es bastante desalentador, ya que si cualquier persona en uso correcto de sus facultades mentales habría desterrado la creencia de un ser de apariencia humana, barbudo, sentado en una nube que rige los destinos de usted y de yo, y premia y castiga según actos y actitudes morales, sólo la idea de una fuerza primera que desencadenara la creación era el territorio asumible para los agnósticos. Llamara como se llamara, algo que provocara el primer movimiento iniciático. Pues nos dice el ilustre astrofísico que ni eso tampoco. Todo corresponde, fíjense que disparate, a las leyes de la física. ¡Quién lo podía imaginar! Con lo tranquilo que vivía el hombre atribuyéndole todo a fuerzas inteligentes superiores. No sólo el universo, también la lluvia, el sol, los terremotos y la calidad de Zidane. Malditos científicos. Estamos solos amigos, se acabó la idea de ir al infierno a disfrutar del alcohol y las putas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

